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NO ES UN ADIÓS SINO UN HASTA LUEGO, A UN GRANDE, DON SALVADOR FREIXEDO

“Cuando me acueste para morir, estaré a punto de nacer”.

Salvador Freixedo

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Una señora sale de un barrio de ricos, estropeada como un robot al que se le da abuso y maltrato. La pregunta que nos dejó Freixedo, a lo largo de sus incontables conferencias, apariciones en la radio y la tele, y varios libros, como prolífico autor, fue ¿qué hace que los humanos nos comportemos de esa forma con otros humanos? Y la respuesta parece estar clara: desconfiemos de nuestros dioses.

El Dios a que se refiere Ignacio de Loyola es por supuesto el dios de la Biblia; el rencoroso y miserable dios del Pentateuco. Y a ese individuo yo me niego a darle ninguna adoración ni servicio.

No tenemos mucho qué decir, sino que se murió Don Salvador y ya todo se sigue yendo a la mierda.

Cada vez el mundo se vuelve más una granja y los Dioses son más Dioses.

La función continúa infortunadamente. Y somos los animales del circo, al que asisten criaturas para nosotros extraordinarias: a divertirse con nuestras monerías de filisteos.

Aún recordamos aquél día que don Antonio Ribera dijo que si los extraterrestres no existían, debíamos inventarlos para acallar jetas racionales de suficiencia.

Son esos mismos hijueputas extraterrestres los que nos hacen sentir racionales, los que nos aplauden las morisquetas circenses. 

¿A quién queremos gustar, don Salvador?

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«Mi iglesia duerme» el joven Jesuita rebelde, Freixedo

En el cristianismo se nos dice que Dios es nuestro Padre. Pero cuando uno lee la Biblia llega a la conclusión de que el hombre, en esta etapa de su existencia es un pobre huérfano en el Cosmos.

Ahora que saldrán los frikis a hablar mucho de Don Salvador, no queda más que el mutismo. Nos gustaría temernos que esto ha sido una broma pesada, que uno después de muerto solo tiene tierra y putrefacción; pero los malparidos extraterrestres nos harán reencarnar para seguir con su oprobioso y ruin espectáculo, a costa de nuestra orfandad.

Un OVNI nos espera al final de la muerte y al inicio de otra nueva muerte, en otro rincón del cosmos. Tú comprendiste eso, y por eso nunca te atreviste como los rufianes a dar una definición de Dios, sino que te declarabas un agnóstico enamorado de la inmensidad del misterio, misterio al que ayer has penetrado en medio de la complejidad de tu sueño

Y, como en el amor, te habitó la reciedumbre del que sabe de la próxima desilusión, la cual se alimentará de un nuevo enamoramiento, hasta que alguna vez, quizás, aparezca algo semejante a todo.

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Jueputa, estamos tristes y agradecidos con vuestra existencia, don Salvador.

Que algún día, un cohete psíquico, dispare tu nombre en el firmamento:

¡SALVADOR FREIXEDO ESTUVO AQUÍ Y NO COMIÓ CUENTO NI SE LA MAMÓ AL GRANJERO DE HUMANOS! 

 

Una reflexión en los anales de Pard, el gato de Ursula K. Le Guin

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A los 89 años de nacimiento de Ursula K. Le Guin, con más de un año de su deceso, recordamos a la americana, además de célebre escritora de ciencia ficción y fantasía, como una observadora de la naturaleza humana y gatuna. Por ello, compartimos una de estas observaciones acerca de su amado gato Pard, porque ella también experimentó en vida el vórtice paradimensional de cachorros y espíritus, que nos conecta con los MIL INVIERNOS, y a todos nos pone mal e infelices:

 

Quiero decir claramente que no creo que ningún animal sea capaz de ser cruel. La crueldad implica la conciencia del dolor ajeno y la intención de causarlo. La crueldad es una especialidad humana, que los seres humanos siguen practicando, perfeccionando e institucionalizando, aunque rara vez nos jactamos de ello. Preferimos repudiarlo, llamándolo «inhumanidad», atribuyéndolo a los animales. … El gato salvaje y el ratón salvaje tienen una conexión clara, altamente desarrollada y bien entendida: depredador y presa. Pero la relación de Pard y sus antepasados ​​con los seres humanos ha interferido con sus instintos, confundiendo esa claridad feroz, medio domesticada, dejándolo a él y a su presa en un lugar insatisfactorio e infeliz.

