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El periplo por la cifi colombiana de Ficciorama

En el encuentro semanal de Ficciorama (cuya identidad secreta se rumora es la del profesor Boris Greiff), titulado como ‘Charlas con Ficci’, evocando en los televidentes  viejaguardia las memorables «charlas con Pacheco», se hizo una presentación más desde la experiencia propia y como quien formando parte de la escena va dando los trazos generales, sobre la ciencia ficción colombiana y sus figuras actuales.

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Para darle un contexto algo más elaborado a nivel conceptual, que el que nosotros hacemos, Ficciorama escribe:

En 1959 Kingsley Amis publico New Maps of Hell, una revisión desde la mirada de un aficionado a la ciencia ficción, en la que da cuenta del panorama de este género en la lengua inglesa. En 1999 René Rebetez hizo lo suyo con la antología Contemporáneos del Porvenir y en 2017 Rodrigo Bastidas compila y edita Relojes que no marcan la misma hora, dando así un aporte al género. Esta se propone como una hoja de ruta desde lo que conozco como lector y conocimiento de causa.

Exploren esta hora de ciencia ficción colombiana con uno de sus representantes más activos desde su cuartel en Ficciorama.

Libros de cabecera para ágrafos y lectores introvertidos

Por: Francesco Vitola Rognini.

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Ha regresado a nuestro espacio, Francesco Vitola Rognini (autor de Hambre de Caza y Héroes Decadentes: ambos publicados en Milinviernos) con una serie de artículos que versarán sobre libros, películas o videojuegos. Estos están articulados al proyecto Vademécum (investigaciones sobre literatura y ciencias sociales) que desarrollará de aquí al 2025. Las reseñas estarán agrupadas bajo el título “Entre líneas”. 

 

Un lector introvertido aprovecha el confinamiento para ponerse al día con lecturas atrasadas, libros adquiridos antes de que el Coronavirus nos cambiara la vida de la noche a la mañana. Este lector, algunos años antes, había conocido la figura emblemática de Bartleby, el escribiente, creada por Herman Melville, gracias al libro Bartleby y compañía de Enrique Vila- Matas. En aquel momento la fascinación se vio reflejado en el personaje: <<No soy el primero enfrentado al dilema de no querer escribir, pudiendo hacerlo>>. El <<prefiero no hacerlo>> de Bartleby se convirtió desde entonces en un mantra que lo acompañaría por el resto de sus días. 

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¿Si celebrados escritores —la lista excede las dos cifras— han sentido fascinación por los ágrafos, por qué habría de sentirse mal el escritor anónimo que optó por hacer de la lectura una prioridad en su vida, ante la falta de motivación para seguir escribiendo? Saberse parte de una tradición literaria le dio esperanzas pasajeras, aunque con el tiempo comenzó a sentir la improductividad como una enfermedad, expresado por Vila-Matas en éstos términos: <<Hoy es un mal endémico de las literaturas contemporáneas esta pulsión negativa o atracción por la nada que hace que ciertos autores literarios no lleguen, en apariencia, a serlo nunca>>(P.24). 

Años después, sin poder haberse librado del mal y refugiado en su sosegada naturaleza introvertida y propensa al silencio, el lector introvertido continuó aplicándose al esquema de <<prefiero no hacerlo>>, aunque siguiese leyendo y acumulando libros. Uno de esos títulos, su última compra antes del confinamiento impuesto por la pandemia, fue Manual de escapología. Teoría y práctica de la huida del mundo, de Antonio Pau, lectura que reproduciría en él un sentimiento análogo al que experimentó al descubrir la investigación sobre los ágrafos de Vila- Matas. De inmediato, el Manual de escapología se convertiría en material de estudio, y la bibliografía ahí citada pasaría a ser punto de referencia para futuras lecturas. 

No es extraño que los lectores sientan, de vez en cuando, que un libro llegó a ellos como caído del cielo, libros que vienen a resignificar momentos específicos en la vida del que los recibe con gratitud. De ahí que se repita tanto aquello de <<los libros lo encuentran a uno, y no a la inversa>>. Y aunque en la vida hay por igual espacio para la superstición y la poesía, lo cierto es que teniendo una bibliografía a la mano la búsqueda deja de depender del azar. Por lo que, si tuviese que recomendar dos o tres libros a un lector introvertido o a un ágrafos, deseosos de leer o crear en paz, lejos del mundanal ruido y la cháchara superflua, les sugeriría los antes citados. 

