Archive | Mil Asmas RSS for this section

Arauquitopia: una utopía literaria forjada en Arauquita

Arauquita, para el escritor araucano Umberto Amaya Luzardo: «Es la tierra del Cacao para los que tienen los pensamientos en la barriga y de la literatura para los amantes de la lectura».

Para datos históricos, simbólicos, geográficos, económicos y educativos, ahí les va compa el wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Arauquita  

 

De estas tierras de chocolate y lectores, salen las antologías Arauquitopia I y II, derivadas del proyecto ONDAS , suscrito al ministerio de Ciencia de Colombia, pues comprende que en el estímulo a la escritura creativa también  existe producción de conocimiento e identidad.

Esta revista literaria surge en la Institución Educativa Gabriel García Márquez bajo la dirección del profesor Pavel Eduardo Rodríguez.

La primera antología «una mirada de jóvenes escritores de la Orinoquía» comprende la producción de los estudiantes de dicho plantel.

 

Descarga_  «REVISTA LITERARIA»

 

La segunda antología, como lo anuncia explícitamente el título, es «una  mirada de escritores profesores de la Orinoquía», de los profesores del mítico municipio.

 

Descarga_ Arauquitopia_Tomo_II.

 

En esta variedad de textos, mi favorito, como lo pueden imaginar, es el más «cósmico», y es un microcuento del profesor Andrés Aguiar, docente del Juan Jacobo Rosseau, llamado Planeta Vanidoso.

 

La invitación , por supuesto, es a leer todo este ramal creativo de maestros que se la juegan por la escritura en la ribera del Arauca Vibrador.

 

 

 

 

El último esprint. Por Francisco José Martínez

Su respiración, que hasta ese momento había sido controlable, se disparó endiablada como el súbito trote de un ciervo asustadizo, que pasta tranquilo cuando de manera sorpresiva, siente la presencia de un depredador. El ritmo de pedaleo de Lucas aumentó, y sus músculos, cual acero templado, se tensaron preparando el momento agónico que se avecinaba. Sus piernas, a plena potencia, sus brazos rígidos como un ancla, y las manos agarrotadas, casi entumecidas de la fuerza que hacía asiendo la curva del manillar en el esprint.

Su rival, situado a un costado. Algo retrasado y casi fuera de su campo de visión angular, también aceleraba. Era una figura borrosa. Una vaga presencia que Lucas, no iba a permitir que le sobrepasase.

Y delante, refulgiendo la luz blanca que Lucas veía a lo lejos, se intuía detrás de la línea de meta. Le cegaba obligándole a entrecerrar los ojos.

– Esos focos malditos!, qué difícil medir la distancia desde aquí!.- se quejaba para sus adentros.

No obstante, ahí estaba la línea de meta, esa que tantas y tantas veces había rebasado el primero. Triunfante. Sintiendo esa sensación de plenitud y satisfacción. Esa dulce ambrosía de la victoria. Esa suerte de droga que engancha, y que todo esprinter necesita; y que una vez probada, se atenaza a tu sangre, y por tus venas, te hace saber que querrás repetir, una y otra vez, y otra, y otra…

Lucas se aproximaba rápido hacia la luz. La bicicleta, completamente lanzada, era impulsada como una locomotora por las poderosas piernas de Lucas. Su rival, seguía cual silueta desdibujada, negra y sin forma, superpuesta en un paisaje que Lucas, en su máxima concentración, no podía apreciar. Cual difuso fantasma, su rival, o ese entorno; no iba a dejar que se antepusieran entre él y la luz de esos focos en la meta.

El viento en la cara, casi un azote; y su silbido descontrolado, un regalo en los oídos. Una música celestial para Lucas. Esa sinfonía arrítmica y martilleante que le acompañaba cada vez que la velocidad de su bicicleta, sobrepasaba esa frontera a la que solo unos pocos elegidos del pelotón, podían ponerla durante esos diez segundos de esfuerzo máximo. La sinfonía que le servía de fondo a su grácil y poderoso baile sobre la bicicleta, y que cuanto más fuerte la escuchaba, más ganador se sabía.

¡Y qué fuerte estaba sonando ahora!. Lucas esbozó una sonrisa camuflada en su mueca de esfuerzo. Se regodeó en su superioridad, pues se merecía la victoria. Sí, se la merecía de verdad, aunque solo fuera para poder “restregársela por las narices” a todos aquellos que lo dieron por perdido estos últimos meses. Su retorno a la competición tras aquel fatídico accidente que lo mantuvo dos meses en coma había sido duro.