Copi, señor de las ratas. Por Daniel Maldonado Velázquez

De Desconocido – Mágicas Ruinas, Dominio público, 
Copi es el que está a tu izquierda. A tu derecha, posa Susana Giménez

Existe, dentro del panorama literario argentino, una especie de tradición que se aleja y no poco de las formas pulcras y refinadas de un Jorge Luis Borges o de un Adolfo Bioy Casares. Esta tradición, que bien puede ser calificada de contestataria, propia del arrabal, pareciera ser el resultado de una conjunción, de una síntesis de voluntades: la de un puñado de escritores que a lo largo de su trayectoria literaria se asumieron como iconoclastas decididos, furibundos y, también (y quizás sobre todo), marginales. Marginales no sólo en relación con el canon literario argentino (un canon que, dicho sea de paso, se encuentra en permanente estado de redefinición), sino frente a toda etiqueta –la de marginales, incluso– cultural e ideológica.
Usualmente, todo escritor tildado de molesto, incómodo o raro se sabe, precisamente, molesto, incómodo y raro y todavía más: celebra este hecho, esta especie de constatación empírica, de la única forma que conoce: escribiendo al borde, desde el borde y sobre los bordes, con papel de baño ahíto de mierda y con el dedo –como estilógrafo– embadurnado de orines.
Copi es, fue, uno de ellos. Y lo sabía. El hecho de que haya escrito buena parte de su obra literaria en un idioma que no fue jamás el suyo da cuenta de su condición de personaje-autor límite: frente a todo, ante cualquier individuo, institución o contingencia geopolítica, territorial (haber nacido en Buenos Aires, por ejemplo, y vivir en París y escribir en francés), opuso la figura del outsider literario y, por extensión, político.
Hay algunos más, desde luego. Arlt, Wilcock, Saer, Osvaldo Lamborghini. Pero Copi, probablemente, llevó a límites insospechados, extremos, esa condición de extranjería dentro y fuera del centro. Fue marginal cuando quiso deambular por los corredores porteños de la gran literatura argentina. Y lo fue, por supuesto, cuando se supo extranjero en Francia y, también, cuando comenzó a escribir en una lengua que se convirtió en el elemento clave de su creación literaria.
¿Cuándo se domina una lengua? ¿En qué momento sobreviene sobre aquel que escribe la revelación de que se ha aprendido lo suficiente o, peor aún, lo necesario del idioma ajeno para poder redactar las notas que solicita amable y bonachonamente el jefe de la sección cultural del famoso periódico francés, alemán, inglés, que lleva la luz de la verdad, del progreso y de la civilización allende las fronteras de las naciones más prósperas del planeta? ¿Cuándo, en fin, el escritor transterrado se ha apoderado del instrumental lingüístico o, mejor, idiomático para decir y señalar, en su condición de ser-de-letras (homme de lettres) qué sí y qué no y por qué? Poco o nada importa todo esto. Poco o nada me importa a mí. Y dudo mucho que Copi, –extranjero en Francia, extranjero siempre–, haya tenido ganas de formularse este tipo de interrogantes. Más aún: de haberlo hecho, seguro que las desechó (con sorna, con risillas, con furia) de inmediato.

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El chute definitivo. En memoria de José José, la bestia del amor

Cada vez menos nuestro mundo

Norbert Schüster

La canción acaba de morir

Omar Kayham

Las biografías siempre son incompletas hasta que se cierra la fecha de nacimiento con la de muerte. En tu caso, que saltaste de una eternidad a otra, se puede ver que tal tentativa no es otra cosa que un disparate de bibliotecario mediocre.

Dijiste noche no te vayas, como si no fueras tu el que la abandonaría y, con ella, a todas estas almas en pena: ese era el bouquet de tu dosis personal.

