Lo que queda es epigonal
Por Daniel Maldonado Velázquez
Sobre Borges, por Piglia, 2014, seminario disponible en YouTube

Quizá el hilo que conduce a la literatura argentina sea la desmesura, la exageración. Esta desmesura no es sólo de índole literaria; también es ideológica. Ejemplos sobran. Borges ninguneando a Quiroga o a Arlt; Borges celebrando a Chesterton, a De Quincy. ¿Existía una diferencia verdaderamente sustancial o, incluso, formal entre De Quincy y Roberto Arlt o entre la escritura quiroguiana y la de Chesterton? Tanto en los ingleses como en los sudamericanos fue elocuente la impronta de lo popular. La escritura de Arlt no habría sido posible sin los textos de divulgación científica, las novelitas menores o los relatos de acento policial que Arlt leyó a lo desquiciado. En esa escritura, lo popular adquiere la forma de lo facineroso. ¿Acaso en la escritura de Chesterton no está presente la dimensión de lo popular? ¿No es el Padre Brown una variante de la figura del detective activada por Poe en “Los crímenes de la calle Morgue”?
Ricardo Piglia ejecutó una operación similar a propósito del autor de El Aleph. En su afán por colocar a Borges en el centro de una tradición que es menos eso que un canon en movimiento constante, sostuvo que el inventor del soneto era más grande que Dante, “porque aquel había inventado una forma”. Para él, Borges –igual que el oscuro inventor del soneto o igual que el ignoto creador del haikú– se erigió en Pater familias por haber confeccionado el cuento borgesiano: mezcla de ficción especulativa (según Coetzee) y relato fantástico. Un escritor clásico inventor de una forma nueva. La pertinencia de Borges, continúa Piglia, se sostiene en su condición de sumo artífice: sin “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, P. K. Dick o V. Nabokov no hubiesen escrito El hombre en el castillo o Pálido fuego. Conclusión problemática: por diseñar un novedoso artefacto narrativo, Borges es el motor seminal de un nuevo tipo de escritura.
En los planteamientos de Piglia hay mucho de exageración. O de aquella variante sofisticada de la exageración que Borges empleaba con maestría: la boutade. La desmesura no siempre es incorreción. En el caso de Borges, ocultaba vacío.
El vals de Tolstoi
El pianista Alexander Goldenweiser, en Yásnaia Polania, transcribió las notas del Vals mientras Leon Tolstoi lo interpretaba para él y el compositor Sergei Taneyev. Dicen que esto ocurrió en 1906, muchos años después de que el novelista compusiera la pieza y muchos antes de que apareciera «Infancia», su primera novela.
Esta es la versión que se le adjudica a Goldenweiser:
El otro creador
Por Daniel Maldonado

Es común ver al poeta como una figura que entra en tensa relación con su entorno más inmediato. Se trataría de una figura problemática, tenida por incómoda o hasta innecesaria. Antes que ajustarse a lo que es; antes que seguir a pie juntillas los lineamientos impuestos por la lógica de turno, el poeta incordia, revira, reconfigura. Su rol —si posee alguno— no se diferenciaría del que desempeña el filósofo. El filósofo no sólo interpreta la realidad, la cuestiona. O mejor sería decir que cuestiona los valores acuñados y asumidos por los hombres y que circulan dentro del tejido que usualmente identificamos por real. En buena medida, lo que pone en suspenso es el conjunto de convenciones que dan rostro a lo que, de suyo, no lo posee: la realidad.
El poeta y el filósofo interactúan con la realidad; captan sus murmullos y fulgores. Todavía más: perciben lo que se halla detrás de lo consagrado como lugar común; lo que se esconde detrás del velo.
Para María Zambrano, la poesía y el pensamiento son las vías a través de las cuales el ente humano se aproxima a lo que está oculto. Sólo en tal sentido son cercanos los caminos del poeta y del filósofo. De hecho, uno y otro se distancian en función de la naturaleza de sus exploraciones: la del filósofo está marcada por la violencia que ha supuesto el haber sido removido del mundo de las apariencias; la del poeta, por la contemplación asombrada del ser encerrado en cada objeto que colma el mundo. Escribe Zambrano: “La filosofía es un éxtasis fracasado por un desgarramiento. […] no todos fueron por el camino de la verdad trabajosa y quedaron aferrados a lo presente e inmediato, a lo que regala su presencia y dona su figura, a lo que tiembla de tan cercano; ellos [los poetas] no sintieron violencia alguna o quizá no […] esa forma de violencia, no se lanzaron a buscar el trasunto ideal [como los filósofos]. Fieles a las cosas, fieles a su primitiva admiración extática, no se decidieron jamás a desgarrarla; no pudieron, porque la cosa misma se había fijado ya en ellos, estaba impresa en su interior. Lo que el filósofo perseguía lo tenía ya dentro de sí en cierto modo, el poeta; de cierto modo, sí, de qué diferente manera” (Zambrano, Filosofía y poesía, 18).
