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Van Helsing, el héroe improbable. Por Francesco Vitola Rognini

 

¿Qué habría sido de la obra maestra de Bram Stoker sin ese excéntrico personaje proveniente de Holanda? Si bien el Conde y el profesor han sido objeto de múltiples adaptaciones, la complejidad intrínseca al personaje de Van Helsing ha impedido que se le dé un tratamiento justo, ya que en ocasiones se le otorga un rol insignificante, rayando en lo ridículo, mientras que en otras se lo convierte en un superhéroe. A ratos cómico y tierno, a ratos impulsivo e irascible, el profesor, con sus 72 años, desempeña un rol vital en el relato sin ser uno de los cuatro narradores, él encarna el arquetipo del sabio, un hombre que piensa antes de actuar. En general es paciente y racional, pero hay que reconocerlo, en ocasiones Van Helsing carece de tacto, pero esa desconexión con la lúgubre realidad del relato obra a su favor y le otorga un aire de jovialidad casi adolescente, ya que su imprudencia sirve también para oxigenar la tensión acumulada, como por ejemplo, cuando le pide permiso a los pretendientes de Lucy para decapitarla porque está Un-dead. Tras un breve preámbulo dice «May I cut off the head of dead Miss Lucy?» (p. 176), como si fuese la cosa más natural del mundo. La escena es cómica, y en vez de restarle dramatismo al momento, la convierte en uno de tantos episodios en los que el impredecible personaje rompe el esquema de lo previsto por el lector —si ahora la escena nos resulta impactante, imaginen en el siglo XIX cuando fue publicado el libro—. Además, su rol como hombre de ciencia y metafísico lo enfrentan el mundo del mito y lo sobrenatural en el que se desenvuelve el Conde. Val Helsing es el hombre de ciencia que usa las referencias contenidas en las leyendas para exterminar al Nosferatu y a su prole: «All we have to go upon are traditions and superstitions. These do not at first appear much, when the matter is one of life and death —nay of more that either life and death. Yet must we be satisfied; in the first place because we have to be— no other means is at our control —and secondly, because, after all, these things— traditions and superstition — are everything» (p. 204, 205).

 

Como sabemos, el mayor difusor de la obra de Stoker ha sido Hollywood, que en su afán por capitalizar a costa de Drácula la convirtió en una caricatura. Contra esa influencia será difícil hacer algo, y a pesar de que existen adaptaciones muy entretenidas e ingeniosas, no se comparan con la capacidad del autor de envolver al lector, porque Stoker era un narrador virtuoso, ejemplos de ello encontramos en abundancia, por poner uno, veamos como describe a las vampiresas cautivas en el Castillo Drácula: «In the moonlight opposite me were three young women, ladies by their dress and manner. I thought at the time that I must be dreaming when I saw them, for, though the moonlight was behind them, they threw no shadow on the floor […] Two were dark, and had high aquiline noses, like the Count, and great dark, piercing eyes, that seemed to be almost red when contrasted with the pale yellow moon. The other was fair, as fair as can be, with great wavy masses of golden hair and eyes like pale sapphires […] All three had brilliant white teeth that shone like pearls against the ruby of their voluptuos lips» (p. 31). Entre las tergiversaciones hollywoodenses —«libertades creativas» llamémoslas— la que resulta más difícil de procesar es aquella que propone a la luz solar como fuerza aniquiladora de Drácula. En la novela el Conde solo pierde parte de sus poderes durante el día, es básicamente como cualquier otro hombre de la nobleza, rico y débil. En cuatro momentos distintos se hace mención de ello, el primero, cuando Jonathan, aun con estrés postraumático tras haberse fugado del Castillo Drácula, y recién llegado a Londres, distingue al Conde en Piccadilly, durante una inusual tarde tórrida de otoño, así lo describe Mina en su diario: «I was looking at a very beautiful girl, in a big cart-wheel hat, sitting in a victoria outside Giuliano´s, when I felt Jonathan clutch my arm so tight that he hurt me, and he said under his breath: “My God!”» (p. 147), tras una breve descripción de la palidez de su esposo, Mina inquiere sobre los motivos detrás de su reacción «“It is the man himself” […] “I Believe it is the Count, but he has grown young. My God, if this be so! Oh, my God! my God! If I only knew! if I only knew!”» (p. 148). El segundo momento en que se menciona esto es cuando rastrean las cajas con arena en las que duerme el vampiro, «We must trace each of these boxes; and when we are ready, we must either capture or kill this monster in his lair; or we must, so to speak, sterilise the earth, so that no more he can seek safety in it. Thus in the end we may find him in his form of man between the hours of noon and sunset, and so engage with him when he is at his most weak» (p. 207). La tercera mención explica la pérdida de los poderes durante la jornada diurna, «The sun that rose on our sorrow this morning guards us in its course. Until it sets to-night, that monster must retain whatever form he now has. He is confined within the limitations of his earthly envelope. He cannot melt into thin air nor disappear through cracks or chinks or crannies. If he go through a doorway, he must open the door like a mortal. And so we have this day to hunt out all his lairs and sterilise them» (p. 250). La cuarta y última mención ocurre ante la posibilidad de un encuentro diurno con el Conde, así lo registra Jonathan en su diario: «It was possible, if not likely, the professor urged, that the Count might appear in Piccadilly during the day, and that if so we might be able to cope with him then and there» (p. 253).

