Freak TV: La televisión que nació en una novela
Hay un momento en Hambre de caza que precede a todo lo demás. Antes de que aparezca Urbaín Beleño, antes de que la novela despliegue su anatomía del poder rapaz en Colombia, hay un aviso clasificado. Un aviso de halcones amaestrados para cazar las palomas que se multiplican como una plaga descontrolada en los edificios residenciales de Bellaquería. El servicio trabaja en silencio absoluto, en la madrugada, y cuando los vecinos despiertan solo quedan plumas esparcidas por el viento.
Ese aviso falso —insertado en la apertura de la novela como si fuera una cuña publicitaria entre dos bloques de programación— es la célula original de Freak TV.
Francesco Vitola Rognini publicó Hambre de caza en 2014 a través de Editorial Milinviernos, en libre descarga, como parte de lo que él mismo ha denominado la Trilogía de Bellaquería. La novela fue descrita, en su momento, como una radiografía del uribismo: no por la vía del panfleto, sino por la de la metáfora, la angurria por cazar como imagen que condensa toda una era política. Pero lo que aquella lectura podía pasar por alto era el dispositivo formal: la novela infiltraba la lógica de los medios de comunicación —el lenguaje publicitario, la fórmula del mensaje comercial, la retórica del infomercial— como una estrategia narrativa deliberada. La ficción se disfrazaba de ruido mediático para decir lo que el ruido mediático precisamente ocultaba.
Ese mecanismo durmió durante años dentro del catálogo de Vitola, como una semilla en temporada seca. Freak TV es lo que ocurre cuando esa semilla encuentra el clima adecuado: un canal de televisión completamente inventado, con programación continua de 24 horas, que simula los formatos más predecibles de la pantalla —el noticiero, telecompras nocturno, el cine de arte, la franja de caricaturas— para convertirlos en vehículos de una ficción que no podría existir en ningún otro soporte: la iguana que sale del encuadre mientras aparece el título del canal. Luciano Bello entregando la noticia del restaurante madrileño que servía paloma callejera en vez de pato. El Sr. Argento —pálido, huesudo, reptiliano— vendiendo brazaletes de cobre con tecnología geocéntrica inspirada en el Feng Shui y desarrollada en Laos. El Capitán Adrenocromo aterrizando torpemente en el sótano donde se llevaba a cabo un ritual satánico. Kage no Keiyaku, el film de ninjas emitido en el horario en que solo están despiertos los insomnes y los vigilantes.
Cada franja es un género que Freak TV toma prestado y lleva al extremo de lo absurdo. Ese es el legado directo de aquel aviso de halcones en Hambre de caza: la comprensión de que los formatos de la cultura de masas no son neutros —que son, en sí mismos, formas de administrar la percepción— y que la literatura puede habitarlos, corromperlos y devolverlos al espectador con la trampa ya activada.
El proyecto se publica por entregas en Vitola.pro/freak-Tv/, simulando 24 horas de programación continua de «el canal más bizarro de internet» y que paradójicamente, dice más sobre la televisión que cualquier análisis de medios convencional.
Hambre de caza está disponible en descarga gratuita en Editorial Milinviernos. Leerla hoy, con Freak TV ya en circulación, es constatar que Vitola llevaba más de una década esperando el momento propicio para desarrollar esta idea.
El Maderamen de la vida O el arte de John Álvarez
Por. César González
Poeta, Escritor.
“Nada crece debajo de los grandes árboles”
Constantin Brancusi
Mundos antiguos y nuevos se funden sin que podamos reducirlos a las palabras, a la imagen. Su naturaleza estructural y constructivista, más allá de buscar, encuentra. John Álvarez ensambla el caos con el orden, sus invenciones de maderamen entablan una correspondencia orgánica y en común- unión con el viento, el comején, la polilla, el fuego, el sol, las aguas, las que corren y las que no. En su proceso creativo se involucran la música, la arquitectura, la cocina, la filosofía, y sin lugar a dudas, el resultado no es para menos, que una de las obras más originales entre sus contemporáneos.
