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Carta a una agente literaria francesa

Pedro Sánchez Merlano es un animal literario, todo en él es literatura. De este modo, nos envió un pequeño carnet, que osó enviárselo a una agente literaria francesa. Nosotros lo publicamos con ocasión de celebrar los cincuenta años de nacimiento de este gran escritor, que siempre ha estado muerto.

 

Pura sangre literaria, pura panza de chamberlain – retrato pintado por uno de nuestros editores, en su época de pintor parisino.

 

Bonyurt

mademoiselle, Gabrielle Lécrivain

Je t’escri porqui quierou ser editadou. Je suis un escritoré que quiero escribir a la franzua. Mis librés saliegon en japonés. Le ultimé se llamé Chao chichí. Me gustag Balzac y lous besous franceis, mais c’est,  je me parecer a Balzac en la baguiga.  Y mi bagba tiene el pachulí de babas de Victor Hugó.

Espego vegte en La Paguí , ciudad luz, la procsimá veg que vaya allá, donde  je suis muy famosó. Si preguntá vegá que me conocén en todos los sitios de societé. Me llapelle  el colombiche de la petit mondá.

Petit monda: a la recherché du verga perdú

Oh lalá

Toujours

Pedro Sanchez Meglano, écrivain 

Sin misericordia, el amor

«Estoy muy bien de muelas»

Don Quijote

Hay una vieja tonada sobre la misericordia que alude a la misericordia de inmisericorde forma:

Es un retruécano que otorga desdicha a aquellos que en su corazón misericordia tienen. Para los demás es una simple anécdota, así como Borges con su bigote de leche recordó aquella escena literati del hombre ciego. Las asiáticas son conocidas por sus proverbiales orgasmos, por el squirt, Georgie no podía ver lo que hacía su esposa. Ese era el cuento que le echaba María Kodama, que con ropa se hacía el amor. Los griegos en Critias lo intuyeron también a partir de las incógnitas milenarias que se manejabas desde los ritos órficos. Era la Atlántida el lugar en donde la Misericordia florecía y los bigotes de leche germinaban . A cualquier golpe de vista de un extranjero, el mensaje del continente arrasado era una lluvia de conejos, conejos blancos, grandes y pequeños, pero al fin conejos, que conducían hacia los umbrales que alejaban a los hombres de la matrix. Esos umbrales se llaman vórtices y si uno se adentra en ellos encuentra el motor de la misericordia.

Volviendo al squirt de la asiática, ella aprovechaba la ceguera de su esposo y convidaba a escritores jóvenes, como Mario Vargas Llosa, disfrazado de agente inmobiliario, al que ella seducía al punto de bajarle los pantalones y ver su enhiesto miembro incaico, tan grande que ahora es un conde español. En seguida procedían a hacer lo que siempre sucede en estos juegos fortuitos y Jorge Luis escuchaba el palmoteo de las nalgas de ella al chocar contra los muslos de aquel agente. Ella tenía razón, con ropa se hace el amor, por eso para el coito no se necesita prenda alguna más que el cerebro y la falta de misericordia.

Por eso cuando Mario, propagó su semen en el interior de la boca de la japonesita, Georgie sintió el olor a almizcle y le pidió a su esposa que se lo vertiera. Ella, respetuosa del genio, obedeció.

Los historiadores de la literatura refieren que fue el nacimiento del agente inmobiliario como novelista, pero hay historia secreta: la misericordia.

Por lo tanto, revisando la obra del fraile Luis Carlos Bernal, el sonado «Elogio de la misericordia» en donde el célebre teólogo revisa la obra del italiano más morboso en cuanto sentimientos cristianos exista: Santo Tomás de Aquino. No en vano, él es un detritus de Aristóteles.

“La misericordia es la compasión que experimenta nuestro corazón ante la miseria de otro, sentimiento que nos obliga, en realidad, a socorrer, si podemos” [II-II, 30,1].

La miseria ajena provoca la experiencia de la compasión que afecta al “corazón”, al símbolo del amor entrañable; la compasión no es una “convicción intelectual” sin más, sino que altera a toda la persona, tanto que la “obliga” a realizar un gesto solidario con la persona sufriente. Se refiere a una “obligación” llevadera, no impuesta sino sugerida, suscitada por el amor y la ternura hacia la persona herida.

“La misericordia es una especie de tristeza” [II-II, 30,1] “por el mal presente que arruina y entristece” [II-II, 30, 1].

Hasta tal punto la miseria ajena, asumida como propia, afecta a la persona compasiva, que la induce a “estar triste”. Esta tristeza es garantía de la veracidad de la compasión; de que no es una ficción, ni un sentimiento de lástima sin raíz. Las mujeres y varones compasivos padecen esta suerte de tristeza generosa y sufrida, que no los desalienta ni destruye sino que les permite estar cercanos, vivir en comunión con el que sufre. A veces, no se puede hacer nada por la persona herida; pero al menos, -eso, sí- se está junto a ella, sumidos en un silencio que habla de impotencia y de cariño.

“Son aún más dignos de compasión los males que contradicen en todo a la voluntad. Por eso dice el Filósofo en el mismo libro que la misericordia llega a su extremo en los males que alguien sufre sin merecerlo” [II-II, 30, 1].

