Lo que queda es epigonal

Por Daniel Maldonado Velázquez

 

Sobre Borges, por Piglia, 2014, seminario disponible en YouTube

Quizá el hilo que conduce a la literatura argentina sea la desmesura, la exageración. Esta desmesura no es sólo de índole literaria; también es ideológica. Ejemplos sobran. Borges ninguneando a Quiroga o a Arlt; Borges celebrando a Chesterton, a De Quincy. ¿Existía una diferencia verdaderamente sustancial o, incluso, formal entre De Quincy y Roberto Arlt o entre la escritura quiroguiana y la de Chesterton? Tanto en los ingleses como en los sudamericanos fue elocuente la impronta de lo popular. La escritura de Arlt no habría sido posible sin los textos de divulgación científica, las novelitas menores o los relatos de acento policial que Arlt leyó a lo desquiciado. En esa escritura, lo popular adquiere la forma de lo facineroso. ¿Acaso en la escritura de Chesterton no está presente la dimensión de lo popular? ¿No es el Padre Brown una variante de la figura del detective activada por Poe en “Los crímenes de la calle Morgue”?

Ricardo Piglia ejecutó una operación similar a propósito del autor de El Aleph. En su afán por colocar a Borges en el centro de una tradición que es menos eso que un canon en movimiento constante, sostuvo que el inventor del soneto era más grande que Dante, “porque aquel había inventado una forma”. Para él, Borges –igual que el oscuro inventor del soneto o igual que el ignoto creador del haikú– se erigió en Pater familias por haber confeccionado el cuento borgesiano: mezcla de ficción especulativa (según Coetzee) y relato fantástico. Un escritor clásico inventor de una forma nueva. La pertinencia de Borges, continúa Piglia, se sostiene en su condición de sumo artífice: sin “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, P. K. Dick o V. Nabokov no hubiesen escrito El hombre en el castillo o Pálido fuego. Conclusión problemática: por diseñar un novedoso artefacto narrativo, Borges es el motor seminal de un nuevo tipo de escritura.

En los planteamientos de Piglia hay mucho de exageración. O de aquella variante sofisticada de la exageración que Borges empleaba con maestría: la boutade. La desmesura no siempre es incorreción. En el caso de Borges, ocultaba vacío.

No existe dolo en la pregunta: ¿Borges hubiese sido posible sin Lovecraft, otro escritor reducido por el propio Borges a mero “parodista de Poe”? ¿Y si el auténtico creador de ese mecanismo narrativo que Piglia celebraba tanto en Borges fuese en realidad el propio ninguneado (Lovecraft, con todo y su barroquismo demencial) y no el ninguneador (Borges, el dueño de la escritura aseada)? No, Borges no es como el oscuro creador del soneto ni tampoco se parece al desconocido inventor del haikú.

El mundano Borges urdió artefactos extraordinarios; su repercusión fue importante en un género considerado menor, no mayor ni “central”: la ciencia ficción. Borges es el más grande hacedor de literatura menor o de género (de acuerdo con Paul Auster, otro escritor menor con aires de grandeza). No obstante, es central. Lo es por haber revitalizado una literatura; no por inventar –o confeccionar– una forma, porque la invención de una forma no sólo depende de la economía verbal, de la limpieza sintáctica (“A Borges, sostiene Piglia, le parecía vulgar escribir un texto de más de diez páginas”). Tal centralidad no esconde el problema, lo acentúa: más que un creador de formas nuevas, Borges fue un remozador de textos ajenos. Un escritor genial, por supuesto; pero epigonal.

Cabría pensar a Borges como un glosador de primera categoría. O como una invención de Cervantes. El autor de “Pierre Menard” no sería un lector agudo del Ingenioso Hidalgo, sino el síntoma de una forma de leer contenida ya en la novela de Cervantes. Recordemos: en El Quijote, quien narra cuenta su encuentro con un manuscrito árabe. Traducido por otro, el texto revela las aventuras de un Hidalgo delirante a través de los caminos de una Castilla que es casi de ensueño. Imbuido de las ficciones caballerescas que ha leído, el caballero de enjuta figura emprende la travesía. La historia inscrita en la novela de Cervantes es la de un modo desmesurado de leer. Borges, o su trasunto llamado Pierre Menard, es el enésimo eslabón en una cadena de lectura inaugurada por el Quijote y que contempla a Laurence Stern, Gustave Flaubert o a Macedonio Fernández.

Líneas arriba mencioné que posiblemente la desmesura sea el hilo conductor de la literatura argentina. Dije también que dicho exceso era ideológico. El énfasis de Piglia y, antes, de Borges, por ilustrar la marginalidad de la literatura argentina adquiere niveles improbables de desmesura. La marginalidad no es hija de pueblos elegidos o de lugares con endebles pasados virreinales. Creer en la singularidad de una literatura a partir de su pretendida extrañeza o excepcionalidad se acerca mucho a la boutade cuando no a la mistificación. Ese es el hilo que parece recorrer a la literatura argentina; su núcleo ideológico.

Borges sintetiza bien dicha desmesura. Según Piglia, es lícito imaginarse la ceguera de Borges como resultado del demasiado leer. Así planteada, su ceguera sería pues la marca de otro exceso. La ideología se oculta pero surge como hipótesis que reactiva el mito: Borges, el último lector.

En realidad, el último lector no fue Borges. Tampoco Piglia. La lectura de “Pierre Menard” hace efectivas nuestras sospechas: después de Cervantes, poco queda. Después de Cervantes, lo que queda es epigonal.

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