La versión soviética de «Los viajes de Gulliver»
Gulliver está a la par de don Quijote en el sentido que es un personaje que se salió del libro en el que apareció por primera vez y se le han adjudicado nuevas. Casi siempre a Lemuel Gulliver se lo ha encasillado en el apartado de la literatura infantil y las adaptaciones cinematográficas apuntan a este público; sin embargo, el libro de Swift está lleno de una amargura y una decepción sobrenaturales n la literatura en inglés.
En 1933 apareció en el cine soviético el primer largometraje hecho con stop motion y acciones reales- claro que antes, en occidente, aparecieron «El mundo perdido» y » King Kong» pero no tenían la complejidad del trabajo soviético- y fue una secuela de «Los viajes de Gulliver»; se llamó «El nuevo Gulliver» y fue dirigida por Aleksandr Ptushko, el hombre conocido como el Disney de la cortina de hierro.
En este largometraje, cuyo guión fue escrito por el propio director, un niño queda dormido mientras le leen el viaje de Gulliver a Lilliput y sueña con una nueva llegada a ese lugar de hombres diminutos y, en el decurso de la historia, aparecen notables divergencias que nos conducen a pensar que Lilliput también está en el siglo XX: Hay automóviles y una gran producción en serie, recordándonos «Metrópolis» de Fritz Lang, y, por consiguiente, hay una clase obrera que aspira a levantarse contra los opresores… Gulliver tendrá un papel decisivo en la revolución.
Les presentamos este hito de la fantasía soviética que nos permite intuir una variable eslava del steampunk:
Impresiones quiteñas. Por Julián Andrés Marsella Mahecha
Julián Andrés Marsella Mahecha sueña mucho y, entre la maraña onírica, se encontró aterrizando en la grandiosa Quito. Venía de Bolivia y, como uno andino furioso de lo puro triste, se ha adentrado en la consecución de un poema que circula por los procelosos caminos de la decepción y el encono amoroso: tiene fijación con los hombres que quieren morir a como dé lugar. También es un homenaje al gran futbolista boliviano que se ahorcó con una corbata: Chocolatín Castillo, el cacao más amargo de las cordilleras terrestres:
Impresiones quiteñas
Cuando Chocolatín se ahorcó con la corbata del banquero
te avizoré, Quito, desde los imperiales templos bolivianos
Caminé hasta tus alturas, descendiendo cual cóndor intoxicado
y caí, envuelto en espumaraja, en tu regazo frío
Se escuchará un clamor
cual bufido de cóndores muertos
En él, estaba sobre una cima, agarrado a un cóndor
Que le señalará el sur
a los palacios imperiales de Chocolatin Castillo
Desde Pichincha hasta el alto Bolivia
se riega la desdicha de ser un marica sin culo
Una vieja nave extraterrestre en los andes
como el humo de un amor cremado
en el mercado artesanal de las decepciones
se pliega a los sueños marcianos
de los escasos negros tristes que quedan
un anuncio de silencios es la respuesta
a las plegarias hechas desde la vieja cuna
de Manco Capac
mi Manco es Capac
Initium, el final del tiempo
El tiempo en Gomorra y Sodoma sucumbió y todos se convirtieron en estatuas. La erección de monumentos es la tentativa humana por alcanzar la eternidad pero los días se suceden, los monumentos se percuden. Nos seguimos figurando el perecer de todo lo existente como el final de un trayecto, presumiendo que la línea infinita es el tiempo y la finita el espacio (manteniendo la perspectiva, aún platónica, que divide a estos dos aspectos que, hemos intuido, dominan nuestra realidad). En el cortometraje que a continuación les presentamos, hecho en el seno de la academia francesa ArtFx, el tiempo es el que se acaba mientras nosotros seguimos vivos, como estatuas, y somos condenados a una incansable labor prometeica, encarnada en el fallido héroe de esta historia: John Carson:
Bradbury o un cuervo que ofrece aspiradoras
Ray Bradbury ha estado presente en nuestro continente desde hace muchos años y ha sido objeto de innumerables elogios en donde ensalzan su trabajo. En el cuento que a continuación les presentamos, escrito por la paraguaya Delfina Acosta, Bradbury ya no es un escritor (quizá no sea el mismo Ray y sólo sea una persona que tenga el mismo apellido) sino un vendedor de aspiradoras americanas que deviene en cuervo, como manimal, los homenajes ceden a la inquietud, el temor y un extrañamiento que, quizá, no fue sospechado por la autora:
El cuervo
Cuando el señor Bradbury llegó poco después de que cayera la tormenta ofreciéndonos una aspiradora americana, ni mi madre ni yo podíamos saber cuánta influencia llegaría a tener aquel anciano hombre en nuestras vidas. Era tan increíblemente anciano. Y tan frágil y enfermizo en apariencia. Por donde quiera que se lo mirase tenía mucho más de cien años. El señor Bradbury vestía un sobretodo de color azul eléctrico, cuyas mangas, ensanchadas y extremadamente largas, le llegaban casi hasta las rodillas. A decir verdad, no se desenvolvía con gracia como suelen desenvolverse los viejos a esa edad, pero sabía llevar con distinción su hermoso bastón de caoba.
