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El Mono

Por Enrique Pagella

Al Mono le habían agujereado las tripas y por más que se las metimos adentro, no mejoraba. Con los dientes apretados nos pedía que lo matemos pero ninguno de nosotros se animaba. Entonces fingimos no entender lo que decía y enfilamos a lo del Colorado García para escondernos. El Colo se negó de una y tenía razón. No podíamos quedarnos en Avellaneda porque teníamos encima a los ratis. Les habíamos bajado a uno.

-Vuelvan a Rosario – nos ordenó -, ya bastante laburo tengo con esa chatarra que me dejan.

Después de guardar al Mono, que no paraba de putearnos, en una de las Traffic del Colo, nos pusimos a pensar en el camino que seguiríamos. Ninguno de nosotros conocía Buenos Aires, ni siquiera el Mono que era el más viajado.

  • Vayan por donde menos se lo espera la cana, pongan al Pipa o al Chapu a manejar, que son los que tienen más cara de pelotudos; yo les doy pilchas para que pasen por turistas y un teléfono para que se guíen – nos ofreció el Colo -, pero váyanse.

Media hora después entrábamos a la 9 de Julio. El Pipa manejaba y el Chapu le hacía de copiloto. Habían puesto a Los palmeras a todo lo que daba y Cachito y yo estábamos atrás con el Mono que no dejaba de quejarse.

-Cuando lleguemos a Rosario te llevamos a lo del carniza y te deja como nuevo, Mono – le dije para darle ánimo.

-Andá a la puta madre que… – alcanzó a decir y se desmayó.

 

No sé si a los dos que estaban adelante o al Cachito, que se nos había juntado hacía poco, les pasaba lo mismo que a mí. Pero yo estaba partido al medio. No podía verlo al Mono así. No voy a olvidar nunca cuando me dio el primer laburo.

 

-Pibe, tené que boletear al concejal – me dijo ofreciéndome un chumbo con silenciador.

-¿A Naricita? ¿Cuánto hay? – se me ocurrió preguntarle y me puso un bife que me dejó la cabeza como una calesita.

-Vo vas, le metés tres tiros en la cabeza, volvés y te llevás lo que te voy a dar sin chistar, va a ser mucho más que lo que ganabas garchándote viejos ¿entendiste?

-¿En la cabeza?

-Sí, en la frente. Tres en la frente paga doble. Dos o uno paga base. Si el tipo sale vivo. el que va caer en el pozo con tres agujeros en la frente sos vo.

-¿Y tengo que ir solo? ¿Qué hago con el Bofe?

-Primero lo bajás al Bofe y después a Naricita.

-¿Y por el Bofe también me pagan?

 

Me dio otro bife. Esta vez no sentí que la cabeza me giraba, sino que adentro tenía un platillo que no terminaba de sonar. Masticando una puteada, me clavé el chumbo en la cintura y mientras salía de la cueva, el Mono me dijo:

-Pibe ¿vo sabé que no tengo hijos?

-Sí – le respondí sin entender adónde iba.

-Cuidate entonces.

 

No comprendí lo que quería decirme en ese momento. Yo estaba recaliente.

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Lo que queda es epigonal

Por Daniel Maldonado Velázquez

 

Sobre Borges, por Piglia, 2014, seminario disponible en YouTube

Quizá el hilo que conduce a la literatura argentina sea la desmesura, la exageración. Esta desmesura no es sólo de índole literaria; también es ideológica. Ejemplos sobran. Borges ninguneando a Quiroga o a Arlt; Borges celebrando a Chesterton, a De Quincy. ¿Existía una diferencia verdaderamente sustancial o, incluso, formal entre De Quincy y Roberto Arlt o entre la escritura quiroguiana y la de Chesterton? Tanto en los ingleses como en los sudamericanos fue elocuente la impronta de lo popular. La escritura de Arlt no habría sido posible sin los textos de divulgación científica, las novelitas menores o los relatos de acento policial que Arlt leyó a lo desquiciado. En esa escritura, lo popular adquiere la forma de lo facineroso. ¿Acaso en la escritura de Chesterton no está presente la dimensión de lo popular? ¿No es el Padre Brown una variante de la figura del detective activada por Poe en “Los crímenes de la calle Morgue”?

