El otro creador
Por Daniel Maldonado

Es común ver al poeta como una figura que entra en tensa relación con su entorno más inmediato. Se trataría de una figura problemática, tenida por incómoda o hasta innecesaria. Antes que ajustarse a lo que es; antes que seguir a pie juntillas los lineamientos impuestos por la lógica de turno, el poeta incordia, revira, reconfigura. Su rol —si posee alguno— no se diferenciaría del que desempeña el filósofo. El filósofo no sólo interpreta la realidad, la cuestiona. O mejor sería decir que cuestiona los valores acuñados y asumidos por los hombres y que circulan dentro del tejido que usualmente identificamos por real. En buena medida, lo que pone en suspenso es el conjunto de convenciones que dan rostro a lo que, de suyo, no lo posee: la realidad.
El poeta y el filósofo interactúan con la realidad; captan sus murmullos y fulgores. Todavía más: perciben lo que se halla detrás de lo consagrado como lugar común; lo que se esconde detrás del velo.
Para María Zambrano, la poesía y el pensamiento son las vías a través de las cuales el ente humano se aproxima a lo que está oculto. Sólo en tal sentido son cercanos los caminos del poeta y del filósofo. De hecho, uno y otro se distancian en función de la naturaleza de sus exploraciones: la del filósofo está marcada por la violencia que ha supuesto el haber sido removido del mundo de las apariencias; la del poeta, por la contemplación asombrada del ser encerrado en cada objeto que colma el mundo. Escribe Zambrano: “La filosofía es un éxtasis fracasado por un desgarramiento. […] no todos fueron por el camino de la verdad trabajosa y quedaron aferrados a lo presente e inmediato, a lo que regala su presencia y dona su figura, a lo que tiembla de tan cercano; ellos [los poetas] no sintieron violencia alguna o quizá no […] esa forma de violencia, no se lanzaron a buscar el trasunto ideal [como los filósofos]. Fieles a las cosas, fieles a su primitiva admiración extática, no se decidieron jamás a desgarrarla; no pudieron, porque la cosa misma se había fijado ya en ellos, estaba impresa en su interior. Lo que el filósofo perseguía lo tenía ya dentro de sí en cierto modo, el poeta; de cierto modo, sí, de qué diferente manera” (Zambrano, Filosofía y poesía, 18).
Más allá de que poeta y filósofo sean entidades percipientes, su abordaje de la realidad los coloca en miradores distintos. Cabría decir, incluso, que mientras el filósofo observa, el poeta contempla. Ocurre así en tanto que el poeta no busca lo que el filósofo, porque lo que éste busca ha sido inscrito (gratuitamente) en el interior de aquél. Lo que motiva la búsqueda del filósofo, el poeta lo posee en tanto don. El desgarramiento que moviliza la acción filosófica, un desgarramiento que es fruto de un acto de violencia, se traduce en el poeta como sensibilidad herida; el que asume que la palabra es menos medio que fin, guarda en su interior la marca de una percepción trascendente: “El poeta no renuncia ni apenas busca, porque tiene. Tiene por lo pronto lo que ante sí, ante sus ojos, oídos y tacto, aparece; tiene lo que mira y escucha, lo que toca, pero también lo que aparece en sus sueños, y sus propios fantasmas interiores mezclados en tal forma con los otros, con los que vagan fuera, que juntos forman un mundo abierto donde todo es posible” (Zambrano, Op. Cit., 19).
El poeta hace de su cuerpo, de su carne, un dispositivo de captación de los estímulos que ofrece lo que se oculta detrás de lo real. Su sensibilidad se alimenta de lo que su piel, su vista y su escucha le tributan; es fruto de la gracia, del don. Es, además, testimonio de la presencia de Otro, porque sólo ese Otro capta en su unidad la multiplicidad del mundo. Otra vez: el filósofo sale en busca de la unidad que supone oculta detrás de lo aparente; el poeta, por el contrario, reconoce en la heterogeneidad de las cosas aparentes la unidad extraviada, la que sólo se revela mediante la gracia.
Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol y Jyejtyal ja’ / Rostros del agua. Por Cristina Patishtán López
Los poemarios Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol (2022) y, Jyejtyal ja’ / Rostros del agua (2023) fueros premiados por la convocatoria “Alas de Lagartija”, ambos en años consecutivos en formato bilingüe ch’ol-español, y fueron ilustrados por una técnica de grabado por Julio Antonio.
Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol, editado por TIFÓN editorial, como poemario está dividido en cuatro partes, cuyos subtítulos son: “Säk’ajel / Mañana”, “Xiñk’iñil / Tarde”, “Ak’lel / Noche” e “Ik’tyoj / Madrugada”, con un total de doce poemas. Jyejtyal ja’ / Rostros del agua, editado por la misma editorial, está dividido en dos partes: “Iñajaltyak ja’ / Sueños del agua” y “Jyejtyal ja’ / Rostros del agua”, la primera de diez poemas y la segunda de dieciocho, haciendo un total de veintiocho poemas, igual con ilustraciones.
Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol se desarrolla con una circularidad temporal de 24 horas, retratando los movimientos del sol y la luna tanto en el cielo como en el agua. Canario construye sus versos en tonos altos al modo de una écfrasis como figura literaria, unión de imágenes visuales con palabras. De acuerdo a Agudelo Rendón, en su libro Las palabras de la imagen, se entiende la écfrasis como la descripción literaria de un objeto artístico, sea real o imaginario, haciendo énfasis en la narración. En este sentido, el autor primero crea figuraciones mentales de la apreciación de ciertos momentos de la realidad. La écfrasis es la representación verbal de una imagen visual. Esto se refleja en los movimientos y sonidos que transmite cada verso escrito por Canario, por ejemplo, en los versos de la primera obra: “Mi mamá / besa mi frente, / deja en mis manos / una luciérnaga / que funda el alba” (De la Cruz, 2022, p. 29). En versos de la segunda obra podemos leer “Luna del río: niña con aretes de piedra, / de pies con son de tambor y labios escarlata; / danza con un arco de plumas y flechas” (De la Cruz, 2023, p. 20). Esto es lo contrario que ocurre con la hipotiposis, como figura retórica vinculada con la descripción, su objetivo es la producción visual derivado de los textos literarios. Esto es algo que me parece es el intento de Canario como poeta y Julio como artista de grabados al ilustrar algunos de los versos de los dos poemarios, colocando una imagen en cada apartado de ambos libros, más la ilustración de portada como un complemento para adentrarnos al contenido de las obras mostrándonos de forma visual lo que también podemos leer en los versos.
Canario juega con imágenes visuales de la naturaleza y las retrata en sus versos. Por otra parte, los poemas a mí me remiten a una interpretación que hace Simónides de Ceos, un poeta lírico, en torno a las artes verbales y visuales, cuando dice que “la poesía es una pintura que habla”. Aludiendo a las imágenes visuales que hay en los versos, destaca la capacidad mimética del arte en reflejar el mundo que lo rodea, ofreciendo así una copia o representación de la realidad, donde las palabras dicen más que mil imágenes.
En este caso la poesía, cuando son imágenes que hablan, implica que, a través de las palabras, tiene la capacidad de evocar imágenes vívidas y detalladas en la mente del oyente o lector, por ejemplo: “El sol es ave de calor. / Mueve sus alas, / se derrite / gota a gota / en jícara del cielo” (De la Cruz, 2022, p. 12). Canario pinta con el lenguaje, crea escenas, movimientos, colores de la naturaleza que pueden ser tan claros y tangibles en la mañana, tarde, noche y madrugada, a través del recorrido del sol y la luna. Representando el día con sus cuatro divisiones temporales, con actividad en la luz y la oscuridad, podemos relacionar la construcción de los versos con los estados de ánimo, las etapas de la vida y sus procesos naturales.
En un poema de “Säk’ajel / Mañana”, podemos leer lo siguiente:
El sol agita el rocío en su pelo;
en vez de caer
sube transparente
en las alas del viento (De la Cruz, 2022, p. 11).
