archivo | Mil Asmas RSS para esta sección

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #8. Por Leandro Alva

Y así, en cuarentena, llegó el 24 de marzo. Una de las fechas que nunca va a cicatrizar en la memoria de los argentinos, pero también una fecha de comunión popular que esta vez no podrá ser corporizada. Hoy no se puede realizar la marcha tradicional a Plaza de Mayo por obvios e infectantes motivos. Pero cada uno, a su manera, desde su casa, recordará a los 30000 detenidos desaparecidos que nos arrebató ese otro virus letal. El 24 de marzo de 1976, la dictadura más sangrienta que hayan visto estas pampas usurpó el gobierno y comenzó a perfilarse como la mejor alumna del Plan Cóndor. Exterminio sistemático, torturas, asesinatos, apropiación ilegal de recién nacidos, vuelos de la muerte y un largo etcétera de violaciones a los derechos humanos. Todo eso recordamos cada 24 de marzo. Para eso nos reunimos en la Plaza y en diferentes puntos del país. Para que no se repita. Sin embargo, por culpa del malhadado coronita, este año no podrá ser. Los pañuelos blancos de madres y abuelas se han transformado en barbijos, pero eso no nos impide alzar la voz desde donde estemos. Y si desafinamos más allá de lo tolerable, como en mi caso, siempre tendremos a mano una canción de la Negra Sosa.

Ya llevo dos días sin asomar la trompa a la calle. Tengo que cortarme las uñas porque el teclado de la compu está dificultando mis destrezas taquigráficas. Y debo afeitarme sino quiero parecerme a Barba Roja, aquel luchador de Titanes en el Ring que vivía a pocas cuadras de casa. Esos son mis problemas por ahora: minucias, ridiculeces, pequeñas ansiedades. Los verdaderos problemas los tienen otros, como a las vaquitas de la canción. Pero la taba se puede dar vuelta en cualquier momento, así que hay que estar preparado.

En el día de hoy se registraron numerosos contagios y dos decesos a causa del covid 19. Y ya hay gente que se está impacientando más de la cuenta. Humildemente, yo creo que a pesar de todo la vamos llevando bastante bien en comparación con otros países. Nadie ignora que la cosa se va poner más espesa que un locro, pero es muy difícil hacerse a la idea y mantener la calma. Solo nos queda cruzar los dedos para que la tormenta pase pronto y para que la cura llegue aún más pronto. En otro orden de cosas, también me enteré de que los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 se posponen un año. Era de esperarse; me cuesta mucho imaginar a un boxeador con barbijo o a un garrochista con guantes de látex.

Yo vine al mundo poco tiempo antes del golpe de estado que se recuerda hoy. Y hace unos años, para esta fecha escribí lo que sigue:

Nací en diciembre del ´75.
El golpe tiene mi edad
pero no envejece.   

Esperemos que me haya equivocado, aunque debo reconocer que todavía quedan fascistas de cotillón con veleidades castrenses que niegan el genocidio y reivindican el rol de los militares durante los años de plomo. Esa gente existe, y eso me entristece. De cualquier manera, el 24 de marzo de 2021, si el covid 19 lo permite, yo pisaré la Plaza de Mayo para abrazar a mis compañeros. Para que nada de lo sucedido vuelva a suceder.

Leandro Alva, Temperley, 24 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día veinticuatro

El optimismo es la peor perspectiva

Mi diario del coronavirus son puras necrológicas, me escribió Ele. Su mundo ha empezado a caerse a pedazos desde que nació y ha sido una necrología de sus sueños. Cuando yo le decía, entre chapuzas y lamentos, que todo se había ido a la mierda, él me corregía o agregaba que, más bien, las cosas se están yendo a la mierda: él ve un derrumbe, lo señala con su dedo índice mientras la tierra se desploma y parece frío pese a que la primera construcción que se destruye es la de su casa.

Lo que intento escribir es una lista. Me remito, primero, a ayer, cuando Oemefe me mostró un titular de Jornada que refería un intento de suicidio en el centro de Cieudad de México; un muchacho de 26 años se tiró desde un primer piso y no sufrió ni una sola contusión, con lo que se lo entregaron a sus padres. Apenas leí eso me pregunté si una especie cuyos miembros se intentaban matar así merecían el exterminio con un virus. Y luego también pensé que yo buscaba adjudicarle una enseñanza o moraleja u horizonte a algo tan ciego como un virus, a algo que se adhiere a nuestras células como a cualquier otro objeto y deambula con su ARN sin ninguna intención como la que yo le adjudico.