El taller del artista está situado en el corazón del mundo, Pueblo Bello, Sierra Nevada de Santa Marta, donde para el cansancio del creador basta un árbol invisible para hacerse una sombra, por esa y muchas otras razones, no es fácil pasar por alto el genio del creador que del barro nos hizo hombres y que de un soplo creó todas las cosas. Así como hace tantos años Picasso, Brancusi, Henry Moore, y otros sintieron el influjo de la escultura tribal africana en madera, así hoy, una serie de obras serias y contundentes, retornan a nuevas esperanzas, celebran riesgos necesarios, no para adornar los parques, tampoco para satisfacer caprichos. Álvarez hace mucho viene ocupando un espacio importante en las artes plásticas del Caribe Colombiano, su trabajo bien logra distanciarse de lo que se ha venido mostrando a través de estas últimas décadas; En el brazo del árbol, pieza “sin título” merecedora de un reconocimiento en el salón BAT de artistas populares del caribe, John Álvarez logra hacer bombear sangre desde su corazón hasta las arterias de sus ramas, articulaciones, venas, haciendo creer que “en los sueños los árboles son personas”[1] así como en los bosques hechizados, donde la imagen de un tronco puede ser una ninfa y en efecto lo es, otras veces también una bruja o un aparato, el suceso estético al que nos convoca el creador en su particular genio de ermitaño de alta montaña, es lo que se debe denominar Arte.
Sancocho western: Tierra de nadie.(Sexta entrega)
Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar
Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.
Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!
La vorágine. José Eustasio Rivera.
La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.
Los pasos perdidos. Alejo Carpentier
Estos hijueputas campesinos ni de música saben
Por Andrés Felipe Escovar

-Estos hijueputas campesinos ni de música saben…
Se tambaleaba por el aguardiente que bebió, camino al mingitorio, con la mirada fija en Olegario, que estaba en la mesa más cercana al baño; el vaho de meados con hojas de eucalipto que los dueños de la tiendita extendían todas las mañanas y que, en las noches, tenían un marchitamiento húmedo, le recordaban a nuestro héroe sus caminatas por los bosques artificiales de la sabana de Bogotá, años antes de que lo reclutara el ejército del partido conservador. Era la cuarta o quinta vez que el serenatero se lo decía; la primera, poco después del mediodía, fue una broma con la que Olegario apenas sonrió:
-Tiene esa canción que dice: “eres un ángel hermoso vestida de mujer…”- le preguntó, tímido, Olegario.
-Esas mierdas de campesinos no tocamos nosotros- le tocó un hombro a Olegario. Con la otra, sostenía a su guitarra por el cuello y miraba, con un mohín coqueto que acentuaba su afeminado tono de voz, al maraquero con el que entró a ese bar a cantar canciones solicitadas por los bebedores de las diferentes mesas a cambio de alguna moneda.
La broma se repitió hasta esa quinta vez, cuando Olegario, había decidido aceptar la oferta que hiciera Víctor Carrasco el día anterior: formar parte del grupo de vigilantes de las minas de rubies en las inmediaciones de Villa de Leyva, muy cerca del lugar donde, según decía, comenzaba el desierto de La candelaria en donde vivían hombres que se ocupaban de mirar directo al sol hasta quedarse ciegos y, cuando la ceguera ocurría, se tiraban sobre el suelo y se mantenían de un mordisco de pan de levadura y medio vaso de agua hasta que, un día cualquiera, dejaban de respirar y llegaban los chulos que les picoteaban sus escuálidas entrañas. Por eso, en el desierto, le dijo Víctor, hay tanto chulo, a veces parece que ocurriera una noche porque de tantas alas negras que tapan al sol, hay algo como un eclipse. Cuentan que, desde hace unos doscientos años, un viejo monje del convento de San Agustín, ubicado justo en la cima de una de las montañas del desierto, que limpiaba los pisos de todas las habitaciones y de la iglesia y que jamás aprendió a cantar algo en latín y se quedó más bien como un devoto sirviente dedicado a la limpieza de todo el edificio, llama con un grito a los chulos que se desparraman por toda la región para así generar un eclipse: es el Máguare.