Ojalá papá lindo te de unas buenas jeringas repletas de heroína y le digas, en el viajado, que dicen que eres un payaso y nada puedes hacer. También quiero ron y mezcal y aguardiente pero mi nuevo oficio de chófer no me lo permite porque debo cargar tu cadáver.

Ojalá que te mueras, dijiste esa noche, y fue como un puro beso porque tu fantasma vuelve a rondar los 10 años que estuviste en consumo al interior de un taxi.

Y esta vez soy yo tu taxista y te llevo a los intrincados parajes de tus pesadillas: viste tu posible vida de sobrio hasta que morías como un vulgar sujeto, tan mediocre como yo, tu taxista.

Por aquella época, cuando te llevé, yo tenía veinte y tu cuarenta. Ahora te alcancé en edad pero no en grandeza y estoy tan cansado que he de confesarte que a veces preferiría estar muerto como tú: quiero morirme pero solo me mato a pajas porque no me pagan lo suficiente para ir a donde las venezolanas.

Pronto te olvidarán pero en mi cachivache, mientras hago carreras, o carreritas al culo, como dirían los vulgares, coloco tu música y levanto la cara con orgullo.

Recuerdo aquella tarde que le cantaste borracho a la señora Verónica Castro. Recuerdo la cara de asco de aquella coqueta mujer que sabía de tu hedor a alcohol trasnochado y mal aliento que de tu boca de bolero salía.

No sabes cómo y cuánto te extrañaré en la botanería en donde me daré duro en la cabeza mientras veo a un cantante de poca monta que te imitará primero a ti, luego a Juan Gabriel y después interpretará sus propias canciones que nadie escuchará.

Qué memoria tienes

Y yo con un Alzheimer ni el malparido

Dios te lo permita, que nunca en la vida

tengas una pena

porque si la tienes, morirás de angustia y desesperación

no te lo reprocho

tan solo le pido a Dios

que me muera

que me muera

 

 

 

Mira lo que has hecho, pequeñín

Ayer habló Daniel Johnston con Jesús. Hoy, un hoy que ninguno de ellos dos tienen porque los hundió la eternidad, es hora de ver lo que hizo aquél hombre que ya se difuminó y del que nos quedan canciones, suspiros y alguna que otra torta para distraer la depresión. Acá, algunas de sus más célebres frases y consabidas canciones.

 

Soy mi miembro fantasma y me tengo miedo

 

 

 

Correrse y parecer una vaca

 

 

Nada mejor que dormir deprimido

 

Cuando quiero llorar también lloro

Todo en esta vida es duro salvo mi pipí, y eso es lo más duro

Jamás leí las confesiones del artista de mierda pero también me confieso

La inocencia de horror de Jairo Pinilla

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Jairo Pinilla Téllez, realizador colombiano, nacido en Cali, director de siete largometrajes y más de una decena de cortos y otros cuantos documentales, ha corrido con la mala suerte de haber nacido en el país equivocado, como casi todos los artistas adelantados a la época y con una psiquis ajena a la  promedio del colombiano.

La inocencia de Jairo Pinilla lo condujo al género fílmico del horror y esto lo llevó a correr un destino semejante al de la mayoría de pioneros de géneros en Colombia; a saber:

1- El desprecio de los críticos mainstream que ven los géneros con superioridad intelectual y que suponen un deber ser del cine como algo exquisito y bien realizado; estos son semejantes a quienes, sin conocer mucho de un deporte, critican una crónica deportiva porque se sale del molde que ellos pretenden debe ceñirse, y que añoran datos que no son buenos para nada, para sentirse frente a un escrito de rigor y valía cultural.

2- El desprecio del pequeño sector de críticos especializados en el género, que siguiendo el patrón de los críticos mainstream, suponen una manera correcta de hacer justicia al género, por lo general, imitando un molde extranjero exitoso para perpetuar ese éxito a nivel local; por lo tanto, términos como estilo o autenticidad, significan poco para ellos, y por lo general se avergüenzan si existen muchos indicios de color local o precariedad, porque son personas con complejos de inferioridad cultural.

