Una entrevista de Jiménez del Oso a Erik von Daniken
¡Recordad a los muertos!, ordenó un moribundo de los relatos de Erik von Daniken. Luego, ese mismo moribundo, sin la naturalidad del que agoniza, discurre en torno al efecto irradiador de vida que tiene el recuerdo para el recordado y concluye que, luego de un tiempo, es mejor que lo olviden de la misma forma que a los aparatos milenarios que reposan en los museos erigidos a base de expolios y narraciones imperiales (es decir, las justificaciones de los despojos y los conquistadores).
Queremos recordar a este reciente fallecido, uno de los primeros de este año, tan extraño. Que descanse en paz, Erik von Daniken:
Camaleónica migración a la calle Crítica Garibaldi. Escrito por Príncipe Yoga

¡Bien! al ciempiés silencioso en la escuela impulsando los huevos placenteros que se derrumbaron
No tocar por el bien la guitarra en la escuela impulsiva superficialmente excesiva con muchas mujeres
Escalofriantes huevos amarillos asimilándo anguilas ciempiés en una habitación blanca de maestras
Turnos de jerarquías sodomizan distintos placeres para la majestuosa habitación de las risas
Dormí en la escuela de almas hasta que se derrumbaron las amuralladas ciudades del corazón
Iría en mucho en el instante de eso aquello
del desajusteme distrae una por una desunión
ya perdido, ya cae y rascas resbalas, “No hay humor en el siglo XXI”
Dislocada en la razón se me quitó vestido de piel al andar con cada paso logro que tengo poco
Hay, Hoy te digo que lo siento por la muerte demolida en todo lo que es bello, es doloroso en los ojos… ante el Tribunal de los Demonios, El ojo de acero de Las Niñas de Hierro en el Infierno que Las Serpientes ahogaron con los guantes de zorro. Camisas rojas de la biología.
En la majestuosa habitación de las risas, The Lola´s Vergas Big Band… Bukkake Comunista, y te veo, te Teo, tan Harcore como el Futurismo Soviético… En la miseria de plástico sucio valor de la esencia, que pueda pagar la ausencia del brillo y el lujo de lo encendido en el supermercado divino, con los videos porno de Zeus con Afrodita, un té verde -entre líneas-, un té verde chino…
Un abrigo de plástico limpio… Soberbio valor de la esencia.
Un abrigo de trabajo limpio es tener una casa donde pueda tener miedo
En la Fiesta de Darwin soy un orgulloso encubierto.
Mis amigos son mis enemigos injustificando el exceso del tiempo deformado…
El Sello Idiota Hongo del Divorcio… Cuando comió con la Lana del Rey de los Padres…, ya como qué cuando por qué no sí se es lo que cómo el dislocado del ser hasta cuando porque no sé como cuando ella sé no sé sí por qué cómo por qué no es cuándo cómo él desde mi cuarto, desde mi 3/4. Adiós. No sé, qué comparé, que compare…
Contando las Majestuosas Venus con uniformes lamidos de estampillas y fotos congeladas de deportistas
En la majestuosa habitación de las risas…
ArtVa 2025, Mundos Próximos Un paseo por la línea y el color.
Por: Julián Gómez Marbello
Escritor, Columnista y Crítico de Arte

Directora de Artva Tannia Durán y César González, Curador de Artva, junto con el equipo de voluntarios de gestión cultural de la universidad Nacional Sede la Paz, Cesar.
César
Detrás, La Obra, Gonawindúa, del Artista Perkys.
Cuando un grupo de amigos del arte, liderados por la Escritora y Gestora Cultural Tannia Durán Quintero, (Directiva del Colectivo Cultural del Cesar), deciden organizar una feria de arte en la ciudad de Valledupar, el resultado no podía ser otra cosa que un acto de belleza. ARTVA, una experiencia poética y visual, la Feria de arte de Valledupar, en alianza con el diario el Pilón, y el MAV, Museo de Artes de Valledupar; Es un evento hecho a mano, con toda la inteligencia natural y atípico en sus particularidades, por ende difícil de comparar, (comenzando por la falta de recursos y apoyo institucional, que como ustedes saben, sólo se ve en las fotografías y en la prensa local, con el descaro del que no ha puesto para la botella y de ñapa invita a un desconocido a parrandear), nunca uno logra dimensionar, los retos y travesías que tras bambalinas se sortean, a uno no le pasa ni un trazo por la cabeza, los avatares, las dificultades y demás triquiñuelas que siempre pasan. El genio tiene sin duda sus amigos, pero los enemigos nunca faltan. La feria abrió con total éxito sus salas a más de 2500 visitantes del 27 de noviembre al 03 de diciembre, cerrando con broche de oro la agenda cultural 2025 de la ciudad de los Santos Reyes, con uno de los eventos con más proyección financiera después del festival de la leyenda Vallenata.
Sobre la curaduría ArtVa, Mundos-Próximos, 2025, como poéticamente dio nombre a la segunda versión de la feria el Poeta, Crítico de Arte, Cofundador de la Feria y además su Curador desde la primera versión, César González, asumiendo con la mayor sensibilidad y respeto por el arte, una tarea nada fácil, como lo es, dignificar el oficio del artista plástico, la obra y por consiguiente, sus exponentes, los y las artistas más importantes de la ciudad y la región; también a quienes apenas buscan su lugar en la escena en este largo y culebrero camino de la plástica, donde casi siempre son relegados por las dinámicas culturales, ejercidas por las administraciones de turno, dicho sea de paso, la labor curatorial ha sido de las más cuidadas que he visto en términos de feria.
