NO ES UN ADIÓS SINO UN HASTA LUEGO, A UN GRANDE, DON SALVADOR FREIXEDO
“Cuando me acueste para morir, estaré a punto de nacer”.
Salvador Freixedo

Una señora sale de un barrio de ricos, estropeada como un robot al que se le da abuso y maltrato. La pregunta que nos dejó Freixedo, a lo largo de sus incontables conferencias, apariciones en la radio y la tele, y varios libros, como prolífico autor, fue ¿qué hace que los humanos nos comportemos de esa forma con otros humanos? Y la respuesta parece estar clara: desconfiemos de nuestros dioses.
El Dios a que se refiere Ignacio de Loyola es por supuesto el dios de la Biblia; el rencoroso y miserable dios del Pentateuco. Y a ese individuo yo me niego a darle ninguna adoración ni servicio.
No tenemos mucho qué decir, sino que se murió Don Salvador y ya todo se sigue yendo a la mierda.
Cada vez el mundo se vuelve más una granja y los Dioses son más Dioses.
La función continúa infortunadamente. Y somos los animales del circo, al que asisten criaturas para nosotros extraordinarias: a divertirse con nuestras monerías de filisteos.
Aún recordamos aquél día que don Antonio Ribera dijo que si los extraterrestres no existían, debíamos inventarlos para acallar jetas racionales de suficiencia.
Son esos mismos hijueputas extraterrestres los que nos hacen sentir racionales, los que nos aplauden las morisquetas circenses.
¿A quién queremos gustar, don Salvador?

«Mi iglesia duerme» el joven Jesuita rebelde, Freixedo
En el cristianismo se nos dice que Dios es nuestro Padre. Pero cuando uno lee la Biblia llega a la conclusión de que el hombre, en esta etapa de su existencia es un pobre huérfano en el Cosmos.
Ahora que saldrán los frikis a hablar mucho de Don Salvador, no queda más que el mutismo. Nos gustaría temernos que esto ha sido una broma pesada, que uno después de muerto solo tiene tierra y putrefacción; pero los malparidos extraterrestres nos harán reencarnar para seguir con su oprobioso y ruin espectáculo, a costa de nuestra orfandad.
Un OVNI nos espera al final de la muerte y al inicio de otra nueva muerte, en otro rincón del cosmos. Tú comprendiste eso, y por eso nunca te atreviste como los rufianes a dar una definición de Dios, sino que te declarabas un agnóstico enamorado de la inmensidad del misterio, misterio al que ayer has penetrado en medio de la complejidad de tu sueño
Y, como en el amor, te habitó la reciedumbre del que sabe de la próxima desilusión, la cual se alimentará de un nuevo enamoramiento, hasta que alguna vez, quizás, aparezca algo semejante a todo.

Jueputa, estamos tristes y agradecidos con vuestra existencia, don Salvador.
Que algún día, un cohete psíquico, dispare tu nombre en el firmamento:
¡SALVADOR FREIXEDO ESTUVO AQUÍ Y NO COMIÓ CUENTO NI SE LA MAMÓ AL GRANJERO DE HUMANOS!
Una reflexión en los anales de Pard, el gato de Ursula K. Le Guin

A los 89 años de nacimiento de Ursula K. Le Guin, con más de un año de su deceso, recordamos a la americana, además de célebre escritora de ciencia ficción y fantasía, como una observadora de la naturaleza humana y gatuna. Por ello, compartimos una de estas observaciones acerca de su amado gato Pard, porque ella también experimentó en vida el vórtice paradimensional de cachorros y espíritus, que nos conecta con los MIL INVIERNOS, y a todos nos pone mal e infelices:
Quiero decir claramente que no creo que ningún animal sea capaz de ser cruel. La crueldad implica la conciencia del dolor ajeno y la intención de causarlo. La crueldad es una especialidad humana, que los seres humanos siguen practicando, perfeccionando e institucionalizando, aunque rara vez nos jactamos de ello. Preferimos repudiarlo, llamándolo «inhumanidad», atribuyéndolo a los animales. … El gato salvaje y el ratón salvaje tienen una conexión clara, altamente desarrollada y bien entendida: depredador y presa. Pero la relación de Pard y sus antepasados con los seres humanos ha interferido con sus instintos, confundiendo esa claridad feroz, medio domesticada, dejándolo a él y a su presa en un lugar insatisfactorio e infeliz.
