Héroes decadentes II: la novela
(Novela bilingüe por entregas. ESP/EN)
Por Howard Murcia y Francesco Vitola Rognini.
Ser plural como el universo.
Fernando Pessoa.
Prólogo
El lunes amaneció sin nubes. Eso fue lo primero que notó Aurelio antes de subir al árbol: un cielo demasiado limpio, sin nubes. Tomó el machete. Revisó dos veces el nudo de la cuerda de seguridad.
El árbol era un almendro viejo que llevaba años rastrillando sus ramas torcidas contra el muro del fondo. Además, estaba plagado de comején. Las termitas habían hecho metástasis, por lo que además de la poda era necesario aplicar gasolina en las partes invadidas por los insectos.
Aurelio subió despacio. A los cincuenta y seis años no había otro modo de hacerlo. Ponía el pie, buscaba la rama, desplazaba el peso. Llegó a unos ocho metros de altura. Desde ahí la vista cambiaba: los techos de las casas vecinas, una piscina de agua verdosa, una antena oxidada, el cadáver de una paloma disecada por el sol, en el tejado vecino. El viento olía distinto también, olía a libertad, a monte.
Empezó por las ramas secundarias. Una a una dejó caer las tres ramas. Abajo, su ayudante, iba picando y apilándolas. Se desplazó hacia el otro extremo del árbol, donde había que pisar con cuidado por el comején. Encontró la rama que frotaba el muro como uñas largas en un espejo. Calculó el corte. Ajustó la posición del cuerpo.
Lo que pasó después ocurrió en menos de dos segundos. La rama no cayó, sino que hizo un movimiento pendular y lo golpeó en el pecho, arrojándolo fuera de su zona segura. La cuerda se quebró con un sonoro chasquido de latigazo. Néstor cayó rebotando de una rama a otra, y finalmente, contra el suelo del jardín.
Desde abajo, tumbado de espaldas, Néstor contempló el cielo sin nubes, seguía ahí, inmutable, sin la menor consideración por lo que acababa de ocurrir. Su ayudante, metido en su campo visual, le hablaba, pero la voz le llegaba en sordina. No sentía dolor, el cuerpo aún no lo registraba. Intentó mover la mano derecha, pero no pudo. Intentó llamar, pero no escuchó su propia voz. Entonces una sensación, somnolencia quizás, empezó a nublar los bordes del campo visual y fue cerrándose despacio hacia el centro. Y en medio de aquella oscuridad, un túnel de luz por el que se acercaba alguien en sandalias, con toga blanca y una barba larguísima. Pero no eran sandalias normales. Tenían algo en los costados —unos apéndices pequeños, como alas de pollo BBQ—. Las sandalias levitaban sobre el suelo, pero parecían caminar silenciosamente sobre una pista invisible. El hombre que llevaba las sandalias era delgado, de mediana estatura, con una túnica corta que en otro contexto habría parecido un disfraz. Llevaba en la mano izquierda una tablilla de arcilla. En la derecha, un punzón. Tenía expresión de funcionario indiferente a todo.
—¿Estoy muerto? —preguntó Néstor.
El hombre consultó la tablilla.
—Esa pregunta de naturaleza administrativa está fuera de mi jurisdicción.
—¿Y qué jurisdicción tiene usted?
—Traslados. —Hizo una pausa. Anotó algo con el punzón.— Soy el responsable de llevarlo del punto A al punto B. Lo que ocurra en el punto B no depende de mí.
—¿Cuál es el punto B?
—No se proporciona esa información de antemano. Forma parte del procedimiento.
Néstor miró alrededor. El espacio era oscuro en todas las direcciones, sin horizonte, sin referencia de distancia.
—¿Y si no quiero ir?
El hombre lo miró por primera vez con algo parecido al interés.
—En mis años de servicio —dijo— nadie me había hecho esa pregunta.
—¿Y cuál sería la respuesta?
