Archive | junio 2022

Morir al sur o el reverso posible de la historia. Por Daniel Maldonado

 

Quizá la historia de la literatura no sea sino un compendio de los modos en que ficción y realidad se entrecruzan. O, en todo caso, puede que el reverso de lo que se ha entendido como historia de la literatura dé menos cuenta de un conjunto, señero, de nombres y obras que de los modos, siempre sugerentes, de que se han servido narradores diversos a la hora de incurrir en el ejercicio de la narración. Ya lo decía Ricardo Piglia: en realidad, un cuento (y, agrego, también una novela) siempre cuenta más de una historia.

¿Cuántas son las historias que circulan en La ciudad ausente o en El largo adiós o en Guerra en el paraíso? Puede que el número de historias, de relatos que se cruzan en las tres novelas mencionadas sea infinito, como casi infinitas parecieran ser las que marcan el derrotero de personajes como Sherezade o don Quijote, figuras nodales que han trascendido las fronteras de sus respectivos universos narrativos.

No sin jiribilla traje a colación los títulos de las novelas de Piglia, Chandler y Montemayor. En las tres subyacen las voces de quienes han padecido, o en todo caso contemplado, la acción criminal de los monstruos sin rostro: la dictadura, la desigualdad inherente al capitalismo omniabarcador, el brazo armado del Estado. Pero además, en todas ellas también palpita una tensión: la que sostiene la ficción o, mejor aún, la literatura frente a lo real. Ninguna de estas narraciones se plantea, al menos no de manera directa, ser la crónica precisa de los acaeceres y sucedidos consignados por la nota periodística a modo o por el discurso imbécil de los referentes de la progresía mediática. Lo que hacen las voces de los personajes que habitan las páginas de estas novelas es poner en suspenso los resortes operativos sobre los cuales se sostiene el sentido, ominoso, de lo que en no pocas ocasiones se ha erigido en Historia oficial.

Entendida durante mucho tiempo como género menor, la novela policiaca o, digamos mejor, negra supo replantear, por vía de la figura del detective, la relación entre lo visible y aquello que, soterrado, opera a su sombra. Lo que hace el detective es aproximarse de otro modo a lo real. Mira, si se quiere, de modo desviado –por mal intencionado o cínico– no lo que flota sobre la superficie, sino aquello que sumergido como está implica riesgos, silencios, malas pasadas, intrigas. El reverso sórdido del ethos –pretendidamente aséptico– de los bienpensantes.

Morir al sur (2022, Nitro/Press), novela ganadora en 2020 del premio “Una vuelta de tuerca”, de Gabriel Velázquez (Cintalapa, 1984) es en cierto sentido tributaria de esta forma de entender la relación entre ficción y realidad (o entre fondo y superficie). Sí: la de Velázquez es una novela que se hace eco de algunos de los elementos –clichés, dirían sus detractores– de un género que figuras como Hammett o aun Chandler cultivaron con maestría. En Morir al Sur hay un crimen, un asesino y huellas de violencia extrema sobre los cuerpos de sujetos marginales que trasiegan el arrabal. Pero no sólo: lo que se plantea en Morir al sur es que en Tuxtla, San Cristóbal y Ocosingo (puerta de entrada al dominio, también marginal, de la selva) prevalecen el oprobio y la impunidad cifradas en la lentitud, incapacidad y opacidad propias de las instituciones locales procuradoras de justicia.

No es casual que sea un periodista y no un MP (o, aun, un detective a sueldo) quien se sumerja en los entretelones de una realidad política turbia, asfixiante por nociva. En última instancia, a Santigo –protagonista de la novela y fortuito private eye de una agrupación clandestina que busca declararle la guerra al gobierno– le corresponde zurcir los retazos de una trama compuesta de sucesos sólo en apariencia inconexos: el asesinato sistemático de prostitutas, la desaparición de un posible jefe guerrillero y la presencia de un alto mando militar en la ciudad de San Cristóbal de las Casas en vísperas del arribo de un año axial: 1994.

