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Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #3. Por Leandro Alva

Ayer y hoy estuvo lloviendo bastante. Ojalá que la lluvia sirva para limpiar algo. En un diario leo que en Venecia, ante la ausencia de seres humanos, aparecieron cisnes y peces en los canales. No va a sonar simpático, lo sé, pero presenciar eso debe ser hermoso. Y uno tiende a pensar que tal vez la huelga momentánea de la mano del hombre “reparará” un poco la naturaleza. Es la única idea positiva que se me ocurre ahora.

No puedo ver películas. No me puedo concentrar demasiado en las imágenes. Sí estuve leyendo bastante: El petiso orejudo, de María Moreno; El presidente, de César Aira; cuentos de Ray Bradbury, Daniel Moyano y Mario Levrero; poesía de Luis Chaves; crónicas de Clarice Lispector, además de picotear incesantemente algunos libros sobre historia del tango. Por cierto, me vino una gana ubérrima de releer La peste, de Camus, luego de que el pelotudo de Vargas Llosa dijera que es un libro mediocre. El problema es que no encuentro el ansiado volumen. Era una edición lastimosa de Bruguera, y creo que debe estar en el caos de mi tapera vip. No me llevo bien con los pdfs, así que procuraré buscarlo con más ahínco.

Hoy no asomé la nariz a la calle. Solo jugué con mi perro y estuve viendo algo de tele. Para olvidarme un rato de la pestífera situación busqué un canal de deportes en el que estaban repasando los mejores goles de no sé qué temporada del fútbol alemán. Venía todo bien hasta que al final del programa los idiotas de los panelistas (algunos periodistas, algunos ex jugadores) se desafiaron a ver quién hacía más jueguito con un rollo de papel higiénico. Sin comentarios. Apagué la tele.

Anoche me costó mucho dormir. Leí un libro entero y otro lo dejé por la mitad cuando fui abatido por el cansancio, pasadas largamente las seis de la mañana. Así que hoy me tiré un rato a la siesta. Y tuve un sueño raro, incómodo. Resulta que me invitaban a cantar unos tangos con la orquesta de Don Osvaldo Pugliese (!) y segundos antes de salir a escena me olvidaba de todas las letras que tenía que cantar. Por suerte me desperté al grito de mis sobrinos. Entraron a mi habitación con barbijos puestos y se me tiraron encima. Yo estaba medio dormido y casi muero del susto. De todas maneras, siempre es una alegría verlos, mucho más después de haber fracasado como cantor.

Según parece, mañana será anunciada una cuarentena absoluta porque la cosa pinta cada vez más fulera. Hay casi cien casos oficializados y se confirmó la tercera muerte hace minutos. Lo peor es que todavía hay gente a la que no le cae la ficha y anda pelotudeando con la firme creencia de una falsa inmunidad de connotaciones egoístas, perversas. Y también hay un hijo de puta que “trabaja” de pastor evangélico que anda vendiendo “alcohol en gel bendecido” a mil pesos cada recipiente. Amén.  

Mucho más allá del tiempo que va a llevar el desarrollo de una cura para el Covid 19, creo que HOY la solidaridad es el elemento fundamental. Y el individualismo feroz de algunos los impele a creer que esto es un jueguito con rollos de papel higiénico, un cuentito sin moraleja. Espero que todavía estemos a tiempo. Sé que nunca voy cantar con Pugliese, pero me gustaría vivir unos años más. A mí y a muchísima gente. Y viajar a Venecia, escuchando esa canción de Charles Aznavour que tanto le gusta a mi madre. Sin olvidarme la letra, claro.  

Leandro Alva, Temperley, 18 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día diecisiete.

Si anunciaran, mediante un comunicado oficial, que pasado mañana será el último de la humanidad, desde ya nos agolparíamos en las puertas de los bancos y haríamos filas con las bocas cubiertas y guantes de látex. Esperaríamos a nuestro turno, creyéndonos monitoreados desde una cámara de vigilancia, y aguardaríamos a que un cajero, oculto tras un barbijo, nos entregue nuestro dinero. Será un trámite más bajo la convicción de que no hay que regalarle nuestros ahorros a un parásito que ha sido banquero (y cuando pensamos en un banquero se nos viene a la cabeza alguien más viejo que el cajero que nos atiende, sin suponer que pudo haber sido uno de esos jipis que en los sesentas lucharon por un cambio). Al final, se declarará la iliquidez del banco y todo culminará en una huelga silenciosa y de indignación.

Del desenfreno prefigurado en las pestes medievales de Bocaccio, no queda sino una amarga sonrisa por aquella edad de la inocencia. El penúltimo día será como el anterior y el anterior del anterior y también será como el último. En una época en la que aún se daban tarjetas de cumpleaños y para el día del amor y la amistad, proliferaba el mantra de vivir cada día como si fuera el último: lo hemos cumplido: vivimos cada día como el último y el último es como cualquier día.

Hace poco releí el Teatro y la peste de Artaud; el entusiasmo del encuentro que tuve cuando lo hallé hace más de diez años, durante la peste del cerdo que me atrapó en Buenos Aires, se difuminó. Antonin confiaba en un terror que no paralizaría, aunque fuera en pro de la crueldad:

“Cuando la peste se establece en una ciudad, las formas regulares se derrumban. Nadie cuida los caminos; no hay ejército, ni policía, ni gobiernos municipales; las piras para quemar a los muertos se encienden al azar, con cualquier medio disponible. Todas las familias quieren tener la suya..”.

Si nadie cuida de la ciudad es porque nosotros mismos nos estamos cuidando o creemos que alguien lo hace desde algún lugar. Artaud aludió una fisonomía espiritual de un mal que tenía impactos orgánicos, específicamente en el cerebro o los pulmones, lugares en los que se aloja la voluntad o, al menos, se refleja, según él. Podemos acelerar la respiración o mitigarla; los pensamientos se atiborran como nosotros frente a los supermercados, o circulan como los hilos de agua en las sequías. Estamos apestados antes de la llegada del virus.