Formación de públicos
Valledupar fue testigo de un despliegue de exposiciones nunca antes visto, muchos de los artistas invitados a la feria nunca habían expuesto sus obras en la ciudad, los asistentes a las salas distribuidas en el centro histórico y sus alrededores, con más de nueve salas, entre principales y satélites, pudieron disfrutar de muestras de alto nivel. La sala, “El Corazón del Mundo”, ubicada en la Casa Castro, frente a la plaza Alfonso López, albergó obras de artistas con trayectoria, colecciones privadas y galerías, además de algunos trabajos para resaltar, como lo fueron algunas de las nuevas promesas del arte en el Caribe Colombiano, entre Ellos figuran los nombres de Edgar Mendoza, Carlos Gutierrez, Egling Meriño, Gabriela Egurrola, Diana Durán, y Perkys; Al otro lado del corazón del mundo, te encontrabas con pinturas de maestros de trayectoria, como, Chicho Ruíz, Ángel Almendrales, Donaldo Maestre, Alejandro Marrugo, Eduard Martínez, José Aníbal Moya, Leonel Montes de Oca. Otra de las salas principales y más visitadas, fue la sala de Fotografía, ubicada en la Academia de la historia del Cesar. La instalación fotográfica de Werlly Aarón Ovalle, una investigación sobre la borra del café, muy bien recibida entre los asistentes, ni hablar del salón contiguo, las fotografías de Jorge Serrano, con la serie, “Invisibles”, Milagro Castro, con su impactante trabajo de sombras y texturas, y Daniela Mosquera, con una visión popular del dolor y la belleza que logró conmover a más de un visitante; trabajos bien logrados que invitan al despertar, que evocan el asombro, la sensibilidad por la fotografía, un tanto olvidada ya por los Vallenatos, volvió con la feria a ser protagonista. Por otra parte, una de las salas con más concurrencia fue la dedicada a mujeres, la sala “Mundos Próximos” en femenino. Ubicada en los callejones del viejo Valledupar, Casa de Encuentros, con el plus curatorial llevado a cabo por Yarime Lobo Baute, artista plástica que en el marco del quinto Empoderarte sumó toda su experiencia y creatividad a la feria, tejiendo lazos y dialogando con algunas de las artistas plásticas de más trayectoria en la región, como lo son: Elsa Palmera, Shirley Cabana, Marianne Sagbinni.
Después de un tinto de verano, entre los mares de Elsa Palmera y Las Cabañuelas de Yarime Lobo Baute, nos fuimos a la Alianza Francesa, a la sala de arte animado, Animes, algunos Comics, una de las salas satélites más atrevidas y que da muestra de la versatilidad curatorial y la inclusión del joven y fresco talento local. La obra de Jasi Calderón, fue la encargada de deleitar a los asistentes con esta muestra llena de mucho dibujo, movimiento, grafito y color. Después de todo este mundo animado, pasamos por café MI Nona, también sala satélite, donde el color, los paisajes, las flores de Cañaguates del Turri Molina fueron protagonistas. Después del café y la floritura del color del maestro Molina, pasamos a la casa de la cultura, una sala Excelsa, con una inversión amplia, prestada a exhibir parte del trabajo de Jaime Molina, célebre caricaturista del caribe colombiano y amigo del gran compositor, Rafael Escalona; un poco cansado de la anécdota y la tibieza de la época retratada, me encaminé al Hotel Sicarare, en la entrada de la sala de ejecutivos, Kajuma, una retrospectiva y más que merecida muestra, una de las obras más arriesgadas y controversiales entre todo lo que pude observar, Carlos Julio Márquez, Kajuma, de entrada, sus musas, mujeres coloridas, escamadas, perdí el sueño y ganó el color, caminé hacia el bar del hotel, pedí un trago de OldPar a las rocas, y me quedé pensando en una de sus pinturas, una mujer desnuda se peina en el tocador, el reflejo de su bello rostro en el espejo, y un Caporo verde, tornasolado trepa su espalda… después de otro trago, que bajó con más suavidad que el primero, me pregunté: ¿y para qué estas cosas, y para qué el arte?
BibliófilosSV: un podcast de libros

BibliófilosSV es un espacio en donde se dialoga y reflexiona en torno a libros, ya sea con quienes los escriben como con personas que se ocupan de la crítica. Es un podcast dirigido y conducido por el escritor salvadoreño Ricardo Hernández Pereira. Además de darnos una panorámica de lo que se escribe en el istmo y, en especial, en El Salvador, nos abre la posibilidad de rastrear tradiciones críticas, de lecturas y escrituras en Centroamérica.
Acá podrán escuchar los diferentes episodios:
https://www.youtube.com/@ricardooctubrerojo
Sancocho western: Tierra de nadie.(Quinta entrega)
Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar
Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.
Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!
La vorágine. José Eustasio Rivera.
La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.
Los pasos perdidos. Alejo Carpentier
Alimento para las tramochas
Por: Francesco Vitola Rognini

Salieron del pueblo sin mayor contratiempo. Extrañamente, nadie los persiguió, pero a la media noche, en el descampado donde dormían, recibieron una visita inesperada. Bajo las mantas de lana, los forasteros empuñaron sus armas y esperaron a que los dos jinetes se pusieran al tiro; uno de ellos iba afeitado al ras y cabalgaba en una montura decorada con platería, el otro, con sombrero de bombín y porte de tinterillo, era poseedor de un canoso bigote de cepillo. Este último procedió a expresar sus intenciones:
—Buenas noches y disculpen las molestias. Mi patrón vio cómo manejaron la tensa situación de la cantina; él necesita hombres como ustedes en su ingenio azucarero. Y para que tomen su propuesta en serio les ofrece esto.