Ricardo Piglia ejecutó una operación similar a propósito del autor de El Aleph. En su afán por colocar a Borges en el centro de una tradición que es menos eso que un canon en movimiento constante, sostuvo que el inventor del soneto era más grande que Dante, “porque aquel había inventado una forma”. Para él, Borges –igual que el oscuro inventor del soneto o igual que el ignoto creador del haikú– se erigió en Pater familias por haber confeccionado el cuento borgesiano: mezcla de ficción especulativa (según Coetzee) y relato fantástico. Un escritor clásico inventor de una forma nueva. La pertinencia de Borges, continúa Piglia, se sostiene en su condición de sumo artífice: sin “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, P. K. Dick o V. Nabokov no hubiesen escrito El hombre en el castillo o Pálido fuego. Conclusión problemática: por diseñar un novedoso artefacto narrativo, Borges es el motor seminal de un nuevo tipo de escritura.

En los planteamientos de Piglia hay mucho de exageración. O de aquella variante sofisticada de la exageración que Borges empleaba con maestría: la boutade. La desmesura no siempre es incorreción. En el caso de Borges, ocultaba vacío.

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Travesía atemporal

Por Nelson Barón

Previamente
sólo bramaban la eternidad
o la nada
O los traspiés de tus ancestros
Aquellos errantes frutos,
sus heridas de guerra,
La bayoneta destrozando vísceras,
Derruido el cuerpo exangüe.
O tu abuela hecha jirones
Asfixiados sus sollozos, tras las golpizas de la brutalidad fúrica que avejentó inmisericorde
su noble existencia.

Transcurrido un minuto impronunciable, rendida la mañana,
después de las once,
atravesando un marzo
de todos los marzos
del rebasado horizonte,
has emergido.
La nevada cumbre,
la tierra boscosa, el volcán,
la penumbra, la mar
Te saludan y tú extiendes
tus alas
para los más intensos vuelos.

Te han sacudido los temores y has titubeado
Hoy como ayer y el difuso mañana.

Mas sin advertirlo
Tu océano son tejidos infinitos de constelaciones bordadas,
Inusitadas;
Tu carta de navegación, el trino atemporal de otras almas aladas.

Sosegada, imperturbable,
La ancestra abuela te vela
desde las profundidades del cosmos.
Solo remas y, al final, risueña,
Delicados tus pies,
lentamente pisan
el florido continente,
el alucinante musgo,
anfitrión de tu mirada enaltecida.

Žiadny muž tu nemá miesto

Por Marel Alfaro

 

 

 

«El género está entre las orejas y no entre las piernas».

Chaz Bono

 

Las dcéry hviezd[1] eran una especie extraterrestre sobremanera fascinante. Según los registros de las primeras misiones enviadas por la Космическая программа СССР[2] a principios de 2057, las dcéry eran «la especie no terrestre más compleja “descubierta” hasta la fecha». No obstante, nuestra percepción respecto a ellas cambió a partir de 2126, año en el que, debido al desfase temporal, por fin logramos acceder a la información base obtenida en las últimas décadas por cada una de las misiones de exploración.

Basados en la información contenida en la bitácora del doctor Nemanja Bosko[3], xenobiólogo en jefe del equipo de exploración a bordo de la Galia, tercera de nuestras naves en Teegarden b[4], descubrimos que las dcéry hviezd se reproducían asexualmente, llegando, incluso, a prescindir totalmente de la presencia de machos en su entorno reproductivo y organizativo; valga la aclaración, al menos, durante nuestro tiempo de estancia en el planeta.

Evolutivamente las dcéry poseían características «increíblemente especiales» que redirigieron nuestra concepción de la vida fuera de nuestro sistema solar.

Aunque poco visibles, las dcéry cuentan con órganos sexuales externos cubiertos por un exoesqueleto que se extiende desde ambas zonas pélvicas hasta el cráneo. La única forma de dar a luz representa la muerte de las madres.

Después de estudiar algunas osamentas encontradas cerca del Lago Strbské II[5], concluimos que, una vez alumbradas las crías —todas hembras—, estas se alimentan del cuerpo de sus progenitoras y utilizan su estructura ósea como caparazón; sin embargo, es durante la adolescencia, aproximadamente entre los veinte y treinta años, que sus cuerpos se adaptan a dicha «coraza».