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Kairos: el videojuego de Barrero

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Kairos: Reboot the world’s itch.io page

Si existe un equivalente a Leonardo Da Vinci en el mundo de la ilustración es David Barrero: ahora se lanza a los mundos virtuales online de la mano de la programadora Valentina Duque y un perro que quiere que el mundo gire al revés para volver a nacer. 
Sobre el videojuego: 
Tema:Reiniciar el mundo

El mundo está colapsado y un humano y un perro llamado Kairos que viven en el espacio tienen el poder de devolver el tiempo para regresar el mundo a un estado de paz y armonía. Para ello Kairos sera enviado a este planeta, al recorrerlo juntara la cantidad de tiempo necesaria para recuperar el mundo. Sin embargo, en su viaje deberá ser cuidadoso esquivando radiación y ratas que pueden herirlo.

 

Sobre los desarrolladores

Este juego fue desarrollado por dos amateurs sin una educación formal en el desarrollo de videojuegos. Somos aficionados aprendiendo gracias a recursos gratuitos en Internet y el amor por los videojuegos.

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Sogas y moscas. Un poema de Mari Cris

Sogas y moscas.

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Una mosca me vino a buscar, ya le dije que no puedo salir pero insiste.
Una vez a la semana busco pastillas en un hospital,
y me siento en la galería a ver caer la tarde.
Pienso en paisajes que conocí y que no sé pintar,
pienso en el vacío existencial de esta tarde.
En la señora que sale a comprar con la cara tapada,
en los gritos de los niños  en las casas vecinas.
Pienso en esa gente que está aprendiendo a vivir en familia
y en las que romantizan las miserias de la soledad.
Pienso en las mujeres que “aparecen” muertas,
y en las que se ahorcan en la comisaría de un pueblo.
Pienso en las sirenas que se escuchan por la noche,
en las luces azules que iluminan  las caras del desvelo.
Pienso en que todavía me quedan puchos.
Todavía me quedan libros.
Todavía me quedan amigos.
Pienso que hoy tampoco voy a usar la soga…
Echo una vez más a esa mosca insistente y vuelvo a la cama.
Mari Cris

 

Editorial MilInviernos ofrece ARRÚLLAME RAMONA para Libre Descarga y distribución

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ilustración David Barrero

Nuestra Editorial sigue creciendo exponencialmente como si se tratara de un virus sin vacuna. Pero no queremos encontrar ni la cura ni la vacuna contra el hábito de leer bellezas mágicas y artificios tristes. Por eso, Mil Inviernos pone a su alcance el texto Arrúllame Ramona, de Cermeño y Escovar,  editores de esta página.

 

Esta nouvelle se pregunta por el fenómeno humano a pesar de tener a su doble robótico o androide. Como un espejo. Si el bebé de Lacan se vio completo nuestro bebé está desmembrado. Tengan a bien, este fascículo que forma parte de la colección Mil Inviernos. Pronto vendrán más títulos y así se completará el Universo de Maravillas tristes.

PARA DESCARGAR EL LIBRO ENTRAR A:EDITORIAL MIL INVIERNOS

Me han dicho que pintas casas, O de cómo la mafia mueve los hilos de Norteamérica.

Por: Francesco Vitola Rognini.

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Ha regresado a nuestro espacio, Francesco Vitola Rognini (autor de Hambre de Caza y Héroes Decadentes: ambos publicados en Milinviernos) con una serie de artículos que versarán sobre libros, películas o videojuegos. Estos están articulados al proyecto Vademécum (investigaciones sobre literatura y ciencias sociales) que desarrollará de aquí al 2025. Las reseñas estarán agrupadas bajo el título “Entre líneas”. 

 

Me han dicho que pintas casas, O de cómo la mafia mueve los hilos de Norteamérica.

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—Me han dicho que pintas casas —fue lo que dijo.

