Sancocho western: Tierra de nadie.(Quinta entrega)
Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar
Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.
Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!
La vorágine. José Eustasio Rivera.
La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.
Los pasos perdidos. Alejo Carpentier
Alimento para las tramochas
Por: Francesco Vitola Rognini

Salieron del pueblo sin mayor contratiempo. Extrañamente, nadie los persiguió, pero a la media noche, en el descampado donde dormían, recibieron una visita inesperada. Bajo las mantas de lana, los forasteros empuñaron sus armas y esperaron a que los dos jinetes se pusieran al tiro; uno de ellos iba afeitado al ras y cabalgaba en una montura decorada con platería, el otro, con sombrero de bombín y porte de tinterillo, era poseedor de un canoso bigote de cepillo. Este último procedió a expresar sus intenciones:
—Buenas noches y disculpen las molestias. Mi patrón vio cómo manejaron la tensa situación de la cantina; él necesita hombres como ustedes en su ingenio azucarero. Y para que tomen su propuesta en serio les ofrece esto.
El hombrecillo dejó caer junto al fuego una bolsa de cuero repleta de monedas de oro. Al pícaro le brillaron los ojos cuando la abrió, pero el barbudo tomó la palabra, simulando desinterés:
—¿Qué clase de trabajo es? Nosotros llevamos otro rumbo.
—En vista de que Reinaldo y sus hombres perdieron toda autoridad, el patrón ha decidido reemplazarlos. Ustedes son la opción más lógica, teniendo en cuenta sus habilidades.
—¿La paga es buena?
—Ustedes ponen el precio.
—¿Y cómo se llama tu patrón?
—Soy Hermes Diaz, y me conocen como el «Gato Salvaje» —dijo el elegante caballero desde su majestuosa montura— me servirían un par de capataces como ustedes en mis plantaciones, tengo varios rebeldes entre mis cortadores de caña.
—¿Por cuánto tiempo sería? Tenemos objetivos que cumplir.
—Puedo ofrecerles un puesto permanente, el sueldo que ustedes estipulen, e incluso, algunas escrituras de tierras fértiles. Ahora, si solo pueden quedarse una temporada, les puedo pagar algo adicional por entrenar a mis mejores muchachos.
—Podemos quedarnos cuatro semanas, no más. Si le sirve, nosotros aceptaríamos todos sus ofrecimientos. El sueldo lo definimos luego, cuando hagamos el diagnóstico del problema.
—Me conformo con eso por ahora. Si gustan, acompáñenos a la hacienda y los acomodamos de inmediato. Ya podrán dormir en el suelo cuando retomen su viaje.
Los jinetes estudiaron a los extranjeros mientras estos ensillaban sus caballos, subían los baúles y víveres a las mulas. Los italianos intercambiaron una mirada escéptica, la última vez que alguien se portó tan bien con ellos terminaron encerrados en una mazmorra construida originalmente por la Santa Inquisición. Sin embargo, la vida también les había enseñado a ser receptivo a las ofertas jugosas, de hecho, si ahora podían viajar más lejos de lo que nunca creyeron posible, era gracias al financiamiento de un multimillonario sudafricano.
En cuanto llegaron a la Hacienda Feraz, los condujeron a las casas de huéspedes, donde un par de jóvenes morenas de sonrisa inmaculada los guiaron hasta sus recámaras, ahí les sirvieron brandy, les prepararon las tinas para el baño y les ayudaron a restregarse. Luego se vistieron de lino y los llevaron a cenar con «Don Gato Salvaje», como las muchachas le decían cariñosamente. Los huéspedes atacaron la comida como los hombres de las cavernas que seguían siendo, a pesar de los milenios de condicionamiento sociocultural. Devoraron el sancocho trifásico ante la mirada divertida de Hermes Diaz, que asociaba la voracidad con el temperamento. Tras los platos de sopa llegó el manjar predilecto del jefe: cabrito asado. La bandeja de plata nacional contenía presas bronceadas por las caricias de la brasa, y venía acompañada con una fuente de porcelana repleta de tubérculos y maíces multicolores.
