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Van Helsing, el héroe improbable. Por Francesco Vitola Rognini

 

¿Qué habría sido de la obra maestra de Bram Stoker sin ese excéntrico personaje proveniente de Holanda? Si bien el Conde y el profesor han sido objeto de múltiples adaptaciones, la complejidad intrínseca al personaje de Van Helsing ha impedido que se le dé un tratamiento justo, ya que en ocasiones se le otorga un rol insignificante, rayando en lo ridículo, mientras que en otras se lo convierte en un superhéroe. A ratos cómico y tierno, a ratos impulsivo e irascible, el profesor, con sus 72 años, desempeña un rol vital en el relato sin ser uno de los cuatro narradores, él encarna el arquetipo del sabio, un hombre que piensa antes de actuar. En general es paciente y racional, pero hay que reconocerlo, en ocasiones Van Helsing carece de tacto, pero esa desconexión con la lúgubre realidad del relato obra a su favor y le otorga un aire de jovialidad casi adolescente, ya que su imprudencia sirve también para oxigenar la tensión acumulada, como por ejemplo, cuando le pide permiso a los pretendientes de Lucy para decapitarla porque está Un-dead. Tras un breve preámbulo dice «May I cut off the head of dead Miss Lucy?» (p. 176), como si fuese la cosa más natural del mundo. La escena es cómica, y en vez de restarle dramatismo al momento, la convierte en uno de tantos episodios en los que el impredecible personaje rompe el esquema de lo previsto por el lector —si ahora la escena nos resulta impactante, imaginen en el siglo XIX cuando fue publicado el libro—. Además, su rol como hombre de ciencia y metafísico lo enfrentan el mundo del mito y lo sobrenatural en el que se desenvuelve el Conde. Val Helsing es el hombre de ciencia que usa las referencias contenidas en las leyendas para exterminar al Nosferatu y a su prole: «All we have to go upon are traditions and superstitions. These do not at first appear much, when the matter is one of life and death —nay of more that either life and death. Yet must we be satisfied; in the first place because we have to be— no other means is at our control —and secondly, because, after all, these things— traditions and superstition — are everything» (p. 204, 205).

 

Como sabemos, el mayor difusor de la obra de Stoker ha sido Hollywood, que en su afán por capitalizar a costa de Drácula la convirtió en una caricatura. Contra esa influencia será difícil hacer algo, y a pesar de que existen adaptaciones muy entretenidas e ingeniosas, no se comparan con la capacidad del autor de envolver al lector, porque Stoker era un narrador virtuoso, ejemplos de ello encontramos en abundancia, por poner uno, veamos como describe a las vampiresas cautivas en el Castillo Drácula: «In the moonlight opposite me were three young women, ladies by their dress and manner. I thought at the time that I must be dreaming when I saw them, for, though the moonlight was behind them, they threw no shadow on the floor […] Two were dark, and had high aquiline noses, like the Count, and great dark, piercing eyes, that seemed to be almost red when contrasted with the pale yellow moon. The other was fair, as fair as can be, with great wavy masses of golden hair and eyes like pale sapphires […] All three had brilliant white teeth that shone like pearls against the ruby of their voluptuos lips» (p. 31). Entre las tergiversaciones hollywoodenses —«libertades creativas» llamémoslas— la que resulta más difícil de procesar es aquella que propone a la luz solar como fuerza aniquiladora de Drácula. En la novela el Conde solo pierde parte de sus poderes durante el día, es básicamente como cualquier otro hombre de la nobleza, rico y débil. En cuatro momentos distintos se hace mención de ello, el primero, cuando Jonathan, aun con estrés postraumático tras haberse fugado del Castillo Drácula, y recién llegado a Londres, distingue al Conde en Piccadilly, durante una inusual tarde tórrida de otoño, así lo describe Mina en su diario: «I was looking at a very beautiful girl, in a big cart-wheel hat, sitting in a victoria outside Giuliano´s, when I felt Jonathan clutch my arm so tight that he hurt me, and he said under his breath: “My God!”» (p. 147), tras una breve descripción de la palidez de su esposo, Mina inquiere sobre los motivos detrás de su reacción «“It is the man himself” […] “I Believe it is the Count, but he has grown young. My God, if this be so! Oh, my God! my God! If I only knew! if I only knew!”» (p. 148). El segundo momento en que se menciona esto es cuando rastrean las cajas con arena en las que duerme el vampiro, «We must trace each of these boxes; and when we are ready, we must either capture or kill this monster in his lair; or we must, so to speak, sterilise the earth, so that no more he can seek safety in it. Thus in the end we may find him in his form of man between the hours of noon and sunset, and so engage with him when he is at his most weak» (p. 207). La tercera mención explica la pérdida de los poderes durante la jornada diurna, «The sun that rose on our sorrow this morning guards us in its course. Until it sets to-night, that monster must retain whatever form he now has. He is confined within the limitations of his earthly envelope. He cannot melt into thin air nor disappear through cracks or chinks or crannies. If he go through a doorway, he must open the door like a mortal. And so we have this day to hunt out all his lairs and sterilise them» (p. 250). La cuarta y última mención ocurre ante la posibilidad de un encuentro diurno con el Conde, así lo registra Jonathan en su diario: «It was possible, if not likely, the professor urged, that the Count might appear in Piccadilly during the day, and that if so we might be able to cope with him then and there» (p. 253).