Ayer volvieron a cantar canciones en la iglesia evangélica. Y a esta hora repiten el concierto. No me interesa escuchar lo que dicen, ni tengo la intención de inventar algo. Quisiera carecer de intenciones como el virus y deambular.

Esta mañana, en el noticiero radial, un señor de avanzada edad- al menos eso parece por su voz-, alardeaba el estirón que tuvo la bolsa de los Estados Unidos y el ambiente optimista con el que se despertó hoy Wall Street. Pensé en los delfines que nadan en los canales de las ciudades y en los tiburones que se zambullen en las piscinas y flotan, asoleándose: vendrá el embate y el asesinato: vendrá la emboscada humana. Se harán nuevos proyectos de monocultivos, como el que mencionó López Obrador esta mañana con respecto a la caña que Estados Unidos quiere importar; a los pobres los arrinconarán aún más y deberán comer más animales silvestres; esos pobres contagiarán a los patrones; estos a otros patrones y los patrones a sus empleados y estos a los pobres y los pobres morirán pero se renovará el índice de pobreza con los empleados que han perdido sus trabajos por las nuevas cuarentenas y ellos comerán los animales salvajes que antes repudiaban: ¿las ratas algún día serán salvajes?: todo se está yendo a la mierda.

También anunciaron la muerte, a los 103 años, de Nacho Trelles, un famoso técnico del fútbol profesional de México. En los obituarios radiales llamaron a sus amigos y, entre ellos, a un señor que aludió dos anécdotas del recién muerto. En la primera contaba cómo don Nacho afirmaba creer en Dios pero se preguntaba dónde estaba porque hacía mucho que no lo había vuelto a ver. La segunda se remonta al día en que el entrevistado le preguntó a Trelles por su edad y este le dijo que tenía cien años.

-Ciento tres- le corrigió una de las hijas al otrora entrenador.

-¿De cuántos años quiere morirse?-le inquirió el ahora entrevistado al ahora muerto.

– De ocho-contestó don Nacho.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #7. Por Leandro Alva

“No tener una idea y saber expresarla: eso hace al periodista”.

Karl Kraus (1874-1936) 

El señor periodista, diplomado con honores en la UBA, de traje azul y corbata bermellón, enumera las medidas de higiene aconsejables para prevenir el virus.

El comunicador social, experto en epidemiología, de traje azul y corbata bermellón, repasa la cantidad de contagios en todo el mundo.

El locutor del noticiero de las 19:00, de traje azul y corbata bermellón, perora sobre acuciantes conspiraciones políticas y guerras bacteriológicas.

El hombre que halla solaz en su verba, de traje azul y corbata bermellón, sostiene que el principal responsable de la pandemia es China y sus costumbres alimenticias.

El tipo ese de la tele, de traje azul y corbata bermellón, dice que el desarrollo de una vacuna no va a llegar a tiempo para evitar la muerte de millones de seres humanos.

El aflautado charlatán de feria, de traje azul y corbata bermellón, sostiene que la catástrofe es inminente, que estamos en situación análoga al conflicto bélico.

El malparido que vive del chamuyo, de traje azul y corbata bermellón, dice que en algunas ciudades italianas los cementerios no dan abasto y los cadáveres se pudren en la calle.

El embustero hijo de mil puta que defeca por la boca, de traje azul y corbata bermellón, asegura que ya no hay vuelta atrás, que muy pocos van a sobrevivir.

El pedazo de mierda que inunda los hogares con su aliento a peste, de traje azul y corbata bermellón, acaba de confesar que ha contraído el virus.

El señor periodista, diplomado con honores en la UBA, de traje azul y corbata bermellón, ha cerrado la boca.

Leandro Alva, Temperley, 23 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día veintidós

Susana con los brazos extendidos, como Cristo

El domingo, la iglesia protestante no cerró; adentro cantaron, o aullaron. Y sus proclamas no las logré discernir. No sé hasta cuándo mantengan la decisión de continuar con los ritos; creo que son los martes o los miércoles son los otros días en que intento escuchar sus canciones desde mi casa.  Quise entender lo que cantaban, me apresuré a inventar posibles estrofas en donde le piden a Dios que la peste no los arrase: ellos imploran su salvación particular; hipotético canto, es mejor que se diezme la población de lis incrédulos pues ello convencerá al remanente que sobreviva a la plaga de que Dios tiene una ira tan cruel como cruel es su amor.

