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El rey zamuro, un cuento llanero de Favián Omar Estrada V.

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Fotografía extractada de la instalación “Los lirios del campo y las aves del cielo”  de Sandra Rengifo

 

El rey zamuro

Favián Omar Estrada Vergel

 

 

1.

La estancia quedaba del otro extremo del pueblo, en las barrancas del río. Era de paredes encaladas y andén alto, con dos almendros generosos en la entrada donde se recostaban taburetes a las tres de la tarde para recibir el fresco. Así fue la descripción que hicieran quienes lo contrataron para ejecutar aquel encargo secreto que, según él pensaba, era elemental, o básicamente simple porque tenía que ver con un tipo octogenario y solitario. De ochenta y tantos, aproximadamente, le explicaron con lujo de detalles. Un abuelito óseo, de ojos azules y saltones, con barba larga y cabellos color de nácar, de rostro señorial y en cuya mejilla izquierda sobresalía un lunar con forma de arácnido. Cualquiera no ha de ostentar un lunar como un insecto en la mejilla, de modo que iba a ser obvio reconocerle.

Estaba a punto de llegar a aquel pueblo; mientras, adormilado a sus anchas en la silla, fantaseaba con la mugrosa araña. La inventaba brincando arisca, escurriéndose por el cuello rugoso del abuelo, hasta intrincarse para desaparecer dentro de sus ropas. Abrió sosegadamente los ojos, pensando que si eso ocurriera en verdad, podría cometer el error de equivocarse de anciano y no ganaría un centavo más; hasta se vería en el brete de tener que reintegrar el anticipo, del cual ya había malgastado cien mil pesos en yerba de pésima calidad. Volvió a cerrar los ojos e introdujo rápidamente la mano en el bolsillo del pantalón para asegurarse que aún tenía los pesos restantes. Cuatrocientos mil míseros pesos, pensó en voz alta. Luego bajó del autobús.

En una pulpería de arrieros solicitó la cerveza más helada que hubiera. Moscas azules cabriolaban obstinadamente sobre una batea con panecillos de hojaldre que estaba encima de un viejo mostrador de madera. En el transcurso que tardó el tendero en llevarle la bebída no dejó de ver con suma paciencia aquellos panecillos semipodridos, reflexionando inequivocamente en lo sencillo de su misión, hasta que inducido por una especie de cólera espontánea ahuyentó los insectos de un solo y demencial reves, haciendo volar por los aires los amasijos y todo lo demás junto que había sobre el armario.

Un grupo de borrachos silenciosos no le quitaron la vista de encima. Él les lanzó una mirada retadora mientras se bebía la cerveza. Pidió un aguardiente y otra cerveza recostado de pie en la vitrina. Al final de beber se sintió irracionalmente con ganas de pelear, e intentó meterse con los borrachines patibularios que lo seguían observando con desconfianza, pero el pulpero, que había presentido la intención, lo jaló de un brazo y le indicó que mejor se sentara tranquilo en la mesa al fondo del negocio. No sabía por qué razón, pero de veras que le molestaba toda aquella decencia y amabilidad hipócrita del tendero. Se aplastó retador en la única butaca. La mesa era redonda y su superficie estaba cubierta de entallas y nombres, la mayoría confusos. Echó hacia atrás el cuerpo inclinándose vaqueta a la pared y empezó a cantar un ranchera y a fumar.

            Era más de mediodía. El calor aumentaba. Ya había divisado en aquel naufragio de desorden de estanterías lo que necesitaba para su labor. Señaló con el dedo apuntando hacia el sitio de las botellas de licor, y exclamó fuerte para que los borrachos lo escucharan: Una de aquellas. El dueño regresó desempolvando una botella de ron. ¿Se le ofrece otra cosa?, inquirió el dependiente.

—Un cuchillo de doce pulgadas —le respondió—. El más cortador y peligroso que exista.

—Cuchillo marranero —conceptuó el tendero, viendolo a los ojos.

—Exacto —aprobaba el forastero, alzando más la cara, y decía—, yo soy matarife cotizao.

El vendedor sólo percibió arrogancia, igual obedeció. Fue y volvió con la herramienta. Era un cuchillo como un brazo, cacha de madera con pecas de óxido sobre la hoja metálica. Lo dejó sobre la mesa, y señaló:

—Son veinte mil pesos, jefe.

—Necesito afilar.

—La piedra de amolar está en el patio, si quiere se la presto. —El tendero le señaló el camino al patio.

El forastero notó que los borrachos habían desaparecido misteriosamente, considerando mentalmente que los había impresionado con su iluminada presencia y altanería pendenciera.

2.

Le había advertido el tendero con cierta displicencia que la piedra de amolar era una roca de río, desgastada por el uso de afilar machetes y hachas durante muchos años de colonización del Sarare, pero que aún era útil. La encontró asentada en un realce de arcilla debajo del árbol de las gallinas en aquel patio abierto y maloliente a chiquero y lavazas. El tendero le entregó un balde con agua y regresó al local. Desde allí el forastero podía observar los solares vecinos limitados por empalizadas de guaduas y alambres. Había en el terreno dos cerdos inmensos revolcándose felices en el fango, también había un gallo. Era un hemoso y babilónico gallo de pelea que picoteaba una tuza de maíz amarillo. Unos mocosos que jugueteaban se colgaron de la cerca a espiar al forastero. Al extraño le fastidió, tomó la vasija y les lanzó agua para ahuyentarlos, recibiendo de ellos la respuesta inmediata con una descarga acertada de almendrucos lanzados con hondas de horqueta y cauchera. Un proyectil le dio justo en la cien y otros en la espalda. Furioso, los chitó para que se largaran y no quebrantaran su paciencia. Una mujer hermosa y grande, que de seguro era la madre de los chicos, los aplacó cuando ya estaban recargando nuevamente las armas para acabar con el enemigo.