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Feel Good Inc. Por Francesco Vitola Rognini

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Francesco Vitola Rognini  nos trae una serie de artículos que versan sobre libros, películas o videojuegos. Estos están articulados al proyecto Vademécum (investigaciones sobre literatura y ciencias sociales) que desarrollará de aquí al 2025. Las reseñas estarán agrupadas bajo el título “Entre líneas”. 

 


 

 

En las sociedades represivas la libertad es un privilegio y la falta de motivación es un lastre que arrastramos tras el deseo de <<triunfar>>. En nuestra especie anida el germen de la depresión, por ello nos educan para proyectar lo contrario, hay que serlo o parecerlo y evitar así mostrarse débil. Sin embargo, la felicidad (real) es esquiva, y se asocia con el éxito, por tanto se ha impuesto la costumbre de celebrar como triunfadores, aún sin serlo. La apariencia de éxito reemplazó a la vida honesta y a la búsqueda de la felicidad. Vivimos tiempos de <<realities televisados>> y hemos convertido nuestras vidas (de manera voluntaria) en comidilla de desconocidos a los que mendigamos migajas de aceptación. Así es la <<vida real>> actual, pero por fortuna no es la única realidad.

Fotograma de Avalon (2001) Mamoru Oshii

 

Existe un universo en el que esas reglas no aplican: en la realidad virtual de los videojuegos accedemos a vivencias que han sido vedadas de la experiencia cotidiana. Jugando en línea podemos ser solidarios, trabajar en equipo, ser anónimos, recibir retribuciones inmediatas por nuestro esfuerzo. Jugando se nos premia por ser justos, ascendemos socialmente si hacemos lo correcto, y sobre todo, se nos permite ser libres, incluso subvirtiendo las normas que nos imponen los estados policiales que <<en la realidad>> regulan hasta nuestra vida vida privada. Jugando somos felices porque no se nos imponen leyes estrictas, porque podemos recorrer mundos enteros sin necesidad de llevar pasaportes o dar explicaciones a uniformados. Mientras jugamos los únicos motivos de tristeza provienen desde el exterior, cuando la realidad irrumpe en la fantasía, violando su sacralidad para imponer postulados ridículos como <<hacer lo correcto>>, <<ser serio>>, <<temer a Dios>>, <<ser responsable>>, <<hacer algo productivo>>.

¿Cómo no amar la libertad, la alegría, los estímulos motivacionales que nos ofrecen los videojuegos? Aquellos que pueden acceder a esos universos son privilegiados, y no por el hecho de tener el hardware; los que juegan pueden sobrellevar la cruda, injusta, desmotivante cotidianidad del mundo <<real>>. Sin esa ventana a otros mundos (tal como lo permite el cine, el teatro o los sueños) las personas son presa fácil de sectas que se lucran de los vacíos espirituales y emocionales que se multiplican en nuestras sociedades enfermas de odio, codicia y narcisismo. Para comprobarlo basta leer los comentarios en las redes sociales de los simpáticos gamers, individuos que históricamente han tenido que soportar todo tipo de ataques por el solo hecho de pasar horas sumergidos en realidades (y comunidades) donde son valorados, donde son felices y hasta exitosos. Porque las actuales generaciones no sólo disfrutan de modernos juegos y consolas de alta calidad, si no también de la posibilidad de jugar en línea con múltiples personas de manera simultánea, pero sobre todo, pueden ganarse la vida jugando.