El hombrecillo dejó caer junto al fuego una bolsa de cuero repleta de monedas de oro. Al pícaro le brillaron los ojos cuando la abrió, pero el barbudo tomó la palabra, simulando desinterés:
—¿Qué clase de trabajo es? Nosotros llevamos otro rumbo.
—En vista de que Reinaldo y sus hombres perdieron toda autoridad, el patrón ha decidido reemplazarlos. Ustedes son la opción más lógica, teniendo en cuenta sus habilidades.
—¿La paga es buena?
—Ustedes ponen el precio.
—¿Y cómo se llama tu patrón?
—Soy Hermes Diaz, y me conocen como el «Gato Salvaje» —dijo el elegante caballero desde su majestuosa montura— me servirían un par de capataces como ustedes en mis plantaciones, tengo varios rebeldes entre mis cortadores de caña.
—¿Por cuánto tiempo sería? Tenemos objetivos que cumplir.
—Puedo ofrecerles un puesto permanente, el sueldo que ustedes estipulen, e incluso, algunas escrituras de tierras fértiles. Ahora, si solo pueden quedarse una temporada, les puedo pagar algo adicional por entrenar a mis mejores muchachos.
—Podemos quedarnos cuatro semanas, no más. Si le sirve, nosotros aceptaríamos todos sus ofrecimientos. El sueldo lo definimos luego, cuando hagamos el diagnóstico del problema.
—Me conformo con eso por ahora. Si gustan, acompáñenos a la hacienda y los acomodamos de inmediato. Ya podrán dormir en el suelo cuando retomen su viaje.
Los jinetes estudiaron a los extranjeros mientras estos ensillaban sus caballos, subían los baúles y víveres a las mulas. Los italianos intercambiaron una mirada escéptica, la última vez que alguien se portó tan bien con ellos terminaron encerrados en una mazmorra construida originalmente por la Santa Inquisición. Sin embargo, la vida también les había enseñado a ser receptivo a las ofertas jugosas, de hecho, si ahora podían viajar más lejos de lo que nunca creyeron posible, era gracias al financiamiento de un multimillonario sudafricano.
En cuanto llegaron a la Hacienda Feraz, los condujeron a las casas de huéspedes, donde un par de jóvenes morenas de sonrisa inmaculada los guiaron hasta sus recámaras, ahí les sirvieron brandy, les prepararon las tinas para el baño y les ayudaron a restregarse. Luego se vistieron de lino y los llevaron a cenar con «Don Gato Salvaje», como las muchachas le decían cariñosamente. Los huéspedes atacaron la comida como los hombres de las cavernas que seguían siendo, a pesar de los milenios de condicionamiento sociocultural. Devoraron el sancocho trifásico ante la mirada divertida de Hermes Diaz, que asociaba la voracidad con el temperamento. Tras los platos de sopa llegó el manjar predilecto del jefe: cabrito asado. La bandeja de plata nacional contenía presas bronceadas por las caricias de la brasa, y venía acompañada con una fuente de porcelana repleta de tubérculos y maíces multicolores.
Tras la cena, «Gato Salvaje» los invitó a tomar ron de caña en la terraza de la hacienda, donde charlaron sobre los detalles del contrato hasta bien entrada la madrugada. Cuando lo consideró oportuno, convocó a las somnolientas morenas para que llevasen a los invitados de vuelta a sus aposentos. La hacienda era rústica, pero cada rincón y pasadizo tenía soberbios detalles decorativos, por ahí un jarrón chino, por acá un aljibe con peces japoneses, un poco más allá, una cabeza de jirafa disecada. A los extranjeros les importaban poco esos lujos, ellos eran más de apreciar la belleza humana, por ejemplo, las sonrisas y las caderas de las morenas que los acompañaban. Las muchachas se complacían de sus atenciones con disimulo.
EL «DISCURSO» DE LOS CABELLOS. Por Pier Paolo Pasolini

Traducido por Hugo García Robles
7 de enero de 1973
La primera vez que vi los melenudos fue en Praga. En el hall del hotel donde me alojaba entraron dos jóvenes extranjeros, con los cabellos largos hasta los hombros. Atravesaron el hall, alcan- zaron un ángulo un poco apartado y se sentaron a una mesa. Permanecieron allí sentados durante una media hora, observados por los clientes, entre los cuales me contaba; después se fueron. Sea mientras pasaban a través de la gente reunida en el hall, sea mientras estaban sentados en su rincón apartado, ninguno de los dos dijo una palabra (quizás —aunque no lo recuerdo— se mur- muraron algo entre ellos: pero, supongo, algo estrictamente práctico, inexpresivo).
En efecto, en aquella situación particular —que era completa- mente pública o social, casi estaría por decir oficial— ellos no te- nían ninguna necesidad de hablar. Su silencio era rigurosamente funcional. Y lo era simplemente porque la palabra era superflua. Ambos, en efecto, usaban para comunicarse con los presentes, con los observadores —con sus hermanos de ese momento— un lenguaje diferente al formado con las palabras.
Lo que sustituía el tradicional lenguaje verbal, haciéndolo su- perfluo —y encontrando por lo demás inmediata ubicación en el amplio dominio de los «signos», en el ámbito de la semiología— era el lenguaje de sus cabellos.