Mientras afila, el gallo lo ronda cuidadosamente y el forastero lo ahuyenta con aspavientos de amenazas, al tiempo que le expone el cuchillo añorando a los borrachos del salón. Pasa la hoja sobre la piedra por una cara y la otra, en tanto que va tomando ron. El  calor etílico le bajaba como una lengua culebreándole desde el rostro hasta el vientre, levantándose el ánimo y las ganas tremendas de pelear. Rociaba con agua la piedra y pasaba otro sorbo grande de licor. Platicaba al cuchillo en un tono de antigua fraternidad, hacía pausas como esperando algunas respuestas a su improvisada vida, asi que volvía a hablarle sin recomendaciones, explicando en un lenguaje descomplicado la forma en que iría a ejecutar el encargo, los detalles del hombre del lunar y la ubicación de la vivienda del río. El gallo a su vera, a una prudente distancia, torciendo un ojo hacia él, había escuchado malicioso aquel plan pernicioso.

 Alertado por la fuerza del escrutinio, el foráneo descubrió la presencia del gallo, cayendo en la cuenta de que el animal se había enterado de todo. El animal tenía los ojos duros y planos, y una característica que lo distinguía de entre todos los gallos que él hasta entonces había visto: miraba siempre (en cualquier lugar, en cualquier situación, pasara lo que pasara) a los ojos. Se sintió delatado. Irritado, hizo crujir las articulaciones de sus dedos con movimientos sinuosos de los brazos unidos por las manos, tramando quitarle la cabeza al animal de un tortazo mortal con el cuchillo, y, empuñando el arma, sigiloso, caminó encorvado y a zancadas silenciosas hacia éste, en tanto que el ave de plumaje lustroso empezaba a sospechar, dando los primeros pasos de retroceso sobre el fango fétido de los puercos que tragaban lavazas mantecosas en una media llanta que hacía de comedero, de cuyos bordes y paredes pululan gusarapos y mosquitos. El gallo vio a los ojos del hombre, enrojecidos por los vapores etílicos del ron, y voló con la imponencia de un cóndor antes de la primera puñalada.

 Restaba poco de licor en el envase de vidrio. La intriga del gallo y su majestuoso vuelo lo inquietaron. Devoró dos tragos que quedaban y lanzó como un proyectil la botella a uno de los cerdos que logró habilidosamente esquivarla, estrellándose en un tronco rascador de los chanchos, revotó no menos de dos metros y quedó enterrada de pico en el fango pestilente.

De regreso a la tienda había un grupo de hombres bebiendo aguardiente de caña; festejaban a gritos las peripecias de partidas de juego de dados con que apostaban el pago de cada pedida de tragos. Eran hombres curtidos por el sol, de caras vencidas que se distraían para olvidar un poco la dureza del monte. A veces les daba por discutir hasta la amenaza, acercándose a la agresión; y aunque uno u otro de los miembros del corrillo prometía al que fuera que le iba a romper la cara, al final no pasaba nada y seguían el relajo. Más tarde llegaron otros apostadores, casi todos leñadores, contrabandistas o pescadores, otros no, y la barahúnda se hizo imposible. Pidió papel de periódicos para envolver el cuchillo y entabló conversación con algunos clientes, indagando por sitios de lenocinio, la distancia al río, los caminos a otros pueblos. Le dijo al dueño de la tienda que su gallo era arrogante. Le relató en serio y en burla que el animal había volado como un cóndor, el tendero soltó una risa seca y breve, luego le dijo que no tenía un gallo, incluso que no le gustaban porque esos animales estaban malditos, se habían prestado para que a Cristo lo negaran tres veces. Obvio, se veía a leguas que mentía.

El viajero, interesado en el juego de los provincianos, decidió beber otras cervezas más antes de volver a lo suyo.

Un par de borrachos buscarruidos intentó meterse con él, pero el dependiente supo apaciguarlos antes de que el forastero se percatara, luego los mismos se fueron a fastidiar a un viejo enjuto de unos noventa años de edad, con cara de loco, que estaba sentado en un bulto de maíz, y éste, sin más ton ni son, decidido, se levantó de un salto y, abriéndose espacio, sacó su cuchillo y se dejó ir sobre los pendencieros. En un principio todos los montañeros estallaron de risa cuando vieron a los dos borrachos buscapleitos saltar y correr al golpe de una cuchillada casi en la pierna o casi en el brazo. Sin embargo, más tarde recordarían el rostro de sorpresa de uno de los crápulas pendencieros, su cara de terror y reproche contra aquel loco de amarrar al que seguro siempre incitaban y no pasaba nada, pero esta vez de una puñalada certera le había dejado un horrible pingajo de cachete como una extensión de la boca en su desfigurado rostro. Llevaron al borracho al curandero y la juega siguió con el piso encharcado de la sangre derramada.

Hastiado de aquel espectáculo, el visitante dispuso a partir, no sin antes comprar una nueva botella de aquel delicioso ron (que le sabía a coñac). Guardó el cuchillo envuelto en periódicos dentro de sus ropas, sintiendo que ahora era un hombre completo. El alcohol y el arma complementan la fuerza y valentía de los hombres, pensaba. Hubiera deseado que uno de aquellos crápulas se tropezara con él, no habría sido tan complaciente como el anciano,  con él correrían ríos de sangre, sin lugar a suturas.