Entre sus características físicas más destacables, sobresalía su aspecto bastante cercano al del okapi (okapia johnstoni terrestre), pero con cuatro pares de extremidades y un torso mucho más ancho; cráneo alargado con dos pares de orejas principales e igual número de pabellones menores, además de sus cuatro ojos en una cavidad ocular poco profunda, pero ligeramente encorvada. No obstante, lo realmente maravilloso de las dcéry hviezd era que poseían formas de organización social al nivel de algunas sociedades primitivas terrestres que, el doctor Bosko, definió categóricamente como: «estructuras societales autosuficientes y especializadas en el cuidado grupal y la colaboración entre semejantes; donde, —y cito textualmente—, “Žiadny muž tu nemá miesto[6]”».

Bosko, N. (2089, 13 de junio). Reflexiones sobre las estructuras sociales y biológicas de las dcéry hviezd. Bitácora del xenobiólogo en jefe a bordo de la Galia. Misión de exploración 00736. Programa Espacial Soviético.

[1] Hijas de las estrellas en eslovaco.

[2] Kosmicheskaya programa SSSR (Programa Espacial Soviético).

[3] Director de la Academia de Ciencias Naturales de Eslovaquia.

[4] Teegarden b: planeta a 12,5 años luz de la Tierra, con 1,1 veces su masa. Orbita la enana roja con su mismo nombre en 4,9 días. Su superficie es potencialmente oceánica.

[5] Nombrado en honor al Lago Strbské Pleso de Eslovaquia.

[6] Ningún macho tiene un lugar aquí.

Marel Alfaro Zúniga (1989). Nacido en San Pedro Sula, Cortés; Honduras. Docente de Ciencias Sociales y Ciencias Naturales. Consultor independiente y asesor metodológico a nivel de tesis. Editor y corrector ortotipográfico. Ilustrador autodidacta. Autor de «Hacia el Espacio: Quince crónicas sobre el nacimiento del Nuevo Orden y la Revolución Galáctica” (2020); «Breviario de lo irreverente» (2022); antologado en «Tercer encuentro de minificción Centroamericana antología» (2023) y «Antología de minificción: El Albatros» Editorial Micromundos (2024); prologuista en «Latinoaméricaeditada: no disponible en su región» Editorial Tríada (2024). Su más reciente trabajo, «Inerme en la ciudad y otras minificciones científicas», publicado por Editorial La Chifurnia (2025). Actualmente reside en El Progreso, Yoro; Honduras.

Sancocho western: Tierra de nadie.(Sexta entrega)

Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar

Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.

Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!

 La vorágine. José Eustasio Rivera.

La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.

Los pasos perdidos. Alejo Carpentier

Primera entrega

Segunda entrega

Tercera entrega

Cuarta entrega

Quinta entrega

Estos hijueputas campesinos ni de música saben

Por Andrés Felipe Escovar

-Estos hijueputas campesinos ni de música saben…

Se tambaleaba por el aguardiente que bebió, camino al mingitorio, con la mirada fija en  Olegario, que estaba en la mesa más cercana al baño; el vaho de meados con hojas de eucalipto que los dueños de la tiendita extendían todas las mañanas y que, en las noches, tenían un marchitamiento húmedo, le recordaban a nuestro héroe sus caminatas por los bosques artificiales de la sabana de Bogotá, años antes de que lo reclutara el ejército del partido conservador. Era la cuarta o quinta vez que el serenatero se lo decía; la primera, poco después del mediodía, fue una broma con la que Olegario apenas sonrió:

-Tiene esa canción que dice: “eres un ángel hermoso vestida de mujer…”- le preguntó, tímido, Olegario.

-Esas mierdas de campesinos no tocamos nosotros- le tocó un hombro a Olegario. Con la otra, sostenía a su guitarra por el cuello y miraba, con un mohín coqueto que acentuaba su afeminado tono de voz, al maraquero con el que entró a ese bar a cantar canciones solicitadas por  los bebedores de las diferentes mesas a cambio de alguna moneda.