No iba a permitir que todos los que le decían que no volvería a subirse a una bicicleta tras aquel periodo, que ahora trataba de recordar, pero no venía a su memoria, se salieran con la suya. Él era un luchador, un ganador nato, y su esfuerzo por volver a ganar una carrera eran mayores que incluso sus ansias por vivir.

Sus pensamientos de triunfo, se vieron alterados de repente. Una sacudida en su costado izquierdo tras un fuerte contacto con el cuerpo de su rival casi lo descentra de su endiablado esprint hacia las luces. Escuchaba el jolgorio del público, como un murmullo de fondo que se va tornando más y más creciente, y que ahora, además, eran las notas añadidas de un nuevo instrumento que se sumaban al “solo” del viento en sus oídos, y a los jadeos de su entrecortada respiración.

Read More…

Lo que quieren los muertos. Un relato de Alberto Chanona

Les presentamos un cuento de navidad escrito por Alberto Chanona e ilustrado por Gabriela Soriano. Fue publicado, inicialmente, en textosur.com

 

Franklin murió en las vacaciones. Pero ninguno de sus compañeros lo supo hasta el segundo día de vuelta a clases, cuando la maestra Isaura entró al salón, acompañada de la directora, para dar la noticia a los cuarenta niños y niñas que conformaban el Cuarto B. Con los ojos enrojecidos y las manos enredadas en la tarea de desarmar un nudo invisible, la profesora apenas murmuró algo sobre la inocencia, la bondad y el cielo, antes de romperse al pronunciar el nombre de Franklin, primero en sollozos y luego arrastrada por un tumulto de bufidos donde las palabras asomaban angustiosamente la cabeza a ratos, sin asirse de la respiración. Cuando la directora trató de intervenir, ya era tarde: la clase entera se había derrumbado tras la maestra, en un pandemónium de lágrimas y gritos, por la ausencia definitiva de Franklin y por la consciencia, el horror, adquirido de golpe, de que los niños también mueren.

 

De espalda al desarrollo de la tragedia junto al pizarrón, Pablo observaba el pupitre de Franklin, tras el suyo. Sobre la tapa, tallada a pluma por niños que rotaban de salón cada dos años, Pablo reconoció en un rincón su mala letra, su insulto destinado meses atrás a quien, desde ahora, sería ya para siempre el niño muerto: un mono contrahecho, gordo y grotesco que escurría baba, debajo del cual había escrito «Franklin».

 

Enderezó la vista. Un temblor se arrastró, a través del súbito frío, desde su mano en el pupitre hasta su corazón. En la esquina del aula, tras la bruma hecha de niños amontonados sobre la maestra y la directora, estaba Franklin, de pie, sobándose las manos, mirándolo desde la cámara sin fondo de sus ojos, mientras abría la boca como una marioneta hecha de aire que intentase hablar bajo el agua, produciendo silencio. Silencio y vacío. Como el fantasma de un pez.

 

 

Read More…

Batman. Un poema Comic

Por Roque Artemio Gallegos González y Alberto Chanona

Fuente: textosur.com

 

 

La primera vez que uno la lee, casi todo en la obra de José Carlos Becerra (1936-1970) produce deslumbramiento. La vida interior revelada en esos poemas, la mirada con que Becerra parecía ver no sólo al mundo, sino los gestos del mundo y el movimiento en cada uno de los gestos del mundo. Leer un poema suyo no es como ver la película, sino elegir una escena y dentro de ésta un fotograma donde asoma algún personaje más o menos borroso, y a partir de ahí adivinar su pasado, porvenir y motivaciones, en la posición geográfica de un escalofrío o de un reflector, sobre un ring o sobre el cuerpo de un trapecista herido. Quiero decir que el registro de la voz de Becerra está construido sobre la base de introspecciones y repeticiones tumultuosas; de tanteos alrededor de la memoria, siempre e irremediablemente en fuga, siempre algo más, siempre perdido.