Durante estos días, aún aferrado al optimismo, me aburrí. Apenas se acabó mi propia gripe – o se escondió, no lo sé-, sentí que en San Cristóbal de las Casas no brotaba la conciencia apestosa que crecía al otro lado de la frontera norte del México o en la otra orilla del Atlántico. El asunto se pone malo; el presidente López Obrador besa y abraza a sus seguidores porque confía en que sin corrupción superará la pandemia, mientras arrecian las críticas de epidemiólogos y las franjas publicitarias de los noticieros se limitan a explicar lo que debe hacerse para evitar el contagio.

Aún no ha estallado la diseminación, pero todos la esperan, sin comportarse como el poeta filipino que aguardó al Tsunami en Mindanao, con los pantalones abajo, sobándose los genitales. Más que una disposición al enfrentamiento, nos retraemos. La historia de ese poeta y su final, más extraordinario que su propia obra (si por obra se entiende lo que escribió Novarro), ha inspirado a algunos rapsodas que, en el encierro de las grandes ciudades, evocan a esos pequeñines que otrora pudieron hacerlos sonreír.

T, desde Nueva York, me contó que el día de su cumpleaños, la semana pasada, cuando la ciudad ya empezaba a sitiarse, decidió salir a un bar de negros. Quería coquetear y escuchar historias porque, en sus palabras, “quería echar[se]mano pero, si lo ha[cía], ten[ía] que lavár[selas] y le da[ba] pereza”. En el bar, pese a sus flirteos pueriles, escuchó la historia de un latinoamericano en Pekín que quiso “echarse mano” pero no podía porque no hallaba jabón para lavarse las manitas, así que se suicidó. La razón de la extrema medida de higiene, según T, no respondía al coronavirus porque, en la hermosa época cuando ello ocurrió, la pandemia era la del SIDA y, por lo tanto, aquél latinoamericano escuchó que, masturbador que no se lavara las manos, podía inocularse el vih. El hombrecillo era adepto de Hugo Banzer Suárez, con lo que se resistió a recibir una ración de jabón comunista en la plaza de Tiananmen y prefirió la muerte.

A la historia de este rapsoda, se sumó la de Hache, residente en San Cristóbal de las Casas. Él suele hablar en medio de unos eructos que hacen más sensual su acento salvadoreño, sobre todo cuando enuncia cosas como Salud Pública o Panóptico. Su esposa pretendió regresar a su país de origen justo horas antes que Nayib Bukele ordenara el cierre de las fronteras. Ella está en cuarentena, en unas instalaciones semejantes a las acondicionadas para los posibles campos de concentración en los que se hacinarán a los potenciales enfermos. Quizá sea la respuesta a las políticas migratorias que hace años tienen para con ellos en México y Estados Unidos, quizá ocurra que los rubios deban agolparse en las fronteras, aferrados a la posibilidad de no enfermarse para entrar a las llamadas “repúblicas bananeras” que serán el refugio donde apenas ocurren guerras civiles y matanzas selectivas.

Ene me enseñó, el viernes anterior, un vídeo tomado desde la cámara que instaló en su casa en San Juan Chamula. En ella aparece, en medio de la noche, una sombra amarilla que camina justo fuera de la construcción; se detiene un rato y sigue su camino. Ene me preguntó si era un fantasma; yo no supe si se refería a esa luz o a mí porque, desde hace un tiempo, su mirada percibe a criaturas que los ojos de los demás humanos apenas sabemos de oídas.

Proliferan las historias. Ignoro si las que aparecen en las agencias de noticias sean como los espectros de Ene o como el sudamericano que se mató en aquella China continental de comienzos de los noventa.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #2. Por Leandro Alva

Yo nací un día que Dios estuvo enfermo. Eso lo escribió alguna vez el gran César Vallejo, y creo que no es casual que el César haya venido al mundo un 16 de marzo. Esta tarde, cuando me topé con esa efeméride recordé el comienzo de Espergesia, aquel poema de Los heraldos negros, tan definitivo y urticante como un chicotazo detrás de la oreja.

Ayer se restringieron aún más las actividades públicas de los ciudadanos en mi país. A partir de hoy no hay clases y muchos trabajos se llevan a cabo desde la comodidad hogareña. Casi todo el mundo está de acuerdo en señalar lo acertado de la medida, aunque sigue siendo destacable la opinión de aquellos que creen saber más que los infectólogos y alzan su voz reclamando cualquier barbaridad. En Argentina existe un tipo humano particular que, según cuadre la ocasión, puede ser DT de fútbol, ministro de economía o, en este caso, especialista en pandemias. También existe un adagio que reza “a la gilada ni cabida”. Y creo que, en estos tiempos que corren, es una sentencia más que atendible.

Hoy tuve que ir a comprar algunos productos de primera necesidad al supermercado chino de mi barrio. Como era de esperarse, la cajera me atendió embarbijada. En primer lugar me sorprendió algo que había leído en redes sociales pero que quería comprobar “in situ”. No había rollos de papel higiénico, lo cual me llevó a preguntarme si la desinformación y el caos reinante impulsan a creer que el virus, en lugar de ingresar por las vías aéreas lo hace por el culo. En el super había pocos clientes, pero nadie se iba sin llenar su carro con avidez. Una notoria inclinación a manotear media docena de desodorantes Axe o diecisiete alfajores Jorgito de un saque lo impregnaba todo. Al parecer, existe un gozoso misterio en el acopio innecesario. Por mi parte, me llevé dos paquetes de fideos, dos de arroz, uno de polenta, dos de yerba, un par de vinitos, un agua mineral grande, un sachet de leche, un kg de comida para Nippur, un Capitán del Espacio triple y un alcohol (no en gel, no había). Con eso y algunas cositas que tenía desde antes presentaré batalla desde el bunker de Cangallo al 900. Es hora de mostrar de qué estamos hechos los temperlinos, carajo. Es ahora o nunca.