—Aquí no existe voluntad ni libre albedrío.
Hizo un gesto burocrático con la mano libre, y el espacio-tiempo empezó a cambiar. Nestor sintió que le movían el piso.
—¿Cómo se llama usted? —alcanzó a preguntar al hombre que iba varios pasos adelante.
—Hermes —dijo, sin voltearse—.
DECADENT HEROES II: THE NOVEL
(Serialized Bilingual novel)
By Howard Murcia and Francesco Vitola Rognini.
To be plural like the universe.
Fernando Pessoa.
Prologue
Monday arrived without clouds. That was the first thing Néstor noticed before climbing the tree: a sky too clean, without a single cloud. He picked up the machete. He checked the safety rope knot twice.
The tree was an old almond that had spent years dragging its twisted branches against the back wall. It was also riddled with termites. The infestation had metastasized, so in addition to the pruning it would be necessary to treat the affected sections with gasoline. Néstor climbed slowly. At fifty-six there was no other way to do it. He set his foot, found the branch, shifted his weight. He reached about eight meters up. From there the view changed: the rooftops of neighboring houses, a pool of greenish water, a rusted antenna, the carcass of a pigeon mummified by the sun on the roof next door. The wind smelled different too — it smelled of open country, of freedom.
He started with the secondary branches. One by one he let the three branches fall. Below, his assistant went about chopping them up and stacking them. He moved toward the far end of the tree, where the termite damage made every step uncertain. He found the branch that scraped the wall like long fingernails on glass. He calculated the cut. He adjusted his position.
What happened next took less than two seconds. The branch didn’t fall — it swung like a pendulum and caught him in the chest, throwing him clear of his safe zone. The rope snapped with a crack like a whip. Néstor fell, bouncing from branch to branch, and finally hit the garden floor.
From below, flat on his back, Néstor looked up at the cloudless sky. It was still there, unchanged, without the slightest regard for what had just happened. His assistant stood in his field of vision, talking, but the voice reached him muffled, as if from underwater. He felt no pain — his body hadn’t registered it yet. He tried to move his right hand but couldn’t. He tried to call out but heard nothing come from his own mouth. Then a kind of drowsiness began to blur the edges of his visual field, closing in slowly toward the center. And in the middle of that darkness, a tunnel of light, and coming through it someone in sandals, in a white toga, with an enormously long beard. But they weren’t ordinary sandals. They had something on the sides — small appendages, like the wings of a BBQ chicken. The sandals hovered just above the ground yet seemed to walk silently along an invisible track. The man wearing them was lean, of medium height, in a short tunic that in any other context would have looked like a costume. In his left hand he carried a clay tablet. In his right, a stylus. His expression was that of a functionary indifferent to everything.
—Am I dead? — Néstor asked.
The man consulted the tablet.
—That question is administrative in nature and falls outside my jurisdiction.
—And what jurisdiction do you have?
—Transfers. — He paused. He wrote something with the stylus. — I am responsible for taking you from point A to point B. What happens at point B is not my concern.
—Which is point B?
—That information is not provided in advance. It’s part of the procedure.
Néstor looked around. The space was dark in every direction, without horizon, without any reference to distance.
—And if I don’t want to go?
The man looked at him for the first time with something resembling interest.
—In my years of service — he said — no one has ever asked me that question.
—And what would the answer be?
—There is no will here. No free will of any kind.
He made a small bureaucratic gesture with his free hand, and space-time began to shift. Néstor felt the ground move under him.
—What is your name? — he managed to ask the man who was already several steps ahead.
—Hermes — he said, without turning around.