 

—Eh, sí, sí, claro, y también hago trabajos de carpintería —me sentí avergonzado porque estaba tartamudeando. (1) 

 

(1) Así dio inicio la primera conversación telefónica entre Jimmy Hoffa y Frank Sheeran. El contacto lo  facilitó Russell Bufalino, amigo cercano de ambos, quien en algún momento controlaría los clanes Magaddino y Genovese. La “pintura” es la sangre que salpica sobre las paredes y el suelo cuando disparas a alguien, la “carpintería” se refiere a la construcción de ataúdes, o deshacerse de los cadáveres. Encontrarán la conversación completa en la página 153, capítulo XII: “Me han dicho que pintas casas”. Hoffa, caso cerrado. Charles Brandt. Ed. Planeta. 2019.

 

 

Black Mass, de Dick Lehr y Gerard O´ Neill, y I Heard You Paint Houses, de Charles Brandt, publicado en español como Jimmy Hoffa, caso cerrado, son trabajos de investigación, y sus representaciones fílmicas hacen un buen trabajo de condensación, al explicar los tejemanejes del crimen organizado de la costa Este. (2)

(2) Si hoy en día el PIB del estado de Nueva York (1.731.910 millones de dólares en el 2019) es superior al 2 (1.518.813 millones de dólares) de toda Rusia, podemos hacernos una idea del tamaño del botín si a eso le sumamos Boston, Filadelfia, Florida y Chicago, que según Sheeran eran también controlados por el clan Genovese. Un mercado con estas características tiene un potencial infinito para todo tipo de fraudes, estafas, lavado de activos y tráfico ilegal de armas, personas y drogas.

 

Black Mass, de Dick Lehr y Gerard O´ Neill, documenta la relación entre Whitey Bulger y el agente del FBI, Jhon Connolly (3). Whitey Bulger, socio de Stevie Flemmi, quien servía de 3puente con la mafia italiana de Boston de los años noventas, encabezada por Ilario Zannino, Donato Angiulo, J.R. Russo, Vincent Ferrara, Frank Salemme, se prestaron como informantes para denunciar a los mafiosos de La Cosa Nostra ante el FBI, y poder así hacerse con el control del sur de Boston. Una de las condiciones que le impusieron los dos gánsters a Connolly fue que solo iban a dar información sobre la mafia italiana, sobre la mafia irlandesa no se hablaría. El corrupto agente Connolly aceptó gustoso. Se regía por el principio que enseñaba a los agentes novatos de Quantico: “Encuentra confidentes y gana prestigio”. El libro Black Mass tiene como epicentro el sur de Boston, lugar de operaciones de la banda de Whitey Bulger y territorio de La Cosa Nostra. Su lectura es indispensable para entender el contexto de lo descrito en el libro sobre Hoffa, cuya historia concluye en los años de mayor actividad de Bulger, época en la que los grandes capos del crimen organizado se vieron obligados a mantener un bajo perfil, acosados permanentemente por el FBI. Dicho de otra forma, el libro en el que se basa El Irlandés relata los años de esplendor de la mafia y su decadencia, mientras que el libro en el que se basa Black 1 Mass captura el período en que grupos criminales capitalizaron la persecución sin cuartel a la que fue sometida La Cosa Nostra, por iniciativa del asesinado fiscal Robert Kennedy.

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  (3) “El duo (Bulger y Flemmi) tenía tablas y sabía que un micrófono en el despacho de Angiulo  proporcionaría, de modo inevitable, pruebas sobre sus propios negocios en el juego ilegal, sus empresas conjuntas de préstamos de usura con Angiulo, y quizás sobre algunos de los asesinatos cometidos por Flemmi en el pasado. Más tarde, Flemmi afirmaría que tanto Bulger como él habían presionado a Morris y Connolly para saber si sería imputados por delitos revelados durante las conversaciones grabadas en la vigilancia del 98 Prince Street. Flemmi llegaría a decir que los agentes << nos aseguraron que no tendríamos ningún problema y que no nos preocupáramos por ello>>. El FBI, les insistieron, haría de la vista gorda con todos los delitos que no fueran asesinatos.” Tomado del séptimo capítulo: “Traición”. Pp. 164. Black Mass. Dick Lehr y Gerard O´Neill. Ed. Stella Maris. 2015.