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El camino a Achate. Por Francisco “Ausias” Martínez

 

 

Miguel apresuró el paso ya sin percibir bien donde pisaba en el agreste camino. La noche se les había echado encima, y hacía rato que empezaba a estar cansado de las continuas quejas de Juan desde hacía casi dos horas. Un error de cálculo con el traicionero horario de finales de octubre, había hecho que la noche más negra les cayese encima en su ruta de fin de semana. No habían podido llegar al albergue del pueblo de Achate que tenían reservado, y además, ese fallo de orientación por parte de Miguel a media tarde, les había hecho perderse campo a través, hasta que tras tres angustiosas horas, reencontraron el camino que llevaba a Achate.

Miguel se detuvo, y enfocó con su linterna el mapa. A la negra noche, como una burla cruel, se le había unido una densa niebla que impedía ver más allá de dos metros de distancia. Suspiró tras comprobar contrariado que les quedaban más de cinco horas de ruta, y que la temperatura, unida a la húmeda niebla, empezaba a bajar en esta zona montañosa a unos grados bastante bajos.

-¡No sé por qué sigo haciéndote caso!- espetó Juan sin detenerse a esperar a que Miguel plegase el plano y lo volviese a guardar en su mochila. – ¡Tú y tus estúpidas ideas!… ¡tus atajos!, ¡Tu prepotencia creyéndote un gran montañero, y a la mínima te desorientas!. A saber dónde podemos pasar la noche. ¡No me apetece hacer vivac con esta noche tan húmeda!.

– ¡Al menos yo tomo la iniciativa- le respondió Miguel ya hastiado con tono severo, y casi gritando. – Tú en cambio?… sólo sabes protestar, sin proponer. Muy fácil tu postura, ¡cómoda!. Que me lo hagan y preparen todo, que si sale mal, ya me encargaré de quejarme y llorar.

Juan le hizo un feo ademán, apuntando el brazo hacia Miguel, extendiendo el dorso de su mano, y mientras desaparecía de la vista de Miguel a causa de la niebla, pero sin verlo ya, este intuyó como el dedo medio de la mano de Juan, se ponía enhiesto entre el resto de plegados, en ese signo universal por todos conocido.

-¡No!…¡que te jodan a ti!…- le gritó, mientras reanudaba el paso dedicando mentalmente mil y un insultos a su compañero de aventura.

De súbito, se dió de bruces con la espalda de Juan, que se había detenido en el camino.