Tras la cena, «Gato Salvaje» los invitó a tomar ron de caña en la terraza de la hacienda, donde charlaron sobre los detalles del contrato hasta bien entrada la madrugada. Cuando lo consideró oportuno, convocó a las somnolientas morenas para que llevasen a los invitados de vuelta a sus aposentos. La hacienda era rústica, pero cada rincón y pasadizo tenía soberbios detalles decorativos, por ahí un jarrón chino, por acá un aljibe con peces japoneses, un poco más allá, una cabeza de jirafa disecada. A los extranjeros les importaban poco esos lujos, ellos eran más de apreciar la belleza humana, por ejemplo, las sonrisas y las caderas de las morenas que los acompañaban. Las muchachas se complacían de sus atenciones con disimulo.
EL «DISCURSO» DE LOS CABELLOS. Por Pier Paolo Pasolini

Traducido por Hugo García Robles
7 de enero de 1973
La primera vez que vi los melenudos fue en Praga. En el hall del hotel donde me alojaba entraron dos jóvenes extranjeros, con los cabellos largos hasta los hombros. Atravesaron el hall, alcan- zaron un ángulo un poco apartado y se sentaron a una mesa. Permanecieron allí sentados durante una media hora, observados por los clientes, entre los cuales me contaba; después se fueron. Sea mientras pasaban a través de la gente reunida en el hall, sea mientras estaban sentados en su rincón apartado, ninguno de los dos dijo una palabra (quizás —aunque no lo recuerdo— se mur- muraron algo entre ellos: pero, supongo, algo estrictamente práctico, inexpresivo).
En efecto, en aquella situación particular —que era completa- mente pública o social, casi estaría por decir oficial— ellos no te- nían ninguna necesidad de hablar. Su silencio era rigurosamente funcional. Y lo era simplemente porque la palabra era superflua. Ambos, en efecto, usaban para comunicarse con los presentes, con los observadores —con sus hermanos de ese momento— un lenguaje diferente al formado con las palabras.
Lo que sustituía el tradicional lenguaje verbal, haciéndolo su- perfluo —y encontrando por lo demás inmediata ubicación en el amplio dominio de los «signos», en el ámbito de la semiología— era el lenguaje de sus cabellos.
Se trataba de un signo único —el largo de sus cabellos cayen- do sobre los hombros— en el que se concentraban todos los signos posibles de un lenguaje articulado. ¿Cuál era el sentido de su mensaje silencioso o exclusivamente físico?
Era éste: «Nosotros somos dos melenudos. Pertenecemos a una nueva categoría humana que está haciendo su aparición en el mundo en estos días, que tiene su centro en América y que en provincia (como un ejemplo —antes que nada y sobre todo— aquí en Praga) es ignorada. Somos, por lo tanto, para ustedes una aparición. Ejercemos nuestro apostolado plenos de un saber que nos colma y nos agota totalmente. No tenemos nada que agregar oral o racionalmente a lo que física y ontológicamente dicen nuestros cabellos. El saber que nos colma, también a causa de nuestro apostolado, pertenecerá un día a ustedes. Por el momen- to es una Novedad, una gran Novedad, que crea en el mundo, con el escándalo, una expectativa: no será traicionada. Los burgueses hacen bien en mirarnos con odio y terror, porque aquello en que consiste el largo de nuestros cabellos los contraría en absoluto. Pero no nos consideren gente mal educada y salvaje: somos conscientes de nuestra responsabilidad. Nosotros no los miramos, nos atenemos a nosotros. Hagan lo mismo ustedes y esperen los acontecimientos».
Yo fui el destinatario de esta comunicación y pronto estuve en situación de descifrarla: aquel lenguaje falto de léxico, de gramá- tica y de sintaxis podía ser aprendido de inmediato, porque, se- miológicamente hablando, no era más que una forma de aquel «lenguaje de la presencia física» que siempre estuvieron los hom- bres en situación de usar.
Comprendí y experimenté una antipatía inmediata por los dos.
Luego tuve que tragarme la antipatía y defender a los melenu- dos de los ataques de la policía y de los fascistas: estuve, por principio, de parte de Living Theatre, de los Beats, etc.; y el principio que me hacía estar de su parte era un principio rigurosamente democrático.
Los melenudos se volvieron numerosos —como los primeros cristianos—, pero continuaban siendo misteriosamente silencio- sos; sus cabellos largos eran su único y verdadero lenguaje y po- co importaba agregarle otro. Su lenguaje coincidía con su ser. La inefabilidad era el ars retorica de su protesta.
