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Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Acentos del sur

 

20/05/2022. Barcelona. Llegó la temporada de terrazas, el mejor lugar para escuchar acentos. Vengo de un continente donde hay tantas variaciones en la pronunciación del español como nacionalidades, pero la apropiación que hacen del castellano es un tema distinto.

Comenzaré diciendo que admiro a los inmigrantes que no pierden su acento, y la delantera la llevan los argentinos, un grupo tan numeroso en Barcelona que comienza a tener carácter de colonia, lo cual me parece ideal, quizás así las futuras generaciones tengan la tonada argentina como alternativa a la que tratan de imponer desde Madrid. Sería una bonita y rebelde mezcla. Los argentinos han logrado apropiarse del idioma, creando una fraseología particular, juegos de palabras, y desarrollando un sentido poético que se ha filtrado en su cultura popular, algo que brilla por su ausencia entre los «integrados» que se limitan a imitar sonidos y frases hechas de un idioma que tuvo su clímax entre sádicos fanáticos hace 500 años. Hablamos de dos mentalidades distintas, la de los súbditos perpetuadores del oscurantismo, cerrados en banda con sus barbarismos, y la de los libertos orgullosos de una tradición literaria moderna. Ya Roberto Arlt lo explicó mucho mejor que yo en «El idioma de los argentinos», contenido en Aguafuertes porteñas.

Con todo eso en mente, sentado en una de estas terrazas, bebo una cerveza helada mientras disfruto el juego idiomático de dos argentinas, que como yo, beben birras en la terraza. Me encantaría ser fluido en catalán —pienso— para poder pasar del español caribeño al idioma de los países catalanes, saltándome por completo las normas de este idioma que arrastra una tradición manchada de sangre y corrupción. La reivindicación del catalán y de los acentos latinoamericanos puede ser leído como una postura política contra la opresión dogmática que subvierte las imposiciones de hombres blancos que nunca han salido de su meseta, y cuando lo han hecho, ha sido para reproducir, trasplantar dogmas.

En mi país solo un puñado de escritores humorísticos y poetas cómicos juegan con el lenguaje con la destreza con que los argentinos del común lo usan, con ese desparpajo propio de un acto natural inconsciente. Algo similar vemos en el Caribe, aunque ahí la mezcla sea distinta y más parezca un dialecto muchas veces incomprensible para los foráneos, donde predomina la noción del ritmo y la sonoridad. La diferencia puede ser que tanto en el extremo sur de América como en el Caribe nunca se habló solo español, tierra de migraciones al fin y al cabo, y en ese juego de hacerse entender terminaron generando algo distinto: el portuñol en la frontera de Brasil y Argentina; el costeñol del Caribe colombiano y venezolano; el espanglish en la parte norte del Caribe; el español rioplatense o lunfardo que hablan en Argentina y Uruguay.

Algo similar pasa a orillas del Mediterráneo catalán, donde todos son bilingües, cuando no políglotas, algo que parecen no querer aceptar en la meseta central de este árido país.

 

Pero bueno, yo soy solo otro hijo de las migraciones que trata de entender las vueltas de la vida, y del idioma que le tocó por suerte —ni hablemos del acento—. Quizás deba ahondar más en este tema, realizar un estudio a fondo en las Casas de vermut, pero, ¿y si somos testigos de la primera gran colonización argentina de Cataluña? ¿Y si dentro de unas décadas lo que se hablará en Iberoamérica sea una combinación de la tonada argentina y la catalana? Sería una combinación poderosa, culturalmente nutritiva para toda Iberoamérica.

Morir al sur o el reverso posible de la historia. Por Daniel Maldonado

 

Quizá la historia de la literatura no sea sino un compendio de los modos en que ficción y realidad se entrecruzan. O, en todo caso, puede que el reverso de lo que se ha entendido como historia de la literatura dé menos cuenta de un conjunto, señero, de nombres y obras que de los modos, siempre sugerentes, de que se han servido narradores diversos a la hora de incurrir en el ejercicio de la narración. Ya lo decía Ricardo Piglia: en realidad, un cuento (y, agrego, también una novela) siempre cuenta más de una historia.

¿Cuántas son las historias que circulan en La ciudad ausente o en El largo adiós o en Guerra en el paraíso? Puede que el número de historias, de relatos que se cruzan en las tres novelas mencionadas sea infinito, como casi infinitas parecieran ser las que marcan el derrotero de personajes como Sherezade o don Quijote, figuras nodales que han trascendido las fronteras de sus respectivos universos narrativos.