Hace décadas, cuando los videojuegos comenzaban a ser objeto de consumo masivo, los que tuvimos acceso a ellos nunca pensamos que hoy tendríamos videojuegos hasta en nuestros teléfonos (que son en realidad computadores de bolsillo). ¿Quién diría hace 30 años que nuestro <<vicio>> se convertiría en una industria más rentable que el cine de Hollywood? Sin duda los japoneses y los norteamericanos lo tenían claro. Durante décadas fuimos los muchachos ociosos, <<los viciosos>>. Hoy se los define como gamers, y son parte integral de una economía que mueve cifras astronómicas ¿Qué sería de esa industria multimillonaria si se hubiese escuchado a unos políticos reaccionarios que ven al demonio hasta en la sopa?

Mundos abiertos, juegos en línea, desarrolladores y gamers.

En los tiempos que corren (pandemia, intolerancia hacia las minorías, conflictos socio-políticos a escala global) el único lugar seguro donde se puede ser libre parece ser el hogar, y la clave para soportar el encierro son los videojuegos, los libros, los sueños y el internet (con sus miles de aplicaciones).

Compañías como Kojima Productions [Metal Gear Solid V (2015), Death Stranding (2019)], Ubisoft [Assasin´s Creed: Valhalla (2020), Assasin´s Creed: Odyssey (2018), Tom Clancy´s Ghost Recon Breakpoint (2019), Tom Clancy´s Ghost Recon Wildands (2017)], Watchdogs 2 (2016) y Rockstar Games [Red Dead Redemption 2 (2018)  Gran Theft Auto V (2013) CD Projekt [The Witcher 3: Wildhunt (2015), Cyberpunk 2077 (2020)] han creado mundos virtuales detallados en los que los jugadores llegan a vivir experiencias envolventes. Estos juegos, por mencionar algunos de los más innovadores, ofrecen al protagonista la posibilidad de seguir un orden lineal, de cumplir misiones o de simplemente explorar la geografía, descubrir tesoros y disfrutar de paisajes alucinantes, lo que representa otro valor agregado: el jugador puede hacer lo que le plazca. Algunos de esos juegos son las últimas versiones de sagas que llevan décadas en desarrollo, tiempo que ha permitido ampliar el concepto de Sandbox (que toma el nombre a partir de las cajas de arena donde los niños construyen castillos de arena) hasta llegar a ofrecer mundos extensos, mapas amplísimos que simulan ser países o continentes. En los juegos mas recientes, diseñados para desempeñarse en las recién estrenadas consolas 4K (que ofrecen mejor resolución de imagen y mayor velocidad de procesamiento de datos), se puede además personalizar a los protagonistas, lo que hace que el jugador se involucre aún más en el juego. En adelante, sin duda, esta será la norma, ya que hace de las partidas una experiencia personal, única, irrepetible.

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Diario del coronavirus desde Chiapas. Día tres

N. me dijo que lo quieren matar en su pueblo. Ignora quién y supone que es envidia porque él está construyendo, por fases, una casita cercana a la de sus padres. N. va todos los fines de semana y pasa una noche allí.

El pueblo en el que nació y creció se llama San Juan Chamula, queda muy cerca a San Cristóbal, a no más de treinta minutos en automóvil.  Este lugar lo apetecen antropólogos para ejecutar sus investigaciones; desde las fiestas hasta los rituales que se hacen dentro de la iglesia, sirven para poner a prueba teorías que les acrediten un título doctoral, pero los habitantes prohíben las fotografías, con lo que las apuestas por un buen trabajo se redoblan.

A N. el temor de su asesinato se le disipó cuando se enteró de la llegada del coronavirus a Tuxtla. Desde ese momento me suele preguntar cuál es el avance del virus y no oculta su temor cuando me ve toser o siente que mi voz es más gangosa que de costumbre. No sé por qué le teme más al hipotético embate de una peste que a los presuntos asesinos que suelen acercarse, encapuchados, a su inmueble, y trazan cualquier trampa para que él caiga muerto. Ni siquiera se ha planteado que quizá lo que quieren hacer sus agresores es asustarlo para que se paralice.

