Los spnayas. Por Marel Alfaro
Por Marel Alfaro
«Además del arte —en todas sus manifestaciones— y las matemáticas, el lenguaje es la única huella material de nuestra existencia en el universo».

Los spnayas son una especie bastante«particular». En términos humanos, su única forma de comunicación podría traducirse como «arrítmicos golpes secos»: ecos guturales producidos por «grandes cajas orgánicas»1. Su anatomía se describiría como «enormes masas carnosas» azuladas de hasta cuatro metros de altura, casi gelatinosas, con dos orificios en cada extremo que, de cierta forma, funcionan como «bocas»2. Literalmente, la edad de los spnayas se mide de dos formas: su adultez, cuando alcanzan su máximo tamaño y, la vejez, cuando decrecen y reducen su cuerpo a la mínima expresión.
Inicialmente dudamos de la existencia de una lengua propiamente dicha, pero después de un par de siglos aprendimos a comunicarnos con ellos por medio de percusiones diseñadas específicamente para emular sus códigos lingüísticos.
Apenas llevo medio ciclo estelar habitando este planeta. No obstante, nunca extrañé tanto el poder comunicarme en nuestra lengua materna, tener con quien conversar; además de mí misma y mi propia conciencia, claro está.
Mi observatorio se encuentra ubicado en el centro de la colonia, a dos kilómetros del poblado más cercano. Cada año estelar recibo y envío información codificada con destino a casa. Poder leer cada palabra en nuestro idioma es un ancla mágica que me ata a la cordura.
—Tup, pac. Tup, pac. —Escucho, a lo
lejos.
Algo no marcha bien. Uno de los
ancianos solicita ayuda. Es el más longevo de su especie, de unos cinco mil años terrestres de edad, aproximadamente. Me precipito a su encuentro. Sus movimientos son torpes y demasiado lentos.
—Tup tup-pap, tutu. ¡Tuppi tap pap ap!—«Susurró» el viejo Tuppi, patriarca de la colonia spnaya que, en nuestra lengua, podría traducirse textualmente como: «Te veo, humana. ¡Tuppi vuelve a casa!»; que, en spnaya, significa «adiós».
1 A diferencia de nuestra especie, los spnayas carecen de ojos y oídos, pero pueden percibir los sonidos graves y al resto de individuos por medio de sus propios cuerpos.
2 Los spnayas pueden alcanzar los cuatro metros de altura en la adultez. En muy raros cazos exceden dichas dimensiones; sin embargo, existen registros de especímenes de hasta siete metros.
Marel Alfaro Zúniga (1989). Nacido en San Pedro Sula, Cortés; Honduras. Docente de Ciencias Sociales y Ciencias Naturales. Consultor independiente y asesor metodológico a nivel de tesis. Editor y corrector ortotipográfico. Ilustrador autodidacta. Autor de «Hacia el Espacio: Quince crónicas sobre el nacimiento del Nuevo Orden y la Revolución Galáctica” (2020); «Breviario de lo irreverente» (2022); antologado en «Tercer encuentro de minificción Centroamericana antología» (2023) y «Antología de minificción: El Albatros» Editorial Micromundos (2024); prologuista en «Latinoaméricaeditada: no disponible en su región» Editorial Tríada (2024). Su más reciente trabajo, «Inerme en la ciudad y otras minificciones científicas», publicado por Editorial La Chifurnia (2025). Actualmente reside en El Progreso, Yoro; Honduras.
Héroes decadentes II: la novela
(Novela bilingüe por entregas. ESP/EN)
Por Howard Murcia y Francesco Vitola Rognini.
Ser plural como el universo.
Fernando Pessoa.
Prólogo
El lunes amaneció sin nubes. Eso fue lo primero que notó Aurelio antes de subir al árbol: un cielo demasiado limpio, sin nubes. Tomó el machete. Revisó dos veces el nudo de la cuerda de seguridad.
El árbol era un almendro viejo que llevaba años rastrillando sus ramas torcidas contra el muro del fondo. Además, estaba plagado de comején. Las termitas habían hecho metástasis, por lo que además de la poda era necesario aplicar gasolina en las partes invadidas por los insectos.
