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Una entrevista de Jiménez del Oso a Erik von Daniken

¡Recordad a los muertos!, ordenó un moribundo de los relatos de Erik von Daniken. Luego, ese mismo moribundo, sin la naturalidad del que agoniza, discurre en torno al efecto irradiador de vida que tiene el recuerdo para el recordado y concluye que, luego de un tiempo, es mejor que lo olviden de la misma forma que a los aparatos milenarios que  reposan en los museos erigidos a base de expolios y narraciones imperiales (es decir, las justificaciones de los despojos y los conquistadores).

Queremos recordar a este reciente fallecido, uno de los primeros de este año, tan extraño. Que descanse en paz, Erik von Daniken:

Carta a Julián Marsella por la necrológica que jamás quise: Adiós, Luis

Señor

Julián Andrés Marsella Mahecha

E.S.M

Marsella:

Hace tiempo nació nuestro propósito de matarlo. Queríamos convertirlo en fantasma y que, como tal, escribiéramos sus días en La Fresa Feliz. Sería nuestra incursión a un tema como el de los espectros y sus variedades para cruzarlo con la taxonomía de los alienígenas y los consecuentes senderos evolutivos trazados por David Parcerisa. A propósito: ¿cómo está el clima en Zipacón? ¿Ha vuelto a tener problemas con las fresas podridas? Allegados al difunto Bazuker nos comentaron que, el maridaje de esa fruta descompuesta con leche condensada, propician un horror emanado de las entrañas de quien las come ¡Son tantas cosas de las que hay que hablar y jamás hablaremos!

Esto no es una confesión; me acabo de detener en el nosotros inserto en el comienzo de esta nota: ahí bulle un hálito fantasma que ha recaído en mí. Todo culmina en una primera persona, en un yo que, usted sabe, es el núcleo de cualquier horizonte de soledad: el yo es el feto de un alma en pena. Hace más de una semana murió Luis. Los detalles de su muerte no vienen al caso, aunque puede encontrarlos si escarba en algún buscador; los primeros registros refieren la muerte de un hombre de 44 años en el estacionamiento del conjunto residencial donde vivía y, luego de describir con vaguedad las circunstancias, propician en quien lo lee expresiones como que “uno muere el día que tiene que morir” o “parece una muerte de Mil formas de morir”. En eso desemboca una vida con algún viso extraordinario, aunque este sea su final: en una nota roja redactada por alguna inteligencia artificial.

Es más, alguien que se presume cercano a Luis dijo que esa su muerte parece un cuento escrito por él. Me temo que ese allegado jamás leyó algún relato o, si lo hizo, lo reduce a la etiqueta de lo absurdo o de la humorada ocurrente y esto le sirve para mantenerse lejano de cualquier gravedad propia de un panegírico. Ahora hay que ser inteligente y la inteligencia se asume como el antónimo de cualquier expresión sentimental.  Hubo gente que escribió en Facebook o Instagram -de las otras redes no sé-; muchas destilaban el consabido “humor negro” de los que no le temen a nada -o, si le temen, hacen gala de su miedo y lo convierten en parte de su repertorio- e insultos para así contestar los que Luis les infligió en vida y evidenciar el ingenio de quien no ve en los oratorios en torno a cadáveres más que materia de burla y rezagos de supercherías decimonónicas.

No culpo a esas personas, Marsella; es lo que hay y reclamarle a lo que es que sea otra cosa es un gesto juvenil que se me ha diluido. Es posible que esas personas no hayan reparado en el peso que tiene un muerto. Un muerto pesa mucho y, por eso, uno de los rumbos más trasegados hacia el paraíso es el de la levedad. Los cadáveres toman una densidad como si en sus entrañas se hubiera incubado una bomba; así me pasó con Luis; colaboré para sacarlo del carro fúnebre y conducirlo al lugar donde lo iban a enterrar. Fuimos seis las personas que lo llevamos y nos costó; alguien que me vio en aprietos me dijo que Luis no quería que yo fuera uno de los que lo llevaran hasta el hueco donde depositarían el ataúd. Yo no sé si así sea, aunque esa creencia es semejante a la que tuvimos cuando decidimos matarlo a usted para así continuar escribiéndolo.