Más allá de que poeta y filósofo sean entidades percipientes, su abordaje de la realidad los coloca en miradores distintos. Cabría decir, incluso, que mientras el filósofo observa, el poeta contempla. Ocurre así en tanto que el poeta no busca lo que el filósofo, porque lo que éste busca ha sido inscrito (gratuitamente) en el interior de aquél. Lo que motiva la búsqueda del filósofo, el poeta lo posee en tanto don. El desgarramiento que moviliza la acción filosófica, un desgarramiento que es fruto de un acto de violencia, se traduce en el poeta como sensibilidad herida; el que asume que la palabra es menos medio que fin, guarda en su interior la marca de una percepción trascendente: “El poeta no renuncia ni apenas busca, porque tiene. Tiene por lo pronto lo que ante sí, ante sus ojos, oídos y tacto, aparece; tiene lo que mira y escucha, lo que toca, pero también lo que aparece en sus sueños, y sus propios fantasmas interiores mezclados en tal forma con los otros, con los que vagan fuera, que juntos forman un mundo abierto donde todo es posible” (Zambrano, Op. Cit., 19).
El poeta hace de su cuerpo, de su carne, un dispositivo de captación de los estímulos que ofrece lo que se oculta detrás de lo real. Su sensibilidad se alimenta de lo que su piel, su vista y su escucha le tributan; es fruto de la gracia, del don. Es, además, testimonio de la presencia de Otro, porque sólo ese Otro capta en su unidad la multiplicidad del mundo. Otra vez: el filósofo sale en busca de la unidad que supone oculta detrás de lo aparente; el poeta, por el contrario, reconoce en la heterogeneidad de las cosas aparentes la unidad extraviada, la que sólo se revela mediante la gracia.
Una entrevista de Jiménez del Oso a Erik von Daniken
¡Recordad a los muertos!, ordenó un moribundo de los relatos de Erik von Daniken. Luego, ese mismo moribundo, sin la naturalidad del que agoniza, discurre en torno al efecto irradiador de vida que tiene el recuerdo para el recordado y concluye que, luego de un tiempo, es mejor que lo olviden de la misma forma que a los aparatos milenarios que reposan en los museos erigidos a base de expolios y narraciones imperiales (es decir, las justificaciones de los despojos y los conquistadores).
Queremos recordar a este reciente fallecido, uno de los primeros de este año, tan extraño. Que descanse en paz, Erik von Daniken:
EL «DISCURSO» DE LOS CABELLOS. Por Pier Paolo Pasolini

Traducido por Hugo García Robles
7 de enero de 1973
La primera vez que vi los melenudos fue en Praga. En el hall del hotel donde me alojaba entraron dos jóvenes extranjeros, con los cabellos largos hasta los hombros. Atravesaron el hall, alcan- zaron un ángulo un poco apartado y se sentaron a una mesa. Permanecieron allí sentados durante una media hora, observados por los clientes, entre los cuales me contaba; después se fueron. Sea mientras pasaban a través de la gente reunida en el hall, sea mientras estaban sentados en su rincón apartado, ninguno de los dos dijo una palabra (quizás —aunque no lo recuerdo— se mur- muraron algo entre ellos: pero, supongo, algo estrictamente práctico, inexpresivo).
En efecto, en aquella situación particular —que era completa- mente pública o social, casi estaría por decir oficial— ellos no te- nían ninguna necesidad de hablar. Su silencio era rigurosamente funcional. Y lo era simplemente porque la palabra era superflua. Ambos, en efecto, usaban para comunicarse con los presentes, con los observadores —con sus hermanos de ese momento— un lenguaje diferente al formado con las palabras.