No sin jiribilla traje a colación los títulos de las novelas de Piglia, Chandler y Montemayor. En las tres subyacen las voces de quienes han padecido, o en todo caso contemplado, la acción criminal de los monstruos sin rostro: la dictadura, la desigualdad inherente al capitalismo omniabarcador, el brazo armado del Estado. Pero además, en todas ellas también palpita una tensión: la que sostiene la ficción o, mejor aún, la literatura frente a lo real. Ninguna de estas narraciones se plantea, al menos no de manera directa, ser la crónica precisa de los acaeceres y sucedidos consignados por la nota periodística a modo o por el discurso imbécil de los referentes de la progresía mediática. Lo que hacen las voces de los personajes que habitan las páginas de estas novelas es poner en suspenso los resortes operativos sobre los cuales se sostiene el sentido, ominoso, de lo que en no pocas ocasiones se ha erigido en Historia oficial.

Entendida durante mucho tiempo como género menor, la novela policiaca o, digamos mejor, negra supo replantear, por vía de la figura del detective, la relación entre lo visible y aquello que, soterrado, opera a su sombra. Lo que hace el detective es aproximarse de otro modo a lo real. Mira, si se quiere, de modo desviado –por mal intencionado o cínico– no lo que flota sobre la superficie, sino aquello que sumergido como está implica riesgos, silencios, malas pasadas, intrigas. El reverso sórdido del ethos –pretendidamente aséptico– de los bienpensantes.

Morir al sur (2022, Nitro/Press), novela ganadora en 2020 del premio “Una vuelta de tuerca”, de Gabriel Velázquez (Cintalapa, 1984) es en cierto sentido tributaria de esta forma de entender la relación entre ficción y realidad (o entre fondo y superficie). Sí: la de Velázquez es una novela que se hace eco de algunos de los elementos –clichés, dirían sus detractores– de un género que figuras como Hammett o aun Chandler cultivaron con maestría. En Morir al Sur hay un crimen, un asesino y huellas de violencia extrema sobre los cuerpos de sujetos marginales que trasiegan el arrabal. Pero no sólo: lo que se plantea en Morir al sur es que en Tuxtla, San Cristóbal y Ocosingo (puerta de entrada al dominio, también marginal, de la selva) prevalecen el oprobio y la impunidad cifradas en la lentitud, incapacidad y opacidad propias de las instituciones locales procuradoras de justicia.

No es casual que sea un periodista y no un MP (o, aun, un detective a sueldo) quien se sumerja en los entretelones de una realidad política turbia, asfixiante por nociva. En última instancia, a Santigo –protagonista de la novela y fortuito private eye de una agrupación clandestina que busca declararle la guerra al gobierno– le corresponde zurcir los retazos de una trama compuesta de sucesos sólo en apariencia inconexos: el asesinato sistemático de prostitutas, la desaparición de un posible jefe guerrillero y la presencia de un alto mando militar en la ciudad de San Cristóbal de las Casas en vísperas del arribo de un año axial: 1994.

No son pocos los méritos (éticos al tiempo que estéticos) del relato de Velázquez. En Morir al sur, la selva es, antes que el paraíso bucólico canonizado por la lógica plástica del marketing, habitáculo en el que se gesta un levantamiento, armado y popular, todavía sin nombre. Puede que en esto último se encuentre otro mérito de la novela. Al recorrer sus páginas, asistimos a la construcción de un sueño terrible que luego habría de cifrar su grandeza en cuatro letras; entendemos que los ejercicios militares que realizan los marginados en el corazón de una selva llamada lacandona –individuos que se comunican entre sí en una lengua que al protagonista de la novela le resulta del todo incomprensible– concentran la memoria de una serie de ultrajes experimentados a lo largo de 500 años.

Otra cosa. Ahí en donde la historia oficial ha colocado a los sublevados como figuras anquilosadas, ahí en donde la historiografía oficial –o, verdad sea dicha, afín al establishment– ha hecho de los alzados entes brutos y ávidos de exterminar al otro por el prurito de sólo hacerlo, Morir al sur, de Velázquez, opone el reverso de esta ominosa narración: los que se asumen del lado correcto de la historia casi siempre se empeñan en ocultar las huellas, las marcas que dan cuenta de sus crímenes.

¿Cuántas historias circulan en Morir al sur? Posiblemente la menos visible de todas sea la más importante: la que conduce a la revelación de un crimen por vía de la ficción, de la fabulación. Aquella que hace de la novela, de la literatura sin más, el correlato iconoclasta de la narrativa –erigida en verdad irrefutable– del poder.

La vida de un fantasma. Por Héctor Cortés Mandujano

Yo le leía poemas de fantasmas

Fernando Trejo, en «El aliento que somos de los perros»

Regalo de mi amigo Fernando Trejo, leo su poemario La abuela está en la casa porque he visto su voz (Cuadrivio, 2019), que ganó el XVI Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal.

El libro tiene como tema central, resumo, la muerte de su abuela materna y su entierro; la vida de los albañiles que construyeron su tumba y las “Apariciones en la casa” después del sepelio. El propio Fer, que es también editor, cuidó el libro. Es pequeño y bello; en eso ayudan la tipografía y las ilustraciones hechas por sus hijos: Iñaki, cuando tenía cinco años, un ilustrador con notables dotes, e Isabella.