3.

Siga derecho por la iglesia —le indicaron los arrieros— y al llegar al río, la única casa con andén alto y dos almendros en la entrada. Entró a la iglesia a mitad de camino, se arrodilló con el tronco gacho y las manos amarradas entre sí a la altura del pecho. No se sabía si estaba rezando, riendo o llorando.

            El río tenía una playa amplia y blanca. Extraía arena un grupo de hombres sudorosos que la cargaban en carretas de mulas rumbo a las obras. Los asnos parecían no poder con la sobrecarga que les imponían, rebuznando acorralados por el látigo y el sol de fuego.

La casa poseía un andén alto y almendros frondosos. La había identificado sin dificultad por ser la única en mampostería. No podía ser otra, porque alrededor sólo habían ranchos de guadua con techumbres de palma. Se dejó ir hacia la playa, buscó un asentadero para destapar la botella nueva y bebería hasta que los paleros y sus mulas sufridas se largaran lejos muy lejos, entonces iría a quel lugar del superandén, tocaría a la puerta donde un hombre de barba hirsuta con un lunar surtido de un manojo de pelillos como una araña, saldría a recibirlo. No creía que un lunar pareciera de veras un insecto y se moviera como tal, pero en medio del encendimiento etílico lo divertía la sola idea de imaginarlo con vida.

 El cuchillo en efecto incomodaba en la pretina, había quedado peligroso igual que siempre lo dejaba cuando despresaba cerdos en su pueblo, aquello mucho antes de ir a prisión por despostar a un amigo del alma, que, bebido y en chanza, le había agarrado amistosamente y con cariño las nalgas. La prisión, donde la vida lo había enseñado a ser desconfiado, prevenido y listo, en donde —o eres fuerte, o lo aparentas, empero por nada del mundo débil, porque de lo contrario te sodomizan dormido, y despierto también—, pensaba. Dejaba de pensar, volvía a reir solo. Diez años de su vida allí encuevado, ahora tenía cuarenta y tantos.

El sol bajaba. Quedaba poco menos de un tercio del grupo de paleros, eso era mucho aún, implicaba por demasiado visaje de su parte. En prisión aprendes a sobrevivir comiendo perro y a no dar tanto visaje, pensaba. La botella vacía rodó algunos metros sobre el pasto oxidado por el sol. A un costado divisó una cantina con música, sonaba Hasta que te conocí, de Juan Gabriel, le encantaba aquel tema, pero no el cantante. La letra de la canción hablaba de un hombre insufrible y feliz, pero que se desgració cuando conoció el amor. De allí se fue  caminando hasta aquel bar en donde compró otra botella y estuvo hasta muy tarde ocupando una de las mesas del exterior, con eso vigilar la casa y a los últimos dos o tres hombres de la playa con sus testarudos y ultrajados burros.

Una mujer pintarrajeada lo atendió. Era de rostro ceñudo, melancólico, ofendido. Ella, como siempre con cualquier borracho patibulario y desprevenido, aceptó divertida la invitación a que lo acompañara, y fue y volvió, con copas nuevas. Él le sirvió un trago largo, pero siempre bebiendo del pico de la botella. Me encantan las flacas, pensó. Luego, se fue a la pieza con ella.

Salió del cuartucho de la mujer dando zancadas de gitano ebrio, con el licor en ebullición, en las mitocondrias, en los movimientos de sus propios pasos simiescos que lo llevaron a la casa del andén alto. Un andén demasiado elevado con una escalera espectral que jamás había visto igual. Se estacionó en el primer almendro de la casa, un foco de luz despejaba la penumbra, los sonidos de los sapos se entrelazaban alrededor con el viento del río. La puerta era gruesa y grande, de madera despintada y añosa con armellas para el candado. Volvió el rostro y fijó la mirada hacia el sitio de la cantina, borrosa y distante.

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Una revisión a Espuma nada más, de Téllez.

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Uno se masturba pensando que la va a tener dura, y cuando está alguien al lado para las lides, se da cuenta de que todo es un delirio. Puras espumas que se van.

Compartimos este microcuento, revisión del cuento clásico de don Hernando Tellez  y documental: No puedo dejar de masturbarme

 

ESPUMAS NADA MÁS

El paciente inglés le dice al médico chino:

— Perdón, mi chinita, tuve delirio de actor porno.

Y el doctor le responde:

— No woli, malica inglés, mi contagialte el Colonavilus.

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Una lista de Ciencia ficción colombiana del siglo XXI.

Richard Rimachi del blog CONTRAFÁCTICA hace un listado de 20 libros que son una muestra de la  Ciencia ficción colombiana que se ha escrito hasta el momento en el  siglo XXI.