Mientras volvía de realizar mi compra me sentí una especie de Juan Salvo, sin escafandra ni carabina. Algunos autos remotos le ponían voz a la tarde y una vecina me saludó a través de su ventana (linda cuarentena podríamos pasar con la cuarentona, pensé). Al llegar a casa prendí la tele y todo seguía igual: los periodistas haciendo lo imposible por infundir pánico en la audiencia. Un asco. Así que apagué y me puse a escuchar un poco de música: lo último de Spinetta que se editó hace poquito y algunos tangos de Lucio Demare con Raúl Berón. Un elixir auditivo de lo más estimulante, que incluso ha logrado el milagro de hacerme mover un poco las patas, a mí, que bailo peor que el profesor Xavier, aquel pelado paralítico que comandaba a los X-men. Y de pronto me quedo pensando que tanto los X-men como El Eternauta no existen, claro, pero harían buena falta mientras Dios está enfermo y César Vallejo ha muerto, ¿o me equivoco?

En fin, la cuestión es que de un momento a otro mi estómago apremia e interfiere mis profundísimas cavilaciones. Apuro el paso camino al baño y me doy cuenta de que me queda un solo rollo de papel higiénico a punto de terminarse. Desde la compu me llegan los compases lánguidos de un valsecito. La vida puede ser una mierda, es cierto, pero no todavía.

Leandro Alva, Temperley, 16 de marzo de 2020.

EL CULMEN DE LA IGNOMINIA, por Zeuxis Vargas

ANDRÉS FELIPE ESCOVAR O EL CULMEN DE LA IGNOMINIA 

Por: Zeuxis Vargas

 

FELIPE ESCOVAR

 

Literatura policefálica, literatura de la estética Trash y literatura híbrida como dispositivos transgresores de la cultura.

Hacer literatura es obsesionarse por procurar universos. Es entregarse a una tarea que sólo es satisfactoria, mientras se realiza, para la pobre criatura que letra a letra, palabra a palabra, tramita con su imaginación la ambición de contar o decir algo innovador.

Claro está, que esta labor, completamente solitaria requiere ciertos conocimientos, lecturas y vida. Algunos optan por una vinculación a las tradiciones, se amordazan a los estilos, técnicas más reconocidas e historias justas para aquellos otros que consideran leerán sus obras. En este sentido, escribir constituye crear un público, cada texto apunta hacia la sensibilidad y los gustos de ciertos lectores y el futuro de esa literatura, su reconocimiento o su olvido dependerán cien por ciento de la generosidad de quienes pongan sus ojos con atención en las letras publicadas.

En Colombia, la literatura parece estar medida por las buenas costumbres y por el uso adecuado de ficciones que se ajustan a la escritura usual, o sea, aquella que narra historias probables, verosímiles, asequibles o sutilmente innovadoras. En resumen, la literatura nacional hasta hace pocas décadas le importaba muy poco, pero muy poco, experimentar con los costados más raros o inverosímiles de la escritura. Así que sin miedo alguno, cualquiera puede decir que Colombia es un país de literatura realista: dramas de la vida real o basados en situaciones históricas, tramas psicológicas, historias románticas o detectivescas, escritos cómicos y textos epistolares, estructuras biográficas o seudobiografías, crónicas noveladas, argumentos picarescos o satíricos y en muy contadas ocasiones, discursos aleg
óricos, son parte del material que se encuentra en la estantería nacional.

La ciencia ficción, el misterio, los argumentos distópicos, utópicos, ucrónicos, de fantasía y hasta góticos, que se desarrollaron con entusiasmo en Estados Unidos, España, Argentina, Gran Bretaña o Rusia, no lograron seducir a los escritores colombianos, que siendo buenos lectores de las mejores obras mundiales, contadas veces se aventuraron a experimentar con esta clase de visiones.

Contamos con algunos precursores, dos o tres nombres que se arriesgaron por historias sorprendentes y raras. Pero este campo arado parcialmente por un Fuenmayor, un Lizarazo, o un Sliger, no logró impactar con el mismo furor que lo hicieron Mary Shelley, Julio Verne o H. G. Wells en Europa; Lovecraft, Burroughs, Howard, Leiber o Bloch, en Estados Unidos; Tsiolkovski, Malinovsky o Zamyatin en Rusia.

Así que a diferencia de la ciencia ficción mundial que puede dividirse en períodos, tales como clásica, de oro, intermedia, tardía y contemporánea, o con otras clasificaciones, según el gusto histórico, y con representantes magníficos para cada uno de los conjuntos, en Colombia, hacer esta clase de distinción histórica sería en sí misma una quimera.

Pero para ser complacientes con aquellos que se sienten entrañablemente atraídos por esta clase de sistematizaciones, podríamos decir que el grupo pionero o grupo clásico mencionado, dio origen, casi 50 años después, al periodo de la ciencia ficción reconocida realmente como de origen colombiano. Quien inaugura esta etapa es German Espinosa y lo siguen, quizás, los escritores más reconocidos hasta la fecha de este género, ya que René Rebetez y Antonio Mora Vélez, son los padres, de todo lo que vendría después. Los dos escritores son, por así decirlo, los embajadores. Ellos hicieron posible la visibilización de un género y se constituyeron muchas veces en los jurados indiscutibles para valorar las nuevas obras de ciencia ficción colombiana.