Olegario no creyó mucho lo del eclipse hecho con alas de avenes negras, aunque encontró coincidencias entre esos augurios y los que le escuchó a una pitonisa cartagenera que oficiaba como concejera de las tropas en Panamá. El día que fusilaron a Victoriano Lorenzo, el cielo se oscureció y, cuando regresó a la capital del departamento, le dijo la misma mujer que el océano Pacífico se levantó tanto que parecía una cordillera que anegaría al istmo e inundaría al atlántico hasta convertirlo en una inmensa alberca donde los animales arrastrados desde las profundidades, desembocarían en las playas y engullirían con toda clase de bestialidades a los humanos.
Carrasco le dijo que era el dueño de las minas de rubíes y que él mismo prefería saber a quiénes contrataría para la seguridad de estas. Por eso fue hasta Bogotá y, durante semanas, se dedicó a encontrar a las personas indicadas. Olegario le atrajo porque, en ese bar, atisbó que tenía un revolver en su cintura y miraba como si anduviera tras una presa.
Los spnayas. Por Marel Alfaro
Por Marel Alfaro
«Además del arte —en todas sus manifestaciones— y las matemáticas, el lenguaje es la única huella material de nuestra existencia en el universo».

Los spnayas son una especie bastante«particular». En términos humanos, su única forma de comunicación podría traducirse como «arrítmicos golpes secos»: ecos guturales producidos por «grandes cajas orgánicas»1. Su anatomía se describiría como «enormes masas carnosas» azuladas de hasta cuatro metros de altura, casi gelatinosas, con dos orificios en cada extremo que, de cierta forma, funcionan como «bocas»2. Literalmente, la edad de los spnayas se mide de dos formas: su adultez, cuando alcanzan su máximo tamaño y, la vejez, cuando decrecen y reducen su cuerpo a la mínima expresión.
Inicialmente dudamos de la existencia de una lengua propiamente dicha, pero después de un par de siglos aprendimos a comunicarnos con ellos por medio de percusiones diseñadas específicamente para emular sus códigos lingüísticos.
Apenas llevo medio ciclo estelar habitando este planeta. No obstante, nunca extrañé tanto el poder comunicarme en nuestra lengua materna, tener con quien conversar; además de mí misma y mi propia conciencia, claro está.
Mi observatorio se encuentra ubicado en el centro de la colonia, a dos kilómetros del poblado más cercano. Cada año estelar recibo y envío información codificada con destino a casa. Poder leer cada palabra en nuestro idioma es un ancla mágica que me ata a la cordura.
—Tup, pac. Tup, pac. —Escucho, a lo
lejos.
Algo no marcha bien. Uno de los
ancianos solicita ayuda. Es el más longevo de su especie, de unos cinco mil años terrestres de edad, aproximadamente. Me precipito a su encuentro. Sus movimientos son torpes y demasiado lentos.
—Tup tup-pap, tutu. ¡Tuppi tap pap ap!—«Susurró» el viejo Tuppi, patriarca de la colonia spnaya que, en nuestra lengua, podría traducirse textualmente como: «Te veo, humana. ¡Tuppi vuelve a casa!»; que, en spnaya, significa «adiós».
1 A diferencia de nuestra especie, los spnayas carecen de ojos y oídos, pero pueden percibir los sonidos graves y al resto de individuos por medio de sus propios cuerpos.
2 Los spnayas pueden alcanzar los cuatro metros de altura en la adultez. En muy raros cazos exceden dichas dimensiones; sin embargo, existen registros de especímenes de hasta siete metros.