¿Qué decían, con su lenguaje inarticulado que consistía en el signo monolítico de sus cabellos, los melenudos hacia 1966-1967?
Decían: «La civilización del consumo nos ha nauseado. Pro- testamos de manera radical. Creamos un anticuerpo contra tal civilización mediante el rechazo. Todo parecía andar bien, ¿ver- dad? ¿Nuestra generación debía ser una generación de integrados? Y vean en cambio como son las cosas realmente. Oponemos la locura a un destino de “ejecutivos”. Creamos nuevos valores religiosos en la entropía burguesa, precisamente en el momento que se estaba volviendo laica y hedonística. Lo hacemos con un clamor y una violencia revolucionaria (¿violencia de los no violentos?) porque nuestra crítica a la sociedad actual es total e intransigente».
No creo que, interrogados según el sistema tradicional del lenguaje verbal, ellos hubieran sido capaces de expresar de mane- ra tan articulada el tema de sus cabellos; pero en sustancia era es- to lo que decían. En cuanto a mí, aunque sospechase desde en- tonces que su «sistema de signos» fuese producto de una subcul- tura de protesta que se oponía a una subcultura de poder, que su revolución no marxista fuese sospechosa, continué por un tiempo de su parte, asumiéndolos al menos en el elemento anárquico de mi ideología.
El lenguaje de estos cabellos, aunque inefablemente, expresaba «cosas» de Izquierda. Más bien de la Nueva Izquierda, nacida dentro del universo burgués (en una dialéctica creada quizás artificialmente por la Mente que regula, más allá de la conciencia de los Poderes particulares e históricos, el destino de la Burguesía).
Llega 1968. Los melenudos fueron absorbidos por el Movimiento Estudiantil; se agitaron con las banderas rojas sobre las barricadas. Su lenguaje expresaba cada vez más «cosas» de Iz- quierda. (Che Guevara era melenudo, etc.)
En 1969 —con los atentados de Milán, la Mafia, la trama ne- gra, los provocadores— los melenudos se habían difundido ex- tensamente: si bien no eran todavía la mayoría desde un punto de vista numérico, lo eran en cambio por el peso ideológico que habían alcanzado. Ahora los melenudos no eran más silenciosos: no delegaban al sistema de signos de sus cabellos la totalidad de su capacidad comunicativa y expresiva. Por el contrario, la presencia física de los cabellos había sido desplazada, en cierto modo, a una función distintiva. Había vuelto a funcionar el uso tradicional del lenguaje verbal. Y no digo verbal por puro accidente. Por el contrario, lo subrayo. Se ha hablado tanto desde el 68 al 70, tanto que, por un buen rato, no podrá hablarse más: se ha consagrado el verbalismo, y el verbalismo ha sido la nueva ars retorica de la revolución (izquierdismo, enfermedad verbal del marxismo).
Aunque los cabellos —absorbidos en la furia verbal— no hablaban más autónomamente a los destinatarios trastornados, yo encontré de todas formas la fuerza para aguzar mi capacidad decodificadora y, en medio del ruido, traté de prestar atención al discurso silencioso, evidentemente no interrumpido de aquellos cabellos siempre más largos.
¿Qué decían ellos ahora? Decían: «Sí, es cierto, hablamos cosas de la Izquierda; nuestro sentido —bien que puramente sus- tentado en el sentido de los mensajes verbales— es un sentido de izquierda… pero… pero…».
El discurso de los cabellos largos se detenía aquí: lo debía completar por mí mismo. Con aquel «pero» querían decir evidentemente dos cosas: 1) «Nuestra inefabilidad se revela cada vez más de tipo irracional y pragmático: la preeminencia que nosotros atribuimos silenciosamente a la acción es de carácter subcultural y, por lo tanto, sustancialmente de derecha.» 2) «Hemos si- do adoptados también por los provocadores fascistas; que se mezclan con los revolucionarios verbales (el verbalismo puede llevar hasta la acción, sobre todo cuando la mitifica): y constituimos una máscara perfecta, no sólo desde el punto de vista físico —nuestro desordenado fluir y ondear tiende a homologar todas las caras— sino también desde el punto de vista cultural: en efecto, una subcultura de Derecha puede muy bien ser confundida con una subcultura de Izquierda».
