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Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #9. Por Leandro Alva

Por Pedro Domínguez

Desde que empezó este asunto de la cuarentena obligatoria y el hashtag #quedateencasa se hizo amo y señor de las redes, poca gente se detiene a pensar en aquellos que no tienen casa donde quedarse y mucho menos una cuenta en una red social. Mientras tanto, hay algunos que desde la comodidad de su balcón muestran la hilacha de sus berretines panópticos y señalan con el dedo o a los gritos (incluso por medio de megáfonos) a cualquier ser humano que ven circular a la intemperie, aún sin saber porqué ese ser humano está en donde está. Esos tipos ya nacen así, con el corazón ortiba. Por ese motivo, no abono mucho a esa teoría esperanzadora que anda circulando, que asegura que después de todo esto vamos a ser mejores, que vamos a tener un mundo floreciente, fraternal, igualitario, y bla bla bla…

Tampoco se me da por llevar la cuenta de los días que engordan el aislamiento ni de la cantidad de víctimas que repiten los medios cada 15 minutos. Esos ejercicios estadístico-necrológicos me producen cierto rechazo y me perturban un poco. Tal vez por eso, apenas me limito a leer, salir de compras cada tres o cuatro días y escribir estos apuntes. Si alguna vez vieron una foto del estudio de Francis Bacon pueden hacerse una idea del paisaje que me circunda. Por otra parte, mis destrezas gastronómicas se limitan a una pálida escasez de platos que se repiten sistemáticamente. Es una verdadera fortuna que mi vieja viva al lado de casa y me invite a comer seguido.

Las calles parecen un desierto sin aviadores ni principitos fastidiosos. Hoy me tocó salir en búsqueda de víveres, y a la vuelta del chino me encontré con un botellero que conozco de la infancia. Me saludó desde el otro lado de la calle y casi me pidió perdón por violar la cuarentena. Lo noté avergonzado, culposo. Tengo que cirujear algo para comer, papá, los melli me esperan. No hay drama, loco, mucha gente tiene que salir a laburar. Conversamos un par de minutos y antes de despedirnos me acerqué a una distancia razonable y le tiré un paquete de fideos moñito. Los atrapó en el aire con una pirueta que me hizo reír. Hace años era un buen arquero. Gracias, papá, me dijo (no sé si no se acuerda mi nombre o le dice papá a todo el mundo). De nada, Gera, le contesté yo. Cuidate, loco. Vos también cuidate, papá.

Doblé la esquina y llegué a casa pensando en la suerte que tengo de poder llamar así al lugar donde paso estas horas tan inusuales. Me puse a cocinar un arroz con salchichas mientras en la compu sonaba música clásica, creo que era Brückner. Bueh, no importa. Minutos después dijeron en la tele que el papa nos había perdonado a todos. Pater de caelis Deus, miserere nobis. Y al rato ya me había olvidado de mi amigo de la infancia, el arquerazo que salió a cortar un centro envenenado para poder llevarle algo de morfar a los pibes.

Leandro Alva, Temperley, 27 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #8. Por Leandro Alva

Y así, en cuarentena, llegó el 24 de marzo. Una de las fechas que nunca va a cicatrizar en la memoria de los argentinos, pero también una fecha de comunión popular que esta vez no podrá ser corporizada. Hoy no se puede realizar la marcha tradicional a Plaza de Mayo por obvios e infectantes motivos. Pero cada uno, a su manera, desde su casa, recordará a los 30000 detenidos desaparecidos que nos arrebató ese otro virus letal. El 24 de marzo de 1976, la dictadura más sangrienta que hayan visto estas pampas usurpó el gobierno y comenzó a perfilarse como la mejor alumna del Plan Cóndor. Exterminio sistemático, torturas, asesinatos, apropiación ilegal de recién nacidos, vuelos de la muerte y un largo etcétera de violaciones a los derechos humanos. Todo eso recordamos cada 24 de marzo. Para eso nos reunimos en la Plaza y en diferentes puntos del país. Para que no se repita. Sin embargo, por culpa del malhadado coronita, este año no podrá ser. Los pañuelos blancos de madres y abuelas se han transformado en barbijos, pero eso no nos impide alzar la voz desde donde estemos. Y si desafinamos más allá de lo tolerable, como en mi caso, siempre tendremos a mano una canción de la Negra Sosa.

Ya llevo dos días sin asomar la trompa a la calle. Tengo que cortarme las uñas porque el teclado de la compu está dificultando mis destrezas taquigráficas. Y debo afeitarme sino quiero parecerme a Barba Roja, aquel luchador de Titanes en el Ring que vivía a pocas cuadras de casa. Esos son mis problemas por ahora: minucias, ridiculeces, pequeñas ansiedades. Los verdaderos problemas los tienen otros, como a las vaquitas de la canción. Pero la taba se puede dar vuelta en cualquier momento, así que hay que estar preparado.