Este poema, que se extiende desde el amanecer hasta el mediodía, juega con la luz del sol que aumenta gradualmente desde sus primeros rayos hasta su luminosidad plena. Aquí el autor usa la figura de la prosopopeya para atribuirle cualidades humanas o de otros seres, como las alas, al viento que es inanimado.
En el siguiente poema, “Xiñk’iñil / Tarde”, dice:
Los caimanes bajo el sol
hacen de la tarde
una eternidad (De la Cruz, 2022, p. 17).
Las imágenes remiten a una contemplación del tiempo. Desde la primera línea evoca un ambiente cálido, los caimanes provocan una sensación de tiempo lento. Nos damos cuenta que el autor usa el recurso de la hipérbole para dilatar la duración del tiempo.
En otro poema, “Ak’lel / Noche”, encontramos la misma estrategia de comparación:
En el cielo de la noche digo:
¡Espejo!
Y se vuelve redonda
con brocha de plumas (De la Cruz, 2022, p. 22).
Este poema nos sitúa en otro escenario cósmico que va acorde con el título: de lo oscuro. En la imagen aparece claramente la figura de la luna, con su luz radiante. En este caso el autor la nombra como “brocha de plumas”, una asombrosa metáfora que humaniza. Imagino a la luz de la luna esparciéndose en el cielo, clara imagen nocturna. Canario de la Cruz no sólo ha observado la luna sino que su subjetividad lo hace ser de este poema a través de su mirada y lenguaje.
Un último poema de la primera obra, en el apartado “Ik’tyoj / Madrugada”, podemos leer:
El alba agita mis párpados.
Nace el ojo de agua (De la Cruz, 2022, p. 27).
Este poema nos remite al amanecer, habla de la transición de la oscuridad a la luz. En el primer verso interactúa con el lector haciendo alusión a un despertar, luego vemos la forma circular que descubre a la forma del sol reflejada en el agua o río en el alba.
Astroastro, un poema de Roberto Rico
Roberto Rico (Ciudad de México, 1960) es autor de Reloj de malvarena, Nutrimento de Lázaro y La escenográfica virtud del sepia, De aquellos años que llevan ere, Ars vitraria y Radio frenesí y otras sintonías. Su último libro es Con meridiana oscuridad y nos ha permitido compartir uno de los poemas que aparecen en este volumen.

Astroastro
I. Depaupérate un poco más. De sobra te harán falta privaciones y ausencias para ensanchar el foco irradiador de tu bonhomía, la desnudez interjectiva del pesar. Desvalídate del dolor en el hambre llana. Comienza por morder el hueso desde donde emites, con pelaje espectral y tieso, pigmentado de hollín y yeso, los aullidos rimados que a ti mismo te erizan y descuadernan del lomo a las estepas y solapas.
Así habló Astroastro.
II. ¿Antecede a la sed el hambre? Eso mejor te preguntaras viendo de reojo la jarra de vino rojo aherrojada en el poniente. No pongo aquí botella, porque me parece que mejor se te antojara el destilado contenido en abierto recipiente; así, ante vasija de ancha boca, la sangría agria, angry and hungry y andrajoso, se vuelva imperativo para ti rimar y aliterar la sed y el hambre, exacerbarlas en varias capas o niveles de engrudo glandular o de viscosa grenetina hepática. Ahora centra tu mirada en esa mesa rústica de ocote, cuadrada así sin más, ni manta ni tapete encima, sola madera desnuda, impertérrita, no colonizada por termita alguna. Consuelo entomofágico sería carcomerla, de no ser porque también esa promesa pierdes, como también se exorbitaba el último resto mortal que te pervive, pavesa filiforme.