Tomado de las meditaciones de los dominicos, en : La Misericordia de Santo Tomás de Aquino 

 

Pensar que esa época fue triste pero hoy es un recuerdo feliz. ¿Pero la misericordia qué es?

Y es que la tristeza de la misericordia es algo involuntario, como lo son las flatulencias cuando la persona es incapaz de retener sus gases. Esto es muy triste y es la evidencia de la verdadera fragilidad del ser humano. ¿Quién no se ha sentido afligido con su esposa? ¿Quién no ha sentido compasión por la japonesa y el agente inmobiliario con sus escarseos genitales, no porque ellos mismos estén en una bajeza, sino por el rastro de los cuerpos viejos arrasados.

Quién sufre y goza de la misericordia siente tristeza por todo, pero se ve a sí mismo como un cadáver. En las páginas pornográficas de nuestro mundo aparecen muchas escenas que convocan a la misericordia, basta con que coloquen en el buscador los términos «cuckold», no se fijen en el acto sexual, concéntrense en la mirada de esposo, pese a que este sea un vulgar actor de pacotilla por sus ojos asoma el abismo de la misericordia. Aprovechen para deglutir esas escenas. (Un consejo de panas: vean porno mientras desayunan un buen calentao paisa y se meten su tramadol respectivo para el dolor de muelas) Pronto la pornografía, el amor romántico y el matrimonio, serán antiguallas. Lo que nunca acabará es la misericordia por los viajeros de tiempo.

Don Quijote tuvo la desgracia de no conocer el tramadol y por eso se enamoró de Dulcinea. En donde el pintoresco personaje se hubiera enganchado al opiáceo, seguro habría sufrido una impotencia que habría mandado al mismo Sancho Panza a la mierda. Eso sí. Misericordia tiene el Quijote de Cervantes y misericordia ha de tener el Quijote del tramadol.

Van Helsing, el héroe improbable. Por Francesco Vitola Rognini

 

¿Qué habría sido de la obra maestra de Bram Stoker sin ese excéntrico personaje proveniente de Holanda? Si bien el Conde y el profesor han sido objeto de múltiples adaptaciones, la complejidad intrínseca al personaje de Van Helsing ha impedido que se le dé un tratamiento justo, ya que en ocasiones se le otorga un rol insignificante, rayando en lo ridículo, mientras que en otras se lo convierte en un superhéroe. A ratos cómico y tierno, a ratos impulsivo e irascible, el profesor, con sus 72 años, desempeña un rol vital en el relato sin ser uno de los cuatro narradores, él encarna el arquetipo del sabio, un hombre que piensa antes de actuar. En general es paciente y racional, pero hay que reconocerlo, en ocasiones Van Helsing carece de tacto, pero esa desconexión con la lúgubre realidad del relato obra a su favor y le otorga un aire de jovialidad casi adolescente, ya que su imprudencia sirve también para oxigenar la tensión acumulada, como por ejemplo, cuando le pide permiso a los pretendientes de Lucy para decapitarla porque está Un-dead. Tras un breve preámbulo dice «May I cut off the head of dead Miss Lucy?» (p. 176), como si fuese la cosa más natural del mundo. La escena es cómica, y en vez de restarle dramatismo al momento, la convierte en uno de tantos episodios en los que el impredecible personaje rompe el esquema de lo previsto por el lector —si ahora la escena nos resulta impactante, imaginen en el siglo XIX cuando fue publicado el libro—. Además, su rol como hombre de ciencia y metafísico lo enfrentan el mundo del mito y lo sobrenatural en el que se desenvuelve el Conde. Val Helsing es el hombre de ciencia que usa las referencias contenidas en las leyendas para exterminar al Nosferatu y a su prole: «All we have to go upon are traditions and superstitions. These do not at first appear much, when the matter is one of life and death —nay of more that either life and death. Yet must we be satisfied; in the first place because we have to be— no other means is at our control —and secondly, because, after all, these things— traditions and superstition — are everything» (p. 204, 205).

 