Fernando Trejo da con este libro un paso firme en la escritura poética en general y en su escritura en particular. El anterior que leí de él, Ciervos (2015), es una maravilla, y en éste no repite sus descubrimientos: cambia de discurso y plantea, sin caer en melodramas, con inteligencia, las variaciones emocionales a partir de la pérdida, flashback y flashforward incluidos.

He leído la mayoría de los libros de Fer y una de sus características es que no teme a la mezcla de géneros. La sección “Entierro”, por ejemplo, tiene títulos como si fueran parte de un guion de cine: “Ext. Barda con botellas quebradas/ día”, “Int. Ext. Casa de la abuela/ catedral/ mañana (Flashback)”, etcétera, y en otros poemas cita fragmentos de canciones de su abuelo Carlos Alberto Trejo Zambrano. No como pegotes, sino como elementos de construcción.

Hay una imagen en su primer poema, que me encantó (p. 11): “Abre la noche el hocico del viento”. En el segundo toma apunte (p. 13): “Hay un temblor de luz, dice mi hijo./ Me siento frente a él y anoto lo que dice: La abuela está en la casa porque he visto su voz”.

En el Flashback de la página 27, va con su abuela y su hermana, de niño, a rezar, con la promesa de que le comprarán después un helado: “Yo estoy consciente,/ a mis ocho años,/ que todo vale un helado de sorbete./ Que podré soportar la eucaristía,/ el rito,/ hincarme ante Dios poderoso. […] Como si bebiéramos la fe,/ en canastilla”.

En “Ext. Panteón Municipal/ mediodía” escribe (p. 33): “El sol tira a matar,/ Emite silbidos, como si dentro de la luz/ un tirador disparara pedradas/ de lumbre”.

Juan y Adán Verdugo, hermanos y albañiles, harán la tumba de su abuela, a quien nombra por completo en un verso (p. 44): “Con cuarenta ladrillos,/ los Verdugo borrarán para siempre/ la risa de María Luisa Sirvent Rincón”.

La abuela muere y luego su fantasma llega a casa del poeta (p. 57): “Y en este punto, en el distorsionado pixel de su incredulidad/ mi abuela aparece de frente/ horrorosamente lluviosa./ Todo esto sucede mientras corro la cortina/ y mi esposa dice que nuestro hijo se ha pasado/ todo el día rayando las paredes”.

Fernando intenta comprender a su abuela fantasma (p. 67): “Si hay algo que pesa en lo fantasma, es no poder llorar./ Porque llorar es muy humano. Y mi abuela qué puede soltar/ si el agua no recuerda”.

Qué buen libro. Qué gusto leerlo.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Terapia polifónica

22/4/2022. Barrio Gótico. Barcelona. Olviden las Apps de citas, el azar sigue siendo el mejor método para conocer gente. Aquel viernes por la tarde de la temporada de terrazas 2022 fui a tomar unas cervezas en el bar más cercano de casa, al que no había entrado nunca. En la barra estaba Andrea Juzga, una amiga barranquillera a la que no veía hace 15 años. Giros inesperados que introduce la vida a nuestro relato personal. Esa tarde la charla con Andrea resultó siendo tan terapéutica como las cervezas que nos bebimos. Yo le presenté a mi hijo y ella me presentó a su amiga siciliana, Deborah.

Una semana después me invitó a pasar la tarde con sus colegas music selectors, picoteros sofisticados dedicados a la arqueología musical, que reinterpretaron sonidos autóctonos de Latinoamérica en Ultra-Local Records, una tienda de vinilos del Poblenou. Un grupo de individuos interesantes, con los que lastimosamente tuve que interrumpir la conversación porque aquella noche el metro funcionaba solo hasta a las doce.

14/05/2022. Antigua Cervecería Damn. Tarde veraniega al aire libre, sol, comida y cervezas sin gluten, el nuevo producto de Estrella Damm. Cierran la jornada Acid Lady Avocado —el nombre artístico de Andrea— y Golfo de Guinea —Joan Pujol—. Seleccionan música caribeña que tenía 30 años sin escuchar, incluyendo «Muévelo» de El General. El ambiente hizo que bailaran hasta los que no estaban borrachos. El cambio de estación trae nuevos amigos con los que celebramos la vida, somos sobrevivientes de la pandemia y del infierno helado.

El teatro, el cine y la radio en Chiapas. Testimonio de Eraclio Zepeda. Por Guadalupe Calvo

En el año 2011, cuando visité a Eraclio Zepeda en su casa de La Condesa, en la Ciudad de México, investigaba sobre el teatro hecho en Chiapas en el siglo XX. Ya había pasado muchas horas en la hemeroteca de Mario Nandayapa y algunas notas de periódicos me enteraron que formó parte del grupo de Luis Alaminos y fue impulsor de un grupo que se llamó Teatro Conasupo. Por supuesto, tenía que saber más. Estaba muy emocionada y nerviosa, Don Chico era para mí un señorón que volaba y suspendía su vuelo para regalarme un poco de su tiempo. Los nervios se disiparon cuando me recibió con una gran sonrisa, me enseñó su casa y su enorme biblioteca. Él y su esposa Elva Macías fueron muy amables y pacientes con la chica estudiante de 24 años que se interesaba por el teatro.