-¿Qué coño haces?- le preguntó inquisitivo y molesto Miguel.

– ¡Silencio!…¿no lo escuchas?- le respondió Juan mientras señalaba con su dedo a ningún punto concreto.

– ¡El qué?-preguntó Miguel- No, solo tus quejas y lamentos, y las jodidas hojas de los árboles al viento.

Juan le espetó silencio llevándose el dedo índice de la mano a sus labios.

-¿Escucha, coño!, no las oyes.

Miguel frunció el ceño buscando un además que le permitiese afinar el oído. -¿El qué?- volvió a repetir, en el preciso instante en que el tañido de una campana lejana, vibró en su tímpano.

-¡Hostias!, ¿una campana?… ¡pero si Achate está a más de 25 kilómetros, y no hay nada por aquí cerca!- dijo sorpresivo mientras volvía a sacar su mapa de la mochila y enfocarlo con la linterna. Ambos miraron el mapa, y efectivamente; ningún pueblo figuraba en él, pero desde el fondo del valle donde una bifurcación del camino bajaba, camuflado entre la densa noche y su cómplice la niebla, se oía el tañido de unas campanas.

-¡Aquí no hay nada!, pero ahí abajo hay un campanario, fijo… debe haber un pueblo.- dijo Juan. – ¡Vamos para abajo aunque nos desviemos de la ruta a Achate, es de noche y quizá en el pueblo nos podamos alojar en algún sitio.

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Día del llanero: cultivando con los Jitnus

«el guajibo está considerado uno de los cinco idiomas más completos del mundo. Con un monosílabo te cuentan que ayer llovió todo el día y se formaron charcos en el piso como cuando caen mil inviernos» UMBERTO AMAYA LUZARDO

El indígena de sabana es el génesis del llanero.

Hoy 25 de julio se celebra el día del llanero, gracias a la iniciativa del maestro Gustavo Rodríguez Martínez y Alberto Sabogal Gómez, y debido a la gestión del  diputado Diego Fermín Linares Castejón, quien radicó el proyecto de la asamblea que terminó convertido en la ordenanza 038 del 2001, institucionaliza este día, en conmemoración del día del Pantano de Vargas, en donde los lanceros, en la mayoría llaneros, entre ellos 4 tameños, tuvieron una participación de la victoria.

También esta fecha es un reconocimiento al indígena que, al lado  del llanero, luchó en las batallas de emancipación. La figura del llanero se extiende por todo el continente americano, desde el Cowboy gringo hasta el Gaucho de las pampas argentinas, pasando evidentemente por el ranchero, fenómeno del que  da cuenta la célebre película de 1965: Alma Llanera, clásica del cine mexicano, protagonizada por Antonio Aguilar inspirada en la novela de Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, y en donde se tiene como referencia principal la canción venezolana compuesta por Rafael Bolívar Coronado y musicalizada por Pedro Elías Gutiérrez.

Como lo expresa el documental al inicio, entre los americanos americanos, es decir, aborígenes de estas tierras, quedan muy pocos, y entre ellos, están los Jitnus, de la extensa familia de los guajibos. Este video es una exploración a su forma de vida nómada y sus nuevas maneras de habitar el territorio.

No se trata de una mirada externa, sino los propios investigadores, entre ellos, el escritor Umberto Amaya Luzardo (a quien presentamos desde una nueva faceta, nunca antes vista en este portal, ahora como documentalista), intervienen e interactúan con la comunidad para mejorar sus condiciones de vida. De esta manera, la guadaña irrumpe en sus oficios para facilitar tareas, y el jabón se vuelve una necesidad nueva de higiene por lo que se ocupan también de su fabricación con gran importancia.