Como sabemos, el mayor difusor de la obra de Stoker ha sido Hollywood, que en su afán por capitalizar a costa de Drácula la convirtió en una caricatura. Contra esa influencia será difícil hacer algo, y a pesar de que existen adaptaciones muy entretenidas e ingeniosas, no se comparan con la capacidad del autor de envolver al lector, porque Stoker era un narrador virtuoso, ejemplos de ello encontramos en abundancia, por poner uno, veamos como describe a las vampiresas cautivas en el Castillo Drácula: «In the moonlight opposite me were three young women, ladies by their dress and manner. I thought at the time that I must be dreaming when I saw them, for, though the moonlight was behind them, they threw no shadow on the floor […] Two were dark, and had high aquiline noses, like the Count, and great dark, piercing eyes, that seemed to be almost red when contrasted with the pale yellow moon. The other was fair, as fair as can be, with great wavy masses of golden hair and eyes like pale sapphires […] All three had brilliant white teeth that shone like pearls against the ruby of their voluptuos lips» (p. 31). Entre las tergiversaciones hollywoodenses —«libertades creativas» llamémoslas— la que resulta más difícil de procesar es aquella que propone a la luz solar como fuerza aniquiladora de Drácula. En la novela el Conde solo pierde parte de sus poderes durante el día, es básicamente como cualquier otro hombre de la nobleza, rico y débil. En cuatro momentos distintos se hace mención de ello, el primero, cuando Jonathan, aun con estrés postraumático tras haberse fugado del Castillo Drácula, y recién llegado a Londres, distingue al Conde en Piccadilly, durante una inusual tarde tórrida de otoño, así lo describe Mina en su diario: «I was looking at a very beautiful girl, in a big cart-wheel hat, sitting in a victoria outside Giuliano´s, when I felt Jonathan clutch my arm so tight that he hurt me, and he said under his breath: “My God!”» (p. 147), tras una breve descripción de la palidez de su esposo, Mina inquiere sobre los motivos detrás de su reacción «“It is the man himself” […] “I Believe it is the Count, but he has grown young. My God, if this be so! Oh, my God! my God! If I only knew! if I only knew!”» (p. 148). El segundo momento en que se menciona esto es cuando rastrean las cajas con arena en las que duerme el vampiro, «We must trace each of these boxes; and when we are ready, we must either capture or kill this monster in his lair; or we must, so to speak, sterilise the earth, so that no more he can seek safety in it. Thus in the end we may find him in his form of man between the hours of noon and sunset, and so engage with him when he is at his most weak» (p. 207). La tercera mención explica la pérdida de los poderes durante la jornada diurna, «The sun that rose on our sorrow this morning guards us in its course. Until it sets to-night, that monster must retain whatever form he now has. He is confined within the limitations of his earthly envelope. He cannot melt into thin air nor disappear through cracks or chinks or crannies. If he go through a doorway, he must open the door like a mortal. And so we have this day to hunt out all his lairs and sterilise them» (p. 250). La cuarta y última mención ocurre ante la posibilidad de un encuentro diurno con el Conde, así lo registra Jonathan en su diario: «It was possible, if not likely, the professor urged, that the Count might appear in Piccadilly during the day, and that if so we might be able to cope with him then and there» (p. 253).

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¿Seguir la vocación o procurar una fuente de ingresos? Por Francesco Vitola Rognini

Leer El cuaderno de Andrés Caicedo, aproximación a la génesis escrituraria de !Que viva la música!, de Andrés Felipe Escovar, me hizo pensar en lo común que son las crisis de los escritores. El borrador de la novela cumbre de Caicedo es diseccionado por Escovar aplicando los métodos de la crítica genética, lo que ofrece una mirada que desentraña el proceso creativo del autor caleño, y mas allá de los hallazgos presentados por el investigador, que solo al leerle podrán apreciar, me quedo con la reflexión que generó en mí su lectura, porque el libro no solo me enseñó las herramientas utilizadas en la crítica genética, en lo personal resonó porque me permitió ver que ni la sólida vocación de un escritor riguroso logró librarle del final que ya conocemos. Su talento no fue suficiente frente a una vida personal sin paz interior. Quizás se impacientó al reconocer que la literatura era una maratón vitalicia y no una carrera de cien metros, quizás eligió su destino fatal para cubrir su legado con manto trágico. Ese secreto se fue con él, pero lo cierto es que la historia de Caicedo ha tocado a varias generaciones de escritores colombianos, y por ello el análisis de Andrés Felipe Escovar desde la óptica de la Crítica genética es tan valioso, ya que solo desmitificando accedemos a una verdad que se aleja del endiosamiento mercantilista efectuado por las editoriales que reeditan y distribuyen su obra.

Siguiendo ese espíritu compartiré algunas ideas sobre las angustias de la creación, surgidas durante la lectura de la investigación de Escovar.

¿A cuántos de nosotros nos ocurre que sentimos que perdemos el tiempo, o mejor dicho, que las horas que dedicadas al oficio literario compiten con la culpa de dedicarnos a algo con lo que es muy difícil pagar las facturas? En otras palabras, el problema no es tanto el que suframos una crisis existencial, no son dudas sobre nuestras capacidades, pues sabemos lo valiosa que ha sido la literatura para nuestro crecimiento personal, en realidad el asunto es que vivimos inmersos de la obsesión de medir nuestro progreso en proporción a los reconocimientos. El gremio de las letras se asemeja a una desenfrenada carrera de ratas en la que se compite por llegar a las puertas del laberinto donde entregan dulces estímulos, ¿cómo no sentirse mal si solo se te valida solo tras obtener premios? Aquí radica el problema, nos sentimos mal porque «no hemos triunfado», porque socialmente —no en nuestro fuero interno— no hemos logrado nada. Por eso nos sentimos sin motivación, porque «el amor al arte» no paga las facturas, y eso hace que sintamos que nos dedicamos a una actividad inútil.