En el día de hoy se registraron numerosos contagios y dos decesos a causa del covid 19. Y ya hay gente que se está impacientando más de la cuenta. Humildemente, yo creo que a pesar de todo la vamos llevando bastante bien en comparación con otros países. Nadie ignora que la cosa se va poner más espesa que un locro, pero es muy difícil hacerse a la idea y mantener la calma. Solo nos queda cruzar los dedos para que la tormenta pase pronto y para que la cura llegue aún más pronto. En otro orden de cosas, también me enteré de que los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 se posponen un año. Era de esperarse; me cuesta mucho imaginar a un boxeador con barbijo o a un garrochista con guantes de látex.

Yo vine al mundo poco tiempo antes del golpe de estado que se recuerda hoy. Y hace unos años, para esta fecha escribí lo que sigue:

Nací en diciembre del ´75.
El golpe tiene mi edad
pero no envejece.   

Esperemos que me haya equivocado, aunque debo reconocer que todavía quedan fascistas de cotillón con veleidades castrenses que niegan el genocidio y reivindican el rol de los militares durante los años de plomo. Esa gente existe, y eso me entristece. De cualquier manera, el 24 de marzo de 2021, si el covid 19 lo permite, yo pisaré la Plaza de Mayo para abrazar a mis compañeros. Para que nada de lo sucedido vuelva a suceder.

Leandro Alva, Temperley, 24 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #7. Por Leandro Alva

“No tener una idea y saber expresarla: eso hace al periodista”.

Karl Kraus (1874-1936) 

El señor periodista, diplomado con honores en la UBA, de traje azul y corbata bermellón, enumera las medidas de higiene aconsejables para prevenir el virus.

El comunicador social, experto en epidemiología, de traje azul y corbata bermellón, repasa la cantidad de contagios en todo el mundo.

El locutor del noticiero de las 19:00, de traje azul y corbata bermellón, perora sobre acuciantes conspiraciones políticas y guerras bacteriológicas.

El hombre que halla solaz en su verba, de traje azul y corbata bermellón, sostiene que el principal responsable de la pandemia es China y sus costumbres alimenticias.

El tipo ese de la tele, de traje azul y corbata bermellón, dice que el desarrollo de una vacuna no va a llegar a tiempo para evitar la muerte de millones de seres humanos.

El aflautado charlatán de feria, de traje azul y corbata bermellón, sostiene que la catástrofe es inminente, que estamos en situación análoga al conflicto bélico.

El malparido que vive del chamuyo, de traje azul y corbata bermellón, dice que en algunas ciudades italianas los cementerios no dan abasto y los cadáveres se pudren en la calle.

El embustero hijo de mil puta que defeca por la boca, de traje azul y corbata bermellón, asegura que ya no hay vuelta atrás, que muy pocos van a sobrevivir.

El pedazo de mierda que inunda los hogares con su aliento a peste, de traje azul y corbata bermellón, acaba de confesar que ha contraído el virus.

El señor periodista, diplomado con honores en la UBA, de traje azul y corbata bermellón, ha cerrado la boca.

Leandro Alva, Temperley, 23 de marzo de 2020.

El rey zamuro, un cuento llanero de Favián Omar Estrada V.

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Fotografía extractada de la instalación “Los lirios del campo y las aves del cielo”  de Sandra Rengifo

 

El rey zamuro

Favián Omar Estrada Vergel

 

 

1.

La estancia quedaba del otro extremo del pueblo, en las barrancas del río. Era de paredes encaladas y andén alto, con dos almendros generosos en la entrada donde se recostaban taburetes a las tres de la tarde para recibir el fresco. Así fue la descripción que hicieran quienes lo contrataron para ejecutar aquel encargo secreto que, según él pensaba, era elemental, o básicamente simple porque tenía que ver con un tipo octogenario y solitario. De ochenta y tantos, aproximadamente, le explicaron con lujo de detalles. Un abuelito óseo, de ojos azules y saltones, con barba larga y cabellos color de nácar, de rostro señorial y en cuya mejilla izquierda sobresalía un lunar con forma de arácnido. Cualquiera no ha de ostentar un lunar como un insecto en la mejilla, de modo que iba a ser obvio reconocerle.

Estaba a punto de llegar a aquel pueblo; mientras, adormilado a sus anchas en la silla, fantaseaba con la mugrosa araña. La inventaba brincando arisca, escurriéndose por el cuello rugoso del abuelo, hasta intrincarse para desaparecer dentro de sus ropas. Abrió sosegadamente los ojos, pensando que si eso ocurriera en verdad, podría cometer el error de equivocarse de anciano y no ganaría un centavo más; hasta se vería en el brete de tener que reintegrar el anticipo, del cual ya había malgastado cien mil pesos en yerba de pésima calidad. Volvió a cerrar los ojos e introdujo rápidamente la mano en el bolsillo del pantalón para asegurarse que aún tenía los pesos restantes. Cuatrocientos mil míseros pesos, pensó en voz alta. Luego bajó del autobús.

En una pulpería de arrieros solicitó la cerveza más helada que hubiera. Moscas azules cabriolaban obstinadamente sobre una batea con panecillos de hojaldre que estaba encima de un viejo mostrador de madera. En el transcurso que tardó el tendero en llevarle la bebída no dejó de ver con suma paciencia aquellos panecillos semipodridos, reflexionando inequivocamente en lo sencillo de su misión, hasta que inducido por una especie de cólera espontánea ahuyentó los insectos de un solo y demencial reves, haciendo volar por los aires los amasijos y todo lo demás junto que había sobre el armario.