Lo que sustituía el tradicional lenguaje verbal, haciéndolo su- perfluo —y encontrando por lo demás inmediata ubicación en el amplio dominio de los «signos», en el ámbito de la semiología— era el lenguaje de sus cabellos.
Se trataba de un signo único —el largo de sus cabellos cayen- do sobre los hombros— en el que se concentraban todos los signos posibles de un lenguaje articulado. ¿Cuál era el sentido de su mensaje silencioso o exclusivamente físico?
Era éste: «Nosotros somos dos melenudos. Pertenecemos a una nueva categoría humana que está haciendo su aparición en el mundo en estos días, que tiene su centro en América y que en provincia (como un ejemplo —antes que nada y sobre todo— aquí en Praga) es ignorada. Somos, por lo tanto, para ustedes una aparición. Ejercemos nuestro apostolado plenos de un saber que nos colma y nos agota totalmente. No tenemos nada que agregar oral o racionalmente a lo que física y ontológicamente dicen nuestros cabellos. El saber que nos colma, también a causa de nuestro apostolado, pertenecerá un día a ustedes. Por el momen- to es una Novedad, una gran Novedad, que crea en el mundo, con el escándalo, una expectativa: no será traicionada. Los burgueses hacen bien en mirarnos con odio y terror, porque aquello en que consiste el largo de nuestros cabellos los contraría en absoluto. Pero no nos consideren gente mal educada y salvaje: somos conscientes de nuestra responsabilidad. Nosotros no los miramos, nos atenemos a nosotros. Hagan lo mismo ustedes y esperen los acontecimientos».
Yo fui el destinatario de esta comunicación y pronto estuve en situación de descifrarla: aquel lenguaje falto de léxico, de gramá- tica y de sintaxis podía ser aprendido de inmediato, porque, se- miológicamente hablando, no era más que una forma de aquel «lenguaje de la presencia física» que siempre estuvieron los hom- bres en situación de usar.
Comprendí y experimenté una antipatía inmediata por los dos.
Luego tuve que tragarme la antipatía y defender a los melenu- dos de los ataques de la policía y de los fascistas: estuve, por principio, de parte de Living Theatre, de los Beats, etc.; y el principio que me hacía estar de su parte era un principio rigurosamente democrático.
Los melenudos se volvieron numerosos —como los primeros cristianos—, pero continuaban siendo misteriosamente silencio- sos; sus cabellos largos eran su único y verdadero lenguaje y po- co importaba agregarle otro. Su lenguaje coincidía con su ser. La inefabilidad era el ars retorica de su protesta.
¿Qué decían, con su lenguaje inarticulado que consistía en el signo monolítico de sus cabellos, los melenudos hacia 1966-1967?
Decían: «La civilización del consumo nos ha nauseado. Pro- testamos de manera radical. Creamos un anticuerpo contra tal civilización mediante el rechazo. Todo parecía andar bien, ¿ver- dad? ¿Nuestra generación debía ser una generación de integrados? Y vean en cambio como son las cosas realmente. Oponemos la locura a un destino de “ejecutivos”. Creamos nuevos valores religiosos en la entropía burguesa, precisamente en el momento que se estaba volviendo laica y hedonística. Lo hacemos con un clamor y una violencia revolucionaria (¿violencia de los no violentos?) porque nuestra crítica a la sociedad actual es total e intransigente».
No creo que, interrogados según el sistema tradicional del lenguaje verbal, ellos hubieran sido capaces de expresar de mane- ra tan articulada el tema de sus cabellos; pero en sustancia era es- to lo que decían. En cuanto a mí, aunque sospechase desde en- tonces que su «sistema de signos» fuese producto de una subcul- tura de protesta que se oponía a una subcultura de poder, que su revolución no marxista fuese sospechosa, continué por un tiempo de su parte, asumiéndolos al menos en el elemento anárquico de mi ideología.
El lenguaje de estos cabellos, aunque inefablemente, expresaba «cosas» de Izquierda. Más bien de la Nueva Izquierda, nacida dentro del universo burgués (en una dialéctica creada quizás artificialmente por la Mente que regula, más allá de la conciencia de los Poderes particulares e históricos, el destino de la Burguesía).
Llega 1968. Los melenudos fueron absorbidos por el Movimiento Estudiantil; se agitaron con las banderas rojas sobre las barricadas. Su lenguaje expresaba cada vez más «cosas» de Iz- quierda. (Che Guevara era melenudo, etc.)