A D el coronavirus es un temor que sólo lo petrifica cuando habla conmigo. Hoy me contó que en la agencia de noticas rusa RT informan la existencia de una cepa más agresiva que el Covid-19. Días antes me dijo que lo que más lo angustiaba era la virtualidad de la angustia de enfermarse porque eso le bajaba sus defensas y su aparato inmunológico se convertía en una presa fácil para las afecciones.

También me he topado con los que ocupan cargos de intelectuales en diferentes instituciones. A la mayoría de los pertenecientes a ese gremio no les da el más mínimo asco saludarme por mi resfriado, muchos descreen de la gravedad del virus y alegan que se han perdido muchos tapabocas que bien hubiesen podido usarlos personas en quimioterapia y no incautos a los que manipulan las corporaciones mediáticas.

Con respecto a ellos he pensado que puede ocurrirles lo de Perlongher: escribió un libro donde denunciaba el estrangulamiento del deseo a partir del SIDA y años después adquirió, como en una oferta, el síndrome de inmunodeficiencia.

Las actitudes frente al coronavirus se diluyen como los rostros tras los tapabocas. Acá no he visto un desfile de personas que tengan medio rostro tapado, pero cuando preguntas en un almacén por un barbijo te contestan que no hay disponibles. Me dijeron que la escasez se debe a que los chinos fabrican esas cosas y, seguramente, si llega un barco atiborrado de las mismas, estas estarían contaminadas y el máximo vector de la peste sería el elemento que la combate: el caballo de Pekin y el consiguiente triunfo final de la revolución cultural.

Acabo de ver que han cancelado las más importantes carreras de ciclismo que se llevarán a cabo en Italia durante este mes. También a mi celular llegó la notificación de que un perrito, en Asia, se contaminó con el COVID-19. Pronto la peste se convertirá en una amenaza mundial para las mascotas y se estatuirá un peligro mayor porque tanto los monocultivos de soya como el eterno amor a nuestros compañeros fieles, estarán por el terror y la debacle económica.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día dos

Estás enfermo porque te quieres morir, me dijo; a mí me pasa con las ventanas altas, me quiero asomar por ellas y ver si me puedo tirar y eso me da repulsión, agregó; en ambos casos lo que ocurre es que queremos estar muertos y tus ventanas son los virus y tus virus son mis ventanas, concluyó no sin antes decir que no es temor ni a los virus ni las alturas sino al deseo de estar muerto que choca con el impulso de vivir.

Con lo que él me dijo me quedé media tarde, anegado de estornudos y mocos que rebalsan mi nariz al punto que algo parece derretirse en mi cuerpo y a duras penas sale, con goteos, por esos orificios. Cuando comiencen a supurar mis demás cavidades debo alarmarme e ir al Hospital de las Culturas donde seré el primer caso de coronavirus mutante. Entretanto, basta con sonarme.

En la noche, otro amigo me dijo que no compartía la idea de que haya un hambre de morir, al menos de mi parte. Y la razón, según él, es que me solazo con el aburrimiento y no sería para nada aburrido que mi vida se interrumpa con una peste y hay peores y más mediocres maneras para prolongar el aburrimiento. No sé si me convenció, pero pensé en Highlander y en Christopher Lambert que, para mí, es inmortal.

A veces, cuando camino por alguno de los andadores del centro de San Cristóbal, veo a europeos y gringos que se parecen a actores de cine, aunque jamás he visto a uno parecido a Lambert. También me topo con un joven que llora y dice ser mensajero de los zapatistas; suele acercarse a los de aspecto foráneo y relata la historia a cambio de unas monedas. Ignoro si quienes lo escuchan le pagan por su actuación o porque le creyeron y esperan alguna retribución como un viaje clandestino a algún reducto del EZLN.

