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Misterios de lo oculto: el amor, los viajes interplanetarios y los platillos que ya no vuelan.

 

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No existen las coincidencias: el episodio de The Lola Verga´s big band en donde Barreto el Sireno se tira al sol sobre una enorme piedra en el río gran de la Magdalena se comunica, en su atmósfera, con el encuentro de don Roberto Tovar Gaitán y su encuentro con aquél ingeniero musculoso y rostro arrugado que le enseñó las argucias de los peces y futuras hecatombes. Claro, las coincidencias implican puntos de encuentro, no una relación de duplicidad: El sireno de The Lola Verga´s big band devino un funcionario gubernamental mientras que las criaturas que restallan en el verbo de Tovar se meten en las piedras y, en lugar de suicidarse, abren puertas.

Tovar Gaitán enfatiza en el propósito humano de vivir -no cabe la pregunta sobre el propósito de esa vida pues de allí manan supercherías mercantiles y de poder- y de la civilización de ir a otros planetas, en donde se olvidará lo trajinado en el actual; dicho énfasis supone un bálsamo de aceite que, al irritar las quemaduras, hace olvidar el propio calcinamiento en virtud de la potencia de una chispa.

Aunque no todos tienen chispa: algunos la han perdido, viven y carecen de ese hálito que, desde lejanas tradiciones, se afilia con un rastro divino. Al final, el propulsor de las naves que llevarán a la civilización a otros planetas es el amor -esencia de la chispa-; por eso, cuando Tovar Gaitán se pregunta por los seres que vienen dentro de los Ovnis,  suspende ese amoroso desencuentro que llega como una plaga de infelicidad y teje una urdimbre interminable de vida en el universo.

Luis, coeditor de este espacio y entrevistador, estuvo muy feliz al final de la charla, justo cuando se habló del amor. Movió las manos como si fuera Philón de Alejandría o uno de los pilones del río grande de la Magdalena en donde se hunden los viejos que, con cantos guturales, anuncian su muerte.

Siempre, todo, con amor.

Este es el primer trabajo audiovisual hecho por FusionArte y Milinviernos.

Disfruten de este amoroso platillo.

 

 

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ANO DE SIRENO: fanzine independiente de MIL INVIERNOS

 

 

El beso de Rodin es una maricada

El beso de Rodin es una maricada

 

 

 

A Mil Inviernos le dió la pálida y realizó su primer fanzine de modo independiente y se churretió.  Y de las churrias extraemos estás perlas que no por estar embadurnadas de líquidos excrementos dejan de brillar.

 

 

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Con plena consciencia de no haber fundado un nuevo género como el prístino género alcaldístico, aportamos nuestro granito de arena para luchar por la felicidad de nuestra especie, siendo así, proponemos una herramienta lúdica a la que hemos intitulado Cocoloco, para que esta sea el menester de los tristes en sus afugias.

Sabemos que en estos casos no hay posibilidades de hablar de la masturbación, sin embargo, como curramba lo hace con la pasta base, la nombramos para así no dejarla morir en nuestros corazones: masturbación.

Sea pues éste el momento de parabienes y de diversión en medio de este aburrimiento tan hijueputa. Sabemos que lo mejor sería estar muertos, pero al no encontrarnos en tal situación, ofrecemos el bullerengue del covidengue para ilustrar esa realidad tropical que muestra la experiencia terrorífica que estamos atravesando en estos países, en donde no basta estar asolados por el dengue hemorrágico ahora nos azota una nueva epidemia: el covidengue.

 

Todo el arte del fanzine fue realizado por DAVID BARRERO: https://www.instagram.com/cactustatoo/

En Mil Inviernos sabemos de nuestro compromiso para con la comunidad, y buscamos hacer las delicias de nuestros lectores. Además, con los fondos recaudados nos comprometemos como buenos políticos tercermundistas que somos, a aportar a casas de la vejez, de la primera infancia, a las venezolanas y a ligas contra el cancer y ligas de baseball en Barranquilla, capital mundial del covidengue.