Gran Expedición Botánica en el Bosque Urbano Brazo Salitre con ECOWATCHERS
¿Sabías que actualmente están consolidados 21 bosques urbanos en Bogotá❓🌳🌳🌳

Seguimos reconociendo la red de bosques urbanos presentes en toda Bogotá; la Veeduría ambiental ”EcoWatchers: Somos los ojos de la justicia ambiental» invita el próximo Viernes 19 de enero a partir de las 7:30 AM a la Gran Expedición Botánica en el Bosque Urbano Brazo Salitre
En compañía del Jardín Botánico de Bogotá y las Organizaciones comunitarias del bosque urbano realizaremos un ejercicio de ciencia ciudadana inventariando, caracterizando y aprendiendo de la flora del bosque a la vez que realizaremos una “pajareada” identificando la avifauna del territorio y sus servicios ecosistémicos.
Finalmente expondremos el resultado de nuestra veeduría con el fin de seguir trabajando de la mano con las comunidad por una Bogotá más verde y natural
Para inscribirte debes diligenciar el siguiente formulario o escanear el código QR de la imagen:
https://forms.gle/xe9v7NsKsYe3KP1N7
Organiza: EcoWatchers
Apoya: Jardín Botánico de Bogotá, Paquerxs unidos, Red brazo y humedal salitre, Huerta Comunitaria Muyso, Red humedal Salitre, Caminando el Territorio , Librería El Reino, Efecto Mariposa y EcoHills Bogotá.
ACTIVIDAD SIN COSTO!!!
Los esperamos!!!
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Un cuento de navidad
Sabio para las mañas, el viejo de las llanuras dijo que la relación con su hijo era casi un orgasmo.
Cuando los orgasmos ocurrieron, él no sabía que de ellos se tratara. Apenas comenzaba diciembre, en los juegos que precedían la conmemoración de la natividad, él jugaba a la pajita en boca: el viejo, por ese entonces joven, aunque ya barbudo y calvo, le pedía a sus varoncitos cuyas bocas mudaban de dientes que lo pajearan con la boca. Una vez el ahora viejo sabio evacuaba, tomaba del mentón al hijo hincado, lo miraba a los ojos y le decía: ¡Mis aguinaldos!
Ahora, que el viejo ya viejo es, ve a aquellos diciembres que nunca volverán: sus hijos ya tienen hijos.
Y los hijos de sus hijos lo rodean, mientras él, sentado en su silla mecedora, les cuenta historias de guajibos que resguardan el último resquicio de los antepasados.
Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola
Tarados histéricos

11 de diciembre, Barranquilla, Colombia. Desde el extremo norte de Sudamérica sigo el acto de instauración del nuevo presidente Argentino, reaccionarios de todo el mundo se han reunido a celebrar el triunfo de un tipejo desgreñado llamado Javier Milei. La ultraderecha internacional congregada para pactar la repartición del botín, el festín de la «casta» carroñera, en vivo y en directo. Aquella orgía de obtusos encorbatados contaba con la participación de sádicos violentos, depredadores de recursos naturales, negacionistas del calentamiento global y de los derechos humanos, enemigos de la vida y las libertades individuales, todos ellos histéricos y arbitrarios. Un nauseabundo espectáculo de homofóbicos recalcitrantes que se abrazaban cariñosamente mientras se sostenían la mirada.
En el atril, con la banda celeste cruzada en el pecho, el histérico de hace unas semanas lucía apocado, pálido, manso, incluso parecía haber sido trasquilado contra su voluntad, revelando una incipiente calvicie. El pueblo argentino no saldrá de la crisis, reveló su discurso inaugural, al final el ajuste no será para las élites, que seguirán sin pagar impuestos por sus grandes fortunas. Entre sus palabras, una extraña confesión, casi una promesa: la pobreza y la indigencia aumentarán. Lo dijo de pasada, sin emoción, bajando el tono de voz, pero fue quizás lo único cierto en su despliegue de demagogia. También confirmó el despido de funcionarios, a raíz de la eliminación de ministerios, según él innecesarios, como el que vela por el respeto de los derechos humano, lo que en Latinoamérica significa: leyes mordaza, espionaje a gran escala contra opositores, represión sangrienta en las calles, desapariciones forzadas, y sobre todo, impunidad judicial para los opresores. A continuación prometió eliminar todos los beneficios sociales ofrecidos por el Estado, la salud dejará de ser gratuita, y la educación se privatizará para poder reescribir la historia. En su discurso, el «no hay plata» se usó como un mantra con el que pretenderá justificar el autoritarismo que está por venir.