En suma, comprendí que el lenguaje de los cabellos largos no expresaba más «cosas» de Izquierda, sino que expresaba algo equívoco, Derecha-Izquierda, que hacía posible la presencia de los provocadores.
Hace una decena de años, pensaba, entre nosotros, la genera-ción precedente, un provocador era casi inconcebible (salvo que fuera un magnífico actor): efectivamente, su subcultura era distinta, hasta físicamente, de nuestra cultura. Lo hubiéramos desenmascarado enseguida y le habríamos dado de inmediato la lec- ción que merecía. Ahora esto no es posible. Nadie en el mundo podría distinguir por la presencia física a un revolucionario de un provocador. Derecha e Izquierda se han fusionado físicamente.
Hemos llegado a 1972.
En septiembre de ese año estaba en la ciudad de Isfahan, en el corazón de Persia. País subdesarrollado, como horriblemente se dice, pero también, como de manera igualmente horrible se dice, en vías de desarrollo.
Sobre la Isfahan de hace diez años —una de las más bellas ciudades del mundo, sino la más bella quizás— ha nacido una Isfahan nueva, moderna y feísima. Pero por sus calles, camino del trabajo o de paseo, hacia la noche, se ven los muchachos que se veían en Italia hace una decena de años: hijos dignos y humildes, con sus bellas nucas, sus bellas caras límpidas bajo los fieros mechones inocentes. Y he aquí que una tarde, caminando por la ca- lle principal, vi entre todos aquellos muchachos antiguos, hermosísimos y llenos de antigua dignidad humana, dos seres monstruosos: no eran exactamente melenudos, pero sus cabellos estaban cortados a la europea, largos por detrás, cortos sobre la frente, como estopa por la tensión, encolados artificialmente en torno del rostro con dos feos mechones sobre las orejas.
¿Qué decían sus cabellos? Decían: «¡Nosotros no pertenecemos a la masa de estos muertos de hambre, de estos pobrecitos subdesarrollados, demorados en la edad de la barbarie! Nosotros somos empleados de la banca, estudiantes, hijos de gente enriquecida que trabaja en las compañías petroleras; conocemos Europa, hemos leído. ¡Somos burgueses: y he aquí que nuestros cabellos largos testimonian nuestra modernidad internacional de privilegiados!»
Aquellos cabellos largos aludían por lo tanto a «cosas» de Derecha.
El ciclo se había cumplido. La subcultura del poder ha absorbido la subcultura de la oposición y se la ha apropiado: con diabólica habilidad la ha convertido pacientemente en una moda que, si no puede ser llamada fascista en el sentido clásico de la palabra es, sin embargo, de una «extrema derecha» real.
Concluyo amargamente. Las máscaras repugnantes que los jóvenes se colocan sobre el rostro, tornándose obscenos como las viejas prostitutas de una iconografía absurda, recrean objetivamente sobre sus fisonomías lo que solamente ellos han condenado siempre. Han aparecido las viejas caras de los curas, de los jueces, de los funcionarios, de los falsos anarquistas, de los sier- vos bufones, de Azzeccagarbugli, de Don Ferrante, de los mercenarios, de los tramposos, de los hampones bienpensantes. Es decir que la condena radical e indiscriminada que pronunciaron contra sus padres —que son la historia en evolución y la cultura precedente— levantando contra ellos una barrera insalvable, ha terminado por aislarlos, impidiéndoles una relación dialéctica con sus padres. Solamente mediante esta relación dialéctica habrían podido tener una conciencia histórica de sí verdadera y avanzar más allá, «superar» a sus padres. En cambio, el aislamiento en el cual se encerraron —como en un mundo aparte, en un ghetto reservado a la juventud— los ha detenido en su inevitable realidad histórica: y ella ha implicado —fatalmente— una regresión. En realidad han retrocedido más allá de la posición de sus padres, resucitando en sus almas terrores y conformismos y, en su aspecto físico, convencionalismos y miserias que parecían superadas para siempre.
Ahora los cabellos largos dicen, en su inarticulado y obsesivo lenguaje de signos no verbales, en su hamponesca iconografía, las «cosas» de la televisión o de los anuncios de los productos, donde es actualmente imposible hallar un joven que no tenga cabellos largos: hecho que hoy sería escandaloso para el poder.