3- El desprecio de los nuevos exponentes del género: estos chiquilines siempre caerán en la vulgar tentación de instaurar un antes y un después en el arte; por lo tanto, todo lo pasado les avergonzará y tratarán de ser pájaros tirando a las escopetas. Pues no solo desconociendo intencionalmente el pasado, sino echándole tierra, se jactarán de los titulares que anuncian «la primera película de terror colombiana» y ellos dirán que la culpa es de la ignorancia del periodista, pero tampoco se molestarán en corregir la buena fama y antes se sentirán beneficiados perpetuando una miserable mentira.

4- El desprecio del gran público. Y esto es lo más triste, porque un artista de género se debe a su público. Pero lo que hace a un público grande es su propia vulnerabilidad, por lo tanto, ellos no se pondrán a revisar historia, ni a contrastar datos, y están muy a la merced de los periodistas que desparraman ignorancia, y de los críticos despectivos, y de las artimañas de los nuevos exponentes.

Pero en los años setenta y ochenta, la cosa no estaba tan mal con el gran público y Jairo Pinilla pudo exponer sus películas generando un modesto éxito de taquilla y un buen recibimiento por parte de la gente que aplaudía sus creaciones; y en el año 1999, las cosas no estaban tan mal: un joven estudiante, Ciro Guerra, realizaba un documental homenajeando a una figura esencial del cine colombiano, entrevistando a gente que admiraba el trabajo y el estilo de Pinilla,  y que afirmaban que su cine de género era valioso. Ciro Guerra años después se convertiría en una figura trascendente en el cine colombiano, ganador de varios premios internacionales, y nominado al Oscar (casi como un Egan Bernal del cine).

Este es el documental que el joven Guerra le dedicó a Pinilla, cuando las cosas con el género no estaban tan mal como hoy día:

Documental Siniestro. Dirección: Ciro Guerra from simon hernandez on Vimeo.

 

UNTÉMONOS DE COLOMBIA, por Umberto Amaya Luzardo

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UNTÉMONOS DE COLOMBIA

(Así es el Pacífico)

Era un sueño de tercero de primaria, cuando en la clase de geografía aprendí que el país tiene tres cordilleras y dos mares; yo era un muchachito llanero que no conocía los cerros y mucho menos el mar; pero como era un niño y los niños tienen la capacidad de soñar despiertos, mientras el profesor hablaba de los kilómetros de mar atlántico y la cantidad de costa pacífica que nos pertenecía, yo en la imaginación, como en el joropo llanero: “salí por un caño abajo, a ver si a la mar salía”.

A los doce años cuando miré por primera vez la cordillera, pensé que en esos lugares los hombres eran demasiado guapos para trabajar, cuando eran capaces de hacer esos montones de tierra tan grandes que llamaban cerros; porque nosotros entre tres hermanos, turnándonos la carretilla para echar el piso de la casa, habíamos durado cargando tierra todas las vacaciones. Ahora, estábamos en Bogotá, mirando su cadena montañosa, y esperando que amaneciera para escalar el cerro que nos quedaba más cerca siguiendo el curso de la quebrada. Cosa de maravillarse, la quebrada estaba llena de piedras y como tampoco las conocíamos, todas nos gustaban y queríamos recogerlas todas, porque en los arenales del llano solo conocíamos dos piedras: una pequeña que tenían en la cocina para machacar los ajos y otra grande bajo la sombra de un árbol, la piedra de amolar, que traían desde Tame, a puro lomo de burro.

f“Viajar es necesario, vivir no tanto” decían los que se inventaron la democracia, como si viajar fuera un acto democrático, y nosotros, bajo el régimen de mi papá nos fuimos a conocer el mar; pero si las montañas me fascinaron, el mar no; el mar me asustó, porque pensaba que si el río Arauca, con lo pequeño que es, tiene caimanes, rayas, pirañas, remolinos y corrientes bravas en los que a cada rato se ahoga la gente, en esa inmensidad de agua tendrían que haber monstruos inmensos y furiosas tempestades; entonces me metí al agua con un recelo que me ha durado toda la vida.

