Archive by Author | Andrés Felipe Escovar

Episodios cotidianos.Por Francesco Vitola

Hello, insomnia, my old Friend

01/06/2022. Barcelona. ¿Cómo apagar el motor neurológico sin ayuda de fármacos? ¿Cómo apaciguar una mente cargada de ansiedad por asuntos que no se pueden resolver de la noche a la mañana? ¿Y si el camino de menor resistencia es aceptar que algunos somos criaturas nocturnas?, asimilar de una vez que durante la noche, el cerebro de muchos de nosotros funciona mejor que en el día. ¿Por qué seguir empeñándonos en tratar de dormir antes de la media noche?

Del búho no esperamos que se comporte como las predecibles gallinas, las robóticas palomas o las histéricas gaviotas, ¿por qué seguimos sin entender que no todos los humanos nacimos para sonreírle al alba? Si los ciclos circadianos de tantos se optimizan después del crepúsculo, ¿cómo es posible que las metrópolis no funcionen 24 horas? Millones de insomnes encontrarían un poco de sentido a sus existencias, además de explotar un nicho de mercado desaprovechado.

Parece que es mejor negocio vender fármacos para adormecer la ansiedad, que ofrecer alternativas reales a los que las noches nos desvelan. ¿Es preferible lucrarse de los problemas que genera el ritmo de vida occidental, que ofrecer alternativas a quienes viven en un eterno Día —o noche— de la marmota? Para los gobiernos, las transnacionales, los oligopolios, somos solo consumidores, y en el caso de las farmacéuticas, conejillos de indias, «pacientes».

 

Amanece de nuevo, y si no fuera por nuestras bien consolidadas rutinas de trabajo estaríamos al borde de la locura. La noche y sus angustias parecen un recuerdo borroso, una pesadilla escondida en los confines de la materia gris, así que ingerimos los estimulantes que la industria ha diseñado para arrastrar nuestro cuerpo hacia el círculo vicioso de ansiedad —y de insomnio—.

Es tan distinto cuando estamos de vacaciones, todo nos resulta placentero, especialmente dormir. Sólo entonces nos permitimos «el lujo» de relajarnos, tan desacostumbrados estamos a no hacer nada y simplemente disfrutar del momento.

Sobre Claroscuros de voces antiguas, un libro escrito por José Osbaldo García Muñoz

 

Este texto corresponde a la presentación que se llevó a cabo en el Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas -CELALI-, en San Cristóbal de las Casas, el 22 de abril de 2022

1

Recuerdo que, antes de leer un relato suyo, lo escuche. En lo que contaba, había neblina y los pasos de alguien en cuyas pantorrillas trepaba la humedad de la hierba. Quizá todo discurría en un escenario de los altos de Chiapas. La niebla silbaba un misterio acrecentado con la voz de Osbaldo y los movimientos circulares de su dedo índice derecho dirigido al cielo.

Luego él compartió sus escritos a sus compañeros de doctorado, vía correo electrónico. Como suele ocurrir, de respuesta hubo silencio o los manidos “te felicito, está muy bueno” o el “me gustó”. No sé por qué se supone que la respuesta ante un texto deba ser un “me gusta”; es como si la lógica de Facebook y demás redes sociales de internet se haya extendido al punto de estructurar nuestras respuestas ante un escrito.

Me acerqué a él y le pedí permiso para que esos relatos fueran editados y publicados en milinviernos.org. Él aceptó y, desde ese entonces, se ha trenzado una relación sustentada en la lectura y escritura.

En las publicaciones de milinviernos jamás se ha hecho hincapié en las características de quien escribe -solemos obviar las biografías- y, en el caso de Osbaldo, ha permitido que no presentemos su trabajo con el criterio de “literatura indígena”; esto ha propiciado no darle preeminencia a una teoría para luego acomodar un texto -labor apreciada para hacer tesis en carreras de letras, en donde lo conceptual opera como lente y ortopediza a lo escrito, lo cual es una necesidad gremial y de tener enganche laboral, con lo que no discuto porque yo mismo me veo impelido a hacerlo ya que no cuento con agentes literarios como para criticar a las universidades y tampoco cuento con el sustento económico familiar como para vivir en alguna ciudad europea y dedicarme a bordar delicadas novelas que abrace Galimard-. En milinviernos no hemos usado categorías como “weird”, Ciencia ficción u horror, suponemos un encuentro con lo escrito que permita la construcción de una lectura particular, sin que incurramos en una fantasía de “lector puro”, es decir, libre de prejuicios de un arsenal de conceptos que terminará acomodando.

2

El “megusta” es el eje de reseñas o ensayos que se precien de una mirada crítica. Se la vincula con la exposición de motivos de por qué le gusta o no le gusta algo al enunciador de dicho “megusta”: se urde una suposición en torno a la cual se asume que lo que escribe un crítico corresponde a lo que él verdaderamente piensa[1].

En esa adscripción a una escritura que sustente un gusto se corre con el albur de desembocar en la manida oración de que “entre gustos no hay disgustos”, lo cual desactiva cualquier propuesta de lectura en la medida que todas se validan en virtud de dichos atributos adjudicados a las preferencias personales del que escribe con un fundamento en ese despliegue argumental.

Esta primera tentación no aparece en el libro de Osbaldo. Él no se ocupa de hacer un listado de sus admiraciones y rechazos. Es tal su distancia que, en un momento dado, señala la escualidez que hay tras afirmaciones que consagran a un texto como “bueno” o lo condenan como “malo”.

Para tales efectos, Osbaldo problematiza el postulado de la literatura sin adjetivos, el cual supone que un texto está o no adscripto a la literatura sin que importe su apellido; en suma, algo escrito es o no es literatura:

El problema que enfrenta la literatura sin adjetivos es la tendencia racional de                 clasificar y distinguir a fin de eliminar el problema. Siendo así, encontramos una        situación compleja que implicaría dejar de lado la historia y las prácticas y discursos que van definiendo lo que es la literatura. Así, cuando nos encontramos ante textos         que no encajan en l que el consenso dominante exige acerca de lo que es literatura,        se desprecia los relatos escritos o narrados oralmente por los “no profesionales”, entendiendo que existe un nivel al cual aspiran los escritores dedicados a ello. La         literatura indígena o la literatura en lenguas indígenas combate, por así decirlo, con       dos enemigos aparentemente solidarios: uno, la lengua castellana/española y sus       propias formas expresivas de la cultura occidental; dos, la cultura occidental y su        lógica estética que percibe el arte como un conjunto de normas y procedimientos            consensuados y legitimados siempre por aquellos que saben lo que es o debería ser        una obra de arte (García, 2020:176).