 

Hay además en su obra paisajes, personajes, canciones que reconocemos con facilidad, pues muchos de sus poemas son una suerte de mashups, cuyos elementos van y vienen del cine («Casa Blanca»), de los cuentos infantiles («La bella durmiente»), de la novela policial («El halcón maltés», «El pequeño César») y hasta de la nota roja («El ahogado»). No es probable que, de vivir hoy, Becerra compartiera del todo la opinión de Scorsese respecto del cine de superhéroes. Hasta es probable que usara alguna de esas películas o personajes para escribir algún poema. Tal vez Antman, cayendo inexorablemente en el universo de los átomos y los electrones. O el Dr. Banner y su ira persiguiéndolo hasta el fin del mundo. O Thanos, frente a la belleza apacible y dolorosa que ha creado. Fantaseo, por supuesto. Pero quizá no tanto. Lo prueba, supongo, el hecho de que a Becerra lo sedujo la tentación de reescribir la locura del hombre murciélago, en clave de poesía y heroicidad dudosa, importándole además un sorbete los derechos del nombre: Batman.

 

Algo de eso conversábamos, alguna tarde de 2011, con Roque Artemio Gallegos González, quien además de biólogo es escritor e ilustrador. Intentábamos por aquel tiempo publicar el número 2 de una revista literaria y ambos creímos que sería ése un buen lugar para publicar el Batman de Becerra, ilustrado por Roque al modo de un cómic.

 

En alguna parte de la tarea, un par de semanas después, tuvimos que reducir la cantidad de paneles para no encarecer más la revista. De cualquier modo –y eso fue lo triste de la decisión económica–, el número 2 de Nueva Orleáns (así se llamaba la publicación, no me pregunten por qué) nunca llegó.

 

Aun así, el trabajo de Roque Artemio con el poema de Becerra quedó hecho. Tanto él como yo lo hemos compartido alguna vez en redes sociales, donde debe andar todavía, extraviado en la oscuridad del fondo de alguna timeline.

 

Con ustedes…

Último día del tour de Francia dos días después de su final

Campeón: Tadej Pogacar (Eslovenia-UAE)

La llamada generación del noventa en el ciclismo pasará muy pronto al lugar donde pocos la recordarán. Luego del arrebato con el que aparecieron ciclistas como Quintana o Doumolin, esperaron por la partida de quienes les precedieron (Froome, Contador, Nibali) sin saber que vendrían unos niños a decirles que el talento sí existe y que ni siquiera es tu culpa el quedar condenado a la medianía.

Medianía misma que yo experimento cuando leo a grandes cronistas que, con soltura, escriben como yo jamás podré y tienen diez años menos y cobran por lo que hacen y viajan, así sea con tapabocas. En todas las disciplinas operan las comparaciones; están los que dan el salto a las grandes industrias editoriales, los reconocidos por editores autodenominados independientes y los que se quedan en las trincheras de una página.

Ahora me figuro a Nairo Quintana corriendo alguna de las llamadas Clásicas de su departamento – en Colombia llaman así a competiciones de tinte municipal que duran tres días a lo sumo-, bronceado por los días en la cordillera; los fanáticos le recordarán que el escándalo del dopaje no es más que la suma de menesteres que debe pasar un sudamericano cuando decide correr en Europa, nacidos de la envidia o una siniestra forma de entender al mundo en donde no se le permite a un hombre tan humilde como él – humildad de la que se suele hacer gala en el país al punto de convertirse en el pivote del orgullo nacional y ciclístico- alcanzar su deseado maillot amarillo. Pero el deseo es tal porque jamás se sacia y Quintana deseó el amarillo y lo continuará deseando en esas clásicas. Es un final como el de cualquier hombre que ha envejecido. Y los ciclistas son hombres cualquiera.

Doumolin tendrá un futuro más corporativo. Quizá en las filas de algún equipo. Hablará con parsimonia y se sorprenderá ante los rendimientos marcianos de los muchachitos que, más jóvenes cada vez, asaltan el pelotón mundial de los ciclistas. Otros, como Roglic, regresarán a sus casas silenciosas y referirán su amistad con ese hombre nueve años menos que le ganó el tour de Francia de la pandemia.

La generación de los treintañeros se va con muchas promesas incumplidas. En unos años no la recordarán mucho pues la narración de este juego es proclive a llamar monstruos y hacerles desfiles de honor a los ganadores: hay una vindicación marcial que explica por qué tanto cultor de este deporte se siente atraído por figuras militares o es afecto a los gritos nacionalistas y la erección de estatuas.