Aurelio subió despacio. A los cincuenta y seis años no había otro modo de hacerlo. Ponía el pie, buscaba la rama, desplazaba el peso. Llegó a unos ocho metros de altura. Desde ahí la vista cambiaba: los techos de las casas vecinas, una piscina de agua verdosa, una antena oxidada, el cadáver de una paloma disecada por el sol, en el tejado vecino. El viento olía distinto también, olía a libertad, a monte.
Empezó por las ramas secundarias. Una a una dejó caer las tres ramas. Abajo, su ayudante, iba picando y apilándolas. Se desplazó hacia el otro extremo del árbol, donde había que pisar con cuidado por el comején. Encontró la rama que frotaba el muro como uñas largas en un espejo. Calculó el corte. Ajustó la posición del cuerpo.
Lo que pasó después ocurrió en menos de dos segundos. La rama no cayó, sino que hizo un movimiento pendular y lo golpeó en el pecho, arrojándolo fuera de su zona segura. La cuerda se quebró con un sonoro chasquido de latigazo. Néstor cayó rebotando de una rama a otra, y finalmente, contra el suelo del jardín.
Desde abajo, tumbado de espaldas, Néstor contempló el cielo sin nubes, seguía ahí, inmutable, sin la menor consideración por lo que acababa de ocurrir. Su ayudante, metido en su campo visual, le hablaba, pero la voz le llegaba en sordina. No sentía dolor, el cuerpo aún no lo registraba. Intentó mover la mano derecha, pero no pudo. Intentó llamar, pero no escuchó su propia voz. Entonces una sensación, somnolencia quizás, empezó a nublar los bordes del campo visual y fue cerrándose despacio hacia el centro. Y en medio de aquella oscuridad, un túnel de luz por el que se acercaba alguien en sandalias, con toga blanca y una barba larguísima. Pero no eran sandalias normales. Tenían algo en los costados —unos apéndices pequeños, como alas de pollo BBQ—. Las sandalias levitaban sobre el suelo, pero parecían caminar silenciosamente sobre una pista invisible. El hombre que llevaba las sandalias era delgado, de mediana estatura, con una túnica corta que en otro contexto habría parecido un disfraz. Llevaba en la mano izquierda una tablilla de arcilla. En la derecha, un punzón. Tenía expresión de funcionario indiferente a todo.
—¿Estoy muerto? —preguntó Néstor.
El hombre consultó la tablilla.
—Esa pregunta de naturaleza administrativa está fuera de mi jurisdicción.
—¿Y qué jurisdicción tiene usted?
—Traslados. —Hizo una pausa. Anotó algo con el punzón.— Soy el responsable de llevarlo del punto A al punto B. Lo que ocurra en el punto B no depende de mí.
—¿Cuál es el punto B?
—No se proporciona esa información de antemano. Forma parte del procedimiento.
Néstor miró alrededor. El espacio era oscuro en todas las direcciones, sin horizonte, sin referencia de distancia.
—¿Y si no quiero ir?
El hombre lo miró por primera vez con algo parecido al interés.
—En mis años de servicio —dijo— nadie me había hecho esa pregunta.
—¿Y cuál sería la respuesta?
—Aquí no existe voluntad ni libre albedrío.
Hizo un gesto burocrático con la mano libre, y el espacio-tiempo empezó a cambiar. Nestor sintió que le movían el piso.
—¿Cómo se llama usted? —alcanzó a preguntar al hombre que iba varios pasos adelante.
—Hermes —dijo, sin voltearse—.
DECADENT HEROES II: THE NOVEL
(Serialized Bilingual novel)
By Howard Murcia and Francesco Vitola Rognini.
To be plural like the universe.
Fernando Pessoa.
Prologue
Monday arrived without clouds. That was the first thing Néstor noticed before climbing the tree: a sky too clean, without a single cloud. He picked up the machete. He checked the safety rope knot twice.
The tree was an old almond that had spent years dragging its twisted branches against the back wall. It was also riddled with termites. The infestation had metastasized, so in addition to the pruning it would be necessary to treat the affected sections with gasoline. Néstor climbed slowly. At fifty-six there was no other way to do it. He set his foot, found the branch, shifted his weight. He reached about eight meters up. From there the view changed: the rooftops of neighboring houses, a pool of greenish water, a rusted antenna, the carcass of a pigeon mummified by the sun on the roof next door. The wind smelled different too — it smelled of open country, of freedom.
He started with the secondary branches. One by one he let the three branches fall. Below, his assistant went about chopping them up and stacking them. He moved toward the far end of the tree, where the termite damage made every step uncertain. He found the branch that scraped the wall like long fingernails on glass. He calculated the cut. He adjusted his position.