La tumba de Luis linda con la de un niño que murió a los cinco años. Algunos deudos la pisaron, así como las de otros difuntos aledaños, mientras un sacerdote, flaco, con unos tenis negros muy sucios, que apenas se asomaban bajo su sotana, procedía, con apuro, a leer un pasaje bíblico y a efectuar un par de oraciones. El señor parece un jardinero disfrazado de cura, aunque lee los versículos como lo hace un abogado con un acta y tiene el atributo de la indiferencia profesional: los muertos para él son leves, como para los ironistas. Sólo es un jardinero para mi solaz.

Con Luis conversamos varias veces sobre la forma como lo mataríamos a usted para hacerlo un espectro que nos visitara. No puedo decir que no hubo tiempo para escribir; más bien, los arrestos se agotaban y, entre el agobio de las vidas que cada uno ha vivido, se nos postergó su homicidio. Ahora que me detengo un poco, pudimos intentar una historia persecutoria donde buscáramos darle caza a usted, algo así como si El correcaminos se narrara, en primera persona -una primera persona plural-, por el Coyote.  El final podría ser tan abrupto como la muerte de Luis.

Un amigo me dijo que, a los cuarenta y cuatro años, solo se es joven es para morir. Pero no hay días señalados para morirse ni es cuando a uno le toca: es seguro que moriremos y, por economía de la creación, no es necesario realizar cálculos o adjudicar días para que muera alguien. Aunque otorgarle esos criterios a la creación es tan extraño como suponer que “de Dios estaba que Luis muriera ese día” o que “nadie conoce la voluntad divina” salvo quien enuncia ese desconocimiento.

Lo de Luis ha ocurrido y, como nos pasará a todos los que formamos parte de ese grupo finisecular, señor Marsella, descansó de sí mismo. Nosotros queríamos que usted descansara, que su “sí mismo” dejara un rastro en una escritura que jamás ocurrió. Usted y yo debemos continuar en este espacio. Por estos días me ha asaltado una simetría: los días que pasaron entre el deceso de Luis y su cumpleaños, fueron diez; nosotros tenemos casi la misma edad y yo cumplí los 44 ocho días después de la muerte de mi amigo, entonces moriría el primero de septiembre. No quiero morir ese día. Pero la vida es como nadie quiere, apenas es.

Quizá le escribo esto último para conjurar la intuición de que mi destino está trazado y evitarlo es la manera más expedita para que se materialice, por eso el miedo es su principal aliado: Edipo le temió tanto a la ceguera que se sacó los ojos. El destino, señor Marsella, fulge cuando se le adjudica a un muerto: así empieza a cobrar sentido cada una de las palabras, gestos y ausencias que el difunto profirió en vida.

Luis hizo la necrológica de su perrito, fallecido tres semanas antes que él. En la nota anunciaba que al animalito lo acompañaba Ozzy Osborne en un lugar tranquilo, mientras esperaba a que Luis llegara. La muerte de Luis fue una buena noticia para Ozzy, que ya se libró de esa responsabilidad y disfruta algún festejo, también para Kero, que camina por un prado impregnado de rocío con su amo.

Le dije, Marsella, que el efecto fantasma recae en mí; muchas de las cosas que escribí con Luis se leerán como si fueran hechas por alguien que ya murió. Desde ya aprecio lo reconfortante que es que casi nadie lea lo que uno escribe.

Lo saludo, no sé si con mero afecto o con la vocación de alguien conmocionado,

 

Pd: Hace un par de días, en un bus de Transmilenio, subió un señor invidente y se sentó muy cerca de mí, sacó un rosario y rezó durante todo el trayecto. Pensé que ese hombre era Luis deambulando en su paraíso y que el palo que usaba el invidente era la nueva forma de su perro. ¿Podría decirme, señor Marsella, algo al respecto? Algo que supere mi elemental cavilación, así ello no me reconforte como la mortalidad misma y la liviandad de todas las palabras, tan opuestas al peso del cadáver de mi amigo.