Quienes han intentado realizar un archivo histórico de la Ciencia Ficción en Colombia han denominado a la ola que publicó a finales del siglo XX, como la generación de Cambio de siglo, la cual señalan, nace justo a partir del Primer concurso de cuento de ciencia ficción, iniciado en 1997, donde justamente Rebetez y Antonio Mora Vélez, fueron los jurados. Esa camada de escritores, que ahora si podemos decir, con agrado, pasan de cinco, se unen inevitablemente con los escritores del siglo XXI, o sea, con aquellos jóvenes nacidos en los 80 y los 90.

Hay un lazo común que une a los escritores de fin de siglo con los del siglo XXI, ese lazo es la tecnología. Los primeros, vivieron el nacimiento del internet y se acomodaron con facilidad a la globalización y el neoliberalismo, comprendiendo las razones y sin razones de la era digital, de la cual, ellos mismos fueron protagonistas y testigos; los segundos, por su lado, nacieron con aquellos dispositivos y ese mundo en red, en sus manos, son hijos naturales de la informática y por lo tanto tuvieron desde niños el privilegio de reforzar con más rapidez sus habilidades y destrezas para comprender los nuevos senderos y lenguajes por los que la era digital evoluciona.
Así que hablamos de una conglomeración literaria de la misma estirpe, algo así como una familia de primos que consiguen hablar el mismo idioma con las mismas reglas naturales que los códigos sociales les dictan.

De esa última camada de escritores es que proviene Andres Felipe Escovar, un joven catedrático de la universidad del Rosario, que a finales de la primera década del siglo XX, comenzó a generar una literatura cooperativa. O sea, aquella que se hace a dos, tres o cuatro manos y que conlleva el desvanecimiento del autor. Borges y Bioy Casares lograron escribir de esta manera y sin esfumar al autor idearon la brillante estrategia de propiciar, para su arreglo mutuo, la creación de un autor etéreo. Bustos Domecq, es ese autor irreal o fantástico que firma las obras escritas a dos manos por dos de los más grandes escritores de la Argentina. Quiero creer que este ejercicio fue la chispa que dio pie para que Cermeño, Marsella y Escovar, les diera por hacer una literatura policefálica exitosa, a diferencia de este fenómeno dado en la naturaleza, en todas las especies, y donde aquellas criaturas que nacen con esta condición mueren precozmente, la literatura policefálica, ha proveído al mundo con grandes obras nada defectuosas. Lo más llamativo es que esta clase de obras parecen desbrozar un nuevo camino, una clase de género neófito capaz de convertirse en un paradigma literario.

Así que si este experimento en un futuro se posiciona como una rama indiscutible para crear literatura, Escovar y Cermeño serían los pioneros nacionales. Solamente, con el hecho de ser el iniciador de la literatura policefálica, le bastaría a Escovar para ganarse un lugar en la historia de las letras nacionales. Más allá de este logro, es necesario reconocer dos circunstancias extras que hacen de la escritura de Andrés Felipe, un acontecimiento favorable para la literatura nacional.

La primera tiene que ver con el hecho de que junto a Cermeño, Escovar es también precursor de aquello que podríamos denominar como literatura extravagante, grotesca dura o literatura de la estética Trash. Esta clase de estilo que se dio una vez en la literatura estadounidense con Flannery O’Connor, y sus personajes a los que les faltan piernas, ojos o son asesinos seriales con remordimientos morales y que logra su punto álgido con Denis Hale Johnson, en su libro de cuentos Hijo de Jesús, también tuvo lugar en Europa con las historias surrealistas de Boris Vian, pero donde más tuvo proliferación fue en el cine con películas de culto tales como Freaks; Pink Flamingos; Guinea Pig: Mermaid in a Manhole; Nekromantik; Gummo, o algunas películas de Lynch y del primer cine de Jodorowsky.
La estética Trash, en sí misma es una trasgresión al gusto, o lo que podríamos reflexionar como una búsqueda de intencionalidades estéticas que permiten subvertir lo normal y normalizar aquello denominado socialmente como asqueroso, grotesco, extraño, perturbador o fenomenal. Así que la estética trash es algo que va más allá del camp o el kitsch, ya que filosofa sobre lo anormal o lo repugnante como categorías sociales que pueden ser superadas para ser observadas y analizadas como expresiones transgresoras de la cultura que al ser normalizadas comienzan a tener un mundo propio, un universo fenoménico interiorizado a la naturaleza de seres que ya no serían excluidos sino diversos y tolerados.

Este monumental ejercicio, que en la literatura logró proporciones polémicas con El fiord de Osvaldo Lamborghini, con Las tripas de Chuck Palahniuk o con Larva de Julián Ríos. Consiguió su representación en Colombia con el libro policefálico de Cermeño y Escovar titulado The Lola Verga’s big band.

Ya tenemos dos aspectos por los que Escovar es no sólo uno de los grandes escritores colombianos, sino a su vez uno de los renovadores de la literatura colombiana. Pasemos pues a discutir el último aspecto.

Su más reciente novela se titula Aniquila las estrellas por mí. Esta Opera prima, ya que es su primera obra en solitario, es un punto importante como publicación histórica para la ciencia ficción en Colombia. La obra trabaja, desde la estética trash, ya comentada, las posibles realidades de situaciones históricas que por ser disparatadas no dejaron de ser reales y reflexiona desde una trama de ciencia ficción suave, aquella posibilidad prevista por Philip K. Dick, donde, en el futuro, los seres humanos estaríamos bajo una sociedad vigilada mental y oracularmente.

A diferencia de El informe de la ironía, que cuenta con las fuerza policiaca Precrimen y los precognitivos, El mundo de Escovar en Aniquila las estrellas por mí, cuenta con una agencia policial que tiene a su servicio los verificadores de imaginerías, o sea, aquellos funcionarios que escudriñan los recuerdos de los muertos.