Conciliar vocación con facturación parece ser entonces el dilema, pero ¿cómo seguir enfocado en algo que no permite «ganarse la vida»? Quizás el problema sea que hemos entendido erróneamente este estilo de vida, entre escritores debería primar el placer que nos hace volver a los libros, a la hoja en blanco y al teclado, en vez de procurar reconocimiento o que se nos validen nuestros méritos. La meta debería ser estudiar/leer y escribir por el mero placer de hacerlo. Los obstáculos —como lo expresó el filósofo estoico y emperador romano Marco Aurelio— son el camino. Es decir que nuestra meta real debería ser disfrutar el camino, el proceso. Quizás nuestras vidas serían más plenas si cada día nos recordásemos que nacimos para esto, y que por tanto debe resultarnos tan natural como respirar, comer, dormir y amar. Nadie respira, come, duerme o ama con el objetivo de ser el mejor, solo lo hacemos como sentimos que es más apropiado, y mientras estamos en ello lo disfrutamos plenamente. La naturalización de nuestros procesos creativos debería ser equivalente a la de cualquier persona dedicada a un oficio técnico o vocacional: seguir una rutina en función de una mejoría paulatina. Y por ello es tan indispensable desmitificar la «inspiración» entre los jóvenes artistas. El trabajo riguroso, la rutina que implica un oficio requiere constancia, dedicación, pues solo así la vida del artista, o de cualquier otra persona, sea cual sea su vocación o profesión, se cimentará en unas bases estables, duraderas. Aunque eso no resuelva el problema de querer sentirse útil, de poder pagar las facturas haciendo lo que nos gusta, por lo menos debería servirnos para aceptar que la literatura tiene su propia manera de alimentarnos, y que eso es en sí mismo un privilegio al que no accedemos todos.

De nuevo, mientras escribo el borrador de este documento, como en tantas otras ocasiones, me siento tan a gusto volcándome en la hoja en blanco que me pregunto hasta cuándo tendré que interrumpir las rutinas que tanto disfruto para salir a cumplir tareas no relativas al oficio literario. Intuía que esta lectura iba a ser interesante, pero nunca pensé que me permitiría entender los motivos detrás del intermitente mutismo creativo que me acompaña desde hace años. Estoy seguro de que El cuaderno de Andrés Caicedo, aproximación a la génesis escrituraria de !Que viva la música!, de Andrés Felipe Escovar, le resultará útil a los interesados en comprender los mecanismos que mueven los procesos creativos de los escritores.

MINCA (depósito de almas errantes). Una crónica de Umberto Amaya.

 

MINCA

(depósito de almas errantes)

 

El autor.

 

 Después de tres meses en la Sierra Nevada, regresé a Arauca, una tierra llana inundable  donde  lo que germina en verano lo ahoga el invierno y lo que nace en invierno lo quema el verano y  solo  crece eso que retoña  más fácilmente en todas partes —la hierba—. Tierra llana  sin mar, montaña, ni selva; habitada por una  gente que  en su mayoría solo cultiva  la palabra  con una franqueza tan marcada que raya en la ordinariez.

 

¿Chico,  donde estabais? Me dijo un criollo de sombrero vaquero, alpargatas negras, pantalón blanco y cuchillo en la cintura. —En Minca, un pueblito de la Sierra Nevada de Santa Marta— le respondí seguro que él no tenía ni idea  de que se trataba, pero el hombrecito me contestó —Eso allá es muy bonito,  pero yo mejor me quedo por aquí, porque allá le cae a uno la pava  y en todo le va mal, no está mirando que esos son sitios sagrados y los sitios sagrados no son para vivir,  a no ser que tú tengas un comportamiento sagrado

Y los indios de allá son jodidos,  bien jodidos; no como los de aquí, ni como las indias de aquí, que una limosna de amor no se la niegan a nadie. Allá en la Sierra no..! Allá los indios cogen a los blancos, los sientan en una piedra y  por cualquier maricada los ponen a hacer pagamentos, después les  amarran un hilo en la muñeca y les quitan  plata— Le presto la palabra a este criollo ágrafo,   porque su concepto sobre la Sierra Nevada sirve como reflexión; pero en primera voz quiero contar, lo que vi, lo que olí,  lo que escuché, lo que sentí  y aprendí en ese  pueblo situado en esa crestería montañosa con  forma de serrucho,  de  atardeceres azafranados tan útiles como elemento poético para los que no tienen poesía  en esa hora en que muere el día sin que podamos remediarlo.

HISTORIA Y MEDITACIÓN:  Si afirmáramos que la fundó Don Juan de Minca,  le estaríamos robando siglos de historia a esa región que fue asentamiento indígena y de manera especial cementerio,  por lo que tuvo que soportar el “huaqueo” (saqueo de un yacimiento arqueológico) palabra quechua que significa —lugar sagrado, templo— Entonces, le estaríamos dando crédito a las palabras del criollo de sombrero, alpargatas y cuchillo en la cintura y cabe como coincidencia histórica añadir,  que este lugar fue además,  centro de meditación y ayuno de los indios Coguis y los Uiua, indígenas a los que no los trasquiló tijera.

También a mediados del siglo pasado los religiosos que allí se instalaron lo hicieron con el propósito de hacer retiros espirituales y vale además, destacar también,  que entre los muchos viajeros que a diario  llegan a ese —depósito de almas errantes llamado:Minca— lo hacen con el propósito de tener sitios que permitan la meditación, el retiro y la medicina espiritual.  A todas estas coincidencias le podemos agregar que la Sierra Nevada de Santa Marta, el macizo montañoso tropical más alto del mundo y sus habitantes,  guardan mucho parecido en las prácticas espirituales   con los habitantes del Tíbet.

