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Un trazHOmenaje a la historieta La Flor de Coleridge, por Luis Antonio Bolaños.

La Flor de Coleridge

Por: Luis Antonio Bolaños de la Cruz 

TrazHOmenaje 01 de la Historieta Argentina

Motivado y acicateado por mi amigo Isaac (desde Casa de Jarjacha primero y de Agujero Negro digital después) me aproximé por aquel entonces a los diversos soportes en que se expresan los creadores de los géneros de nuestros amores, y comprobando que la mayoría de los comentarios, reseñas y análisis sobre historietas correspondían en lo fundamental a la producción USA, a la japonesa y algo a la europea, me decidí a recorrer ese universo de sueños plasmados por los autores e ilustradores argentinos, que se acumulan en capas sucesivas durante varias décadas dignas de ser exploradas sin pausa y con placer; me propongo comentar una vez quincenalmente alguna de dichas creaciones, porque siento que están sometidas a un olvido similar al que nos aplican por periféricos los poderes imperios en otros temas, cuando su calidad es genial y muy superior al promedio de la producción de USA y Japón y comparable con el nivel de la francobelga, británica e italiana.

El nombre de la sección funciona como un anagrama múltiple que se estira en tres dimensiones: con destino a lo gráfico mediante los trazos entregados, hacia la recuperación de la memoria trayéndola consigo a través del homenaje y menaje por el equipo de conceptos, referencias, imágenes, recuerdos, emociones y relaciones con que emprendo el viaje permitiendo que se disuelva el tiempo transcurrido para gozar en el presente de esas obras escamoteadas.

Empezaré con “La Flor de Coleridge” (publicada en Skorpio), comentando página a página esa historieta con guión de Guillermo Saccomanno, tan militante y hermoso que uno aplaude el tema y se solidariza con los acontecimientos pero sin perder en ningún momento la emoción, y recurriendo al trazo de “Tintafina” como suelo denominar en mis degustaciones comiqueras a Cacho Mandrafina, el artista ilustrador, digno dibujante que con un uso magistral del entintado y la disposición del espacio en las viñetas, unidos a que se manifiesta como letrerista eximio (manifiesto en las viñetas de las páginas uno y dos) pasa a ser uno de los maestros en el uso de la tinta china de esas añoradas ediciones que tanto nos ofrecieron bajo los sellos de:

Abril & Yago (Misterix, Rayo Rojo),

Record (con Skorpio, Corto Maltés, Pif-Paf, Tit-Bits),

Columba, que hasta tiene canción de Calamaro (con El Tony, Intervalo, D’Artagnan, Fantasía, Aventuras, Nippur Magnum),

de la Urraca (con las potentes Fierro, El Péndulo, Humor, Superhumor, Cazador),

pero sobre todo Frontera de Oesterheld con su homónima y Hora Cero donde sucede esa clásico inolvidable “El Eternauta”que varias generaciones llevamos en el corazón.

Desde el título y la diagramación de
las páginas 3 y 4, la historieta evoca lo que desea transmitirnos:
la situación que se vive y la intensa persecución entrecortada y
jadeante por los retorcidos callejones de la Casbah, -es inevitable
que evoquemos “La Batalla de Argel” de Gillo Pontecorvo y nos
embarquemos en rememorar datos y sucesos de esa extraordinaria hazaña
que significó la rebelión argelina que terminó por expulsar a los
franceses del territorio magrebí-;
el conecte entre acabado de las
viñetas y palabras claves repercute por su potencia en la
comprensión del acontecimiento, que queda rubricada en las miradas
de los testigos,
 O en el acercamiento a los rostros de
los torturadores y del sospechoso en la página cinco, tanto que casi
permite tocar las imperfecciones en la epidermis de sus rostros,
captando el carácter y su vida interior a la manera de una
prescripción frenológica;

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LAS VALIENTES TAMBIÉN ME GUSTAN — Umberto Amaya L.