Un grupo de borrachos silenciosos no le quitaron la vista de encima. Él les lanzó una mirada retadora mientras se bebía la cerveza. Pidió un aguardiente y otra cerveza recostado de pie en la vitrina. Al final de beber se sintió irracionalmente con ganas de pelear, e intentó meterse con los borrachines patibularios que lo seguían observando con desconfianza, pero el pulpero, que había presentido la intención, lo jaló de un brazo y le indicó que mejor se sentara tranquilo en la mesa al fondo del negocio. No sabía por qué razón, pero de veras que le molestaba toda aquella decencia y amabilidad hipócrita del tendero. Se aplastó retador en la única butaca. La mesa era redonda y su superficie estaba cubierta de entallas y nombres, la mayoría confusos. Echó hacia atrás el cuerpo inclinándose vaqueta a la pared y empezó a cantar un ranchera y a fumar.

            Era más de mediodía. El calor aumentaba. Ya había divisado en aquel naufragio de desorden de estanterías lo que necesitaba para su labor. Señaló con el dedo apuntando hacia el sitio de las botellas de licor, y exclamó fuerte para que los borrachos lo escucharan: Una de aquellas. El dueño regresó desempolvando una botella de ron. ¿Se le ofrece otra cosa?, inquirió el dependiente.

—Un cuchillo de doce pulgadas —le respondió—. El más cortador y peligroso que exista.

—Cuchillo marranero —conceptuó el tendero, viendolo a los ojos.

—Exacto —aprobaba el forastero, alzando más la cara, y decía—, yo soy matarife cotizao.

El vendedor sólo percibió arrogancia, igual obedeció. Fue y volvió con la herramienta. Era un cuchillo como un brazo, cacha de madera con pecas de óxido sobre la hoja metálica. Lo dejó sobre la mesa, y señaló:

—Son veinte mil pesos, jefe.

—Necesito afilar.

—La piedra de amolar está en el patio, si quiere se la presto. —El tendero le señaló el camino al patio.

El forastero notó que los borrachos habían desaparecido misteriosamente, considerando mentalmente que los había impresionado con su iluminada presencia y altanería pendenciera.

2.

Le había advertido el tendero con cierta displicencia que la piedra de amolar era una roca de río, desgastada por el uso de afilar machetes y hachas durante muchos años de colonización del Sarare, pero que aún era útil. La encontró asentada en un realce de arcilla debajo del árbol de las gallinas en aquel patio abierto y maloliente a chiquero y lavazas. El tendero le entregó un balde con agua y regresó al local. Desde allí el forastero podía observar los solares vecinos limitados por empalizadas de guaduas y alambres. Había en el terreno dos cerdos inmensos revolcándose felices en el fango, también había un gallo. Era un hemoso y babilónico gallo de pelea que picoteaba una tuza de maíz amarillo. Unos mocosos que jugueteaban se colgaron de la cerca a espiar al forastero. Al extraño le fastidió, tomó la vasija y les lanzó agua para ahuyentarlos, recibiendo de ellos la respuesta inmediata con una descarga acertada de almendrucos lanzados con hondas de horqueta y cauchera. Un proyectil le dio justo en la cien y otros en la espalda. Furioso, los chitó para que se largaran y no quebrantaran su paciencia. Una mujer hermosa y grande, que de seguro era la madre de los chicos, los aplacó cuando ya estaban recargando nuevamente las armas para acabar con el enemigo.

Mientras afila, el gallo lo ronda cuidadosamente y el forastero lo ahuyenta con aspavientos de amenazas, al tiempo que le expone el cuchillo añorando a los borrachos del salón. Pasa la hoja sobre la piedra por una cara y la otra, en tanto que va tomando ron. El  calor etílico le bajaba como una lengua culebreándole desde el rostro hasta el vientre, levantándose el ánimo y las ganas tremendas de pelear. Rociaba con agua la piedra y pasaba otro sorbo grande de licor. Platicaba al cuchillo en un tono de antigua fraternidad, hacía pausas como esperando algunas respuestas a su improvisada vida, asi que volvía a hablarle sin recomendaciones, explicando en un lenguaje descomplicado la forma en que iría a ejecutar el encargo, los detalles del hombre del lunar y la ubicación de la vivienda del río. El gallo a su vera, a una prudente distancia, torciendo un ojo hacia él, había escuchado malicioso aquel plan pernicioso.

 Alertado por la fuerza del escrutinio, el foráneo descubrió la presencia del gallo, cayendo en la cuenta de que el animal se había enterado de todo. El animal tenía los ojos duros y planos, y una característica que lo distinguía de entre todos los gallos que él hasta entonces había visto: miraba siempre (en cualquier lugar, en cualquier situación, pasara lo que pasara) a los ojos. Se sintió delatado. Irritado, hizo crujir las articulaciones de sus dedos con movimientos sinuosos de los brazos unidos por las manos, tramando quitarle la cabeza al animal de un tortazo mortal con el cuchillo, y, empuñando el arma, sigiloso, caminó encorvado y a zancadas silenciosas hacia éste, en tanto que el ave de plumaje lustroso empezaba a sospechar, dando los primeros pasos de retroceso sobre el fango fétido de los puercos que tragaban lavazas mantecosas en una media llanta que hacía de comedero, de cuyos bordes y paredes pululan gusarapos y mosquitos. El gallo vio a los ojos del hombre, enrojecidos por los vapores etílicos del ron, y voló con la imponencia de un cóndor antes de la primera puñalada.