Pero el centro queda lejos de donde vivo. Estoy más cerca del norte, de barrios como La hormiga, habitados por personas que provienen de las zonas rurales de Chiapas. La mayoría son Tseltales, Tsotsiles o Xoles, con lo cual se cumple el patrón de todo el continente: los indios habitan los lugares que se consideran pobres para los índices estatales. Para llegar al casco histórico necesito tomar una combi, el vehículo de servicio público en donde uno se sienta en una banca que ocupa todo lo largo de la camioneta y piensa que esa es una buena manera de realizar un viaje interplanetario.

A ese medio de transporte prefiero no subir en estos días. Temo que si estornudo, como lo he hecho en las últimas horas, me bajan o directamente me llevan, a la fuerza, a algún hospital público. Allí ordenarían una cuarentena, y viviría de manera muy parecida a como lo hago hoy.

Ayer, cuando fui a comprar unos pañuelos, las mujeres que atienden en la farmacia me miraron a los ojos y repararon en mi acento; indudablemente no era europeo sino más parecido al de un migrante centroamericano. Quizá vean con buenos ojos que quienes atraviesan México en caravanas lleguen enfermos a la frontera, como si esa fuera una manera de vengarse de lo que ocurre en el norte.

No se ha registrado, oficialmente, un nuevo enfermo de coronavirus y aún no llega a San Cristóbal. Y eso otorga tranquilidad a algunos habitantes; el estado de excepción también se cifra en la creciente confianza en quien dice protegernos y limitar las llamadas libertades civiles e individuales.  Además, en Ciudad de México, anuncian con cierto dejo de triunfo que el primer enfermo de coronavirus ya fue dado de alta. ¿Y si empezara a supurar mucosidades por todos sus orificios?

Alguna vez leí la biografía de Jacinto Novarro, un poeta filipino que esperó la llegada del tusnami que golpeó a Mindanao en 1976, parado en una costa de la isla. Quisiera ser como él, pero no soy poeta y esto no es un tsunami sino una gripa. Y estornudo.

El chute definitivo. En memoria de José José, la bestia del amor

Cada vez menos nuestro mundo

Norbert Schüster

La canción acaba de morir

Omar Kayham

Las biografías siempre son incompletas hasta que se cierra la fecha de nacimiento con la de muerte. En tu caso, que saltaste de una eternidad a otra, se puede ver que tal tentativa no es otra cosa que un disparate de bibliotecario mediocre.

Dijiste noche no te vayas, como si no fueras tu el que la abandonaría y, con ella, a todas estas almas en pena: ese era el bouquet de tu dosis personal.

Ojalá papá lindo te de unas buenas jeringas repletas de heroína y le digas, en el viajado, que dicen que eres un payaso y nada puedes hacer. También quiero ron y mezcal y aguardiente pero mi nuevo oficio de chófer no me lo permite porque debo cargar tu cadáver.

Ojalá que te mueras, dijiste esa noche, y fue como un puro beso porque tu fantasma vuelve a rondar los 10 años que estuviste en consumo al interior de un taxi.

Y esta vez soy yo tu taxista y te llevo a los intrincados parajes de tus pesadillas: viste tu posible vida de sobrio hasta que morías como un vulgar sujeto, tan mediocre como yo, tu taxista.

Por aquella época, cuando te llevé, yo tenía veinte y tu cuarenta. Ahora te alcancé en edad pero no en grandeza y estoy tan cansado que he de confesarte que a veces preferiría estar muerto como tú: quiero morirme pero solo me mato a pajas porque no me pagan lo suficiente para ir a donde las venezolanas.

Pronto te olvidarán pero en mi cachivache, mientras hago carreras, o carreritas al culo, como dirían los vulgares, coloco tu música y levanto la cara con orgullo.

Recuerdo aquella tarde que le cantaste borracho a la señora Verónica Castro. Recuerdo la cara de asco de aquella coqueta mujer que sabía de tu hedor a alcohol trasnochado y mal aliento que de tu boca de bolero salía.

No sabes cómo y cuánto te extrañaré en la botanería en donde me daré duro en la cabeza mientras veo a un cantante de poca monta que te imitará primero a ti, luego a Juan Gabriel y después interpretará sus propias canciones que nadie escuchará.