What happened next took less than two seconds. The branch didn’t fall — it swung like a pendulum and caught him in the chest, throwing him clear of his safe zone. The rope snapped with a crack like a whip. Néstor fell, bouncing from branch to branch, and finally hit the garden floor.
From below, flat on his back, Néstor looked up at the cloudless sky. It was still there, unchanged, without the slightest regard for what had just happened. His assistant stood in his field of vision, talking, but the voice reached him muffled, as if from underwater. He felt no pain — his body hadn’t registered it yet. He tried to move his right hand but couldn’t. He tried to call out but heard nothing come from his own mouth. Then a kind of drowsiness began to blur the edges of his visual field, closing in slowly toward the center. And in the middle of that darkness, a tunnel of light, and coming through it someone in sandals, in a white toga, with an enormously long beard. But they weren’t ordinary sandals. They had something on the sides — small appendages, like the wings of a BBQ chicken. The sandals hovered just above the ground yet seemed to walk silently along an invisible track. The man wearing them was lean, of medium height, in a short tunic that in any other context would have looked like a costume. In his left hand he carried a clay tablet. In his right, a stylus. His expression was that of a functionary indifferent to everything.
—Am I dead? — Néstor asked.
The man consulted the tablet.
—That question is administrative in nature and falls outside my jurisdiction.
—And what jurisdiction do you have?
—Transfers. — He paused. He wrote something with the stylus. — I am responsible for taking you from point A to point B. What happens at point B is not my concern.
—Which is point B?
—That information is not provided in advance. It’s part of the procedure.
Néstor looked around. The space was dark in every direction, without horizon, without any reference to distance.
—And if I don’t want to go?
The man looked at him for the first time with something resembling interest.
—In my years of service — he said — no one has ever asked me that question.
—And what would the answer be?
—There is no will here. No free will of any kind.
He made a small bureaucratic gesture with his free hand, and space-time began to shift. Néstor felt the ground move under him.
—What is your name? — he managed to ask the man who was already several steps ahead.
—Hermes — he said, without turning around.
El vals de Tolstoi
El pianista Alexander Goldenweiser, en Yásnaia Polania, transcribió las notas del Vals mientras Leon Tolstoi lo interpretaba para él y el compositor Sergei Taneyev. Dicen que esto ocurrió en 1906, muchos años después de que el novelista compusiera la pieza y muchos antes de que apareciera «Infancia», su primera novela.
Esta es la versión que se le adjudica a Goldenweiser:
El otro creador
Por Daniel Maldonado

Es común ver al poeta como una figura que entra en tensa relación con su entorno más inmediato. Se trataría de una figura problemática, tenida por incómoda o hasta innecesaria. Antes que ajustarse a lo que es; antes que seguir a pie juntillas los lineamientos impuestos por la lógica de turno, el poeta incordia, revira, reconfigura. Su rol —si posee alguno— no se diferenciaría del que desempeña el filósofo. El filósofo no sólo interpreta la realidad, la cuestiona. O mejor sería decir que cuestiona los valores acuñados y asumidos por los hombres y que circulan dentro del tejido que usualmente identificamos por real. En buena medida, lo que pone en suspenso es el conjunto de convenciones que dan rostro a lo que, de suyo, no lo posee: la realidad.
El poeta y el filósofo interactúan con la realidad; captan sus murmullos y fulgores. Todavía más: perciben lo que se halla detrás de lo consagrado como lugar común; lo que se esconde detrás del velo.
Para María Zambrano, la poesía y el pensamiento son las vías a través de las cuales el ente humano se aproxima a lo que está oculto. Sólo en tal sentido son cercanos los caminos del poeta y del filósofo. De hecho, uno y otro se distancian en función de la naturaleza de sus exploraciones: la del filósofo está marcada por la violencia que ha supuesto el haber sido removido del mundo de las apariencias; la del poeta, por la contemplación asombrada del ser encerrado en cada objeto que colma el mundo. Escribe Zambrano: “La filosofía es un éxtasis fracasado por un desgarramiento. […] no todos fueron por el camino de la verdad trabajosa y quedaron aferrados a lo presente e inmediato, a lo que regala su presencia y dona su figura, a lo que tiembla de tan cercano; ellos [los poetas] no sintieron violencia alguna o quizá no […] esa forma de violencia, no se lanzaron a buscar el trasunto ideal [como los filósofos]. Fieles a las cosas, fieles a su primitiva admiración extática, no se decidieron jamás a desgarrarla; no pudieron, porque la cosa misma se había fijado ya en ellos, estaba impresa en su interior. Lo que el filósofo perseguía lo tenía ya dentro de sí en cierto modo, el poeta; de cierto modo, sí, de qué diferente manera” (Zambrano, Filosofía y poesía, 18).