En 1969 —con los atentados de Milán, la Mafia, la trama ne- gra, los provocadores— los melenudos se habían difundido ex- tensamente: si bien no eran todavía la mayoría desde un punto de vista numérico, lo eran en cambio por el peso ideológico que habían alcanzado. Ahora los melenudos no eran más silenciosos: no delegaban al sistema de signos de sus cabellos la totalidad de su capacidad comunicativa y expresiva. Por el contrario, la presencia física de los cabellos había sido desplazada, en cierto modo, a una función distintiva. Había vuelto a funcionar el uso tradicional del lenguaje verbal. Y no digo verbal por puro accidente. Por el contrario, lo subrayo. Se ha hablado tanto desde el 68 al 70, tanto que, por un buen rato, no podrá hablarse más: se ha consagrado el verbalismo, y el verbalismo ha sido la nueva ars retorica de la revolución (izquierdismo, enfermedad verbal del marxismo).
Aunque los cabellos —absorbidos en la furia verbal— no hablaban más autónomamente a los destinatarios trastornados, yo encontré de todas formas la fuerza para aguzar mi capacidad decodificadora y, en medio del ruido, traté de prestar atención al discurso silencioso, evidentemente no interrumpido de aquellos cabellos siempre más largos.
¿Qué decían ellos ahora? Decían: «Sí, es cierto, hablamos cosas de la Izquierda; nuestro sentido —bien que puramente sus- tentado en el sentido de los mensajes verbales— es un sentido de izquierda… pero… pero…».
El discurso de los cabellos largos se detenía aquí: lo debía completar por mí mismo. Con aquel «pero» querían decir evidentemente dos cosas: 1) «Nuestra inefabilidad se revela cada vez más de tipo irracional y pragmático: la preeminencia que nosotros atribuimos silenciosamente a la acción es de carácter subcultural y, por lo tanto, sustancialmente de derecha.» 2) «Hemos si- do adoptados también por los provocadores fascistas; que se mezclan con los revolucionarios verbales (el verbalismo puede llevar hasta la acción, sobre todo cuando la mitifica): y constituimos una máscara perfecta, no sólo desde el punto de vista físico —nuestro desordenado fluir y ondear tiende a homologar todas las caras— sino también desde el punto de vista cultural: en efecto, una subcultura de Derecha puede muy bien ser confundida con una subcultura de Izquierda».
En suma, comprendí que el lenguaje de los cabellos largos no expresaba más «cosas» de Izquierda, sino que expresaba algo equívoco, Derecha-Izquierda, que hacía posible la presencia de los provocadores.
Hace una decena de años, pensaba, entre nosotros, la genera-ción precedente, un provocador era casi inconcebible (salvo que fuera un magnífico actor): efectivamente, su subcultura era distinta, hasta físicamente, de nuestra cultura. Lo hubiéramos desenmascarado enseguida y le habríamos dado de inmediato la lec- ción que merecía. Ahora esto no es posible. Nadie en el mundo podría distinguir por la presencia física a un revolucionario de un provocador. Derecha e Izquierda se han fusionado físicamente.
Hemos llegado a 1972.
En septiembre de ese año estaba en la ciudad de Isfahan, en el corazón de Persia. País subdesarrollado, como horriblemente se dice, pero también, como de manera igualmente horrible se dice, en vías de desarrollo.
Sobre la Isfahan de hace diez años —una de las más bellas ciudades del mundo, sino la más bella quizás— ha nacido una Isfahan nueva, moderna y feísima. Pero por sus calles, camino del trabajo o de paseo, hacia la noche, se ven los muchachos que se veían en Italia hace una decena de años: hijos dignos y humildes, con sus bellas nucas, sus bellas caras límpidas bajo los fieros mechones inocentes. Y he aquí que una tarde, caminando por la ca- lle principal, vi entre todos aquellos muchachos antiguos, hermosísimos y llenos de antigua dignidad humana, dos seres monstruosos: no eran exactamente melenudos, pero sus cabellos estaban cortados a la europea, largos por detrás, cortos sobre la frente, como estopa por la tensión, encolados artificialmente en torno del rostro con dos feos mechones sobre las orejas.