Experimento un sincero e inmenso disgusto al decirlo (más, una verdadera desesperación): pero ahora millares y centenares de millares de rostros de jóvenes italianos se parecen cada vez más al rostro de Merlino. La libertad de llevar los cabellos como querían no es más defendible porque no hay tal libertad. Ha llegado el momento de decir más bien a los jóvenes que su mane- ra de arreglarse es horrible, por servil y vulgar. Ha llegado el momento de que ellos mismos lo adviertan y se liberen de esta ansia culpable de atenerse al orden de la horda.
El deporte como máscara. Por Jacobo Hidalgo

Recientemente finalizaron la Vuelta a España y el Mundial de ciclismo en Rwanda, dos eventos relevantes en el calendario del pedalismo internacional. La Vuelta vio interrumpida algunas de sus etapas ante protestas por la presencia del Israel Premier Tech, razón que incluso obligó a la cancelación de la última jornada en Madrid. Por su parte, el mundial de ciclismo aconteció sin mayores novedades en territorio rwandés, siendo el primero de su clase disputado en África. No obstante, algunos medios y activistas manifestaron su inconformidad ante dicho evento teniendo en cuenta las acusaciones sobre violación de derechos humanos y limitación de la libertad de prensa que pesan contra el gobierno de Paul Kagame, presidente de Rwanda.
Este par de eventos han revivido el debate sobre la relación entre deporte y política. ¿Hasta qué punto tiene el deporte una responsabilidad frente al contexto sociopolítico en el cual acontece? ¿Acaso puede desligarse la práctica deportiva de su entorno y considerarse aséptica? Responder estas preguntas, al menos para los casos del Israel Premier Tech y Rwanda nos obliga a revisar el contexto en el cual surge un equipo de ciclismo en Israel o se organiza un mundial en el centro de África, dos lugares que hasta hace poco más de 10 años estaban por fuera del radar del pedalismo global.
Paralelos de Rwanda e Israel: de víctimas a victimarios
¿Qué tienen en común Israel y Rwanda? Si vamos a su historia encontraremos algunas similitudes. Son pueblos que sufrieron dos de los más terribles genocidios durante el siglo
- Rwanda e Israel tienen hoy día como líderes del poder ejecutivo a personajes acusados de violación de derechos humanos y de libertad de prensa. En el caso de Israel, la historia no se limita a Benjamin Netanyahu sino a más de 70 años de opresión, usurpación territorial y acciones bélicas contra Palestina. Por su parte, el gobierno rwandés ha tomado parte directa en el conflicto de la República Democrática del Congo, donde milicias rwandesas han cometido decenas de masacres con la excusa de estar persiguiendo a cabecillas hutus vinculados con el genocidio tutsi de 1994.
No obstante, la comunidad internacional no sido lo suficientemente estricta con Rwanda e Israel ante la violación de derechos humanos. Al contrario, son países que se han beneficiado ampliamente del apoyo de la Estados Unidos y la comunidad europea; Estados Unidos incluso les brinda apoyo armamentístico, algo de lo que Rwanda e Israel han tomado ventaja para atacar a sus vecinos.Las milicias rwandesas llevan años aterrorizando a la población congolesa; han cometido atrocidades documentadas por la ONU y Human Rights Watch. Lo mismo sucede con Israel y la Franja de Gaza, donde los crímenes se extienden por décadas; en el actual genocidio palestino han sido asesinadas casi 70.000 personas y los sobrevivientes están en riesgo grave de hambruna. A pesar de ello, ninguno de los dos países sufre de un veto internacional como el que sí cayó sobre Rusia y Bielorrusia a raíz de la invasión a Ucrania.
¿Qué tiene que ver el ciclismo en todo esto? Desde nuestra perspectiva, en ambos casos este deporte ha sido instrumentalizado por ambos estados para hacer sportswashing, buscando mejorar la imagen pública ante el mundo ante las acusaciones de violación de derechos humanos.