 Restaba poco de licor en el envase de vidrio. La intriga del gallo y su majestuoso vuelo lo inquietaron. Devoró dos tragos que quedaban y lanzó como un proyectil la botella a uno de los cerdos que logró habilidosamente esquivarla, estrellándose en un tronco rascador de los chanchos, revotó no menos de dos metros y quedó enterrada de pico en el fango pestilente.

De regreso a la tienda había un grupo de hombres bebiendo aguardiente de caña; festejaban a gritos las peripecias de partidas de juego de dados con que apostaban el pago de cada pedida de tragos. Eran hombres curtidos por el sol, de caras vencidas que se distraían para olvidar un poco la dureza del monte. A veces les daba por discutir hasta la amenaza, acercándose a la agresión; y aunque uno u otro de los miembros del corrillo prometía al que fuera que le iba a romper la cara, al final no pasaba nada y seguían el relajo. Más tarde llegaron otros apostadores, casi todos leñadores, contrabandistas o pescadores, otros no, y la barahúnda se hizo imposible. Pidió papel de periódicos para envolver el cuchillo y entabló conversación con algunos clientes, indagando por sitios de lenocinio, la distancia al río, los caminos a otros pueblos. Le dijo al dueño de la tienda que su gallo era arrogante. Le relató en serio y en burla que el animal había volado como un cóndor, el tendero soltó una risa seca y breve, luego le dijo que no tenía un gallo, incluso que no le gustaban porque esos animales estaban malditos, se habían prestado para que a Cristo lo negaran tres veces. Obvio, se veía a leguas que mentía.

El viajero, interesado en el juego de los provincianos, decidió beber otras cervezas más antes de volver a lo suyo.

Un par de borrachos buscarruidos intentó meterse con él, pero el dependiente supo apaciguarlos antes de que el forastero se percatara, luego los mismos se fueron a fastidiar a un viejo enjuto de unos noventa años de edad, con cara de loco, que estaba sentado en un bulto de maíz, y éste, sin más ton ni son, decidido, se levantó de un salto y, abriéndose espacio, sacó su cuchillo y se dejó ir sobre los pendencieros. En un principio todos los montañeros estallaron de risa cuando vieron a los dos borrachos buscapleitos saltar y correr al golpe de una cuchillada casi en la pierna o casi en el brazo. Sin embargo, más tarde recordarían el rostro de sorpresa de uno de los crápulas pendencieros, su cara de terror y reproche contra aquel loco de amarrar al que seguro siempre incitaban y no pasaba nada, pero esta vez de una puñalada certera le había dejado un horrible pingajo de cachete como una extensión de la boca en su desfigurado rostro. Llevaron al borracho al curandero y la juega siguió con el piso encharcado de la sangre derramada.

Hastiado de aquel espectáculo, el visitante dispuso a partir, no sin antes comprar una nueva botella de aquel delicioso ron (que le sabía a coñac). Guardó el cuchillo envuelto en periódicos dentro de sus ropas, sintiendo que ahora era un hombre completo. El alcohol y el arma complementan la fuerza y valentía de los hombres, pensaba. Hubiera deseado que uno de aquellos crápulas se tropezara con él, no habría sido tan complaciente como el anciano,  con él correrían ríos de sangre, sin lugar a suturas.

3.

Siga derecho por la iglesia —le indicaron los arrieros— y al llegar al río, la única casa con andén alto y dos almendros en la entrada. Entró a la iglesia a mitad de camino, se arrodilló con el tronco gacho y las manos amarradas entre sí a la altura del pecho. No se sabía si estaba rezando, riendo o llorando.

            El río tenía una playa amplia y blanca. Extraía arena un grupo de hombres sudorosos que la cargaban en carretas de mulas rumbo a las obras. Los asnos parecían no poder con la sobrecarga que les imponían, rebuznando acorralados por el látigo y el sol de fuego.

La casa poseía un andén alto y almendros frondosos. La había identificado sin dificultad por ser la única en mampostería. No podía ser otra, porque alrededor sólo habían ranchos de guadua con techumbres de palma. Se dejó ir hacia la playa, buscó un asentadero para destapar la botella nueva y bebería hasta que los paleros y sus mulas sufridas se largaran lejos muy lejos, entonces iría a quel lugar del superandén, tocaría a la puerta donde un hombre de barba hirsuta con un lunar surtido de un manojo de pelillos como una araña, saldría a recibirlo. No creía que un lunar pareciera de veras un insecto y se moviera como tal, pero en medio del encendimiento etílico lo divertía la sola idea de imaginarlo con vida.