3

La pregunta por lo que es la literatura -manejada como sinónimo de aceptación de un enunciado concreto a ese sistema que implica el aparato literario- suele ser molesta para quienes parten del supuesto de que es algo que se define. A partir de dicha suposición, se incurre en categorizaciones como las del ya fallecido Harold Bloom cuando establece categorías en las que hay un centro que irradia al resto de la literatura.

En ese esquema, semejante a la de una carrera de caballos o a una clasificación de tabla en una liga de fútbol, hay algunos autores que ocuparán los primeros lugares (sí, ellos, o sus nombres, los ocupan, no los escritos: en esas escalas no se coloca a una novela en un primer lugar y a otra en el último si son firmadas con el mismo nombre. Los nombres son una franquicia y se convierten en una prenda de garantía: cuando el lector, muy cercano al consumidor que acude al supermercado y ve en un mostrador diferentes marcas de un producto, se acerca a la librería, prefiere no tomar riesgos y optar por la garantía de que algo bueno está escrito con esa rúbrica).

Osbaldo toma distancia con las más entusiastas loas que se le pueda hacer a un escrito en tsotsil, por ejemplo. Él tensa la idea misma de las jerarquizaciones, no porque las quiera revertir en su contenido, lo cual respondería a una misma estructura y sería la carne predilecta que engulliría un predador como Bloom cuando acusa a sus contradictores de propalar la moral del resentimiento porque ellos no han sido capaces de escribir Otelo o Don Quijote de la Mancha. Si simplemente se busca invertir la jerarquía, se mantiene una visión unívoca, preceptiva de lo que es la literatura y la crítica se acerca a un juicio.

4

Ignoro si los glifos de las ciudades antiguas se hayan inscrito sujetos a que le gustara a los demás. En ese gesto de la inscripción, quiero suponer, la cuestión del gusto no resultaba relevante (puede que ni siquiera haya sido una pregunta porque lo escrito tomó la figura de designio, de algo inevitable). En esa inevitabilidad que tienen, creo yo, laten hipótesis de lecturas que sobrepasan al mero gusto (aunque, claro, cabe la pregunta de por qué alguien decide estudiar un libro concreto y no otro: en ello puede mediar el gusto… aunque esa categoría pasa por lo racional: el rechazo y la repugnancia son tan intensas como el gusto, incluso más fuerte: hay una captura, algo que provoca arcadas o un disgusto que no se equipara con el mero “megusta”; pese a que no lo haya advertido Bloom con su pasión por Shakespeare, en él, en ese apasionamiento quiero decir, hay elementos que implican represiones, rechazos y omisiones).

Las hipótesis de lectura suponen una resignificación de lo leído y una nueva escritura que reescribe lo que se leyó. En ese tenor crítico, Osbaldo hilvana su trabajo. Él no se ocupa de levantar un rechazo o un monumento, pese a que algunos de los escritores que cita sí tratan de instalar momentos fundacionales y presencias que irradian una figura casi mesiánica pues no sólo transforman, sino que trazan un porvenir (como ocurre con Reyes Matamoros o Montemayor).

En el libro, se enfatiza esa presencia de ese hipotético escritor, plegado a la aspiración a la “gran literatura” sin que problematice de dónde proviene dicha jerarquización y si ella es el único camino para entender a eso que se llama literatura y que no se define con claridad:

Profesionalizar el arte que proviene de los artistas de los pueblos originarios implica       encaminarse y alinearse a un discurso dominante que dicta lo que debe ser la       literatura. En cuanto se le pide al escritor “indígena” apegarse a la formalidad de los   cánones estéticos, también se le exige alejarse de la impronta que hace posible su           obra: la reflexión acerca de ese ser negado y humillado históricamente; ese ser             potencialmente creativo que, aunque no quiera, tiene un modo distinto de ver y   nombrar la realidad (Garcia, 2021: 177).

En ese disciplinamiento habrá novelas y cuentos que provoquen el bienestar y el placer estético de los académicos y demás literatos que se acerquen a ella. Aparece en el horizonte del mercado editorial, la producción de novelas que sirvan de corpus para maestrías en literatura, estudios culturales y demás posgrados que hoy día proliferan en la industria de la educación. Serán estos libros el material más propicio para hacer papers y rellenar cientos de revistas indexadas: en suma, la crítica y la academia precisa de esa “buena literatura” para así justificarse en los departamentos universitarios, lo que propicia una simbiosis entre estos dos campos y un aislamiento con respecto a ese ser negado y humillado que refiere Osbaldo.

Esta presión de lo que debe ser la literatura opera incluso en contextos que se pretenden más plurales, como sería el caso de un mestizo que quiera escribir deliberadamente cosas “aburridas” sin “verosimilitud” y con “errores sintácticos”. El sistema de la literatura intenta excluir a todos estos discursos y por ello aparece la opción de escribir sin que lo que está escrito se adscriba a la literatura y, en ese orden de cosas, los glifos tampoco lo serían.

Osbaldo contribuye a una discusión que sobrepasa los contextos cómodos de estudios remitidos a la cuestión indígena o de los pueblos originarios. Su pregunta se expande a todo el discurso literario o a la llamada literatura universal.

Una respuesta que el propio Osbaldo ha mencionado en su libro y que ha llamado mi atención, ha sido la de la “literatura sin traducciones”. Esta consiste en

una exploración literaria a partir únicamente de las lenguas indígenas, asumiendo            que detrás del supuesto diálogo que ofrece la literatura bilingüe, en realidad, se   encuentra la trampa que tienden los discursos dominantes de exclusión para alienar       y apropiarse de los movimientos de resistencia. Paradójicamente, el reconocimiento de una literatura indígena conlleva, en sí misma, su anulación (García, 2021:183).