‹‹Canoa ›› fue de las primeras palabras auténticamente americanas que se extendieron a lo largo del mundo. Este documental de hace 10 años es una muestra de una comunidad americana que sigue viva y toma las cosas del mundo exterior para facilitar sus propios procesos, como también nos pueden ayudar a entender cómo tratar  casos como el de Alicia, sin necesidad de recurrir a los procesos occidentales de normalización sino más bien ver la importancia de la integración de las personas especiales en la comunidad.  Tal vez siempre hubo comunicación de todas partes para potenciar la vida humana mientras compartimos este tiempo en la Tierra, y la ilusión fue hacernos creer que alguna vez estuvimos separados entre civilización y barbarie; entre conquista y prehistoria.

 

Celebramos el día del llanero teniendo en cuenta nuestras raíces. Con textos, inmersión y cámaras de Umberto Amaya Luzardo, edición de Hugo Caroprese, y trabajo antropológico de Viviana Jaramillo.

 

 

 

 

 

Cultivando con Los Jitnus from Hugo Caroprese on Vimeo.

Demetria la pescadora. Por Herberth Morales

Fuente: J de J Zamora, “A propósito de un caso de dermatitis poliforma dolorosa Crónica recidivante” Archivos del
Hospital Rosales, n.º 104-106 (1916): 687.

 

Su cuerpo desnudo posó frente a la cámara. Las rodillas levemente flexionadas formaban parte de toda una estructura escuálida que tenía por cuerpo. Quizá el cabello recogido y el entrecejo escasamente fruncido acompañaban a unos ojos que miraron fijo a la cámara. Ese cuerpo con costillas superiores y clavícula pronunciada fueron la muestra para llegar a decir que su constitución era «enflaquecida»[1]. La piel de este cuerpo parecía un reptil con escamas amarillentas y grisáceas, manchas a consecuencia de las pústulas, arrugas en los miembros inferiores y erupciones cutáneas en múltiples partes. Ese cuerpo escuálido y lleno de erupciones se sobreponía en el primer plano de la fotografía para dejar en un segundo a una de las paredes del principal nosocomio de El Salvador, el hospital Rosales, ubicado en la ciudad capital y fundado en 1902[2].

El joven practicante de medicina, que utilizó esta imagen de un cuerpo enfermo para su reporte clínico, era de apellido Zamora. En él se despertó un interés por este caso al grado de estudiar dermatología, dada la rareza de la enfermedad[3]. Además de la fotografía del cuerpo enfermo, en el reporte clínico de Zamora aparece la voz de la persona enferma, pero de una manera indirecta: ella era una paciente salvadoreña que asistió al hospital Rosales en 1915.

Volvamos al cuerpo en la fotografía. Está enflaquecido y con erupciones en la piel y pertenece a una mujer que se llamó «Demetria Abarca, de 29 años de edad»[4], dedicada a la molienda y elaboración de puros. Su extraña enfermedad de la piel inició en septiembre de 1914, pero fue hasta el primero de noviembre de 1915 que Demetria decidió ingresar al hospital Rosales para ser tratada por un médico; prácticamente había transcurrido catorce meses en su casa sin ninguna asistencia médica.

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Arauquitopia: una utopía literaria forjada en Arauquita

Arauquita, para el escritor araucano Umberto Amaya Luzardo: «Es la tierra del Cacao para los que tienen los pensamientos en la barriga y de la literatura para los amantes de la lectura».

Para datos históricos, simbólicos, geográficos, económicos y educativos, ahí les va compa el wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Arauquita  

 

De estas tierras de chocolate y lectores, salen las antologías Arauquitopia I y II, derivadas del proyecto ONDAS , suscrito al ministerio de Ciencia de Colombia, pues comprende que en el estímulo a la escritura creativa también  existe producción de conocimiento e identidad.

Esta revista literaria surge en la Institución Educativa Gabriel García Márquez bajo la dirección del profesor Pavel Eduardo Rodríguez.

La primera antología «una mirada de jóvenes escritores de la Orinoquía» comprende la producción de los estudiantes de dicho plantel.

 

Descarga_  «REVISTA LITERARIA»

 

La segunda antología, como lo anuncia explícitamente el título, es «una  mirada de escritores profesores de la Orinoquía», de los profesores del mítico municipio.