La generación del noventa será tragada por las apariciones estelares, así como este diario se quedará en el reducto que le corresponde. Aparecerán grandes libros, premiados, donde relaten la gesta de Tadej Pogacar y afirmen que ganó “solo” el tour para así instaurar su poderío en la competencia francesa. Habrá cientos de cantos sobre los logros de los niños precoces y feroces que han hecho recordar a los abuelos, ya muchos muertos y, en el medio, quedarán los atrapados en sus prospectos. Y no importa: habla mejor de ti lo que no tuviste y el lugar donde nunca entraste que los momentos en que levantaste los brazos y alguien te dijo «campeón».

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día veintiuno (etapa veinte).

LURE-LA PLANCHE DES BELLES FILLES

Ganador de la etapa: Tadej Pogacar (Eslovenia-UAE)

Líder de la clasificación general: Tadej Pogacar (Eslovenia-UAE)

La ventaja del aburrimiento es que las lagunas que permiten omitir ciertas circunstancias no se perciben. Fueron cuatro días, hasta hoy, en los que no escribí nada sobre el tour que, a falta de la contrareloj, pintaba para convertirse en el más mierda de los últimos diez años (lo cual dice mucho, gracias a Sky/Ineos). Pero, en los cambios normales que suceden en esas historias donde al final no sorprenden con “todo lo que pasó antes fue un sueño” o “una mentira”, con lo cual terminan optando al Oscar del año subsiguiente a su aparición, todo cambió, como en las telenovelas.

Tadej Pogacar paseará (porque la etapa 21 no tiene competencia) como campeón en París. Lo que hoy ocurrió marca el final del período de transición entre un tirano y otro en el tour. Froome será un recuerdo y Pogacar se instituye como el próximo dominador. En 2021, si es que la peste amaina, en julio el viejo emperador se arrastrará mientras el nuevo lucirá su juventud, sin saber que en unos años también será tragado por la dinámica del aplastamiento propia de estos espectáculos.

Se escribirán crónicas sobre el rostro desencajado de Roglic en la ascensión y su casco tan deslucido como el de don Quijote, el comodín para convertir a cualquier crónica en literaria y para desembocar con el adjetivo más usado en el ciclismo: “épico”. El golpe de efecto de hoy permitirá el acaloramiento de los espectadores y la exaltación de un “momento histórico”.

Ya en las llamadas redes sociales aparecen los esputos; los hechos por los fanáticos que dicen que Roglic ha pagado por su dopaje, las cetonas y los motores, hasta los que se burlan de López, que cayó del tercero al sexto puesto, superado incluso por Landa, que ya se perfila como un buen titulador de medios de comunicación para cuando se retire. Todos estos comentarios se ubican en la ingenuidad de creer que los ciclistas atacan porque quieren o no lo hacen porque, como dicen en el fútbol y sus rudimentarias consignas, “no tienen huevos”. El show del tour se ha salvado, al menos para los entusiastas. Se augura que en el 2021 Pogacar extenderá su dominio y se hará un lugar en el panteón de héroes de los fanáticos.

Hace más de un año escribí que me parecía más digno un retiro luego de ganar el tour que el hambre de dominar; supuse a Bernal abriendo una panadería en Zipaquirá, donde atendería luciendo su camiseta amarilla: esa hubiera sido la confesión de que el show tampoco es tan importante y ni siquiera ganar en el mismo es un fin en sí mismo: eso no pasó y este año Bernal está convaleciente. Con Pogacar tampoco ocurrirá que abandone el ciclismo en este momento porque existe algo a lo que los deportistas y cronistas entienden como “gloria”.

Y la gloria es ganar y ganar, como dicen algunos difuntos directores técnicos del fútbol: ganar y ganar, acumular y acumular.

Y, al final, morirse y pensar que lo recordarán.

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día dieciocho (etapa diecisiete).