Así habló Astroastro
III. ojos humedecidos de la vaca
ternura llámale y ternera
porque en cuanto escampe
llevarás empozado en tu mirada
halo de sándalo y vinagre
intermediarias conjuntivas
rastro de un astro
vuelto a su calostro/
del ostracismo vuelto
en nebulosa,
y a una nube con claras miras
de translucir entre tus ojos,
ternura llámale, fragor,
ternera
deshijándose toda colindancia
ese umbral linfa
sándalo y vinagre/
así siguió diciendo astroastro
IV. la ciudad a lo (cada
vez más) lejos semeja
vaca multicolor
/boñiga
sándalo y vinagre
hervor bajo la piel
fervor el pulso
cada vez más exiguo bulle/
así dejó de hablar zoroastro
sol o astro/
solo astro/
astro-
astro:
un prefijo en el cénit
en sufijo declina
Cuaderno de Innsbruck (CONECULTA, 2020), de Gustavo Ruiz Pascacio
Por Andrés Felipe Escovar

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En el prólogo de Cuaderno de Innsbruck, Luis Arturo Guichard- además de plantear una perspectiva de la lectura de la poesía y de su escritura- afirma que “lo realmente importante son las sensaciones físicas del viaje” del poeta Ruiz Pascacio en Europa (2020: 9). En este viaje, las ciudades se desdoblan hasta evaporar el lugar cierto que se les adjudica.
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El espacio: “Cierto lugar de Europa”. En esa concreción asoma la posibilidad de cualquier lugar; el poema acerca a lo cierto con cualquiera o algún deíctico.
Y en lo cierto, lo cualquiera o alguno, se asoma un espacio íntimo esquivo a las cláusulas intimistas.
El asomo de la concreción es aquel relámpago vislumbrado, en el prólogo, por Luis Arturo Guichard:
El libro de poesía es una hendidura que se convierte en un abismo según se adentra en él el lector, una ruptura de la realidad cotidiana que muestra caras desconocidas de uno mismo y de los otros, pero también una continuación de esa realidad: como el relámpago, es un latigazo que cruza nuestro espacio y se disipa (Ruiz, 2020: 8).
Cierto lugar es cualquier lugar, pero siempre es.
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El poeta pisa cierto suelo de la tierra llamado Europa, mira hacia arriba y, en ese acto, encuentra significados que apenas se deslizan en las palabras sin agotarse:
Hay una belleza predicando en el firmamento… (Ruiz, 2020: 21).
El espacio celeste se llama Europa. El poeta no nació bajo ese cielo; a su mirada la precede un viaje trasatlántico. Cuaderno de Innsbruck está escrito con la mirada dirigida a un firmamento donde discurren “fugaces siluetas”, “altas, como sus árboles que combaten en leyendas de boca en boca” (2020, Ruiz:19).
Así como en Innsbruck, en París y Salamanca se concibe la intimidad de unos espacios donde el cielo apenas es un reflejo. Cuando el poeta discurre en ellos, como los contornos que cruzan el firmamento, aparecen las palabras y, con ellas, el hálito del poema.
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Ese firmamento europeo convoca la presencia de lo que quedó allende el atlántico: cuando el poeta levanta la mirada, la lengua que la atraviesa es un eco de las palabras dichas al otro lado del océano; las ciudades europeas se yerguen con una sintaxis foránea y una cadencia lejana a la gelidez de la nieve y el viento que remecen el pulso de quien escribe el cuaderno.
Los contornos que cruzan el cielo expiran un idioma tan extraño como el mundo:
Salgo a recorrer este país. Un mundo por detrás, un cielo por delante […] Con la debida sensación que en mí no cabe todo. Que vengo de un océano que no besa esta tierra […] Que me aparezco así, con todos los espíritus que me ha dado mi patria, y no puedo doblar con otra magia que no sea este cordón de cimientos en el que pongo mi palabra (Ruiz, 2020: 24).
