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Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Casualidades de la vida

02/07/2022. Barcelona. El ciclo se cierra, hace casi un año atravesé el océano con este libro en la maleta, y ahora, por casualidades de la vida, termino de leerlo a unos pasos de donde comenzó a escribirse, en el Pasaje de las Manufacturas, que conecta a la modernidad con la antigüedad, al Ensanche con el Borne. Barcelona. Libro de los pasajes recorre la memoria histórica de una ciudad en constante cambio, desde el Barcino romano hasta la babilónica Barcelona actual.

No es el primer libro de Carrión que me deja una buena impresión, Librerías también es memorable, y aunque sean libros de distinta naturaleza, uno con una visión global, el otro desde una óptica más local, ambos funcionan como catálogos de una memoria que él se propone perpetuar. Ambos títulos son además buenos compañeros de viaje, con ellos a la mano las ciudades resultan paisajes menos hostiles e indescifrables, más familiares. Tengo pendiente la lectura de sus libros-museo (Membrana, Todos los museos son novelas de ciencia ficción), pero en la presentación de ellos pudo apreciarse su habilidad para borrar las fronteras entre los géneros literarios, ni que decir de entre realidad y ficción. La obra de Carrión es interesante y pasará a la Historia como un innovador.

 

Y como los lectores saltamos de una intuición a otra, en ese afán desmedido por intentar conocernos mejor, o de entender el mundo y los tiempos que nos han tocado vivir, termino la revisión de este breve texto mientras leo Homenaje a Cataluña de George Orwell, otro libro indispensable para conocer el pasado de esta ciudad que teniendo el potencial de ser la París del Mediterráneo ha terminando convertida en una Disney para borrachos.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Jubilación prematura

3/6/2022. Domingo. Barcelona. Hoy doy por jubiladas mis rodillas. En adelante solo las usaré en paseos vespertinos, y a lo sumo, en eventuales recorridos turísticos. Las jubilo luego de haber llegado hasta la entrada del parque de diversiones en el monte Tibidado (512m). La semana anterior había subido al castillo de Montjuic (173m), exigiéndole a mi rodilla-matraca que me llevara, no solo hasta el fuerte, sino también a conocer sus recovecos. Las molestias en la rodilla izquierda eran tolerables, y en vista de que tres días después ya estaba recuperado —descontando el persistente sonido como de molinillo de pimienta— decidí que era buen momento para intentar subir al Tibidabo, reto que intenté fallidamente durante un invierno, hace casi 20 años.

Sobre el ascenso no hay mucho que decir, salvo que primero hubo cientos de escalones de piedra, seguido de cientos de metros por caminos de tierra aplanada, y unos cuantos metros a campo traviesa. Aunque la cima fue imposible de alcanzar porque los terrenos que ocupa el parque son propiedad privada, el hecho de llegar hasta la entrada del lugar se sintió como un pequeño triunfo ante la tediosa monotonía. Pero fue una emoción fugaz como un subidón de nicotina, ya que una vez alcanzado ese punto solo quedaba descender, lo que hice sin preámbulos para evitar el enfriamiento de las articulaciones. Desando extender la liberación de hormonas del bienestar decidí aventurarme por uno de los tantos senderos creados por la fauna del Parque Natural de Collserola; a eso de media hora de estar perdido en el monte la trocha súbitamente caía en picada tres metros y pasaba frente a la boca de lo que parecía una cueva cubierta por una ramada. Ahí entendí el terror que deben sentir quienes se extravían en el monte, sobre todo si van heridos, con hipotermia, o deshidratados. Pensé en que a esa hora era menos factible encontrarse a una fiera salvaje que a un psicópata, y por alguna razón eso me tranquilizó. La rodilla producía un dolor punzante, pero en ese momento la fricción de los meniscos era el menor de mis problemas.

De vuelta en el camino autorizado todo volvió a la sosa normalidad, el resto del descenso transcurrió sin novedades hasta que descubrí algo espantoso: la cruda escala de lajas verdes como escamas de dragón no tenía barandas. Y no tenía opción, esa era la ruta más rápida. El sol estaba cocinándome el cráneo y la nuca, el agua se había terminado, y la migraña por insolación avanzaba agresivamente ignorando el paracetamol de un gramo que me había tomado recién salido del foso.