¿Qué decían sus cabellos? Decían: «¡Nosotros no pertenecemos a la masa de estos muertos de hambre, de estos pobrecitos subdesarrollados, demorados en la edad de la barbarie! Nosotros somos empleados de la banca, estudiantes, hijos de gente enriquecida que trabaja en las compañías petroleras; conocemos Europa, hemos leído. ¡Somos burgueses: y he aquí que nuestros cabellos largos testimonian nuestra modernidad internacional de privilegiados!»
Aquellos cabellos largos aludían por lo tanto a «cosas» de Derecha.
El ciclo se había cumplido. La subcultura del poder ha absorbido la subcultura de la oposición y se la ha apropiado: con diabólica habilidad la ha convertido pacientemente en una moda que, si no puede ser llamada fascista en el sentido clásico de la palabra es, sin embargo, de una «extrema derecha» real.
Concluyo amargamente. Las máscaras repugnantes que los jóvenes se colocan sobre el rostro, tornándose obscenos como las viejas prostitutas de una iconografía absurda, recrean objetivamente sobre sus fisonomías lo que solamente ellos han condenado siempre. Han aparecido las viejas caras de los curas, de los jueces, de los funcionarios, de los falsos anarquistas, de los sier- vos bufones, de Azzeccagarbugli, de Don Ferrante, de los mercenarios, de los tramposos, de los hampones bienpensantes. Es decir que la condena radical e indiscriminada que pronunciaron contra sus padres —que son la historia en evolución y la cultura precedente— levantando contra ellos una barrera insalvable, ha terminado por aislarlos, impidiéndoles una relación dialéctica con sus padres. Solamente mediante esta relación dialéctica habrían podido tener una conciencia histórica de sí verdadera y avanzar más allá, «superar» a sus padres. En cambio, el aislamiento en el cual se encerraron —como en un mundo aparte, en un ghetto reservado a la juventud— los ha detenido en su inevitable realidad histórica: y ella ha implicado —fatalmente— una regresión. En realidad han retrocedido más allá de la posición de sus padres, resucitando en sus almas terrores y conformismos y, en su aspecto físico, convencionalismos y miserias que parecían superadas para siempre.
Ahora los cabellos largos dicen, en su inarticulado y obsesivo lenguaje de signos no verbales, en su hamponesca iconografía, las «cosas» de la televisión o de los anuncios de los productos, donde es actualmente imposible hallar un joven que no tenga cabellos largos: hecho que hoy sería escandaloso para el poder.
Experimento un sincero e inmenso disgusto al decirlo (más, una verdadera desesperación): pero ahora millares y centenares de millares de rostros de jóvenes italianos se parecen cada vez más al rostro de Merlino. La libertad de llevar los cabellos como querían no es más defendible porque no hay tal libertad. Ha llegado el momento de decir más bien a los jóvenes que su mane- ra de arreglarse es horrible, por servil y vulgar. Ha llegado el momento de que ellos mismos lo adviertan y se liberen de esta ansia culpable de atenerse al orden de la horda.
(Otra vez aquella pregunta incordiante.). Por Daniel Maldonado

I
¿En cuántas palabras cabe una vida? Tratándose de un sujeto como Philip K. Dick, los caracteres disponibles resultan insuficientes. En Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, Carrère hace acopio de no pocos caracteres, de no pocas palabras. Articuladas de modo inteligente, configuran un periplo –el de Dick– pautado por una forma de creer que se sostuvo en la desmesura, por la escritura de un puñado notable de novelas y relatos y, asunto no menor, por el ánimo de un personaje que solía encontrar en sus sueños claves que anticipaban –o que lo descifraban de plano– el porvenir.
De un tiempo para acá me vengo planteando lo siguiente: ¿será acaso que la ciencia ficción es una variante –más o menos sofisticada– de las sagradas escrituras? ¿En qué difieren los textos del apóstol San Pablo, un individuo a quien le bastó con oír la voz de una entidad superior para asumir la buena nueva, de los de alguien –como Dick– empeñado en demostrar la existencia de Ubik o Valis y, más todavía, dispuesto a descorrer el velo que impide que todos contemplemos el rostro de lo real?
En nada, quizá. Pero la fe es la fe y Dick, que de esta sabía mucho, cultivó la suya.
II
¿Qué es lo que se pretende encontrar en el secreto, en sus simas? ¿Una ficción? ¿Un sentido mayor, anhelado o aun temido, que dé-fe de las sospechas que se agitan en lo más hondo de uno mismo? Puede que la trascendencia radique precisamente en esta especie de salto al vacío que es la creencia ciega: “certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve”.