Una conferencia de Jameson, ahora que está muerto

Tenía en la boca una paja y dije abulia

Saul Goodman

Murió el tocayo grande de nuestro James: Jameson, el Jameson de la utopía.

(Este libro lo cobijo como un tesoro que me obsequió el maestro Jorge Villacorta – crítico de arte muy querido en Lima)…
Jameson le metía el diente a lo que fuera, desde series de tv policíacas hasta la ciencia ficción, quitando el supuesto velo entre alta cultura y cultura popular, y desde un aparato filosófico en el que conversaba la filosofía continental con la anglo.
Desde Darko Suvin, la ciencia ficción no había tenido un filósofo que indagara estas arqueologías.
So Long, dear master Jameson. Goodbye Fredric!! Thank you for making possible a philosophy of science fiction
Cuando un crítico literario marxista está deprimido se pone a ver series de policías y entonces su labor en el mundo es aburrir haciendo críticas de programas que son buenos para dejarse arrastrar por la abulia de la existencia:

No es más que un hasta luego, Giorgio El Pirata.

 

La única vez que vi llorar a pirata fue al escuchar «Aud Lang Syne»,  mientras me contaba en la librería El Reino,   la historia más  fantástica que presenciaron los antiguos: los niños y mujeres de Lemuria,  tras escuchar de los sabios la noticia del fin de su civilización,  se postraron frente a una gigantesca roca, se tomaron de las manos y entonaron el himno:

 

Un nuevo muchacho en la congregación de los muertos. Necrológica de Sánchez Dragó

El dragoneante con el gatito que le dio gatillo, justo en su corazón

No hay nada que entender
El investigador V. Fuentes, luego de un ataque de epilepsia, pensó entrar en la bruma de la muerte y lloró. Conforme avanzaba, empezó a ver rostros familiares:  estaba, con su sereno bigote de leyenda del cricket del imperio británico, don Antonio el descogotado; más adelante, apareció un hombre rubio de melena alborotado, semejante a la vocalista de Roxette pero con gigantismo y barba de Wolverine, se trataba nada más y nada menos que de don André Malvavisco Malby; cruzando una esquina estaba un hombre misterioso de abrigo a lo Dick Tracy, con características germánicas y leves coqueteos a muchachos con sida, llamado el Kaiser del VIH; en medio de este paisaje aterrador, un jesuita calvo  de pelo largo, gritaba: no sois más que animales de una granja, por eso dicen que Jesús es el Pastor y de un Impostor y de un Impastor solo hay una letra y esa letra es el alef ¡Jesús es mi impostor!, era n don Salvador Freixedo; inmerso en humo de nicotina apareció, un hombre de mediana estatura y de bemba de Pedro Picapiedras que dijo qué es este sol de medianoche, llevaba un gato en la cabeza y, de la mano, a una japonesita de diez años a la que sencillamente llamaba Puta,  se trataba del Draconiano Sánchez, el hombre de corazón tan grande que se le paró (al viejo sí le cabía el chiste popular del anciano que se pone una mano en el pene y otra en el lado izquierdo del pecho para descubrir cuál se le parará primero).
La niebla se disolvió y se hallaban todos en un set televisivo de los años 80s hablando de temas de gnosis, aunque nunca concluyeran nada, aunque Malby no hiciera más que gritarle en la cara a Don Bigotes, que parecía siempre ansioso de terminar rápido ese programa para irse a fumar un canuto como aquel chiquillo que fue alguna vez y recibió la noticia de un alienígena.
El investigador Fuentes lloró hasta hipar: estar muerto era tan doloroso como estar vivo.
A lo que el gélido Kaiser le replicó:
-Pero vos no estás muerto, estabas de parranda en medio de tus convulsiones. Disfrútalas porque la vida es realidad y todo lo que hicimos en este programa fue una fuerte habladera de mierda. Lo único cierto es que ya muertos, no estamos.  Somos cadáveres y los cadáveres no hablan.
– Entonces ¿qué hacen?- preguntó Chente.
A lo que repuso con una risa socarrona el recién muerto Dragoneante, mientras acariciaba con una mano las nalguitas de la japonesita:
-Nada, como la vida misma.
Fuentes se dirigió a quien consideraba su maestro, el Salvador de los Ovnis.
-¿Algún mensaje para el planeta tierra?
Salvador, acercándose en gesto desafiante dijo:
– Ninguno, pero tengo un poema de Rilke que te diré en secreto:
«Estos que huyen, aún sin aliento
de entre la masacre de los niños:
Oh, cómo habían crecido sin notarlo
mientras tomaban su camino».
Malby gritó como un gorila desesperado. Así Chente supo que debía volver donde la gente, es decir, al moridero que es la Tierra y al matadero que es vivir.
Días después, grababa un video con David Parcerisa. Este último no estaba enterado de nada y de nada se iba a enterar porque ya muerto estaba de causas naturales.
 Así que, descansa en Paz, David Parcerisa.
Pdta: la causa natural de morir es vivir.