Marel Alfaro Zúniga (1989). Nacido en San Pedro Sula, Cortés; Honduras. Docente de Ciencias Sociales y Ciencias Naturales. Consultor independiente y asesor metodológico a nivel de tesis. Editor y corrector ortotipográfico. Ilustrador autodidacta. Autor de «Hacia el Espacio: Quince crónicas sobre el nacimiento del Nuevo Orden y la Revolución Galáctica” (2020); «Breviario de lo irreverente» (2022); antologado en «Tercer encuentro de minificción Centroamericana antología» (2023) y «Antología de minificción: El Albatros» Editorial Micromundos (2024); prologuista en «Latinoaméricaeditada: no disponible en su región» Editorial Tríada (2024). Su más reciente trabajo, «Inerme en la ciudad y otras minificciones científicas», publicado por Editorial La Chifurnia (2025). Actualmente reside en El Progreso, Yoro; Honduras.
Héroes decadentes II: la novela
(Novela bilingüe por entregas. ESP/EN)
Por Howard Murcia y Francesco Vitola Rognini.
Ser plural como el universo.
Fernando Pessoa.
Prólogo
El lunes amaneció sin nubes. Eso fue lo primero que notó Aurelio antes de subir al árbol: un cielo demasiado limpio, sin nubes. Tomó el machete. Revisó dos veces el nudo de la cuerda de seguridad.
El árbol era un almendro viejo que llevaba años rastrillando sus ramas torcidas contra el muro del fondo. Además, estaba plagado de comején. Las termitas habían hecho metástasis, por lo que además de la poda era necesario aplicar gasolina en las partes invadidas por los insectos.
Aurelio subió despacio. A los cincuenta y seis años no había otro modo de hacerlo. Ponía el pie, buscaba la rama, desplazaba el peso. Llegó a unos ocho metros de altura. Desde ahí la vista cambiaba: los techos de las casas vecinas, una piscina de agua verdosa, una antena oxidada, el cadáver de una paloma disecada por el sol, en el tejado vecino. El viento olía distinto también, olía a libertad, a monte.
Empezó por las ramas secundarias. Una a una dejó caer las tres ramas. Abajo, su ayudante, iba picando y apilándolas. Se desplazó hacia el otro extremo del árbol, donde había que pisar con cuidado por el comején. Encontró la rama que frotaba el muro como uñas largas en un espejo. Calculó el corte. Ajustó la posición del cuerpo.
Lo que pasó después ocurrió en menos de dos segundos. La rama no cayó, sino que hizo un movimiento pendular y lo golpeó en el pecho, arrojándolo fuera de su zona segura. La cuerda se quebró con un sonoro chasquido de latigazo. Néstor cayó rebotando de una rama a otra, y finalmente, contra el suelo del jardín.
Desde abajo, tumbado de espaldas, Néstor contempló el cielo sin nubes, seguía ahí, inmutable, sin la menor consideración por lo que acababa de ocurrir. Su ayudante, metido en su campo visual, le hablaba, pero la voz le llegaba en sordina. No sentía dolor, el cuerpo aún no lo registraba. Intentó mover la mano derecha, pero no pudo. Intentó llamar, pero no escuchó su propia voz. Entonces una sensación, somnolencia quizás, empezó a nublar los bordes del campo visual y fue cerrándose despacio hacia el centro. Y en medio de aquella oscuridad, un túnel de luz por el que se acercaba alguien en sandalias, con toga blanca y una barba larguísima. Pero no eran sandalias normales. Tenían algo en los costados —unos apéndices pequeños, como alas de pollo BBQ—. Las sandalias levitaban sobre el suelo, pero parecían caminar silenciosamente sobre una pista invisible. El hombre que llevaba las sandalias era delgado, de mediana estatura, con una túnica corta que en otro contexto habría parecido un disfraz. Llevaba en la mano izquierda una tablilla de arcilla. En la derecha, un punzón. Tenía expresión de funcionario indiferente a todo.
—¿Estoy muerto? —preguntó Néstor.
El hombre consultó la tablilla.