LA LLEGADA: Se parte desde la plaza de mercado de Santa Marta, en un campero destartalado que no permite la visión del paisaje  y después de cuarenta minutos de estar esquivando los baches de la carretera se llega al pueblito de Minca, un amontonamiento de casas, sin andenes y sin planeación alguna, con un barrio central donde vive la gente que lleva más tiempo en la zona y es la encargada de hacer los oficios humildes a los nuevos colonos —Barrio El Casino— es su nombre, porque el sitio donde habitan fue un antiguo casino de los trabajadores de obras públicas.

 

LOS HIPPIES-CHICS DE MINCA: El resto del pueblo  poco a poco se va disipando en construcciones confortables adaptadas en su mayoría para recibir turistas; y como corolario necesario, siguiendo la mirada de ese recorrido perceptivo,  me atrevo a decir que de la misma manera que en Palomino nació la  comuna de los —hippis-coguis— los propietarios de estas mansiones en su mayoría son —hippies-chics— que descubrieron una tierra que no andaban buscando y enamorados de tan edénico lugar y   fatigados de su existencia gitana,  se instalaron en Minca;  pero en la añoranza  de su origen urbano,  escogieron los sitios con  vista hacia la ciudad dorada, que no es otro que el resplandor de Santa Martha cuando anochece,  entonces terminaron colocando el frente de  las casas hacia el país de la luz. (Pido disculpas por la tendencia a la fantasía tituladora y les pido que en este caso entiendan —chic— como un sinónimo de elegancia y no como el ruido que producen las mujeres al masturbarse).

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Misterios de lo oculto: literatura, drogas y llano, con Umberto Amaya Luzardo

Umberto Amaya Luzardo nació San Lorenzo Arauquita en 1945 y murió en Kamasia, un planeta reemplazó la c por K como lo hacen los indios, en el año 2099. su única frustración fue no llegar al año 2100.

 

el ayatollah llanero y el loro de luto

el ayatollah llanero y el loro de luto

 

En el segundo capítulo de «Misterios de lo oculto» se conversó delicioso con Umberto Amaya Luzardo aprovechando la ocasión del lanzamiento del libro «Somos Antología. Nuevo Cuento llanero» (Informes para la venta acá mismo en milinviernos).

La obra de Amaya consta, a saber, de estos volúmenes:

Primer libro publicado julio de 1997,

Crónicas Araucanas 2000
Pancho Cuevas
Ficciones de Llano y Selva
Voces Indias
Me Falta Uno
El hijo de Lina Luzardo
Encaramado en las nubes.
Y aparece en más de 30 antologías.

 

Un comentario sobre El Relato de Pancho Cuevas, por María Adelaida Velosa (sobrina del famoso cantautor boyacense: Jorge Velosa).

 

 

Un relato para ayudarles a recordar a los ancianos llaneros quienes son.
Se llega a un momento de la vida en que las palabras tienen la fuerza del viento para despertar la brasa que reposa en la memoria, para encender la hoguera del recuerdo, para alumbrar lo que en esencia somos.
Así son las palabras de Umberto Amaya en su relato de Pancho Cuevas, una candelada chispeante, que brilla en los ojos de los ancianos que las escuchan.
Recuerdo la atención plena que, los ancianos de un Hogar de Aguazul, prestaban al escuchar de mi voz las vivencias de Pancho Cuevas, un personaje mayor que ellos.
A veces, no había mucho que hacer en las mañanas, así que los pensamientos se desplazaban al estómago, apurando la sensación de hambre y empujando los pies cansados hacia el comedor, aunque todavía no fuera la hora del almuerzo, pero cuando me veían con el libro azul de Umberto Amaya era como si una pella de chimó les calmara el hambre, la sed, el cansancio. Era como un terrón de panela para los caballos después de la faena. Y se deleitaban con el relato, sus ojos apagados se iban encendiendo poco a poco, las sonrisas desdentadas se explayaban como el mañoco en el caldo y cada uno era Pancho Cuevas, cabalgando por la sabana, trabajando con él, de hato en hato, patroneando la canoa, escuchando la voz suave y musical de una mujer que evocaba los graznidos del garcero al atardecer. Cada uno volvía a florecer como la llanura después de las lluvias, gracias al aguacero de palabras que Umberto sabe dirigir como un ordeñador de nubes.

María Adelaida Velosa

El camino a Achate. Por Francisco “Ausias” Martínez

 

 

Miguel apresuró el paso ya sin percibir bien donde pisaba en el agreste camino. La noche se les había echado encima, y hacía rato que empezaba a estar cansado de las continuas quejas de Juan desde hacía casi dos horas. Un error de cálculo con el traicionero horario de finales de octubre, había hecho que la noche más negra les cayese encima en su ruta de fin de semana. No habían podido llegar al albergue del pueblo de Achate que tenían reservado, y además, ese fallo de orientación por parte de Miguel a media tarde, les había hecho perderse campo a través, hasta que tras tres angustiosas horas, reencontraron el camino que llevaba a Achate.

Miguel se detuvo, y enfocó con su linterna el mapa. A la negra noche, como una burla cruel, se le había unido una densa niebla que impedía ver más allá de dos metros de distancia. Suspiró tras comprobar contrariado que les quedaban más de cinco horas de ruta, y que la temperatura, unida a la húmeda niebla, empezaba a bajar en esta zona montañosa a unos grados bastante bajos.