Adiós, Álvaro Pablo Ortiz.

 

En el Mandiga vi primera vez al insigne docente de la cátedra rosarista, el excelentísimo Álvaro Pablo Ortiz, completamente ajeno a que no llegaría a esa charla sobre Geo von Lengerke en el ciclo de historias de emprendores santandereanos, hoy 17 de marzo, del 23 (hay fuego en el veintitrés). Como una chimenea andante que cultivaba con cariño su efisema pulmonar, él caminaba y yo supuse que pronto estaría, como dicen los latoneros, saliendo para pintura.

La pintura es la muerte, aclaro. Tan poco sabía que después de haberlo visto en el Mandinga  lo volvería a encontrar en las clases que impartía sobre historia de la segunda guerra mundial. Don Álvaro se llenaba de regocijo y cierto toque de sensualidad cuando se refería a las hermosas bestias rubias que embistieron al continente de sus más viejos amores. Y es que el peor castigo para don Álvaro fue haber nacido en una meseta llena de campesinos e indios ignorantes que lo único que tenían hitleriano era sus bigotes. Esto, más que requemor, da ternura, como cuando pasaba al lado de mi asiento llenándome de su vaho vaporoso y compartía conmigo un poco de la caspa que brotaba de su espesa barba blanquecina. Serán inolvidables los olvidables momentos en que sujetos proclives a la obsecuencia le llevaban su maletín de cuero en donde guardaba apuntes de otros personajes que para él eran una suerte de Aquiles, en versión infinitesimal, de la historia patria.

Dicen que  sus últimos días, ya viudo, fueron ocupados por el recocijo y el amor para con los animales, no tanto para sus semejantes, con los que entró en disputas por las más minias circunstancias. Imagino su casa como un zoológico domesticado en donde, entre dos gruesos volúmenes, reposa su melancolía una tortuga. La tortuga hoy extrañará al excelentísimo don Álvaro Pablo; aunque nosotros nunca hayamos convivido con él, también lo extrañaremos, no por sus iridiscencias sino por saber que hay alguien que tiene la desdicha de vivir en un lugar que no quiso, y que el día que volvamos al espacio vacío que dejó el Mandinga, ese vacío  estará acompañado por el fantasma del catedrático de historia más furioso que degustó un corrientazo en el centro de una ciudad más bien corrientona como Bogotá.

Adiós a los sueños de gloria. Todo se fue con el humo de don Álvaro Pablo. Y Gloria, la tendera, lo soñará sin recordar los sueños. Por eso repito: adiós a los sueños de Gloria.

Adiós a Miquel Barceló, difusor incansable de la ciencia ficción

Disentir con gente como Barceló es una delicia el problema es que con el tiempo, cuando por inercia te vas volviendo más inteligente y culto, lo que terminas por disentir con gente como Barceló es màs bien poco.