Se trataba de un signo único —el largo de sus cabellos cayen- do sobre los hombros— en el que se concentraban todos los signos posibles de un lenguaje articulado. ¿Cuál era el sentido de su mensaje silencioso o exclusivamente físico?
Era éste: «Nosotros somos dos melenudos. Pertenecemos a una nueva categoría humana que está haciendo su aparición en el mundo en estos días, que tiene su centro en América y que en provincia (como un ejemplo —antes que nada y sobre todo— aquí en Praga) es ignorada. Somos, por lo tanto, para ustedes una aparición. Ejercemos nuestro apostolado plenos de un saber que nos colma y nos agota totalmente. No tenemos nada que agregar oral o racionalmente a lo que física y ontológicamente dicen nuestros cabellos. El saber que nos colma, también a causa de nuestro apostolado, pertenecerá un día a ustedes. Por el momen- to es una Novedad, una gran Novedad, que crea en el mundo, con el escándalo, una expectativa: no será traicionada. Los burgueses hacen bien en mirarnos con odio y terror, porque aquello en que consiste el largo de nuestros cabellos los contraría en absoluto. Pero no nos consideren gente mal educada y salvaje: somos conscientes de nuestra responsabilidad. Nosotros no los miramos, nos atenemos a nosotros. Hagan lo mismo ustedes y esperen los acontecimientos».
Yo fui el destinatario de esta comunicación y pronto estuve en situación de descifrarla: aquel lenguaje falto de léxico, de gramá- tica y de sintaxis podía ser aprendido de inmediato, porque, se- miológicamente hablando, no era más que una forma de aquel «lenguaje de la presencia física» que siempre estuvieron los hom- bres en situación de usar.
Comprendí y experimenté una antipatía inmediata por los dos.
Luego tuve que tragarme la antipatía y defender a los melenu- dos de los ataques de la policía y de los fascistas: estuve, por principio, de parte de Living Theatre, de los Beats, etc.; y el principio que me hacía estar de su parte era un principio rigurosamente democrático.
Los melenudos se volvieron numerosos —como los primeros cristianos—, pero continuaban siendo misteriosamente silencio- sos; sus cabellos largos eran su único y verdadero lenguaje y po- co importaba agregarle otro. Su lenguaje coincidía con su ser. La inefabilidad era el ars retorica de su protesta.
¿Qué decían, con su lenguaje inarticulado que consistía en el signo monolítico de sus cabellos, los melenudos hacia 1966-1967?
Decían: «La civilización del consumo nos ha nauseado. Pro- testamos de manera radical. Creamos un anticuerpo contra tal civilización mediante el rechazo. Todo parecía andar bien, ¿ver- dad? ¿Nuestra generación debía ser una generación de integrados? Y vean en cambio como son las cosas realmente. Oponemos la locura a un destino de “ejecutivos”. Creamos nuevos valores religiosos en la entropía burguesa, precisamente en el momento que se estaba volviendo laica y hedonística. Lo hacemos con un clamor y una violencia revolucionaria (¿violencia de los no violentos?) porque nuestra crítica a la sociedad actual es total e intransigente».
No creo que, interrogados según el sistema tradicional del lenguaje verbal, ellos hubieran sido capaces de expresar de mane- ra tan articulada el tema de sus cabellos; pero en sustancia era es- to lo que decían. En cuanto a mí, aunque sospechase desde en- tonces que su «sistema de signos» fuese producto de una subcul- tura de protesta que se oponía a una subcultura de poder, que su revolución no marxista fuese sospechosa, continué por un tiempo de su parte, asumiéndolos al menos en el elemento anárquico de mi ideología.
El lenguaje de estos cabellos, aunque inefablemente, expresaba «cosas» de Izquierda. Más bien de la Nueva Izquierda, nacida dentro del universo burgués (en una dialéctica creada quizás artificialmente por la Mente que regula, más allá de la conciencia de los Poderes particulares e históricos, el destino de la Burguesía).
Llega 1968. Los melenudos fueron absorbidos por el Movimiento Estudiantil; se agitaron con las banderas rojas sobre las barricadas. Su lenguaje expresaba cada vez más «cosas» de Iz- quierda. (Che Guevara era melenudo, etc.)
En 1969 —con los atentados de Milán, la Mafia, la trama ne- gra, los provocadores— los melenudos se habían difundido ex- tensamente: si bien no eran todavía la mayoría desde un punto de vista numérico, lo eran en cambio por el peso ideológico que habían alcanzado. Ahora los melenudos no eran más silenciosos: no delegaban al sistema de signos de sus cabellos la totalidad de su capacidad comunicativa y expresiva. Por el contrario, la presencia física de los cabellos había sido desplazada, en cierto modo, a una función distintiva. Había vuelto a funcionar el uso tradicional del lenguaje verbal. Y no digo verbal por puro accidente. Por el contrario, lo subrayo. Se ha hablado tanto desde el 68 al 70, tanto que, por un buen rato, no podrá hablarse más: se ha consagrado el verbalismo, y el verbalismo ha sido la nueva ars retorica de la revolución (izquierdismo, enfermedad verbal del marxismo).
Aunque los cabellos —absorbidos en la furia verbal— no hablaban más autónomamente a los destinatarios trastornados, yo encontré de todas formas la fuerza para aguzar mi capacidad decodificadora y, en medio del ruido, traté de prestar atención al discurso silencioso, evidentemente no interrumpido de aquellos cabellos siempre más largos.
¿Qué decían ellos ahora? Decían: «Sí, es cierto, hablamos cosas de la Izquierda; nuestro sentido —bien que puramente sus- tentado en el sentido de los mensajes verbales— es un sentido de izquierda… pero… pero…».