Qué memoria tienes

Y yo con un Alzheimer ni el malparido

Dios te lo permita, que nunca en la vida

tengas una pena

porque si la tienes, morirás de angustia y desesperación

no te lo reprocho

tan solo le pido a Dios

que me muera

que me muera

 

 

 

Mira lo que has hecho, pequeñín

Ayer habló Daniel Johnston con Jesús. Hoy, un hoy que ninguno de ellos dos tienen porque los hundió la eternidad, es hora de ver lo que hizo aquél hombre que ya se difuminó y del que nos quedan canciones, suspiros y alguna que otra torta para distraer la depresión. Acá, algunas de sus más célebres frases y consabidas canciones.

 

Soy mi miembro fantasma y me tengo miedo

 

 

 

Correrse y parecer una vaca

 

 

Nada mejor que dormir deprimido

 

Cuando quiero llorar también lloro

Todo en esta vida es duro salvo mi pipí, y eso es lo más duro

Jamás leí las confesiones del artista de mierda pero también me confieso

Harlan Ellison, el bravero de la ciencia ficción, ha muerto.

Si algo aprendimos de Harlan Ellison es que nunca hay que irse de la casa de papi y mami. Es decir, no aprendimos nada. Porque autores como Harlan Ellison no eran una pastoral de moralidades y enseñanzas, como los autores que gustan referenciar y que la gente despide con tanto dolor, porque ¡gracias por esas enseñanzas tan bellas! NO SEÑOR. NO SEÑOR. Todo lo contrario con nuestro chico Ellison. Nuestro chico que ayer murió de 84 años. Por siempre chico, no solo de estatura, sino chico como Jefty, reacio a querer crecer y adaptarse en un  mundo de gilipolleces. Así que por siempre chico, por siempre enfado, molesto, irreverente, incluso con la gente que él más admiraba, sus papis de literatura como Asimov, no podía dejar de ser un impertinente atrevido, pero genial, genial ante todo, porque descubría que la libertad abría sus anchas alas negras como el pájaro negro de la muerte, a través de ir con otra tradición, desde Marqués de Sade hasta Louis Ferdinand-Céline, así que otorgó a la ciencia ficción otra cara más allá de la estúpida cara ñoña de quien no sabe más que de ciencia y se niega a ver los aspectos monstruosos de la vida, es decir, ese monstruo que se aparece ante nuestro espejo y lo mostraba, el chico Ellison, a todos. A todos.

Y ayer murió, pero hasta hoy lo despedimos, porque la noticia nos pegó duro.

Lo recordaremos por  sus increíbles cuentos:

«No tengo boca y debo gritar»

«Jefty tiene 5 años»

«El pájaro de la muerte»

«La bestia que gritaba amor en el corazón del universo»

«Arrepiéntete, Arlequín, dijo el señor tic tac»

 

También lo recordaremos por su antología de tres volúmenes VISIONES PELIGROSAS

También dejó su huella en la gran película de todos los tiempos TERMINATOR

Y también escribió series en Startrek, Babylon 5, La dimensión Desconocida… y creemos que en Superman.

 

Pero también lo recordaremos por su importancia en el mundo de la ciencia ficción, pues su voz además de reconocerse como un GRAND MASTER, era bastante controvertida y necesaria, tanto para fortalecer este género con el que tanto peleó pero al que tanto amó, como nosotros con nuestras mamis, y para insistir en luchar contra lo que él vio eran terribles injusticias y malos ratos para quienes escribimos ciencia ficción, como no ser pagado, tampoco valorados y que nuestra creatividad siempre se vea amenazada por la corta vista de los editores flojos y malos jueces de concursos literarios, contra toda esa fauna salvaje, también lucho nuestro chico, el chico Harlan, que era un gigante del corazón y de las letras al que hoy despedimos y recordaremos por siempre con un profundo agradecimiento.

 

MIL INVIERNOS TE DESPIDE HOY, CHICO GIGANTE, HARLAN ELLISON.

 

 

 

 

Indio. Un relato de Leandro Alva

Por Leandro Alva

A Edmund Valladares

 

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30 de Julio de 1969

Décimo round; el Luna vocifera, la Luna come pochoclo. Suena la campana, se achican las distancias, se miden las fuerzas. Paladino se siente cómodo; en el rincón le dijeron que ya la tiene ganada por puntos, que salga del intercambio, que se mueva sin parar, que no se detenga nunca; pero en un descuido le embocan una seguidilla que le hace ver la vía láctea. Cuando se desploma, su cabeza golpea contra el borde del ring. Ya no se levanta. Ya no va a ganar.
Durante la noche, los vehículos acallan su párpado y se oscurecen hasta el otro extremo de la paleta. Llega la mañana, el cuadrilátero se hace mucho más angosto. La cuenta de protección no termina jamás.