Más allá de que poeta y filósofo sean entidades percipientes, su abordaje de la realidad los coloca en miradores distintos. Cabría decir, incluso, que mientras el filósofo observa, el poeta contempla. Ocurre así en tanto que el poeta no busca lo que el filósofo, porque lo que éste busca ha sido inscrito (gratuitamente) en el interior de aquél. Lo que motiva la búsqueda del filósofo, el poeta lo posee en tanto don. El desgarramiento que moviliza la acción filosófica, un desgarramiento que es fruto de un acto de violencia, se traduce en el poeta como sensibilidad herida; el que asume que la palabra es menos medio que fin, guarda en su interior la marca de una percepción trascendente: “El poeta no renuncia ni apenas busca, porque tiene. Tiene por lo pronto lo que ante sí, ante sus ojos, oídos y tacto, aparece; tiene lo que mira y escucha, lo que toca, pero también lo que aparece en sus sueños, y sus propios fantasmas interiores mezclados en tal forma con los otros, con los que vagan fuera, que juntos forman un mundo abierto donde todo es posible” (Zambrano, Op. Cit., 19).
El poeta hace de su cuerpo, de su carne, un dispositivo de captación de los estímulos que ofrece lo que se oculta detrás de lo real. Su sensibilidad se alimenta de lo que su piel, su vista y su escucha le tributan; es fruto de la gracia, del don. Es, además, testimonio de la presencia de Otro, porque sólo ese Otro capta en su unidad la multiplicidad del mundo. Otra vez: el filósofo sale en busca de la unidad que supone oculta detrás de lo aparente; el poeta, por el contrario, reconoce en la heterogeneidad de las cosas aparentes la unidad extraviada, la que sólo se revela mediante la gracia.
Una entrevista de Jiménez del Oso a Erik von Daniken
¡Recordad a los muertos!, ordenó un moribundo de los relatos de Erik von Daniken. Luego, ese mismo moribundo, sin la naturalidad del que agoniza, discurre en torno al efecto irradiador de vida que tiene el recuerdo para el recordado y concluye que, luego de un tiempo, es mejor que lo olviden de la misma forma que a los aparatos milenarios que reposan en los museos erigidos a base de expolios y narraciones imperiales (es decir, las justificaciones de los despojos y los conquistadores).
Queremos recordar a este reciente fallecido, uno de los primeros de este año, tan extraño. Que descanse en paz, Erik von Daniken:
Camaleónica migración a la calle Crítica Garibaldi. Escrito por Príncipe Yoga

¡Bien! al ciempiés silencioso en la escuela impulsando los huevos placenteros que se derrumbaron
No tocar por el bien la guitarra en la escuela impulsiva superficialmente excesiva con muchas mujeres
Escalofriantes huevos amarillos asimilándo anguilas ciempiés en una habitación blanca de maestras
Turnos de jerarquías sodomizan distintos placeres para la majestuosa habitación de las risas
Dormí en la escuela de almas hasta que se derrumbaron las amuralladas ciudades del corazón
Iría en mucho en el instante de eso aquello
del desajusteme distrae una por una desunión
ya perdido, ya cae y rascas resbalas, “No hay humor en el siglo XXI”
Dislocada en la razón se me quitó vestido de piel al andar con cada paso logro que tengo poco
Hay, Hoy te digo que lo siento por la muerte demolida en todo lo que es bello, es doloroso en los ojos… ante el Tribunal de los Demonios, El ojo de acero de Las Niñas de Hierro en el Infierno que Las Serpientes ahogaron con los guantes de zorro. Camisas rojas de la biología.
En la majestuosa habitación de las risas, The Lola´s Vergas Big Band… Bukkake Comunista, y te veo, te Teo, tan Harcore como el Futurismo Soviético… En la miseria de plástico sucio valor de la esencia, que pueda pagar la ausencia del brillo y el lujo de lo encendido en el supermercado divino, con los videos porno de Zeus con Afrodita, un té verde -entre líneas-, un té verde chino…
Un abrigo de plástico limpio… Soberbio valor de la esencia.