Aún recuerdo el domingo y garrapateo versos cristianos que se disuelven. Luego intento hallar a alguna araña que descienda, en su hilo, desde el techo de la casa. Al me contó que había empezado a escribir desde el punto de vista de las cosas y otras criaturas que habitan su apartamento, es un ejercicio de paciencia y prosa contenida que yo no puedo hacer porque siempre miro hacia afuera, a ese gran parque contra el que da mi casa y donde, a mediodía, cuatro borregos arrancan con sus dientes frontales la hierba corta. Se llaman Cornelio, Chispita, Mancha y Luno. O corren unos pollos que recién empluman; buscan, despavoridos, a las lombrices. O cantan unos pájaros que jamás han abandonado a esta parte de la ciudad. Y también evoco la consabida broma de que ahora aparecen animales silvestres en las calles y recuerdo que alguna vez pensé que el rey Kong se tiraba desde lo alto del salto del Tequendama, perpetrando un suicidio que dejaría sin urdimbres trágicas a sus captores y cinematógrafos.

Y luego de ese periplo trunco, escribo por whatsapp a diferentes contactos. Ele me contesta que los europeos nos volvieron a joder con una gripita; me lo dice mientras conduce su camioneta para transportar turistas y empresarios. También hablo con Od, que me cuenta que N.D está recluido en una clínica muy cercana a Bogotá porque tiene alzhéimer y Leucemia. Él ya tiene casi ochenta años y, cuando le cuento a Esfera lo que pasa, Esfera imita la voz de N.D y dice que se siente muy bien de no darse cuenta de la pandemia, que no hay bendición más grande que esa.

Esfera me dice que le hace más daño ver los vídeos de los animales que supuestamente salen a las calles. Ellos no sospechan que esta no es más que una calma orquestada desde las trincheras y, cuando se confíen en su avanzada, vendrán nuevos golpes, más mortíferos, más llenos de saña. Pienso en los animales que han salido, en cómo será su nueva retirada y prefiero pensar que ellos no tienen historia, como nos han dicho y que jamás podrán heredar a su descendencia un testimonio en el que hubo unos días donde parecía que el humano se había difuminado.

La guerra que menciona Esfera no es contra el virus sino contra toda entidad viva de la cual podamos extraer un poco de energía para nosotros permanecer. No queda más que la risa, me dice, una larga risa que ha abarcado más de dos décadas y a la que él se aferra que aún exista cuando aparezca la última mañana de su vida.

Entretanto, en México se inició una campaña sobre el manejo de la llamada “sana distancia”. Desde la secretaria de salud inventaron a un personaje llamado Susana: el intento, enternecedor, busca darle una cara amable a la lucha contra la pandemia; nada de toques de queda, ni de militares. Es un dibujo que nos indica extender los brazos para que ese sea el radio en el cual nos mantengamos lejos de cualquier otro cuerpo humano. Extender los brazos, como los extendió cristo en la cruz, a una distancia sana respecto al par de crucificados que lo acompañaron.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #6. Por Leandro Alva

Esta tarde me enteré que hoy se celebra el día mundial de la poesía, fecha instituída por decisión de la Unesco para celebrar la diversidad lingüística y bla bla bla… Hace un rato también me enteré de que hoy fue el día en el que se registraron mayor cantidad de contagios en Argentina, sobre todo en los centros urbanos con más densidad de población.

Aprovechando este asunto de la reclusión obligatoria, mucha gente se dedicó a viralizar poesía en redes sociales o a cantar baladas con dudosa afinación. Supongo que de alguna manera la poesía y la música nos reconfortan un poco frente a la angustia omnipresente, y eso les da un carácter sumamente valioso, pero he visto algunos casos bastante particulares; hablo de personajes que leen sus propios poemas y creen que van a cambiar el mundo con sus “ensueños arrebolados de miel virginal”, eso también hay que decirlo. Bueno, algo de culpa también me cabe: confieso que yo mismo edité tres libros de poesía, mas hoy no tuve muchas ganas de buscar el palito de selfie para declamar nada y ofrecerlo a la virtualidad.