Celebremos pues que tenemos otro año de vida. Ano de Sireno expele sus mejores fragores en la forma del papel físico.

Recuerden esto es una pildorita de vida.

 

Los ositos cariñosos eran de felpa y de felpas murió Nelson Ned.

 

 

PREVENTAS Y VENTAS MAYORISTAS:

CORREO: 1000inviernos@gmail.com

 

 

 

Crónica de una compulsión extraordinaria (parte única)

Cuento-.

 

 

Mientras esperaba en los pasillos de emergencias psiquiátricas me dio un ataque de tos, debido a una broncoaspiración pequeña que me hizo vomitar allí, en el espacio límpido y desinfectado de la clínica. Cuando el doctor abrió la puerta volteó a mirar lo primero la mancha rojiza del vómito  y después a mí, que traté de sonreír, y con un gesto de repulsión me preguntó si yo era el periodista que esperaba conocer a Kelvin, o si  era un paciente esperando a ser remitido a urgencias. Pensé para mis adentros, divertido a pesar de todo, a pesar de lo mierda que me sentía, como después de que a uno le da un ataque de vómito por broncoaspiración, si no era posible ser las dos cosas, pero el gesto brutal del médico me hizo considerar que lo mejor sería responderle lo más exacto posible, si por exacto se entiende lo que mejor se ajuste a las necesidades pragmáticas del médico, entonces, limpiándome la boca con la manga del traje le dije que solo deseaba ver a Kelvin, porque era el periodista que tenía la cita con Kelvin. Bien, me dijo, y me hizo seguir como si fuera un indigente. Luego llamó de mala manera a una enfermera y le dijo que enviara a recoger ese reguero de cochinada que el periodista había dejado.

Esta historia no empieza en el momento en que estoy en el pasillo de espera para entrar a Unidad de Cuidados Intensivos Psiquiátricos de la Clínica para el tratamiento del Sistema Central Nervioso. Esta historia empieza en los divertidos años ochentas. Divertidos para todos los que los recuerdan con cariño, simpatía y sublimación. Para Kelvin seguramente era otra década como otras tantas, con sus vicisitudes, sus estéticas, sus pendejadas, sus políticas, sus calles feas y todo lo que tiene una década que tiene otra década.

CASOS DE LA NOCHE VIP BOGOTANA

Diciembre de 1984: Kelvin Darío Torres, soltero, 32 años. Residencia: Soacha, Cundinamarca. Trabajaba en el exclusivo sector de la zona rosa en Bogotá como vigilante de un Hotel. Allí se reunía el esplendor de la televisión colombiana. La figura de los presentadores y el sistema estelar empezaba a consolidarse. Bellas mujeres vestidas con ceñidos trajes iban con sus chaperones guapos, en lujosos coches y los parroquianos empezaban la tradición de pedirles autógrafos. Esas noches mágicas en la zona rosa de la Bogotá de 1984 era otro mundo de fantasía. Tan distinto al mundo casi rural en el que vivía Kelvin Torres. Para muchas personas del común, Kelvin era privilegiado solo por el hecho de estar allí, ocupando el lugar de testigo directo de la vida de las estrellas de la farándula colombiana. Cuántas veces no vio a la niña Mensa recostada de lo ebria en los anchos hombros de Charlie Lives el cantante pop más querido de las bogotanas. O la vez que vio a Villana Bolaños pasando de la mano del joven empresario más destacado de Antioquia, según la revista Semana, y éste le paso un fajo de billetes a Kelvin solo porque le recordaba que él también después de todo era un pobre diablo.

Todo esto no habría pasado de ser una anécdota de un anónimo si no es porque por esos días Kelvin desarrolló una compulsión de la que no estaba consciente. El primero que se dio cuenta fue un compañero de turno, cuando en una ocasión a las dos de la mañana, sintió un olor como de queso recién molido  y al volver el rostro hacia su compañero vio que éste tenía la bragueta abierta y de allí se asomaba su tímido pájaro que vomitaba el líquido blanquecino. Al advertirle que no podía jalarse el ganso así como si nada en pleno turno, Kelvin lo miró con rostro de incredulidad diciéndole que no tenía idea de lo que hablaba. Cuando su compañero le señaló la bragueta toda almidonada, Kelvin pareció igual de maravillado a él, confesándole que no podía entender cómo había podido ocurrir semejante accidente. Caso 1.

