Star Trek Into Darkness o del cine de ciencia ficción precocido
Star Trek Into Darkness o del cine de ciencia ficción precocido
Por: Campo Ricardo Burgos López*
Acabo de ver Star Trek Into Darkness, la película dirigida por J. J. Abrams y estrenada en este 2013. Como su nombre lo dice, es una cinta más de la serie Star Trek que tantos productos ha generado en cine, televisión, cómics y otras áreas. ¿Qué puedo decir? Que verla es muy similar a encontrarse a una mujer bellísima, pero insulsa. Creo que todos los sujetos de sexo masculino hemos tenido en algún momento de la vida la experiencia de toparnos con una mujer cuya apariencia física sólo puede calificarse con el manoseado adjetivo de “espectacular”, una de esas hembras visualmente suntuosas, opulentas, majestuosas. No obstante, creo que también a todos nos ha sucedido que una vez tratamos a esa “megahembra”, resulta absolutamente desilusionante por cuanto la persona que se expresa a través de ese cuerpo es alguien estereotipado, anodino, banal. Pues bien, esa metáfora me serviría para describir lo que me ha ocurrido viendo este filme. Nadie puede negar que si sólo se considera como una creación visual, Star Trek Into Darkness es espectacular, empero, por lo demás es totalmente repetitiva y predecible.
Una nota de Byron sobre las almas que aparecen en forma de aves
Nota de Lord Byron en el relato La Novia de Abydos:
Lenguas aladas silabean los nombres de los hombres.
(Milton, Comus, v. 208)
No es necesario viajar a Oriente para encontrar la creencia de que las almas viven en los cuerpos de las aves. Recordemos la historia de lord Lytletom, de acuerdo con la cual la duquesa de Kendal había visto Jorge I posarse en su ventana con la apariencia de un cuervo.
Varios ejemplos más existen en nuestros países sobre esa superstición. El más extraño es el de una señora de Worcester, que creyendo que su hija vivía aún en forma de pájaro cantor, colmó su asiento en la catedral con jaulas llenas de ese pájaro. Como la dama era rica y por otra parte contribuía a embellecer el templo, nadie se opuso a su inocente locura.
Para este suceso, véase Cartas de Oxford.
En Obras Escogidas.
Selección, edición y notas sobre traducciones clásicas: Alberto Laurent
Barcelona, Edicomunicación, 1999.
Sangre de bestias, vidas de matarifes
Geroges Franju, en 1949, hizo «La sangre de las bestias», un cortometraje filmado en un matadero de París. En este trabajo se aprecia que la racionalidad para matar no es algo propio de los nazis o de las dictaduras sino que responde a una manera de ver al mundo que comenzó hace tres siglos y donde la búsqueda de la carencia de dolor nos otorgó una perspectiva de los animales como un conglomerado de nervios y músculos (en este aspecto confluyen los consumidores de carne y los que se abstienen de hacerlo: ambos se basan en el sistema nervioso, en las conexiones, para sentirse tranquilos de sus hábitos). Al final de este documental, cuando se ven a las ovejas decapitadas pataleando aún, queda la sensación de que el dolor no es suficiente para entender la vida, que ella parece estar íntimamente ligada con el movimiento (por eso es que no hay mucho conflicto con la ingesta de vegetales) como si el propio pensamiento también discurriera en un espacio que no discernimos aún. Este trabajo no se limita a hacer de los humanos una suerte de seres malvados y destructores; en medio de los charcos de sangre, Franju narra, de manera sutil, la difícil vida de esos expugilistas que degüellan ovejas y que están muy lejos de los elegantes restaurantes donde sirven esas carnes en alguna cena romántica parisina como preámbulo de alguna historia de amor.
La exploración de Islas Caballo
En «Islas Caballo» la imagen, la palabra y la música retornan al origen que, alguna vez, Antonin Artaud buscaba con el teatro (por eso él pensaba en el mugido de una vaca como anuncio de la seducción y en el aullido de una mujer en celo como el frenético bascular de una ambulancia). En cada sonido el universo renace y el tiempo, como en el último trabajo que «Islas Caballo» ha publicado, es más complejo que el intrincado laberinto tejido en el siglo veinte: Un conglomerado de puntos que no se suceden y donde el pasado y el presente están contenidos en el futuro y ese futuro se contiene en el presente y pasado, disparándose la posibilidad de lo eterno. Este último trabajo corresponde a una relectura y reinvención del poema de T.S Eliot, Burnt Norton. A continuación podrán apreciar los trabajos de esta agrupación conformada por Mateo Hernández y Mateo Goycolea:
El diamante blanco pulido por Werner Herzog
Un diamante blanco sobrevoló los cielos de Guyana a mediados de la década pasada porque el ingeniero inglés Graham Dorrington estuvo decidido a probar un nuevo modelo aerostático que redimiera la muerte de un amigo. Werner Herzog fue el director de este trabajo en donde aparecen seres como Marc Anthony, un nativo que vive sólo en el país y cuya gran compañía es un gallo llamado Rojo. En esta historia la amistad surge entre un vivo y un muerto, entre un gallo un hombre que sueña con subirlo al dirigible y ver las copas de los árboles que pueblan la selva. La naturaleza es otro gran personaje del documental, tan agreste, bella y llena de secretos inviolables. Disfruten de este hermoso trabajo del gran director alemán:
Solitario en Transición, de Luis Bolaños
Solitario en Transición o el Imperio no las tiene todas consigo
Por: Luis Bolaños*
Este relato funciona como un alegato antibélico y conector entre varios de los ya publicados (o por publicarse) de la Saga del Imperio Decadente (cualquier semejanza con USA es deliberada), así uno de los reclutados conocerá a un discípulo del piloto poeta con que se inicia la serie, y además se dibujarán las pautas que conectan a “Inconquistable” con “El canto del androide” o a “Pilgors o Rancors” con “El Ültimo Czarniano”; es evidente que siembro referencias a Iain Banks, que mezcló el ciberpunk con la Hard SF, que trató de mantener un andamiaje humanista y le colocó pegatinas con eslóganes políticas, en fin que ejerzo un sincero strip tease a fin de recuperar esa piel desnuda del género que lo identifica, pero culminó hesitando y creyendo que las huellas deben bastarnos para persistir.
El viento arroja partículas de sílice contra mis campos aislantes, los microtúbulos cerebrales aún no se recuperan de la conmoción, es cierto que la ráfaga de energía apenas si rozó el yelmo, pero los efectos se sienten acumulados contra la ola de fatiga que amenaza sumergirme.
Atrás en la memoria temporal, quedan los pantallazos que muestran a/de los miembros de la patrulla caídos, ahora subsisto como su representante de misión y no se me ocurre como coronarla, en ocasiones el camuflaje de mi loriga de escamas ganoideas vibra y centellea por los desperfectos, propiciando que cualquier cazareflejos sobrevolando el campo de enfrentamiento me ubique y advierta a un tiroteador que enfile su batería automática -o peor aún a un trooper- contra las coordenadas topadas en su visor.

