MIS-Entropía, por Sebastián G. Calderón
MIS-Entropia // Sebastián G. Calderón.

La hora del nuevo
reino ha llegado, la segunda venida está cerca
Ana. Por Osbaldo García Muñoz

I
Despiertas más tarde que de costumbre. Estás despierto; lo sabes porque, soñoliento y torpe, adviertes el ruido en las calles y el picoteo de pájaros rojos en la ventana. “¡Pájaros del demonio!”, ruges, escupes desde el fondo ascendente y circular de tus intestinos. Abres los ojos, despegando los párpados con una pesadez y la sensación de que cada parte de tu cuerpo se golpea una contra otra. Tratas de incorporarte y la vida te oprime, te duele como un resucitado que desconoce la luz. “Todavía es hora”, piensas, mientras miras un brazo sobre tu pecho. “¿Y esto?” te dices, haciendo un esfuerzo por quitarte de encima el bulto de carne sudoroso que aprieta sus senos contra ti. El olor de su aliento alcoholizado te repugna. Aun así, observas su rostro de vela desencajado y el cabello enmarañado sobre el hombro. “¿Quién putas eres?”
Te sacudes la cabeza, te das golpes en la frente, soplas y resoplas igual que hembra a punto de parir. Luego, tu nebulosa memoria le da forma a todas esas cosas que preferirías olvidar en ese momento: tu desordenada vida que de pronto se da vuelta y te trae como vorágine lo sucedido. Sí, aun entre la bruma, lo recuerdas: once treinta. Ahí está la hermosa prostituta de veinte años frente a ti, moviéndose como poseída por algún ser mitológico y desconocido: ¡hidra, serpiente de agua y fuego!; ahí está esa virgen quimérica con su rostro pálido y el cuerpo lamido por las luces neón; ahí está, sacudida hasta el espanto. Y estás tú, acariciando con los ojos el aire, extasiado por aquella ebriedad colectiva del centro nocturno que conoces como tu casa; ahí está todo ese estiércol con aroma a Dios incólume que te libera de la mierda cotidiana: la música, el bullicio descarnado y las estridentes risotadas de las mujeres y los hombres de figuras fantasmales. “Es la nueva, se la recomiendo, patrón”.
Ana es su nombre. Ana, la “misericordiosa”, la recién llegada, la migrante convertida en fugitiva del hambre y del dolor. Sí, ahí estaba, pidiéndote que la desnudaras, que la hicieras olvidarse de El Salvador y las “broncas” para llegar a México: “¡Quítame el vestido!” te dijo y tú creíste que habías encontrado a la mujer de tu vida: “Eres la mujer de mi vida”, dijiste; se lo dijiste, se lo repetiste tantas veces que aún te zumba el oído con ese “amor eterno” que se esfumó entre los cigarros y las botellas de ron. Ana, una ninfa enflaquecida que parecía conocer los misterios del amor y la fantástica realidad de los sueños a ultranza.
—¡Ana, despierta!
Reseña de Luminoso de Greg Egan, por Luis Bolaños y Luis Cermeño
En este ejercicio reseñístico se pretenderá hacer más que un escrito a dos manos, una interlocución sobre un mismo texto. Siempre he tratado de seguir las recomendaciones de las lecturas de Bolaños, lo que me ha llevado a hallazgos valiosos por los que siempre estaré agradecido con quien considero un maestro de la ciencia ficción. Con todo mi respeto y cariño acá aventuro este experimento:
(En letra cursiva pondré mis comentarios, siempre después del texto original de Bolaños)
Para leer la reseña original de Luis Bolaños en Nirgal22 (con excelentes ilustraciones eróticas de artista Michal Dutkiewicz) :
Luminoso Defecto o porque debemos leer a Egan

Luminoso Defecto // cuando se computó el defecto matemático.
Greg Egan siempre me ha atraído y en algún momento decidí comentar una de sus antologías, acabo de terminar Axiomático y ya estoy leyendo Luminoso, como adelanto presento un comentario al relato del título.