Caso 2.  Premiación de Telenovelas. Noche de gala. Eran las 4 p.m. y los preparativos tenían a todo el personal del hotel en estado de ansiedad y agitación. Las maquilladoras empezaban a llegar con sus maletines. Una de ellas se detuvo frente a uno de los rígidos guardias y empezó a gritar. Era Kelvin que se estaba masturbando frenéticamente con una mano, pero por otro lado, su cuerpo parecía mantener una postura en firmes.  Fue cuando llevaron a Kelvin a la policía por obscenidad y fue destituido de su puesto de trabajo. Kelvin aseguraba no entender el motivo de su detención y expulsión. Los medios de esa época se burlaron de él y le pusieron «la mano pelúa». Un  artículo de febrero de 1985 que tengo en mi poder habla incluso del insólito caso de la mano onanista independiente de su dueño: como si acaso nuestros órganos fueran nuestras mascotas y nuestro sistema central nervioso  el amo y señor de ellas. Idiotas.

Después de ese incidente, Kelvin desapareció de la vida pública, si es que alguna vez acaso apareció alguna vez, y fue solo un breve motivo de burla y chiste entre la vida parroquial, del joven guardia que se hacía la paja en un prestigioso hotel de la zona rosa.  Desempleado, Kelvin trató de empezar una nueva vida vendiendo quesos en la plaza de Corabastos. El olor a queso empezó a ser una constante en la vida de Kelvin al punto que lo llevó a la locura. De Corabastos pasó a una larga jornada en la clínica psiquiátrica La Paz, por su compulsión maniática de maneatarse frenéticamente el miembro.  En el bus, en el parque, haciendo fila en el supermercado, o en San Andresito. Siempre había un momento inesperado en el que Kelvin terminaba sacándose el pene y sacudiéndoselo hasta hallar por fin el aroma de queso que lo perseguía como si fuera su sombra.

Me encuentro con Kelvin en una pequeña habitación que tienen preparada para las visitas. Lleva una camisa de fuerza. Le digo que soy el periodista que estaba interesado en conocerlo. Desde 1985 nadie ha escrito nada sobre él y parece haberse perdido en el océano de casos extraordinarios del día a día.

¿Por qué me interesó su caso? Por doña Felipa. Ella es una vecina que siempre que iba a la tienda me veía tomando cerveza y siempre hablando de masturbación. No solo con mis amigos. Con mi novia e incluso con el sacerdote de la iglesia, siempre estaba hablando de masturbación. Pues ha sido un tema que me ha interesado siempre. Un día Felipa me dijo:

– oiga, usted no se cansa de hablar de masturbación?

Yo le dije, sí.

Y por qué sigue hablando de masturbación?

Pues porque descanso y sigo.

Roger, el tipo que me fía la cerveza soltó una carcajada y me invitó una cerveza.

Entonces doña Felipa me dijo: le voy a contar una historia de masturbación para que aprenda. Y me contó sobre el hijo de su amiga Marta, que se llamaba Kelvin. Ese señor no paraba de masturbarse como usted no para de hablar de masturbarse. Me pasó la nota sobre la mano onanista. Y le dije que quería saber más sobre su vida. Me dijo que lo mejor para ese caso sería ir a la tienda de Marta y preguntarle directamente.