 El cuchillo en efecto incomodaba en la pretina, había quedado peligroso igual que siempre lo dejaba cuando despresaba cerdos en su pueblo, aquello mucho antes de ir a prisión por despostar a un amigo del alma, que, bebido y en chanza, le había agarrado amistosamente y con cariño las nalgas. La prisión, donde la vida lo había enseñado a ser desconfiado, prevenido y listo, en donde —o eres fuerte, o lo aparentas, empero por nada del mundo débil, porque de lo contrario te sodomizan dormido, y despierto también—, pensaba. Dejaba de pensar, volvía a reir solo. Diez años de su vida allí encuevado, ahora tenía cuarenta y tantos.

El sol bajaba. Quedaba poco menos de un tercio del grupo de paleros, eso era mucho aún, implicaba por demasiado visaje de su parte. En prisión aprendes a sobrevivir comiendo perro y a no dar tanto visaje, pensaba. La botella vacía rodó algunos metros sobre el pasto oxidado por el sol. A un costado divisó una cantina con música, sonaba Hasta que te conocí, de Juan Gabriel, le encantaba aquel tema, pero no el cantante. La letra de la canción hablaba de un hombre insufrible y feliz, pero que se desgració cuando conoció el amor. De allí se fue  caminando hasta aquel bar en donde compró otra botella y estuvo hasta muy tarde ocupando una de las mesas del exterior, con eso vigilar la casa y a los últimos dos o tres hombres de la playa con sus testarudos y ultrajados burros.

Una mujer pintarrajeada lo atendió. Era de rostro ceñudo, melancólico, ofendido. Ella, como siempre con cualquier borracho patibulario y desprevenido, aceptó divertida la invitación a que lo acompañara, y fue y volvió, con copas nuevas. Él le sirvió un trago largo, pero siempre bebiendo del pico de la botella. Me encantan las flacas, pensó. Luego, se fue a la pieza con ella.

Salió del cuartucho de la mujer dando zancadas de gitano ebrio, con el licor en ebullición, en las mitocondrias, en los movimientos de sus propios pasos simiescos que lo llevaron a la casa del andén alto. Un andén demasiado elevado con una escalera espectral que jamás había visto igual. Se estacionó en el primer almendro de la casa, un foco de luz despejaba la penumbra, los sonidos de los sapos se entrelazaban alrededor con el viento del río. La puerta era gruesa y grande, de madera despintada y añosa con armellas para el candado. Volvió el rostro y fijó la mirada hacia el sitio de la cantina, borrosa y distante.

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Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #6. Por Leandro Alva

Esta tarde me enteré que hoy se celebra el día mundial de la poesía, fecha instituída por decisión de la Unesco para celebrar la diversidad lingüística y bla bla bla… Hace un rato también me enteré de que hoy fue el día en el que se registraron mayor cantidad de contagios en Argentina, sobre todo en los centros urbanos con más densidad de población.

Aprovechando este asunto de la reclusión obligatoria, mucha gente se dedicó a viralizar poesía en redes sociales o a cantar baladas con dudosa afinación. Supongo que de alguna manera la poesía y la música nos reconfortan un poco frente a la angustia omnipresente, y eso les da un carácter sumamente valioso, pero he visto algunos casos bastante particulares; hablo de personajes que leen sus propios poemas y creen que van a cambiar el mundo con sus “ensueños arrebolados de miel virginal”, eso también hay que decirlo. Bueno, algo de culpa también me cabe: confieso que yo mismo edité tres libros de poesía, mas hoy no tuve muchas ganas de buscar el palito de selfie para declamar nada y ofrecerlo a la virtualidad.

Aquí seguimos en cuarentena y las únicas actividades que me ocuparon el día fueron la lectura, un rato de juegos con mi perro y una charla con mi hermano a través de una pared (vive a la vuelta de casa y nuestros fondos limitan). Para ser justo, debo decir que también me entregó una bolsa de pan “fatto in casa” por arriba de la tapia. Gracias, hermano y vecino generoso.

Mientras tanto la tele sigue con sus pronósticos apocalípticos, pero al mismo tiempo aconsejan no entrar en pánico, así que es mejor apagarla o ver una peli. Hoy leí que hay varias páginas porno en internet que están a punto de colapsar por la exuberante demanda de contenidos. En tu cara, Mauro Viale. De esta manera se apilan los días de una cuarentena que podría llegar a extenderse, porque la mano viene brava y no hay poesía ni porno que mitigue un virus coronado. Así que paciencia.

Marco Valerio Marcial fue un poeta latino que nació en el año 40 de la era cristiana, a pocos kilómetros de la actual Calatayud, en lo que ahora es España. Por eso, en el día mundial de la poesía, me despido con uno de sus célebres epigramas:

88

Nunca recitas, Mamerco

y quieres que te consideren poeta.

Pretende lo que prefieras

pero no recites jamás.

No puedo dejar de imaginar cual emoji hubiera elegido Marcial para acompañar estas líneas.

Hasta la próxima.