No son pocos los méritos (éticos al tiempo que estéticos) del relato de Velázquez. En Morir al sur, la selva es, antes que el paraíso bucólico canonizado por la lógica plástica del marketing, habitáculo en el que se gesta un levantamiento, armado y popular, todavía sin nombre. Puede que en esto último se encuentre otro mérito de la novela. Al recorrer sus páginas, asistimos a la construcción de un sueño terrible que luego habría de cifrar su grandeza en cuatro letras; entendemos que los ejercicios militares que realizan los marginados en el corazón de una selva llamada lacandona –individuos que se comunican entre sí en una lengua que al protagonista de la novela le resulta del todo incomprensible– concentran la memoria de una serie de ultrajes experimentados a lo largo de 500 años.

Otra cosa. Ahí en donde la historia oficial ha colocado a los sublevados como figuras anquilosadas, ahí en donde la historiografía oficial –o, verdad sea dicha, afín al establishment– ha hecho de los alzados entes brutos y ávidos de exterminar al otro por el prurito de sólo hacerlo, Morir al sur, de Velázquez, opone el reverso de esta ominosa narración: los que se asumen del lado correcto de la historia casi siempre se empeñan en ocultar las huellas, las marcas que dan cuenta de sus crímenes.

¿Cuántas historias circulan en Morir al sur? Posiblemente la menos visible de todas sea la más importante: la que conduce a la revelación de un crimen por vía de la ficción, de la fabulación. Aquella que hace de la novela, de la literatura sin más, el correlato iconoclasta de la narrativa –erigida en verdad irrefutable– del poder.

La escenificación del cáncer en Cronenberg. Reseña de Crimes of the future

David Cronenberg y Goliat Mortensen, echándose una canita al aire; o, como dirían los artistas, una cirugía maxilofacial.

 

 

 

La escenificación del cáncer en Cronenberg. Reseña de Crimes of the future 

¡Albricias!, a David Cronenberg le dio cáncer de uretra. Su mayor obra de arte ha sido la metástasis de un clítoris que ahora se convierte en las amígdalas. A campanear se dijo. Porque el viejo sexo ya pasó de moda. Los penes y vaginas son cosa del pasado. Los clítoris son amígdalas. Las vaginas tienen amigdalitis y las lenguas tienen huevo. Las neo-lenguas un huevo más pequeño, o como dirían los costeños del caribe: mama-huevo.

El desafío de las películas de Cronenberg —su segunda forma de metástasis— es implacable: no convertirse en el comodín de la prosa de la ciencia ficción de los próximos años: es cuestión de moda; ahora dirán que en lugar de cuerpos sin órganos, debemos hablar de órganos sin cuerpos y, a partir de esa elucubración, se erigirán las novelas más «weird» de la época. Pero como decía el bazuquero que imitaba a Chayanne «es tiempo de amor».  Y el amor es un sistema, no es un órgano ni es un cuerpo. Eso lo sabe muy bien, Saúl, el protagonista del film que homenajea a dos sujetos a ver:

 1- Sterlac, el dumbo con leucemia.

2- Pablo, o Saulo de Torso.

Del primero, se harán muchas reseñas. La vocación de Cronenberg es tirar esos señuelos para que los más pérfidos funcionarios de la cultura se ocupen en escribir libros en torno a ello.

Del segundo, apenas quedarán suspiros, como suspiros quedan después de hacer el amor en una mesa de disección. Son epístolas de un muerto para con otros muertos. No en vano, en la carta a los Gálatas, capítulo 3 versículo 1, se expresa:

 

Gálatas torpes, quién los ha hechizado a ustedes, ¡ ante quienes Jesucristo crucificado ha sido presentado tan claramente!

Nosotros somos los Gálatas de Cronenberg y Saul no es otro más que el mismo Jesucristo crucificado, rodeado de una comunidad de Magdalenas dispuestas siempre ha atravesar los cráneos de los hombres con un taladro automático.