EL BARBUCHAS DE MARTA

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Telaria, los Torengars y la Inmolación (Saga Horizonte Cercano) Luis Bolaños

Telaria, los Torengars y la Inmolación

de Luis Antonio Bolaños de la Cruz

 

Inside the Mothership is a painting by Jeff Kim

Por el cristal de su rostro cruzó la melancolía expresada en imágenes  de lugares nunca hollados, cracitó y murmulló, de la palma de su mano brotaron luminosas ecuaciones que proyectados sus resultados trazaban rutas sobre paisajes abrumadores y sugerían vehículos que podríamos usar para desplazarnos, su propio cuerpo se tensó  y resonó generando un zumbido que anonadaba y en seguida llenaba de gozo, empujándome a los bordes de la conciencia pero manteniendo acotada la atención ligada al propósito de encontrarla, colocándome de paso en situación de alerta y búsqueda, y esa sensación de expectativa y técnicas me condujo a la esperanza, por fin tras su desaparición retorné a respirar tranquilo y se disolvió el peñasco que me oprimía el pecho… supe (o rememoré) porque existían los “igobots”, capaces en su diseño de guiar las acciones de los amantes, sobre todo de los abandonados o lesionados, con un alma herida y solitaria, con una decepción lacerante o una ausencia obligada.

Al conjuro de mis deseos el “igobot” se duplicó, triplicó y dividió con gracilidad, hasta ir asumiendo cada uno de los segmentos alguna de las tareas específicas avizoradas como necesarias, gracias a nuestra economía de la abundancia organizada en patrones fractales que fingen desorden para escudar un caos de organización perfecta -como dicen las canciones de enseñanza inicial-acompañada de transportes casi instantáneos, en un periquete el pseudoequipo tuvo listo un velero de autoempuje alimentado por aire con rotores redondos distribuidos en la periferia de su casco para cambiar de dirección sin disminuir velocidad, multitud de heteropantallas, cómodos divanes hamacables y profusión de cajas chinas que al irlas desplegando entregaban ampollas y burbujas repletas de sabrosos frutos fríos, golosinas proteínicas y tisanas tibias de hierbas.

Se llamaba Can-si-tal y su agilidad era vistosa y efectiva, impulsado desde el cordaje llegó y se irguió en la proa, semejante a las aves tronadoras Querkuet, esas inmensas que ensombrecen cuando pasan y que restallan las alas como un trueno en el momento de atrapar a sus presas o sus víctimas (algunas apoyan a los “Seguranzas” en la faena de limpiar áreas para desplazamientos turísticos o de deleite y se las recompensa con la carne que atrapan). Lo imité y me encarame por la arboladura hasta la plataforma de popa para deleitarme con el panorama que dejábamos atrás echado en la exquisita tumbona oscilante, me amolde entre sus cojines y almohadas y toque suave mi temporal comprobando que la melodía de acompañamiento continuaba y que lo escuchado no era ilusión, hurgué mi diastema para que se reanudara mi silbido de cacería y estreché mis cuatro manos para acrecentar la alegría del reencuentro.

Nos movimos veloces, más que cualquier otro ser en miles de estándares, en dirección a las coordenadas que guardaban el último rastro de Telaria en la red (seguro que le colocaron pesarios distorsionadores de espacio (que instalan datos de ausencia o vacío rompiendo el esquema biológico de ls persona para transmitir ubicación) que arrojan opacidad a su registro, quedando obliterado por los que si emiten con corrección a su alrededor, eso significaba que el grupo debería ser por lo menos de tres para esconder su data. Antes de alcanzarlos el dato coaguló  con las características de Teleria.

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Luis Bolaños revisa Glitza: amor más allá del análisis literario paradigmático

(Esta serie dedicada a Glitza surge a partir de la proximidad de los 50 años del relato más célebre del maestro Antonio Mora Vélez. El próximo año se ha anunciado un gran evento para festejar esta ocasión. )

 

 

Glitza, amor más allá del marco de análisis literario paradigmático

O como se entrecruzan la Genética, la Historia y la Teoría de la Complejidad en un relato ya clásico

 

Por: Luis Antonio Bolaños de la Cruz.