Eraclio Zepeda no esperó preguntas, se sentó y me invitó a tomar asiento, me indicó que podía empezar a grabar y comenzó a narrar. Lo agradecí profundamente, la entrevista se convirtió en un relato, sin feas interrupciones por parte de la joven y torpe investigadora. Fue una ocasión agradable y llena de conocimiento, una coyuntura en mi labor por la investigación y que gracias a la guía de Morelos Torres Aguilar encontró cimientos sólidos que me hacen seguir por este camino.

El testimonio de Eraclio Zepeda tiene un gran valor histórico cultural para el estado de Chiapas. Es un breve trayecto por momentos importantes del cine, de la radio, del teatro y de la literatura en este estado sureño fronterizo. Fragmentos de él se encuentran en el libro Una época del esplendor del teatro en Chiapas. El Ateneo Experimental y otros grupos (1950-1970) y se publicó una parte en algún número de la Gaceta de la Universidad Intercultural de Chiapas.

 

Entre 1934 y 1935 se creó en Chiapas un grupo de teatro muy interesante llamado “Chiapas folclórico”, dirigido por mi papá, Eraclio Zepeda Lara, en el cual incursionaban también Carlos Calichi Castañón y Eva Calvo, una señora muy inteligente, muy moderna. La obra que montaban fue escrita por mi papá y trataba sobre la llegada de un turista llamado Mr. Otto, que Calichi le decía Mister Joto. En la obra, Calichi y Eva Calvo eran un matrimonio zoque, el contraste entre el alemán y el zoque era para mostrar un viaje por Chiapas; era muy humorístico, estaba acompañado de grupos de baile muy importantes desde el origen de ballets folclóricos de Chiapas. Hicieron ellos viajes por todo el estado, por San Cristóbal, Comitán, Tapachula, así que yo creo que ese “Chiapas folclórico” es realmente importante retomarlo.

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Reconocimiento al doctor Heberto Morales Constantino. Por Carlos Gutiérrez Alfonzo

El Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica hizo suya la propuesta de reconocer la labor del doctor Heberto Morales Constantino, el jueves 18 de noviembre de 2021, una de las actividades del Festival de las Ciencias, Artes y Humanidades organizado por la UNICACH. El acto se llevó a cabo en el auditorio del CESMECA. Se transmitió por los canales de YouTube y Facebook de dicha institución.

 

Me emociona estar hoy, acá, con el escritor Heberto Morales. El 19 de diciembre de 2014, cuando recibió el Premio Chiapas en la rama de Artes, dijo de él, luego de asentarse como chiapaneco, que sus oídos oían poco, que ya era “demasiado viejo”. Hace días, referí la comunicación que tuve con un joven escritor de sesenta años. Antes de que mi dicho se hiciera hilarante, acoté que, al expresarlas, mis palabras tenían una alusión. Pensaba en el escritor que ahora nos convoca. Me tiemblan las manos y los pies al verlo, luego de esta zangarreada que nos ha dado este bicho que no termina de azotarnos como humanidad.

En 2014, qué lejos estaba don Heberto de imaginar que llegaría a estos días. La definición que dio de él fue apenas un intento de contrarrestar la lucidez con la cual expuso las señales de su quehacer, el que se forjó “cargando unos cuantos metros de dril y algunos lazos para fabricar carpas a medio monte”. Tuvo un imán: el abuelo de sus hijos, quien moldeaba “con sus formones y sus gubias los pedazos de madera que habrían de convertirse en caras, en manos, en pies de ‘niños dios’” (256), quien luego de teclear con una Remington las horas de su labor municipal, de ir a ver si sus pocas vacas habían sorteado el mal tiempo, encontraba las horas para sondear en legajos, con el auxilio de su candela.

Con Chiapas en los ojos y en el corazón, sus diez novelas hasta ahora publicadas son un canto de amor por esta tierra. Impelido por exigencias laborales, se propuso escribir textos literarios en los que expondría su cariño por esta “célula infinita/ que sufre, llora y sangra”, como la definiera su amigo Enoch Cancino Casahonda. Podría pensarse que su escritura sería la de un memorioso que atraería hacia su propio tiempo sus vivencias de la niñez y la juventud, cuando estuvo en contacto, por casi todo el estado, con “gente grande y trabajadora”. Con olfato de antropólogo, volvió a recorrer la entidad. Quería tener de nuevo frente a sí los olores y los sabores en los que colocaría a sus personajes, como Yucundo, en un Grijalva que era suyo, de don Heberto.