La broma se repitió hasta esa quinta vez, cuando Olegario, había decidido aceptar la oferta que hiciera Víctor Carrasco el día anterior: formar parte del grupo de vigilantes de las minas de rubies en las inmediaciones de Villa de Leyva, muy cerca del lugar donde, según decía, comenzaba el desierto de La candelaria en donde vivían hombres que se ocupaban de mirar directo al sol hasta quedarse ciegos y, cuando la ceguera ocurría, se tiraban sobre el suelo y se mantenían de un mordisco de pan de levadura y medio vaso de agua hasta que, un día cualquiera, dejaban de respirar y llegaban los chulos que les picoteaban sus escuálidas entrañas. Por eso, en el desierto, le dijo Víctor, hay tanto chulo, a veces parece que ocurriera una noche porque de tantas alas negras que tapan al sol, hay algo como un eclipse. Cuentan que, desde hace unos doscientos años, un viejo monje del convento de San Agustín, ubicado justo en la cima de una de las montañas del desierto, que limpiaba los pisos de todas las habitaciones y de la iglesia y que jamás aprendió a cantar algo en latín y se quedó más bien como un devoto sirviente dedicado a la limpieza de todo el edificio, llama con un grito a los chulos que se desparraman por toda la región para así generar un eclipse: es el Máguare.

Olegario no creyó mucho lo del eclipse hecho con alas de avenes negras, aunque encontró coincidencias entre esos augurios y los que le escuchó a una pitonisa cartagenera que oficiaba como concejera de las tropas en Panamá. El día que fusilaron a Victoriano Lorenzo, el cielo se oscureció y, cuando regresó a la capital del departamento, le dijo la misma mujer que el océano Pacífico se levantó tanto que parecía una cordillera que anegaría al istmo e inundaría al atlántico hasta convertirlo en una inmensa alberca donde los animales arrastrados desde las profundidades, desembocarían en las playas y engullirían con toda clase de bestialidades a los humanos.

Carrasco le dijo que era el dueño de las minas de rubíes y que él mismo prefería saber a quiénes contrataría para la seguridad de estas. Por eso fue hasta Bogotá y, durante semanas, se dedicó a encontrar a las personas indicadas. Olegario le atrajo porque, en ese bar, atisbó que tenía un revolver en su cintura y miraba como si anduviera tras una presa.

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Los spnayas. Por Marel Alfaro

Por Marel Alfaro

«Además del arte —en todas sus manifestaciones— y las matemáticas, el lenguaje es la única huella material de nuestra existencia en el universo».

Los spnayas son una especie bastante«particular». En términos humanos, su única forma de comunicación podría traducirse como «arrítmicos golpes secos»: ecos guturales producidos por «grandes cajas orgánicas»1. Su anatomía se describiría como «enormes masas carnosas» azuladas de hasta cuatro metros de altura, casi gelatinosas, con dos orificios en cada extremo que, de cierta forma, funcionan como «bocas»2. Literalmente, la edad de los spnayas se mide de dos formas: su adultez, cuando alcanzan su máximo tamaño y, la vejez, cuando decrecen y reducen su cuerpo a la mínima expresión.
Inicialmente dudamos de la existencia de una lengua propiamente dicha, pero después de un par de siglos aprendimos a comunicarnos con ellos por medio de percusiones diseñadas específicamente para emular sus códigos lingüísticos.
Apenas llevo medio ciclo estelar habitando este planeta. No obstante, nunca extrañé tanto el poder comunicarme en nuestra lengua materna, tener con quien conversar; además de mí misma y mi propia conciencia, claro está.
Mi observatorio se encuentra ubicado en el centro de la colonia, a dos kilómetros del poblado más cercano. Cada año estelar recibo y envío información codificada con destino a casa. Poder leer cada palabra en nuestro idioma es un ancla mágica que me ata a la cordura.
—Tup, pac. Tup, pac. —Escucho, a lo
lejos.
Algo no marcha bien. Uno de los
ancianos solicita ayuda. Es el más longevo de su especie, de unos cinco mil años terrestres de edad, aproximadamente. Me precipito a su encuentro. Sus movimientos son torpes y demasiado lentos.
—Tup tup-pap, tutu. ¡Tuppi tap pap ap!—«Susurró» el viejo Tuppi, patriarca de la colonia spnaya que, en nuestra lengua, podría traducirse textualmente como: «Te veo, humana. ¡Tuppi vuelve a casa!»; que, en spnaya, significa «adiós».