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Los títulos,  de arriba hacia abajo y desde izquierda a derecha:

 

1. El súmmum (Abdón Sanchez Castillo); novela
2. Los hombres que aterrorizaron al mundo (Diego Darío López Mera); novela; 2007
3. ¡Arrúllame Ramona! (Andrés Felipe Escovar, Luis Cermeño); cuento; 2014
4. El universo amarrado a la pata de la cama (Gustavo Wilches-Chaux); cuentos; 2004
5. La sed (Enrique Patiño); novela; 2013
6. El futuro de Ismael (Diana Catalina Hernández); novela; 2017
7. El pornógrafo (Hank T. Cohen); cuentos; 2019
8. Una vida para Steven (Marco T. Robayo); novela
9. El gusano (Luis Carlos Barragán); novela; 2018
10. Después de la ira (Cristian Romero); novela; 2018
11. El clon de Borges (Campo Ricardo Burgos López); novela; 2010
12. Los nuevos iniciados (Antonio Mora Vélez); novela; 2008
13. Iménez (Luis Noriega); novela; 2011
14. La lesbiana, el oso y el ponqué (Andrea Salgado); novela; 2017
15. Virus (Alvaro Vanegas); novela; 2015
16. Angosta (Héctor Abad Faciolince); novela; 2003
17. Microbio (Fernando Gómez Echeverri); novela; 2010
18. Aún el agua (Juan Álvarez); novela; 2019
19. Ellas se están comiendo al gato (Miguel Manrique); novela; 2013
20. El mundo no nos necesita (Álvaro Robledo); novela; 2018 

Pueden ver más contenidos de CONTRAFÁCTICA en la page de Facebook: Contrafáctica. 

A mi parecer, esta es una lista juiciosa de libros de ciencia ficción colombiana de este siglo. Como toda lista está incompleta. Faltarían las novelas: Aniquila las estrellas por mí, de Andrés  Felipe Escovar, Punto ciego de Juan Alberto Conde y la antología de Rodrigo Bastidas, Relojes que no marcan la misma hora:, que tiene otro ramillete de nombres. Además de mi propia cosecha:  The Lola Vergas Big Band novela de steampunk reggaetón escrita junto a Escovar,  Tríptico de Verano y una Mirla, y mi libro de cuentos Dios conoce sus almas solitarias.

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Además, por recomendación de Bastidas, haría falta «El jefe» de Luis Gonzáles que entra dentro del subgénero de la Ucronía.

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#Videoprograma Leo Bolaños entrevista a Luis Cermeño

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Mil Inviernos está de estrene en navidad entrando al formato de los videoprogramas.

En este primer programa publicamos la entrevista del peruano Leonardo Bolaños a Luis Cermeño sobre la novela The Lola Vergas Big Band para de allí sacar una reflexión sobre el tema de los géneros literarios y la llamada literatura gay.

 

Comentarios, sugerencias y confesiones en la caja de comentarios.

 

Poulidor, a las puertas del Olimpo. Por Francisco “Ausias” Martínez

El Tour de Francia, despierta a veces en mí una evocación algo curiosa, y no es otra que la de considerarlo una suerte de gran dios de la antigua mitología griega. De manera caprichosa reparte misericordioso o arrebata sin compasión, desde lo alto de un Olimpo imaginario, trazando las líneas de un destino que parece que solo él rige, y en el que poco podemos influir.

El Tour, engrandece o repudia a su antojo a los mortales que se lo disputan sobre sus bicicletas para alcanzar la gloria. Los ciclistas, se baten en noble lid para lograr con su victoria el honor de poder ser considerados héroes.

Algunos elegidos gozan del favor del dios Tour, y parece que la estrella del éxito y la fortuna, les acompaña durante su disputa a lo largo de toda su vida deportiva, para ascenderlos finalmente, ya como leyendas, a ese Olimpo soñado.
A otros les concede una pequeña gracia, dejándoles saborear las dulces mieles de su triunfo de una manera puntual, pero sin ascenderlos al Olimpo de las leyendas. Simplemente les deja entrar para que vean las maravillas que en él moran. Otros mortales (los más), son tan indignos que no merecen ni la posibilidad de soñar con acariciar los eternos placeres que hay dentro. Y en cambio con otros que por sus cualidades podrían llegar a ser legendarios héroes; ciclistas dignos de figurar con letras de oro en la epopeya, el dios Tour descarga sobre ellos con inusitada virulencia su ira, traducida en estrepitoso fracaso. Les permite acercarse a las puertas de ese Olimpo, pero quedándose ante ellas, les relega de esta manera a un purgatorio, cuando no infierno, que los condena al destierro eterno. Nadie se acordará de ellos, pues sus odiseas no pasarán jamás a la historia.

Muchos de estos “héroes” capaces por aptitud de ganar guerras, pero no escogidos por el gran dios Tour yerran por esos páramos de Hades, aunque sin sollozos ni lamentos, solo resignados. Aceptan su olvido y el castigo impuesto por el dios sin preguntarle tan siquiera el por qué de su desdicha. Read More…

MIS-Entropía, por Sebastián G. Calderón

MIS-Entropia  // Sebastián G. Calderón.