Luis Cermeño- Noviembre 20, 2017

 

 

Otro gran español que se nos va: Miquel Barceló (el escritor – tiene un homónimo pintor que es muy bueno). Su (Nueva) Guía de lectura de Ciencia Ficción siempre fue un referente mío, tanto en clases como asesorías, aunque no es por nada académico y tal vez por eso mismo, porque yo tampoco lo soy y ponerlos a estudiar latas como Suvin o Jameson era poner a parir demasiado a mis estudiantes. Son brillantes sus aclaraciones que muchos profanos tienen respecto ciencia y Ficción o la diferencia de ficción con ciencia y Ciencia Ficción. Además de un humor espléndido. Uno de los que Más contribuyó con el género dirigiendo la colección NOVA de ciencia ficción y  a través del premio UPC . Ingeniero aeroespacial que decía que quien tradujo al español Star Wars como Guerra de las Galaxias era un imbécil. Siempre pensé que algún día lo conocería y que incluso podríamos ser amigos aunque pensáramos distinto en algunos detalles…

 

 

Les comparto una conferencia, que en su día publiqué a través de este portal y que también puse como referencia en mis clases de ciencia ficción; en ese entonces escribí:

(Para Barceló…) no nos encontramos ante la duplicidad de culturas que se opusieron durante mucho tiempo (letras y ciencias) sino que hay infinitas culturas y, por tanto, infinitas ignorancias debido a la especialización del conocimiento contemporáneo. Para él, la ciencia ficción puede ser un puente entre esas culturas; entiende, además, que el arte es un intento distinto de comunicar complejidades con respecto a la ciencia pero ello no significa que se excluyan.  milinviernos.org

 

 

Para terminar, les comparto esta lista de 1990 de los libros para que  lectores perezosos se acercaran al género:

 

 

 

Adiós a un maestro de maestros de la ciencia ficción: Miquel Barceló. Muchas gracias por tus aportes al género en español.

 

 

Good bye, Mr Joseph Berna, adiós héroe español del Espacio

Ha muerto Joseph Berna (José Luis Bernabeu López) uno de los pioneros de los «libros de a duro» en España (se les llamaba así por su valor de peseta), fue una persona que tuve el gusto de seguir durante varios años y a veces conversar en Facebook.
Bernabeu fue de los pioneros del género de terror y ciencia ficción,  ficha de la colección «la conquista del Espacio» de Bruguera que muchos encontramos en quioscos en los centros de la ciudad, además de una serie de bolsilibros populares tanto en España como en América Latina. Hacía parte de esa rama inicial de  autores españoles que se ponían nombres anglosajones para vender literatura de género o «pulp fiction» como se conoce en inglés. 

Que tu conquista ahora se abra paso por las dimensiones del más allá, mr Berna.

Dankeschön, herr Florian Schneider.

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Wird Sind die Roboter
We are the robots
Somos los robots.
MUSIC NON STOP 
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Robots de la música electrónica, la ciencia ficción, robótica y futuro, despedimos a un precursor: Florian Schneider de la icónica banda alemana Kraftwerk, y proyectos solitarios.

Haré la necrológica de Rubem Fonseca

Nacido hace buen tiempo atrás, muerto el año de la pandemia 2020 no por el coronavirus, recuerdo que Rubem Fonseca era el puto amo del género policíaco y género negro en los 90. Todos lo leíamos, los que escribían querían ser como él. Mito del encierro, en una época en que a la gente no le tocaba estar encerrada, al nivel de autores reclusos como Thomas Pynchon y Dalton Trevisan, se resistió a hacer de su vida privada un espectáculo. Una década después pocos lo recordaban y dos décadas después si apenas aparece como uno de esos autores que si le preguntas a la nueva generación apenas reconocen de los que no ganaron el Nobel.

El abogado criminalista Mandrake y el policía retirado Vilela, se despiden de su artífice. Nosotros, los lectores de otra generación, también nos despedimos de un maestro.

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