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Continuar después del desastre

Reseña sobre El arca de Gokú del poeta colombiano Zeuxis Vargas

Por Juan Sebastián Sánchez

Comencé a leer el Arca de Gukú del escritor, editor y gestor cultural Zeuxis Vargas, y encontré un libro con temática sostenida. En cada poema existe la revelación, la mística de un milagro nuevo. Como sabemos, la literatura y sobretodo la poesía es de riesgos, de reinvenciones, de un constante juego con el lenguaje y con el silencio.

     No es fácil asumir la responsabilidad social y literaria de ser poeta, pero Zeuxis decidió (como muchos otros en la historia) cargar con ese riesgo. Apela al desarraigo, a la soledad y a la incomprensión que tienen los poetas.

     En el Arca de Gokú encontramos de manera profunda un dialogo permanente entre el poeta y los personajes del cine y la mitología: Alf, El correcaminos, Los Thundercats, Hércules, Argos, Ulises y otros que de alguna forma son parte del imaginario colectivo de una generación. Y es precisamente en este imaginario colectivo donde el poeta crea cosmogonías regidas por leyes ajenas a nuestra realidad. 

     Existe un intento de ruptura en la temática del Arca de Gukú que es consecuente y necesaria frente a la monotonía, el desgano y el pesimismo que se volvió moda, religión o merchandising del escritor y del poeta de nuestro tiempo. El libro tiene tres movimientos: Entrañable santoral, Elegías de los maestros olvidados y Ningún casco en el suelo, este último, se divide en cuatro ecos: Recursión o de la identidad, Dogma o del amor, Dialelo o de la libertad y Cascos en el aire, en cada uno habita un lenguaje que busca una identidad propia, un decir, un vínculo entre nuestro tiempo, el poeta y sus lectores.

     Estamos ante una sociedad donde no existe la certeza; en la Edad Media podíamos tener la explicación judeo-cristiana para justificar los fenómenos propios de la existencia y la no existencia. No había que abocarse en buscar la verdad porque la verdad estaba justificada en una palabra: Dios. Ahora, existe la angustia de abandono ante una no certeza: no hay una verdad, sino un sinnúmero de verdades que genera una falta de identidad propia tanto en el individuo como en la sociedad. Es en este punto donde el poeta, a través de su lenguaje intenta crear no una verdad universal, sino una verdad vital.

Dame el secreto para vivir sin angustias

y poder decir:

¡No hay problema.

     Entrañable santoral constituye la necesidad del poeta por redefinir y redescubrir su infancia: dibujos animados y personajes de carne y hueso que forman parte esencial de su imaginario, a través del lenguaje poético que permite asumir los fantasmas que aún nos habitan.

Ser poeta; un sueño que para muchos en la infancia decirlo o pensarlo tiene un aire romántico, creemos que con la palabra vamos a restaurar el equilibrio universal. Pasa el tiempo y el sueño romántico se convierte en un acto subversivo el cual tiene una carga demasiado pesada para hombres comunes. Este podría ser el mensaje del primer poema de Elegías de los maestros olvidados. Zeuxis asume una postura de reflexión y asombro a través de los personajes mitológicos.

     Ítaca ha sido motivo de inspiración de poetas y escritores, quizá porque como lo develó Cavafis, no importa Ítaca sino el trayecto: las aventuras, lugares y sitios descubiertos mientras. Una metáfora entre la vida y la muerte, entre quien abandona y retorna al origen: Ulises representa a todos los hombres del pasado, presente y futuro. Pero tomando la idea metafórica de pensar que Ítaca es origen y retorno, el hombre representa algo indeseado dentro del equilibrio de la vida: un usurpador.

Ulises delira y rompe las amarras.

Un usurpador

fue el que regresó a Ítaca.

     Con su humor agudo se convirtió en referente para entender a través de la risa la realidad de América Latina. Dicen que tu fantasma sigue asustando/ en el hotel/ donde eres/ un simpe caballo de apuestas. En estas líneas no solo podemos pensar en Cantinflas, sino en todos nosotros como seres invisibles habitando lo invisible.