 

1 A diferencia de nuestra especie, los spnayas carecen de ojos y oídos, pero pueden percibir los sonidos graves y al resto de individuos por medio de sus propios cuerpos.

2 Los spnayas pueden alcanzar los cuatro metros de altura en la adultez. En muy raros cazos exceden dichas dimensiones; sin embargo, existen registros de especímenes de hasta siete metros.

 

Marel Alfaro Zúniga (1989). Nacido en San Pedro Sula, Cortés; Honduras. Docente de Ciencias Sociales y Ciencias Naturales. Consultor independiente y asesor metodológico a nivel de tesis. Editor y corrector ortotipográfico. Ilustrador autodidacta. Autor de «Hacia el Espacio: Quince crónicas sobre el nacimiento del Nuevo Orden y la Revolución Galáctica” (2020); «Breviario de lo irreverente» (2022); antologado en «Tercer encuentro de minificción Centroamericana antología» (2023) y «Antología de minificción: El Albatros» Editorial Micromundos (2024); prologuista en «Latinoaméricaeditada: no disponible en su región» Editorial Tríada (2024). Su más reciente trabajo, «Inerme en la ciudad y otras minificciones científicas», publicado por Editorial La Chifurnia (2025). Actualmente reside en El Progreso, Yoro; Honduras.

 

El otro creador

Por Daniel Maldonado

 

Es común ver al poeta como una figura que entra en tensa relación con su entorno más inmediato. Se trataría de una figura problemática, tenida por incómoda o hasta innecesaria. Antes que ajustarse a lo que es; antes que seguir a pie juntillas los lineamientos impuestos por la lógica de turno, el poeta incordia, revira, reconfigura. Su rol —si posee alguno— no se diferenciaría del que desempeña el filósofo. El filósofo no sólo interpreta la realidad, la cuestiona. O mejor sería decir que cuestiona los valores acuñados y asumidos por los hombres y que circulan dentro del tejido que usualmente identificamos por real. En buena medida, lo que pone en suspenso es el conjunto de convenciones que dan rostro a lo que, de suyo, no lo posee: la realidad.

El poeta y el filósofo interactúan con la realidad; captan sus murmullos y fulgores. Todavía más: perciben lo que se halla detrás de lo consagrado como lugar común; lo que se esconde detrás del velo.

Para María Zambrano, la poesía y el pensamiento son las vías a través de las cuales el ente humano se aproxima a lo que está oculto. Sólo en tal sentido son cercanos los caminos del poeta y del filósofo. De hecho, uno y otro se distancian en función de la naturaleza de sus exploraciones: la del filósofo está marcada por la violencia que ha supuesto el haber sido removido del mundo de las apariencias; la del poeta, por la contemplación asombrada del ser encerrado en cada objeto que colma el mundo. Escribe Zambrano: “La filosofía es un éxtasis fracasado por un desgarramiento. […] no todos fueron por el camino de la verdad trabajosa y quedaron aferrados a lo presente e inmediato, a lo que regala su presencia y dona su figura, a lo que tiembla de tan cercano; ellos [los poetas] no sintieron violencia alguna o quizá no […] esa forma de violencia, no se lanzaron a buscar el trasunto ideal [como los filósofos]. Fieles a las cosas, fieles a su primitiva admiración extática, no se decidieron jamás a desgarrarla; no pudieron, porque la cosa misma se había fijado ya en ellos, estaba impresa en su interior. Lo que el filósofo perseguía lo tenía ya dentro de sí en cierto modo, el poeta; de cierto modo, sí, de qué diferente manera” (Zambrano, Filosofía y poesía, 18).