Acerca de Mansa presencia de la muerte (CONECULTA, 2022) de Eduardo Hidalgo
por Ana Alejandra Robles Ruiz

Es frecuente escuchar que los grandes temas de la literatura son la vida, el amor, la muerte. Sí. Pero es que la revisión de la literatura de todas las épocas y latitudes confirma esta sentencia: la presencia reiterada de dichos motivos, así como su tratamiento tan profundo, son prueba de ello. En lo concerniente a la muerte, ¿qué es, por ejemplo, la Divina comedia de Dante Alighieri sino una obra maestra de la literatura universal que explora, dentro de otras cosas, las vías que aguardan por nosotros después de morir? O ¿qué es Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, sino la obra más importante de la literatura española que, además de ser la primera novela moderna, es una alegoría de la vida que avanza hacia su término en la muerte? Y no olvidemos en México los casos de La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, donde el avistamiento del fin detona la rememoración de una vida que ya fue; El luto humano de José Revueltas, novela en la que la muerte es agente de sufrimiento y personaje principal; o el mismísimo Pedro Páramo de Juan Rulfo, en el que la muerte es la articulación entre realidad y ficción, entre realismo y fantasía. Y así puedo continuar.
Publicado en 2022 por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas (CONECULTA), Mansa presencia de la muerte es un poemario escrito por Eduardo Hidalgo Ruiz, que toma su título de unos versos de “Nuevamente” de José Emilio Pacheco: “Mansa presencia de la muerte, el oleaje/ que se pone a tus pies”. Es un libro que propone reflexiones en torno a la muerte a partir de la evocación de anécdotas e imágenes de seres queridos, más precisamente familiares, que perdió el hablante poético. Es un poemario escrito por momentos en un tono melancólico, otros en uno de reconocimiento e incluso a veces en uno de curiosidad poética e intelectual. Mansa presencia de la muerte invita a recorrer lo que ya no está, a enfrentarnos cara a cara con nuestra soledad imposible, con lo vivido y lo perdido, pero sobre todo con lo que queda por venir. Al igual que otro poeta chiapaneco, el de Algo sobre la muerte del mayor Sabines, Hidalgo escribe acerca de la muerte que lo atraviesa como hijo, hermano, sobrino, primo. De ahí que el acto de desenmascarar el yo-lírico a partir de fotografías y la nota final del poemario, sea percibido por nosotros los lectores como un guiño de generosidad por parte del poeta, quien ha resuelto desnudarse y hacernos sitio en su intimidad.
El ir tras dios de Gabriel Restrepo: EL TRAS-TEO
Allí donde está el peligro
allí también se cifra su salvación
Höldering.

El profesor Gabriel Restrepo, caminante-divagante, duró refugiado como monje incólume por siete años en el antiguo monasterio del monseñor mártir y beato, Jesús Emilio Jaramillo, quien fuera la persona que me bautizara a mí a tierna edad cuando todos temerosos creerían que no sobreviviría el año y para no morir como un animalito me presentaron ante dios, cambiándome del mismo modo el nombre en una jugarreta a la muerte, porque allí murió Juan Pablo, como era por todos conocidos, y desde ese entonces fui Luis.
En ese ir tras dios, en el tras-teo, los cruces de caminos se presentan de un modo que los desciframos posteriormente como inevitables. Siendo de este modo, Gabriel Restrepo expresa un soliloquio en el que su periplo se cruza con la historia de la tierra Arauquita que es tan cara a la misma historia de la patria, y en la que desde este rincón, según cuentan, mi BISabuelo Joaquín también fue parte activa de su desarrollo para posteriormente ser también desplazado de allí y despojado de las tierras de Arauquita.
Región que busca la paz en la sed de dios y Gabriel sufrió de ésta hasta que completamente seco, vuelve a Santandercito en donde es recibido por las nuevas generaciones con un cálido abrazo.
Todo ese trasegar lo pueden ver en la producción audiovisual publicada en la revista IN-USUAL:
EL SAGRADO RITO DEL TRASTEO:

A propósito del documental, compartimos un fragmento que hace del análisis de éste, por el profesor Arturo Esguerra Villamizar:
Desde la entrada se ingresa a una atmósfera de sosiego, siendo un trasteo todo lo contrario a ella.
Como lo expresa el nombre de la obra, se trata de un tras-Teo, de la búsqueda de un dios. El Teo lo pongo con mayúscula. No es un dios con nombre propio, terrenal, regional, es un Teo, simplemente un dios.