-¡No sé por qué sigo haciéndote caso!- espetó Juan sin detenerse a esperar a que Miguel plegase el plano y lo volviese a guardar en su mochila. – ¡Tú y tus estúpidas ideas!… ¡tus atajos!, ¡Tu prepotencia creyéndote un gran montañero, y a la mínima te desorientas!. A saber dónde podemos pasar la noche. ¡No me apetece hacer vivac con esta noche tan húmeda!.

– ¡Al menos yo tomo la iniciativa- le respondió Miguel ya hastiado con tono severo, y casi gritando. – Tú en cambio?… sólo sabes protestar, sin proponer. Muy fácil tu postura, ¡cómoda!. Que me lo hagan y preparen todo, que si sale mal, ya me encargaré de quejarme y llorar.

Juan le hizo un feo ademán, apuntando el brazo hacia Miguel, extendiendo el dorso de su mano, y mientras desaparecía de la vista de Miguel a causa de la niebla, pero sin verlo ya, este intuyó como el dedo medio de la mano de Juan, se ponía enhiesto entre el resto de plegados, en ese signo universal por todos conocido.

-¡No!…¡que te jodan a ti!…- le gritó, mientras reanudaba el paso dedicando mentalmente mil y un insultos a su compañero de aventura.

De súbito, se dió de bruces con la espalda de Juan, que se había detenido en el camino.

-¿Qué coño haces?- le preguntó inquisitivo y molesto Miguel.

– ¡Silencio!…¿no lo escuchas?- le respondió Juan mientras señalaba con su dedo a ningún punto concreto.

– ¡El qué?-preguntó Miguel- No, solo tus quejas y lamentos, y las jodidas hojas de los árboles al viento.

Juan le espetó silencio llevándose el dedo índice de la mano a sus labios.

-¿Escucha, coño!, no las oyes.

Miguel frunció el ceño buscando un además que le permitiese afinar el oído. -¿El qué?- volvió a repetir, en el preciso instante en que el tañido de una campana lejana, vibró en su tímpano.

-¡Hostias!, ¿una campana?… ¡pero si Achate está a más de 25 kilómetros, y no hay nada por aquí cerca!- dijo sorpresivo mientras volvía a sacar su mapa de la mochila y enfocarlo con la linterna. Ambos miraron el mapa, y efectivamente; ningún pueblo figuraba en él, pero desde el fondo del valle donde una bifurcación del camino bajaba, camuflado entre la densa noche y su cómplice la niebla, se oía el tañido de unas campanas.

-¡Aquí no hay nada!, pero ahí abajo hay un campanario, fijo… debe haber un pueblo.- dijo Juan. – ¡Vamos para abajo aunque nos desviemos de la ruta a Achate, es de noche y quizá en el pueblo nos podamos alojar en algún sitio.

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El lirismo espacial de Cucalón contra los extraterrestres. Por Luciano Cioccioli, trad. Nelso Baronese  

La recurrencia de prólogos, críticas, reseñas y demás especies de notas marginales de libros que no existen, conminaron a Luciano Cioccioli a escribir un texto que gravite en torno a un volumen -sí, ya tiene esa forma, en su versión manuscrita- que aún espera a que alguien lo publique o, en su defecto, a que los padres de los coautores costeen una edición barata, semejante a la de los libros piratas cuyo destino basural es el mismo de sus arquetipos, es decir, las “mercancías originales”*.

En este caso, Cioccioli se ha ocupado de “Cucalón contra los extraterrestres”, novela que los dos editores de este sitio tuvimos el arresto de enviarle luego de que nuestro amigo en común, el poeta Nelso Baronese (que también tradujo el texto que a continuación aparece), nos refiriera la empresa de don Luciano de escribir textos sobre libros que aún no aparecen pero aparecerán o perecerán en su intento de aparecer.

Agradecemos a nuestro amigo y compartimos con nuestra venerable comunidad lectora este orgullo emanado de un libro que puede morir antes de su impresión.

 

El lirismo espacial de Cucalón contra los extraterrestres.

Por Luciano Cioccioli

Trad. Nelso Baronese  

Notas acerca de la novela inédita “Cucalón contra los extraterrestres” de Cermeño y Escovar. Circuito Bogotá-Chiapas, 2020, año de la pandemia.

Bandera de Cucalón, aunque a Cucalón siempre le dijeron que fue una bandera

 

Persiste en la experiencia humana el estar ad portas de un cambio. Este es el substrato de enrevesados tratados sobre la angustia y el terror; justamente, dichos elementos atraviesan a la novela Cucalón contra los extraterrestres. En las subsiguientes líneas me detendré en cada uno de ellos para desembocar en un acápite de conclusión.

 

  1. Angustias correspondientes a la vagina dentata

 

Conocidas son las bocas abiertas de los felinos pintados por Ligabue. Semejantes son todas ellas a las vaginas con dentición que han decapitado los más elementales falocentrismos  tiempo ha cuestionados, en su célebre exposición en Liguria, por el discípulo soviético de Freud, Pot Bulba. Este moscovita logró amalgamar al

marxismo con el psicoanálisis, anticipándose a los planteamientos de Félix Guatari. Su concepto eje gravita en torno al acto de dentellar prepucios y masticar ese pedazo de carne para que, en la posterior excreción, emane la perspectiva de una nueva época en donde el malestar de la cultura abandona al pecado original para dirigirse al sinuoso camino de la ausencia de un papi: en esta coyuntura, emerge el vacío del hombre moderno en la cual fulgura la pulsión de escapar a través de una aventura espacial interplanetaria, tal vez para hallar los arquetipos dibujados en el tarot de Marsella.