La literatura es intraducible. Y las traducciones son, más que versiones, nuevas escrituras que adhieren a ese corpus pluricéfalo. La literatura sin traducciones, más que una propuesta por el ostracismo, es la aceptación de que en cada palabra hay una opacidad inasible y que no siempre es el vehículo para darse a entender o comunicar. Por eso, el propio Osbaldo afirma: “El artista acepta que no transcribimos la realidad, sino que la transmutamos” (García, 2021:57).

5

Osbaldo, como lo dije en un comienzo, también escribe ficción, sin que ello implique decir mentiras. En su trabajo ensayístico, ella está presente en su propio aparato argumental, como ocurre acá:

Al observar el reflejo de la luna en una fuente de agua, al igual que los niños,      imagina un escenario que tendría por impulso atraparla. ¡Eso es imposible! ¿No es         cierto? No obstante, al meter la mano a la fuente, descubriría que aquella luna tiene     la consistencia del agua. Luego, voltearía al cielo y vería que hay otro círculo     luminoso que se parece al que halla bajo sus ojos. Intentaría alcanzarla, pero no   podría. Tendría, entonces, dos situaciones distintas que parten de una misma        realidad. Por lo que toda esa complejidad, en tanto aprendizaje del mundo objetivo,       tiene que ser resuelta por el artista en el momento mismo en que comprende, a su          modo, cómo funcionan las cosas que nos rodean. No trataría de explicar el         fenómeno de la refracción de la luz, sino de la naturaleza de las cosas atravesada por      atributos simbólicos y emotivos que perduran en la conciencia de las personas […]        Así, poetas como Jaime Sabines escribieron que la luna “se puede beber a   cucharadas” (García, 2021:55-56).

En el poema de Sabines, la luna no se puede beber sino tomar: más que una inexactitud de Osbaldo es la muestra de lo que ocurre con cada enunciado; éste se transforma cuando lo volvemos a citar. En el poema de Sabines, el verbo tomar es sinónimo de beber y de allí el equívoco. Luego, en el poema, se afirma que se puede tomar como una cápsula cada dos horas: el apuro está en que no se bebe una cápsula, se toma, y por eso el verbo de tomar trae consigo la polisemia que propicia que la luna pueda agarrarse con una cuchara, como si el cielo fuera una sopa que hemos de ingerir todas las noches, antes de dormir, incluso para alimentar nuestras pesadillas de infinito.

Lo escrito por Osbaldo obedece a su impulso creativo y de transformación; eso ocurre en las glosas: hay una transformación de lo glosado, una variación como la que se cultiva en la música, y se plantean entonces diferentes horizontes que emanan de dichos movimientos que se varían. Osbaldo parte de esa variación infligida a un verso de Sabines para urdir una propuesta de lo que hace el artista. O lo que haría: hay un condicional que marca a todo el segmento; dicha condición es que, como el artista tiende a ver las cosas como si fuera la primera vez, observa el reflejo de la luna en un estanque y, de allí, se desencadena toda la acción. Este argumento, tejido desde su propia perspectiva, pone en evidencia que él mismo ve el actuar del artista como si fuera la primera vez: es un regreso al origen, que trasmite y rehace a la realidad -al modo de los alquimistas respecto a la transmutación de los metales en oro-.

Esa misma transmutación opera en campos como la pintura, de la cual también es cultor Osbaldo: se aleja de la mera representación o imitación y la torna extraña porque ocurre por primera vez a los ojos del artista. Cuando se ve algo nunca antes visto, aparece el asombro. La normalización enceguece esa mirada; el extrañamiento del mundo forma parte primordial de la mirada del artista. La visión del crítico con respecto a lo que lee y escribe ha de acercarse a la primera vez; de allí que la suposición de lo literario opaca esa primera mirada.

En el primer momento que se ve algo, se transforma lo pintado o lo que se escribe en virtud de eso que se siente como extraño:

Cuando se pinta un paisaje de una comunidad cualquiera, el resultado deja de ser el        paisaje mismo; o sea, se logra hacer algo que no estaba ahí, no es una copia de lo            existente, sino la implantación de otro “paisaje” (García, 2021:222).

Esta primera mirada, que corresponde al artista, no emana de un sujeto definido como tal: es un encuentro; puede acaecerle a cualquiera, por más que tenga o no ese título o etiqueta. No hay una sustancia concreta sino una relación cifrada en el acto de ver. Aunque persiste el extrañamiento, ese mundoraro que brota hasta en las entrañas de la propia lengua que se hace ajena a medida que se la escribe hasta que surge la poesía.

Una pregunta que aún me inquieta es sobre la denuncia a esa educación para el olvido que operó en muchos de los autores entrevistados en el libro. En sus testimonios se constata la represión de sus lenguas maternas para así circunscribirse en la instrucción hecha en el mundo del español/castellano de México[2]: ¿El olvido precipitó la primera mirada de muchos y muchas que hoy día escriben? Cuando regresa reprimido, aparece lo ominoso, pero eso que resulta ominoso o siniestro porque es lo familiar que deviene extraño (como la lengua materna que se intentó obviar en diferentes instancias institucionales), instiga a la escritura y esta no es un mero vehículo para comunicar ese extrañamiento: la palabra misma, la lengua, forma parte de eso que se torna extraño y por ello se la despanzurra, se la digiere y se la expulsa para generar una nueva lengua -atendiendo así a esa suerte de compromiso que instaló Montemayor cuando les dijo a los escritores de lenguas mayas que debían construir su lengua: esa construcción no debe ser un proyecto deliberado sino una emanación de la extrañeza que se da cuando se regresa a la lengua madre; es más, puede descubrirse que ella es una quimera, un ideal, algo inalcanzable y que simplemente estamos destinados a tomar, como a la luna con una cuchara, el reflejo de lo que es dicha lengua ideal-.