Luis limpiando sus agudos lentes a la entrada de la biblioteca

Es mucho lo que se ha comentado sobre el relato y no deseo incrementar el volumen de palabras destinadas a reiterar, remarcar o levantar el velo de algún detalle o circunstancia, como el de señalar y explicar como nos sorprende en segunda lectura su corta extensión, ya que lo evocado corresponde a una obra de mayor amplitud, en mi recuerdo era larguísima, lo cual significa que generó multitud de espacios como una rosa fractal que se abre al influjo de la memoria sin nunca terminar de mostrar sus pétalos.

Por eso enfoco, desde un ángulo que quiero considerar osado, al maestro Antonio Mora Vélez y su cuento al considerar que nos sugiere un trío de potentes propuestas, con diferentes matices de peligro… o de éxtasis:

  1. El amor es eterno mientras se conserve el ADN original
  2. El amor es transferible aunque se tengan que realizar máximos sacrificios
  3. El amor impregna la realidad y modifica lo que necesita para manifestarse

La primera propuesta burla el principio de relatividad

La segunda coloca adelante el deber de amar como única guía de un delirio consciente

La tercera justifica los resultados por el proceso ya que ambos se retroalimentan

Ampliemos:

Respecto a la primera la Genética Dirigida crea clones con distintas historias tal y como ocurriría en la existencia cotidiana, pero sujetos a un propósito que no les consultaron y que gracias al amor que empapa a la protagonista se transfiere a las descendientes quedando obliterada una posible rebeldía en espera de la consumación de la voluntad del querer de la Glitza original, eso rebasa los límites que lastran al amor sin relatividad, o sea el normal; sin embargo, colisiona con el libre albedrío de los clones.

Respecto a la segunda, enfrenta a la historia de la propia vida del autor con su espejo creativo, donde se expresan sus protagonistas. Se rebela contra las determinaciones del momento (objetividad y otras zarandajas) y las realizaciones individual & colectiva que tanto llegaron a pesar en su momento sobre la intelectualidad latinoamericana, y, es así, donde la opción quimérica sustentada en los clones encarna y abre las rutas a recorrer en el camino de lo inesperado, ya que al no existir seguridades ¿porque no anclar el deseo de permanencia del amor a la sucesión de generaciones en una jugada magistral?

Respecto a la tercera, diré que la teoría de la complejidad posee en su plasmación implícito el poder de reestructurarse mientras se retroalimenta, las múltiples corrientes que se entrelazan, se influencian en forma mutua para arrojar como imagen un mural que conservando el panorama general va variando en sus detalles. Incluyendo o excluyendo elementos, según ocurren y sin eludir la entropía, la escamotea, de allí que Vernon pueda salir del cosmódromo de la mano con Glitza rompiendo los imposibles y capturando las múltiples dimensiones del amor.

Ana. Por Osbaldo García Muñoz

I
Despiertas más tarde que de costumbre. Estás despierto; lo sabes porque, soñoliento y torpe, adviertes el ruido en las calles y el picoteo de pájaros rojos en la ventana. “¡Pájaros del demonio!”, ruges, escupes desde el fondo ascendente y circular de tus intestinos. Abres los ojos, despegando los párpados con una pesadez y la sensación de que cada parte de tu cuerpo se golpea una contra otra. Tratas de incorporarte y la vida te oprime, te duele como un resucitado que desconoce la luz. “Todavía es hora”, piensas, mientras miras un brazo sobre tu pecho. “¿Y esto?” te dices, haciendo un esfuerzo por quitarte de encima el bulto de carne sudoroso que aprieta sus senos contra ti. El olor de su aliento alcoholizado te repugna. Aun así, observas su rostro de vela desencajado y el cabello enmarañado sobre el hombro. “¿Quién putas eres?”
Te sacudes la cabeza, te das golpes en la frente, soplas y resoplas igual que hembra a punto de parir. Luego, tu nebulosa memoria le da forma a todas esas cosas que preferirías olvidar en ese momento: tu desordenada vida que de pronto se da vuelta y te trae como vorágine lo sucedido. Sí, aun entre la bruma, lo recuerdas: once treinta. Ahí está la hermosa prostituta de veinte años frente a ti, moviéndose como poseída por algún ser mitológico y desconocido: ¡hidra, serpiente de agua y fuego!; ahí está esa virgen quimérica con su rostro pálido y el cuerpo lamido por las luces neón; ahí está, sacudida hasta el espanto. Y estás tú, acariciando con los ojos el aire, extasiado por aquella ebriedad colectiva del centro nocturno que conoces como tu casa; ahí está todo ese estiércol con aroma a Dios incólume que te libera de la mierda cotidiana: la música, el bullicio descarnado y las estridentes risotadas de las mujeres y los hombres de figuras fantasmales. “Es la nueva, se la recomiendo, patrón”.
Ana es su nombre. Ana, la “misericordiosa”, la recién llegada, la migrante convertida en fugitiva del hambre y del dolor. Sí, ahí estaba, pidiéndote que la desnudaras, que la hicieras olvidarse de El Salvador y las “broncas” para llegar a México: “¡Quítame el vestido!” te dijo y tú creíste que habías encontrado a la mujer de tu vida: “Eres la mujer de mi vida”, dijiste; se lo dijiste, se lo repetiste tantas veces que aún te zumba el oído con ese “amor eterno” que se esfumó entre los cigarros y las botellas de ron. Ana, una ninfa enflaquecida que parecía conocer los misterios del amor y la fantástica realidad de los sueños a ultranza.
—¡Ana, despierta!