—Esa pregunta de naturaleza administrativa está fuera de mi jurisdicción.
—¿Y qué jurisdicción tiene usted?
—Traslados. —Hizo una pausa. Anotó algo con el punzón.— Soy el responsable de llevarlo del punto A al punto B. Lo que ocurra en el punto B no depende de mí.
—¿Cuál es el punto B?
—No se proporciona esa información de antemano. Forma parte del procedimiento.
Néstor miró alrededor. El espacio era oscuro en todas las direcciones, sin horizonte, sin referencia de distancia.
—¿Y si no quiero ir?
El hombre lo miró por primera vez con algo parecido al interés.
—En mis años de servicio —dijo— nadie me había hecho esa pregunta.
—¿Y cuál sería la respuesta?
—Aquí no existe voluntad ni libre albedrío.
Hizo un gesto burocrático con la mano libre, y el espacio-tiempo empezó a cambiar. Nestor sintió que le movían el piso.
—¿Cómo se llama usted? —alcanzó a preguntar al hombre que iba varios pasos adelante.
—Hermes —dijo, sin voltearse—.
DECADENT HEROES II: THE NOVEL
(Serialized Bilingual novel)
By Howard Murcia and Francesco Vitola Rognini.
To be plural like the universe.
Fernando Pessoa.
Prologue
Monday arrived without clouds. That was the first thing Néstor noticed before climbing the tree: a sky too clean, without a single cloud. He picked up the machete. He checked the safety rope knot twice.
The tree was an old almond that had spent years dragging its twisted branches against the back wall. It was also riddled with termites. The infestation had metastasized, so in addition to the pruning it would be necessary to treat the affected sections with gasoline. Néstor climbed slowly. At fifty-six there was no other way to do it. He set his foot, found the branch, shifted his weight. He reached about eight meters up. From there the view changed: the rooftops of neighboring houses, a pool of greenish water, a rusted antenna, the carcass of a pigeon mummified by the sun on the roof next door. The wind smelled different too — it smelled of open country, of freedom.
He started with the secondary branches. One by one he let the three branches fall. Below, his assistant went about chopping them up and stacking them. He moved toward the far end of the tree, where the termite damage made every step uncertain. He found the branch that scraped the wall like long fingernails on glass. He calculated the cut. He adjusted his position.
What happened next took less than two seconds. The branch didn’t fall — it swung like a pendulum and caught him in the chest, throwing him clear of his safe zone. The rope snapped with a crack like a whip. Néstor fell, bouncing from branch to branch, and finally hit the garden floor.
From below, flat on his back, Néstor looked up at the cloudless sky. It was still there, unchanged, without the slightest regard for what had just happened. His assistant stood in his field of vision, talking, but the voice reached him muffled, as if from underwater. He felt no pain — his body hadn’t registered it yet. He tried to move his right hand but couldn’t. He tried to call out but heard nothing come from his own mouth. Then a kind of drowsiness began to blur the edges of his visual field, closing in slowly toward the center. And in the middle of that darkness, a tunnel of light, and coming through it someone in sandals, in a white toga, with an enormously long beard. But they weren’t ordinary sandals. They had something on the sides — small appendages, like the wings of a BBQ chicken. The sandals hovered just above the ground yet seemed to walk silently along an invisible track. The man wearing them was lean, of medium height, in a short tunic that in any other context would have looked like a costume. In his left hand he carried a clay tablet. In his right, a stylus. His expression was that of a functionary indifferent to everything.
—Am I dead? — Néstor asked.
The man consulted the tablet.
—That question is administrative in nature and falls outside my jurisdiction.
—And what jurisdiction do you have?
—Transfers. — He paused. He wrote something with the stylus. — I am responsible for taking you from point A to point B. What happens at point B is not my concern.
—Which is point B?
—That information is not provided in advance. It’s part of the procedure.
Néstor looked around. The space was dark in every direction, without horizon, without any reference to distance.
—And if I don’t want to go?
The man looked at him for the first time with something resembling interest.