Su escritura, situada en la literatura, lo dijo él, ha sido “para tratar de conservar, con respeto y amor, nuestras costumbres y nuestra lengua […] Y he escrito para dejar huella de que a alguien le está doliendo el saber que se nos está convirtiendo en un pueblo de mendicantes: que necesitamos que una mano buena, que besarán los avergonzados labios de nuestra miseria, se nos extienda y nos saque del dolor del día a día” (258). Veía cómo se alejaba la posibilidad de “inventar nuevos universos: universos nuestros, nacidos de nuestra inteligencia y de nuestras manos” (258).

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Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Soy un Gil

27/4/2022. Barcelona. Camino como buscando algo perdido. ¿Es desarraigo, desencanto, nostalgia, o el vacío existencial de siempre? En invierno los mordiscos del frío me hacían idealizar el calor humano; ahora, con el aplastador verano en ciernes, me vuelvo riguroso en la selección de compañía. Pero aún así hay que creer en el amor, ¿o qué nos quedaría, pensar en la muerte inminente? Por ello cada día procuro exponerme a este mundo de extrovertidos, a pesar de ser un reino de mentiras, apariencias, miedos, odios, traumas y trastornos. A veces incluso recuerdo que debo romper el hielo o nunca hablaría con nadie, mi presencia intimida: cargo una seriedad inexpresiva en la mirada, ojeras profundas por el insomnio, y ese silencio insondable e incómodo que confunden con desconocimiento de la lengua nativa.

Al despertar tratas de recordar lo que trasnochaste pensando, pones tu mejor cara y sales a la calle, y si el factor sorpresa te puede costar la vida en Colombia, aquí puede resultar en una conversación agradable o una burla. No es una mala apuesta, una burla es siempre mejor que un balazo. Salgo con la procesión por fuera y la sonrisa por dentro, intentando actuar como el resto, aunque por naturaleza leo a todo el que se cruza en mi camino. Se te pasan las horas volando y no hablas con nadie, pero solo te das cuenta cuando vuelve a caer la noche. Y es que «hablar» implica mucho más que eso. «Fluye», «sin mente» me han sugerido. Yo solo puedo mirarles con ternura, sabiendo que nunca podría explicarles a la velocidad que se mueven e interconectan las ideas dentro de esta eléctrica materia gris. Me tranquiliza un poco recordarme que hago parte de una minoría neurodivergente, pero aún así, en ocasiones me duele perderme de los frutos de ese mundo al que no pertenezco, entonces dejo que la hiperactividad tome el control, que haga el ridículo, que rompa el silencio, aunque ese sea mi lenguaje favorito. Acallar el silencio un rato, disimularlo, porque al cerebro es imposible amordazarlo. Aquí la hiperactividad cumple una función social indispensable, confunde al interlocutor y le hace pensar que soy un extrovertido ingenuo, sin tacto, inmaduro, les desconcierta que no siga los patrones conversacionales habituales. Paso entonces por imprudente, por raro  —oigo ecos de Beck «soy un perdedor, I´m a loser baby, so why don´t you kill me» y de Radiohead «I´m a creep, I´m a weirdo, why the hell am I still here, I don´t belong here»— y como dando tumbos antes de estrellarme contra el pavimento, fracaso de nuevo en mi misión de pasar desapercibido, de parecer indiferente a todo, de «fluir», de ser otro de tantos extrovertidos buena onda. Pero lo intento, me acerco, sonrío, me intereso realmente en alguna figura delicada, una que sea capaz de darle luz a mi vida con una sonrisa suya, y aún a pesar de tener las de perder, me acerco y dejo que el TDAH tome la palabra:

—Hola, llevo meses viniendo aquí y aún no sé tu nombre.

—¿Mi nombre? Gil.

 

Doy un paso atrás, sonrío y me despido; giro sobre un talón y salgo lo más lentamente que puedo. Dedico las próximas horas a pensar en su ágil respuesta, en los juegos verbales que permite la apropiación del lenguaje.

Sobre «La ira de los murciélagos». Por Alejandra Robles

En este texto, Alejandra Robles colabora para nuestra sección Turicuchi, sobre libros escritos por personas de Chiapas o editados en este estado. Ella nos presenta una perspectiva de la novela «La ira de los murciélagos», escrita por Mikel Ruíz y editada en 2021 por Camelot.