La escritura de los escritores indígenas también es una labor de extrañamiento sobre el español: en el olvido o represión que se inflige esta lengua hay desvíos. Algunos los castigarán como incorrecciones gramaticales, pero otros podrán ver acá nuevos vericuetos en el sentir y el pensar en un espectro semántico que no se agota por más que le pese a la RAE.

Ese también ocurre en quienes suponemos habitar una sola lengua: los arrullos y las palabras mordidas de mamá, o los gestos y chistes que se tejen entre amigos, se convierten en nostalgia y sus resonancias cobran una música propia que instiga determinadas sensaciones. A ellas se las vincula con una melodía, con un sonido específico que apenas podemos rasguñar en un papel y, ese rasguño por sí mismo, es otra forma de la lengua, otro extrañamiento, con lo que siempre habremos de habitar un exilio de esa lengua madre.

En medio de estos extrañamientos, la pregunta por si es bueno o malo lo que se escribe, es una vanidad, o una broma, como todas, impertinente. Ni siquiera se busca que un extrañamiento guste o no, éste ocurre.

Para esa mirada que es como una primera vez, se precisa de otro, ya sea un sujeto o un objeto, al cual remitir la trayectoria visual. La invidencia es carecer de un punto en el cual fijarse -no por nada, hasta en las técnicas de meditación se recomienda tener un objeto concreto porque, de lo contrario, la conciencia da tumbos como un invidente a plena luz del día o un vidente en medio de la oscuridad (que sería como un invidente: en la oscuridad absoluta es inútil abrir los ojos)-. Osbaldo tiene esto presente cuando establece la relación del que hace arte con la comunidad; no es una actividad solitaria, hay una relación que es la que hace brotar ese hecho artístico.

6

Osbaldo toma un pasaje de Mujer de la Montaña de Josías López Gómez en donde aparece lo siguiente: “Mi varón nació como todos, sucio de sangre” (García, 2021:95). Él extiende la imagen a otros momentos, adjudicados como fundacionales -al menos por sus nombres- para lo que se ha llamado el pensamiento Occidental:

Si imaginamos a los grandes pensadores griegos como Platón o Aristóteles en el momento de su alumbramiento, lo único que podemos ver es un cuerpo emergiendo         de “la sangrante abertura de la madre”, olvidando por un momento la trascendencia           de las ideas y las profusas elucubraciones del ser: el hombre nace siempre “sucio de     sangre” porque ésta es la impronta biológica que se percibe como “suciedad” al ser        el estigma de su naturaleza animal inmanente e ineludible. La sangre es la marca del             hombre terrenal que tiene madre, una raíz… (García, 2021:195-196).

Bastaron unas líneas para regresar al momento en que un pequeño humano, sin que aún tuviera el apodo de Platón o lo llamaran Aristóteles saliera de una mujer. Ocurre un extrañamiento, una primera mirada a algo que se obvió pero que siempre estuvo ahí: alguna vez Platón y Aristóteles fueron fetos y pendieron de un cordón umbilical. Envolverlos en sangre se acerca a ver a Jesús, en un pesebre, embadurnado con los fluidos de su madre virgen y el misterio perviviría en eso que ata a la vida y que se obvia hasta olvidarlo. Osbaldo ha hecho regresar algo familiar que se ha reprimido; su mirada, como la primera, nos contagia de la extrañeza de algo que, para muchos, es familiar como el nombre de esos dos pensadores del mar mediterráneo.

Recuerdo que, una de las veces en las que fui con Osbaldo a Oxchuc, me dijo que los microbios eran vida. Lo hizo mientras caminábamos por el mercado: supongo que atisbó en mi mirada algún recelo higienista. Eso me permitió comer con placidez un tamal de fríjol mientras discurríamos por las calles, durante un descanso del taller de escritura que hicimos en la casa cultural del municipio.

Esa vida, que no omite las suciedades porque no las considera tal, es la que reflota en la mirada del crítico que ha escrito con los ojos de alguien que ha visto algo por primera vez como Osbaldo en su libro

Nota: el claroscuro de voces antiguas también obedece a esa mirada más compleja que la de la polaridad entre lo oscuro y lo luminoso. Las voces y su antigüedad aún se escuchan porque articulan palabras: hay oídos que las escuchan como si fuera la primera. Los oídos ven, los ojos huelen, la nariz toca, la piel huele y la lengua oye: en ese encuentro de los sentidos, todo nace por primera y única vez en la escritura.

Gracias.

[1] Muchas de esas críticas incurren en la inocencia de suponer que el enunciador de dicho texto es idéntico al empírico, aunque en el interior de esos hipotéticos textos se recurra a las venerables ancianas teorías francesas que discutieron esa correspondencia.

[2] Lengua que tiene sus variantes: es diferente la que circula en Sonora que la de Chiapas e, incluso, al interior del estado, varía de acuerdo a la comunidad.

Misterios de lo oculto. Editorial 2022

Luis Cermeño, nuestro coeditor, es el encargado de materializar los misterios de lo oculto y acercarse al mundo ovniagropecuario; dentro de los ancestros de ese acercamiento están Juan Rulfo y Aquilino Velasco (El inquilino del infinito). En este vídeo, él declama un extracto del Gilgamesh; lo más estremecedor es cuando Luis repite el nombre del libro: hay resonancias del «spoon» de Harold Pinter cuando se remonta a Beckett; del aliento de las palabras emerge su condición pasajera, como la del propio hálito que propaló una divinidad e instauró formas cuyo horizonte es lo humano -aunque se desconozca el sustrato de aquello-.
Invitamos a que vean estos «Misterios de lo oculto» y encuentren una palabra que salga de sus bocas para así actualizar ese aliento que perdimos:

 

 

Misterios de lo oculto: el amor, los viajes interplanetarios y los platillos que ya no vuelan.

 

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No existen las coincidencias: el episodio de The Lola Verga´s big band en donde Barreto el Sireno se tira al sol sobre una enorme piedra en el río gran de la Magdalena se comunica, en su atmósfera, con el encuentro de don Roberto Tovar Gaitán y su encuentro con aquél ingeniero musculoso y rostro arrugado que le enseñó las argucias de los peces y futuras hecatombes. Claro, las coincidencias implican puntos de encuentro, no una relación de duplicidad: El sireno de The Lola Verga´s big band devino un funcionario gubernamental mientras que las criaturas que restallan en el verbo de Tovar se meten en las piedras y, en lugar de suicidarse, abren puertas.