—In my years of service — he said — no one has ever asked me that question.
—And what would the answer be?
—There is no will here. No free will of any kind.
He made a small bureaucratic gesture with his free hand, and space-time began to shift. Néstor felt the ground move under him.
—What is your name? — he managed to ask the man who was already several steps ahead.
—Hermes — he said, without turning around.
El vals de Tolstoi
El pianista Alexander Goldenweiser, en Yásnaia Polania, transcribió las notas del Vals mientras Leon Tolstoi lo interpretaba para él y el compositor Sergei Taneyev. Dicen que esto ocurrió en 1906, muchos años después de que el novelista compusiera la pieza y muchos antes de que apareciera «Infancia», su primera novela.
Esta es la versión que se le adjudica a Goldenweiser:
El otro creador
Por Daniel Maldonado

Es común ver al poeta como una figura que entra en tensa relación con su entorno más inmediato. Se trataría de una figura problemática, tenida por incómoda o hasta innecesaria. Antes que ajustarse a lo que es; antes que seguir a pie juntillas los lineamientos impuestos por la lógica de turno, el poeta incordia, revira, reconfigura. Su rol —si posee alguno— no se diferenciaría del que desempeña el filósofo. El filósofo no sólo interpreta la realidad, la cuestiona. O mejor sería decir que cuestiona los valores acuñados y asumidos por los hombres y que circulan dentro del tejido que usualmente identificamos por real. En buena medida, lo que pone en suspenso es el conjunto de convenciones que dan rostro a lo que, de suyo, no lo posee: la realidad.
El poeta y el filósofo interactúan con la realidad; captan sus murmullos y fulgores. Todavía más: perciben lo que se halla detrás de lo consagrado como lugar común; lo que se esconde detrás del velo.
Para María Zambrano, la poesía y el pensamiento son las vías a través de las cuales el ente humano se aproxima a lo que está oculto. Sólo en tal sentido son cercanos los caminos del poeta y del filósofo. De hecho, uno y otro se distancian en función de la naturaleza de sus exploraciones: la del filósofo está marcada por la violencia que ha supuesto el haber sido removido del mundo de las apariencias; la del poeta, por la contemplación asombrada del ser encerrado en cada objeto que colma el mundo. Escribe Zambrano: “La filosofía es un éxtasis fracasado por un desgarramiento. […] no todos fueron por el camino de la verdad trabajosa y quedaron aferrados a lo presente e inmediato, a lo que regala su presencia y dona su figura, a lo que tiembla de tan cercano; ellos [los poetas] no sintieron violencia alguna o quizá no […] esa forma de violencia, no se lanzaron a buscar el trasunto ideal [como los filósofos]. Fieles a las cosas, fieles a su primitiva admiración extática, no se decidieron jamás a desgarrarla; no pudieron, porque la cosa misma se había fijado ya en ellos, estaba impresa en su interior. Lo que el filósofo perseguía lo tenía ya dentro de sí en cierto modo, el poeta; de cierto modo, sí, de qué diferente manera” (Zambrano, Filosofía y poesía, 18).
Más allá de que poeta y filósofo sean entidades percipientes, su abordaje de la realidad los coloca en miradores distintos. Cabría decir, incluso, que mientras el filósofo observa, el poeta contempla. Ocurre así en tanto que el poeta no busca lo que el filósofo, porque lo que éste busca ha sido inscrito (gratuitamente) en el interior de aquél. Lo que motiva la búsqueda del filósofo, el poeta lo posee en tanto don. El desgarramiento que moviliza la acción filosófica, un desgarramiento que es fruto de un acto de violencia, se traduce en el poeta como sensibilidad herida; el que asume que la palabra es menos medio que fin, guarda en su interior la marca de una percepción trascendente: “El poeta no renuncia ni apenas busca, porque tiene. Tiene por lo pronto lo que ante sí, ante sus ojos, oídos y tacto, aparece; tiene lo que mira y escucha, lo que toca, pero también lo que aparece en sus sueños, y sus propios fantasmas interiores mezclados en tal forma con los otros, con los que vagan fuera, que juntos forman un mundo abierto donde todo es posible” (Zambrano, Op. Cit., 19).