Este argumento que fue utilizado en la película La memoria de los muertos, protagonizada por Robin Williams, se ve modificado en la obra de Escovar, ya que, al contrario del filme donde la grabación mental sirve para perpetuar y mantener el recuerdo de los muertos, en Escovar, sirve como medida de control y coacción. Este sistema de poder, de ojo que mira hasta en los recuerdos de los muertos para criminalizar y mantener el orden social, abre la posibilidad de un mundo oneroso, aprehensivo y asfixiante que no da cabida a ningún tipo de libertad.

La novela es, entonces, un testimonio de una dimensión posible que por sí sola ya nos sumerge en una atmósfera agotadora y neurótica. Sin embargo, es la forma en la que está escrita esta obra lo que permite descubrir la circunstancia final que hace de la literatura de Escovar, un referente inevitable de importancia histórica para las letras de la ciencia ficción colombiana. Se trata pues, de una obra escrita bajo la hibridación técnica, estilo netamente postmoderno y que sigue siendo reconocido por el Ulises de Joyce, Los reconocimientos de Gaddis, El plantador de tabaco de Barth o, últimamente, por las obras de Vila-Matas y Javier Cercas.

Esta clase de literatura fronteriza, que mezcla ensayo, informes, epístolas, drama, poemas o imágenes, logró su última y más evolucionada forma con La casa de hojas de Mark Z. Danielewski.

La obra de Escovar es uno de los primeros híbridos de ciencia ficción, escritos en el siglo XXI en Colombia. Así que con esta última circunstancia, se puede decir que la literatura lograda por Andrés Felipe, hasta el momento sería el culmen de la ignominia, entendiendo ignominia, en este caso, como la afrenta indiscutible que un joven escritor ha logrado para con la tradicional y ya casi reseca literatura colombiana.

Un aplauso grande pues, para este escritor que con tres saltos de fe revolucionarios ha logrado oxigenar las letras nacionales. Si no lo han leído, ¿Qué esperan?

Zeuxis Vargas, 2020

 

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires. Por Leandro Alva

Hace un puñado de días que la OMS declaró la pandemia y el mundo pegó un giro como la moneda de un árbitro antes de comenzar la contienda definitiva. Y claro que lo primero que recordamos fueron todas las películas de zombies apocalípticos, guerras bacteriológicas, epidemias manufacturadas en laboratorios maquiavélicos y enfermedades mortales que se transmiten mirando TV. Y por supuesto que la TV y las redes sociales engordaron, en base a la difusión de paparruchadas sin ningún fundamento científico, un pánico incipiente que hasta hace poco no estaba allí. Y ahora sí, nadie te abraza, nadie te besa, nadie te toca, nadie comparte un mate, la gente se aguanta la tos hasta desfallecer y mira con desconfianza a quien osa soltar un estornudo. Muchísimos eventos públicos han sido cancelados y no se sabe cómo va a seguir la historia. Encima, hay algunos que volvieron de Europa y se hacen los giles y no respetan la cuarentena obligatoria. Así las cosas, mucha gente corre desesperada a comprar barbijos y alcohol en gel, pero ya no hay. Los médicos aseguran que no hacen falta, sin embargo hay personas dispuestas a salir “de caño” para volver a casa con un par de souvenirs farmacéuticos, que seguramente van a servir de alivio momentáneo a la paranoia imperante.

Hoy viajé en tren. Temperley – Monte Grande. Llovía bastante y había pocos pasajeros. Un panorama desértico lo humedecía todo, como si un gran pañuelo universal lleno de flema y mocos nos envolviera para regalo. El ciego del puente de la estación estaba en su puesto de combate, el de siempre. Pasé y le dejé unas monedas. No sé qué carajo dijo acerca de la muerte, nunca le entiendo bien lo que dice. Bajé al andén y me subí al vagón mientras chequeaba en internet algunos “tips” bastante contradictorios acerca de las precauciones que hay que tomar si aparecen síntomas de la peste de moda. Alguien tosió en otro vagón y todos giraron el cogote para ver quién era el hijo de mil putas. Dos pibes se rieron y dijeron algo del fin del mundo. Pasó un vendedor de chocolates y no vendió nada. Llegué a destino: un centro cultural donde doy un taller literario todos los sábados. El pequeño grupo que asistió hablaba del Covid 19 y lo relacionaba con la literatura. Creo que Burroughs dijo que el lenguaje es un virus y acaso sea cierto. Burroughs era un sacado, pero no era ningún burro. Cuando terminó el encuentro de taller tuve que volver a casa. Llovía más que antes, mucho más, y llegué empapado. Comí un guiso de arroz caliente y recobré un pedazo de mi alma, que parecía un diario de 1912 abandonado en el Titanic. Después hablé con un amigo que vive en Praga y me contó algunas resoluciones del gobierno checo en cuanto al cierre de las fronteras y la prevención del contagio. También nos atrevimos a esbozar alguna teoría conspiranoica y hablamos de Borges y el tango. Cuando dejamos de conversar empecé a toser y mi vieja asomó la cabeza por la puerta entreabierta de mi habitación. Me preguntó si estaba todo bien. Le dije que sí. Dormí un rato y miré el partido de Temperley por la web. Otro empate, qué mierda. Acto seguido, me levanté a preparar unos mates y la encontré a mi santa madre en la cocina con un barbijo puesto. Me dijo que me hiciera mi propio mate, que ella tiene 67 años y no va a correr ningún riesgo. Y ahí nomás improvisé unos amargos, como un retovado compadrito de Borges.

Leandro Alva, Temperley, 14 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día nueve

Puede que el Coronavirus haya parado sus actividades el domingo durante las marchas en San Cristóbal. Nadie se protegió la boca con un barbijo y muchas se abrazaron y se besaron.