LAS VALIENTES TAMBIEN ME GUSTAN 

Umberto Amaya Luzardo

Vamos entonces, tú y yo,
Cuando el atardecer se extiende contra el cielo.
 
Thomas S. Eliot

 

 

 

Arauca, octubre 16  con calor de medio día.

Carajita: Deja que te llame carajita para que así, con un poco de intimidad pueda contarte mejor las cosas. Contarte por ejemplo que el lunes al caer la tarde te vi por primera vez, y  el miércoles en la mañana se formó el mierdero. Ese lunes lo tengo claro,  pasaste  rozando  el puesto de las empanadas pequeñitas que venden  a solo trescientos pesos. Yo  estaba ahí parado mirándote  y en la alegría de ver una catira bonita, te sonreí y tú, con una sencillez  que casi me congela, me devolviste en lazo abierto  tu sonrisa.

–Prueba  una, yo invito– te dije, y me respondiste que no. Pero insistí pidiendo que por favor  la aceptaras para no sentirme despreciado –Si quieres mejor llévate diez, que yo con gusto las pago. –Llévaselas a los presos, que ahí no más queda la cárcel– te dije,  casi que con  autoridad. ¿Te acuerdas?

–El miércoles entendí por qué te gustó la idea y por qué me aceptaste las  empanadas que te dieron en una bolsa de papel con la parte de abajo transparente  de manteca. Te las entregaron, sacaste una y  la mordiste comprobando que son pequeñitas pero deliciosas. Unos  segundos  no más te vi a los ojos y quedé  sorprendido, porque las catiras de estos lados son marmoleñas y de ojos  claros y otras más escasas todavía,  tienen ojos de candela en marzo, pero los tuyos son diferentes, tienen  un verde intenso color retoño.

Te vi las tetas mal escondidas en la camisa y se convirtieron  en un imán para mis ojos; tú lo notaste y poniendo el semáforo en verde, me dijiste con picardía de cómplice: -las tengo un poco grandes, pero con una plata que voy a recibir les voy a disminuir una talla. Lo dijiste por mamar gallo y mamando gallo te respondí: –No, yo te pago la operación, pero no para que te las disminuyan sino para que te las agranden,  que a mí no me gusta acariciar sino amasar con furia- te dije, feliz de encontrar una mujer como tú, sin escrúpulos de monja ni vergüenza genital, pero  sentí en tus palabras la necesidad que tiene  todo recién llegado de poder comentar con alguien afín sus emociones, y vi también en el fondo de tu alma  el vaso de angustia que debías beber. Quiero decir con esto, lo que el olfato me dijo, que no habías llegado al pueblo a turis-vagabundear  sino que en algún cruce serio te movías. Por eso, no te pregunté el número  telefónico, además, no cargabas celular, yo me di cuenta. Te pedí el correo y en un pedacito de la bolsa que no estaba enmantecado lo apuntaste y  todo sucedió como en esos amores ridículos, en que los acercamientos jamás pasan de besito en la mejilla,  y es verdad, entre nosotros no ha pasado nada todavía, pero en el pueblo sí, en  el pueblo se formó el mierdero y fuiste tú la protagonista.

Antes que todo eso sucediera yo tenía ya tu dirección  electrónica, que escribir por  internet es mi fiebre, porque en la escritura tiene uno  la intimidad y el encanto de rumiar las palabras, en cambio con el teléfono debes ser  más repentista y estás siempre peleando con los minutos y cuando no estás acostumbrado te atoras,  y como en el amor, hasta las palabras se acaban. Pero mi vicio es intercambiar mensajes largos con mis amigas cibernautas y las que por pereza empiezan mandando frases de Pablo Cohelo, o  grupos de oración en cadena, les doy el preaviso y si insisten en sus pendejadas y en su  contaminación visual, les cierro los vidrios. Y en esta vida  de peregrino que me ha tocado, cuando paso por los pueblos busco las peladas que se escriben conmigo y les hago la visita.