Eso que no existe, pero que nos gobierna, como decía Valery.
La imagen de Gabriel cargando un zurrón que cuelga de su hombro es teatral y majestuosa. Me recuerda a los presocráticos, aquellos que guardaban toda su hacienda dentro del zurrón de cuero.
Dicen que Diógenes de Sinope sólo cargaba una cuchara y una pequeña vasija. Lo suyo lo cargaba dentro de sí. La cuchara y la vasija eran los intermediarios para relacionarse con el todo ajeno y cruento que estaba fuera de él.
De Bogotá a lo más apartado y agresivo del Arauca colombo-venezolana; de allá de nuevo hacia acá.
Ocho mil libros, millones de millones de palabras impresas sobre papel.
Solo un camión llamado Rogelio puede transportarlas.
Gabriel las carga en su cabeza, dentro de sí. Esos muchos millones de habitantes impresos están, no en el zurrón de lona, sino en el gran zurrón que es su cabeza, su memoria, su nostalgia, su anima reflexiva.
Usando la palabra que él poeta del Cementerio marino, utilizo para nombrar un libro suyo, Borges se refería a Valery como “Monsieur teste”.
Por que no decirlo, también Gabriel Restrepo, es un “Monsieur teste”. Todo lo sabe, todo lo dice, todo lo piensa. Los dioses castigan a los gigantes, enseña la mitología griega.
En esencia el arte de la vida es trastear, trastear, trastear. Todo aquello que permanece inmóvil empieza a fallecer.
Tan de buena calidad como las imágenes, son los textos escritos por el profesor Gabriel. Celestino Mutis, Bolívar, Santander, breves reflexiones históricas, personales. La abuela que por su compromiso social merece una corona de flores el día de su muerte, pero que el partido político no se la envía.
Pequeñas citas y reflexiones que se vuelven poemas, creaturas poéticas.
En el tras-Teo siempre se pierde algo (de pronto mucho). Bella figura.
El camino hacia Teo no termina en la posesión. Lo sustancial es el acto del tras-Teo, la búsqueda. De los ambientes intelectuales de Colombia a un monasterio abandonado donde permanecerá, como un cartujo, durante siete años.
Kierkegaard lo decía, el proceso de seducción no termina en la posesión de lo seducido, lo que importa es el proceso seductor. El don Juan de Mozart.
Vale la pena mirar-oír todo lo que contiene este corto metraje. Verlo y mirarlo una y muchas veces, sin querer ser lambón
Me llamó la atención la música que acompaña todo el video. Más que música son los sonidos solitarios que acompañan el oficio caviloso del tras-Teo.
La vida de un fantasma. Por Héctor Cortés Mandujano
Yo le leía poemas de fantasmas
Fernando Trejo, en «El aliento que somos de los perros»

Regalo de mi amigo Fernando Trejo, leo su poemario La abuela está en la casa porque he visto su voz (Cuadrivio, 2019), que ganó el XVI Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal.
El libro tiene como tema central, resumo, la muerte de su abuela materna y su entierro; la vida de los albañiles que construyeron su tumba y las “Apariciones en la casa” después del sepelio. El propio Fer, que es también editor, cuidó el libro. Es pequeño y bello; en eso ayudan la tipografía y las ilustraciones hechas por sus hijos: Iñaki, cuando tenía cinco años, un ilustrador con notables dotes, e Isabella.
Fernando Trejo da con este libro un paso firme en la escritura poética en general y en su escritura en particular. El anterior que leí de él, Ciervos (2015), es una maravilla, y en éste no repite sus descubrimientos: cambia de discurso y plantea, sin caer en melodramas, con inteligencia, las variaciones emocionales a partir de la pérdida, flashback y flashforward incluidos.
He leído la mayoría de los libros de Fer y una de sus características es que no teme a la mezcla de géneros. La sección “Entierro”, por ejemplo, tiene títulos como si fueran parte de un guion de cine: “Ext. Barda con botellas quebradas/ día”, “Int. Ext. Casa de la abuela/ catedral/ mañana (Flashback)”, etcétera, y en otros poemas cita fragmentos de canciones de su abuelo Carlos Alberto Trejo Zambrano. No como pegotes, sino como elementos de construcción.