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Héroes Ocultos del Bicentenario, por Luis Bolaños

Un relato pergeñado en torno a los comicios del Perú, pronto a definirse (hasta el momento de la publicación aún en expectativa por las maniobras de uno de los candidatos). 

Héroes Ocultos del Bicentenario

Luis Antonio  Bolaños de la Cruz

 

Créditos corresponden al caricaturista que firma como Heduardicidios del Diario La República del Perú.

Todo equipo para investigaciones temporoespaciales debe estar constituido por un Técnico que manipula el encapsulador y la pantalla; un Científico, que rediseña de manera constante el aparato para mantenernos surcando la corriente temporal; un Sociólogo, que interactúa con los imagos convocados por la pantalla; y, el Manarmed, que nos defiende de cualquier agresión y nos protege de peligros ofrendando su existencia si es necesario.

Funcionamos como un manojo de cartas, todos estamos en la jugada pero cada cual cumple las tareas que le están adjudicads por protocolo:

El Técnico incansable y constante revisa las condiciones de la cápsula y corrige cualquier variación que implique riesgo y observa el paisaje que recorremos por si existe algún orate, siempre contemporáneo, que por motivos siempre deleznables quiere dejar su huella alterando un episodio histórico y ejecutar un cambio en la malla del tiempo, de ser así actúa para poder borrarlo de inmediato.

El Científico se dedica al aparato (que permite el viaje) en el centro de la cápsula, por lo general ni ve ni participa, pero brinda seguridad en el deslizarse por los segundos, para ello recurre a las matemáticas de la multiversatilidad y reduce una y otra vez las probabilidades para que sólo exista la nuestra en nuestro surcar.

El Sociólogo se sienta al frente al lado del Técnico, provisto de hipermnesia conoce cada circunstancia y cada personaje de la coyuntura en el momento que visitaremos, cada dato y cada proceso, identifica y corrobora para que se ajuste a lo real consignado en la historia, debe identificar  cualquier variación apoyando la labor del Técnico, quien palpita en la malla mientras el Sociólogo se refocila en la hebra a través de la cual entramos y salimos de la historia, en consonancia con el deslizamiento lograda por el Científico.

El Manarmed pegado a la piel de la cápsula sólo espera para intervenir y soltar la energía que congrega, intercala y expande para destruir la interferencia o irregularidad y retornar dos segundos, gracias a las ecuaciones siempre dispuestas por el Científico para reafirmar nuestra probabilidad.

Se había decidido visitar la celebración del Bicentario en Perú y conjugar en múltiples dimensiones el recuerdo grabado en la historia y el acontecimiento, tal y como se desarrolló, para enriquecer la textura del suceso, sabíamos de los resultados acaecidos en las elecciones, y cómo Pedro Castillo se convirtió en el primer presidente Post Bicentario y la prosperidad y tranquilidad que reinaron después en anuencia con los gigantescos cambios que se estaban dando en el planeta… y, de repente, apareció titilando un misil que amenazaba estallar en medio de la ceremonia. El Manarmed actúo, realizó su programa, deflagró, o como quiera que se llame su desintegración, y retrocedimos dos segundos, lo suficiente para destruir el misil y que todo coincidiera normal y acorde con lo registrado.

Que si hay algo que agregar al informe de visita, si, dos aspectos, uno formal sobre la elección de los miembros del equipo, realizado por los algoritmos de las “mentes maestras” instaladas en la hiperred, aleatoria, automática, inhumana, una vez que inicia el proceso y otro misterioso referido al Manarmed: en nuestra vida cotidiana se llamaba Pedrocastillo &22-B, como si de alguna forma hubiera existido un enlace entre ambos personajes, el Técnico apuesta fuerte por el azar, el Científico supone que el atentado era una probabilidad siempre presente hasta que fue aniquilada por nuestra intervención y yo, el Sociólogo, estoy seguro que Gaia obró en silencio un milagro.

Por eso nuestro equipo para investigaciones temporoespaciales propone nombrar a Pedrocastillo &22-B como Héroe Oculto del Bicentenario.

Oscar «Zeta» Acosta: el vato número uno. Por Francesco Vitola Rognini

 

Zeta, Henry Hawk, The Samoan, Brown Buffalo, Dr. Gonzo, o como prefieran llamarlo, subió a una lancha rápida en la costa de Mazatlán a mediados de 1974. Fue lo último que se supo de él. Había elegido ese punto del mapa para su «exilio estratégico» —expresión usada por Hunter Thompson en el artículo que sondea los motivos de la desaparición de Acosta— tras haber sido capturado en California en posesión de un puñado de anfetaminas: «He mas so broke, divorced, depressed and so deep in public disgrace in the wake of has “high speed drug bust” that not even junkies would have him for an attorney» («The Banshee Screams for Buffalo Meat». The Great Shark Hunt. P. 508). Es decir, fue su inminente muerte profesional lo que le hizo abandonar California. Esto diría Acosta al final de su segunda novela, The Revolt Of The Cockroach People: «I´m going to write my memoirs before I go totally crazy. Or totally underground» (p. 258).