EL nombre de Greg Egan para mí es lejano, tan lejano como su natal Australia, por esta razón hice con él lo que hago con la mayor parte de escritores que me interesa empezar a leer, buscar una foto. Ayer escuchaba un programa en la radio sobre Leonardo Da Vinci y decían que la imagen que todos tenemos de él es del romanticismo y nada indicaba que así fuera, entonces surgió una mini discusión si era importante conocer la cara al genio o no, esa obsesión occidental por saber el rostro a pesar de que ese otro nos haya descubierto su cerebro, y dieron cuenta de toda esa labor por encontrar los restos del pintor florentino. Bueno, lo cierto es que después de ver muchos Greg Egan entro a su página https://www.gregegan.net/ y allí él escribe que no tiene fotos en internet y que es culpa de muchos idiotas en google que aparecen varios rostros de Gregs Egans como escritores de ciencia ficción que no son él.
A mi juicio, el relato denso y fluido resbala cual mezcla de mieles atiborrándonos de sabor y asombro. Quizás le falta un sustantivo para alcanzar su densidad exacta y quedar a punto para hornearse en el actual batiburrillo de economía financiarizada repleta de maniobras casi o de lleno dolosas con futuros autorizadas por la vía legal, intereses negativos, contracción de la ganancia en la producción e inundación de masa monetaria en los bancos y corporaciones mientras a la gente común y corriente no le llega y moran en el desierto de la carencia: Luminoso Defecto, por la increíble máquina y por la teoría de base que crean para explorar el mundo y las matemáticas se aproxima a esa situación bárbara donde el imperio USA, si le exigen pago en oro por la redención de sus bonos (detentados en alto porcentaje por China, Rusia y Japón) el próximo mes podría declararse en quiebra.
Sobre el relato uno podría pensar en una narrativa tipo Quemando Cromo, o los cuentos cyberpunks que aparecen en la antología Mirrorshades, ya que está contado de una manera directa y violenta, de modo tal que podría servir a la realización de un corto o un episodio de Black Mirror. Pero vemos que incluso los escenarios futuristas de Black Mirror se quedan cortos, ante las aristas que nos presenta Greg Egan en Luminoso.
Alison, la protagonista dice que: Calcular la diferencia entre la verdad y la mentira requiere de un mapa fractal donde convergen dos ondas numéricas y cuyo borde de encuentro semeja un cuadro de Escher, lo que posibilita esa imagen es el azar actuando como organizador caótico en lo local, lo cual es suficiente para efectos del relato y nosotros los lectores quedamos enganchados al discurso explicativo que además bebe de la aventura, la intriga, las trapisondas de la corporatocracia, el exotismo, los discursos epistemológicos, la filosofía cuántica al estilo de Capra, la profusión de gadgets tecnológicos (necrotrampas, ordenadores de luz, matrices de rayos láser), la penetrante y abarcante visión de la ingeniería biotecnológica, tan apabullante que uno casi siente las cascadas de genes, virus y partículas letales derramándose sobre los infectados, y que se utilizarían para doblegar voluntades, uncir mentes a bellacadas empresariales, enfermar órganos, denigrar y demoler cuerpos en aras de la tasa de ganancia.
Al ser un cuento datado en 1995 sorprende la cantidad de predicciones que acierta en lo que respecta a nuestra fecha. Por ejemplo, el ascenso y la supremacía del modelo Capitalista Chino, con una estructura paradójicamente comunista; también la progresiva descentralización e irrelevancia de los aparatos frente a la información cada vez más ubicua y menos dependiente de los dispositivos -es decir, que predijo preclaramente que Internet se ubicaría en la nube como casi toda la información; y por último, fue capaz de proponer un modelo creíble, ambicioso y exquisito de una supercomputadora cuántica sin ninguna conexión a internet.
Copi, señor de las ratas. Por Daniel Maldonado Velázquez

De Desconocido – Mágicas Ruinas, Dominio público,
Copi es el que está a tu izquierda. A tu derecha, posa Susana Giménez
Existe, dentro del panorama literario argentino, una especie de tradición que se aleja y no poco de las formas pulcras y refinadas de un Jorge Luis Borges o de un Adolfo Bioy Casares. Esta tradición, contestaria según algunos, pareciera el resultado de una síntesis de voluntades: la de un puñado de escritores que a lo largo de su trayectoria confeccionaron obras furiosamente irreverentes, tenidas por marginales (La sinagoga de los iconoclastas, Tadeys). Marginales no sólo respecto al canon literario argentino (un canon que, dicho sea de paso, se encuentra en constante redefinición), sino frente a cualquier etiqueta –la de marginales, incluso.