Leandro Alva, Temperley, 21 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de buenos aires #5. Por Leandro Alva

Esta mañana me desperté con la noticia de la muerte de Amadeo Carrizo, una leyenda de nuestro fútbol. Para muchos, el mejor arquero argentino del siglo XX. La noticia me generó algo parecido a la nostalgia, a esa extraña nostalgia de lo que nunca se vivió. Porque yo no llegué a verlo dentro de un campo de juego. Sin embargo quedaron sus historias, las que contaban mis abuelos, las que escuché de boca de algún jovato en la mesa de un bar. Tan grande fue este señor que nos ocupa que incluso el mismísimo Lev Yashin, la araña negra soviética, le regaló sus guantes en señal de admiración. Curiosamente, Yashin también murió un 20 de marzo, en 1990. Todas estas perlas de la “vieja época” son capaces de bocetar perfiles míticos en la cabeza de cualquier pibe amante del balompié, como ese que fui allá lejos y hace tiempo.

Esta mañana también me di cuenta (siempre tarde) de que tenía algunos servicios impagos, así que hice acopio de valor y salí a la hosca intemperie a buscar una oficina de Rapipago, pero la que está más cerca de mi casa no atendía. De este modo tuve que desandar mis pasos y volver al aislamiento. Pude ver calles prácticamente vacías, poca presencia humana, algunos perros despistados por tanta quietud. Me sorprendió una calandria que cantaba paradita sobre el cable de alta tensión en la ochava de mi escuela primaria. Me detuve a escucharla, era todo en la tarde vacía, no había más y no hacía falta. Apenas retomado el paso me crucé con dos colectivos, uno de ellos con un solo pasajero en el último asiento. Y me acordé de aquel cuento notable de Bradbury, El peatón, en el cual un ignoto habitante de una ciudad sale a dar un paseo nocturno y, como es el único que tiene el tupé de andar vagando a una hora “desaconsejable”, se lo llevan a la comisaría. Bueno, yo sí andaba solo, pero por ahora no estoy en cana.

Quienes sí están detenidos desde esta mañana son siete parejas que estaban en un telo meta chucu chu. Ya ni organizar un festín de sexo y depravación se puede, al menos por un tiempo considerable. Habrá que desarrollar preservativos que cubran el cuerpo entero, qué sé yo. Tenemos que estar preparados para todo. Esto recién empieza y es igual a una guerra, le escuché decir a un fulano en la radio.

Quiero remarcar que hoy me abstuve de encender la TV. Estoy harto de los noticieros. Bueno, en realidad sí la encendí para ver un programa homenaje al gran Amadeo Carrizo, pero fue menos de una hora. Mientras tanto, me llega un bombardeo de información por whatsapp y no estoy en condiciones de procesar el ataque. Aún no sé la diferencia entre un virus y una bacteria, o tal vez la sé pero no me acuerdo de que la sé. En fin, todo está muy parecido al día de ayer y al anterior, y creo que el hecho menos apremiante y más reparador de este viernes fue ese minuto en el que me detuve a escuchar el trino de la calandria en la esquina de mi escuela. En ese momento volví, pero no a mí casa.   

Leandro Alva, Temperley, 20 de marzo de 2020.

Ya incurrida la primer oleada de cuarentena. Por Augusto Orta

Ya incurrida la primer oleada de cuarentena, en algunos lugares más que otros. Mediante redes, memes y medios nos informamos todos, en todos lados; cada uno con su teléfono celular. Muchos atónitos por lo distópico. Otros resignados. Y algunos preparados. Las personas parecen dividirse en dos, los que tienen lugares dignos dónde pasar la cuarentena y los que no. De ahí, los que pueden permanecer tranquilos en su hogar y los que desesperan. Los que no son esenciales para el desenvolvimiento básico social, a la casita. La mejor forma de entenderse, palparse, coronarse de inútil. Es innegable, bienvenidos a algo que los escritores, los artistas y todo ser del mundo de la cultura sentíamos y así se encargaron de percibirnos siempre: como unos buenos para nada. Ahora son escasos los que sirven. Y listo. Cómo no caer en ese vacío. Depende de cada uno, lo primero: saber si puede convivir consigo mismo. Luego los cohabitantes y luego los vecinos. Espero como Poeta de que se empiece a valorar cada grano de arroz. No desperdicies. Le recomiendo a su vez la lectura, señor. Pero si es muy holgazán para las actividades del entender, vea series y películas de sobrevivientes, así por lo menos aprende algo. Contemple lo hermoso de ver a la gente preocuparse de su higiene, del distanciamiento social. Cada persona en su propio ecosistema, es algo que nadie hubiera imaginado, se le echa la culpa a ese chino que comió un caldo de murciélago pero esto ya venía de antes, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que la Tierra necesitaba un respiro. O lo hacemos por las buenas, o lo hacemos por las malas. Ahí aparece en todo su esplendor la miseria humana, los cambios de paradigmas. Justo empezando el año, ya ese impulso se acabó. Fueron los dioses (los actuales y los del pasado), poneles el nombre que quieras. Conspiranoiquiemos. Pero si no te cuidas te morís, o matas a alguien. La muerte personal es una cosa. Muchos de mi edad (soy calibre 38) tienen miedo de contagiar a ancianos y que empiece la fiesta de la parca a sucumbir a la mami y al papi, ni hablar de los nonos. Y yo te digo: de algo hay que morir.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #4. Por Leandro Alva

Como anticipé en la entrada de ayer, el poder ejecutivo de mi país acaba de disponer la cuarentena obligatoria hasta fin de marzo. Parece una medida sensata, esperemos que sea efectiva. Corremos con la desventaja cierta de no haber vivido este tipo de situación con anterioridad, de sentir que somos debutantes, meros improvisados ante un vampiro (o pangolín, qué más da) invisible y gigantesco. Los que tienen alguna fe le rezarán a su santo y el resto hará un esfuerzo por abrazar un cachito de optimismo, siempre entendiendo que lo más importante de toda esta cuestión descansa en la solidaridad, aunque no todos lo entiendan.