Ayer, lunes, en las calles y oficinas hubo pocas mujeres. Ellas pararon, pero las turistas no; se, como siempre, arracimaban en los puestos de ventas de artesanías o le compraban una pulsera a alguna muchachita que viniera de Chamula. Porque también hubo algunas mujeres que trabajaron, principalmente las vendedoras ambulantes y las que atendían en los cafés y restaurantes.

El Coronavirus deja de llamarse así. Se difumina entre nuevos chistes y noticias, como la del desplome del precio del petróleo; el virus ha cerrado sus fronteras en algunos estados como Italia y también se cerca su capacidad terrorífica. Y, pese a que algunos medios persistan en el miedo, el valor del hidrocarburo se ha convertido en la principal fuente de pánico.

En San Cristóbal, la espera de la llegada del corona – que ya lo llaman Covid-19, en un paso más hacia su naturalización y consiguiente descenso en la tonalidad del miedo- se ha acabado. Aún me aferro a una nueva oleada que se creará desde los Estados Unidos; Trump no ha sido capaz de nombrar a la enfermedad y se refiere a ella como “el virus del que todos hablan”, lo cual es el atisbo de una nueva campaña que puede incrementar la venta de tapabocas y alcohol en gel.

Ayer, sin embargo, mientras caminaba por uno de los andadores, me topé con el aviso de una farmacia en donde se promocionaban los productos necesarios para combatir a la virtual pandemia: se ha hecho necesario poner avisos, impulsar al pánico porque este no estalla del todo. A mí la tos se me ha escapado de a poco y trato de toser para recordar los días de frío, asfixia y espera. Todo se va: queda el sol y la primavera. Quedan las alergias y el empecinamiento de continuar con un diario que se espacia entre una entrada y otra y que se debate en el olvido, como el corona que, pronto, dará paso a la dicha de la vida normal del mundo y a la segmentación de las plagas a porciones terrestres que a nadie le importan.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día siete

El día seis fue un vacío. El día séptimo, también. De no muy lejos llega la música de una iglesia evangélica; cada semana se repite la melodía de una balada que no cesa de sonar durante un par de horas. No logro escuchar lo que dice, pero supongo, por la cadencia, que es una loa al abandono que cristo inflige: una lisonja que llama a la reconciliación, entrega y sumisión propias de una relación remachada por la culpa que llenará de vacío los días venideros.

La iglesia celebra con gritos y bailes el séptimo día y la aparición del hombre. Muy cerca hay otras que pululan en San Cristóbal de las Casas. Mucho tseltal, tsotsil, tojolabal o ch´ol se afilia a estos templos y se dedica a escuchar las loas durante los demás días de la semana. No es extraño escuchar las baladas a cristo en los taxis e, incluso, en las llamadas cocinas económicas.

A esta música que retoña los domingos, se ha sumado el regreso del sol. Pasaron las tres jornadas frías, aquellas que parecían el escenario propicio para la paranoia. Quizá, como ocurrió el primer día de la creación de esta plaga, hace justo una semana, todo se robustezca con la calidez de la primavera… esa extraña primavera, cercana a la selva pero con los visos de un país que se autoconstruye como estacional.

Entre el vacío de estos días de encierro, recordé que mi edad ya sobrepasa la presumible mitad de la vida. Y aparecen los lastres, las ausencias y lo que me abstuve de realizar. Incluso me tiento cuando husmeo los muros de Facebook de algunos compañeros de la universidad; todos ellos abogados, con familia y altos cargos en empresas privadas o gubernamentales. Yo abandoné esa perspectiva, o ella me abandonó a mí, para quedarme en la casa de mis padres e inventarme que escribía, con lo cual tuve que publicar y así justificar esa decisión que no fue más que un pretexto para hacer algo que se pareciera mucho a hacer nada y naderías.

Hace algún tiempo hablaba con un amigo de Bogotá -una mañana de esas de días ordinarios, sin pestes ni accidentes graves-, mientras tomábamos un café y comíamos una galleta de avena para diabéticos en la única panadería para estos enfermos que había en varios kilómetros a la redonda, que hubiera sido mejor ocupar el lugar del idiota de la casa; vestir un pantalón de sudadera y peinarse de medio lado, muy fuerte hasta quedar calvo, y acompañar a la mami pensionada a comprar el mercado del mes mientras los hermanos ya se han casado y tienen hijos y tratan asuntos que al idiota apenas le importan. A este idiota, su idiotez no le alcanza para que se lo considere como especial y se lo inscriba a alguna institución; tiene la capacidad de usar el transporte público y nadie entenderá que él también tiene deseos sexuales. Es más, será el único en quien pervivirá el deseo sin que medie un coito para exacerbarlo y renovarlo; esta forma de idiota será el último reducto de una época de mierda que declina para que llegue un estercolero renovado.

Yo hui de ese monumental hundimiento. Me interné en la medianía de quien finge interés para que le paguen por una investigación que nadie leerá, ni siquiera yo mismo y por eso me retumba el Covid 19 como una sombra redentora parecida a la que cantan en las iglesias evangélicas: haré canciones, baladas al Covid-19 y su apatía.

Es tal el declinar o el cansancio generado por la virtualidad de la plaga que no llega que ayer fui a una reunión de muchachos y muchachas más jóvenes – invitado por un joven amigo que me ve como a un señor cansado- y todos ellos descreían de la enfermedad; no me vieron con sobresalto cuando entré abrigado y tosiendo cada tanto. Supongo que adjudicaban mis accesos al aire apestado con el humo de la marihuana que circulaba como el preámbulo de la fiesta. Estuve el rato suficiente para saber de mi medianía y mi mediana edad, para recordar mi hambre de haber sido uno de esos idiotas limítrofes. Entre las charlas, discerní las de las muchachas que referían los puntos de encuentro para las marchas de hoy y lo que ocurrirá mañana en el paro de mujeres.