GRENOBLE-MÉRIBEL COL DE LA LOZE

Ganador de la etapa: Miguel Ángel López (Colombia-Astana)

Líder de la clasificación general: Primoz Roglic (Eslovenia-Jumbo)

Hay reclamos y majaderías. La fiebre del fanático y la demanda de que su campeón luzca su hambre desatada de aplastar al otro – y así convertirse en alguien memorable o inmortal, como si no morir fuera el objetivo último de la vida – sólo se esclarece cuando su dios cae: empiezan las caras de amargura y las preguntas cuyas explicaciones son divertidas; en estos días donde dos de los ciclistas colombianos más nombrados han caído a puestos de segundo o tercer orden de la competencia, afloran las peleas y los orgullos heridos. Es más, aparecen reclamos de ecuatorianos que inculpan a Bernal por el lugar de Carapaz o las sospechas de algunos españoles que creen que Quintana está haciendo un drama para justificar su nuevo fracaso: falta poco para que afirmen que simuló su caída con Bardet y Mollema, lo cual lo haría un muy buen candidato para hacer de doble en Los Ángeles cuando termine su carrera ciclística. Lo enternecedor de este asunto es que se olvida que los ciclistas trabajan para corporaciones, que son asalariados y que, incluso, algunos han sido cobayas porque la competencia también es entre médicos, ingenieros, nutricionistas, preparadores físicos, masajistas y administradores de empresas.

La conciencia de que en la carretera opera una competencia que remeda la de afuera, propicia la pérdida de expectativas con respecto al entretenimiento dispensado por el tour. Abundan alegatos en torno al aburrimiento en el que se ha hundido la prueba -alegato repetido a lo largo de una década- y el anuncio de la agonía del espectáculo, como si este fuera el fin último del negocio, cuando puede que la entretención sea el rostro más superfluo de un trabajo que se centra en el desarrollo tecnológico de diferentes disciplinas: habría que preguntarnos sobre los avances en el conocimiento del EPO que se dieron luego de su uso indiscriminado en el ciclismo profesional durante la década de los noventa.

El nacionalismo enternece si no es que también funciona para que gobiernos le regalen dinero a empresas que se valen del nombre de un país para reflotar de sus quiebras o para que algún inservible se disfrace de policía y apoye a quienes han matado. En el caso del ciclismo, opera como el último bastión para que los televidentes se distraigan y discutan en los foros: si no está bien visto el fanatismo en muchos cenáculos ciclistas, los cálculos y las discusiones suelen incurrir en los reclamos por una distracción que, en el negocio, es secundaria: quizá estamos viendo la televisación de las reacciones corporales de hombres ultramedicalizados y nutridos con el fin de explorar los límites del cuerpo humano, así como las llamadas burbujas inmunológicas que buscan dar cuenta de una inmunidad en el pelotón pueden ser el piloto de medidas para que corporaciones y demás instituciones implanten políticas que ayuden a fortalecer la defensa contra el Covid.

La etapa del sábado tuvo como particularidad el hundimiento del campeón del año pasado, Egan Bernal, que trata de desdramatizar todo el asunto con la retórica de quienes saben que este es apenas un trabajo. Ayer siguió perdiendo tiempo en una de las peores etapas del tour de este año -no se puede decir que la peor pues, aunque parezca lejano, aún se recuerda lo ocurrido en la primera semana, justo antes de los vientos que prologaron a los Pirineos- y hoy se ha retirado. El Jumbo sigue dominando -continuamos bajo el imperio del gerundio-, gracias a que Van Aert, un belga que con seguridad disputará hasta último momento el título del campeonato mundial de Imola, impone un ritmo en las ascensiones que llevan a pensar que, con un poco de trabajo, podría  perfilarse como un campeón de esta prueba de no ser porque, en la tradición ciclística donde él nació, es más importante ganar las clásicas, y al alemán Martin, que se portó como el pastor implacable del rebaño durante la primera semana, que hoy día autoriza o no las escapadas insustanciales de todos los días.

Hoy, desde la subida a La Madeleine, Bahrein Mc Laren intentó dominar al pelotón e impuso un ritmo que parecía consumir a la escapada. Adelante, ya en el Col de la Loz, Carapaz, el ecuatoriano, luchó para no ser atrapado mientras atrás se desgajaban los rivales del Jumbo pese a que la intención del equipo Bahrein fuera la de acabar con la compañía del esloveno. Al final, cuando ya quedaron los llamados “capos”, el líder del equipo que trabajó todo el día no pudo atacar – Mikel Landa- y entonces vino el arreón de López, acompañado por los eslovenos, y el ecuatoriano fue rebasado: esta es la historia de una etapa que se calificará como emocionante pues el tour no da para más.