Conocí el mar por la parte arriba de nuestro mapa, por el Atlántico; apenas me metí en el agua, que estaba tragándome el primer sorbo para comprobar que de verdad era salada y empecé a recordar las palabras del profesor “al país lo bañaban dos mares”, entonces me entró la necesidad de conocer el Océano Pacífico, y para allá me fui, pero esta vez no con la intención de asolearme en la playa, meterme un ratico al mar, y salir en pantaloneta para el hotel a comer pescado frito; sino que esta vez, mi intención era embarcarme y navegarlo, y muchos años después lo logré.

El pacífico colombiano empieza en Cali, con su cultura niche. Los caleños llevan el mar pacífico y la música afrocolombiana en cada folículo piloso, y de la misma manera que Brasil tienen estatuas de Pelé, en un centro comercial de Cali, está la estatua de Celia Cruz; diez metros de alta, con un vestido fucsia y su bemba colorá. Qué alegría para los ojos viajeros, mirar el buen gusto de los vallunos. Subiendo la cordillera occidental, por la carretera que conduce de Cali al mar, cruzando apenas el último barrio: Terrón Colorado, aparece el Saladito y La Cumbre; y siente uno que está viajando por lugares hermosos. Entonces llega el fin del afán y el comienzo de las casas bellas; es algo así como para los Bogotanos visitar La Calera, pero las casas de campo vallunas son más espaciosas y con mejor arquitectura, en otras palabras, mucho más bonitas, más espaciosas, con mejores jardines y menos frío.

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La ficción inmobiliaria de Italo Calvino

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Calvino en Nueva York viendo cómo sus pesadillas inmobiliarias tomaban forma. 

«La especulación inmobiliaria» de Italo Calvino data de una fecha específica desde su inicio hasta su conclusión,  que se manifiesta de forma clara al final:  5 de abril de 1956 – 12 de julio de 1957. Por lo tanto, se sitúa en un tiempo específico de la historia — la Italia que se reconstruía de la Post-Guerra—  y un espacio exacto aunque nunca mencionado: La Riviera al norte de Italia, en el pueblo ***. ¿Y por qué nunca se menciona el pueblo? Por dos razones, no simples, pero comprensibles: Uno nunca menciona a quien ama, y tampoco nunca menciona a quien odia, pero tampoco menciona a quien teme. Por esta misma razón, fracasan los que gritan y grafitean: ¡Yo amo a Fulana!; pero por esta misma razón, a algunos políticos detestables se les refiere como los innombrables  y ya, sin necesidad de mención alguna, todos saben  de qué innombrable se trata y por qué no se le nombra. Pero como amor y odio suelen ir juntos, suponemos que el narrador, en este caso, prefirió dejar el nombre en blanco, como quien firma un cheque en blanco, y dejarlo a la imaginación, o falta de imaginación, del lector, y en su caso más próximo, los lectores de Italia, en concreto, los de la Riviera de Italia, y su mala consciencia.

Ya hablamos de tiempo y espacio, como si eso importara, porque el comentario de muchos lectores, haciendo un barrido rápido por Internet, es que a pesar de que la obra se empezara en 1956 y terminara en 1957, sigue siendo vigente y es universal; es decir, que la temática que aborda es la misma ahora como en ese entonces, aquí como allá; y la temática no va más lejos que la del título que precisa en ponernos de una vez en el meollo del asunto: la especulación inmobiliaria. ¿Ha cambiado mucho esta actividad desde ese entonces?  En seguida,  hablaremos del tipo de personajes que aparecen en la obra.

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La ciencia hecha por los negros: una relación del descubrimiento de un antídoto en la expedición botánica

En «The Lola Verga´s big band» reiteramos el patronato de José María Vergara y Vergara en las letras nacionales y su irradiación en nuestra escritura. Esto lo confirmamos en una de las malhadadas presentaciones del libro: una mujer nos recalcó el carácter falocéntrico de nuestro libelo – claro está, aún no lo había leído pero quien nos invitó a la charla ha degustado ponernos frente a un grupo de lectores de Vila-Matas o Aira, que aplican teorías de género y desconstrucciones del sujeto burgués a cualquier texto/discurso para así convertirnos en los primates objeto de risa, reprobación e, incluso, inconformidad-.