Hoy salí del aislamiento para ir de compras. Farmacia, supermercado y panadería. Primero me agencié unos medicamentos para mi vieja, que no puede asomarse ni a mirar la luna porque está en la franja etaria de riesgo. El argenchino se me presentó algo desolador; góndolas vacías, colas interminables, barbijos por doquier, etc etc etc. Mientras estaba en el sector verdulería apareció mi prima con su marido y enseguida me dispuse a saludarlos con un abrazo. Inmediatamente nos miramos y retrocedimos. La distancia es necesaria en este momento, pero se vive con extrañeza. En Argentina somos de abrazar y besarnos mucho, y ahora hay que reprimir esos cariños. Luego de saludar a mis parientes con una serie de gestos bastante torpes, me fui a comprar un poco de pan y volví a casa renacido, léase: con un pan bajo el brazo. Finalmente, hubo que desodorizar a ese pobre miñoncito que podría haber sido la merienda de Heidi. Anoten: no es buena idea mezclar pan con axilas.

Hace un rato, antes del comunicado del presidente, gran parte de la ciudadanía salió a la vereda o se asomó al balcón, y le dedicó un aplauso a los trabajadores de la salud. Un hermoso síntoma, por cierto. Algo que mete ganas de seguir creyendo. Pero también, hay que decirlo, se repite la imagen de caravanas de imbéciles que se acercan a la costa atlántica pensando que estamos ante un bonus track de las vacaciones.

A pesar de todo, fue un día bastante tranquilo. Ya nos veíamos venir el decreto de la cuarentena obligatoria que, repito, me parece una medida acertada, pero no desconozco que gran parte de la elusiva idea de futuro que podemos forjarnos reside en nuestra responsabilidad. Solo espero que estemos a la altura de esa batalla.

Durante mi adolescencia leí con sumo deleite al maestro del horror cósmico, el gran H.P. Lovecraft. Creo que fue él quien dijo que la humanidad es un virus con zapatos. Ojalá que se haya equivocado. Mientras tanto, veo pasar las horas, me como un pancito perfumado y saludo a mi familia con movimientos espasmódicos que asustarían a la más deletérea de las criaturas que ha parido la mente del buen señor H.P.L. Todo parece normal, como un alfajor de mondongo.

Leandro Alva, Temperley, 19 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #3. Por Leandro Alva

Ayer y hoy estuvo lloviendo bastante. Ojalá que la lluvia sirva para limpiar algo. En un diario leo que en Venecia, ante la ausencia de seres humanos, aparecieron cisnes y peces en los canales. No va a sonar simpático, lo sé, pero presenciar eso debe ser hermoso. Y uno tiende a pensar que tal vez la huelga momentánea de la mano del hombre “reparará” un poco la naturaleza. Es la única idea positiva que se me ocurre ahora.

No puedo ver películas. No me puedo concentrar demasiado en las imágenes. Sí estuve leyendo bastante: El petiso orejudo, de María Moreno; El presidente, de César Aira; cuentos de Ray Bradbury, Daniel Moyano y Mario Levrero; poesía de Luis Chaves; crónicas de Clarice Lispector, además de picotear incesantemente algunos libros sobre historia del tango. Por cierto, me vino una gana ubérrima de releer La peste, de Camus, luego de que el pelotudo de Vargas Llosa dijera que es un libro mediocre. El problema es que no encuentro el ansiado volumen. Era una edición lastimosa de Bruguera, y creo que debe estar en el caos de mi tapera vip. No me llevo bien con los pdfs, así que procuraré buscarlo con más ahínco.

Hoy no asomé la nariz a la calle. Solo jugué con mi perro y estuve viendo algo de tele. Para olvidarme un rato de la pestífera situación busqué un canal de deportes en el que estaban repasando los mejores goles de no sé qué temporada del fútbol alemán. Venía todo bien hasta que al final del programa los idiotas de los panelistas (algunos periodistas, algunos ex jugadores) se desafiaron a ver quién hacía más jueguito con un rollo de papel higiénico. Sin comentarios. Apagué la tele.

Anoche me costó mucho dormir. Leí un libro entero y otro lo dejé por la mitad cuando fui abatido por el cansancio, pasadas largamente las seis de la mañana. Así que hoy me tiré un rato a la siesta. Y tuve un sueño raro, incómodo. Resulta que me invitaban a cantar unos tangos con la orquesta de Don Osvaldo Pugliese (!) y segundos antes de salir a escena me olvidaba de todas las letras que tenía que cantar. Por suerte me desperté al grito de mis sobrinos. Entraron a mi habitación con barbijos puestos y se me tiraron encima. Yo estaba medio dormido y casi muero del susto. De todas maneras, siempre es una alegría verlos, mucho más después de haber fracasado como cantor.