¿Hará paro el coronavirus? ¿Será mañana su embate? ¿Acaso el nueve de marzo de 2020 es una fecha que olvidó el fray Nuñez en sus visiones terribles y se instalará como un nuevo apocalipsis? ¿Hay alguna posibilidad, un humano, salvo el idiota limítrofe, que considere que su vida no se desperdició? ¿Acaso el idiota limítrofe es el único que sabe que vino a comer desperdicios y a esperar a esa muerte que no le importa que la vehicule un balazo, una enfermedad o un accidente?

Pese a la indiferencia de quienes festejaban, una jovencita se percató de mi tos y me preguntó de dónde venía. Le dije que de China, aunque pasé un par de días en Milán. Ella sacó un frasco de gel desinfectante y me recriminó por no haber ido al hospital, al tiempo que embarraba sus manos. Le contesté que temía que me metieran en una celda de vidrio para analizar la evolución de la peste en mí.

Dejé la fiesta a las diez y media de la noche y llegué a ver documentales del Universo.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día cinco

Mañana ni siquiera seré un mal recuerdo: como una admonición a cualquier promesa de eternidad que gravite en torno a la memoria, se inserta en los enunciados que, a lo largo del recorrido, uno se encontrará. No me refiero al cementerio de San Cristóbal sino al de El Triunfo, en Colombia. Triunfó el coronavirus y su entrada, entre laureles de prócer, fabulan un pánico que anuncian a la plaga.

Seguramente, en el cementerio de El Triunfo no yace ningún triunfador. Si es que por triunfo se le denomina a un espejismo en donde el nombre sobrevive al cuerpo por algunas centurias. El Triunfo mismo se abroga su nombre porque ni siquiera será un mal recuerdo. La Tierra misma tampoco lo será; el cielo, en esos espacios oscuros, está lleno de cosas que se postran en algo más profundo que la amnesia.

Pese a la cercanía de San Cristóbal con el Coronavirus de Tuxtla, este dio un salto cualitativo y llegó a Bogotá. Los senderos del virus son semejantes a los de los electrones; no hay trayectoria que pueda predecir los puntos de partida y llegada porque no hay de dónde salir ni a dónde llegar.

También mis pensamientos saltan y los dirijo a mi ciudad de origen; sin cerrar los ojos, me figuro a sus calles sembradas con caras muertas y abrigadas con tapabocas. Pero esto es más una ilusión, como la del cementerio de El Triunfo. Triunfar también consiste en carecer de deudas bancarias y ningún muerto de ese lugar puede considerarse triunfador. Todos le deben algo a alguna entidad que haya promocionado un crédito para comprar la comida a unos pollos que se murieron de SARS o una casa que se derrumbó con el último terremoto. Las que jamás se muere ni se derrumba son las deudas: los espacios negros del cielo son los saldos en rojo de las cuentas bancarias y los intereses mensuales causados por un préstamo con cláusulas leoninas.

Covid-19 es uno de esos créditos, firmados por un laboratorio que cobra por anticipado el precio de una vacuna que aún no inventa. Y si no hay lugar a la vacuna, se acude a una renovación de modelo: Covid-20, Covid-21, Covid-22, hasta que se pase a otras siglas o se le diga, genéricamente, el mal chino.

Y chinos malos sobran, como dicen en El Triunfo, como lo repiten en San Cristóbal. Pero ya este asunto no es cuestión de los chinos sino que hasta el mismo clima de Chiapas se ha plegado al frío para propiciar un ambiente más adecuado con l una plaga. Hoy el cielo semejó el otoño, y los árboles que se guían por las estaciones más adheridas al ártico permanecen pelados, como chamizos prestos a incendiarse por la misma providencia divina que designa las hecatombes y sus víctimas.

En esa baja de temperatura se llevó a cabo un concierto de cello en el norte de la ciudad. Interpretaron Adiós Nonino y, en el intermedio, un guitarrista ejecutó unas composiciones de Agustín Barrios. La presencia de Sudamérica me retrotrajo a otros tedios, más juveniles, y, por lo tanto, más llenos del entusiasmo de extinguirlos. Ahora soy un tedio que se asume como tal y quiere más cucharadas de aburrimiento.

Espero a Covid-19 y puede que sólo me llegue el 21 o el mero mal chino en forma de un plástico que se rompe tan rápido como la bolsa en la que viene envuelto. Quizá no tenga el suficiente pasado crediticio para hacerme al virus. Quizá todo consista en sentarse a esperar la enfermedad mientras se muere esperando.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día cuatro

El calor y el viento frío provoca que los habitantes de San Cristóbal salgan con abrigos delgados mientras que los turistas se coloquen, apenas, un esqueleto y calcen alpargatas. Unos sienten frío y otros calor; entre el tiritar de uno y la transpiración del otro, aparece una tenue desconfianza y el hambre de un final del mundo en un municipio que parece cumplir, al menos en sus andadores del centro, las características de una postal de National Geographic.

Hace mucho tiempo, un obispo de Chiapas, un dominico neogranadino que se llamaba Francisco Nuñez de la Vega, avizoró dos posibles levantamientos apocalípticos que tendrían como centro a Chiapas.

El primero de ellos, según el profeta que se ocupó de acabar con cualquier credo o rito que fuese en contravía del catolicismo, ocurriría en 1712. En ese año ocurrieron cosas que, para algunos, fue el fin de una época e, incluso, de su mundo: se levantaron los tzeltales en Cancuc y empezaron a llamar a San Cristóbal-nuestra Ciudad Real- Jerusalén, pues estaba llena de impíos de sangre española que podía trocarse por la de los malhadados judíos y buscaban su caída gracias a la sublevación.