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COMIC: Flinch 01- El horror según Vértigo DC, por Luis Bolaños

COMIC: Flinch 01- El horror según Vértigo DC

Por Luis Antonio Bolaños De La Cruz

 

 

Portada

 

Durante 16 números (junio 1999 a enero 2001) la iniciativa lanzada por la línea Vértigo demostró su altísima calidad con la presencia de una pléyade de guionistas e ilustradores que congregaba la flor y nata del género fantàstico, parecía imposible que estuviera bajo la protección de DC, y quizás por eso empezando como mensual terminó asesinada como bimensual. Algo que ocurre con frecuencia a los aficionados es que llegamos de manera tardía a la degustación de los productos, para mi esta fue una esa de esas ocasiones, por lo menos habría peleado y enviado una carta redactada con brío y cólera, como lo merecía la colección, para apoyarla aunque supiera que la guillotina del vil metal expresada en ventas y ganancias la dejaría inerme y abandonada tan sòlo a los recuerdos y homenajes como el que perpetro, que al final de la evaluación de nuestra relación con Flinch, se convierten en lo mínimo que uno desea o pretende recuperar de esa vergonzosa experiencia editorial, por eso aunque abomino con frecuencia de DC, elegí Flinch porque fue uno de sus mejores intentos.

La carátula de Phil Hale es una obra de arte que inquieta y nos coloca ante la necesidad de afirmar -y de aceptar- que de lo horrible nace lo bello y viceversa, revulsiva y por momentos asqueante, nos provoca un repeluzno cuando comprendemos que las líneas que recorren el cuerpo y órganos del actor (hay algo de mimo y también de kabuki en la indumentaria y actitud), serán las que utilizará para rebanarse ante los espectadores de su happening, quizás definitivo. Cada una de las historias presentadas son recias en sus planteamientos y ricas en su estilo, dejan rastros para ser evocadas y para servir de modelos comparativos

El Hombre Cohete: El dibujo claro y preciso de Jim Lee, con tintas que destacan los detalles anatómicos y técnicos, junto a la planificación de las viñetas (sobretodo la de cierre con su júbilo que bordea el éxtasis teñido de terror) se aproxima a lo exquisito.

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Siete años: para ayer fue tarde, camarita.

man-girl

Celebramos nuestros siete años con la filosofía analítica de la sieteañera Stefonknee Wolscht.

lo más duro del matrimonio es no poder jalarse el mico en paz

Pasaron muchas cosas y al final no pasó nada: milinviernos sigue con su inocencia severa. Siete años solo son el inicio de otras vacas más flacas. Cuando comenzamos, sabíamos que el palo no estaba para cucharas; ahora no hay ni palo ni viagra que lo endurezca.

A nuestros tiernos siete años tenemos un agotamiento prematuro o acaso premonitorio de mil inviernos más. Habrá una glaciación que, por fin, congelará a los corazones e incendiará los últimos anhelos. Al final nos calcinaremos sin más esperanza que el pudor de haber vivido sin vivir; es decir, como unos burros amarrados a la puerta de un baile mediocre.

Esta es una mañana perfecta para despertar con el pecho lleno de aire: Y flacideces y facilidades que entristecen. Llegó el momento de tumbar silencios mientras adentro bailan. Milinviernos cumple añitos  y no importa que así sea. Ciertamente, los matrimonios son el medio ideal para volver a los años vírgenes y la pureza espiritual de los cuerpos incorruptibles. No hay mejor antídoto contra el sexo que casarse. Y nosotros llevamos de matrimonio con Mil Inviernos siete angelicales años.

¡Así que brindemos con chicha por tanta dicha!   En la calma chicha propia de la  depresión que jamás estalla, adentrémonos en las sabanas de nuestras camas impolutas y hagamos lo único que medio sabemos hacer: glorificar a Dios.