Yo te llevaré para siempre en esta limosina blanca como un ataúd, / mientras mis ojos te desnudan por el espejo retrovisor, el poema tiene no sólo responsabilidad literaria sino una responsabilidad social. Hablar sobre el comercio del cuerpo para obtener beneficios o escalar ―de forma rápida―, la escala social, es algo que rara vez se aborda en la poesía. Estamos sumidos en una sociedad donde el «sujeto» y la poesía son objetos de cambio. Es esta la reflexión que propone el poeta: romper ataduras a través de la palabra.

     El poemario permite un recorrido por distintos ecos que nos lleva a conocer personajes mitológicos y también héroes del cine y de la televisión. Zeuxis, al igual que el Noé bíblico reúne en su arca lo que considera necesario para continuar después del desastre.

Link para descarga directa del poemario:

https://eltallerblancoed.files.wordpress.com/2020/05/el-arca-de-gokc3ba-1-1.pdf?fbclid=IwAR2jWswEUyaU7XINJqWjP9zQ6wFwU8TCMVRqv7_4i_B9AYdaNnU6slKwskM

La Viuda Isamar: por Favían Omar Estrada V.

La viuda Isamar

Favián Omar Estrada Vergel

 

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  1. La tragedia

Después de intensas batallas traficando en el abismo del dinero rápido, rodeados de fiestas, joyas, obras de arte, plumas de garza, animales exóticos, etc., decidimos volver al país para quedar lejos de unos enemigos, en extremo peligrosos, que ganó mi esposo Yasar al liquidar a un naviero egipcio en unos confusos acontecimientos, cuyos detalles describiré fundamentada en la ligera versión de mi marido, porque, con toda honestidad, sólo los conozco en parte, y —haya sido o no en su propia defensa— sucedió para desgracia nuestra.

Era ese fulano marinero un socio ocasional de una de tantas correrías arriesgadas, quien intentara un día a punto de zarpar asesinarnos para quedarse para él solo el cretino con un botín de joyas con destino al mercado negro de Singapur (obviamente eran robadas). El día anterior a los hechos, en el puerto, en algún corrillo de marineros ebrios, un comentario fortuito que hizo otro navegante pudo intrigar a tiempo a Yasar, que no era ningún pendejo. Se dio cuenta de que el socio traidor, habiendo perdido bastante en los naipes, dejó en prenda de garantía su embarcación a otro salvaje de éstos. No sé cuánto fue la suma, o no lo recuerdo, pero sí que debía saldarla con término perentorio. Decidió mi esposo, por simple malicia, llevarme a otro refugio y aguardarlo en la oscuridad material del camarote donde dormíamos. 

Aproximándose la medianoche —según Yasar—, estando él agazapado aguaitando en un oscuro rincón, oyó el quejido oxidado de los goznes: la puerta del lugar se entreabrió, sin duda era el egipcio que entraba. No quitaba mi esposo los ojos de aquella entrada y lo reconoció de inmediato por el olor de sus carnes a perro triste y su silueta desvaída de zancajoso ebrio. Oyó luego el chirrido de las alguazas del baúl y por el trasegar lo imaginó escarbando a fondo, hasta cuando cesó el remolino y la tapa de cedro cerró de golpe. El botín, a buen tiempo sustituido por joyas postizas de cristal de viejas botellas, flotaba ahora en las manos ladronas. Yasar sostenía la respiración rastreando los movimientos burdos del maldito, que iba caminando sigiloso en dirección al lecho nuestro, luego su silueta alzaba un puñal y, frecuentemente, lo enterraba y volvía a sacar, energúmeno y funesto como un diablo, contra el frío cadáver de un cordero de buen tamaño acomodado adrede bajo las mantas que yo más amaba. El naviero, agotado e inquieto ante tanta frialdad junta, retiró la cobija y descubrió el montaje, de cuya imagen pudo comprender un poco menos que nada porque las peludas y fuertes manos de Yasar, a modo de tenazas de acero, pasaron una delgada cuerda alrededor de su cuello: la asfixia le disipó las imágenes y las tinieblas del cuarto se le refundieron, acaso, con las del infierno.