Para infortunio de los tseltales, Jerusalén no cayó y, pese a que no es la ciudad más grande de Chiapas, pervive y es una babel en cuyas puertas abiertas se exhiben y venden artesanías costosas, joyería hecha a base de plata y ámbar y blusas coloridas que bien pueden funcionar como souvenir o como rasgo distintivo para acceder desapercibido a alguna casa de altos estudios culturalistas.

La segunda premonición de Núñez apuntó a una nueva hecatombe que tendría lugar en 1994.  Ese fue el año en que el EZLN llegó hasta San Cristóbal y protagonizó la narrativa de una revolución que funcionó como un estertor ante la andanada de triunfalismo que se orquestaba desde los Estados Unidos, desde que se destruyó la burocrática Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Por unos días pareció que Francis Fukuyama sería mordido por los murciélagos de la selva Lacandona.

El mundo siguió andando, a pesar de las revoluciones siempre encharcadas en mitad de sus propios sueños y del pregonero Nuñez.

Y seguirá andando a pesar de mi sudor frío y de la tos. O del coronavirus que ya empieza a cansar a los habitantes: no llega a San Cristóbal y poco a poco empieza a difuminarse, salvo porque haya un estallido que, de una vez por todas, sacie el hambre de una catástrofe equiparable a la angurria del fray dominico.

Hace un par de días un lector comentó que el coronavirus iba a ser como la visita del papa a Colombia: mucha expectativa y una subsiguiente decepción. Lo que decepciona es la falta de letalidad y su lentitud; de hecho, puede que sea letal pero, si es tan perezosa como el SIDA, termina por convertirse en una afección asimilable a la naturaleza propia de vivir. Es como si el juicio final tomara los mismos tiempos que un proceso judicial en un juzgado: quizá ese juicio se convierta en el punto final de un purgatorio lleno de bostezos cuyo sellamiento es una condena inimportante.

Hoy San Cristóbal está escéptico e incurre en su normalidad. Los turistas se toman fotos y se sienten en el fin del mundo, o el confín, porque el fin parece ser asunto de Fray Núñez, al menos en estas latitudes.

Hoy hubiese sido un día maravilloso para que la peste comenzara, pero lo único que semeja a un embate de proporciones bíblicas es la avalancha de turistas enrojecidos como langostas que, por donde pasan, dejan un hálito de mortandad, como las langostas, las otras, las que azotaron a Egipto. Y, pese a todo, Egipto continuó.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día tres

N. me dijo que lo quieren matar en su pueblo. Ignora quién y supone que es envidia porque él está construyendo, por fases, una casita cercana a la de sus padres. N. va todos los fines de semana y pasa una noche allí.

El pueblo en el que nació y creció se llama San Juan Chamula, queda muy cerca a San Cristóbal, a no más de treinta minutos en automóvil.  Este lugar lo apetecen antropólogos para ejecutar sus investigaciones; desde las fiestas hasta los rituales que se hacen dentro de la iglesia, sirven para poner a prueba teorías que les acrediten un título doctoral, pero los habitantes prohíben las fotografías, con lo que las apuestas por un buen trabajo se redoblan.

A N. el temor de su asesinato se le disipó cuando se enteró de la llegada del coronavirus a Tuxtla. Desde ese momento me suele preguntar cuál es el avance del virus y no oculta su temor cuando me ve toser o siente que mi voz es más gangosa que de costumbre. No sé por qué le teme más al hipotético embate de una peste que a los presuntos asesinos que suelen acercarse, encapuchados, a su inmueble, y trazan cualquier trampa para que él caiga muerto. Ni siquiera se ha planteado que quizá lo que quieren hacer sus agresores es asustarlo para que se paralice.

A D el coronavirus es un temor que sólo lo petrifica cuando habla conmigo. Hoy me contó que en la agencia de noticas rusa RT informan la existencia de una cepa más agresiva que el Covid-19. Días antes me dijo que lo que más lo angustiaba era la virtualidad de la angustia de enfermarse porque eso le bajaba sus defensas y su aparato inmunológico se convertía en una presa fácil para las afecciones.

También me he topado con los que ocupan cargos de intelectuales en diferentes instituciones. A la mayoría de los pertenecientes a ese gremio no les da el más mínimo asco saludarme por mi resfriado, muchos descreen de la gravedad del virus y alegan que se han perdido muchos tapabocas que bien hubiesen podido usarlos personas en quimioterapia y no incautos a los que manipulan las corporaciones mediáticas.

Con respecto a ellos he pensado que puede ocurrirles lo de Perlongher: escribió un libro donde denunciaba el estrangulamiento del deseo a partir del SIDA y años después adquirió, como en una oferta, el síndrome de inmunodeficiencia.

Las actitudes frente al coronavirus se diluyen como los rostros tras los tapabocas. Acá no he visto un desfile de personas que tengan medio rostro tapado, pero cuando preguntas en un almacén por un barbijo te contestan que no hay disponibles. Me dijeron que la escasez se debe a que los chinos fabrican esas cosas y, seguramente, si llega un barco atiborrado de las mismas, estas estarían contaminadas y el máximo vector de la peste sería el elemento que la combate: el caballo de Pekin y el consiguiente triunfo final de la revolución cultural.

Acabo de ver que han cancelado las más importantes carreras de ciclismo que se llevarán a cabo en Italia durante este mes. También a mi celular llegó la notificación de que un perrito, en Asia, se contaminó con el COVID-19. Pronto la peste se convertirá en una amenaza mundial para las mascotas y se estatuirá un peligro mayor porque tanto los monocultivos de soya como el eterno amor a nuestros compañeros fieles, estarán por el terror y la debacle económica.