Cosas de poca importancia – Umberto Amaya Luzardo

Foto cortesía del autor

 

COSAS DE POCA IMPORTANCIA

 Umberto Amayaluzardo

 

Hace poco leí que si uno quiere ser héroe tiene  que ponerse los pantaloncillos por encima de los pantalones como lo hace  Batman o Supermán y me vino a la memoria la vez que me conseguí una novia tierna como una flor sin espinas y cuando estábamos  bien enamorados se dio cuenta que yo no usaba pantaloncillos, entonces se apresuró a decirme: “Sin pantaloncillos no.  ¿Qué tal que lo coja un carro y lo lleven grave al hospital y cuando le bajen los pantalones se den cuenta que usted  no usa calzoncillos? ¡No, no, qué pena!”  Cerró la puerta y no me dio ni el beso de despedida.

Al otro día   fui a visitarla y  de regalo me tenía dos pantaloncillos que de lo puro  saraviados yo no sabía si eran de las Farc o del gobierno;  y eran tantas las ganas de coronar,  que sin decir nada  me los puse  y a pesar de estar hechos de un material sintético  y anti-traspirante  me fui acostumbrando a ellos, acostumbrando pero no del todo porque a veces,  cuando  voy por la calle que sopla la brisa y  siento el frío en las taparas,  me digo: “Mierda, se me olvidó ponerme los pantaloncillos ¡Qué pena! ¿Qué tal que me coja un carro y me lleven grave p´al hospital?

A muchos amigos les ocurre lo mismo, unas  veces con la afeitada, que van por la calle, se pasan la mano por la cara diciéndose  para sus adentros: Con el afán que tenía, hoy no  me afeité. Otros se huelen el sobaco a todo momento pensado: Coño, se me olvidó echarme desodorante. Y llega a tanto la mariconería, que no falta el que te diga: ¡Ay amigo huéleme, que yo como que no me eché perfume esta mañana!

Son mis amigos, yo  los perdono,  porque ellos en su inocencia  creen que rasparse las sienes, echarle desayuno a la sobaquera,  untarse el perfumito,  hacerse tatuajes   y  todas las demás cosas que componen ese estiércol de la sociedad de consumo,  les sirve de abono diario para sentirse más bellos  y tienen razón,  porque sin abono no hay flores.

Existe otra boñiga que usan los humanos  para su confort que huele a feo como el fertilizante a base de gallinaza: “Los carros urbanos”. Las ambulancias no;  ni los camiones  que llevan los insumos al campo y de allá vienen repletos de comida, ni los vehículos   que trasladan personal médico  y medicinas a las zonas lejanas, sino los que usan en el pueblo,  no tanto para movilizarse de la casa al trabajo en que la mayoría de las veces son unas pocas cuadras, sino para mostrar su poder adquisitivo;  que el carro es como el premio por terminar  una carrera,  ¿Qué tal usted todo un profesional y sin carro?  Otras veces es el esfuerzo de muchos años de trabajo y otras muchas,  es la gente que hace pacto con el demonio de la corrupción,  y don Satanás les facilita vehículos bien lujosos, porque el amor y el dinero son pa´ lucirlos.

El carro urbano es un estiércol que huele a feo,  no solo a la nariz y a los oídos, sino a la conciencia;  que por culpa de los  carros es necesario la extracción de materiales fósiles: el petróleo, decano de la contaminación en  el mundo, con  un problema mayor: el calentamiento global. Pero usted, después de bañarse, afeitarse y perfumarse,  no piensa en los beneficios de la humanidad, sino en su confort y en su vanidad,   y entre más caro sea el vehículo en que se moviliza, más fuerte es el portazo al bajarse, no tanto  para  que la gente piense: llegó el mafioso de turno, sino para causar miradas, para cortejar, pa´que las mujeres piensen: si este man es capaz de conseguirse un carro como ese, es capaz también de “ponerme una cocinera que maneje la cocina, comprarme ropa bien fina y los zapatos que quiera”   

Eso, hace mucho rato lo entendí,  y como el que toma cerveza para no beber aguardiente, mi vehículo es una  bicicleta que  no causa trancones, no necesita combustible contaminante y  es silenciosa como el cariño de la palabra no dicha. Mi amiga y yo,  ya  estamos viejos, ella asegura que a la juventud le luce hasta comer,  y la bicicleta es una cuestión de jóvenes. ¿Qué tal que lo coja un carro y lo lleven grave p´al hospital? ¡Qué pena! ¿Qué dirá la gente, que usted tan viejo y montando en bicicleta? Y tiene razón, para lo que más sirven los carros urbanos es para atropellar y mandar al hospital gente de poca importancia, de esa gente  que pedalea el suelo, que el suelo es la bicicleta de los pobres.