Ubik.
Valis.
III
Dick, dice Carrère, sostuvo intensas conversaciones con Thomas a propósito de su vida, de las vidas de ambos, de sus intereses (bastante afines). Thomas era un griego de los tiempos de la defenestración de la secta de Cristo que sin aviso previo se apoderó de la mente de Dick. De repente, Dick comprendió la razón de ser de aquellos lapsus en los que perdía la memoria. Su conciencia hacía las veces de continente compuesto de dos contenidos: un signo en cuya doble significación radicaba su potencia oracular, su capacidad para penetrar en los pliegues más íntimos y oscuros del mundo.
Dick se asumía un recipiente amable: veía en Thomas a un compañero de anhelos. El término de su relación ocurrió cuando ambos contemplaron en la tv la caída de uno de sus más grandes enemigos, cifra del fascismo, que Dick siempre despreció, y cifra, también, de la bestia (que en una de las novelas de Dick aparece con el nombre de FFF, 666): Richard Nixon.
Luego de aquel evento que sumió a Dick en una dicha peculiar –menos efusiva que satisfactoria, un derivado natural de su labor como baluarte de una religión que sólo él profesaba (porque nomás él la conocía, porque solamente él, igual que San Pablo, supo atrapar la revelación antes de que esta se disipara)– volvió a estar solo. Thomas decidió partir. Sucedió, sostiene Carrère, sin que Dick notara de inmediato su ausencia. Sucedió, pensó Dick, porque así tenía que ser.
IV
¿Y si el sentido de la vida rehúye las palabras? En lo concerniente a un tipo como Dick, la vida y su sentido no se encuentran en ninguna biografía.
A lo mejor y el sentido descanse, como pensó Dick en las postrimerías de su vida, en la imaginación, en las quimeras (que son nombres) que produce. ¿Ubik? ¿Valis? El inicio y el final son una y la misma cosa. O, como se desprende de la lógica presente en cada una de las páginas del I Ching (libro por el que Dick sintió particular fascinación), quizá “el alba y el ocaso [representen] los reversos de una moneda [invisible] llamada destino; donde hay oscuridad, [también anida la] luz.”
Nombres que son destinos. Nombres que configuran sentidos privados. Ubik. Valis. ¿Dios? “Certeza de lo se espera, convicción de lo que no se ve”.
De la fe de Dick, de sus tonos demenciales, dio cuenta Emmanuelle Carrère. Sí, el sentido de la vida de Philip K. Dick está en otra parte. Pero Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos se acerca, y bastante, a los perfiles más chuscos al tiempo que tristísimos, turbulentos al tiempo que festivos, de un personaje que muy pronto se supo habitante de un simulacro que sólo a regañadientes se atrevió a llamar realidad.
Homenaje a David Lynch
Escuchaba a Gorecki y su oración a la virgen, me sentí triste, quizá por el sol y el frío, pensé. Entonces vi un estado de guasá con la cara de David y un fondo negro. Le avisé a Luis. Él, horas antes, lo homenajeó con un video clandestino que hizo en Transmilenio, aunque entonces no supiera que Lynch estaba muerto.
Te amamos, David
Siempre
https://youtube.com/shorts/ZQMSuGxLCzQ?si=qt3px9BsJf4L1OzD
Una conferencia de Jameson, ahora que está muerto
Tenía en la boca una paja y dije abulia
Saul Goodman
Murió el tocayo grande de nuestro James: Jameson, el Jameson de la utopía.

No es más que un hasta luego, Giorgio El Pirata.

La única vez que vi llorar a pirata fue al escuchar «Aud Lang Syne», mientras me contaba en la librería El Reino, la historia más fantástica que presenciaron los antiguos: los niños y mujeres de Lemuria, tras escuchar de los sabios la noticia del fin de su civilización, se postraron frente a una gigantesca roca, se tomaron de las manos y entonaron el himno:
Comentario a La derrota de los Replicantes. Novela inédita sobre IAs de Antonio Mora Vélez.


Junto a Albio Martínez y Campo Ricardo Burgos. Grandes personalidades de la literatura CF en Colombia
“La poesía tiene que ser humana, si no es humana no es poesía”.