El discurso de los cabellos largos se detenía aquí: lo debía completar por mí mismo. Con aquel «pero» querían decir evidentemente dos cosas: 1) «Nuestra inefabilidad se revela cada vez más de tipo irracional y pragmático: la preeminencia que nosotros atribuimos silenciosamente a la acción es de carácter subcultural y, por lo tanto, sustancialmente de derecha.» 2) «Hemos si- do adoptados también por los provocadores fascistas; que se mezclan con los revolucionarios verbales (el verbalismo puede llevar hasta la acción, sobre todo cuando la mitifica): y constituimos una máscara perfecta, no sólo desde el punto de vista físico —nuestro desordenado fluir y ondear tiende a homologar todas las caras— sino también desde el punto de vista cultural: en efecto, una subcultura de Derecha puede muy bien ser confundida con una subcultura de Izquierda».
En suma, comprendí que el lenguaje de los cabellos largos no expresaba más «cosas» de Izquierda, sino que expresaba algo equívoco, Derecha-Izquierda, que hacía posible la presencia de los provocadores.
Hace una decena de años, pensaba, entre nosotros, la genera-ción precedente, un provocador era casi inconcebible (salvo que fuera un magnífico actor): efectivamente, su subcultura era distinta, hasta físicamente, de nuestra cultura. Lo hubiéramos desenmascarado enseguida y le habríamos dado de inmediato la lec- ción que merecía. Ahora esto no es posible. Nadie en el mundo podría distinguir por la presencia física a un revolucionario de un provocador. Derecha e Izquierda se han fusionado físicamente.
Hemos llegado a 1972.
En septiembre de ese año estaba en la ciudad de Isfahan, en el corazón de Persia. País subdesarrollado, como horriblemente se dice, pero también, como de manera igualmente horrible se dice, en vías de desarrollo.
Sobre la Isfahan de hace diez años —una de las más bellas ciudades del mundo, sino la más bella quizás— ha nacido una Isfahan nueva, moderna y feísima. Pero por sus calles, camino del trabajo o de paseo, hacia la noche, se ven los muchachos que se veían en Italia hace una decena de años: hijos dignos y humildes, con sus bellas nucas, sus bellas caras límpidas bajo los fieros mechones inocentes. Y he aquí que una tarde, caminando por la ca- lle principal, vi entre todos aquellos muchachos antiguos, hermosísimos y llenos de antigua dignidad humana, dos seres monstruosos: no eran exactamente melenudos, pero sus cabellos estaban cortados a la europea, largos por detrás, cortos sobre la frente, como estopa por la tensión, encolados artificialmente en torno del rostro con dos feos mechones sobre las orejas.
¿Qué decían sus cabellos? Decían: «¡Nosotros no pertenecemos a la masa de estos muertos de hambre, de estos pobrecitos subdesarrollados, demorados en la edad de la barbarie! Nosotros somos empleados de la banca, estudiantes, hijos de gente enriquecida que trabaja en las compañías petroleras; conocemos Europa, hemos leído. ¡Somos burgueses: y he aquí que nuestros cabellos largos testimonian nuestra modernidad internacional de privilegiados!»
Aquellos cabellos largos aludían por lo tanto a «cosas» de Derecha.
El ciclo se había cumplido. La subcultura del poder ha absorbido la subcultura de la oposición y se la ha apropiado: con diabólica habilidad la ha convertido pacientemente en una moda que, si no puede ser llamada fascista en el sentido clásico de la palabra es, sin embargo, de una «extrema derecha» real.
Concluyo amargamente. Las máscaras repugnantes que los jóvenes se colocan sobre el rostro, tornándose obscenos como las viejas prostitutas de una iconografía absurda, recrean objetivamente sobre sus fisonomías lo que solamente ellos han condenado siempre. Han aparecido las viejas caras de los curas, de los jueces, de los funcionarios, de los falsos anarquistas, de los sier- vos bufones, de Azzeccagarbugli, de Don Ferrante, de los mercenarios, de los tramposos, de los hampones bienpensantes. Es decir que la condena radical e indiscriminada que pronunciaron contra sus padres —que son la historia en evolución y la cultura precedente— levantando contra ellos una barrera insalvable, ha terminado por aislarlos, impidiéndoles una relación dialéctica con sus padres. Solamente mediante esta relación dialéctica habrían podido tener una conciencia histórica de sí verdadera y avanzar más allá, «superar» a sus padres. En cambio, el aislamiento en el cual se encerraron —como en un mundo aparte, en un ghetto reservado a la juventud— los ha detenido en su inevitable realidad histórica: y ella ha implicado —fatalmente— una regresión. En realidad han retrocedido más allá de la posición de sus padres, resucitando en sus almas terrores y conformismos y, en su aspecto físico, convencionalismos y miserias que parecían superadas para siempre.
Ahora los cabellos largos dicen, en su inarticulado y obsesivo lenguaje de signos no verbales, en su hamponesca iconografía, las «cosas» de la televisión o de los anuncios de los productos, donde es actualmente imposible hallar un joven que no tenga cabellos largos: hecho que hoy sería escandaloso para el poder.
Experimento un sincero e inmenso disgusto al decirlo (más, una verdadera desesperación): pero ahora millares y centenares de millares de rostros de jóvenes italianos se parecen cada vez más al rostro de Merlino. La libertad de llevar los cabellos como querían no es más defendible porque no hay tal libertad. Ha llegado el momento de decir más bien a los jóvenes que su mane- ra de arreglarse es horrible, por servil y vulgar. Ha llegado el momento de que ellos mismos lo adviertan y se liberen de esta ansia culpable de atenerse al orden de la horda.