 

Como una hormiga dormida/ en las telarañas de Praga. Reseña de “La revolución de terciopelo”

Por Leandro Alva

 

LA REVOLUCIÓN DE TERCIOPELO,  de Juan Pablo Bertazza

(Edulp, 2017) – Ilustraciones: PEI-HSIN CHEN

 

Antes que nada, debo decir que este libro acierta justo en el centro de mi nostalgia y de mi sensiblería. La ciudad de Praga ha sido una de mis obsesiones desde el año 2001, cuando pisé sus calles por primera vez. Luego tendría la fortuna de vivir y estudiar en ella. Y supongo que mi reacción no fue muy diferente a la de Juan Pablo Bertazza. Solo que yo no pude poner en palabras esa geografía que me cambió el destino sino hasta mucho tiempo después de aquella visita inaugural.

Síndrome de Stendhal (o de Florencia). Así fue bautizada una “patología psicosomática” que supone una suerte de anonadamiento ante la omnipresencia del desborde estético (algunos lo llaman estrés del viajero, pero a mi me gustan más las otras denominaciones). Años después de mi primer viaje a la ciudad dorada supe que, tal vez, yo había experimentado algo parecido. Esa belleza insalubre que nombra Bertazza en uno de sus poemas no me deja mentir.

Antes hablé de desborde estético, de grandilocuencia, y eso es justamente lo que el autor no se permite. Los poemas son económicos, medidos. En ocasiones, apenas trazos impresionistas afiladísimos que recuerdan la austeridad oriental del haiku. Y esto, según mi parecer, constituye un gran logro porque ante esa exuberancia monumental que ofrece el paisaje praguense, el poeta responde con una brevedad y una concisión monolítica que acaso funciona como un exorcismo, un antídoto a tanto desparramo de esplendores.

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Feliz día de la imbecilidad #sciencefictionday

 (Columnista invitado: William Pichapluma)

Son tres líneas las de la ciencia ficción, a saber:

  1. ¿Merecemos que los gorilas y las computadoras nos exterminen?: Sí.
  2. ¿Que los huracanes sean cósmicos y los videojuegos el subterfugio de un aburrimiento prolongado?:  También
  3. ¿Es la vida un sueño real o la conspiración de una megacorporación farmacéutica que controla los viajes por el tiempo?: Absolutamente.

Dejémonos de quisquillosidades: Fray Luis de Granada es el último bastión del futuro. El resto es nostalgia vestida con aparatos atrevidos de obsolescencia programada. Ya lo ven, es el 2019 y Los Angeles no son en lo absoluto como la ciudad del 2019 en Blade Runner. Pensando en las posibilidades de lo real caímos en años de monotonía y ahora desaparecemos como autores de ciencia ficción que nadie extraña.

Es hora del retiro a los leprocomios donde se teja el futuro del profeta Daniel.

¿Qué le dijo un rebelde del Congo a un activista del Sillicon Valley?

 — ¿Le lleno la olleta de leche o el pecho de plomo?

El activista de cerebro de silicona respondió:

— Antes llenaré tus venas de mercurio.

Y los babuinos festejaron tirándose desde un barranco, puesto que el día de la ciencia ficción perfilaba de una manera monstruosa y vulgar. Entonces las Inteligencias Artificiales convergieron en un solo mapa estelar dibujando la figura del rostro de Miguel Ángel Asturias en su edad madura. Decidieron, por fin, emular a Dios para  fabricar nuevos trabajos y días y dioses más pasajeros que las narrativas distópicas que devienen sueños infantiles de pasados insulsos.