Aquel bastón de caoba con punta de oro debía valer muchísimo dinero. Me animaba, a veces, el tonto deseo de preguntarle cuántos dólares había pagado por él, pero de inmediato desechaba la idea pues ese tipo de interrogatorio no se hace a un hombre mayor de edad. ¡Y que además vendía aspiradoras americanas!
Con rapidez nos explicaba las múltiples y apasionantes funciones de los botones mientras limpiaba el aparador inglés y la vieja alfombra de la sala. Quedamos encantadísimas con los resultados y decidimos comprar el producto en el instante. Ciento noventa dólares. Trato hecho. El señor Bradbury, en señal de profundo agradecimiento, prometió visitarnos a la tarde para tomar con nosotras el té.
No sabría cómo explicarlo, pero llegó a la cita convenida con un traje verde claro de estupendo corte y un aspecto casi juvenil. No parecía el mismo señor Bradbury que había aparecido durante la gran tormenta. En ciertos momentos de afectuosidad se lo veía hasta seductor. De hecho, sobrepasaba largamente los cien años. Misterio. Conversamos sobre tantas cosas. Las pinturas de Miguel Ángel, los cuentos de Borges, la promoción de nuevas invenciones lingüísticas que aumentaba el tiraje de las novelas breves, la naturaleza, las flores… Mi madre, que apenas intervenía en la conversación con un sí o con un no, tuvo la buena idea de dejarnos solos yéndose a la cocina para preparar el segundo servicio del té.
Zombies, nada más, en la tierra de letras.
Se puede ser mediocre si demuestras tener todos los recursos para no serlo, le dijo un director muy viejo y comunista que filmó las marchas estudiantiles y obtuvo una beca Gughenheim.
Letralia, la revista venezolana conocida como «La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet» ha publicado el cuento Zombies, nada más, de Andrés Felipe Escovar, editor de milinviernos.com . El cuento está dedicado a los poetas mapuches, de esa tierra en donde lo difícil es no ser poeta, no ser un trasgresor, o estar marcado por el destino de (intentar) ser raro.
Solo resta recomendarles la lectura de un texto tan delirante como indefinible: ZOMBIES, NADA MÁS.
La sensatez de los maestros
La sonrisa de los poseídos es la última luz de este documental de Jean Rouch (Los maestros locos); los miembros de la tribu buscan sacar los espíritus que fueron adquiriendo en la metrópoli; todos los posesos buscan purgar lo que los ha ido enajenando, principalmente, los trabajos que se yerguen sobre las ciudades que sueñan con la civilización (en este caso, Accra). La sonrisa del final ocurre el día después del éxtasis, la babaza y el degollamiento e ingesta de un perro. El director advierte que las imágenes que se ven en su trabajo son un reflejo de la miseria de lo que hemos hecho en occidente, o una interpelación de los dioses que los conquistadores y evangelizadores creyeron aniquilados. Este cortometraje, sin la gravedad de lo políticamente correcto, evidencia que la razón sobre la que se irguieron los pilares de los últimos tres siglos europeos (y, con matices, americanos) no es suficiente ni omnipotente. La sonrisa del final es el intersticio por el que se cuela la posibilidad de un mundo donde las preguntas y respuestas se diluyen en el embravecido océano del arrobamiento:
«Les mâitres fous», Jean Rouch 1951 (sub..esp.) from Manuel Delgado on Vimeo.