Más allá de que poeta y filósofo sean entidades percipientes, su abordaje de la realidad los coloca en miradores distintos. Cabría decir, incluso, que mientras el filósofo observa, el poeta contempla. Ocurre así en tanto que el poeta no busca lo que el filósofo, porque lo que éste busca ha sido inscrito (gratuitamente) en el interior de aquél. Lo que motiva la búsqueda del filósofo, el poeta lo posee en tanto don. El desgarramiento que moviliza la acción filosófica, un desgarramiento que es fruto de un acto de violencia, se traduce en el poeta como sensibilidad herida; el que asume que la palabra es menos medio que fin, guarda en su interior la marca de una percepción trascendente: “El poeta no renuncia ni apenas busca, porque tiene. Tiene por lo pronto lo que ante sí, ante sus ojos, oídos y tacto, aparece; tiene lo que mira y escucha, lo que toca, pero también lo que aparece en sus sueños, y sus propios fantasmas interiores mezclados en tal forma con los otros, con los que vagan fuera, que juntos forman un mundo abierto donde todo es posible” (Zambrano, Op. Cit., 19).

El poeta hace de su cuerpo, de su carne, un dispositivo de captación de los estímulos que ofrece lo que se oculta detrás de lo real. Su sensibilidad se alimenta de lo que su piel, su vista y su escucha le tributan; es fruto de la gracia, del don. Es, además, testimonio de la presencia de Otro, porque sólo ese Otro capta en su unidad la multiplicidad del mundo. Otra vez: el filósofo sale en busca de la unidad que supone oculta detrás de lo aparente; el poeta, por el contrario, reconoce en la heterogeneidad de las cosas aparentes la unidad extraviada, la que sólo se revela mediante la gracia.

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Camaleónica migración a la calle Crítica Garibaldi. Escrito por Príncipe Yoga

¡Bien! al ciempiés silencioso en la escuela impulsando los huevos placenteros que se derrumbaron

 

No tocar por el bien la guitarra en la escuela impulsiva superficialmente excesiva con muchas mujeres

 

Escalofriantes huevos amarillos asimilándo anguilas ciempiés en una habitación blanca de maestras

 

Turnos de jerarquías sodomizan distintos placeres para la majestuosa habitación de las risas

 

Dormí en la escuela de almas hasta que se derrumbaron las amuralladas ciudades del corazón

 

Iría en mucho en el instante de eso aquello

del desajusteme distrae una por una desunión

ya perdido, ya cae y rascas resbalas, “No hay humor en el siglo XXI”   

Dislocada en la razón se me quitó vestido de piel al andar con cada paso logro que tengo poco

 

Hay, Hoy te digo que lo siento por la muerte demolida en todo lo que es bello, es doloroso en los ojos…  ante el Tribunal de los Demonios, El ojo de acero de Las Niñas de Hierro en el Infierno que Las Serpientes ahogaron con los guantes de zorro. Camisas rojas de la biología.

 

En la majestuosa habitación de las risas, The Lola´s Vergas Big Band…  Bukkake Comunista, y te veo, te Teo, tan Harcore como el Futurismo Soviético… En la miseria de plástico sucio valor de la esencia, que pueda pagar la ausencia del brillo y el lujo de lo encendido en el supermercado divino, con los videos porno de Zeus con Afrodita, un té verde -entre líneas-, un té verde chino…

 

Un abrigo de plástico limpio… Soberbio valor de la esencia.

Un abrigo de trabajo limpio es tener una casa donde pueda tener miedo

En la Fiesta de Darwin soy un orgulloso encubierto.

Mis amigos son mis enemigos injustificando el exceso del tiempo deformado…

 

El Sello Idiota Hongo del Divorcio…  Cuando comió con la Lana del Rey de los Padres…, ya como qué cuando por qué no sí se es lo que cómo el dislocado del ser hasta cuando porque no sé como cuando ella sé no sé sí por qué cómo por qué no es cuándo cómo él desde mi cuarto, desde mi 3/4. Adiós. No sé, qué comparé, que compare…

 

Contando las Majestuosas Venus con uniformes lamidos de estampillas y fotos congeladas de deportistas

En la majestuosa habitación de las risas…

 

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Sancocho western: Tierra de nadie.(Quinta entrega)

Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar

Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.

Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!

 La vorágine. José Eustasio Rivera.

La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.