Tovar Gaitán enfatiza en el propósito humano de vivir -no cabe la pregunta sobre el propósito de esa vida pues de allí manan supercherías mercantiles y de poder- y de la civilización de ir a otros planetas, en donde se olvidará lo trajinado en el actual; dicho énfasis supone un bálsamo de aceite que, al irritar las quemaduras, hace olvidar el propio calcinamiento en virtud de la potencia de una chispa.

Aunque no todos tienen chispa: algunos la han perdido, viven y carecen de ese hálito que, desde lejanas tradiciones, se afilia con un rastro divino. Al final, el propulsor de las naves que llevarán a la civilización a otros planetas es el amor -esencia de la chispa-; por eso, cuando Tovar Gaitán se pregunta por los seres que vienen dentro de los Ovnis,  suspende ese amoroso desencuentro que llega como una plaga de infelicidad y teje una urdimbre interminable de vida en el universo.

Luis, coeditor de este espacio y entrevistador, estuvo muy feliz al final de la charla, justo cuando se habló del amor. Movió las manos como si fuera Philón de Alejandría o uno de los pilones del río grande de la Magdalena en donde se hunden los viejos que, con cantos guturales, anuncian su muerte.

Siempre, todo, con amor.

Este es el primer trabajo audiovisual hecho por FusionArte y Milinviernos.

Disfruten de este amoroso platillo.

 

 

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Para seguir el canal de Roberto Tovar Gaitán: https://www.youtube.com/c/RobertoTovarGait%C3%A1n

 

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Ojos carniceros. Artaud, Ligabue y Van Gogh nos miran

 

 

“Pintado por el Van Gogh extralúcido, esa cara de carnicero pelirrojo que nos inspecciona y vigila; que nos escruta con mirada torva.”

              Antonin Artaud

 

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1.Primer parasitismo

Parasitar al infinito:

-Satisfacerse sólo con el infinito, pues hay suficiente infinito sobre la tierra y en las esferas como para saciar a miles de genios- escribe Artaud y recuerda su mirada, ahora escrita, que cae sobre ese rostro de sí mismo que diseccionó Van Gogh y cuyas huellas sangrientas vertió en una tela.

Parasitarlo, como lo hizo Antonin con Van Gogh:

-Una lenta pesadilla genésica poco a poco elucidada- Escribe Antonin: elude la versificación y el poema para llegar a una poesía que sobrepase al arte.

2. El acontecimiento

El teatro de Artaud ocurre en las noches de Vincent:

-¿Cómo es posible que el teatro, al menos, tal como lo conocemos en Europa, o mejor dicho en Occidente, haya relegado a último término todo lo específicamente teatral, es decir todo aquello que no puede expresarse con palabras, o si se quiere todo aquello que no cabe en el diálogo, y aun el diálogo como posibilidad de sonorización en escena, y las exigencias de esa sonorización?- escribe.

***

Ni las palabras ni la imagen: un acontecimiento y el sonido donde naufragan los diálogos.

3.Poesía

El teatro despanzurra al poema: sangra poesía:

-Ese lenguaje concreto, destinado a los sentidos, e independiente de la palabra, debe satisfacer todos los sentidos; que hay una poesía de los sentidos como hay una poesía del lenguaje, y que ese lenguaje físico y concreto no es verdaderamente teatral sino en cuanto expresa pensamientos que escapan al domino del lenguaje hablado- Escribe Antonin Artaud.

***

Los pensamientos, sin encorsetarse en el verbo, convocan a un origen que linda con el silencio.

El silencio primario: una sucesión de ruidos uterinos, la digestión de nuestras madres y el chasquido de las tripas que nos alojaron: que parasitamos.

4. Segundo parasitismo

Parasitar a los restos de infinito y congregar al amor:

-Dejemos a los escribientes la crítica de los textos, a los estetas la crítica de las formas, y reconozcamos que lo que se ha dicho ya no se dice más y que una expresión no vale dos veces, no vive dos veces, que toda palabra pronunciada está muerta y que sólo la obra en el momento en que se la pronuncia, que una forma ya empleada no sirve más y que sólo invita a encontrar otra, y que el teatro es el único lugar del mundo en el que un gesto hecho no se hace dos veces. – escribe Antonin.

***

El cuerpo humano parasita a las palabras; es una pieza más de la poesía que rebalsa cualquier inervación.

***

En la escena, cada objeto pare a la poesía del espectáculo.

5. Del teatro nace el mundo

El teatro decae cuando carece de peligro.

***

El peligro nace cuando se rompe el cordón umbilical entre las palabras y las cosas:

– Se presume que una hermosa mujer tiene una voz armoniosa; si desde que el mundo es mundo las mujeres hermosas nos hubieran llamado con trompetazos y nos hubieran saludado con bramidos hubiésemos asociado para siempre la idea de bramido a la idea de mujer hermosa, y una parte interna del mundo se hubiera transformado así radicalmente- escribe Antonin.

***

Sin el verbo, adherido y parasitado por una idea, quedan el espacio y los sonidos en la escena:

-La aparición repentina de un ser fabricado, de trapo y madera, inventado enteramente, que no correspondiese a nada, y sin embargo perturbador por naturaleza, capaz de devolver a la escena un pequeño soplo de ese gran miedo metafísico que es raíz de todo el teatro antiguo-.

6. Extrañar y extrañarse

Los seres fabricados no son los muñecos de trapo que aparecen en el escenario; los segundos están en el espectáculo, los primeros persisten en un teatro que sobrepasa a la puesta en escena: seres extraños, sin forma que evoque alguna otra de la naturaleza, como la de los primeros automóviles o los barcos.

***

Los seres sin una forma semejante a la naturaleza arcana, la expanden.

De la expansión de la naturaleza brotan los monstruos.

En Arizona los coyotes aúllan como arañas.