¿Y el niño —preguntarán algunos— quién es? En esta reseña alegórica de la película de marras, ese pequeñín que come canecas de basura es Juan Bautista: basta con ver cómo sus órganos están marcados con nombres e imágenes: todos ellos son los tumores bautizados. ¿Acaso no es la iglesia una secta de tumores con nombres?

Cronenberg ha descifrado más que el futuro, la incapacidad de sostener una vida sana, porque la vida misma es enfermedad. ¡Oh, necios Gálatas! ¿Acaso consideran que lo importante son los cuerpos? Los órganos tumorosos están conectados entre sí por un sistema: la mirada de Dios y ésta, como un secreto y como un tumor, es lo que crece dentro de nosotros. Luego, lo tatuamos con palabras como «dolor» porque en las lágrimas de Saulo de Tarso y Saúl se vindica la vida a partir del éxtasis del llanto.

¡Quédense, Gálatas, con el cuerpo sin órganos u órganos sin cuerpo!. Sigan mascando el huesito que les tiró Cronenberg para así olvidar que no ha pasado un solo día desde que empezó la historia sagrada narrada por Dios, como si fuera un profesor de literatura buscando significado.

Pedro Sánchez Merlano, o el mamerto del cine.

 

La vida de un fantasma. Por Héctor Cortés Mandujano

Yo le leía poemas de fantasmas

Fernando Trejo, en «El aliento que somos de los perros»

Regalo de mi amigo Fernando Trejo, leo su poemario La abuela está en la casa porque he visto su voz (Cuadrivio, 2019), que ganó el XVI Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal.

El libro tiene como tema central, resumo, la muerte de su abuela materna y su entierro; la vida de los albañiles que construyeron su tumba y las “Apariciones en la casa” después del sepelio. El propio Fer, que es también editor, cuidó el libro. Es pequeño y bello; en eso ayudan la tipografía y las ilustraciones hechas por sus hijos: Iñaki, cuando tenía cinco años, un ilustrador con notables dotes, e Isabella.

Fernando Trejo da con este libro un paso firme en la escritura poética en general y en su escritura en particular. El anterior que leí de él, Ciervos (2015), es una maravilla, y en éste no repite sus descubrimientos: cambia de discurso y plantea, sin caer en melodramas, con inteligencia, las variaciones emocionales a partir de la pérdida, flashback y flashforward incluidos.

He leído la mayoría de los libros de Fer y una de sus características es que no teme a la mezcla de géneros. La sección “Entierro”, por ejemplo, tiene títulos como si fueran parte de un guion de cine: “Ext. Barda con botellas quebradas/ día”, “Int. Ext. Casa de la abuela/ catedral/ mañana (Flashback)”, etcétera, y en otros poemas cita fragmentos de canciones de su abuelo Carlos Alberto Trejo Zambrano. No como pegotes, sino como elementos de construcción.

Hay una imagen en su primer poema, que me encantó (p. 11): “Abre la noche el hocico del viento”. En el segundo toma apunte (p. 13): “Hay un temblor de luz, dice mi hijo./ Me siento frente a él y anoto lo que dice: La abuela está en la casa porque he visto su voz”.

En el Flashback de la página 27, va con su abuela y su hermana, de niño, a rezar, con la promesa de que le comprarán después un helado: “Yo estoy consciente,/ a mis ocho años,/ que todo vale un helado de sorbete./ Que podré soportar la eucaristía,/ el rito,/ hincarme ante Dios poderoso. […] Como si bebiéramos la fe,/ en canastilla”.

En “Ext. Panteón Municipal/ mediodía” escribe (p. 33): “El sol tira a matar,/ Emite silbidos, como si dentro de la luz/ un tirador disparara pedradas/ de lumbre”.

Juan y Adán Verdugo, hermanos y albañiles, harán la tumba de su abuela, a quien nombra por completo en un verso (p. 44): “Con cuarenta ladrillos,/ los Verdugo borrarán para siempre/ la risa de María Luisa Sirvent Rincón”.