Mientras tanto, a mis espaldas pasaban los fanáticos del trekking dando saltitos gráciles, casi levitando como al compás del concierto para clarinetes de Mozart que yo escuchaba.

Con la sonrisa resignada del que se sabe decrépito bajé los escalones, uno a uno, poniendo primero el pie derecho, el lado de la rodilla buena, pasito a pasito, como un bebé que aprende a bajar escaleras.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Métodos para romper el hielo

 

7/06/2022. Barcelona. Romper el hielo es el principal obstáculo a la hora de conocer nuevas personas, aquí un breve manual para remediarlo:

 

  1. Hazle una pregunta no demasiado personal, lo suficiente para atrapar su interés En lo posible, que surja de la observación de la persona. Evita hacer preguntas que se puedan responder con monosílabos. En cambio, pregunta, por ejemplo: «¿de dónde eres?»; «¿cómo te llamas?»
  2. Ser espontáneo. Di lo que piensas, trata de sacarle una sonrisa.
  3. No huyas de la situación si se ha puesto tensa luego de tu aproximación, es normal hacer ajustes para sintonizar.
  4. Ten iniciativa, da el primer paso. Desarrolla un sistema sutil para iniciar conversaciones.
  5. Vive tu vida, pero ayuda a quien lo necesite, lo demás vendrá por añadidura.
  6. Halagos simples, sin exageraciones.
  7. Atrae, no busques. «Mostrar tu hambre» puede ser interpretado como desesperación. Con frecuencia lo mejor es tomar una aproximación indirecta y desinteresada. No busques, pero reconoce los hallazgos.
  8. Valórate, no te conformes. Apunta alto, igual vas a hacer el ridículo.
  9. Relájate, todos buscamos una compañía amena con la que pasar un rato agradable, pero no te afanes por nada ni por nadie.
  10. No idealices. Si lo de las interacciones sociales se te da mal —ni hablemos de la conquista—, ¿por qué seguir invirtiéndole tanto tiempo? Es preferible tener paz interior a andar creyendo que una persona te llevará al nirvana.
  11. Olvídate de la fantasía del amor. Cultiva una relación sentimental, si es caso, a partir del sexo o la amistad.
  12. La ley del mínimo esfuerzo no es mala, es justo lo que necesitamos aplicar aquí.
  13. Nada de lo dicho servirá si no le interesas, no seas pesado.

Episodios cotidianos.Por Francesco Vitola

Hello, insomnia, my old Friend

01/06/2022. Barcelona. ¿Cómo apagar el motor neurológico sin ayuda de fármacos? ¿Cómo apaciguar una mente cargada de ansiedad por asuntos que no se pueden resolver de la noche a la mañana? ¿Y si el camino de menor resistencia es aceptar que algunos somos criaturas nocturnas?, asimilar de una vez que durante la noche, el cerebro de muchos de nosotros funciona mejor que en el día. ¿Por qué seguir empeñándonos en tratar de dormir antes de la media noche?

Del búho no esperamos que se comporte como las predecibles gallinas, las robóticas palomas o las histéricas gaviotas, ¿por qué seguimos sin entender que no todos los humanos nacimos para sonreírle al alba? Si los ciclos circadianos de tantos se optimizan después del crepúsculo, ¿cómo es posible que las metrópolis no funcionen 24 horas? Millones de insomnes encontrarían un poco de sentido a sus existencias, además de explotar un nicho de mercado desaprovechado.

Parece que es mejor negocio vender fármacos para adormecer la ansiedad, que ofrecer alternativas reales a los que las noches nos desvelan. ¿Es preferible lucrarse de los problemas que genera el ritmo de vida occidental, que ofrecer alternativas a quienes viven en un eterno Día —o noche— de la marmota? Para los gobiernos, las transnacionales, los oligopolios, somos solo consumidores, y en el caso de las farmacéuticas, conejillos de indias, «pacientes».