Al final, el colombiano llegó primero a meta y, en segundo lugar, el líder de la general que ha distanciado más a su connacional y se consolida como el virtual campeón del tour de la pandemia. En las cunetas había aficionados con sus tapabocas: eran como unas cobayas que miraban a otras, cuidándose de no contagiar ni contagiarse. Y nosotros, tras la pantalla del televisor, también nos aconductamos como cobayas, esperando el show de un negocio cuyo objetivo no es entretener sino experimentar.  

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día quince (etapa catorce).

CLERMONT-FERRAND-LYON

Ganador de la etapa: Kragh Andersen (Dinamarca-Sunweb)

Líder de la clasificación general: Primoz Roglic (Eslovenia-Jumbo)

El mejor homenaje a muchas etapas del tour es escribir palabras como los ciclistas cumplen con etapas insustanciales. Hoy es el día del homenaje: ganó Andersen y Roglic sigue de líder en la clasificación general. Dicen que mañana será diferente, algo que se suele decir cuando la vida se va de las manos y se termina esperando.

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día catorce (etapa trece).

CHÂTEL-GUYON-PUY MARY CANTAL

Ganador de la etapa: Daniel Martínez (Colombia-EF)

Líder de la clasificación general: Primoz Roglic (Eslovenia-Jumbo)

¿Por qué no ataca Ineos? La pregunta, hecha a treinta kilómetros de la meta, por un joven comentarista, se despejó tiempo después, cuando Egan Bernal sacaba la lengua en la última ascensión – sacada de lengua de la que hizo gala frente a los cámaras minutos antes, como sabiendo lo que iba a ocurrir-. Adelante, se marchaban los eslovenos Pogacar y Roglic y, al final, ambos ocupan los dos primeros puestos de la clasificación general. En el caso del fanatismo colombiano, la euforia, porque el ganador de la etapa fue Daniel Martínez, devino en amargura y frustración; para los sedientos de revanchas marciales y de heroísmo, mientras se asesinan ciudadanos por parte de la policía en la capital del país, que haya cuatro colombianos entre los diez primeros pero que ninguno ocupe los dos primeros lugares es una afrenta contra la sobrevalorada y gaseosa “mentalidad ganadora” o jerarquía, como suelen esputar algunos comentaristas del fútbol.

El líder actual, Roglic, tiene una cadencia semejante a la de Armstrong, dicen algunos periodistas, como para asegurar que lo venidero será una confirmación de su superioridad. Cuando entró a la zona de meta se veía fresco, sin descuadernarse mientras atrás, salvo Pogacar, entraron con los rastros del sufrimiento. Para los que sólo ven el tour porque esperan que gane alguien de su país, ya aparecen las palabras esperar o Covid en el horizonte. O aguardan un inverosímil desfondamiento de Roglic; son las principales armas para mantener a la audiencia y exacerbar el chauvinismo.

En la última ascensión, aparecieron muchos espectadores con el tapabocas colocado en sus papadas; gritaban y quizá escupían a sus ídolos: escupitajos que pueden ser letales, aunque parece que todo está “bajo control” y el tour tendrá un final distinto a la variante pandémica. En el muro final Martínez – el ganador- mostró capacidades inéditas para los escaladores colombianos y venció a dos integrantes del equipo Bora.

Hoy, la clasificación general está compuesta, en un sesenta por ciento, de ciclistas provenientes de dos países impensados para tales lugares hace una década: Eslovenia y Colombia. La primera nacionalidad tradicional que participa de ese listado es España, con un veinte por ciento. Quizá todo esto no pase de una anomalía propia de un año anómalo, quizá sea el remache de una nueva época en la que los nacionales de países de segundo o tercer orden económico han irrumpido, lo cual no significa un desarrollo deportivo de esos lugares sino la mundialización del comercio de fuerzas de trabajo por parte de las grandes corporaciones que buscan talentos. Es una obviedad que debe repetirse, sobre todo para la fanaticada colombiana: el tour no es una competencia hecha por representantes de diferentes países sino entre marcas que invierten en el negocio y la nacionalidad resulta incidental.

Cuando en los relatos del tour aparecen expresiones como “esperar a ver qué pasa”, asoma el primer rasgo de una abdicación. Con seguridad, para mantener algo de tensión en el espectáculo, después del domingo se hará referencia que lo más codiciado es un lugar en el podio final: jamás los relatores del ciclismo pueden perder la oportunidad para exaltar lo que otrora fuera considerado una desazón; magnificarán la lucha por el lugar en el podio entre los colombianos y Porte que, de seguir así, llegará mucho mejor colocado en la clasificación final luego del penúltimo día de Contrareloj.