Luis Cermeño: agropecuario en una historia un libro RCN
Un nombre que cada vez resuena con más fuerza entre los creadores contemporáneos que mezclan palabra, música y territorio es el de Luis Cermeño. Su aparición en el programa de RCN RADIO «Una historia un libro» presenta su obra titulada «ensueños desde el hato llanero». Esta entrevista también es relato, archivo sonoro y puerta de entrada a una sensibilidad particular que crece desde el llano colombiano.

Luis Agropecuario: ensueños desde el hato llanero en una historia hecha canción
🔗 Escucha la entrevista completa en SoundCloud:
👉 https://on.soundcloud.com/KMx9YyRndGNbmvsD41
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¿Quién es Luis Agropecuario?
Luis Agropecuario es un escritor y artista llanero, cuya obra se mueve entre lo rural, lo poético y lo cotidiano. En su universo conviven el hato, los animales, las voces de la sabana y el humor agroexistencial.
Cermeño ha creado un personaje que, aunque ficticio, recoge la autenticidad de una región que pocas veces es narrada desde adentro. Luis Agropecuario habla como se vive en el llano, pero piensa como se escribe desde la resistencia y la ternura.
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Un libro sonoro y una entrevista para escuchar con calma
En la entrevista publicada en SoundCloud, Luis conversa sobre su proceso creativo, el origen del personaje, la relación entre literatura y oralidad, y cómo el llano no es solo paisaje, sino también archivo sonoro y afectivo.
Esta entrega no es solo una entrevista, sino también una pieza de arte hablada, un fragmento vivo del proyecto literario y performático que Luis viene desarrollando en presentaciones, lecturas y redes sociales.
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¿Por qué escuchar esta historia?
Es una mirada distinta y entrañable sobre el llano colombiano, lejos del exotismo y más cerca de la vida real.
Es una oportunidad para conocer a un nuevo autor que trabaja desde la ironía, la ternura y la observación crítica del campo.
Mezcla literatura, identidad, humor, futuro y memoria de una forma accesible y profunda.
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¿Dónde seguir a Luis Agropecuario?
Aunque su obra circula por distintos espacios, puedes empezar por esta entrevista en SoundCloud y luego buscar sus presentaciones y publicaciones en redes sociales, ferias del libro y encuentros culturales.
🎧 Escucha ahora:
👉 Entrevista a Luis Agropecuario en SoundCloud
Tomado del canon: El camino de los mitos del hombre. Por Ajedsus Balcázar Padilla

La historia de la literatura universal está plagada de mitos y leyendas. El camino del héroe, tal como lo explicaría Joseph Campbell: dice que en todo el mundo habitado, en todos los tiempos y en todas las circunstancias, han florecido los mitos del hombre. J.R Spinoza es un autor prolífico de literatura fantástica, aquí, en su nuevo libro “TOMADO DEL CANON”, inicia con ímpetu el camino no recorrido y menos contado de la mitología universal. Desde los griegos, a los mesopotámicos, los egipcios y la literatura contemporánea. Nos invita a hacer un ejercicio para reconocer los caminos transitados por la humanidad, y los senderos recorridos por los dioses. Une con una magia de atemporalidad, los ejes de ficción utilizándolos en la actualidad, con una metaficción mediante autores y personajes icónicos. Esto nos ayuda a recordar viejas tragedias, romances y diferentes aristas de las obras clásicas que integran el canon literario. Son cuentos cortos que nos otorgan un atisbo de sus antiguas tramas, otras reviviendo de las cenizas, pero con el objetivo de ser recordadas, de escuchar su eco en el tiempo de las letras. De esa arena del tiempo que yace en el libro infinito de Borges.
A lo largo de los 26 cuentos cortos (algunos microrrelatos), el autor nos lleva de la mano a una travesía a lo largo de la historia de la literatura. Spinoza nos habla de la creación del Serpopardo, criatura mitológica mesopotámica. Nos dice: “Atum – dios egipcio creador del sol- había despertado su consciencia, creándose a sí mismo”. El autor describe la evolución de los dioses, sus conflictos celestiales. De la búsqueda de acabar con linajes, tal como la unión de Geb y Nut, que terminaron transformados en leopardo y serpiente a causa de una maldición, pero tras unir sus sangres nacería una criatura deformada que llamarían serpopardo. También ingresamos al territorio de anacronías, tal como lo que ocurrió “Después de Troya”, de romances nunca contados por el canon.