Según parece, mañana será anunciada una cuarentena absoluta porque la cosa pinta cada vez más fulera. Hay casi cien casos oficializados y se confirmó la tercera muerte hace minutos. Lo peor es que todavía hay gente a la que no le cae la ficha y anda pelotudeando con la firme creencia de una falsa inmunidad de connotaciones egoístas, perversas. Y también hay un hijo de puta que “trabaja” de pastor evangélico que anda vendiendo “alcohol en gel bendecido” a mil pesos cada recipiente. Amén.  

Mucho más allá del tiempo que va a llevar el desarrollo de una cura para el Covid 19, creo que HOY la solidaridad es el elemento fundamental. Y el individualismo feroz de algunos los impele a creer que esto es un jueguito con rollos de papel higiénico, un cuentito sin moraleja. Espero que todavía estemos a tiempo. Sé que nunca voy cantar con Pugliese, pero me gustaría vivir unos años más. A mí y a muchísima gente. Y viajar a Venecia, escuchando esa canción de Charles Aznavour que tanto le gusta a mi madre. Sin olvidarme la letra, claro.  

Leandro Alva, Temperley, 18 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #2. Por Leandro Alva

Yo nací un día que Dios estuvo enfermo. Eso lo escribió alguna vez el gran César Vallejo, y creo que no es casual que el César haya venido al mundo un 16 de marzo. Esta tarde, cuando me topé con esa efeméride recordé el comienzo de Espergesia, aquel poema de Los heraldos negros, tan definitivo y urticante como un chicotazo detrás de la oreja.

Ayer se restringieron aún más las actividades públicas de los ciudadanos en mi país. A partir de hoy no hay clases y muchos trabajos se llevan a cabo desde la comodidad hogareña. Casi todo el mundo está de acuerdo en señalar lo acertado de la medida, aunque sigue siendo destacable la opinión de aquellos que creen saber más que los infectólogos y alzan su voz reclamando cualquier barbaridad. En Argentina existe un tipo humano particular que, según cuadre la ocasión, puede ser DT de fútbol, ministro de economía o, en este caso, especialista en pandemias. También existe un adagio que reza “a la gilada ni cabida”. Y creo que, en estos tiempos que corren, es una sentencia más que atendible.

Hoy tuve que ir a comprar algunos productos de primera necesidad al supermercado chino de mi barrio. Como era de esperarse, la cajera me atendió embarbijada. En primer lugar me sorprendió algo que había leído en redes sociales pero que quería comprobar “in situ”. No había rollos de papel higiénico, lo cual me llevó a preguntarme si la desinformación y el caos reinante impulsan a creer que el virus, en lugar de ingresar por las vías aéreas lo hace por el culo. En el super había pocos clientes, pero nadie se iba sin llenar su carro con avidez. Una notoria inclinación a manotear media docena de desodorantes Axe o diecisiete alfajores Jorgito de un saque lo impregnaba todo. Al parecer, existe un gozoso misterio en el acopio innecesario. Por mi parte, me llevé dos paquetes de fideos, dos de arroz, uno de polenta, dos de yerba, un par de vinitos, un agua mineral grande, un sachet de leche, un kg de comida para Nippur, un Capitán del Espacio triple y un alcohol (no en gel, no había). Con eso y algunas cositas que tenía desde antes presentaré batalla desde el bunker de Cangallo al 900. Es hora de mostrar de qué estamos hechos los temperlinos, carajo. Es ahora o nunca.

Mientras volvía de realizar mi compra me sentí una especie de Juan Salvo, sin escafandra ni carabina. Algunos autos remotos le ponían voz a la tarde y una vecina me saludó a través de su ventana (linda cuarentena podríamos pasar con la cuarentona, pensé). Al llegar a casa prendí la tele y todo seguía igual: los periodistas haciendo lo imposible por infundir pánico en la audiencia. Un asco. Así que apagué y me puse a escuchar un poco de música: lo último de Spinetta que se editó hace poquito y algunos tangos de Lucio Demare con Raúl Berón. Un elixir auditivo de lo más estimulante, que incluso ha logrado el milagro de hacerme mover un poco las patas, a mí, que bailo peor que el profesor Xavier, aquel pelado paralítico que comandaba a los X-men. Y de pronto me quedo pensando que tanto los X-men como El Eternauta no existen, claro, pero harían buena falta mientras Dios está enfermo y César Vallejo ha muerto, ¿o me equivoco?

En fin, la cuestión es que de un momento a otro mi estómago apremia e interfiere mis profundísimas cavilaciones. Apuro el paso camino al baño y me doy cuenta de que me queda un solo rollo de papel higiénico a punto de terminarse. Desde la compu me llegan los compases lánguidos de un valsecito. La vida puede ser una mierda, es cierto, pero no todavía.

Leandro Alva, Temperley, 16 de marzo de 2020.