¿Cómo fue posible que los votantes se tragaran el cuento de la «motosierra para la casta»? No estamos ante el triunfo de la democracia, sino ante la mayor goleada sufrida por Argentina. Autogoleada, para más pesadumbre. Siendo un pueblo versado en fútbol sorprende que no hayan visto esa finta tan telegrafiada, quizás no creyeron que uno de los suyos fuese capaz de traicionarles —como si los neoliberales tuvieran otra patria que los paraísos fiscales—.
Ahora, siendo justos, el problema real no son los líderes descabellados, cínicos oportunistas por excelencia. El verdadero problema es la velocidad con que se multiplican los votantes incapaces de autocontrol o autocrítica, que en su lógica disparatada, arrastran taras —supersticiones, miedos, complejos—que les obligan a someterse al opresor que les ahorre el esfuerzo de pensar, basta con que les prometan poder seguir siendo obtusos, intolerantes y violentos. Por eso me pregunto si el auge de los reaccionarios no será más bien un síntoma del deterioro de la salud mental del hemisferio occidental, ¿estamos ante un caso clínico a gran escala, una histeria global, que como un virus volátil —gracias a las redes sociales y a la idiotez masificada— se ha propagado entre los grupos de población más propensos al fanatismo, a la falta de empatía, a la irracionalidad y el estancamiento intelectual? Este virus, esta histeria entre tarados, encuentra terreno fértil entre los obtusos que se niegan a evolucionar al ritmo de una sociedad cambiante. Entonces, si el problema es de inmadurez intelectual, de incapacidad crítica, de pereza mental, los negacionistas que encumbran histéricos intolerantes seguirán sin aprender nada, y Occidente continuará irremediablemente en su deriva hacia el despeñadero del fascismo.
Los antídotos: educación, empatía, solidaridad. Y manifestar la inconformidad en las calles. El absolutismo no debe sentirse cómodo con la victoria.
El hombre que enseñó a pajearse a los ejércitos

Hálito Divino, le llamaban por su aliento fétido. Acá nos referiremos a él de este modo para proteger su identidad, aunque actualmente goza de inmunidad diplomática por su alto cargo en las Naciones Unidas. De todos modos, creemos que lo mejor es no mencionar su nombre de pila.
A Hálito Divino se le apareció la virgen cuando lo secuestraron. En la primera noche de cautiverio, ya el tipo se sobaba el pirulín mientras los demás capturados lloraban y extrañaban a sus familias. Uno de los rehenes, apodado el Pibe Esloveno, le preguntó:
. Vos marica es que no extrañas a tu familia?
– para nada, mi dieta es la del caballo. Pura paja y agua.
De este modo, los demás supieron que este sería un potro difícil de domar. No se imaginaban a lo que se enfrentarían con este sátiro,. Es que ni encadenado lograron vencer sus impulsos onanistas: la vez que lo ataron a un árbol, Hálito Divino cerró sus ojos y ordenó a su cerebro mandar impulsos eléctricos a su penca, la cual eyaculó sin siquiera ponerse erecta.
Esto, ocasionó la admiración de sus captores. Uno, el flaco Nixon Hermindo, le consultó:
– venga, mi mujer no me lo da hace años. y Yo le tengo miedo a la infidelidad. Tengo los embalses llenos, ¿puede enseñarme técnicas?
En un par de días, el flaco tenía todos sus calzones almidonados y diseminó el chisme de la sabiduría arcana de Hálito Divino por todo el batallón.
De consulta en consulta, pasaron los años, pero el peligro de la esquizofrenia que atribulaba a los soldados se difuminó y solo sus oponentes cayeron en las garras de la locura.