Mañana ocurrirá una etapa que pinta anodina, no por el trazado sino por la forma como se correrá – casi siempre ocurre lo contrario a lo que espero y, muchas veces, sale peor de lo que esperaba-. El domingo se avizora un gran cambio, al menos en lo que concierne a la clasificación que empieza en el tercer lugar porque el primero y el segundo parecen reservados a los que tienen más vatios en sus piernas: vatios de Jumbo y UAE.

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día trece (etapa doce).

CHAUVIGNY-SARRAN CORRÈZE

Ganador de la etapa: Marc Hirschi (Suiza-Sunweb)

Líder de la clasificación general: Primoz Roglic (Eslovenia-Jumbo)

Los poetas y músicos que se matan, luego de grandes episodios de tristeza medicalizada en patobiografías, sirven para que, quienes tememos a esos meandros, podamos consumir algo de lo que ellos enseñan: sus canciones y versos instituyen el parque temático de la depresión que sirve para que cada uno de nosotros tenga sus cinco minutos de malditismo. Es más, no importa el nombre del nuevo muerto, salvo para algunos fanáticos; los demás buscaremos otros jóvenes que se inmolarán y se convertirán en el souvenir de un lustro o, con suerte, de una década.

En el ciclismo también hay suicidas en las carreteras. Se los llama valientes o aventureros y se les permite escapadas de kilómetros. Los espectadores nos solazamos y les hacemos hurras, aferrados a una reivindicación de la «esencia del ciclismo», cifrada en el núcleo de lo “épico”; pretendemos que ello hará emocionante a un espectáculo que, para quienes se educan en el boxeo o el fútbol, les semeja una “carrera de bicicletas”, como me lo dijo alguien en estos días.

Esos héroes ocasionales se difuminan tan pronto cruzan la meta. Los periodistas se ocupan de la clasificación general, la cual no se mueve en etapas entretenidas como las de hoy. Y es que el carácter doble de las competencias largas se da en estos momentos: “se corren dos carreras”, dicen muchos, para explicitar que una es la situación de la etapa y otra la de la clasificación final, que comprende el tiempo empleado durante los 21 días de competencia si es una gran vuelta. En esa duplicidad, predomina el segundo rostro, con lo cual, lo que pasa en concreto en la carretera se torna en lo incidental y propicia que con esos aventureros ciclistas ocurra lo mismo que los poetas y músicos que se matan: se los consume y olvida.

El lugar ocupado por Hirschi en este tour ha sido el del constante buscador. Se le exalta su valentía y se proclama su prospecto como gran estrella del «mundo pedal». Hoy muchos hicieron fuerza para que llegara en solitario; a diez km de meta, distanciaba a más de medio minuto a sus perseguidores, casi todos ellos abrasados por el hálito de esa valentía que, si no se refrenda con el cálculo de un triunfo en una clasificación general o en una clásica con prestigio – esa modalidad en la que se siente que el ciclismo aún cuenta con reductos no invadidos por la tiranía de los libretos-, serán tirados al estante de las curiosidades del que nos valdremos cuando nos pavoneemos por con algún gesto que nos coloque en el sobrevalorado lugar de erudición ciclística.

Finalmente, Hirschi ganó. Ya se tomó como dato curioso que el último connacional suyo que había ganado una etapa fue Cancellara, el suizo al que llamaron Spartacus – los apodos, en el ciclismo, como en casi todo espectáculo, operan con la misma función que tienen en el circo: enfatizar y exagerar una característica y relacionarla con algún héroe que sirva para enfatizar eso «épico» en torno al cual gravita la narración «ciclosófica»-.

A Alaphilippe se le estropeó la bicicleta a dos kilómetros de meta, confirmando su mala suerte en la competencia y Rolland salió al ataque para lograr un segundo puesto que lo colocará en ese lugar donde le valdrá algunas crónicas y libros a futuro: el hombre que siempre fue un casi.

El ganador, con 22 años, ya aparece en la generación de jóvenes osados como Evenepoel o Pogacar y muchos otros que, ojalá, no se desboquen al punto de estar viejos y cansados cuando les llegue los 27.

Acá podrá leer una crónica sobre los hechos acaecidos desde el kilómetro 0 de la etapa