(Relato inspirado en hechos reales, narrados en el film “Nosotros los monos” del realizador Edmund Valladares)

 

Que en paz descansemos sin Juan Gabriel

Pero antes de expresarle nuestro pensamiento a Lola, le hicimos una prueba de audición ya borrachos. En la rockola programamos “Querida” interpretada por Juan Gabriel. Le invitamos subliminalmente a que la cantara, tomando el trapero del baño que estaba hediondo de vómito. Lola, ya embriagada, se incorporó y empezó a emular los pasos de la esposa de Roger Rabbit. Aulló tan fuerte que los demás asistentes de la tienda no pudieron seguir hablando. Todos se acodaron a observar a ese gran marica que se bamboleaba como uno de los androides figurados por Antonin Artaud en su teatro que reinventaba el mundo.

The Lola Verga´s big band.

El amor nació para que lo cantara una gran y bella marica

El amor nació para que lo cantara una gran y bella marica

Uno siempre cree que se va morir primero que los dioses pero ellos han dispuesto nuestro desamparo;   la prueba ha sido hoy: Juan Gabriel murió esta tarde con Alberto Aguilera, su novio eterno.

Porque Alberto y Juan Gabriel crecieron juntos para hacernos daño,  para hacer más amargas esas decepciones del amor;  porque el amor existió para ser cantado por un marica. Y de grandes maricas hemos de encular estas mesetas de desánimo

Creímos que Juan Gabriel era eterno como su amor; por primera vez en nuestros corazones habita la desazón que inundó al espíritu de Judas Iscariote haciendo el nudo de la soga con la que se suicidó. Pero como la tristeza se viste de alegría los dejamos con una canción muy tierna y alegre en este día de muerte:

 

Pat Conroy (Q.E.P.D)

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Falleció el cuatro de marzo. Fue autor de «El príncipe de las mareas», una novela llevada al cine a comienzos de los noventa. También escribió «Música de playa», una historia que, para aquellos que la leímos antes de comenzar el rosario de divorcios, se convirtió en la dulce premonición de las amarguras de la vida sentimental. Esta historia comienza así:

En 1980, un año después de que mi esposa saltara hacia la muerte desde el puente Silas Pearlman, en Charleston, Carolina del Sur, me trasladé a Italia para empezar una nueva vida junto a mi pequeña.

Pero vida sólo hay una. Y puede convertirse en una sucesión de desencantos.

El protagonista regresa a Estados Unidos y  reencuentra a su familia y el entorno en el que creció. Incluso, tiene la oportunidad de ajustar cuentas con la iglesia:

– ¿Es todo lo que la Iglesia significaba para ti?- inquirió el sacerdote-. ¿El bingo de la parroquia?

– No- respondí-. También significa la Inquisición. Franco. El silencio del papa durante el Holocausto. El aborto. El control de natalidad. El celibato de los sacerdotes.

-Ya veo.

-Sólo la punta del iceberg-añadí.

-Pero ¿y Dios? – insistió- ¿Qué hay de él?

-Hemos tenido una pelea de enamorados-dije.

-¿Por qué?

-Contribuyó a matar a mi mujer – respondí -. En realidad no, por supuesto; pero me resulta más fácil echarle la culpa a él que a mí.

En casa de sus padres, el hombre viudo debe presenciar la agonía y el desenlace fatal de su mami:

Esa misma sangre que me alimentó, pensé, ahora la está matando. Por eso la gente cree en dioses y los necesita en las horas negras a la fría luz de las estrellas, me dije. Ninguna otra cosa podría conmover la señorial indiferencia del mundo. Mi madre, pensé; fue en ella donde por primera vez conocí el Edén y el planeta al que habría de ingresar desnudo y asustado.

Ojalá, Pat, no hayas partido de este planeta asustado; por mucho, desnudo.