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-Somos los más famosos creadores de interiores para vivienda señor Kiroshi, le podemos
traer una playa o un Rascacielos con influencias dadaístas…
Salome, diseñadora de interiores de casas Bogotanas del siglo XXX, el siglo prohibido para algunos. El carácter estético de aquellas casas solo podría ser hecha por la más famosa diseñadora:
— Es como crear mundos – dice Salome- hacerlos es lo más complejo, sin embargo dígame que desea, y quizá nosotros como compañía podríamos poner…
—  Bueno señorita, estaremos al contacto prontamente, nuestra vivienda queda al sur,
queremos en nuestra pared otra ciudad, que la pálida ciudad gris de siempre…
— Señor Kiroshi, somos expertos en plantear en el suelo cualquier espacio, con tal que usted se aparte de esa atmósfera, obscura, anárquica y ruin de esta ciudad, si nos contrata recibirá un descuento en la empresa de muebles de mi Padre, D.I.O.S, son especialistas en madera y harán su ingeniosa labor de construir para usted, el mejor estar…
Alexandre, el último antropólogo de la ciudad de Bogotá, un fiasco para las anteriores
generaciones de su familia, se inclinó a estudiar Antropología, para conocer quien había sido el primer hombre en Bogotá. Supuestamente era un híbrido entre los mongoles, chinos, y una raza que extrañamente se adecuaba en las oscuras selvas amazónicas, se apoyaba en la teoría Shumpeteriana del siglo XXV donde se exponía ciertos subconjuntos de razas animales, encontrados en las excavaciones a los cerros surorientales donde se encontraron, además de dinosaurios, una especie indómita de ser humano, el homus – tractus, ser que según los antiguos antropólogos era el ser que siente. Adelantaba hacer sus estudios en literatura, quizá era lo único que lo haría subsistir sin morir de hambre, ya que la cosmo-antro-biología era la ciencia que desplazo gran parte de la Física, la antropología y la química.
«Difícil era diferenciarlas” – algún día le dijo un maestro de su Universidad- sin
embargo, en el siglo XXI era lógico pensarlo, las superficies cárnicas y Oseas, de aquellos
seres humanos – el anterior de la cadena- preparaban el universo nervioso que sentía,
quedaba no más un poco de aquel mapa cerebral, donde al parecer se dieron cuenta que
Platón había sacado su mito de la caverna y Berkeley el concepto de sensación.
Heriberto Matsubara –Apellido acuñado a causa de las cruzadas afro-japonesas a Colombia en el siglo XXVII- dueño de la compañía D.I.O.S (Dual. Infinity. Offside- Start) vivía en Bogotá, por supuesto, Colombia y su capital mantenían algo oculto, la imagen del creador de D.I.O.S, auscultado por la fachada de una tienda de muebles, su conductor Silvin, autodidacta, y súbdito lo transportaba por la antigua carrera 26, ahora conocida como la avenida de los suicidas, por la gran matanza de los japoneses contra los nuevos
movimientos muiscas (estos últimos empleaban la tecnología para conducir la condición
chamánica a los niveles tecno-gónicos) donde el indígena era parte de la concepción natural como creador de mundos sensibles, sostenibles y ecológicos…
Por supuesto la Familia Matsubara tenía el monopolio de tal idea y decidió, venderla al pueblo en formato de diseños de casa, frente a la devastada realidad, si a ello podría asemejarse tal mundo, Bogotá era la Atenas, por sus ruinas, claro está. Siempre Silvin le preguntaba a Matsubara por su antigua familia, los valores sacros de la visión del mundo japonesa, y ese modelo estético- contemplativo donde habitaba gran parte de la población en las relaciones con la “realidad” de la Bogotá del siglo XXX.
– Señor Matsubara, ¿ por qué hay gente que lo involucra con el fuerte consumo de una droga en la ciudad?- dice Silvin a Matsubara en tono ecléctico- nunca me imaginaria su gran humanidad repartiendo esta droga a los jóvenes consumidores en aquellos parques helénicos de moda, se asemeja al antiguo Woodstock pero de robots, con argumentos panteístas, y en los procesos de liberación de la máquinas, es un discurso desquiciado…
— Mira, Silvin – le responde serenamente Matsubara- el ser humano siempre quiso crear
mundos, ya que su realidad nunca la acepta tal cual es, necesita siempre de un cierto tipo de vértigo y de significación de su cotidianidad, Silvin; es como cuando te sientas en la silla madera. Crees que te sientas, pero quizá es la realidad que tu recreas la que permite que tal silla exista en tu casa; en el sitio donde Tú la colocaste ¿Me crees capaz de jugar con tal cosa?
Matsubara tiene el oligopolio de D.I.O.S. y de la mente de los seres.
Silvin duda que Matsubara sea aquel siniestro personaje que pueda crear esa arma mental de D.I.O.S y que en los países más desarrollados, había creado cierta teología enfermiza hacia lo oriental, sin embargo Silvin le pregunto a Matsubara acerca de un libro que había encontrado en la librería de Viejo de la ciudad, después de los parques el punto más decadente eran las librerías…
– Me tengo que ir – le responde Matsubara- luego me cuenta de su libro hermano…
En la única librería de Viejo de la ciudad, estaba el último libro nipón de la dinastía Tai III, donde Hiribu Natsubake antes Yakuza, luego sembrador de hortalizas , encarcelado por ideología política anarquista, y creador de la fuerza púrpura, escribió acerca de la
cosmogonía de una planta que servía de trance entre los yakuzas pacifistas que hacían
plantearse la guerra no solamente como fuerza, si no como forma de educación, había
llegado desde los antiguos imperios de la era antigua hasta el siglo XIX, allí se decía que tal planta tenía la magnitud de formación del espíritu, pero en el fondo su carácter armónico era el de crear mundos, ficciones razonadas por alguna teología, que de hecho recaía en la naturaleza.
 