 

El escritor y editor sonorense Iván Ballesteros Rojo, publicó en una de sus redes sociales, en agosto de 2021, unas líneas que llamaron mi atención, pues justo por esos días me encontraba leyendo La ira de los murciélagos de Mikel Ruiz –la novela sobre la que aquí reflexiono–, con motivo de la presentación de dicho libro, que se llevaría a cabo en el Centro Cultural El Carmen, en la cual yo tendría una breve participación. Cito a Iván: “Le pasé mi novela —porque me la pidió— a un muchacho del sur [de México…]. Dice que la leyó y como no hay narcos ni judiciales parece un texto escrito por un narrador del centro, no del norte (Emoji de carita triste)”. La publicación me hizo pensar cómo todavía, después de varios años, críticas como la que en el 2005 hizo Rafael Lemus en Letras libres, en la que menciona que “Toda escritura sobre el norte es sobre narcotráfico” y que, además, la literatura sobre el narco es ordinaria, siguen estando presentes en el imaginario acerca de la literatura mexicana de nuestro tiempo. A esta crítica respondió después en el mismo medio Eduardo Antonio Parra, dejando claro que no podemos reducir, desde una visión centralista, la literatura del norte de México al tópico del narcotráfico y que, si este tema se asoma en algunas producciones literarias, es porque se trata de una situación histórica, un contexto que envuelve todo el país, aunque se acentúa en ciertas regiones. De ahí que a algunos les pueda sorprender que escritores del norte, como Ballesteros, no escriban sobre el narco; o más aún, que escritores del sur, chiapanecos, de un pueblo tsotsil, como Mikel Ruiz, sí lo hagan y, además, no de modo mecánico o retratista, sino con una propuesta estética original de fondo.

Más allá de las divisiones geográficas y de las temáticas, La ira de los murciélagos es literatura; así, sin adjetivos, como alguna vez dijera Aldana Sellschopp de Los hijos errantes, la otra novela de Ruiz. No obstante, quienes nos dedicamos a hacer estudios literarios, tenemos también que valernos de estrategias para acercarnos a las obras de forma organizada y con preguntas particulares. En este caso, el presente texto apunta a dos temas específicos: la violencia y el narcotráfico. Por lo que considero importante determe un poco en lo que Abad Faciolince y Rincón definieron en los años 90 como narcoestética y narcoliteratura —o literatura del narco o con tema del narco, como otros estudiosos han sugerido llamarla—. Aunque reitero que La ira de los murciélagos, si bien es literatura con tema del narco, no se reduce a este subgénero literario, puede ser también metaliteratura, literatura filosófica, novela posmoderna, en fin.

Abad Fciolince y Rincón advirtieron que la narrativa del narco tiene, entre otras, las siguientes características: a) estilística gore, b) estética traqueta o del exceso, c) territorios del narco, d) deslegitimidad y corrupción del Estado, e) círculo cercano y f) atemporalidad circular de la violencia. La ira de los murciélagos cumple con algunas de estas características y, al mismo tiempo, nos hace cuestionar las que no hacen eco en la misma. En lo que a la estética del exceso se refiere, en la novela de Ruiz podemos verla de forma evidente. El personaje Ponciano Pukuj, el jefe chamula del narco, constantemente está haciendo ostentación de su dinero; por ejemplo, en una de sus casas tiene pavorreales como mascotas, dos venados cola blanca que compró en Teopisca y un jaguar. Y en la fiesta de celebración de cumpleaños de Juana, su mujer, contrata —e imaginemos el gasto que implica— nada más y nada menos que a Los Cárteles de San Juan Chamula y al mismísimo Komander para amenizar la noche. Porque cabe aclarar —aprovecho la mención anterior—, que la música se escucha a modo de sountrack en casi todos los capítulos del libro y que, además, es un elemento significativo a partir del cual podemos entender la psicología, el contexto de los personajes y el argumento de la novela.

También la deslegitimidad y la corrupción del Estado están presentes como características de la narrativa del narco en la novela de Mikel de principio a fin. Hay dos historias que avanzan de forma paralela y luego cruzada; por un lado la del escritor Ignacio Ts’unun, quien por azares de la vida, la necesidad económica y el deseo de dedicarse a la escritura, termina trabajando como escritor de un guion de película para el jefe del narco chamula; y por otro lado, la de Ponciano Pukuj, quien se disputa la presidencia muncicipal de su pueblo con Pedro Boch. En esta última podemos ver cómo desde siempre, en el México que construye el autor, que es uno similar al nuestro,  las cuestiones políticas han sido un montaje que raya en lo paródico; y cómo no hay difereneica entre Estado y crimen organizado, sino ambición de poder, sed de dinero y de reconocimiento; lo que que da pie a que Mikel Ruiz construya escenas como la del primer capítulo en la que los trabajadores de Pukuj regalan tortas y Coca-Colas —bebida sagrada— a los chamulas para comprar sus votos; la del capítulo veintiuno, en la que los medios de comunicación le dan espacio a Pukuj para declarar que “encontró” boletas en el monte con votos a su favor y que, por lo mismo, desea impugnar —estrategia que además, funciona—; o las de los últimos capítulos en las que como lectores nos enteramos que Boch y el antiguo presidente municipal de chamula    —quien mantiene relación con Los Zetas y practica el narcomenudeo—, tenían un trato para que él se quedara con la presidencia a cambio de ciertos beneficios.