Un abrigo de trabajo limpio es tener una casa donde pueda tener miedo
En la Fiesta de Darwin soy un orgulloso encubierto.
Mis amigos son mis enemigos injustificando el exceso del tiempo deformado…
El Sello Idiota Hongo del Divorcio… Cuando comió con la Lana del Rey de los Padres…, ya como qué cuando por qué no sí se es lo que cómo el dislocado del ser hasta cuando porque no sé como cuando ella sé no sé sí por qué cómo por qué no es cuándo cómo él desde mi cuarto, desde mi 3/4. Adiós. No sé, qué comparé, que compare…
Contando las Majestuosas Venus con uniformes lamidos de estampillas y fotos congeladas de deportistas
En la majestuosa habitación de las risas…
ArtVa 2025, Mundos Próximos Un paseo por la línea y el color.
Por: Julián Gómez Marbello
Escritor, Columnista y Crítico de Arte

Directora de Artva Tannia Durán y César González, Curador de Artva, junto con el equipo de voluntarios de gestión cultural de la universidad Nacional Sede la Paz, Cesar.
César
Detrás, La Obra, Gonawindúa, del Artista Perkys.
Cuando un grupo de amigos del arte, liderados por la Escritora y Gestora Cultural Tannia Durán Quintero, (Directiva del Colectivo Cultural del Cesar), deciden organizar una feria de arte en la ciudad de Valledupar, el resultado no podía ser otra cosa que un acto de belleza. ARTVA, una experiencia poética y visual, la Feria de arte de Valledupar, en alianza con el diario el Pilón, y el MAV, Museo de Artes de Valledupar; Es un evento hecho a mano, con toda la inteligencia natural y atípico en sus particularidades, por ende difícil de comparar, (comenzando por la falta de recursos y apoyo institucional, que como ustedes saben, sólo se ve en las fotografías y en la prensa local, con el descaro del que no ha puesto para la botella y de ñapa invita a un desconocido a parrandear), nunca uno logra dimensionar, los retos y travesías que tras bambalinas se sortean, a uno no le pasa ni un trazo por la cabeza, los avatares, las dificultades y demás triquiñuelas que siempre pasan. El genio tiene sin duda sus amigos, pero los enemigos nunca faltan. La feria abrió con total éxito sus salas a más de 2500 visitantes del 27 de noviembre al 03 de diciembre, cerrando con broche de oro la agenda cultural 2025 de la ciudad de los Santos Reyes, con uno de los eventos con más proyección financiera después del festival de la leyenda Vallenata.
Sobre la curaduría ArtVa, Mundos-Próximos, 2025, como poéticamente dio nombre a la segunda versión de la feria el Poeta, Crítico de Arte, Cofundador de la Feria y además su Curador desde la primera versión, César González, asumiendo con la mayor sensibilidad y respeto por el arte, una tarea nada fácil, como lo es, dignificar el oficio del artista plástico, la obra y por consiguiente, sus exponentes, los y las artistas más importantes de la ciudad y la región; también a quienes apenas buscan su lugar en la escena en este largo y culebrero camino de la plástica, donde casi siempre son relegados por las dinámicas culturales, ejercidas por las administraciones de turno, dicho sea de paso, la labor curatorial ha sido de las más cuidadas que he visto en términos de feria.