 

Descarga_ Arauquitopia_Tomo_II.

 

En esta variedad de textos, mi favorito, como lo pueden imaginar, es el más «cósmico», y es un microcuento del profesor Andrés Aguiar, docente del Juan Jacobo Rosseau, llamado Planeta Vanidoso.

 

La invitación , por supuesto, es a leer todo este ramal creativo de maestros que se la juegan por la escritura en la ribera del Arauca Vibrador.

 

 

 

 

El último esprint. Por Francisco José Martínez

Su respiración, que hasta ese momento había sido controlable, se disparó endiablada como el súbito trote de un ciervo asustadizo, que pasta tranquilo cuando de manera sorpresiva, siente la presencia de un depredador. El ritmo de pedaleo de Lucas aumentó, y sus músculos, cual acero templado, se tensaron preparando el momento agónico que se avecinaba. Sus piernas, a plena potencia, sus brazos rígidos como un ancla, y las manos agarrotadas, casi entumecidas de la fuerza que hacía asiendo la curva del manillar en el esprint.

Su rival, situado a un costado. Algo retrasado y casi fuera de su campo de visión angular, también aceleraba. Era una figura borrosa. Una vaga presencia que Lucas, no iba a permitir que le sobrepasase.

Y delante, refulgiendo la luz blanca que Lucas veía a lo lejos, se intuía detrás de la línea de meta. Le cegaba obligándole a entrecerrar los ojos.

– Esos focos malditos!, qué difícil medir la distancia desde aquí!.- se quejaba para sus adentros.

No obstante, ahí estaba la línea de meta, esa que tantas y tantas veces había rebasado el primero. Triunfante. Sintiendo esa sensación de plenitud y satisfacción. Esa dulce ambrosía de la victoria. Esa suerte de droga que engancha, y que todo esprinter necesita; y que una vez probada, se atenaza a tu sangre, y por tus venas, te hace saber que querrás repetir, una y otra vez, y otra, y otra…

Lucas se aproximaba rápido hacia la luz. La bicicleta, completamente lanzada, era impulsada como una locomotora por las poderosas piernas de Lucas. Su rival, seguía cual silueta desdibujada, negra y sin forma, superpuesta en un paisaje que Lucas, en su máxima concentración, no podía apreciar. Cual difuso fantasma, su rival, o ese entorno; no iba a dejar que se antepusieran entre él y la luz de esos focos en la meta.

El viento en la cara, casi un azote; y su silbido descontrolado, un regalo en los oídos. Una música celestial para Lucas. Esa sinfonía arrítmica y martilleante que le acompañaba cada vez que la velocidad de su bicicleta, sobrepasaba esa frontera a la que solo unos pocos elegidos del pelotón, podían ponerla durante esos diez segundos de esfuerzo máximo. La sinfonía que le servía de fondo a su grácil y poderoso baile sobre la bicicleta, y que cuanto más fuerte la escuchaba, más ganador se sabía.

¡Y qué fuerte estaba sonando ahora!. Lucas esbozó una sonrisa camuflada en su mueca de esfuerzo. Se regodeó en su superioridad, pues se merecía la victoria. Sí, se la merecía de verdad, aunque solo fuera para poder “restregársela por las narices” a todos aquellos que lo dieron por perdido estos últimos meses. Su retorno a la competición tras aquel fatídico accidente que lo mantuvo dos meses en coma había sido duro.

No iba a permitir que todos los que le decían que no volvería a subirse a una bicicleta tras aquel periodo, que ahora trataba de recordar, pero no venía a su memoria, se salieran con la suya. Él era un luchador, un ganador nato, y su esfuerzo por volver a ganar una carrera eran mayores que incluso sus ansias por vivir.