El poeta hace de su cuerpo, de su carne, un dispositivo de captación de los estímulos que ofrece lo que se oculta detrás de lo real. Su sensibilidad se alimenta de lo que su piel, su vista y su escucha le tributan; es fruto de la gracia, del don. Es, además, testimonio de la presencia de Otro, porque sólo ese Otro capta en su unidad la multiplicidad del mundo. Otra vez: el filósofo sale en busca de la unidad que supone oculta detrás de lo aparente; el poeta, por el contrario, reconoce en la heterogeneidad de las cosas aparentes la unidad extraviada, la que sólo se revela mediante la gracia.
Una entrevista de Jiménez del Oso a Erik von Daniken
¡Recordad a los muertos!, ordenó un moribundo de los relatos de Erik von Daniken. Luego, ese mismo moribundo, sin la naturalidad del que agoniza, discurre en torno al efecto irradiador de vida que tiene el recuerdo para el recordado y concluye que, luego de un tiempo, es mejor que lo olviden de la misma forma que a los aparatos milenarios que reposan en los museos erigidos a base de expolios y narraciones imperiales (es decir, las justificaciones de los despojos y los conquistadores).
Queremos recordar a este reciente fallecido, uno de los primeros de este año, tan extraño. Que descanse en paz, Erik von Daniken:
Camaleónica migración a la calle Crítica Garibaldi. Escrito por Príncipe Yoga

¡Bien! al ciempiés silencioso en la escuela impulsando los huevos placenteros que se derrumbaron
No tocar por el bien la guitarra en la escuela impulsiva superficialmente excesiva con muchas mujeres
Escalofriantes huevos amarillos asimilándo anguilas ciempiés en una habitación blanca de maestras
Turnos de jerarquías sodomizan distintos placeres para la majestuosa habitación de las risas
Dormí en la escuela de almas hasta que se derrumbaron las amuralladas ciudades del corazón
Iría en mucho en el instante de eso aquello
del desajusteme distrae una por una desunión
ya perdido, ya cae y rascas resbalas, “No hay humor en el siglo XXI”
Dislocada en la razón se me quitó vestido de piel al andar con cada paso logro que tengo poco
Hay, Hoy te digo que lo siento por la muerte demolida en todo lo que es bello, es doloroso en los ojos… ante el Tribunal de los Demonios, El ojo de acero de Las Niñas de Hierro en el Infierno que Las Serpientes ahogaron con los guantes de zorro. Camisas rojas de la biología.
En la majestuosa habitación de las risas, The Lola´s Vergas Big Band… Bukkake Comunista, y te veo, te Teo, tan Harcore como el Futurismo Soviético… En la miseria de plástico sucio valor de la esencia, que pueda pagar la ausencia del brillo y el lujo de lo encendido en el supermercado divino, con los videos porno de Zeus con Afrodita, un té verde -entre líneas-, un té verde chino…
Un abrigo de plástico limpio… Soberbio valor de la esencia.
Un abrigo de trabajo limpio es tener una casa donde pueda tener miedo
En la Fiesta de Darwin soy un orgulloso encubierto.
Mis amigos son mis enemigos injustificando el exceso del tiempo deformado…
El Sello Idiota Hongo del Divorcio… Cuando comió con la Lana del Rey de los Padres…, ya como qué cuando por qué no sí se es lo que cómo el dislocado del ser hasta cuando porque no sé como cuando ella sé no sé sí por qué cómo por qué no es cuándo cómo él desde mi cuarto, desde mi 3/4. Adiós. No sé, qué comparé, que compare…
Contando las Majestuosas Venus con uniformes lamidos de estampillas y fotos congeladas de deportistas
En la majestuosa habitación de las risas…