Asimismo, en La ira de los murciélagos se muestra no solo a quienes disparan las AK-47, las Berettas 92FS, las calibres 38, sino a todos los demás sujetos que requieren existir para que el narcotráfico funcione: como Cándido, amigo de la infancia de Ignacio, quien termina convirtiéndose en el abogado de Ponciano Pukuj; Ángel, el consejero tradicional de este último; y, de forma muy particular, Ignacio mismo, que con su trabajo de escritura del guión de película para Ponciano, pretende legitimar la imagen de su jefe y presentarlo ante todos como un verdadero hombre de mando. Esto nos lleva a reconocer que, desde antaño, los artistas —llámense escritores, pintores, músicos—, por carencias económicas o incluso por convicción, han colaborado con políticos y delincuentes por igual. Ni el rey de Bellas Artes, Juan Gabriel, se salvó de este tipo de situaciones, recordemos su famosa canción “Ni temo, ni Chente” en apoyo a la campaña de Labastida. O el tan sonado rumor de que Roberto Gómez Bolaños “Chespirito” y sus colegas, en alguna ocasión fueron contratados por Pablo Escobar para dar un espectáculo privado.

Ahora, si me centro en el personaje de Ignacio Ts’unun, considero pertiente mencionar que, así como Yuri Herrera apostó en Trabajos del reino, de forma muy interesante y renovadora para la literatura con tema del narcotráfico, por presentar este universo desde la mirada de un compositor de corridos, lo mismo hace Mikel Ruiz en su novela; pero, a diferencia de El Artista, protagonista de Trabajos del reino, Ignacio, el escritor protagonista de La ira de los murciélagos, es culto, letrado y, al final de la novela, nos deja saber que tiene conciencia total de que las cosas en su “Sodoma” de origen, no van a cambiar para bien  —por lo menos no pronto— y, en vez de eso, toma la decisión de no volver atrás y convertirse en estatua o piedra de sal. Esto mismo me conduce a escribir sobre el rasgo de la atemporalidad circular de la violencia en el libro de Ruiz. Hay violencia por motivos religiosos, violencia de género, violencia de clase, violencia por el poder, violencia en las aulas, violencia por motivos étnicos y lingüísticos…en fin, violencia que solo va modificándose o reposicionándose, pero jamás cesa. Lo que nos recuerda que la violencia es un asunto que siempre ha existido y seguirá existiendo, pero también su reinterpretación creativa a través de la literatura, como en el caso de esta novela.

En lo concerniente a la estilística gore y los territorios del narco que Abad Faciolince y Rincón afirman son cualidades de la narcoliteratura,  La ira de los murciélagos demuestra que lo bello de la literatura en general, es su mutación constante y, de igual modo, que las temáticas se pueden abordar una y otra vez desde enfoques distintos, dando también resultados diferentes. En la novela de Ruiz, como ya advertí, hay violencia, pero esto no significa que en ella se haga una apología de la misma o que el autor se tenga que valer de la crudeza, la brutalidad o el estilo periodístico —como hacen otros y por lo que han sido tan criticados—, para sucitar reflexiones en los lectores en torno dicha cuestión. En el caso de Ruiz, una de sus tantas formas de llamar nuestra atención sobre el narcotráfio y la violencia, por ejemplo, es yuxtaponer escenarios que por separado parecieran de distinta especie: en el capítulo catorce, Ponciano Pukuj, enmascarado de El Santo, secuestra en una choza a Boch, Blue Demon, y ahí, en esa tierra donde nada ni nadie es legal, gana El Santo. Posteriormente, es perturbadora la imagen de unos niños jugando emocionados a la lucha libre. La violencia no solo es y está en las escenas sangrientas, los cuerpos desmembrados, sino también en lo cotidiano o lo que a simple vista pudiera parecer normal o incluso espectáculo. Es oportuno agregar aquí, que veo una coincidencia en La ira de los murciélagos con Un ballet violento del también chiapaneco Jorge Zúñiga, en el sentido de que en ambas obras se busca, en ciertos momentos, salir de lugares comunes para exponer una cuestión que nos atañe a todos como lo es la violencia humana.

Por último, al concluir el libro de Mikel Ruiz, me queda claro que, como dicen Los Cárteles de San Juan Chamula, “No nada más en Durango existen hombre chingones, en el estado de Chiapas también hay vatos cabrones, usan botas y sombreros y traen sus buenos fogones”.  El territorio del narcotráfico ya no es solo el de Baja California, Sonora, Sinaloa, Durango, Nuevo León; ni en la literatura ni en la vida real. También, como Telcel, “Todo México es territorio del narco”. No sé si reír o llorar por esto. Pero lo que sí sé es que libros como el de Mikel, invitan a transformar –con genuino interés– un punto final en discusiones y reflexiones acerca de la literatura actual y también acerca del mundo que hoy habitamos, como ha sido la intención del presente texto.