 

7. Pinturas como expansiones naturales

Los fuegos solares de las pinturas de Vincent Van Gogh expanden a la naturaleza e incendian los ojos de Antonin Artaud.

***

Los ataques de las arañas (aulladoras como las de Arizona) contra los tigres, ensangrientan los ojos del que los ve en cuadros de Ligabue: un flujo de vida estalla con la expansión de la naturaleza:

 

8. Sonidos de la crueldad

En los ataques de seres emanados de la extensión de la vida, los cuerpos se entrelazan y hacen jeroglíficos.

A cada jeroglífico le brota sonido que encanta como el aire del pungi a las cobras:

-No es porque les transmita nociones espirituales, sino porque las serpientes son largas, porque se enroscan sobre la tierra, porque sus cuerpos se tocan casi en su totalidad a la tierra, y las vibraciones musicales que se comunican llegan a sus cuerpos como un masaje sutil y prolongado.

***

La serpiente que estrangula al tigre, ausculta el ritmo de la vida que, al extinguirse, se expande: se escapa por la boca con forma de vagina del felino: el aullido desde la cavidad que nos expulsó del cuerpo que parasitamos:

-Soy un cuerpo y no un espíritu-escribe Artaud en Rodez.

 

9. Ruidos corporales

El cuerpo abandona la interconexión de sus órganos cuando se extiende su naturaleza.

***

Un cuerpo sin palabras es poesía atorada de ruidos.

Los ruidos del cuerpo retumban como los colores de Vincent o los gallos de vuelos transatlánticos de Ligabue.

De los ruidos germinan los versos de Teresa de Jesús, que envejecerán apenas salgan de esa boca con forma de vulva dentada que tiene el tigre moribundo de Ligabue:

-Vivo sin vivir en mí

y tan alta vida espero

que muero porque no muero

***

Lo inefable como la última confesión del gesto.

 

10. Ojos carniceros

Van Gogh, Ligabue y Artaud viven por vivir en ellos y mueren por morir en sí.

***

Los ojos carniceros despresan cuerpos.

Mana la vida como sangre y cae sobre el polvo seco donde las arañas aúllan: la Gran Carnicera amasa la mezcla y sopla: surge un virus como extensión de la vida.

Último día del tour de Francia dos días después de su final

Campeón: Tadej Pogacar (Eslovenia-UAE)

La llamada generación del noventa en el ciclismo pasará muy pronto al lugar donde pocos la recordarán. Luego del arrebato con el que aparecieron ciclistas como Quintana o Doumolin, esperaron por la partida de quienes les precedieron (Froome, Contador, Nibali) sin saber que vendrían unos niños a decirles que el talento sí existe y que ni siquiera es tu culpa el quedar condenado a la medianía.

Medianía misma que yo experimento cuando leo a grandes cronistas que, con soltura, escriben como yo jamás podré y tienen diez años menos y cobran por lo que hacen y viajan, así sea con tapabocas. En todas las disciplinas operan las comparaciones; están los que dan el salto a las grandes industrias editoriales, los reconocidos por editores autodenominados independientes y los que se quedan en las trincheras de una página.

Ahora me figuro a Nairo Quintana corriendo alguna de las llamadas Clásicas de su departamento – en Colombia llaman así a competiciones de tinte municipal que duran tres días a lo sumo-, bronceado por los días en la cordillera; los fanáticos le recordarán que el escándalo del dopaje no es más que la suma de menesteres que debe pasar un sudamericano cuando decide correr en Europa, nacidos de la envidia o una siniestra forma de entender al mundo en donde no se le permite a un hombre tan humilde como él – humildad de la que se suele hacer gala en el país al punto de convertirse en el pivote del orgullo nacional y ciclístico- alcanzar su deseado maillot amarillo. Pero el deseo es tal porque jamás se sacia y Quintana deseó el amarillo y lo continuará deseando en esas clásicas. Es un final como el de cualquier hombre que ha envejecido. Y los ciclistas son hombres cualquiera.

Doumolin tendrá un futuro más corporativo. Quizá en las filas de algún equipo. Hablará con parsimonia y se sorprenderá ante los rendimientos marcianos de los muchachitos que, más jóvenes cada vez, asaltan el pelotón mundial de los ciclistas. Otros, como Roglic, regresarán a sus casas silenciosas y referirán su amistad con ese hombre nueve años menos que le ganó el tour de Francia de la pandemia.

La generación de los treintañeros se va con muchas promesas incumplidas. En unos años no la recordarán mucho pues la narración de este juego es proclive a llamar monstruos y hacerles desfiles de honor a los ganadores: hay una vindicación marcial que explica por qué tanto cultor de este deporte se siente atraído por figuras militares o es afecto a los gritos nacionalistas y la erección de estatuas.

La generación del noventa será tragada por las apariciones estelares, así como este diario se quedará en el reducto que le corresponde. Aparecerán grandes libros, premiados, donde relaten la gesta de Tadej Pogacar y afirmen que ganó “solo” el tour para así instaurar su poderío en la competencia francesa. Habrá cientos de cantos sobre los logros de los niños precoces y feroces que han hecho recordar a los abuelos, ya muchos muertos y, en el medio, quedarán los atrapados en sus prospectos. Y no importa: habla mejor de ti lo que no tuviste y el lugar donde nunca entraste que los momentos en que levantaste los brazos y alguien te dijo «campeón».

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día veintiuno (etapa veinte).

LURE-LA PLANCHE DES BELLES FILLES

Ganador de la etapa: Tadej Pogacar (Eslovenia-UAE)

Líder de la clasificación general: Tadej Pogacar (Eslovenia-UAE)

La ventaja del aburrimiento es que las lagunas que permiten omitir ciertas circunstancias no se perciben. Fueron cuatro días, hasta hoy, en los que no escribí nada sobre el tour que, a falta de la contrareloj, pintaba para convertirse en el más mierda de los últimos diez años (lo cual dice mucho, gracias a Sky/Ineos). Pero, en los cambios normales que suceden en esas historias donde al final no sorprenden con “todo lo que pasó antes fue un sueño” o “una mentira”, con lo cual terminan optando al Oscar del año subsiguiente a su aparición, todo cambió, como en las telenovelas.