El deporte como máscara. Por Jacobo Hidalgo

Recientemente finalizaron la Vuelta a España y el Mundial de ciclismo en Rwanda, dos eventos relevantes en el calendario del pedalismo internacional. La Vuelta vio interrumpida algunas de sus etapas ante protestas por la presencia del Israel Premier Tech, razón que incluso obligó a la cancelación de la última jornada en Madrid. Por su parte, el mundial de ciclismo aconteció sin mayores novedades en territorio rwandés, siendo el primero de su clase disputado en África. No obstante, algunos medios y activistas manifestaron su inconformidad ante dicho evento teniendo en cuenta las acusaciones sobre violación de derechos humanos y limitación de la libertad de prensa que pesan contra el gobierno de Paul Kagame, presidente de Rwanda.
Este par de eventos han revivido el debate sobre la relación entre deporte y política. ¿Hasta qué punto tiene el deporte una responsabilidad frente al contexto sociopolítico en el cual acontece? ¿Acaso puede desligarse la práctica deportiva de su entorno y considerarse aséptica? Responder estas preguntas, al menos para los casos del Israel Premier Tech y Rwanda nos obliga a revisar el contexto en el cual surge un equipo de ciclismo en Israel o se organiza un mundial en el centro de África, dos lugares que hasta hace poco más de 10 años estaban por fuera del radar del pedalismo global.
Paralelos de Rwanda e Israel: de víctimas a victimarios
¿Qué tienen en común Israel y Rwanda? Si vamos a su historia encontraremos algunas similitudes. Son pueblos que sufrieron dos de los más terribles genocidios durante el siglo
- Rwanda e Israel tienen hoy día como líderes del poder ejecutivo a personajes acusados de violación de derechos humanos y de libertad de prensa. En el caso de Israel, la historia no se limita a Benjamin Netanyahu sino a más de 70 años de opresión, usurpación territorial y acciones bélicas contra Palestina. Por su parte, el gobierno rwandés ha tomado parte directa en el conflicto de la República Democrática del Congo, donde milicias rwandesas han cometido decenas de masacres con la excusa de estar persiguiendo a cabecillas hutus vinculados con el genocidio tutsi de 1994.
No obstante, la comunidad internacional no sido lo suficientemente estricta con Rwanda e Israel ante la violación de derechos humanos. Al contrario, son países que se han beneficiado ampliamente del apoyo de la Estados Unidos y la comunidad europea; Estados Unidos incluso les brinda apoyo armamentístico, algo de lo que Rwanda e Israel han tomado ventaja para atacar a sus vecinos.Las milicias rwandesas llevan años aterrorizando a la población congolesa; han cometido atrocidades documentadas por la ONU y Human Rights Watch. Lo mismo sucede con Israel y la Franja de Gaza, donde los crímenes se extienden por décadas; en el actual genocidio palestino han sido asesinadas casi 70.000 personas y los sobrevivientes están en riesgo grave de hambruna. A pesar de ello, ninguno de los dos países sufre de un veto internacional como el que sí cayó sobre Rusia y Bielorrusia a raíz de la invasión a Ucrania.
¿Qué tiene que ver el ciclismo en todo esto? Desde nuestra perspectiva, en ambos casos este deporte ha sido instrumentalizado por ambos estados para hacer sportswashing, buscando mejorar la imagen pública ante el mundo ante las acusaciones de violación de derechos humanos.
Sancocho western: Tierra de nadie. (Cuarta entrega)
Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar
Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.
Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!
La vorágine. José Eustasio Rivera.
La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.
Los pasos perdidos. Alejo Carpentier

IV. Sancocho de gallo tuerto
Por Andrés Felipe Escovar
Kokoro yo, cantaba el gallo; Kokoro yo, a la gallina; Kokoroyo, cantaba el gallo a Olegario cuando él era niño y le enseñó a decir yo.
-Yo pecador confieso ante Dios Todopoderoso- susurraba en la iglesia, con los ojos cerrados, arrodillado, las manos juntas y la cabeza gacha. Ese yo era un aleteo del gallo tuerto que cantó tres veces mientras a Jesús lo negaba un apóstol.
-Quién le corta la cabeza al insurrecto.
– Yo- Olegario tomó su machete; deslizó el filo por el cuello de Victoriano Lorenzo, aún cálido. Manaron sangre encharcada, porque el corazón ya no bombeaba, y unas capas de piel que le evocaron los marranos colgados patas arriba que su abuelo destazaba en la carnicería.
Al gallo no lo colocaron patas arriba para hacerle una incisión en el cuello por donde se desangraría. Antes de un amanecer no cantó y Olegario fue hasta la cocina: el animal, acurrucado en una esquina, apenas levantó la cabeza para ver al niño, pero no se paró. Luego clavó el pico en el suelo, su respiración tronó y un breve aleteo precedió su quietud. Las plumas, doradas y negras, se humedecieron.
Esa tarde almorzaron un sancocho de gallo tuerto.
-Eso es bueno para las vistas, coma- le ordenó su abuelo Olegario, mientras chupaba los huesos que, delgados, estructuraban el cuello del animal cocinado. Al niño le dieron un plato donde reflotaba una de las patas y perniles del animal, además de único ojo que tenía; ahí quedó su yo.