Salome, llega a casa cansada después de haber vendido más de 3.000 diseños en menos de 18 horas laborales, escucha que su padre es un traficante de D.I.O.S. Ella se resiste a creer que el traficante más grande del mundo fuera su padre, era como Pablo Escobar; algo así lo asemejaban, un hombre soberbio, inteligente, ese era Matsubara. Ella, lo único que dudaba era el cuadro del centro de su casa, un Tigre comiéndose a un Dragón, la eterna dualidad China que la familia Matsubara había delegado del monopolio y el exterminio de los chinos en el siglo XXIV.
Salome era del linaje de aquella Oligarquía, soñaba con otra vida que no fuera de lujos, ya no quería vivir en Monserrate, esa lujosa Mansión de los Matsubara donde  veían toda la ciudad devastada, antes templo del dios Y-sus de occidente, pero hoy la gran casa Matsubara, Colonos orientales-Bogotanos, la gran supremacía, este suceso la ponía intradepresiva.
D.I.O.S manejaba en alguna época las anacroepilepsias intradepresivas y las psicosis infantiles. Salome entra en trance gracias a D.I.O.S.
Tranquilamente Silvin baja al parque “Cicuta”, se acerca a Alexandre.
– Hola, mucho gusto mi nombre es Silvin ¿el suyo?
-Alexandre, aunque no lo parezca soy el ultimo antropólogo de la civilización occidental ¿quién eres? -Musito este al final- frente a una agradable sonrisa.
-Soy el conductor del señor Matsubara, uno de los personajes más importantes de Bogotá.
-Claro – diciendo un poco despectivamente- el magnate narcotraficante de D.I.O.S…
-Como se atreve a llamar así al señor Matsubara – exclama angustiado Silvin- el señor
Matsubara nunca le haría daño a una mosca.
Dice Alexandre: -Seguramente, no a una
mosca, pero si a todos los consumidores de D.I.O.S…La dinastía Matsubara desde el siglo
XXV tuvo el control del arma más poderosa de la humanidad antigua: el cerebro. Gran parte de los adelantos y de los mundos que crea son una proeza estética inigualable, siempre mantengo en este parque escuchando mitologías – dice expectante Alexandre mirando al suelo- gente que puede ser desde un importante cantante de Rock, hasta ser la reencarnación del nirvana de un puerco o un gato (animal favorito de algunas mujeres para probar D.I.O.S).
— mira ese personaje de allí – señala a un mendigo arrastrándose- gracias a D.I.O.S, se convirtió en una lombriz, eso me dijo cuándo lo conocí, que cuando pequeño jugaba a mutilar a las lombrices y que algún día quería ser como ellas, ahora mira, gracias a
esa maldita droga es una lombriz y un ser despreciable para algunos…
– Alexandre – le dijo Silvin sin vacilar- Probemos D.I.O.S…Alexandre sin hacer la mínima
resistencia pasó su tarjeta de la patria, con hologramas, ergo, cae una felpa de D.I.O.S, al
respaldo una imagen de un tigre comiendo a un dragón, paradójicamente a Silvin esa Imagen le era familiar y se dispuso a crear un mundo gracias a D.I.O.S. 
Alexandre rogaba por ser un
vikingo o Arthur Miller el escritor de Marilyn Monroe.
Salome se dirige hacia su esposo, el señor Valoyes, al igual que ella oligarca de la tribu de
Sudan del sur que se acento en parte del Tolima, donde plantearon la primera ciudad estado africana en Colombia luego de la colonización del siglo XXIV.
Salome nunca consumió D.I.O.S, su espíritu se trastocó en una realidad alterna donde era una eco-feminista de la antigua era, ella no se había tomado el baño matutino, y encontró uno jeans rotos, una playera que tenía una palabra sugestivamente olvidada FREE, lengua muerta ya que según la cosmogonía Matsubara fueron los que lograron hacer de la Atlántida – América o Estados
unidos una ciudad sumergida. Solo existían las siglas de D.I.O.S en ese llamado idioma
extraño y ridículo.
-Te encuentras bien amor – dijo Emile Nazario Valoyes- quieres que te sirva un té…
– Siempre ha existido un modelo jerárquico, e idealizado de las clases excluyentes, se acerca mucho a lo que tu familia hace, matar blancos, nunca aceptaron su racismo como forma de resistencia y pretendieron hacer una oligarquía, si me miras soy una Bogotana con cara de japonés, si vemos hace unos siglos no era así…
– Que te pasa mi amor – exclamo tranquilamente Emile- nuestra forma de hacer política es hacer realizaciones contra el imperio Alemán, nosotros los tenemos de esclavos, y
vengaremos a los antiguos judíos e indígenas, antes razas superiores, ahora si quedan dos son muy pocos, en esta ciudad de basura, Bogotá ¿No te das cuenta? Somos muchos más y necesitamos que todos tengan a D.I.O.S en sus venas, para que vean una realidad…
mejor.
-Sé que mi padre tiene el antídoto para erradicar a D.I.O.S del mundo, pero antes de
encontrar esa planta, redimiré a la mujer, saldré a la plaza del Ser, y cumpliré la utopía
hipermoderna de la liberación femenina… saldré a la plaza Anaximandro.
Valoyes sabía que Salome había tomado a D.I.O.S, él tranquilamente veía como cada pensamiento se incrustaba en su cabeza.
Salome dormía, la plaza no existía en la realidad, era un orinal de Borrachos de Sake Japonés, del cual su familia era dueña.
Silvin al lado de Alexandre, se convirtieron gracias a D.I.O.S, Uno en Atahualpa Yupanqui, el otro en un famoso amigo de Yuri Gagarin, el honorable conductor que acompaño al primer vuelo lunar de la antigua era, Dimitry Smoledov, máximo armamentista del Comunismo Ruso en su tiempo libre, gran seguidor de Rimbaud.
Al lado de ello un León que significaba frente a un grupo de palomas el Olimpo que siempre imaginan a estos grandes personajes de la humanidad, unidos a una afición particular, las mujeres. Caminaban por aquellos senderos del parque “Cicuta” dando cátedra a todos los jóvenes, un poco más de medio millón.
En las manos de Smoledov, el Timeo de Platón y en las manos de Atahualpa una guitarra donde cantaba “los ejes de mi carreta”: E sdemasiado aburrido, seguir y seguir…
 