 

Amanece de nuevo, y si no fuera por nuestras bien consolidadas rutinas de trabajo estaríamos al borde de la locura. La noche y sus angustias parecen un recuerdo borroso, una pesadilla escondida en los confines de la materia gris, así que ingerimos los estimulantes que la industria ha diseñado para arrastrar nuestro cuerpo hacia el círculo vicioso de ansiedad —y de insomnio—.

Es tan distinto cuando estamos de vacaciones, todo nos resulta placentero, especialmente dormir. Sólo entonces nos permitimos «el lujo» de relajarnos, tan desacostumbrados estamos a no hacer nada y simplemente disfrutar del momento.

Simón Bolívar y los galenos

Con el perdón de los Bolivarianos, existen registros históricos de que el protohombre latinoamericano cuyo nombre es sinónimo de la gesta libertadora, se portaba mal cuando se pasaba de tragos, fue rechazado por mujeres a las que literalmente les limosneaba algo de tetita,  y se enfermaba de la barriga como cualquier comepapas.

 

Bolívar con una copita listo para armar el desmadre

Uno de estos documentalistas de la vida privada del Libertador, fue el periodista Héctor Muñoz, oriundo de Cucaita, Boyacá, quien le dedicó varios títulos y obtuvo varios premios y reediciones por estos metódicos trabajos de la vida privada de la leyenda bolivariana, entre ellos «Bolívar en Anécdotas» de la que recogemos el instante en que el caraqueño padece un dolor intestinal y se precia de tener a su doctor personal para prácticamente no  utilizarlo para un carajo, similar al aristócrata que en la actualidad paga una medicina prepagada solo para cuando está a punto de morir, pues prestarle mucha atención a los consejos de los galenos por lo general desemboca en amargarse la vida.  Por eso es mejor hacer como el diabético que ignorando su enfermedad, se come dos chocorramos y un café con leche, sabiendo que así acelera su muerte.

 

‹‹Cuando en 1828 el Libertador estuvo en Bucaramanga, sufrió algunos malestares que pronto le curaron. El 13 de mayo amaneció con «el estómago algo cargado» y fuerte dolor de cabeza. Su médico, el doctor Moor, inglés, le recetó un vomitivo con tártaro emético, pero Bolívar no lo tomó. EL médico le aconsejó entonces que continuara tomando té.

El libertador le hizo estos comentarios a Perú De Lacroix:

«Este doctor está siempre con sus remedios, sabiendo que yo no quiero drogas de botica, pero los médicos son como los obispos, aquellos siempre dan recetas y estos siempre echan bendiciones, aunque las personas a quienes las dan no las quieran o se burlen de ellas. El doctor Moor está enorgullecido de ser mi médico y le parece que esta colocación le aumenta su ciencia. Creo que efectivamente necesita de ese apoyo. Es un buen hombre y conmigo de una timidez que perjudicaría a sus conocimientos y luces aun cuando tuviese las de Hipócrates. La dignidad doctoral que ostenta algunas veces es un ropaje ajeno de que se reviste y que le sienta muy mal. Está engañado si piensa que tengo fe en la ciencia que profesa, en la suya y en sus recetas, se las pido, a ratos, para salvar su amor propio y no desairarlo; en una palabra, mi médico es para mí un mueble de aparato, de lujo y no de utilidad».

El catorce de mayo Bolívar amaneció bien y le dijo a De Lacroix:

«Ve, usted coronel, que sin el emético del doctor me he puesto bueno y quizás si lo hubiera tomado estaría ahora con los humores revueltos y con una fuerte calentura». ››

 

Bolívar en anécdotas. Héctor Muñoz. Editado por El Espectador. Editado en 1983. 

Frag-O’Nardo  o la Sorpresa Ïntima. Por Luis Bolaños

El espaciopuerto se desenrollaba en un descomunal disco alrededor del ascensor espacial, repleto de puestos de intercambio, almacenes, comederos lujosos o modestos, kioscos, terminales, zonas de embarques y desembarques de pasajeros, equipajes y mercancías, muelles para llegadas y salidas, salas de espectáculos, talleres de mantenimiento, salas de muestras, patios de exhibición, etc. 