Formación de públicos
Valledupar fue testigo de un despliegue de exposiciones nunca antes visto, muchos de los artistas invitados a la feria nunca habían expuesto sus obras en la ciudad, los asistentes a las salas distribuidas en el centro histórico y sus alrededores, con más de nueve salas, entre principales y satélites, pudieron disfrutar de muestras de alto nivel. La sala, “El Corazón del Mundo”, ubicada en la Casa Castro, frente a la plaza Alfonso López, albergó obras de artistas con trayectoria, colecciones privadas y galerías, además de algunos trabajos para resaltar, como lo fueron algunas de las nuevas promesas del arte en el Caribe Colombiano, entre Ellos figuran los nombres de Edgar Mendoza, Carlos Gutierrez, Egling Meriño, Gabriela Egurrola, Diana Durán, y Perkys; Al otro lado del corazón del mundo, te encontrabas con pinturas de maestros de trayectoria, como, Chicho Ruíz, Ángel Almendrales, Donaldo Maestre, Alejandro Marrugo, Eduard Martínez, José Aníbal Moya, Leonel Montes de Oca. Otra de las salas principales y más visitadas, fue la sala de Fotografía, ubicada en la Academia de la historia del Cesar. La instalación fotográfica de Werlly Aarón Ovalle, una investigación sobre la borra del café, muy bien recibida entre los asistentes, ni hablar del salón contiguo, las fotografías de Jorge Serrano, con la serie, “Invisibles”, Milagro Castro, con su impactante trabajo de sombras y texturas, y Daniela Mosquera, con una visión popular del dolor y la belleza que logró conmover a más de un visitante; trabajos bien logrados que invitan al despertar, que evocan el asombro, la sensibilidad por la fotografía, un tanto olvidada ya por los Vallenatos, volvió con la feria a ser protagonista. Por otra parte, una de las salas con más concurrencia fue la dedicada a mujeres, la sala “Mundos Próximos” en femenino. Ubicada en los callejones del viejo Valledupar, Casa de Encuentros, con el plus curatorial llevado a cabo por Yarime Lobo Baute, artista plástica que en el marco del quinto Empoderarte sumó toda su experiencia y creatividad a la feria, tejiendo lazos y dialogando con algunas de las artistas plásticas de más trayectoria en la región, como lo son: Elsa Palmera, Shirley Cabana, Marianne Sagbinni.
Después de un tinto de verano, entre los mares de Elsa Palmera y Las Cabañuelas de Yarime Lobo Baute, nos fuimos a la Alianza Francesa, a la sala de arte animado, Animes, algunos Comics, una de las salas satélites más atrevidas y que da muestra de la versatilidad curatorial y la inclusión del joven y fresco talento local. La obra de Jasi Calderón, fue la encargada de deleitar a los asistentes con esta muestra llena de mucho dibujo, movimiento, grafito y color. Después de todo este mundo animado, pasamos por café MI Nona, también sala satélite, donde el color, los paisajes, las flores de Cañaguates del Turri Molina fueron protagonistas. Después del café y la floritura del color del maestro Molina, pasamos a la casa de la cultura, una sala Excelsa, con una inversión amplia, prestada a exhibir parte del trabajo de Jaime Molina, célebre caricaturista del caribe colombiano y amigo del gran compositor, Rafael Escalona; un poco cansado de la anécdota y la tibieza de la época retratada, me encaminé al Hotel Sicarare, en la entrada de la sala de ejecutivos, Kajuma, una retrospectiva y más que merecida muestra, una de las obras más arriesgadas y controversiales entre todo lo que pude observar, Carlos Julio Márquez, Kajuma, de entrada, sus musas, mujeres coloridas, escamadas, perdí el sueño y ganó el color, caminé hacia el bar del hotel, pedí un trago de OldPar a las rocas, y me quedé pensando en una de sus pinturas, una mujer desnuda se peina en el tocador, el reflejo de su bello rostro en el espejo, y un Caporo verde, tornasolado trepa su espalda… después de otro trago, que bajó con más suavidad que el primero, me pregunté: ¿y para qué estas cosas, y para qué el arte?
BibliófilosSV: un podcast de libros

BibliófilosSV es un espacio en donde se dialoga y reflexiona en torno a libros, ya sea con quienes los escriben como con personas que se ocupan de la crítica. Es un podcast dirigido y conducido por el escritor salvadoreño Ricardo Hernández Pereira. Además de darnos una panorámica de lo que se escribe en el istmo y, en especial, en El Salvador, nos abre la posibilidad de rastrear tradiciones críticas, de lecturas y escrituras en Centroamérica.
Acá podrán escuchar los diferentes episodios:
https://www.youtube.com/@ricardooctubrerojo
Sancocho western: Tierra de nadie.(Quinta entrega)
Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar
Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.
Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!
La vorágine. José Eustasio Rivera.
La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.