Hay una imagen en su primer poema, que me encantó (p. 11): “Abre la noche el hocico del viento”. En el segundo toma apunte (p. 13): “Hay un temblor de luz, dice mi hijo./ Me siento frente a él y anoto lo que dice: La abuela está en la casa porque he visto su voz”.
En el Flashback de la página 27, va con su abuela y su hermana, de niño, a rezar, con la promesa de que le comprarán después un helado: “Yo estoy consciente,/ a mis ocho años,/ que todo vale un helado de sorbete./ Que podré soportar la eucaristía,/ el rito,/ hincarme ante Dios poderoso. […] Como si bebiéramos la fe,/ en canastilla”.
En “Ext. Panteón Municipal/ mediodía” escribe (p. 33): “El sol tira a matar,/ Emite silbidos, como si dentro de la luz/ un tirador disparara pedradas/ de lumbre”.
Juan y Adán Verdugo, hermanos y albañiles, harán la tumba de su abuela, a quien nombra por completo en un verso (p. 44): “Con cuarenta ladrillos,/ los Verdugo borrarán para siempre/ la risa de María Luisa Sirvent Rincón”.
La abuela muere y luego su fantasma llega a casa del poeta (p. 57): “Y en este punto, en el distorsionado pixel de su incredulidad/ mi abuela aparece de frente/ horrorosamente lluviosa./ Todo esto sucede mientras corro la cortina/ y mi esposa dice que nuestro hijo se ha pasado/ todo el día rayando las paredes”.
Fernando intenta comprender a su abuela fantasma (p. 67): “Si hay algo que pesa en lo fantasma, es no poder llorar./ Porque llorar es muy humano. Y mi abuela qué puede soltar/ si el agua no recuerda”.
Qué buen libro. Qué gusto leerlo.
Los poetas son humanos que cagan y la cagan. Por Zeuxis Vargas

Ejército en ejercicio. Por Augusto Orta Córdoba
Este vídeo contiene un texto que forma parte de «Libros y traiciones», volumen escrito por Augusto Orta Córdoba quien, además de escribir, trabaja en la editorial PorNos
La música fue elaborada por David Ortiz Trejo y a su cargo estuvo el trabajo visual. Este material fue masterizado en Estudios Arca de Picón.
Flyspeck. Por Osdmar Filipovich Silva




Osdmar Filipovich (La Paz, Bolivia 1986). Escritor y Diseñador Gráfico. Ha participado en varias antologías de poesía entre ellas una en edición virtual (“Poesía Boliviana Contemporánea “Aquí la nieve es química”. Obtuvo el primer premio de poesía joven auspiciado por la Cámara del Libro de Bolivia y la Fundación Pablo Neruda con su obra «Underdog» (Plural, 2007) y el tercer premio departamental de Poesía «La Paz, a veces una ciudad y otros poemas» auspiciado por la Prefectura de La Paz y el Gobierno Municipal. También ha participado y colaborado en eventos culturales, como ser Festival De Poesía En Las Calles. Blanca Wietuchter; Encuentro de Poesía J oven, Universidad Mayor de San Andrés, facultad de Literatura (2007); Lecturas de Poesía en “La Chascona” Fundación Pablo Neruda, Santiago de Chile, 2007; Poetas NO, Lectura y Diálogo de Poesía. Feria Internacional del Libro (2008); Poquita Fe, III Encuentro Internacional de Poesía Latinoamericana actual Santiago de Chile, 2008; Santiago en Paz I Encuentro de poetas Chile – Bolivia (2010); Santiago en Paz II Encuentros de poetas Chile – Bolivia (2011); Festival Internacional De Poesía Bolivia (2010). Recientemente ha publicado “La Libreta Roja” compilado de poemas visuales junto a la colección Exile, Andesgraund Ediciones (2017).