Tadej Pogacar paseará (porque la etapa 21 no tiene competencia) como campeón en París. Lo que hoy ocurrió marca el final del período de transición entre un tirano y otro en el tour. Froome será un recuerdo y Pogacar se instituye como el próximo dominador. En 2021, si es que la peste amaina, en julio el viejo emperador se arrastrará mientras el nuevo lucirá su juventud, sin saber que en unos años también será tragado por la dinámica del aplastamiento propia de estos espectáculos.

Se escribirán crónicas sobre el rostro desencajado de Roglic en la ascensión y su casco tan deslucido como el de don Quijote, el comodín para convertir a cualquier crónica en literaria y para desembocar con el adjetivo más usado en el ciclismo: “épico”. El golpe de efecto de hoy permitirá el acaloramiento de los espectadores y la exaltación de un “momento histórico”.

Ya en las llamadas redes sociales aparecen los esputos; los hechos por los fanáticos que dicen que Roglic ha pagado por su dopaje, las cetonas y los motores, hasta los que se burlan de López, que cayó del tercero al sexto puesto, superado incluso por Landa, que ya se perfila como un buen titulador de medios de comunicación para cuando se retire. Todos estos comentarios se ubican en la ingenuidad de creer que los ciclistas atacan porque quieren o no lo hacen porque, como dicen en el fútbol y sus rudimentarias consignas, “no tienen huevos”. El show del tour se ha salvado, al menos para los entusiastas. Se augura que en el 2021 Pogacar extenderá su dominio y se hará un lugar en el panteón de héroes de los fanáticos.

Hace más de un año escribí que me parecía más digno un retiro luego de ganar el tour que el hambre de dominar; supuse a Bernal abriendo una panadería en Zipaquirá, donde atendería luciendo su camiseta amarilla: esa hubiera sido la confesión de que el show tampoco es tan importante y ni siquiera ganar en el mismo es un fin en sí mismo: eso no pasó y este año Bernal está convaleciente. Con Pogacar tampoco ocurrirá que abandone el ciclismo en este momento porque existe algo a lo que los deportistas y cronistas entienden como “gloria”.

Y la gloria es ganar y ganar, como dicen algunos difuntos directores técnicos del fútbol: ganar y ganar, acumular y acumular.

Y, al final, morirse y pensar que lo recordarán.

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día dieciocho (etapa diecisiete).

GRENOBLE-MÉRIBEL COL DE LA LOZE

Ganador de la etapa: Miguel Ángel López (Colombia-Astana)

Líder de la clasificación general: Primoz Roglic (Eslovenia-Jumbo)

Hay reclamos y majaderías. La fiebre del fanático y la demanda de que su campeón luzca su hambre desatada de aplastar al otro – y así convertirse en alguien memorable o inmortal, como si no morir fuera el objetivo último de la vida – sólo se esclarece cuando su dios cae: empiezan las caras de amargura y las preguntas cuyas explicaciones son divertidas; en estos días donde dos de los ciclistas colombianos más nombrados han caído a puestos de segundo o tercer orden de la competencia, afloran las peleas y los orgullos heridos. Es más, aparecen reclamos de ecuatorianos que inculpan a Bernal por el lugar de Carapaz o las sospechas de algunos españoles que creen que Quintana está haciendo un drama para justificar su nuevo fracaso: falta poco para que afirmen que simuló su caída con Bardet y Mollema, lo cual lo haría un muy buen candidato para hacer de doble en Los Ángeles cuando termine su carrera ciclística. Lo enternecedor de este asunto es que se olvida que los ciclistas trabajan para corporaciones, que son asalariados y que, incluso, algunos han sido cobayas porque la competencia también es entre médicos, ingenieros, nutricionistas, preparadores físicos, masajistas y administradores de empresas.

La conciencia de que en la carretera opera una competencia que remeda la de afuera, propicia la pérdida de expectativas con respecto al entretenimiento dispensado por el tour. Abundan alegatos en torno al aburrimiento en el que se ha hundido la prueba -alegato repetido a lo largo de una década- y el anuncio de la agonía del espectáculo, como si este fuera el fin último del negocio, cuando puede que la entretención sea el rostro más superfluo de un trabajo que se centra en el desarrollo tecnológico de diferentes disciplinas: habría que preguntarnos sobre los avances en el conocimiento del EPO que se dieron luego de su uso indiscriminado en el ciclismo profesional durante la década de los noventa.

El nacionalismo enternece si no es que también funciona para que gobiernos le regalen dinero a empresas que se valen del nombre de un país para reflotar de sus quiebras o para que algún inservible se disfrace de policía y apoye a quienes han matado. En el caso del ciclismo, opera como el último bastión para que los televidentes se distraigan y discutan en los foros: si no está bien visto el fanatismo en muchos cenáculos ciclistas, los cálculos y las discusiones suelen incurrir en los reclamos por una distracción que, en el negocio, es secundaria: quizá estamos viendo la televisación de las reacciones corporales de hombres ultramedicalizados y nutridos con el fin de explorar los límites del cuerpo humano, así como las llamadas burbujas inmunológicas que buscan dar cuenta de una inmunidad en el pelotón pueden ser el piloto de medidas para que corporaciones y demás instituciones implanten políticas que ayuden a fortalecer la defensa contra el Covid.

La etapa del sábado tuvo como particularidad el hundimiento del campeón del año pasado, Egan Bernal, que trata de desdramatizar todo el asunto con la retórica de quienes saben que este es apenas un trabajo. Ayer siguió perdiendo tiempo en una de las peores etapas del tour de este año -no se puede decir que la peor pues, aunque parezca lejano, aún se recuerda lo ocurrido en la primera semana, justo antes de los vientos que prologaron a los Pirineos- y hoy se ha retirado. El Jumbo sigue dominando -continuamos bajo el imperio del gerundio-, gracias a que Van Aert, un belga que con seguridad disputará hasta último momento el título del campeonato mundial de Imola, impone un ritmo en las ascensiones que llevan a pensar que, con un poco de trabajo, podría  perfilarse como un campeón de esta prueba de no ser porque, en la tradición ciclística donde él nació, es más importante ganar las clásicas, y al alemán Martin, que se portó como el pastor implacable del rebaño durante la primera semana, que hoy día autoriza o no las escapadas insustanciales de todos los días.