Nada mejor que un pajazo para evitar la psicosis
Nada mejor que un pajazo para evitar que el matrimonio perezca.
Nada mejor que un pajazo para que el matrimonio perezca.
Mejor dicho, la dieta del caballo es el remedio para la demencia del secuestro.
Una vez fue liberado nuestro protagonista, fue declarado Gestor de Paz por la ONU: Ya que no fueron pocos los rebeldes que le agradecían el haberles enseñado el arte de pajearse sin las manos. Muchos afirmaron que disparaban mientras eyaculaban, y eso sin necesidad incluso de tenerla erecta. Cuentan que muchos muertos perecieron con sus calzones llenos de leche. Por lo menos los miserables no murieron en total desamparo. Un ultimo respingo de placer se asomaba en sus chimbilacos.
La guerra es pa’ machitos, dijeron, y esta técnica masturbatoria los apaciguó.
Cuentan que Hálito, ya entrado en confianza con las altas cúpulas, organizaba festivas jornadas de competencias de pajareo. Las proverbiales masturbatones hicieron más famosa la ONU y Hálito se instaló como un Papa Laico que enseñó a la humanidad la dicha de correrse aunque no hubiese erección y afuera sobrara el horror.
Este es un reconocimiento de Mil Inviernos a una persona que se entregó a la paz de la paja.
Mi paja os dejo y mi paja os doy.
la coca-cola del abya yala

Papis se masturbaba a lo loco y de puro loco llegó a Youtube, último remanso de la verdad oculta de los misterios de América. Le llamó la atención jalarse el miple en nombre de Huitzilopochtli o Manco Capac. Pero tropezó con la hermosa figura de doña Ruth Rodríguez Sotomayor y, sin parar de sobarse su gusanillo, advirtió que ella tomaba ingentes cantidades de coca-cola en una reunión sin parangón en la historia en la que también departían el insigne administrador, ilustre miembro de la escuela racionalista de Guayaquil, don David Cangá Corozo, y a su lado, un grupo de espíritus inquietos, investigadores de los arcanos y los meandros de la divinidad.
Doña Ruth se explayaba en sus perspectivas fenoménicas del continente Abya Yala como le dicen los indígenas bonitos del norte de este mundo bonito. Yo me pregunto, doña Ruth ¿cómo hace usted para sobrevivir a los alimentos ultraprocesados? Y me doy una respuesta:
USTED ES EL DOBLE DEL CHUPACABRAS.
Pero a diferencia del vecindario del norte, con los magufos como Campos o Parcerisa, usted ignora su fatalidad y por lo tanto no miente, usted expresa la verdad de la manera más ingenua y tierna que podamos ver: La de una maestra que está decepcionada porque sabe que sus estudiantes tienen la actividad neuronal de un paramesio.
Os dejamos con este diálogo cuya cota solo es equiparable a las mentiras platónicas. Y ahí sí, como Papis, Max Papis, el corredor de la fórmula kart: a correrse se dijo.
Once años pedaleándole a la princesa Mili.
Y once años pedorreándonos en la princesa.

Han sido horas de amarres amorosos y desventuras de viudos que no hallan el momento de dormir en un féretro para desposarse con la dama de la noche, es decir, con Dios. Hoy nos levantamos sin sentir nada, entonces nos preguntamos si ya no estamos muertos, o es que acaso, gracias a Dios, hoy amanecimos más insensibles. Y es que la insensibilidad nos ha prodigado lo que nos falta de valentía: el arrojo de pedirles a nuestros papis que a, nuestros cuarenta años, les sigamos pidiendo dinero para mantener a flote este proyecto en declive llamado milinviernos. No tenemos odiadores, mucho menos admiradores, pero sí que hay ignoradoradores de lo que hacemos: dios los bendiga, porque así como ellos nos ignoran, la angelitud hace lo propio con ellos.