Así como llegó a Panamá, sin reparar en el mar Caribe que lo dejó frente a la ciudad y con la sensación de que siempre tenía una montaña al frente pese a que estuviera en alguna playa, se fue. Ni siquiera lo advirtió cuando, muy cerca de la costa, atisbó al buque Wisconsin donde acordaron una paz que jamás logró entender del todo porque, antes de que les dieran a conocer todo lo acordado, lo enviaron en busca de Lorenzo.
Cuando llegó al poblado panameño, lo hizo con la cabeza de Lorenzo guardada en un costal. La clavó en una asta afincada frente a la inspección de policía. Debajo del rostro, que demudaría en un panal de moscas, pegó un papel donde proclamaba que esa era la suerte que corría todo aquél que traicionaba a la Constitución del 86. Aún no clareaba cuando lo hizo.
Kokokoro yo, cantó Lorenzo, clavado como un cristo sin extremidades.
– Yo- le repitió Olegario al policía panameño que lo expulsaba del pueblo, luego de preguntarle si él era el inspector de policía. Una brisa, emanada del último aleteo del gallo tuerto, lo acompañó en las noches que dormitaba en un asiento apoyado en la espalda del indio que lo cargó por el Darién a cuestas.
Kokoroyo, cantaba el gallo, no tan lejos; estaba cerca del primer pueblo de Colombia. El indio, con ese canto, anunció el fin de su viaje y estiró la mano para pedirle las veinte coscojas que Olegario le adeudaba.
Olegario le dio ocho y se tomó los bolsillos:
-No tengo más.
El indio abrió los ojos y balbució palabras limítrofes con los gruñidos de los animales. Se le tiró a Olegario, que cayó de espaldas sobre el suelo húmedo de la selva; él, bocarriba, tomó de las muñecas delgadas de ese homúnculo cuyo único valor era no perderse en la selva.
Kokokoro yo, cantó el gallo.
Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol y Jyejtyal ja’ / Rostros del agua. Por Cristina Patishtán López
Los poemarios Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol (2022) y, Jyejtyal ja’ / Rostros del agua (2023) fueros premiados por la convocatoria “Alas de Lagartija”, ambos en años consecutivos en formato bilingüe ch’ol-español, y fueron ilustrados por una técnica de grabado por Julio Antonio.
Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol, editado por TIFÓN editorial, como poemario está dividido en cuatro partes, cuyos subtítulos son: “Säk’ajel / Mañana”, “Xiñk’iñil / Tarde”, “Ak’lel / Noche” e “Ik’tyoj / Madrugada”, con un total de doce poemas. Jyejtyal ja’ / Rostros del agua, editado por la misma editorial, está dividido en dos partes: “Iñajaltyak ja’ / Sueños del agua” y “Jyejtyal ja’ / Rostros del agua”, la primera de diez poemas y la segunda de dieciocho, haciendo un total de veintiocho poemas, igual con ilustraciones.
Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol se desarrolla con una circularidad temporal de 24 horas, retratando los movimientos del sol y la luna tanto en el cielo como en el agua. Canario construye sus versos en tonos altos al modo de una écfrasis como figura literaria, unión de imágenes visuales con palabras. De acuerdo a Agudelo Rendón, en su libro Las palabras de la imagen, se entiende la écfrasis como la descripción literaria de un objeto artístico, sea real o imaginario, haciendo énfasis en la narración. En este sentido, el autor primero crea figuraciones mentales de la apreciación de ciertos momentos de la realidad. La écfrasis es la representación verbal de una imagen visual. Esto se refleja en los movimientos y sonidos que transmite cada verso escrito por Canario, por ejemplo, en los versos de la primera obra: “Mi mamá / besa mi frente, / deja en mis manos / una luciérnaga / que funda el alba” (De la Cruz, 2022, p. 29). En versos de la segunda obra podemos leer “Luna del río: niña con aretes de piedra, / de pies con son de tambor y labios escarlata; / danza con un arco de plumas y flechas” (De la Cruz, 2023, p. 20). Esto es lo contrario que ocurre con la hipotiposis, como figura retórica vinculada con la descripción, su objetivo es la producción visual derivado de los textos literarios. Esto es algo que me parece es el intento de Canario como poeta y Julio como artista de grabados al ilustrar algunos de los versos de los dos poemarios, colocando una imagen en cada apartado de ambos libros, más la ilustración de portada como un complemento para adentrarnos al contenido de las obras mostrándonos de forma visual lo que también podemos leer en los versos.
Canario juega con imágenes visuales de la naturaleza y las retrata en sus versos. Por otra parte, los poemas a mí me remiten a una interpretación que hace Simónides de Ceos, un poeta lírico, en torno a las artes verbales y visuales, cuando dice que “la poesía es una pintura que habla”. Aludiendo a las imágenes visuales que hay en los versos, destaca la capacidad mimética del arte en reflejar el mundo que lo rodea, ofreciendo así una copia o representación de la realidad, donde las palabras dicen más que mil imágenes.
En este caso la poesía, cuando son imágenes que hablan, implica que, a través de las palabras, tiene la capacidad de evocar imágenes vívidas y detalladas en la mente del oyente o lector, por ejemplo: “El sol es ave de calor. / Mueve sus alas, / se derrite / gota a gota / en jícara del cielo” (De la Cruz, 2022, p. 12). Canario pinta con el lenguaje, crea escenas, movimientos, colores de la naturaleza que pueden ser tan claros y tangibles en la mañana, tarde, noche y madrugada, a través del recorrido del sol y la luna. Representando el día con sus cuatro divisiones temporales, con actividad en la luz y la oscuridad, podemos relacionar la construcción de los versos con los estados de ánimo, las etapas de la vida y sus procesos naturales.