– Nunca dejare mi vida – le dijo Smoledov a Atahualpa- constituiré el más grande emporio de armas para acabar con los Matsubara.
– Mi guitarra – Decía Atahualpa- es para cantar y componer a la más bella América para
embellecer cada vez más lentamente y construir eso que nos sonsacaron los Matsubara,
estoy plenamente convencido que esto es irreal, las calles tan bellas, el metro anaeróbico, las plantas, el jardín de adonis, estos olores y estos sabores, parecen eximidos de las grandes latitudes paradisiacas, Bogotá es la metrópoli más bella del siglo XXXI…
– Mira a aquellas mujeres, serán nuestras esposas, el supremo amor a ellas.
– Poseen una mirada felina… – Dice Atahualpa- son bellas como Helena.
Silvin y Alexandre terminaron en un caño en la final del antiguo rio Fucha ahora el río nipón Natsube, hablándole a un perro, y a un nido de ratas, al lado dos gatos que ya empezaban a mascullar parte de su piel, no era su realidad, era la realidad de D.I.O.S.
El tiempo de D.I.O.S
es perfecto, era el lema de los amoblados de Matsubara, estaban al pie de un gran cartel 8D de publicidad de aquel sujeto.
Salome regresa a su trabajo, sigue diseñando mundos posibles. ¿Qué tipo de interior le
encantaría señor?
– Quiero ese interior que me lleve cada noche a vacaciones… Una playa
Haitiana…
– Será perfecto para su familia señor… Le sonríe Salome.
Silvin abre el libro del anarquista Japonés, donde la primera línea versa:
La hora del nuevo
reino ha llegado, la segunda venida está cerca
Le pareció algo escrito bajo el efecto de D.I.O.S….
Silvin pide ayuda, es la epilepsia que produce D.I.O.S.
Matsubara le llama “real” a lo que hace brillar la madera de sus muebles.

Copi, señor de las ratas. Por Daniel Maldonado Velázquez

De Desconocido – Mágicas Ruinas, Dominio público, 
Copi es el que está a tu izquierda. A tu derecha, posa Susana Giménez

Existe, dentro del panorama literario argentino, una especie de tradición que se aleja y no poco de las formas pulcras y refinadas de un Jorge Luis Borges o de un Adolfo Bioy Casares. Esta tradición, que bien puede ser calificada de contestataria, propia del arrabal, pareciera ser el resultado de una conjunción, de una síntesis de voluntades: la de un puñado de escritores que a lo largo de su trayectoria literaria se asumieron como iconoclastas decididos, furibundos y, también (y quizás sobre todo), marginales. Marginales no sólo en relación con el canon literario argentino (un canon que, dicho sea de paso, se encuentra en permanente estado de redefinición), sino frente a toda etiqueta –la de marginales, incluso– cultural e ideológica.
Usualmente, todo escritor tildado de molesto, incómodo o raro se sabe, precisamente, molesto, incómodo y raro y todavía más: celebra este hecho, esta especie de constatación empírica, de la única forma que conoce: escribiendo al borde, desde el borde y sobre los bordes, con papel de baño ahíto de mierda y con el dedo –como estilógrafo– embadurnado de orines.
Copi es, fue, uno de ellos. Y lo sabía. El hecho de que haya escrito buena parte de su obra literaria en un idioma que no fue jamás el suyo da cuenta de su condición de personaje-autor límite: frente a todo, ante cualquier individuo, institución o contingencia geopolítica, territorial (haber nacido en Buenos Aires, por ejemplo, y vivir en París y escribir en francés), opuso la figura del outsider literario y, por extensión, político.
Hay algunos más, desde luego. Arlt, Wilcock, Saer, Osvaldo Lamborghini. Pero Copi, probablemente, llevó a límites insospechados, extremos, esa condición de extranjería dentro y fuera del centro. Fue marginal cuando quiso deambular por los corredores porteños de la gran literatura argentina. Y lo fue, por supuesto, cuando se supo extranjero en Francia y, también, cuando comenzó a escribir en una lengua que se convirtió en el elemento clave de su creación literaria.
¿Cuándo se domina una lengua? ¿En qué momento sobreviene sobre aquel que escribe la revelación de que se ha aprendido lo suficiente o, peor aún, lo necesario del idioma ajeno para poder redactar las notas que solicita amable y bonachonamente el jefe de la sección cultural del famoso periódico francés, alemán, inglés, que lleva la luz de la verdad, del progreso y de la civilización allende las fronteras de las naciones más prósperas del planeta? ¿Cuándo, en fin, el escritor transterrado se ha apoderado del instrumental lingüístico o, mejor, idiomático para decir y señalar, en su condición de ser-de-letras (homme de lettres) qué sí y qué no y por qué? Poco o nada importa todo esto. Poco o nada me importa a mí. Y dudo mucho que Copi, –extranjero en Francia, extranjero siempre–, haya tenido ganas de formularse este tipo de interrogantes. Más aún: de haberlo hecho, seguro que las desechó (con sorna, con risillas, con furia) de inmediato.

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El chute definitivo. En memoria de José José, la bestia del amor

Cada vez menos nuestro mundo

Norbert Schüster

La canción acaba de morir

Omar Kayham

Las biografías siempre son incompletas hasta que se cierra la fecha de nacimiento con la de muerte. En tu caso, que saltaste de una eternidad a otra, se puede ver que tal tentativa no es otra cosa que un disparate de bibliotecario mediocre.