Los pasos perdidos. Alejo Carpentier
Alimento para las tramochas
Por: Francesco Vitola Rognini

Salieron del pueblo sin mayor contratiempo. Extrañamente, nadie los persiguió, pero a la media noche, en el descampado donde dormían, recibieron una visita inesperada. Bajo las mantas de lana, los forasteros empuñaron sus armas y esperaron a que los dos jinetes se pusieran al tiro; uno de ellos iba afeitado al ras y cabalgaba en una montura decorada con platería, el otro, con sombrero de bombín y porte de tinterillo, era poseedor de un canoso bigote de cepillo. Este último procedió a expresar sus intenciones:
—Buenas noches y disculpen las molestias. Mi patrón vio cómo manejaron la tensa situación de la cantina; él necesita hombres como ustedes en su ingenio azucarero. Y para que tomen su propuesta en serio les ofrece esto.
El hombrecillo dejó caer junto al fuego una bolsa de cuero repleta de monedas de oro. Al pícaro le brillaron los ojos cuando la abrió, pero el barbudo tomó la palabra, simulando desinterés:
—¿Qué clase de trabajo es? Nosotros llevamos otro rumbo.
—En vista de que Reinaldo y sus hombres perdieron toda autoridad, el patrón ha decidido reemplazarlos. Ustedes son la opción más lógica, teniendo en cuenta sus habilidades.
—¿La paga es buena?
—Ustedes ponen el precio.
—¿Y cómo se llama tu patrón?
—Soy Hermes Diaz, y me conocen como el «Gato Salvaje» —dijo el elegante caballero desde su majestuosa montura— me servirían un par de capataces como ustedes en mis plantaciones, tengo varios rebeldes entre mis cortadores de caña.
—¿Por cuánto tiempo sería? Tenemos objetivos que cumplir.
—Puedo ofrecerles un puesto permanente, el sueldo que ustedes estipulen, e incluso, algunas escrituras de tierras fértiles. Ahora, si solo pueden quedarse una temporada, les puedo pagar algo adicional por entrenar a mis mejores muchachos.
—Podemos quedarnos cuatro semanas, no más. Si le sirve, nosotros aceptaríamos todos sus ofrecimientos. El sueldo lo definimos luego, cuando hagamos el diagnóstico del problema.
—Me conformo con eso por ahora. Si gustan, acompáñenos a la hacienda y los acomodamos de inmediato. Ya podrán dormir en el suelo cuando retomen su viaje.
Los jinetes estudiaron a los extranjeros mientras estos ensillaban sus caballos, subían los baúles y víveres a las mulas. Los italianos intercambiaron una mirada escéptica, la última vez que alguien se portó tan bien con ellos terminaron encerrados en una mazmorra construida originalmente por la Santa Inquisición. Sin embargo, la vida también les había enseñado a ser receptivo a las ofertas jugosas, de hecho, si ahora podían viajar más lejos de lo que nunca creyeron posible, era gracias al financiamiento de un multimillonario sudafricano.
En cuanto llegaron a la Hacienda Feraz, los condujeron a las casas de huéspedes, donde un par de jóvenes morenas de sonrisa inmaculada los guiaron hasta sus recámaras, ahí les sirvieron brandy, les prepararon las tinas para el baño y les ayudaron a restregarse. Luego se vistieron de lino y los llevaron a cenar con «Don Gato Salvaje», como las muchachas le decían cariñosamente. Los huéspedes atacaron la comida como los hombres de las cavernas que seguían siendo, a pesar de los milenios de condicionamiento sociocultural. Devoraron el sancocho trifásico ante la mirada divertida de Hermes Diaz, que asociaba la voracidad con el temperamento. Tras los platos de sopa llegó el manjar predilecto del jefe: cabrito asado. La bandeja de plata nacional contenía presas bronceadas por las caricias de la brasa, y venía acompañada con una fuente de porcelana repleta de tubérculos y maíces multicolores.
Tras la cena, «Gato Salvaje» los invitó a tomar ron de caña en la terraza de la hacienda, donde charlaron sobre los detalles del contrato hasta bien entrada la madrugada. Cuando lo consideró oportuno, convocó a las somnolientas morenas para que llevasen a los invitados de vuelta a sus aposentos. La hacienda era rústica, pero cada rincón y pasadizo tenía soberbios detalles decorativos, por ahí un jarrón chino, por acá un aljibe con peces japoneses, un poco más allá, una cabeza de jirafa disecada. A los extranjeros les importaban poco esos lujos, ellos eran más de apreciar la belleza humana, por ejemplo, las sonrisas y las caderas de las morenas que los acompañaban. Las muchachas se complacían de sus atenciones con disimulo.