En un poema de “Säk’ajel / Mañana”, podemos leer lo siguiente:
El sol agita el rocío en su pelo;
en vez de caer
sube transparente
en las alas del viento (De la Cruz, 2022, p. 11).
Este poema, que se extiende desde el amanecer hasta el mediodía, juega con la luz del sol que aumenta gradualmente desde sus primeros rayos hasta su luminosidad plena. Aquí el autor usa la figura de la prosopopeya para atribuirle cualidades humanas o de otros seres, como las alas, al viento que es inanimado.
En el siguiente poema, “Xiñk’iñil / Tarde”, dice:
Los caimanes bajo el sol
hacen de la tarde
una eternidad (De la Cruz, 2022, p. 17).
Las imágenes remiten a una contemplación del tiempo. Desde la primera línea evoca un ambiente cálido, los caimanes provocan una sensación de tiempo lento. Nos damos cuenta que el autor usa el recurso de la hipérbole para dilatar la duración del tiempo.
En otro poema, “Ak’lel / Noche”, encontramos la misma estrategia de comparación:
En el cielo de la noche digo:
¡Espejo!
Y se vuelve redonda
con brocha de plumas (De la Cruz, 2022, p. 22).
Este poema nos sitúa en otro escenario cósmico que va acorde con el título: de lo oscuro. En la imagen aparece claramente la figura de la luna, con su luz radiante. En este caso el autor la nombra como “brocha de plumas”, una asombrosa metáfora que humaniza. Imagino a la luz de la luna esparciéndose en el cielo, clara imagen nocturna. Canario de la Cruz no sólo ha observado la luna sino que su subjetividad lo hace ser de este poema a través de su mirada y lenguaje.
Un último poema de la primera obra, en el apartado “Ik’tyoj / Madrugada”, podemos leer:
El alba agita mis párpados.
Nace el ojo de agua (De la Cruz, 2022, p. 27).
Este poema nos remite al amanecer, habla de la transición de la oscuridad a la luz. En el primer verso interactúa con el lector haciendo alusión a un despertar, luego vemos la forma circular que descubre a la forma del sol reflejada en el agua o río en el alba.
Sancocho western: Tierra de nadie. (Tercera entrega)
Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar
Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.
Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!
La vorágine. José Eustasio Rivera.
La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.
Los pasos perdidos. Alejo Carpentier

III. Protegidos por la Santísima Trinidad
Por Francesco Vitola Rognini.
El rubio de ojos azules había comprado un caballo de pelaje negro, mientras que el barbudo había optado por uno pardo con motas blancas; además, cada uno arriaba una mula cargada con un baúl y sendos sacos de víveres. A medio día, y luego de media jornada de trochas pantanosa, tomaron un descanso junto a un lago de aguas turbias. Las lavanderas, viendo que los hombres se desnudaban, hicieron una pausa. El pícaro, consciente del efecto que causaba su desparpajo, nadaba de espaldas echando chorros por la boca, provocando risas entre las mujeres más jóvenes. Por su parte, el corpulento barbudo, enfocado en la natación, iba y venía con destreza prodigiosa. Las matronas, entre ellas varias viudas, especulaban sobre las habilidades del fortachón.
Ganados los corazones, todo resultó sencillo después. Con el pretexto de cocinarles el almuerzo y lavarles la ropa, tres mujeres se acercaron a charlar. Un par de jóvenes morenas —las hermanas Buenaventura— se quedaron prendadas del ojiazúl, mientras que el barbudo se ganó el afecto de una viuda de 45 años, Doña Concepción, cuyo marido, un comandante del ejército godo, había muerto durante la jornada 996 de la Guerra de los Mil Días. Aquella tarde, Doña Concepción los invitó a quedarse en su casa «el tiempo que haga falta para recuperar fuerzas». Por supuesto, las hermanas Buenaventura también se dieron por invitadas. El descanso duró nueve gloriosos días, tras lo cual y poco antes de partir, los aventureros extrajeron de los baúles algunos detalles: deslumbrante joyería de fantasía, telas con intrincados diseños, libros de modistería, cuchillas de afeitar, perfumes, limas y esmaltes de uñas. La despedida fue agridulce, pero manejable, nadie se había hecho vanas ilusiones.
—¿Estás seguro de que la mina de rubíes existe?
—Está documentado, históricamente hablando. De aquí a doscientos años, «La caprichosa» será la única mina de rubíes de Boyacá.
—¿Y cómo planeas hacerte con el control de esas tierras?
—Con el poder de la palabra, amigo mío. Haremos las averiguaciones pertinentes haciéndonos pasar por caballistas interesados en comprar tierras.
—Comienzas a sonar como el príncipe Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
—Hay que tener amplias miras, estimado. Vinimos a construir las bases de un futuro imperio. Además, a lo único que hay que temer en este viaje es al paludismo y el cólera.
—Algo ha cambiado en ti, nunca te había visto tan serio en mi vida.
—He comenzado a apreciar la exuberancia del continente. Aquí nos tratan como caballeros, en Italia somos solo dos actores más en el drama de la supervivencia diaria. Allá necesitaríamos varias vidas para materializar lo que lograremos con este viaje.
—Panzón, a veces eres muy negativo. Tienes que aprender a disfrutar la vida.
—Es difícil relajarse cuando todo parece querer matarnos: la comida, los insectos, la selva, el clima, los bichos de monte. Y cuando no son las alimañas, eres tú metiéndonos en problemas.