A lo largo del libro, nos resalta un eje de ficción pedagógica importante, sobre transmitir el conocimiento con interés para los pequeños. Tal como es relatado en el cuento “Convencer a través del mito” donde nos enseña a través de la historia de Hércules, la importancia de protegerse ante amenazas, como portar cubrebocas ante una pandemia. Spinoza nos dirige al pasado, para retornar aprendizajes en la actualidad. Basándose en construcciones mitológicas, que bien nos transmiten conocimientos que debemos recordar. Leer Más…
La boca de la garrafa del Nobel de Literatura
In memoriam, Mario Vargas Llosa.

I. CRIPTORQUIDIA
Sin testículos, el falo tiende a percibirse magnífico, como un emperador.
-¿Qué desea, mi señor?
– Unos testículos.
– Pero, si usted es el Gran Verga, ¿para qué quiere un par de estos?
– Porque en el escroto hay cuencas marcianas.
II. HACKEO EN LA VIDEOCONFERENCIA DEL ESCRITOR DE FÁBULAS
Estaba el escritor Giorgio Passolini sentado en medio de un club de lectura que discutía los tópicos de su obra, cuando, de repente, en la transmisión streaming prorrumpió un asalto de vulgaridad:
Un negro sin calzones hacía el baile de la garrafa sobre una botella de cerveza Póker. El hombre, con la fortuna de un bailarín y la gracia de un ave liviana, movía sus nalgas hasta que, a un milímetro del pico de la botella, las apartaba y procedía a introducir el adminículo para luego destapar el elixir con su deyector.
Salía espuma de la botella, del ano.
Espumas que se van, bellas rosas viajeras.
Ante el desconcierto de los miembros del club literario, el escritor manejó la situación con la misma gracia con que el negro la botella.
– Tranquilos, jóvenes. No se escandalicen. Detengan la escena justo cuando los testículos se aprestan a rozar la punta de la botella. Miren cómo las cuencas del escroto son idénticas a los canales secos de Marte. Esta, querido auditorio, es la mayor prueba del origen extraterrestre de la vida en el planeta Tierra. El profesor Schiaparelli se tocó las turmas y encontró el acompasamiento entre ellas y el cuarto planeta de nuestro sistema solar. De pequeño, padeció Criptorquidia, pero la vida y sus milagros le bajaron los huevos y, ya de edad adulta, parecía un cebú.
Huelga escribir que Passolini se refería al Gran Verga que se achicó como todo humano envejecido y, de tan pequeño, no fue más que una peca en el par de testículos megalodónticos.
Mario Vargas Llosa, con esta reflexión te dejamos en paz en tus infiernos personales.
En la ventana del estudiante. Por Lorenzo Acosta

Fantasma azul, Wolfang Schulze
Un fantasma lava platos. Acaso cocinó, acaso había invitado a alguien; acaso comió solo, o pensó que cocinaba en la soledad de los fantasmas.
En algún momento, como recordando la lógica de los momentos, se dejó caer de espaldas. Y los platos limpios tomaron más luz, un aura, mientras un vivo acudió a lavar los platos de esa cena. Y acaso fue el vivo quien apagó las luces.
En torno a los primeros trece años de Milinviernos
El telar de las 13 cabritas del príncipe Mil Inviernos
Amanecimos íntimos llevando a cuestas todos nuestros muertos en estos 13 años de infortunio cándido.
Cucurrucucú palomitas que no vieron la noche
Hilar ha desnudado los otrora anhelos e intuye la luz del paraíso tejida en las mortajas
Nos dirán que aquilatamos lo más humilde de los poetas del XIX
Y os decimos: aquilatamos la humildad hasta hacerla piedra excremental de estos trece años como vampiros que hacen chorizo con las promesas rotas de los océanos magnánimos de la luna oculta de los presagios
Se nos fue la vida, y vivos quedamos por otros miles inviernos en trece mil años
Trece mil años trece fue la cifra del Dr. Penev
El onanista Miranda sigue atenta la vista esquizofrénica a nuestros horizontes invernales mientras un iniciado signa la frente y trae la mala nueva de que el alma es eterna como lo anunció el viejo palo de mangos
Tres mil años trece es la mirada conspicua del pirata muerto
Trece mil años trece es la niebla helada donde aúlla Mapanare
Las lecciones escolares de doña Carmen en su solar tameño anunciaban la desolación del futuro: “Es tarde, el dr Penev ha nacido”
Trece mil años trece fueron las mejillas del chiquillo que ronronea imitando a su gato
Rigoberta Menchú insufló su alma desencarnada
Trece, ¿qué te parece? Una eternidad que descubre la paja.