Sus pensamientos de triunfo, se vieron alterados de repente. Una sacudida en su costado izquierdo tras un fuerte contacto con el cuerpo de su rival casi lo descentra de su endiablado esprint hacia las luces. Escuchaba el jolgorio del público, como un murmullo de fondo que se va tornando más y más creciente, y que ahora, además, eran las notas añadidas de un nuevo instrumento que se sumaban al “solo” del viento en sus oídos, y a los jadeos de su entrecortada respiración.

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Lo que quieren los muertos. Un relato de Alberto Chanona

Les presentamos un cuento de navidad escrito por Alberto Chanona e ilustrado por Gabriela Soriano. Fue publicado, inicialmente, en textosur.com

 

Franklin murió en las vacaciones. Pero ninguno de sus compañeros lo supo hasta el segundo día de vuelta a clases, cuando la maestra Isaura entró al salón, acompañada de la directora, para dar la noticia a los cuarenta niños y niñas que conformaban el Cuarto B. Con los ojos enrojecidos y las manos enredadas en la tarea de desarmar un nudo invisible, la profesora apenas murmuró algo sobre la inocencia, la bondad y el cielo, antes de romperse al pronunciar el nombre de Franklin, primero en sollozos y luego arrastrada por un tumulto de bufidos donde las palabras asomaban angustiosamente la cabeza a ratos, sin asirse de la respiración. Cuando la directora trató de intervenir, ya era tarde: la clase entera se había derrumbado tras la maestra, en un pandemónium de lágrimas y gritos, por la ausencia definitiva de Franklin y por la consciencia, el horror, adquirido de golpe, de que los niños también mueren.

 

De espalda al desarrollo de la tragedia junto al pizarrón, Pablo observaba el pupitre de Franklin, tras el suyo. Sobre la tapa, tallada a pluma por niños que rotaban de salón cada dos años, Pablo reconoció en un rincón su mala letra, su insulto destinado meses atrás a quien, desde ahora, sería ya para siempre el niño muerto: un mono contrahecho, gordo y grotesco que escurría baba, debajo del cual había escrito «Franklin».

 

Enderezó la vista. Un temblor se arrastró, a través del súbito frío, desde su mano en el pupitre hasta su corazón. En la esquina del aula, tras la bruma hecha de niños amontonados sobre la maestra y la directora, estaba Franklin, de pie, sobándose las manos, mirándolo desde la cámara sin fondo de sus ojos, mientras abría la boca como una marioneta hecha de aire que intentase hablar bajo el agua, produciendo silencio. Silencio y vacío. Como el fantasma de un pez.

 

 

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Batman. Un poema Comic

Por Roque Artemio Gallegos González y Alberto Chanona

Fuente: textosur.com

 

 

La primera vez que uno la lee, casi todo en la obra de José Carlos Becerra (1936-1970) produce deslumbramiento. La vida interior revelada en esos poemas, la mirada con que Becerra parecía ver no sólo al mundo, sino los gestos del mundo y el movimiento en cada uno de los gestos del mundo. Leer un poema suyo no es como ver la película, sino elegir una escena y dentro de ésta un fotograma donde asoma algún personaje más o menos borroso, y a partir de ahí adivinar su pasado, porvenir y motivaciones, en la posición geográfica de un escalofrío o de un reflector, sobre un ring o sobre el cuerpo de un trapecista herido. Quiero decir que el registro de la voz de Becerra está construido sobre la base de introspecciones y repeticiones tumultuosas; de tanteos alrededor de la memoria, siempre e irremediablemente en fuga, siempre algo más, siempre perdido.