Aquí seguimos en cuarentena y las únicas actividades que me ocuparon el día fueron la lectura, un rato de juegos con mi perro y una charla con mi hermano a través de una pared (vive a la vuelta de casa y nuestros fondos limitan). Para ser justo, debo decir que también me entregó una bolsa de pan “fatto in casa” por arriba de la tapia. Gracias, hermano y vecino generoso.

Mientras tanto la tele sigue con sus pronósticos apocalípticos, pero al mismo tiempo aconsejan no entrar en pánico, así que es mejor apagarla o ver una peli. Hoy leí que hay varias páginas porno en internet que están a punto de colapsar por la exuberante demanda de contenidos. En tu cara, Mauro Viale. De esta manera se apilan los días de una cuarentena que podría llegar a extenderse, porque la mano viene brava y no hay poesía ni porno que mitigue un virus coronado. Así que paciencia.

Marco Valerio Marcial fue un poeta latino que nació en el año 40 de la era cristiana, a pocos kilómetros de la actual Calatayud, en lo que ahora es España. Por eso, en el día mundial de la poesía, me despido con uno de sus célebres epigramas:

88

Nunca recitas, Mamerco

y quieres que te consideren poeta.

Pretende lo que prefieras

pero no recites jamás.

No puedo dejar de imaginar cual emoji hubiera elegido Marcial para acompañar estas líneas.

Hasta la próxima.

Leandro Alva, Temperley, 21 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día veinte

Cebolla estuvo con el movimiento magisterial y popular de Chiapas que se manifestó en Ciudad de México y cuyos integrantes, supongo, regresarán al estado en pocos días. Fueron cientos los manifestantes que, en su retorno, pueden tener más virus que una página porno de videos caseros. El propio Cebolla dijo que ninguno se abrazó ni tocó, como a sabiendas de que, si estalla la histeria, ellos mismos pueden quedar aislados. Aunque, en los tiempos que corren, el paroxismo es cosa del pasado. Me figuro un regreso en peregrinación, como si fueran aquellos flagelantes que, con sus pulgas, diseminaron la peste bubónica. Pero mis figuraciones son goce y un oscuro anhelo que se mezcla con el terror para que se destile la voluptuosidad.

Lo llaman Cebolla porque semeja las que dan en los combos de pollos asados en México: son redondas, blancas y un poco dulces. Y él es blanco, redondo y un poco dulce; aunque se pone ácido cuando percibe una critica al EZLN, recuerda las campañas publicitarias de Salinas de Gortari o escucha a alguien que dice que San Cristóbal se llenó de jipis new age que quieren fusionar el chamanismo con el feminismo y algo de zapatismo remozado con proclamas marxistas que ni Marx imaginó.

Cebolla me distrae. Cada día busco a alguien que apenas conozco y lo lleno de cualidades y circunstancias. Me pregunto si Cebolla hará chistes sobre los malos entendidos que surgen entre las palabras cuarentena y cuarentona. Aunque, con los últimos movimientos sociales, él ya no hace chascarrillos que no puedan pasar el filtro de lo machista y ahora propaga, por Facebook, ideas sobre el desmonte de “las estructuras patriarcales que se cristalizan en el estado”.

Cebolla ni siquiera menciona al Coronavirus y por ello me he abstenido de compartirle las bromas que recibo por whatsapp: fueron dos y eran vídeos. En el primero, un anciano que estaba con los pantalones abajo, tirado en una camilla de urgencias, empezaba a acariciarse su verga flácida; en el segundo, un hombre bate su prepucio en un balcón mientras ve un vídeo en su teléfono celular. Es previsible que Cebolla entienda eso como un patrocinio al machismo y a esos tipos que suelen masturbarse frente a las mujeres y los niños. Y lo entiendo y me pregunto sobre mi manera de apoyar la pederastia y las prácticas afiliadas al maltrato y al abuso; Cebolla suele denominar a ese tipo de conductas como dignas de “machín”: rage against the machine, Cebolla, le dije un día y Cebolla apenas se rio. Luego me pregunto sobre lo que esté viendo el hombre del celular; quizá sean los últimos informes de los muertos que hay en Italia o el incremento preocupante de infectados que se ha detectado en Sudamérica. O puede que vea Pornhub, el portal que, según RT, tiene una avalancha exponencial de visitas, en un aumento semejante al de los contagiados por el Covid-19.