Y, con la paja, lo que será su cuerpo
Trece, la tristeza crece.
Trece mil años trece
Trece, dijo el mequetrefe, es decir, el hacedor de mundos
Trece, dijo el bromista: “agáchese pa que me las bese”
Una paloma tuerta cae muerta de sed y repite: trece para que rece.
Rece trece mil veces trece
Homenaje a David Lynch
Escuchaba a Gorecki y su oración a la virgen, me sentí triste, quizá por el sol y el frío, pensé. Entonces vi un estado de guasá con la cara de David y un fondo negro. Le avisé a Luis. Él, horas antes, lo homenajeó con un video clandestino que hizo en Transmilenio, aunque entonces no supiera que Lynch estaba muerto.
Te amamos, David
Siempre
https://youtube.com/shorts/ZQMSuGxLCzQ?si=qt3px9BsJf4L1OzD
La hora Pop. Por Leonardo Bolaños

Hay una huella en cada foto de las fotos adelante, muy atrás, siempre iluminadas de un verde gris, algún lugar pobre como un pueblo similar a cualquier pueblo enterrado bajo tierra por numerosos deseos sin fertilizar, iluminados por jardines jóvenes y de muerte amarilla de pocos años sin regar. Esas fotos están allí, pero no es ahí. El talento novedoso de la vejez… Ja. La banda está un poco más al frente vestidos de luto, quizás fueron los 90´s, pero en realidad es ese visceral olor de planeta tabaco, mariguana, quizás muchas sustancias, comidas por vomitar, empleos que huelen a metal, a óxido, a hierro, a sangre, a sangre que huele a metal, como un apocalipsis nicotínico, un frenesí cafeinado, una energía desgarrada por mantener un tipo de cordura presente desde su primer hit. Una necesidad de burlar la aparente abstracción artística de los Post-Punk de los 80´s, para recitar un drama sarcástico, un amical drama sarcástico apestando a nauseas, nauseas de seguir tragando, seguir viviendo, seguir leyendo.
No quieren golpear muy alto, no es su intención ser una super banda de rock, pero se escucha desde lejos el murmullo de una ciudad que grita con patrones de rostros que nunca vuelven, más que una vez en toda la vida, por aparecer, quizás en la fiesta errante de las mudanzas, los escapes de la Big City o visceversa, y aterrizar, por fin aterrizar luego de la fiesta de lágrimas secas y dejar la náusea inolvidable a la realidad, a casa.
Adam´s Song: La muerte está aquí, y es mucho peor… Siempre con risas, con alcohol, con firmes años de juventud, circulan por las avenidas desnudas, desde la primera línea, el trío dejando atrás los hoteles, saliendo de locales de empeño, quizás, sin relojes en las muñecas, con pulseras y las manos enterradas en los bolsillos, y la curva pesimista de la cabeza, sonríe un pedazo de ironía, nada, nada por pensar de nuevo, y no es lo peor, es qué dejo, qué tono, qué gesto tan bajo, tan humillante de contar ¿qué se hace por dinero? como una alegoría al cine existencial francés de los 60´s en blanco y negro, calles de nada, en un notorio silencio sin esperanzas, ellos con tatuajes, siempre, y genitales censurados buscan, escapan de algún lugar, o no tienen tiempo para llegar, en What´s my Age Again y Adam´s Song, pero eso no significa que vestidos de blanco, vestidos de negro, vestidos de mujer, vestidos de hombre, y con albedrío el héroe protagonista de todas las canciones se manifieste como un hombre que no le importa más la química, ni la atracción física, ni su identidad sexual, ni su sentido del humor, ni su edad. Con firmes ambulantes pérdidas de sentido haciendo travesuras de niños y jóvenes, el trío se exhibe obscenamente ante un público, pero no este, sino aquel, el que lo censura, el que calla, el que llama a la policía, etc.