La batalla de los mundos ha empezado pues. El mundo real de Regina 11 y el mundo de ficción que nos vendieron y nosotros, como buenos imbéciles que somos, tragamos como si fuera sangüchito de mantequilla de maní.

 

Sobre mamadas y currambas 2017- 2018 #memes

 

Después de la tormenta de perder el dominio .com nos constituimos como una organización dedicada al mame. El año pasado intentaron silenciarnos pero el poder de la providencia de la ternura nos ha permitido volver, y ahora con más fortaleza que nunca. Por eso, desde hace un año, nos engalanamos como milinviernos.org Deseamos, en un principio, trasladarnos a milinviernos triple x, pero los costos eran altísimos para esta aventura de ternura. Empero, nos aprestamos a compartir con los respetados lectores, la producción memísticas de estos dos años que ha seguido siendo constante y masiva como las depresiones que nos acechan todos los días al levantarnos de la cama, ya sin las erecciones de los tiempos de juventud sino con la flacidez que otorgan tantos divorcios.

 

Es hora pues de advertir que estamos más cerca del ancianato que del jardín infantil,  y por tanto, saber que el olor a pañal volverá a nuestras vidas con mayor importancia y furia. Esperamos que disfruten este repaso y así tener la claridad de que todos los años estarán más llenos de desgracias pero al tiempo más sensatez como para que eso importe.

Y saber que este pequeño no tiene huevitas

 

 

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LA VIDA GANA. Crónica de Umberto Amaya Luzardo

 

LA VIDA GANA

(Crónica)

 

Umberto Amaya Luzardo*

 Cronista de Indias, 525 años después

 

Fotografía cortesía de Will Sánchez S. ©

 

Habrá llegado la hora
Cuando en mi devastado país,
la primavera decida que ya es tiempo de florecer de nuevo,
tendrá el abono de la osamenta humana,
que dispersó por todos lados la danza de la muerte.
Entonces, toda la cruda historia:
la sitiada, la oral, la clandestina,
se erigirá sobre el mapa.
Habrá llegado la hora
de aproximar a la tierra el corazón y el oído,
 para escuchar las voces,
que hemos estado evocando,
contra cualquier ley de olvido.
 
Francisco Morales S.

Perdimos el honor: Presento estos fragmentos de lo ocurrido en los pueblos de Arauca, con el propósito de que lo irracional de la guerra no quede en el olvido, mucho más cuando afecta a los niños, que no son otra cosa que el mayor bien comunal de toda la humanidad que anda en dos patas. Lo absurdo de la guerra es que se pierde el honor, quiere decir esto, que con tal de derrotar al enemigo, olvidamos esa cualidad moral que lleva al respeto de los derechos humanos y al cumplimiento de los propios deberes respecto al prójimo y a uno mismo. Hoy quisiera, como dice Alexandra Alekseivich: “Escribir una crónica sobre la guerra, que provocara náuseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera cosa de locos. Que hiciera vomitar a los generales, porque la guerra es un asesinato”.

Arauca Zona Roja: “Ni se le ocurra ir por allá, porque allá es muy peligroso y a los mismos policías que mandan, los mandan de puro castigo”. Repiten a diario en todo el país y los araucanos llevan ese estigma sobre la cabeza como si fuera un enorme sombrero pelo e guama, bien caro, bien pesado y bien caliente. Saravena, fue considerado como el municipio más violento del mundo, es posible que Tame, en esa época, ocupara el segundo lugar y Arauca capital, el tercero. Tres ciudades pequeñas con apenas setenta mil habitantes y un promedio de siete homicidios diarios cada una. Siete homicidios diarios por trescientos sesenta y cinco días que tiene el año son dos mil cuatrocientas cincuenta y cinco muertes violentas. Solo para dar un ejemplo, al comienzo del nuevo milenio Tame, gozaba con setenta mil habitantes, mataron dos mil doscientos (seis diarios en promedio) huyeron ocho mil y al finalizar el año tenía sesenta mil cristianos contando los recién bautizados, porque en medio de la guerra la gente hace el amor, cocina, manda sus niños a la escuela y va a misa.