Hoy, desde la subida a La Madeleine, Bahrein Mc Laren intentó dominar al pelotón e impuso un ritmo que parecía consumir a la escapada. Adelante, ya en el Col de la Loz, Carapaz, el ecuatoriano, luchó para no ser atrapado mientras atrás se desgajaban los rivales del Jumbo pese a que la intención del equipo Bahrein fuera la de acabar con la compañía del esloveno. Al final, cuando ya quedaron los llamados “capos”, el líder del equipo que trabajó todo el día no pudo atacar – Mikel Landa- y entonces vino el arreón de López, acompañado por los eslovenos, y el ecuatoriano fue rebasado: esta es la historia de una etapa que se calificará como emocionante pues el tour no da para más.

Al final, el colombiano llegó primero a meta y, en segundo lugar, el líder de la general que ha distanciado más a su connacional y se consolida como el virtual campeón del tour de la pandemia. En las cunetas había aficionados con sus tapabocas: eran como unas cobayas que miraban a otras, cuidándose de no contagiar ni contagiarse. Y nosotros, tras la pantalla del televisor, también nos aconductamos como cobayas, esperando el show de un negocio cuyo objetivo no es entretener sino experimentar.  

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día quince (etapa catorce).

CLERMONT-FERRAND-LYON

Ganador de la etapa: Kragh Andersen (Dinamarca-Sunweb)

Líder de la clasificación general: Primoz Roglic (Eslovenia-Jumbo)

El mejor homenaje a muchas etapas del tour es escribir palabras como los ciclistas cumplen con etapas insustanciales. Hoy es el día del homenaje: ganó Andersen y Roglic sigue de líder en la clasificación general. Dicen que mañana será diferente, algo que se suele decir cuando la vida se va de las manos y se termina esperando.

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día catorce (etapa trece).

CHÂTEL-GUYON-PUY MARY CANTAL

Ganador de la etapa: Daniel Martínez (Colombia-EF)

Líder de la clasificación general: Primoz Roglic (Eslovenia-Jumbo)

¿Por qué no ataca Ineos? La pregunta, hecha a treinta kilómetros de la meta, por un joven comentarista, se despejó tiempo después, cuando Egan Bernal sacaba la lengua en la última ascensión – sacada de lengua de la que hizo gala frente a los cámaras minutos antes, como sabiendo lo que iba a ocurrir-. Adelante, se marchaban los eslovenos Pogacar y Roglic y, al final, ambos ocupan los dos primeros puestos de la clasificación general. En el caso del fanatismo colombiano, la euforia, porque el ganador de la etapa fue Daniel Martínez, devino en amargura y frustración; para los sedientos de revanchas marciales y de heroísmo, mientras se asesinan ciudadanos por parte de la policía en la capital del país, que haya cuatro colombianos entre los diez primeros pero que ninguno ocupe los dos primeros lugares es una afrenta contra la sobrevalorada y gaseosa “mentalidad ganadora” o jerarquía, como suelen esputar algunos comentaristas del fútbol.

El líder actual, Roglic, tiene una cadencia semejante a la de Armstrong, dicen algunos periodistas, como para asegurar que lo venidero será una confirmación de su superioridad. Cuando entró a la zona de meta se veía fresco, sin descuadernarse mientras atrás, salvo Pogacar, entraron con los rastros del sufrimiento. Para los que sólo ven el tour porque esperan que gane alguien de su país, ya aparecen las palabras esperar o Covid en el horizonte. O aguardan un inverosímil desfondamiento de Roglic; son las principales armas para mantener a la audiencia y exacerbar el chauvinismo.

En la última ascensión, aparecieron muchos espectadores con el tapabocas colocado en sus papadas; gritaban y quizá escupían a sus ídolos: escupitajos que pueden ser letales, aunque parece que todo está “bajo control” y el tour tendrá un final distinto a la variante pandémica. En el muro final Martínez – el ganador- mostró capacidades inéditas para los escaladores colombianos y venció a dos integrantes del equipo Bora.

Hoy, la clasificación general está compuesta, en un sesenta por ciento, de ciclistas provenientes de dos países impensados para tales lugares hace una década: Eslovenia y Colombia. La primera nacionalidad tradicional que participa de ese listado es España, con un veinte por ciento. Quizá todo esto no pase de una anomalía propia de un año anómalo, quizá sea el remache de una nueva época en la que los nacionales de países de segundo o tercer orden económico han irrumpido, lo cual no significa un desarrollo deportivo de esos lugares sino la mundialización del comercio de fuerzas de trabajo por parte de las grandes corporaciones que buscan talentos. Es una obviedad que debe repetirse, sobre todo para la fanaticada colombiana: el tour no es una competencia hecha por representantes de diferentes países sino entre marcas que invierten en el negocio y la nacionalidad resulta incidental.

Cuando en los relatos del tour aparecen expresiones como “esperar a ver qué pasa”, asoma el primer rasgo de una abdicación. Con seguridad, para mantener algo de tensión en el espectáculo, después del domingo se hará referencia que lo más codiciado es un lugar en el podio final: jamás los relatores del ciclismo pueden perder la oportunidad para exaltar lo que otrora fuera considerado una desazón; magnificarán la lucha por el lugar en el podio entre los colombianos y Porte que, de seguir así, llegará mucho mejor colocado en la clasificación final luego del penúltimo día de Contrareloj.

Mañana ocurrirá una etapa que pinta anodina, no por el trazado sino por la forma como se correrá – casi siempre ocurre lo contrario a lo que espero y, muchas veces, sale peor de lo que esperaba-. El domingo se avizora un gran cambio, al menos en lo que concierne a la clasificación que empieza en el tercer lugar porque el primero y el segundo parecen reservados a los que tienen más vatios en sus piernas: vatios de Jumbo y UAE.