A pesar de la repetición obvia que reflota en el apellido de este padre de las letras de Colombia  (¿será una fatalidad del parnaso de la poesía y prosa del país?), recordamos a don José María porque, en su Historia sobre la literatura en la Nueva Granada, hay atrevimientos que llamarían la atención a doctondos versados en lecturas de Paul de Man o Mignolo: en su último capítulo, por ejemplo, se ocupa de transcribir cantares llaneros, coplas del altiplano cundiboyacense y canciones del pacífico.

Además, se atrevió a realizar una explicación que trascendiera la mera erección de héroes  de los movimientos independentistas; abordó las políticas educativas que se dictaban desde la corona, la influencia de la iglesia y los escritos hechos en los siglos anteriores a las refriegas que condujeron al final del imperio español y el nacimiento de las repúblicas sudamericanas. Tan categórico como sus apellidos,  es el análisis que hace del origen de la la familia Caro: se retrotrae a dinastías romanas de egregios poetas para explicar el talento que habitaba las plaquetas de esa estirpe, es uno de los monumentos más notables al lameculismo que ha campeado por estos lugares.

También citó un escrito de Francisco Javier Matiz, uno de los pintores de la expedición botánica. En el mismo se expone la manera en que se descubrió un antídoto para el veneno de las serpientes: un negro, de quien sólo se sabe el nombre (Pío), tuvo la claridad de encontrar indicios en la naturaleza.  Después, La Historia le adjudicó toda esta desaforada empresa a la perspectiva moderna que trajo Mutis, con lo que se ha obviado uno de los conflictos de los que se pueden valer futuros tesistas para continuar trabajando en investigaciones que problematicen las categorías hechas al otro lado del atlántico.

A continuación, el texto de Matiz:

En la ciudad de Mariquita, en el año 1788, se hizo el descubrimiento del guaco por Francisco Javier Matiz, por haber hallado al negro Pío, esclavo de don José armero, con una culebra viva en las manos, y haberle preguntado dónde la había cogido.

Dijo que a la venida de la hacienda de su amo.

-¿A que te adivino, le dije, las contras que usas?

-¿A que quizá, contestó, sabrá su merced?

Díjele que usaría del bejuco curare.

Contestó que sí.

-¿De la necha?- Que sí.

– ¿De la fruta del burro?- Que sí-

– ¿Y fuera de esas usarías otras?

A lo mejor me contestó: hace poco descubrí otra que me parece es mejor que las nombradas.

Y sacando del bolsillo una hoja, me la mostró, y refiriéndome cómo había sido el descubrimiento, dijo:

Que estando desherbando unas yucas en la hacienda de su amo, vino una águila que nombran guaco, y se paró en un árbol: que estuvo cantando guacó guacó…. Y qye luego se dejó caer entre el bosque; y oyéndole dar aletazos, le causó curiosidad de ir a ver qué eran dichos aletazos, y vio al águila en acción de coger la culebra, la cual se le prendió, y en el instante levantó el vuelo, y se fue. El negro la siguió para ver dónde iría a caer, y vio que a la ceja del bosque se sentó y vomió de las ojoas del bejuco guaco, y retrocedió en busca de la culebra, y la halló en el mismo sitio, y la cogió y se la llevó a comércela a  otra parte; que fue el negro y reconoció de las hojas que había comudo, y reflexionó: cuando este animal ha comido de este bejuco, buena contra será.