Debimos huir para librarnos de una muerte cantada por cuenta de la familia del difunto, dispuesta a vengarlo al precio que fuere. Debieron de buscar sin ceder al cansancio hasta en los últimos rincones de la ciudad, pero mi marido y yo habíamos embarcado en otro navío con rumbo fijo a ninguna parte. En todo caso, atracamos en España donde permanecimos hasta cuando el agobio de la clandestinidad nos enfermó y decidimos, disfrazados de menesterosos, regresar hacia Cartagena de Indias a buscar un nuevo refugio. Estuvimos viviendo un buen tiempo en casa de un juglar amigo, donde disfrutamos de grandes parrandas y con amistades sinceras, pero fuimos enterados de la presencia de extraños, merodeando.

Anduvimos a manera de peregrinos por otros pueblos y ciudades cercanas, donde unas veces éramos gitanos videntes y, otras, vendedores de libros. Sin duda la Costa Atlántica no era lo mejor porque el mar nos mantendría cerca de nuestros enemigos. Muy pronto estuvo Yasar intensamente agotado de sobresaltos y escondrijos, sobre todo de arrastrar de un lugar para otro, camuflada en seis costales de fique, una fortuna peligrosa que quieres gastar y no puedes.

Inventar un lugar tierra adentro, ausente de la vida ruidosa, fue la primera ocurrencia en la exploración de lo deseado. Recorrido medio país de acá y medio de allá por rutas inclementes y trochas imaginarias (en barcos de vapor o automóviles), atravesados caños de lodo y ríos encantados e infestados de cuanta bestezuela pare la tierra (en embarcaciones de aborígenes) y, por último, sumergidos en montes intrincados sobreviviendo al asedio pernicioso de fiebres caniculares (sobre incómodos lomos de mulas), descubrimos el imponente océano de las llanuras orientales: un paraíso de pampas radiantes tal como las habíamos imaginado juntos en nuestros sueños, construidos con retazos de las historias desdibujadas de los traficantes italianos.

Arribamos a una población de aire arcano y legendario, en medio de la geografía fronteriza de dos países. Confieso que me costó —no sólo tiempo sino también esfuerzo— entender a cuál pertenecía, y sólo lo vine a saber porque Yasar, con la indulgencia de un sabio maestro de escuela, me lo señaló por tanteo y error en un mapa, diciéndome está aquí de este lado, y lo marcaba con el dedo en el atlas, y yo le decía: parece de allá. Él reía estallado y decía luego: parece de ninguno. Por eso creyó que nunca iban a encontrarnos. Yasar estaba enamorado hasta del oxígeno que respiraba, y, en lo que a mí concierne, parecía un sueño cumplido: era el lugar fastuoso y perfecto donde tendríamos seis hijos y viviríamos felices para siempre. Así que, con las alforjas llenas de oro y joyas, llegamos negociando fanegadas de tierras y ganados que en poco tiempo vimos reproducir igual que el pasto verde en las praderas fértiles. Mi astuto marido combinó la ganadería con la extracción de pieles, mieles, aceite de palo de copaiba, caucho y plumas de garza, que luego intercambiaba por oro y mercaderías que revendía multiplicando por mil. Hizo construir en el pueblo llanero una mansión amplia y ostentosa, sujeta a mis caprichos, y una estancia cómoda en la hacienda, y ordenó el arreglo de la escuela y la iglesia, con lo que se ganó el aprecio de la gente del lugar.

Pero contrario a todo deseo, el pueblo en realidad estuvo lejos de ser el remanso soñado. Una mañana, con las primeras luces del alba, mientras retozábamos dichosos y desnudos en la cama con una de nuestras amantes compartidas, advertimos los golpes del aldabón sobre el portón. Una sirvienta asomó con el recado de que requerían a Yasar, y él bajó. Jamás desatendía sus negocios ni hacía esperar a ninguno mucho tiempo, así fuera para atender al más insignificante de los hombres. Bajaba siempre a saltos con el arma en el pantalón, pero esa vez no lo hizo, imagino que por un asalto de abandono y confianza, porque sólo llevaba encima el quimono sedoso de levantarse. Desde la bañera oí el alboroto de la discusión y una detonación fuerte y seca que creó un eco lánguido durante unos segundos.