 

Hay además en su obra paisajes, personajes, canciones que reconocemos con facilidad, pues muchos de sus poemas son una suerte de mashups, cuyos elementos van y vienen del cine («Casa Blanca»), de los cuentos infantiles («La bella durmiente»), de la novela policial («El halcón maltés», «El pequeño César») y hasta de la nota roja («El ahogado»). No es probable que, de vivir hoy, Becerra compartiera del todo la opinión de Scorsese respecto del cine de superhéroes. Hasta es probable que usara alguna de esas películas o personajes para escribir algún poema. Tal vez Antman, cayendo inexorablemente en el universo de los átomos y los electrones. O el Dr. Banner y su ira persiguiéndolo hasta el fin del mundo. O Thanos, frente a la belleza apacible y dolorosa que ha creado. Fantaseo, por supuesto. Pero quizá no tanto. Lo prueba, supongo, el hecho de que a Becerra lo sedujo la tentación de reescribir la locura del hombre murciélago, en clave de poesía y heroicidad dudosa, importándole además un sorbete los derechos del nombre: Batman.

 

Algo de eso conversábamos, alguna tarde de 2011, con Roque Artemio Gallegos González, quien además de biólogo es escritor e ilustrador. Intentábamos por aquel tiempo publicar el número 2 de una revista literaria y ambos creímos que sería ése un buen lugar para publicar el Batman de Becerra, ilustrado por Roque al modo de un cómic.

 

En alguna parte de la tarea, un par de semanas después, tuvimos que reducir la cantidad de paneles para no encarecer más la revista. De cualquier modo –y eso fue lo triste de la decisión económica–, el número 2 de Nueva Orleáns (así se llamaba la publicación, no me pregunten por qué) nunca llegó.

 

Aun así, el trabajo de Roque Artemio con el poema de Becerra quedó hecho. Tanto él como yo lo hemos compartido alguna vez en redes sociales, donde debe andar todavía, extraviado en la oscuridad del fondo de alguna timeline.

 

Con ustedes…

Último día del tour de Francia dos días después de su final

Campeón: Tadej Pogacar (Eslovenia-UAE)

La llamada generación del noventa en el ciclismo pasará muy pronto al lugar donde pocos la recordarán. Luego del arrebato con el que aparecieron ciclistas como Quintana o Doumolin, esperaron por la partida de quienes les precedieron (Froome, Contador, Nibali) sin saber que vendrían unos niños a decirles que el talento sí existe y que ni siquiera es tu culpa el quedar condenado a la medianía.

Medianía misma que yo experimento cuando leo a grandes cronistas que, con soltura, escriben como yo jamás podré y tienen diez años menos y cobran por lo que hacen y viajan, así sea con tapabocas. En todas las disciplinas operan las comparaciones; están los que dan el salto a las grandes industrias editoriales, los reconocidos por editores autodenominados independientes y los que se quedan en las trincheras de una página.

Ahora me figuro a Nairo Quintana corriendo alguna de las llamadas Clásicas de su departamento – en Colombia llaman así a competiciones de tinte municipal que duran tres días a lo sumo-, bronceado por los días en la cordillera; los fanáticos le recordarán que el escándalo del dopaje no es más que la suma de menesteres que debe pasar un sudamericano cuando decide correr en Europa, nacidos de la envidia o una siniestra forma de entender al mundo en donde no se le permite a un hombre tan humilde como él – humildad de la que se suele hacer gala en el país al punto de convertirse en el pivote del orgullo nacional y ciclístico- alcanzar su deseado maillot amarillo. Pero el deseo es tal porque jamás se sacia y Quintana deseó el amarillo y lo continuará deseando en esas clásicas. Es un final como el de cualquier hombre que ha envejecido. Y los ciclistas son hombres cualquiera.

Doumolin tendrá un futuro más corporativo. Quizá en las filas de algún equipo. Hablará con parsimonia y se sorprenderá ante los rendimientos marcianos de los muchachitos que, más jóvenes cada vez, asaltan el pelotón mundial de los ciclistas. Otros, como Roglic, regresarán a sus casas silenciosas y referirán su amistad con ese hombre nueve años menos que le ganó el tour de Francia de la pandemia.

La generación de los treintañeros se va con muchas promesas incumplidas. En unos años no la recordarán mucho pues la narración de este juego es proclive a llamar monstruos y hacerles desfiles de honor a los ganadores: hay una vindicación marcial que explica por qué tanto cultor de este deporte se siente atraído por figuras militares o es afecto a los gritos nacionalistas y la erección de estatuas.