            Quienes deseen profundizar en su vida y obra encontrarán reediciones de sus dos novelas, así como compilaciones de ensayos, cartas personales, cuentos y guiones, todo lo cual, leído como unidad, permite comprender a este multifacético Chicano. Esto ha sido posible gracias al empeño de su hijo Marco Federico Acosta, custodio de los archivos personales de Oscar. También han sido indispensables en la labor de análisis y difusión de su obra las universidades que ofrecen programas en Estudios Chicanos, así como PBS , financiador de un filme que rescata su memoria: The Rise and Fall of the Brown Buffalo.

 

Genio y figura hasta la sepultura

 

Oscar Acosta sentía curiosidad por la historia de sus ancestros, y lo acosaba la culpa de haber perdido su idioma: «Sometimes I wish I knew more about my origin, about my ancestors. I´ve never really tried to learn. The things I think I know are part history and part story. I have written and thought so much about it that I can no longer, if I ever could, distinguish fact from fiction» ( «From Whence I Came». Oscar “Zeta” Acosta: The Uncollected Works. P. 22). En su primera novela, The Autobiography of a Brown Buffalo, manifiesta una clara intención por encontrar su identidad, se pierde para encontrarse, y dejándose llevar por el azar llega al bar Daisy Duck, en Aspen, Colorado, donde su vida cambiará para siempre: «I Had sure as Hell driven my car over a cliff. But I was alive. Only a cut here and there. Nothing serious. I Had simply died. Nothing was left of the brown buffalo. He Had disappeared in the fall. His car still sits at Devil´s Pass» (p. 159). Además de la búsqueda de identidad, es evidente el deseo de trascender a través del legado literario, porque ante todo Oscar se reconoce como escritor, un aspecto que ha pasado desapercibido entre quienes vean a Oscar como el Dr. Gonzo de Fear and Loathing in Las Vegas. Esto diría al respecto en «Autobiographical Essay», incluido en Oscar “Zeta” Acosta: The Uncollected Works: «I started school at San Francisco State and I started writing. I was majoring in creative writing and mathematics and I dug both of them. I had one semester to go to get my degree in math but, by that time, I was halfway through a novel, so I dropped out to finish that and then intended to go back. I was writing about Chicanos at that time […] and that subject wasn´t acceptable. So I decided I would write because that is what I am, a writer, but I didn´t want to have to write or to be a professional writer» (p. 7). Su primer novela cimentará el mito personal, algo en lo que trabajará de forma constante hasta en el último episodio de su vida: «For twelve years, all through college and law school, I´d been unable to get rid of any printed or written material that in any way whatsoever touched me. I´d kept all my textbooks, my exams, my notes, schedules of classes, announcements of events, hungry poems written in the dark on scraps of paper, and any other paraphernalia that describen me. I was going to make certain that my biographers had all the information they´d need to make a complete report» (p. 49). Pareciera que las decisiones que tomará en su vida están destinadas a alimentar al mitológico bisonte nacido en Aztlán, aquel misionero-anarquista-revolucionario lleno de defectos y virtudes. Y para darle status de mito fue indispensable Thompson: «Oscar was one of God´s Own prototypes —a high-powered mutant of some kind who was never considered for mass production»  escribiría en el artículo «The Banshee Screams for Buffalo Meat» (The Great Shark Hunt. P. 515) .parafraseando aquella célebre descripción incluida en Fear and Loathing in Las Vegas. Oscar era un individuo propenso al fanatismo, como él mismo definía su apasionamiento. Su búsqueda de identidad, sus crisis existenciales y contradicciones (su amor por La Raza y su atracción por el mundo Angloamericano que quiso integrarse como un “all American boy”) lo llevaron a vivir una existencia signada por la tragedia. A lo ancho de su primera obra es evidente el desarraigo que siente, y que se manifiesta en los múltiples proyectos que emprende y abandona a lo largo de los años. Solo al final del libro parece encontrar un nicho, al reconocer que no es ni mexicano ni «Americano». Así lo expresa en The Autobiography of a Brown Buffalo: «What I see now, on this rainy day in January, 1968, what is clear to me after this sojourn is that I am neither a Mexican nor an American. I am neither a catholic nor a Protestant. I am a Chicano by ancestry and a Brown Buffalo by choice» (p. 199). Sin ser un libro triste, el autor nos muestra las fronteras de la locura, sus colapsos nerviosos, episodios de ansiedad y depresión. También ofrece claves para entender la raíz de su problema de abuso de sustancias. Acosta no teme mostrar su vulnerabilidad, y es capaz de una ternura proporcional a su crudeza: «Maria became one of the many women friends I always kept around to protect me from the Frisco fog and my dead vine. I never screwed any of them, I just kept them to hear me out. /A couple of years later when I had the first of my serious nervous breakdowns, she drove me to S.F. general and sat in the waiting room, bitching at the attendants until they received me into their arms for three-day observation period» (p. 46).

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