Copyright: Credit: Science Photo Library / Alamy Stock Photo

Lo envolvía una bóveda inmensa y escalonada con cortes que permitía ubicaciones exploratorias variadas, así que las fui recorriendo en un paseo sosegado más continuo hasta que en una de las pérgolas me tropecé con un ejemplar joven que se parecía pero asimismo difería de los típicos Frag-O’Narienses.

Fue un encuentro de miradas intensas que por su calidad de sinceridad me predispuso y decidí contratarlo como guía&narrador, se llamaba Leconture-Fedgi; nos introducimos gusanos traductores por las fosas nasales y establecimos ante una pantalla un contrato de turista, que incluía un convenio de cierre: si me contaba una historia que conciliara lo original con lo extraño, lo insólito con lo bello le pagaría doble estipendio, si no el paseo y la guía serían gratis aunque alimentos, alquileres y gastos seguirían siendo mi responsabilidad, no obstante la amplia sonrisa que acompañó a la presión de su dedo corazón sobre la oquedad  recolectora auguró que ambos podíamos quedar complacidos.

 

Tras desplazarnos a velocidad controlada por el eje del ascensor gozando del paisaje abrumador de la caída fondeamos en la sección terrana que completaba la unidad espaciopuerto, era cosquilleante sentir que otra aventura se abría, empezamos a desplazarnos en piraguas  a vela-motor por los canales y en globos compactos por las redes aéreas, y mientras el guía le exponía los secretos de los cilindros alrededor de la ruta, le iba en simultáneo discurso entregando datos y anécdotas y de paso desgranando un acontecimiento histórico tras otro cual si ensartara semillas o joyas en un collar de palabras

Hacia tan solo unos 150 ciclos solares el planeta estaba dominado por una constelación o asociación de familias que repetían el mismo esquema de corrupción & militarización en cada ciudad, se suponía que el podestá de cada urbe era igual en poder a los demás, pero el de Ejjeq (donde se levantaba el ascensor) era el auténtico boss. 

Al arribo de una flotilla de piratas que solicitaban apoyo en reparaciones, el podestá tuvo la gentileza de invitarlos a su cilindro de placer, estalló una pelea y tras insultarse y amenazarse cruzaron una apuesta: uno de los miembros de la flotilla se introduciría en el harem palacio y ejecutaría una acción reconocible que lo probaría, si vencía no les cobrarían lo facturado, pero si perdía la flotilla le entregaría al podestá aquella nave que eligiera además de pagar la cuenta. 

Exultante, el tiranuelo se jactó de que sus mansiones eran impenetrables y ya que faltaban varios circunvoluciones para terminar las faenas en los talleres se aceptó su culminación como fecha límite para la incursión, aún no lo sabían pero ese sería el “Punto de inflexión por donde se salió y se ingresó a la nueva crónica” como dijo luego de las ocurrencias Nocultus, el recopilador de acontecimientos de la urbe.

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Somos guajibos y éramos por millones… por Umberto Amaya Luzardo

Los guajibos somos tan viejos como el mundo.

Somos guajibos y éramos por millones.

 

Los guajibos no solo habitaron parte de lo que es hoy Guainía, sino también lo que que es Vichada, Guaviare, Casanare, Meta, Arauca y los estados venezolanos de Apure, Barinas, Guarico, Amazonas, Bolivar y Guayana y se extendieron viajando en canoas por muchas islas de las Antillas.

Creo que no se le ha dado el verdadero reconocimiento a esta civilización a pesar de tener uno de los idiomas más completos del mundo.

Le recomiendo una historia “Vamos a flechar el cielo” que siendo completamente guajiba habla del día que los extraterrestres secuestraron los niños y de cómo ellos subieron al cielo y los rescataron.

Lo qué pasa paisano, es que decir “guajibo” es una ofensa para los que tienen mentalidad blanca, pero yo creo que guajibo es un orgullo; tengo parte de esa sangre por los lados de los “ maciguares”. Pero ellos habitaron mucho más, recuérdeme que los guajibos también habitaron la selva amazónica del Perú y de Brasil y llegaron a tener asentamientos en Paraguay, Bolivia y el norte de argentina, recorriendo ríos y selva, por que la cordillera era de los incas, que no conquistaron la selva por temor al paludismo.