La abuela muere y luego su fantasma llega a casa del poeta (p. 57): “Y en este punto, en el distorsionado pixel de su incredulidad/ mi abuela aparece de frente/ horrorosamente lluviosa./ Todo esto sucede mientras corro la cortina/ y mi esposa dice que nuestro hijo se ha pasado/ todo el día rayando las paredes”.

Fernando intenta comprender a su abuela fantasma (p. 67): “Si hay algo que pesa en lo fantasma, es no poder llorar./ Porque llorar es muy humano. Y mi abuela qué puede soltar/ si el agua no recuerda”.

Qué buen libro. Qué gusto leerlo.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Terapia polifónica

22/4/2022. Barrio Gótico. Barcelona. Olviden las Apps de citas, el azar sigue siendo el mejor método para conocer gente. Aquel viernes por la tarde de la temporada de terrazas 2022 fui a tomar unas cervezas en el bar más cercano de casa, al que no había entrado nunca. En la barra estaba Andrea Juzga, una amiga barranquillera a la que no veía hace 15 años. Giros inesperados que introduce la vida a nuestro relato personal. Esa tarde la charla con Andrea resultó siendo tan terapéutica como las cervezas que nos bebimos. Yo le presenté a mi hijo y ella me presentó a su amiga siciliana, Deborah.

Una semana después me invitó a pasar la tarde con sus colegas music selectors, picoteros sofisticados dedicados a la arqueología musical, que reinterpretaron sonidos autóctonos de Latinoamérica en Ultra-Local Records, una tienda de vinilos del Poblenou. Un grupo de individuos interesantes, con los que lastimosamente tuve que interrumpir la conversación porque aquella noche el metro funcionaba solo hasta a las doce.

14/05/2022. Antigua Cervecería Damn. Tarde veraniega al aire libre, sol, comida y cervezas sin gluten, el nuevo producto de Estrella Damm. Cierran la jornada Acid Lady Avocado —el nombre artístico de Andrea— y Golfo de Guinea —Joan Pujol—. Seleccionan música caribeña que tenía 30 años sin escuchar, incluyendo «Muévelo» de El General. El ambiente hizo que bailaran hasta los que no estaban borrachos. El cambio de estación trae nuevos amigos con los que celebramos la vida, somos sobrevivientes de la pandemia y del infierno helado.

El teatro, el cine y la radio en Chiapas. Testimonio de Eraclio Zepeda. Por Guadalupe Calvo

En el año 2011, cuando visité a Eraclio Zepeda en su casa de La Condesa, en la Ciudad de México, investigaba sobre el teatro hecho en Chiapas en el siglo XX. Ya había pasado muchas horas en la hemeroteca de Mario Nandayapa y algunas notas de periódicos me enteraron que formó parte del grupo de Luis Alaminos y fue impulsor de un grupo que se llamó Teatro Conasupo. Por supuesto, tenía que saber más. Estaba muy emocionada y nerviosa, Don Chico era para mí un señorón que volaba y suspendía su vuelo para regalarme un poco de su tiempo. Los nervios se disiparon cuando me recibió con una gran sonrisa, me enseñó su casa y su enorme biblioteca. Él y su esposa Elva Macías fueron muy amables y pacientes con la chica estudiante de 24 años que se interesaba por el teatro.

Eraclio Zepeda no esperó preguntas, se sentó y me invitó a tomar asiento, me indicó que podía empezar a grabar y comenzó a narrar. Lo agradecí profundamente, la entrevista se convirtió en un relato, sin feas interrupciones por parte de la joven y torpe investigadora. Fue una ocasión agradable y llena de conocimiento, una coyuntura en mi labor por la investigación y que gracias a la guía de Morelos Torres Aguilar encontró cimientos sólidos que me hacen seguir por este camino.