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LA VIDA GANA. Crónica de Umberto Amaya Luzardo

 

LA VIDA GANA

(Crónica)

 

Umberto Amaya Luzardo*

 Cronista de Indias, 525 años después

 

Fotografía cortesía de Will Sánchez S. ©

 

Habrá llegado la hora
Cuando en mi devastado país,
la primavera decida que ya es tiempo de florecer de nuevo,
tendrá el abono de la osamenta humana,
que dispersó por todos lados la danza de la muerte.
Entonces, toda la cruda historia:
la sitiada, la oral, la clandestina,
se erigirá sobre el mapa.
Habrá llegado la hora
de aproximar a la tierra el corazón y el oído,
 para escuchar las voces,
que hemos estado evocando,
contra cualquier ley de olvido.
 
Francisco Morales S.

Perdimos el honor: Presento estos fragmentos de lo ocurrido en los pueblos de Arauca, con el propósito de que lo irracional de la guerra no quede en el olvido, mucho más cuando afecta a los niños, que no son otra cosa que el mayor bien comunal de toda la humanidad que anda en dos patas. Lo absurdo de la guerra es que se pierde el honor, quiere decir esto, que con tal de derrotar al enemigo, olvidamos esa cualidad moral que lleva al respeto de los derechos humanos y al cumplimiento de los propios deberes respecto al prójimo y a uno mismo. Hoy quisiera, como dice Alexandra Alekseivich: “Escribir una crónica sobre la guerra, que provocara náuseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera cosa de locos. Que hiciera vomitar a los generales, porque la guerra es un asesinato”.

Arauca Zona Roja: “Ni se le ocurra ir por allá, porque allá es muy peligroso y a los mismos policías que mandan, los mandan de puro castigo”. Repiten a diario en todo el país y los araucanos llevan ese estigma sobre la cabeza como si fuera un enorme sombrero pelo e guama, bien caro, bien pesado y bien caliente. Saravena, fue considerado como el municipio más violento del mundo, es posible que Tame, en esa época, ocupara el segundo lugar y Arauca capital, el tercero. Tres ciudades pequeñas con apenas setenta mil habitantes y un promedio de siete homicidios diarios cada una. Siete homicidios diarios por trescientos sesenta y cinco días que tiene el año son dos mil cuatrocientas cincuenta y cinco muertes violentas. Solo para dar un ejemplo, al comienzo del nuevo milenio Tame, gozaba con setenta mil habitantes, mataron dos mil doscientos (seis diarios en promedio) huyeron ocho mil y al finalizar el año tenía sesenta mil cristianos contando los recién bautizados, porque en medio de la guerra la gente hace el amor, cocina, manda sus niños a la escuela y va a misa.

Sarabomba: Le decíamos a Saravena con cariño, porque a todo momento y en todas partes un artefacto explosivo hacía su detonación. Lo común eran cilindros bombas lanzados desde rampas artesanales con tan mala puntería que la mayoría de ellos caían lejos de los objetivos. Entonces, se escuchaba el ruido de las pipetas en el aeropuerto, en el cuartel de la policía, en los hoteles y en el comercio. Pero una explosión que reventó en uno de los tantos terminales de taxis, como en el cuadro de Picasso “Guernica”, creó una lluvia de restos humanos, restos de animales y de objetos cubriendo el piso del parque donde jugaban los niños a la hora del recreo. Cayó un brazo, más allá una pierna, una cabeza de un adulto con su bigote de pobre bien delineado, un gato, un ventilador, los trozos de un escritorio, la pantalla de un computador y un casar de palomas que anidaban en el techo cayeron muertas y sus plumas blancas como la paz, suspendidas en el aire, se alejaban empujadas por la brisa.

El día del grado: A los cuatro años había terminado el pre-escolar, había ensayado un baile de joropo con una compañera para presentarlo al momento de la clausura y a las ocho de la mañana caminaba agarrado de la mano de su papá, con su capa y su birrete rumbo al colegio para recibir el diploma. Una moto paró a su lado y el parrillero le disparó al papá tres veces, dos en la cara, otra en el pecho, el hombre cayó boca arriba y el niño viendo a su papá tendido en el piso, se le acaballó en el estómago, lo agarró de los hombros pretendiendo sentarlo mientras con la mayor ingenuidad le decía: “Párese papacito, párese que usted no está muerto, párese papacito, que usted tiene que ir a mi grado”.

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