Esta mañana vi a una caravana de atracadores que despedían a un coleguita. Uno de los deudos aspiraba bazuco de su pipa de pvc, o como ellos dicen, de su carro; hay nostalgia de no haber sido capaz de dedicarme a un vicio que me consumiera.

Mil Inviernos llega a la época en la que nace el devenir de ser un superpapá. Un papá valiente, sincero, transparente, sonriente y bienoliente. Pero en el interior hay abismos, abismos que yo, como padre, debo callar y mi cabeza es una olla a presión, debo ser feliz y tener los arrestos de tener éxito y defender a mi familia. Tengo el deber de ser valiente como Jesús lo fue en el Monte de los Olivos y, como Jesús, me cagaré del susto y, como Jesús, digo: ¡dios mío, dios mío! ¿por qué me has abandonado? Mientras mis hijos juguetean en el parque y mi esposa sonríe, agradecida por tener un lindo hogar. ¿Hay un desierto más desolador que una vida alegre?

A mí me decían en el colegio que yo iba a tener una vida alegre porque tenía cara de mariquita pero ni siquiera eso fue posible; no fui tan macho para ser marica y dar culo. Eso debe ser muy macho.
En estos once años de nuestra princesa mili las glaciaciones arrecian. Y apenas hay gente que se aleja de ese centro helado que es nuestra vida para morir de frío en sus propias burbujas de felicidad. ¡Ah, hipócritas, todos!
Cuánto nos ilusionamos con el final del mundo. Esa es la única salida para acabar con una vida feliz en familia: que el mundo acabe. Y como dice la última de los Everything but the girl: bésame mientras el mundo decae, bésame mientras la música está sonando.
Os traigo una noticia: moriremos felices. Y algún día nos levantaremos, ahí sí, sin sentir ni mierda y nos habremos dado cuenta que por fin somos fantasmistas. Descansaremos de vivir y nos decimos a nosotros: ¡feliz cumpleaños, mil inviernos! Te amamos, princesa Mili. Hoy te coronan en el Apurimac de los sueños.
Posdata: no hay nada mejor que tirarse pedos con dos dedos metidos entre el culo.
Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola
Un oasis en medio del caos

16/09/2022. ¿Cómo sobrellevar este ruido constante que nos ataca por todos los frentes? La maquinaria pesada masticando el pavimento con sus martillos hidráulicos; los obreros comunicándose a gritos durante la jornada laboral; las sierras circulares cortando hierro; los taladros perforando las paredes; el pitido de vehículos marchando en reversa; la música estridente de los parlantes montados en patinetas eléctricas; los borrachos exaltados discutiendo en las plazas; las sirenas de los vehículos de emergencia; los camiones barredora; los niños berrinchudos ignorados por sus padres; los gritos desgarradores de los dementes; los chillidos desesperados de quienes han sido robados por gacelas humanas. Es la sinfonía demencial del progreso barcelonés, la banda sonora de una ciudad hiperactiva.
Recién mudado al apartamento donde vivo —de eso ya hace un año— pensé haber encontrado un oasis en medio del ruido, y así fue hasta que comenzó el verano que se alargó durante siete meses, tiempo que ha coincidido también con las reformas del piso contiguo, justo al otro lado de la pared de mi cuchitril. En esos meses calurosos aparecieran mis dos nuevos compañeros de piso, unos individuos que creen vivir solos: tiran las puertas a cualquier hora del día y de la noche, hablan por teléfono a los gritos, desfilan por los pasillos con zancadas de elefante intoxicado, lavan ropa a la una de la madrugada —el ciclo de escurrido hace que parezca que el apartamento va a despegar—, y cuando usan la cocina la dejan convertida en la escena de un crimen. Imagínense compartir el baño con personas que no conocen la función de la cortina de la ducha, o del trapeador. Cada mañana, cuando salgo de la ducha, siento que en vez de un tapete, piso musgo.