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Kumbala. Por Osbaldo García Muñoz

Osbaldo García ha tenido la generosidad de aportarnos otro de sus relatos. Esta vez, la noche rompe con las argucias liminales y se expande hasta estallar en la mirada de quien siente anochecer. La imagen que acompaña a esta entrada también es autoría del escritor.

La puta destapó la cerveza y arrimó su graso cuerpo hacia mí. Un olor agrio punzó mi cabeza. ¡Tócale, mi rey!, me dijo, moviendo su regordeta cadera. Levanté la mirada a la altura de sus senos. El rojo brasier era insuficiente para contener la carne. ¿Sos mampo?, preguntó con ironía. Extendí un billete de cincuenta pesos. Lo tomó despacio, dejando una caricia áspera y húmeda en mi mano. Pasaban de las once y el calor de Tapachula era insoportable. ¿Qué mierda hago aquí?, me dije. Las mesas eran de plástico y estaban dispersas en un espacio no mayor a treinta metros cuadrados. Una consola tocaba música mexicana y guatemalteca. Cinco mujeres viejas y mal vestidas cruzaban las piernas sentadas junto a la pared. Di el primer trago a la botella: recordé mis 20 años de sobriedad y el día de mi boda, aquél año en que tuve mi primer trabajo y juré no volver a tomar jamás.
La puta regresó con unos limones partidos, sal y escasos cacahuates sobre un plato pequeño que me causó risa. Extendió sus uñas largas y violetas para darme un puñado de monedas. Insistió: ¿Vas a coger? Volví a mirarla a los ojos. Sus labios de semáforo refulgían un rojo plastificado y seco. Una cicatriz a la altura de las cejas se escondía maquillada. Las ojeras se disfrazaban con la oscuridad de los cosméticos, pero era inevitable ocultar los estragos del tiempo, las drogas y el desvelo. No pasaba de treinta años. Sus ojos miraban todavía con la esperanza lejana que da la juventud mal vivida. ¿Cuánto?, pregunté. Trescientos, contestó. Me reí. Toma cinco pesos y vete, le dije, poniendo una moneda en su mano. ¡Pendejo!, exclamó enojada. Se dio la vuelta y volvió a ocupar la misma silla junto a sus compañeras.
Fui al mingitorio. Una mezcla pestilente de limones, orines y vómitos hizo que volteara la cara y me salpicara los pantalones. ¡Mierda! El agua caliente salió de mi cuerpo en chorros desbordados. Recordé a los toreros muertos y su agüita amarilla: baja por el caño, etcétera. Un hombre estaba apoyado en el urinal y cantaba con lenguaje incomprensible. Leí en la pared: Morir es como acostarse a dormir sin levantarse a orinar. Me subí el cierre. Busqué dónde lavarme las manos, pero sólo encontré un bote oxidado con agua turbia. Me limpié las manos en el pantalón. Era eso o arriesgarme a agarrar una infección. Saqué el celular del bolsillo y vi varias llamadas perdidas y mensajes de WhatsApp: Te estuve marcando, a ver si ya te dignas a responder. Mi exmujer estaba desatada. Amenazó: ¡Voy a demandarte! Desde hace tiempo venía diciendo lo mismo: que los niños están en la escuela; que se enferman mucho; que lo que le daba no era suficiente; que quién sabe dónde madres me gastaba la lana; que era un putañero; que quién sabe en qué estaba pensando cuando te di las nalgas; que a la chingada con lo nuestro; que con que me des el gasto completo y lo demás me vale madre; que chingas a tu madre si no vuelves a contestarme el teléfono.
Bebí con ansia el último trago de cerveza que quedaba. Levanté el envase para que trajeran otra, mientras guardaba el celular sin poner atención a la llamada entrante. Levanté la mirada al notar la sombra de un bulto frente a mí. ¿Media, caguama o caguamón?, dijo la voz chillona. Media, respondí a aquel cuerpo flaco ajustado a una playera y pantalón pesquero. ¿Media? El mampito me vio y dibujó una sonrisa en su rostro. ¿Qué, veniste a tomar o calentar asiento? Pinche puto, pensé. Tráeme una caguama, pues. ¿Indio, sol, corona…? ¡No jodas, esto parece oficina de gobierno! ¡Tráete lo que sea; no importa! ¡Ya cásate!, dijo y dio la vuelta. El celular seguía timbrando en mi bolsillo. La puta me estuvo mirando todo el tiempo. Sentí su mirada desde el umbral donde abría las piernas sin recato. Intenté sonreírle pero me dio la espalda. Incluso ella se sentía con derecho a tener dignidad y despreciarme. El meserito llegó a mi mesa: Indio, dijo sarcástico, pa que no pierdas la costumbre. Sirvió en un vaso. Son cuarenta y cinco. Pagué y se alejó de mí.