 

Umberto Amaya Luzardo

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

El imperio de la extroversión

26/05/2022. Barcelona. En esta sociedad para extrovertidos no hay, por ejemplo, aplicaciones de citas para introvertidos, es como si esperaran que asumiéramos las reglas del imperio de la extroversión, con sus parejas abiertas y promiscuas, su cháchara banal y vínculos superficiales, como si esas fuesen las únicas formas de «integrarse». Sonará raro a un extrovertido, pero para muchos introvertidos la única constante es desear no tener que salir de casa, quedarse encerrado hasta que se termine la comida. Pero la soledad y el encierro también nos aburren, sobre todo cuando termina el invierno, y la calle, ahora tibia como un útero, resulta acogedora. Y aunque los reservados podemos pasar largas temporadas sin cruzar palabra con nadie, somos herméticos por razones prácticas, solo abrimos las puertas a nuestro mundo a quien demuestra estar a la altura. Es decir, disfrutamos de la compañía adecuada. Entonces, para nosotros la «vida real» es lo que hacemos de puertas para adentro, aunque el mundo exterior, la calle, el imperio de la extroversión, resulte tentador a veces, como la buena fantasía que es.

Quizás la necesidad de aislamiento, de soledad, no sería tan incómoda si socialmente existiera una claridad sobre las cualidades de los introvertidos, en vez de tomarlos por versiones rebajadas de los charlatanes extrovertidos. Este imperio de la imagen corporativa, de la arrogancia que mira por encima del hombro, de la hipocresía descarada, del narcisismo individualista y competitivo, resulta ridículo para los taciturnos, por ello, en el imperio de la extroversión que es Occidente, los reservados resultamos sospechosos. Aquí el silencio es asumido como una rareza, lo que nos hace exiliados de nuestra propia lengua porque hablamos desde el silencio, y cuando lo rompemos, creamos un doble nudo, una extrañeza al cuadrado, pasando de taciturnos a beligerantes.

En el imperio de la extroversión cada grupo social sigue unas pautas, y los que las pervierten pagan el precio de la exclusión. Lo paradójico es que en Europa, un territorio en teoría abierto a culturas diversas, tampoco están bien representados los introvertidos, mas allá de esos espacios culturales en los que el silencio están normalizados. ¿Caben los introvertidos en este imperio de la auto-explotación, en el que las personas extrovertidas se ofrecen voluntariamente como peones risueños? Nones, parece ser la respuesta. En vista del rumbo que está tomando Occidente, con esa inclinación hacia los gobiernos totalitarios en los que la reflexión no tiene cabida, en la carrera contrarreloj por la explotación y la acumulación de capital no hay tiempo para detenerse y meditar. Si nuestra especie está destinada a la extinción, estamos siendo nosotros los primeros amenazados: los meditabundos reacios a participar en ridículos rituales sociales, los que sin problemas damos la espalda al ruido, los que entendemos la vanidad como un vicio, los que apuntamos al campo y abandonamos la ciudad, los que estamos hartos de esta masacre que llaman «vida real».

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Acentos del sur

 

20/05/2022. Barcelona. Llegó la temporada de terrazas, el mejor lugar para escuchar acentos. Vengo de un continente donde hay tantas variaciones en la pronunciación del español como nacionalidades, pero la apropiación que hacen del castellano es un tema distinto.

Comenzaré diciendo que admiro a los inmigrantes que no pierden su acento, y la delantera la llevan los argentinos, un grupo tan numeroso en Barcelona que comienza a tener carácter de colonia, lo cual me parece ideal, quizás así las futuras generaciones tengan la tonada argentina como alternativa a la que tratan de imponer desde Madrid. Sería una bonita y rebelde mezcla. Los argentinos han logrado apropiarse del idioma, creando una fraseología particular, juegos de palabras, y desarrollando un sentido poético que se ha filtrado en su cultura popular, algo que brilla por su ausencia entre los «integrados» que se limitan a imitar sonidos y frases hechas de un idioma que tuvo su clímax entre sádicos fanáticos hace 500 años. Hablamos de dos mentalidades distintas, la de los súbditos perpetuadores del oscurantismo, cerrados en banda con sus barbarismos, y la de los libertos orgullosos de una tradición literaria moderna. Ya Roberto Arlt lo explicó mucho mejor que yo en «El idioma de los argentinos», contenido en Aguafuertes porteñas.