El testimonio de Eraclio Zepeda tiene un gran valor histórico cultural para el estado de Chiapas. Es un breve trayecto por momentos importantes del cine, de la radio, del teatro y de la literatura en este estado sureño fronterizo. Fragmentos de él se encuentran en el libro Una época del esplendor del teatro en Chiapas. El Ateneo Experimental y otros grupos (1950-1970) y se publicó una parte en algún número de la Gaceta de la Universidad Intercultural de Chiapas.

 

Entre 1934 y 1935 se creó en Chiapas un grupo de teatro muy interesante llamado “Chiapas folclórico”, dirigido por mi papá, Eraclio Zepeda Lara, en el cual incursionaban también Carlos Calichi Castañón y Eva Calvo, una señora muy inteligente, muy moderna. La obra que montaban fue escrita por mi papá y trataba sobre la llegada de un turista llamado Mr. Otto, que Calichi le decía Mister Joto. En la obra, Calichi y Eva Calvo eran un matrimonio zoque, el contraste entre el alemán y el zoque era para mostrar un viaje por Chiapas; era muy humorístico, estaba acompañado de grupos de baile muy importantes desde el origen de ballets folclóricos de Chiapas. Hicieron ellos viajes por todo el estado, por San Cristóbal, Comitán, Tapachula, así que yo creo que ese “Chiapas folclórico” es realmente importante retomarlo.

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Reconocimiento al doctor Heberto Morales Constantino. Por Carlos Gutiérrez Alfonzo

El Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica hizo suya la propuesta de reconocer la labor del doctor Heberto Morales Constantino, el jueves 18 de noviembre de 2021, una de las actividades del Festival de las Ciencias, Artes y Humanidades organizado por la UNICACH. El acto se llevó a cabo en el auditorio del CESMECA. Se transmitió por los canales de YouTube y Facebook de dicha institución.

 

Me emociona estar hoy, acá, con el escritor Heberto Morales. El 19 de diciembre de 2014, cuando recibió el Premio Chiapas en la rama de Artes, dijo de él, luego de asentarse como chiapaneco, que sus oídos oían poco, que ya era “demasiado viejo”. Hace días, referí la comunicación que tuve con un joven escritor de sesenta años. Antes de que mi dicho se hiciera hilarante, acoté que, al expresarlas, mis palabras tenían una alusión. Pensaba en el escritor que ahora nos convoca. Me tiemblan las manos y los pies al verlo, luego de esta zangarreada que nos ha dado este bicho que no termina de azotarnos como humanidad.

En 2014, qué lejos estaba don Heberto de imaginar que llegaría a estos días. La definición que dio de él fue apenas un intento de contrarrestar la lucidez con la cual expuso las señales de su quehacer, el que se forjó “cargando unos cuantos metros de dril y algunos lazos para fabricar carpas a medio monte”. Tuvo un imán: el abuelo de sus hijos, quien moldeaba “con sus formones y sus gubias los pedazos de madera que habrían de convertirse en caras, en manos, en pies de ‘niños dios’” (256), quien luego de teclear con una Remington las horas de su labor municipal, de ir a ver si sus pocas vacas habían sorteado el mal tiempo, encontraba las horas para sondear en legajos, con el auxilio de su candela.

Con Chiapas en los ojos y en el corazón, sus diez novelas hasta ahora publicadas son un canto de amor por esta tierra. Impelido por exigencias laborales, se propuso escribir textos literarios en los que expondría su cariño por esta “célula infinita/ que sufre, llora y sangra”, como la definiera su amigo Enoch Cancino Casahonda. Podría pensarse que su escritura sería la de un memorioso que atraería hacia su propio tiempo sus vivencias de la niñez y la juventud, cuando estuvo en contacto, por casi todo el estado, con “gente grande y trabajadora”. Con olfato de antropólogo, volvió a recorrer la entidad. Quería tener de nuevo frente a sí los olores y los sabores en los que colocaría a sus personajes, como Yucundo, en un Grijalva que era suyo, de don Heberto.