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Sobre mamadas y currambas 2017- 2018 #memes

 

Después de la tormenta de perder el dominio .com nos constituimos como una organización dedicada al mame. El año pasado intentaron silenciarnos pero el poder de la providencia de la ternura nos ha permitido volver, y ahora con más fortaleza que nunca. Por eso, desde hace un año, nos engalanamos como milinviernos.org Deseamos, en un principio, trasladarnos a milinviernos triple x, pero los costos eran altísimos para esta aventura de ternura. Empero, nos aprestamos a compartir con los respetados lectores, la producción memísticas de estos dos años que ha seguido siendo constante y masiva como las depresiones que nos acechan todos los días al levantarnos de la cama, ya sin las erecciones de los tiempos de juventud sino con la flacidez que otorgan tantos divorcios.

 

Es hora pues de advertir que estamos más cerca del ancianato que del jardín infantil,  y por tanto, saber que el olor a pañal volverá a nuestras vidas con mayor importancia y furia. Esperamos que disfruten este repaso y así tener la claridad de que todos los años estarán más llenos de desgracias pero al tiempo más sensatez como para que eso importe.

Y saber que este pequeño no tiene huevitas

 

 

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Crónica tenista en los juegos de la desesperación.

Algún día se van a acabar todos los juegos y ese día no querremos estar secos. Pero la sed también se cansará y, por lo tanto, quedaremos solitos con nosotros mismos. 

Estas eran las reflexiones de Víctor Kerofilis al encontrarse con su amiga Lunática Gotovina en las puertas del Club Reptiliano. Justo cuando sabían que los asteroides habían sido desviado gracias a las oraciones del divino hermano Luis Antonio se aprestaron a cubrir un evento tenístico internacional.