Con todo eso en mente, sentado en una de estas terrazas, bebo una cerveza helada mientras disfruto el juego idiomático de dos argentinas, que como yo, beben birras en la terraza. Me encantaría ser fluido en catalán —pienso— para poder pasar del español caribeño al idioma de los países catalanes, saltándome por completo las normas de este idioma que arrastra una tradición manchada de sangre y corrupción. La reivindicación del catalán y de los acentos latinoamericanos puede ser leído como una postura política contra la opresión dogmática que subvierte las imposiciones de hombres blancos que nunca han salido de su meseta, y cuando lo han hecho, ha sido para reproducir, trasplantar dogmas.

En mi país solo un puñado de escritores humorísticos y poetas cómicos juegan con el lenguaje con la destreza con que los argentinos del común lo usan, con ese desparpajo propio de un acto natural inconsciente. Algo similar vemos en el Caribe, aunque ahí la mezcla sea distinta y más parezca un dialecto muchas veces incomprensible para los foráneos, donde predomina la noción del ritmo y la sonoridad. La diferencia puede ser que tanto en el extremo sur de América como en el Caribe nunca se habló solo español, tierra de migraciones al fin y al cabo, y en ese juego de hacerse entender terminaron generando algo distinto: el portuñol en la frontera de Brasil y Argentina; el costeñol del Caribe colombiano y venezolano; el espanglish en la parte norte del Caribe; el español rioplatense o lunfardo que hablan en Argentina y Uruguay.

Algo similar pasa a orillas del Mediterráneo catalán, donde todos son bilingües, cuando no políglotas, algo que parecen no querer aceptar en la meseta central de este árido país.

 

Pero bueno, yo soy solo otro hijo de las migraciones que trata de entender las vueltas de la vida, y del idioma que le tocó por suerte —ni hablemos del acento—. Quizás deba ahondar más en este tema, realizar un estudio a fondo en las Casas de vermut, pero, ¿y si somos testigos de la primera gran colonización argentina de Cataluña? ¿Y si dentro de unas décadas lo que se hablará en Iberoamérica sea una combinación de la tonada argentina y la catalana? Sería una combinación poderosa, culturalmente nutritiva para toda Iberoamérica.

Morir al sur o el reverso posible de la historia. Por Daniel Maldonado

 

Quizá la historia de la literatura no sea sino un compendio de los modos en que ficción y realidad se entrecruzan. O, en todo caso, puede que el reverso de lo que se ha entendido como historia de la literatura dé menos cuenta de un conjunto, señero, de nombres y obras que de los modos, siempre sugerentes, de que se han servido narradores diversos a la hora de incurrir en el ejercicio de la narración. Ya lo decía Ricardo Piglia: en realidad, un cuento (y, agrego, también una novela) siempre cuenta más de una historia.

¿Cuántas son las historias que circulan en La ciudad ausente o en El largo adiós o en Guerra en el paraíso? Puede que el número de historias, de relatos que se cruzan en las tres novelas mencionadas sea infinito, como casi infinitas parecieran ser las que marcan el derrotero de personajes como Sherezade o don Quijote, figuras nodales que han trascendido las fronteras de sus respectivos universos narrativos.

No sin jiribilla traje a colación los títulos de las novelas de Piglia, Chandler y Montemayor. En las tres subyacen las voces de quienes han padecido, o en todo caso contemplado, la acción criminal de los monstruos sin rostro: la dictadura, la desigualdad inherente al capitalismo omniabarcador, el brazo armado del Estado. Pero además, en todas ellas también palpita una tensión: la que sostiene la ficción o, mejor aún, la literatura frente a lo real. Ninguna de estas narraciones se plantea, al menos no de manera directa, ser la crónica precisa de los acaeceres y sucedidos consignados por la nota periodística a modo o por el discurso imbécil de los referentes de la progresía mediática. Lo que hacen las voces de los personajes que habitan las páginas de estas novelas es poner en suspenso los resortes operativos sobre los cuales se sostiene el sentido, ominoso, de lo que en no pocas ocasiones se ha erigido en Historia oficial.