Usualmente, el escritor tildado de molesto, incómodo o raro se sabe molesto, incómodo y raro y todavía más: incordia escribiendo al borde, desde el borde y sobre los bordes, con papel de baño ahíto de mierda y con el dedo –como estilógrafo– listo para la carga.
Copi es, fue, uno de ellos. Haber escrito buena parte de su obra en un idioma que no fue el suyo ilustra su condición de autor límite: ante el pasaporte o el carnet de identidad (nació en Buenos Aires, vivió en París), opuso la figura del outsider.
Hay otros, desde luego. Rodolfo Wilcock, Osvaldo Lamborghini. Pero probablemente Copi llevó a sus extremos esa condición de extranjería dentro y fuera del centro. Fue un marginal en los salones de la gran literatura argentina. Y lo fue, por supuesto, cuando se supo extranjero en Francia y cuando comenzó a escribir en una lengua que volvió alcantarillera.
¿Cuándo se domina una lengua? ¿En qué momento sobreviene en quien escribe la revelación de que se ha aprendido lo suficiente o, peor aún, lo necesario del idioma ajeno para poder redactar las notas que solicita, bonachón, el jefe de la sección cultural del periódico francés, alemán, inglés, que lleva la luz de la verdad, del progreso y de la civilización allende las fronteras de las naciones más prósperas del planeta? ¿Puede un escritor reconocer el instante en que comienza a dominar la sintaxis de una lengua que no le pertenece, el instante que lo convierte en figura acreditada para nombrar? Dudo mucho que Copi, –extranjero aquí, extranjero siempre–, haya tenido ganas de formularse estas preguntas. De haberlo hecho, sus ficciones (y, en particular, La ciudad de las ratas) constituyen una –sarnosa y sardónica– respuesta.
El lenguaje, para Copi, no era medio sino fin. Un escritor que se precie de serlo entiende esto a la perfección. O quizá lo entienda medianamente bien o puede que no lo comprenda para nada; pero lo sospecha, lo intuye: percibe la mugre en los pliegues del idioma.
En La ciudad de las ratas (ya, de Copi), lo turbio impera y la suciedad prevalece. Gouri, narrador y protagonista del relato, es una rata mesiánica que encabeza un movimiento de liberación de las ratas del mundo. A través de una serie de cartas, da cuenta de las aventuras de una “secta maldita” integrada por la reina de las ratas y sus dos hijas modositas y lloronas; una serpiente que posee dotes de político experto; Rakâ, criatura leal; Mimile, especie de Bukowski desmesurado; y por Vidvn, infante impertinente y compañera de Mimile.
Si, como dice Ricardo Piglia, el viaje y el crimen configuran dos tradiciones que son, a su vez, dos formas de narrar, la novela de Copi abreva de la primera de ellas: la del reconocimiento y exploración (más o menos festiva) del mundo de afuera, de la vida exterior. Ahora bien, en La ciudad de las ratas el crimen también está ahí; no sólo como eje temático –gran parte de los personajes de la novela son criminales– sino como elemento que articula el lenguaje y lo penetra y vulnera:
No sabíamos que en los humanos el pene del macho cumple la misma función que la ubre de la hembra, sino mejor, dado que el placer que experimentan es más intenso, ya que la forma del pene se acomoda mejor a la forma de una boca humana pasada la edad de las encías desdentadas, aunque la leche tarde más en llegar en el macho que en la hembra, y llega por sacudidas, como pudimos constatar de cerca.
Hay en estas líneas algo de informe antropológico. Se entiende: desde sus comienzos, los relatos de viaje supusieron un modo, viciado y prejuicioso, de aproximarse a lo desconocido. Rata viajera, Gouri describe las costumbres practicadas en subterráneos, cloacas y basureros. Y repara especialmente en los hombrecillos. Gouri encuentra fascinante el comportamiento de los humanos –caídos en desgracia– con los que interactúa. A nuestros ojos, se trata de entes temibles y patéticos; a los suyos, de seres complejos y entrañables.
Pocos han sido capaces de divisar la línea que separa a lo conocido de lo ignoto y peligroso; son aún menos los que han podido cruzarla. Copi lo consiguió al tensar un idioma que no fue el suyo; al dilapidar la pertinencia de la corrección. Lo consiguió, en fin, al asumirse habitante del otro lado. Un señor de las ratas.