Dijiste noche no te vayas, como si no fueras tu el que la abandonaría y, con ella, a todas estas almas en pena: ese era el bouquet de tu dosis personal.

Ojalá papá lindo te de unas buenas jeringas repletas de heroína y le digas, en el viajado, que dicen que eres un payaso y nada puedes hacer. También quiero ron y mezcal y aguardiente pero mi nuevo oficio de chófer no me lo permite porque debo cargar tu cadáver.

Ojalá que te mueras, dijiste esa noche, y fue como un puro beso porque tu fantasma vuelve a rondar los 10 años que estuviste en consumo al interior de un taxi.

Y esta vez soy yo tu taxista y te llevo a los intrincados parajes de tus pesadillas: viste tu posible vida de sobrio hasta que morías como un vulgar sujeto, tan mediocre como yo, tu taxista.

Por aquella época, cuando te llevé, yo tenía veinte y tu cuarenta. Ahora te alcancé en edad pero no en grandeza y estoy tan cansado que he de confesarte que a veces preferiría estar muerto como tú: quiero morirme pero solo me mato a pajas porque no me pagan lo suficiente para ir a donde las venezolanas.

Pronto te olvidarán pero en mi cachivache, mientras hago carreras, o carreritas al culo, como dirían los vulgares, coloco tu música y levanto la cara con orgullo.

Recuerdo aquella tarde que le cantaste borracho a la señora Verónica Castro. Recuerdo la cara de asco de aquella coqueta mujer que sabía de tu hedor a alcohol trasnochado y mal aliento que de tu boca de bolero salía.

No sabes cómo y cuánto te extrañaré en la botanería en donde me daré duro en la cabeza mientras veo a un cantante de poca monta que te imitará primero a ti, luego a Juan Gabriel y después interpretará sus propias canciones que nadie escuchará.

Qué memoria tienes

Y yo con un Alzheimer ni el malparido

Dios te lo permita, que nunca en la vida

tengas una pena

porque si la tienes, morirás de angustia y desesperación

no te lo reprocho

tan solo le pido a Dios

que me muera

que me muera

 

 

 

¿Nos han estado preparando? Juan Pablo Plata

¿Nos han estado preparando?
Por: Juan Pablo Plata
plataaa
 
Como todos hacen algunas veces, he puesto mis pensamientos recientes en una especulación paranoica. He llegado a cavilar en la posibilidad de si hemos estado sometidos a un arreglo, un precalentamiento, por medio de historias orales, libros, bestiarios, canciones, películas, en fin, para poder soportar la aparición de seres alienígenas. Si tal cosa ocurriera, digamos, el choque sería menos fuerte por los anticipos dados.
Imagino a los programas televisivos, la narrativa de Ray Bradbury o las cintas de George Lucas, entre otros, como sucedáneos del miedo administrados en mínimas dosis, durante años, a varias generaciones, para lograr acostumbrarnos a morfologías, comportamientos, técnicas y ruidos ajenos a lo humano.
Al temor a lo foráneo se le llama xenofobia, pero este caso de especulación permite
arriesgar una categoría: xenofobia mediática. ¿Nos han estado preparando con diversos medios encubiertos para la llegada de otro tipo de seres?, ¿quién?, ¿no es todo muy extraño? Digamos: todo. 

Diario del tour de Francia sin estar en el tour (día veintiuno)

Día veintiuno. Raimbouillet- Paris Champs-Élysées

Ganador de la etapa: Caleb Ewan

Líder de la clasificación general y campeón: Egan Bernal

Tres posibles finales de una carrera que llega a su más alto punto:

-Que Bernal siga el cauce de todo deportista que ha obtenido lo que deseaba y desee aún más, es decir, que sea funcional a las ansias de querer “comerse el mundo” que hoy se encarnan en viajes, títulos académicos, casas, drogas y coitos.

-Que Bernal abandone el ciclismo y se lance a la práctica electoral de la política. En este caso, por lo menos, no sería un ciclista que salió del pelotón por asuntos de dopaje, como ocurre con Jarlinson Pantano y su  campaña para ocupar una curul en el consejo de Cali. Podría acceder a un buen cargo, luego se aliaría a algún candidato a la presidencia y sería ministro del deporte (porque eso sería parte del paquete de promesas en campaña), con lo que el tour 2019 se convertiría una anécdota para el encopetado político.

-La tercera, más hermosa, que  Bernal abandone el ciclismo y funde una panadería-cafetería en su natal Zipaquirá. El establecimiento se llamaría “Panadería y cafetería La amarilla. Atendida por su propietario”. Claro está, el propietario de la panadería y de la camiseta que distingue al campeón del tour. Egan mismo, con el maillot jaune, serviría un café con leche y galletas amarillas y abundarían los turistas que habrían de recordar que muchos años antes ese señor que les coloca los platos ocupó el primer lugar en un tour de Francia. Sería el gran final de una carrera deportiva y el comienzo de la vida: vivir en el retiro por el que muchos mueren sin jubilarse; vivir tan tranquilo que se pareciera muerto.

La primera posibilidad- la más obvia- desencadenará un cercenamiento; como lo dijo Serhenshmurer en sus «Destellos florales»: «A todo héroe le cortan el pipí» (la traducción fue hecha por un bogotano pipí significa pene) -el autor jamás se refirió a las heroínas: el siglo XIX solía obviarlas, al menos en la selva negra, y la permutación para nuestros días es una tarea pendiente para los estudiosos de este poeta menor del romanticismo alemán-. Read More…