Los pasos perdidos. Alejo Carpentier

Primera entrega

Segunda entrega

Tercera entrega

Cuarta entrega

 

Alimento para las tramochas

Por: Francesco Vitola Rognini

 

Salieron del pueblo sin mayor contratiempo. Extrañamente, nadie los persiguió, pero a la media noche, en el descampado donde dormían, recibieron una visita inesperada. Bajo las mantas de lana, los forasteros empuñaron sus armas y esperaron a que los dos jinetes se pusieran al tiro; uno de ellos iba afeitado al ras y cabalgaba en una montura decorada con platería, el otro, con sombrero de bombín y porte de tinterillo, era poseedor de un canoso bigote de cepillo. Este último procedió a expresar sus intenciones:

—Buenas noches y disculpen las molestias. Mi patrón vio cómo manejaron la tensa situación de la cantina; él necesita hombres como ustedes en su ingenio azucarero. Y para que tomen su propuesta en serio les ofrece esto.

 

El hombrecillo dejó caer junto al fuego una bolsa de cuero repleta de monedas de oro. Al pícaro le brillaron los ojos cuando la abrió, pero el barbudo tomó la palabra, simulando desinterés:

—¿Qué clase de trabajo es? Nosotros llevamos otro rumbo.

—En vista de que Reinaldo y sus hombres perdieron toda autoridad, el patrón ha decidido reemplazarlos. Ustedes son la opción más lógica, teniendo en cuenta sus habilidades.

—¿La paga es buena?

—Ustedes ponen el precio.

—¿Y cómo se llama tu patrón?

—Soy Hermes Diaz, y me conocen como el «Gato Salvaje» —dijo el elegante caballero desde su majestuosa montura— me servirían un par de capataces como ustedes en mis plantaciones, tengo varios rebeldes entre mis cortadores de caña.

—¿Por cuánto tiempo sería? Tenemos objetivos que cumplir.

—Puedo ofrecerles un puesto permanente, el sueldo que ustedes estipulen, e incluso, algunas  escrituras de tierras fértiles. Ahora, si solo pueden quedarse una temporada, les puedo pagar algo adicional por entrenar a mis mejores muchachos.

—Podemos quedarnos cuatro semanas, no más. Si le sirve, nosotros aceptaríamos todos sus ofrecimientos. El sueldo lo definimos luego, cuando hagamos el diagnóstico del problema.

—Me conformo con eso por ahora. Si gustan, acompáñenos a la hacienda y los acomodamos de inmediato. Ya podrán dormir en el suelo cuando retomen su viaje.

 

Los jinetes estudiaron a los extranjeros mientras estos ensillaban sus caballos, subían los baúles y víveres a las mulas. Los italianos intercambiaron una mirada escéptica, la última vez que alguien se portó tan bien con ellos terminaron encerrados en una mazmorra construida originalmente por la Santa Inquisición. Sin embargo, la vida también les había enseñado a ser receptivo a las ofertas jugosas, de hecho, si ahora podían viajar más lejos de lo que nunca creyeron posible, era gracias al financiamiento de un multimillonario sudafricano.

 

En cuanto llegaron a la Hacienda Feraz, los condujeron a las casas de huéspedes, donde un par de jóvenes morenas de sonrisa inmaculada los guiaron hasta sus recámaras, ahí les sirvieron brandy, les prepararon las tinas para el baño y les ayudaron a restregarse. Luego se vistieron de lino y los llevaron a cenar con «Don Gato Salvaje», como las muchachas le decían cariñosamente. Los huéspedes atacaron la comida como los hombres de las cavernas que seguían siendo, a pesar de los milenios de condicionamiento sociocultural. Devoraron el sancocho trifásico ante la mirada divertida de Hermes Diaz, que asociaba la voracidad con el temperamento. Tras los platos de sopa llegó el manjar predilecto del jefe: cabrito asado. La bandeja de plata nacional contenía presas bronceadas por las caricias de la brasa, y venía acompañada con una fuente de porcelana repleta de tubérculos y maíces multicolores.