¿La movilidad perfecta? según Escovar
La visión del futuro del escritor es un megatón de ácido sulfúrico sobre la visión ingenua de quien nunca piensa en el futuro, y por eso sueña tonterías, o sobre el discurso cínico de quien se lucra de la vulgaridad de una promesa.
La movilidad perfecta, según Andrés Felipe Escovar, será cuando nada sea. Ni cuando Bogotá sea Bogotá ni cuando la movilidad sea movilidad sino una inconstante inmovilidad solo interesante para posibles arqueólogos del futuro.
Andrés Felipe Escovar, es editor de Mil Inviernos, y en todo este tiempo de eulogias hacia el onanismo, además de convertirnos en el hazmerreír de muchas hienas nos hemos vuelto unos consultores sobre el futuro ni los más machos. Pues cuando alguien o algo quiere saber a dónde puede dirigirse en un ejercicio de prospectiva, piensa en nosotros, pero nosotros no queremos ir hacia ningún lado, ya que incluso habitando el futuro estamos desesperados por vomitar el mundo a nosotros incluyendo.
PERO ESTA ES LA DIFERENCIA ENTRE UN ESCRITOR Y UN CANTAMAÑANAS VENDE-MOTOS (O VENDE-VOLVOS EN EL CASO DE LOS URBANISTAS STATUS-QUO BOGOTANOS):
La visión del futuro del escritor es un megatón de ácido sulfúrico sobre la visión ingenua de quien nunca piensa en el futuro, y por eso sueña tonterías, o sobre el discurso cínico de quien se lucra de la vulgaridad de una promesa.
En este enlace pueden ver la visión de Escovar sobre la movilidad de Bogotá cuando no sea Bogotá:
¿Cómo sería la movilidad perfecta en Bogotá? Un experimento ilustrado
Andrés Felipe Escovar, escritor

«La movilidad perfecta se dará cuando Bogotá deje de ser Bogotá.
Para eso no falta mucho: basta con que la gasolina y el diésel sean artículos de lujo. O que toda nuestra civilización, basada en una adicción al empleo desmesurado de energía, incurra en una crisis de deprivación; no habrá con qué echar a andar los motores y, entonces, la gente deberá volver a las bicicletas (si es que alguna vez estuvo). Ni siquiera los vehículos de tracción animal serán económicos; su alimentación será tan onerosa como el uso de hidrocarburos. Además, ya se habrá corroborado que la utilización de las llamadas energías alternativas, es tan dañina como la otra.
Bogotá dejará de ser Bogotá pero aún habrá bogotanos que vivirán en el extrarradio: se habrán marchado cuando yo no hubiere nada qué consumir o, al menos, las monedas sean tan escasas como las frutas. Los supermercados semejarán las imágenes que sirvieron para sembrar pesadillas socialistas, como si no se hubiese necesitado una hecatombe política, que tanto hicieron temer, para desembocar en el espanto.
Al centro y demás los lugares que ocuparon los otrora grandes exportadores y especialistas en la bolsa y finanzas, a los conglomerados burocráticos y a los restaurantes donde los burócratas llenabas sus estómagos hasta irritarlos, los nuevos bogotanos irán para extraer materiales: será la extracción a los complejos edificios que resguardaron a los extractivistas pues, como se solía decir, ‘nada es gratis en la vida’.
Las calles empezarán a repoblarse de hierbas, de algunos insectos (los que sobrevivan a los incrementos de las temperaturas) y serán sinuosos caminos por donde los nuevos bogotanos intentarán recordar que, no hacía mucho tiempo, esos lugares estaban atiborrados de vehículos que ahora se descascaran y son utilizados como pequeños bancos de materiales para construir cosas que les permitan sobrevivir. Recordarán que alguna vez alguien se imaginó un espacio despejado donde la gente podía ir muy de prisa a sus trabajos, sin reparar que el daño no empezaba ni terminaba en un trancón».
Kumbala. Por Osbaldo García Muñoz
Osbaldo García ha tenido la generosidad de aportarnos otro de sus relatos. Esta vez, la noche rompe con las argucias liminales y se expande hasta estallar en la mirada de quien siente anochecer. La imagen que acompaña a esta entrada también es autoría del escritor.