 

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Granizado Sant Jordi

23/04/2022. Barcelona. Sobre las 13:00, el frío y soleado sábado fue atravesado por una granizada, algunas librerías y editoriales acababan de colocar sus esperanzas comerciales sobre los mesones. Poco antes de eso había terminado mi peregrinación —comenzada el viernes— por ramblas, paseos, y avenidas temporalmente habilitadas como vías peatonales. Compré un par de libros en las carpas ubicadas en las calles transversales, olvidadas a esa hora por las hordas de cazadores de autógrafos. Ya iba de vuelta a casa cuando decidí entrar a un Bracafé, en una esquina del Eixample. Terminado el café nos cubrió una nube gris cargada de granizo, y entonces se desató el caos, las banderas catalanas se sacudían violentamente, la gente corría con la cabeza cubierta. Al Bracafé, que cinco minutos antes estaba desierto, ahora no le cabía un alma.

La granizada no pudo llegar en peor momento, a media jornada. Algunos alcanzaron a proteger sus libros, otros perdieron miles de euros, algunos no tenían carpas, otros las tenían, pero fueron demasiado endebles para resistir las embestidas del viento y el hielo. Las ventas en este día normalmente equivalen a una cuarta parte de la venta anual, lo cual solo puede definirse como una tragedia comercial. Así que estimados lectores, compren libros todo el año, no solo en Sant Jordi.

 

El día de las flores y libros es uno de los milagros comerciales de la ciudad, pero hay otro «milagro» que ocurre todos los días, hablo de la función social que cumplen las librerías de libros releídos, o libros liberados —en catalán, libro es «llibre»—. Re-Read y Llibre Solidari ofrecen una red de seguridad para lectores voraces, y eso dice mucho del apetito bibliófilo de los barceloneses —nativos y adoptivos—. El sistema es simple, les donan los libros, y ellos los venden por unos pocos euros. En el caso de Re-Read, uno por tres €, dos por cinco €, cinco por diez €, y si te haces socio, te salen a dos € cada uno, sin importar cuantos te lleves. En el caso de Llibre Solidari depende del título que busques, que tan escaso sea, y el año de publicación, pero siempre oscilando entre dos € y doce €. En una librería tradicional, incluso en Sant Jordi —durante la jornada le hacen un descuento del diez por ciento a todos los títulos— los libros de bolsillo rondan los quince o veinte €. Con veinte € puedes comprar diez títulos en Re-Read, y por lo menos cinco en Llibre Solidari, lo cual es siempre una ganga, un motivo de celebración para los lectores, y un milagro de Sant Jordi, si nos ponemos místicos. Además, la fiesta de los libros liberados mantiene los mismos precios todo el año, algo que, para quienes entrelazamos nuestras vidas con «Estados de la cuestión», es cuando menos, un alivio para el bolsillo.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Aldana

9/4/2022. Barcelona. La vida tiene una manera muy particular de hacernos revaluar nuestras prioridades. Aquella tarde, mientras la ciudad resplandecía bajo el sol primaveral, yo deambulaba por tercer día intentando procesar una traición. Haberme sacudido la tristeza para asistir a la presentación de un libro se sentía como una victoria, y así, reventado, pero liberado de un peso, recorrí lentamente las calles, disfrutando melancólicamente de cada paso. Quizás todo esto tenía que pasar para entender las palabras de Marco Aurelio y sus —¿nuestros?— amigos estoicos.

Llegué al evento con varios minutos de antelación, así que en vez de ser el primero en entrar, decidí buscar una banca para disfrutar del agradable clima. Lo cierto es que aún no estaba convencido de que mi estado de ánimo fuese el apropiado para escuchar las confesiones de un brillante escritor que sufre brotes de ansiedad. En eso iba pensando cuando una mujer de ojos azules como el cielo de esa tarde me preguntó si tenía cinco minutos para hablarme de Médicos sin fronteras. Desanimado como iba, le dije que no, y seguí de largo hasta la banca. Luego, cuando era hora de entrar al evento, volví, por fuerza, a pasar junto a ella. Supongo que necesitaba hablar con alguien —muchos pasarán de largo como lo hice la primera vez— porque volvió a saludar y esta vez me dolió no seguirle la conversación. Entonces pude analizar al ser humano detrás del uniforme.

Aldana no lo supo, pero su presencia de ánimo significó mucho para mí aquel día. La vida la había puesto en mi camino para mostrarme lo que me estaba perdiendo por serle fiel a una promiscua manipuladora. Yo tampoco lo supe en el momento de la conversación, eso lo entendí luego, cuando los tics nerviosos del autor me hicieron apreciar el valor de mi serena y monótona vida cotidiana. Si tan solo aprendiese a vivir el momento, pensé.

Oyendo los problemas del atormentado autor, entendí que de hecho, eso que yo sentía no era ni siquiera un problema mío, mi infierno había terminado y el de la arpía mitómana recién comenzaba. Estas heridas emocionales eran sólo la consecuencia del derrumbamiento de un castillo de naipes que durante meses sostuvo aquella narcisista incapaz de remordimiento.