 Desorientada, ansiosa y aturdida corrí escalera abajo. Recuerdo que me torcí un tobillo y caí rodando los dos últimos escalones, alcé la cara y reconocí a Yasar como una sombra a los pies del criminal, cuyo vistazo terrible de insolentes ojos amarillos me envolvía toda. Jamás podré olvidar su perfil de rata inconfundible. Yasar tenía la quijada desviada, en su boca había una mezcla de saliva y sangre escanciada amenazando escurrirse en cualquier instante. Su cuerpo grande yacía sobre una mancha roja, caliente y espesa igual que una jalea. No murió de inmediato, ésa fue la peor parte. El plomo en la cabeza le deshizo una oreja, le desbarató cierta parte del cráneo y le dejó un agujero como una boca gritando por donde entró mi mano asustada tratando de evitarle la hemorragia, quedando mi esposo vegetativo y avejentado, hasta que una tarde distante la muerte se lo cargó marchito y encogido, semejante a un muñeco de trapo.

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CARMEN LUZARDO, por Umberto Amaya Luzardo

CARMEN LUZARDO

POR:

UMBERTO AMAYA LUZARDO 

 

―Ah,  eso era lo que te quería contar―

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Paso del Cometa Halley en 1910

Cuando saqué los papeles por segunda vez. En ese tiempo yo trabajaba en una escuelita que quedaba a la salida  del pueblo que era también la entrada, porque cuando eso este pueblo era tan pequeño que se entraba  y se salía por el mismo caminito. Yo ya los tenía, pero no sé si fue que los boté, o que los dejé tirados por ahí en cualquier parte, porque en ese tiempo aquí no se perdía nada y lo que se perdía aparecía otra vez

Yo paso a creer que fue que se me quemaron una vez que se me quemó la casa. Fíjese, la casa prendida y yo salgo a la calle toda asustada y pidiendo auxilio y al frente estaban un poco de soldados parados ahí,  y yo grite y grite y ellos quieticos sin moverse y me da esa rabia y les grito:

―Carajos!  ¿Qué hacen ahí parados firmes, sino no son firmes para nada, acaso no los tienen para que defiendan a Colombia?

―Mi casa también es Colombia vayan y la defienden de las llamas―

Ahí sí fueron, hicieron lo que pudieron y al otro día me llamó el comandante y me dijo:

―Profesora, usted nos ha dado una buena lección―

A mí me dio un poquito de pena pero es verdad:

 ―Mi casa también es Colombia―

Tú sabes que los borrachos y los niños lo andan contando todo y una mañana me llegaron con el cuento:

―Profesora llegaron los señores que venden las cédulas―

Cuando terminé las clases me fui para el parque y allá los vi, eran tres: el cedulador, el fotógrafo y el otro, el que le marca a uno los dedos untándoselos  de negro humo con manteca.  Eran rojitos como un tomate, se les notaba que venían de Bogotá, porque estaban todos sofocados por el calor y eso no era más que  saque el pañuelo y séquense la cara, ventílense el pecho y no acaban de doblar el pañuelo y de guardarlo, cuando ya estaban otra vez sacándolo para volver a pasárselo, y yo pensé para mis adentros:

―El marrano no conoce y además tiene casquera― Era que se les notaba que venían de tierra fría; entonces,  me dije: ―Mañana le voy a echar una mentira a estos guates para que me den los papeles sin tanta averiguadera―

Yo ya era una vieja, tenía como cuarenta y nueve años y nunca me había maquillado porque esa vaina no me gusta; pero al otro día sí,  madrugué a pintarme la boca, me empolvé los cachetes, me pinté un lunar, me di un baño de tienda y me arreglé bien como una sabanerita pura con alpargatas y todo lo demás. Saqué un vestido que nunca me lo ponía porque le tenía mucha rabia porque era muy feo, carmelito con pepas verdes y cuello verde también; pero ese día si me lo puse y me fui abuscar  a esos carajos.

Allá estaban en el parque, los vi desde lejos y yo llevaba un pollo debajo del brazo  y era verdad que iba para donde mi comadre a devolvérselo porque se lo debía. Me le acerqué al más barrigoncito de los tres y le pregunté:

―Mire señor ¿Usted es el que anda vendiendo la cédula?