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En el discurrir de la justa deportiva, en medio del más solemne silencio que implica un juego tan aburrido, arribista y banal como es el tenis, Gotovina se dirige a Kerofílis de esta forma:

  • Chato, ¿cuéntame, qué has leído?
  • Querida amiga, leí que la masturbación trae consigo una notable mejora en el léxico y quedé absorto ante tal afirmación carente de raciocinio. Me exacerba cuando de soslayo un petulante enarbola cultismos de rimbombantes como banales corolarios cuyo efímero fin es obnubilar.
  •  Lo que me obnubila es observar que nos has dejado esa afición por la paja. Pero, ¿sabes algo? La prefiero por sobre este partido entre la rusa y la polaca.
  • ¿Sabes algo, amiga croata? Pues a mí este partido no me inspira sino unas ganas las berracas de sacudirme el prepucio.
  • Veo que no has dejado tu característica ternura de desgraciado.

Las tenistas jugaban con una potencial fuerza de brazos que aterraron a kerofílis al suponerlas en pleno reme con un senegalés. ¿A costa de qué el tenis destruye el autoestima de sus espectadores? Cada hombre que va a observar a las chicas siente que sus piernas son de una pajarita en comparación con esos muslotes. Cada mujer sabe que el uso de esas faldas diminutas forma parte de la dictadura de los machos cuyas vergas algún día cortarán.

Como la tristeza empezaba a hacerse pesada, el cielo se desplomó en un valle de lágrimas negras. Esas rubias desaparecieron como hologramas que se cansan y en las graderías solo quedaron los dos amigos. La Lunática recordó que había olvidado el Alprazolam y la hiperactividad le pudo para asumir que iba a ser otra jornada olvidable. Kerofílis, entretanto, devoraba un buen trozo de sobrebarriga que le habían obsequiado sus amigos del club reptiliano.

Pocas esperanzas quedaban para seguir viendo los espectáculos tenísticos. Una vez más se quedaban con las manos vacías.

A la salida Lunática preguntó al chato Kerofílis que si pensaba masturbarse aquella tarde para mejorar su léxico.

  • Naturalmente, compañera. Una masturbación es mejor que mil páginas de Rufino José Cuervo. ¿Y tú, cuéntame, a qué te dedicarás en esta vespertina aciaga?
  • Creo que le voy a jalar al ribotril.

Ambos se despidieron con una tristeza que no les cabía en el cuerpo y pensaron en mil y una maneras de matarse que nunca ejecutarían. Por ahora, el juego quedaba en una masturbación y un viaje de ribotril. Es decir, en un tie break interminable.

Esto fue MIL INVIERNOS SPORTS reportando los juegos de la desesperación.

 

We are Bach: Organización Mil Inviernos

 

Esto es para la gente del campo. Así vivan en la ciudad, el mensaje solo será captado y entendido por las mentes de la gente del campo.

Se viene una nueva avalancha de Mil Inviernos que volvió igual que siempre y, por lo tanto, peor. Y como lo peor es lo más hermoso y más viejo, estamos en su punto para el geriátrico.

Alisten los pañales de incontinencia para lo que se viene: cagada tras cagada y olvido tras olvido.

Olvidamos nuestra antigua dirección electrónica porque ahora nos vinimos a contactar con otras entidades en nuestros cuarteles rurales. Ahora somos una organización con todas las de la ley, es decir, con el olvido estatal que bien caracteriza toda empresa de esta índole metafísica.

No solo publicaremos entradas en nuestro blog, sino que saldrán varios libros editados bajo el sello  EDITORIAL MIL INVIERNOS.

Un pajarito de Venus nos dijo que nos volveríamos millonarios o nos moriríamos. Como no soñamos con la fortuna, estamos dichosos ante la buena nueva de que pronto iremos a otros jardines, es decir, a los jardines del recuerdo. ¡Vaya paradoja, eh! Los que mueren con Alzheimer habitan tumbas destinadas al recuerdo y los que recuerdan aún viven con la infamia del olvido diario.

Bienvenidos todos a esta nueva etapa que es similar a una limonada sin azúcar ni panela.