Entendida durante mucho tiempo como género menor, la novela policiaca o, digamos mejor, negra supo replantear, por vía de la figura del detective, la relación entre lo visible y aquello que, soterrado, opera a su sombra. Lo que hace el detective es aproximarse de otro modo a lo real. Mira, si se quiere, de modo desviado –por mal intencionado o cínico– no lo que flota sobre la superficie, sino aquello que sumergido como está implica riesgos, silencios, malas pasadas, intrigas. El reverso sórdido del ethos –pretendidamente aséptico– de los bienpensantes.

Morir al sur (2022, Nitro/Press), novela ganadora en 2020 del premio “Una vuelta de tuerca”, de Gabriel Velázquez (Cintalapa, 1984) es en cierto sentido tributaria de esta forma de entender la relación entre ficción y realidad (o entre fondo y superficie). Sí: la de Velázquez es una novela que se hace eco de algunos de los elementos –clichés, dirían sus detractores– de un género que figuras como Hammett o aun Chandler cultivaron con maestría. En Morir al Sur hay un crimen, un asesino y huellas de violencia extrema sobre los cuerpos de sujetos marginales que trasiegan el arrabal. Pero no sólo: lo que se plantea en Morir al sur es que en Tuxtla, San Cristóbal y Ocosingo (puerta de entrada al dominio, también marginal, de la selva) prevalecen el oprobio y la impunidad cifradas en la lentitud, incapacidad y opacidad propias de las instituciones locales procuradoras de justicia.

No es casual que sea un periodista y no un MP (o, aun, un detective a sueldo) quien se sumerja en los entretelones de una realidad política turbia, asfixiante por nociva. En última instancia, a Santigo –protagonista de la novela y fortuito private eye de una agrupación clandestina que busca declararle la guerra al gobierno– le corresponde zurcir los retazos de una trama compuesta de sucesos sólo en apariencia inconexos: el asesinato sistemático de prostitutas, la desaparición de un posible jefe guerrillero y la presencia de un alto mando militar en la ciudad de San Cristóbal de las Casas en vísperas del arribo de un año axial: 1994.

No son pocos los méritos (éticos al tiempo que estéticos) del relato de Velázquez. En Morir al sur, la selva es, antes que el paraíso bucólico canonizado por la lógica plástica del marketing, habitáculo en el que se gesta un levantamiento, armado y popular, todavía sin nombre. Puede que en esto último se encuentre otro mérito de la novela. Al recorrer sus páginas, asistimos a la construcción de un sueño terrible que luego habría de cifrar su grandeza en cuatro letras; entendemos que los ejercicios militares que realizan los marginados en el corazón de una selva llamada lacandona –individuos que se comunican entre sí en una lengua que al protagonista de la novela le resulta del todo incomprensible– concentran la memoria de una serie de ultrajes experimentados a lo largo de 500 años.

Otra cosa. Ahí en donde la historia oficial ha colocado a los sublevados como figuras anquilosadas, ahí en donde la historiografía oficial –o, verdad sea dicha, afín al establishment– ha hecho de los alzados entes brutos y ávidos de exterminar al otro por el prurito de sólo hacerlo, Morir al sur, de Velázquez, opone el reverso de esta ominosa narración: los que se asumen del lado correcto de la historia casi siempre se empeñan en ocultar las huellas, las marcas que dan cuenta de sus crímenes.

¿Cuántas historias circulan en Morir al sur? Posiblemente la menos visible de todas sea la más importante: la que conduce a la revelación de un crimen por vía de la ficción, de la fabulación. Aquella que hace de la novela, de la literatura sin más, el correlato iconoclasta de la narrativa –erigida en verdad irrefutable– del poder.