Su escritura, situada en la literatura, lo dijo él, ha sido “para tratar de conservar, con respeto y amor, nuestras costumbres y nuestra lengua […] Y he escrito para dejar huella de que a alguien le está doliendo el saber que se nos está convirtiendo en un pueblo de mendicantes: que necesitamos que una mano buena, que besarán los avergonzados labios de nuestra miseria, se nos extienda y nos saque del dolor del día a día” (258). Veía cómo se alejaba la posibilidad de “inventar nuevos universos: universos nuestros, nacidos de nuestra inteligencia y de nuestras manos” (258).

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Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Soy un Gil

27/4/2022. Barcelona. Camino como buscando algo perdido. ¿Es desarraigo, desencanto, nostalgia, o el vacío existencial de siempre? En invierno los mordiscos del frío me hacían idealizar el calor humano; ahora, con el aplastador verano en ciernes, me vuelvo riguroso en la selección de compañía. Pero aún así hay que creer en el amor, ¿o qué nos quedaría, pensar en la muerte inminente? Por ello cada día procuro exponerme a este mundo de extrovertidos, a pesar de ser un reino de mentiras, apariencias, miedos, odios, traumas y trastornos. A veces incluso recuerdo que debo romper el hielo o nunca hablaría con nadie, mi presencia intimida: cargo una seriedad inexpresiva en la mirada, ojeras profundas por el insomnio, y ese silencio insondable e incómodo que confunden con desconocimiento de la lengua nativa.

Al despertar tratas de recordar lo que trasnochaste pensando, pones tu mejor cara y sales a la calle, y si el factor sorpresa te puede costar la vida en Colombia, aquí puede resultar en una conversación agradable o una burla. No es una mala apuesta, una burla es siempre mejor que un balazo. Salgo con la procesión por fuera y la sonrisa por dentro, intentando actuar como el resto, aunque por naturaleza leo a todo el que se cruza en mi camino. Se te pasan las horas volando y no hablas con nadie, pero solo te das cuenta cuando vuelve a caer la noche. Y es que «hablar» implica mucho más que eso. «Fluye», «sin mente» me han sugerido. Yo solo puedo mirarles con ternura, sabiendo que nunca podría explicarles a la velocidad que se mueven e interconectan las ideas dentro de esta eléctrica materia gris. Me tranquiliza un poco recordarme que hago parte de una minoría neurodivergente, pero aún así, en ocasiones me duele perderme de los frutos de ese mundo al que no pertenezco, entonces dejo que la hiperactividad tome el control, que haga el ridículo, que rompa el silencio, aunque ese sea mi lenguaje favorito. Acallar el silencio un rato, disimularlo, porque al cerebro es imposible amordazarlo. Aquí la hiperactividad cumple una función social indispensable, confunde al interlocutor y le hace pensar que soy un extrovertido ingenuo, sin tacto, inmaduro, les desconcierta que no siga los patrones conversacionales habituales. Paso entonces por imprudente, por raro  —oigo ecos de Beck «soy un perdedor, I´m a loser baby, so why don´t you kill me» y de Radiohead «I´m a creep, I´m a weirdo, why the hell am I still here, I don´t belong here»— y como dando tumbos antes de estrellarme contra el pavimento, fracaso de nuevo en mi misión de pasar desapercibido, de parecer indiferente a todo, de «fluir», de ser otro de tantos extrovertidos buena onda. Pero lo intento, me acerco, sonrío, me intereso realmente en alguna figura delicada, una que sea capaz de darle luz a mi vida con una sonrisa suya, y aún a pesar de tener las de perder, me acerco y dejo que el TDAH tome la palabra:

—Hola, llevo meses viniendo aquí y aún no sé tu nombre.

—¿Mi nombre? Gil.

 

Doy un paso atrás, sonrío y me despido; giro sobre un talón y salgo lo más lentamente que puedo. Dedico las próximas horas a pensar en su ágil respuesta, en los juegos verbales que permite la apropiación del lenguaje.