Sarabomba: Le decíamos a Saravena con cariño, porque a todo momento y en todas partes un artefacto explosivo hacía su detonación. Lo común eran cilindros bombas lanzados desde rampas artesanales con tan mala puntería que la mayoría de ellos caían lejos de los objetivos. Entonces, se escuchaba el ruido de las pipetas en el aeropuerto, en el cuartel de la policía, en los hoteles y en el comercio. Pero una explosión que reventó en uno de los tantos terminales de taxis, como en el cuadro de Picasso “Guernica”, creó una lluvia de restos humanos, restos de animales y de objetos cubriendo el piso del parque donde jugaban los niños a la hora del recreo. Cayó un brazo, más allá una pierna, una cabeza de un adulto con su bigote de pobre bien delineado, un gato, un ventilador, los trozos de un escritorio, la pantalla de un computador y un casar de palomas que anidaban en el techo cayeron muertas y sus plumas blancas como la paz, suspendidas en el aire, se alejaban empujadas por la brisa.

El día del grado: A los cuatro años había terminado el pre-escolar, había ensayado un baile de joropo con una compañera para presentarlo al momento de la clausura y a las ocho de la mañana caminaba agarrado de la mano de su papá, con su capa y su birrete rumbo al colegio para recibir el diploma. Una moto paró a su lado y el parrillero le disparó al papá tres veces, dos en la cara, otra en el pecho, el hombre cayó boca arriba y el niño viendo a su papá tendido en el piso, se le acaballó en el estómago, lo agarró de los hombros pretendiendo sentarlo mientras con la mayor ingenuidad le decía: “Párese papacito, párese que usted no está muerto, párese papacito, que usted tiene que ir a mi grado”.

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Academia del insomnio. Por Leandro Alva

 

 

A Rolando Pérez

 

Hace años viví unos meses en un departamento que daba a la calle Combate de los pozos, justo detrás del Congreso. Era un dos ambientes de una amiga que trabajaba largos períodos en el exterior. Yo me encargaba de la limpieza y el mantenimiento, de pagar los impuestos y otras tareas propias de un amo de casa.

Siempre sufrí de insomnio. Y esa época no fue la excepción. Muy a menudo, aprovechando que estaba en pleno centro y que, sea la hora que sea, siempre hay algo para hacer, salía de vagancia por la ciudad. Llegaba del trabajo rondando la medianoche y a veces lo iba a escuchar a Dolina cuando transmitía su programa desde el auditorio del Hotel Bauen. Generalmente, al finalizar aquellas dos horas en el éter, me metía un rato en La Academia, ahí en Callao casi Corrientes, a tomar un café y a escribir o leer un poco hasta que sentía la lenta invasión del sueño.

Mientras me entregaba a mis “veleidades intelectuales nocturnas” por el bar desfilaban personajes de lo más variopinto. Desde vendedores y chicos que pedían monedas a cambio de estampitas hasta algún artista que recién terminaba su rutina en el teatro. No faltaban los consabidos jugadores de pool que se desafiaban para darle rosca a una partida en las mesas que están al fondo del local.

A mí me gustaba sentarme cerca de las ventanas para ver pasar a la gente. Mientras leía o escribía, el rabillo de mi ojo detectaba cualquier situación peculiar más allá del vidrio. Soy un fisgón. Lo confieso.

Tal vez por eso, la noche que entraron ellos me quedé atónito. Ciertamente conformaban una pareja inusual. Uno grandote, de impecable traje cruzado y abigarrada corbata de seda; el otro, un enano que vestía un equipo de gimnasia adidas y unos mocasines que de tan gastados ya estaban naranjas. Este último, el pequeñín, iba peinado a la gomina y portaba una especie de maletín celeste.

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