La puta destapó la cerveza y arrimó su graso cuerpo hacia mí. Un olor agrio punzó mi cabeza. ¡Tócale, mi rey!, me dijo, moviendo su regordeta cadera. Levanté la mirada a la altura de sus senos. El rojo brasier era insuficiente para contener la carne. ¿Sos mampo?, preguntó con ironía. Extendí un billete de cincuenta pesos. Lo tomó despacio, dejando una caricia áspera y húmeda en mi mano. Pasaban de las once y el calor de Tapachula era insoportable. ¿Qué mierda hago aquí?, me dije. Las mesas eran de plástico y estaban dispersas en un espacio no mayor a treinta metros cuadrados. Una consola tocaba música mexicana y guatemalteca. Cinco mujeres viejas y mal vestidas cruzaban las piernas sentadas junto a la pared. Di el primer trago a la botella: recordé mis 20 años de sobriedad y el día de mi boda, aquél año en que tuve mi primer trabajo y juré no volver a tomar jamás.
La puta regresó con unos limones partidos, sal y escasos cacahuates sobre un plato pequeño que me causó risa. Extendió sus uñas largas y violetas para darme un puñado de monedas. Insistió: ¿Vas a coger? Volví a mirarla a los ojos. Sus labios de semáforo refulgían un rojo plastificado y seco. Una cicatriz a la altura de las cejas se escondía maquillada. Las ojeras se disfrazaban con la oscuridad de los cosméticos, pero era inevitable ocultar los estragos del tiempo, las drogas y el desvelo. No pasaba de treinta años. Sus ojos miraban todavía con la esperanza lejana que da la juventud mal vivida. ¿Cuánto?, pregunté. Trescientos, contestó. Me reí. Toma cinco pesos y vete, le dije, poniendo una moneda en su mano. ¡Pendejo!, exclamó enojada. Se dio la vuelta y volvió a ocupar la misma silla junto a sus compañeras.
Fui al mingitorio. Una mezcla pestilente de limones, orines y vómitos hizo que volteara la cara y me salpicara los pantalones. ¡Mierda! El agua caliente salió de mi cuerpo en chorros desbordados. Recordé a los toreros muertos y su agüita amarilla: baja por el caño, etcétera. Un hombre estaba apoyado en el urinal y cantaba con lenguaje incomprensible. Leí en la pared: Morir es como acostarse a dormir sin levantarse a orinar. Me subí el cierre. Busqué dónde lavarme las manos, pero sólo encontré un bote oxidado con agua turbia. Me limpié las manos en el pantalón. Era eso o arriesgarme a agarrar una infección. Saqué el celular del bolsillo y vi varias llamadas perdidas y mensajes de WhatsApp: Te estuve marcando, a ver si ya te dignas a responder. Mi exmujer estaba desatada. Amenazó: ¡Voy a demandarte! Desde hace tiempo venía diciendo lo mismo: que los niños están en la escuela; que se enferman mucho; que lo que le daba no era suficiente; que quién sabe dónde madres me gastaba la lana; que era un putañero; que quién sabe en qué estaba pensando cuando te di las nalgas; que a la chingada con lo nuestro; que con que me des el gasto completo y lo demás me vale madre; que chingas a tu madre si no vuelves a contestarme el teléfono.
Bebí con ansia el último trago de cerveza que quedaba. Levanté el envase para que trajeran otra, mientras guardaba el celular sin poner atención a la llamada entrante. Levanté la mirada al notar la sombra de un bulto frente a mí. ¿Media, caguama o caguamón?, dijo la voz chillona. Media, respondí a aquel cuerpo flaco ajustado a una playera y pantalón pesquero. ¿Media? El mampito me vio y dibujó una sonrisa en su rostro. ¿Qué, veniste a tomar o calentar asiento? Pinche puto, pensé. Tráeme una caguama, pues. ¿Indio, sol, corona…? ¡No jodas, esto parece oficina de gobierno! ¡Tráete lo que sea; no importa! ¡Ya cásate!, dijo y dio la vuelta. El celular seguía timbrando en mi bolsillo. La puta me estuvo mirando todo el tiempo. Sentí su mirada desde el umbral donde abría las piernas sin recato. Intenté sonreírle pero me dio la espalda. Incluso ella se sentía con derecho a tener dignidad y despreciarme. El meserito llegó a mi mesa: Indio, dijo sarcástico, pa que no pierdas la costumbre. Sirvió en un vaso. Son cuarenta y cinco. Pagué y se alejó de mí.