La generación del noventa será tragada por las apariciones estelares, así como este diario se quedará en el reducto que le corresponde. Aparecerán grandes libros, premiados, donde relaten la gesta de Tadej Pogacar y afirmen que ganó “solo” el tour para así instaurar su poderío en la competencia francesa. Habrá cientos de cantos sobre los logros de los niños precoces y feroces que han hecho recordar a los abuelos, ya muchos muertos y, en el medio, quedarán los atrapados en sus prospectos. Y no importa: habla mejor de ti lo que no tuviste y el lugar donde nunca entraste que los momentos en que levantaste los brazos y alguien te dijo «campeón».

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día veintiuno (etapa veinte).

LURE-LA PLANCHE DES BELLES FILLES

Ganador de la etapa: Tadej Pogacar (Eslovenia-UAE)

Líder de la clasificación general: Tadej Pogacar (Eslovenia-UAE)

La ventaja del aburrimiento es que las lagunas que permiten omitir ciertas circunstancias no se perciben. Fueron cuatro días, hasta hoy, en los que no escribí nada sobre el tour que, a falta de la contrareloj, pintaba para convertirse en el más mierda de los últimos diez años (lo cual dice mucho, gracias a Sky/Ineos). Pero, en los cambios normales que suceden en esas historias donde al final no sorprenden con “todo lo que pasó antes fue un sueño” o “una mentira”, con lo cual terminan optando al Oscar del año subsiguiente a su aparición, todo cambió, como en las telenovelas.

Tadej Pogacar paseará (porque la etapa 21 no tiene competencia) como campeón en París. Lo que hoy ocurrió marca el final del período de transición entre un tirano y otro en el tour. Froome será un recuerdo y Pogacar se instituye como el próximo dominador. En 2021, si es que la peste amaina, en julio el viejo emperador se arrastrará mientras el nuevo lucirá su juventud, sin saber que en unos años también será tragado por la dinámica del aplastamiento propia de estos espectáculos.

Se escribirán crónicas sobre el rostro desencajado de Roglic en la ascensión y su casco tan deslucido como el de don Quijote, el comodín para convertir a cualquier crónica en literaria y para desembocar con el adjetivo más usado en el ciclismo: “épico”. El golpe de efecto de hoy permitirá el acaloramiento de los espectadores y la exaltación de un “momento histórico”.

Ya en las llamadas redes sociales aparecen los esputos; los hechos por los fanáticos que dicen que Roglic ha pagado por su dopaje, las cetonas y los motores, hasta los que se burlan de López, que cayó del tercero al sexto puesto, superado incluso por Landa, que ya se perfila como un buen titulador de medios de comunicación para cuando se retire. Todos estos comentarios se ubican en la ingenuidad de creer que los ciclistas atacan porque quieren o no lo hacen porque, como dicen en el fútbol y sus rudimentarias consignas, “no tienen huevos”. El show del tour se ha salvado, al menos para los entusiastas. Se augura que en el 2021 Pogacar extenderá su dominio y se hará un lugar en el panteón de héroes de los fanáticos.

Hace más de un año escribí que me parecía más digno un retiro luego de ganar el tour que el hambre de dominar; supuse a Bernal abriendo una panadería en Zipaquirá, donde atendería luciendo su camiseta amarilla: esa hubiera sido la confesión de que el show tampoco es tan importante y ni siquiera ganar en el mismo es un fin en sí mismo: eso no pasó y este año Bernal está convaleciente. Con Pogacar tampoco ocurrirá que abandone el ciclismo en este momento porque existe algo a lo que los deportistas y cronistas entienden como “gloria”.

Y la gloria es ganar y ganar, como dicen algunos difuntos directores técnicos del fútbol: ganar y ganar, acumular y acumular.

Y, al final, morirse y pensar que lo recordarán.