Tras la cena, «Gato Salvaje» los invitó a tomar ron de caña en la terraza de la hacienda, donde charlaron sobre los detalles del contrato hasta bien entrada la madrugada. Cuando lo consideró oportuno, convocó a las somnolientas morenas para que llevasen a los invitados de vuelta a sus aposentos. La hacienda era rústica, pero cada rincón y pasadizo tenía soberbios detalles decorativos, por ahí un jarrón chino, por acá un aljibe con peces japoneses, un poco más allá, una cabeza de jirafa disecada. A los extranjeros les importaban poco esos lujos, ellos eran más de apreciar la belleza humana, por ejemplo, las sonrisas y las caderas de las morenas que los acompañaban. Las muchachas se complacían de sus atenciones con disimulo.

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Sancocho western: Tierra de nadie. (Cuarta entrega)

Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar

Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.

Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!

 La vorágine. José Eustasio Rivera.

La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.

Los pasos perdidos. Alejo Carpentier

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IV. Sancocho de gallo tuerto

Por Andrés Felipe Escovar

Kokoro yo, cantaba el gallo; Kokoro yo, a la gallina; Kokoroyo, cantaba el gallo a Olegario cuando él era niño y le enseñó a decir yo.

-Yo pecador confieso ante Dios Todopoderoso- susurraba en la iglesia, con los ojos cerrados, arrodillado, las manos juntas y la cabeza gacha. Ese yo era un aleteo del gallo tuerto que cantó tres veces mientras a Jesús lo negaba un apóstol.

-Quién le corta la cabeza al insurrecto.

– Yo- Olegario tomó su machete; deslizó el filo por el cuello de Victoriano Lorenzo, aún cálido. Manaron sangre encharcada, porque el corazón ya no bombeaba, y unas capas de piel que le evocaron los marranos colgados patas arriba que su abuelo destazaba en la carnicería.

Al gallo no lo colocaron patas arriba para hacerle una incisión en el cuello por donde se desangraría. Antes de un amanecer no cantó y Olegario fue hasta la cocina: el animal, acurrucado en una esquina, apenas levantó la cabeza para ver al niño, pero no se paró. Luego clavó el pico en el suelo, su respiración tronó y un breve aleteo precedió su quietud. Las plumas, doradas y negras, se humedecieron.

Esa tarde almorzaron un sancocho de gallo tuerto.

-Eso es bueno para las vistas, coma- le ordenó su abuelo Olegario, mientras chupaba los huesos que, delgados, estructuraban el cuello del animal cocinado. Al niño le dieron un plato donde reflotaba una de las patas y perniles del animal, además de único ojo que tenía; ahí quedó su yo.

Así como llegó a Panamá, sin reparar en el mar Caribe que lo dejó frente a la ciudad y con la sensación de que siempre tenía una montaña al frente pese a que estuviera en alguna playa, se fue. Ni siquiera lo advirtió cuando, muy cerca de la costa, atisbó al buque Wisconsin donde acordaron una paz que jamás logró entender del todo porque, antes de que les dieran a conocer todo lo acordado, lo enviaron en busca de Lorenzo.

Cuando llegó al poblado panameño, lo hizo con la cabeza de Lorenzo guardada en un costal. La clavó en una asta afincada frente a la inspección de policía. Debajo del rostro, que demudaría en un panal de moscas, pegó un papel donde proclamaba que esa era la suerte que corría todo aquél que traicionaba a la Constitución del 86. Aún no clareaba cuando lo hizo.

Kokokoro yo, cantó Lorenzo, clavado como un cristo sin extremidades.

– Yo- le repitió Olegario al policía panameño que lo expulsaba del pueblo, luego de preguntarle si él era el inspector de policía. Una brisa, emanada del último aleteo del gallo tuerto, lo acompañó en las noches que dormitaba en un asiento apoyado en la espalda del indio que lo cargó por el Darién  a cuestas.

Kokoroyo, cantaba el gallo, no tan lejos; estaba cerca del primer pueblo de Colombia. El indio, con ese canto, anunció el fin de su viaje y estiró la mano para pedirle las veinte coscojas que Olegario le adeudaba.

Olegario le dio ocho y se tomó los bolsillos:

-No tengo más.

El indio abrió los ojos y balbució palabras limítrofes con los gruñidos de los animales. Se le tiró a Olegario, que cayó de espaldas sobre el suelo húmedo de la selva; él, bocarriba, tomó de las muñecas delgadas de ese homúnculo cuyo único valor era no perderse en la selva.

Kokokoro yo, cantó el gallo.

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