Y el otro,  ahí  mismo me dijo,  con aire de patrón:

 

— ¿Y a usted quién le dijo que nosotros andamos vendiendo la cédula?

―Por allá en la sabana andan diciendo eso, y que ustedes que la vendían. Entonces yo me traje cinco pollos pa´ comprarla, pero como yo vivo  tan lejos y este pedazo de burro que cargo  no le rinde nada, entonces, se me murieron unos  por el camino y este que llevo aquí no se lo puedo dar, porque es para pagarle un jabón que mi comadre me va a dar para llevar para la sabana y ella no me va a dar plata, sino jabón. Si es que yo no soy de aquí, yo vengo de por allá, desde el Padre, eso que ahora llaman Rondón.

―Señora la cédula no se vende, se le da gratis a los ciudadanos―

―Bueno, entonces ¿Qué tengo yo que decí pa´que me la den?

―Primero la fecha de nacimiento―

— ¿Qué cuándo nací?

―Espere un poquito― y empecé a contar en los dedos de una mano: “Uno,  dos tres, cuatro, cinco, y después en la otra: seis, siete, ocho, nueve, diez.

―Ah sí,  yo nací en mil novecientos diez. Cuando yo ya estaba  durita mi mamá me contó que yo había nacido en ese año y que cuando eso pasó una estrella grandota  con un rabo de candela  bien largo y la gente andaba asustada porque decían que el mundo se iba a acabar, pero al fin no pasó nada. Esa vez también me contó que yo tenía raza de los  Luzardos y era enrazada con los Machados.

―Oiga doña, siéntese aquí para tomarle la foto―me dijo el fotógrafo que también estaba doblando y desdoblando el pañuelo a cada ratico.

Yo me senté y cuando el otro ya me iba a tomar la foto le grité;

―Espere, espere  ¿No será que el pollo sale también retratado?

 ―Yo mejor lo pongo en el suelo― lo puse en el suelo, lo apreté con las piernas y le dije: ―Ajá, ahora sí.

―Ahora firme aquí― me dijo el cedulador

¿Firmar, que vaina es esa?

―Firmar es escribir su nombre― me dijo el otro

¿Escribí mi nombre?

¿No será mejor: Pintá mi nombre?

―Ah, eso sí se yo, y palo que me dio mi  mama pa´quelo pintara bonito.

El carajo se había tragado el cuento,  y como a los dos días que ya habían terminado de cedular y andaban por ahí paseando, pasaron por la escuela y yo tan pronto los vi salí corriendo y me tranqué en el baño hasta que ya iban bien lejos; y como a los tres meses me llegó la cédula nueva.

―Mírela, ¿No está viendo que ahí se le miran las pepas y el cuello de otro color al vestido?

―Y mire esos ojos que parece que le estuviera dando un beso a la angustia de la mentirota que le eché a los guates.

Umberto Amaya Luzardo (2020) 

Un relato corto. Por Augusto Orta

Cuerpo desnudo de la bruja vieja. Goya

La conocí en un putero. Su familia había muerto en la pandemia del Corona Virus. Aduce que cortaría el frágil hilo de su existir, pero no se anima. Y Sobrevive en lo de un chulo; que en el fondo no es mal tipo, le interesa su parte del negocio. El sexo constante y sonante palía la ausencia de cariño. Duerme exahusta, como nunca pudo el tiempo que duró la agónica muerte de sus dos niños y un esposo ejemplar. Le rogué que se venga conmigo, que tengo un lugar separado del mundo con una huerta orgánica. Que nos autoabasteceríamos.

No soy su tipo, responde lagrimeando sobre una sábana endurecida por el semen, mientras tanto acelero el ritmo ya que mi tiempo está por acabar. Me despido, es jueves 23 de octubre del año 2025. Tengo un pase para circular libremente, ir al casino, ser juez de buena fe en transacciones de alto nivel, etcétera. Fue muy drástico ver como la población mundial disminuyó dos tercios. La verdad es que a esa altura a nadie le importaba seguir muerto o seguir vivo. Seguían.