Entonces pienso en Marcianos al Ataque y la forma en que repelieron la invasión extraterrestre; quizá sea mediante el ascenso de temperatura corporal, ocasionada por el onanismo, que se pueda vencer al Corona. Y recuerdo, también, que hace unos días Ele me envió un meme en donde un muchachito dibujado decía que si sacaba su líquido seminal a punta de pajas, expulsaba al virus: de nuevo, el machismo y el chiste de un machín que supone que las mujeres se morirán por no tener semen.

Ya no puedo contar mucho de lo que pasa en la calle. Apenas salí al supermercado y regresé con unas cuantas cosas para comer, básicamente dulces que ya he devorado. Hoy el tráfico era copioso y, a diferencia de otras jornadas, las combis estaban llenas de pasajeros. Cuando el virus llegue a la zona norte de San Cristóbal, más exactamente a la colonia La Hormiga, puede darse una infección de gran escala. Y quién sabe cuántos deberán acudir a un hospital donde morirán sin atención necesaria.

Mi vida y se remite a lo que me envían por whatsapp. De lo que ocurre en México apenas sé por lo que me dicen los amigos de este lugar, tan lejanos como los que están en Colombia o Argentina, y por las ruedas de prensa que el subsecretario de salud da todas las tardes, casi siempre con una retórica científica que desemboca en explicaciones burocráticas sobre reuniones, como si leyera el acta de una junta directiva.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de buenos aires #5. Por Leandro Alva

Esta mañana me desperté con la noticia de la muerte de Amadeo Carrizo, una leyenda de nuestro fútbol. Para muchos, el mejor arquero argentino del siglo XX. La noticia me generó algo parecido a la nostalgia, a esa extraña nostalgia de lo que nunca se vivió. Porque yo no llegué a verlo dentro de un campo de juego. Sin embargo quedaron sus historias, las que contaban mis abuelos, las que escuché de boca de algún jovato en la mesa de un bar. Tan grande fue este señor que nos ocupa que incluso el mismísimo Lev Yashin, la araña negra soviética, le regaló sus guantes en señal de admiración. Curiosamente, Yashin también murió un 20 de marzo, en 1990. Todas estas perlas de la “vieja época” son capaces de bocetar perfiles míticos en la cabeza de cualquier pibe amante del balompié, como ese que fui allá lejos y hace tiempo.

Esta mañana también me di cuenta (siempre tarde) de que tenía algunos servicios impagos, así que hice acopio de valor y salí a la hosca intemperie a buscar una oficina de Rapipago, pero la que está más cerca de mi casa no atendía. De este modo tuve que desandar mis pasos y volver al aislamiento. Pude ver calles prácticamente vacías, poca presencia humana, algunos perros despistados por tanta quietud. Me sorprendió una calandria que cantaba paradita sobre el cable de alta tensión en la ochava de mi escuela primaria. Me detuve a escucharla, era todo en la tarde vacía, no había más y no hacía falta. Apenas retomado el paso me crucé con dos colectivos, uno de ellos con un solo pasajero en el último asiento. Y me acordé de aquel cuento notable de Bradbury, El peatón, en el cual un ignoto habitante de una ciudad sale a dar un paseo nocturno y, como es el único que tiene el tupé de andar vagando a una hora “desaconsejable”, se lo llevan a la comisaría. Bueno, yo sí andaba solo, pero por ahora no estoy en cana.

Quienes sí están detenidos desde esta mañana son siete parejas que estaban en un telo meta chucu chu. Ya ni organizar un festín de sexo y depravación se puede, al menos por un tiempo considerable. Habrá que desarrollar preservativos que cubran el cuerpo entero, qué sé yo. Tenemos que estar preparados para todo. Esto recién empieza y es igual a una guerra, le escuché decir a un fulano en la radio.

Quiero remarcar que hoy me abstuve de encender la TV. Estoy harto de los noticieros. Bueno, en realidad sí la encendí para ver un programa homenaje al gran Amadeo Carrizo, pero fue menos de una hora. Mientras tanto, me llega un bombardeo de información por whatsapp y no estoy en condiciones de procesar el ataque. Aún no sé la diferencia entre un virus y una bacteria, o tal vez la sé pero no me acuerdo de que la sé. En fin, todo está muy parecido al día de ayer y al anterior, y creo que el hecho menos apremiante y más reparador de este viernes fue ese minuto en el que me detuve a escuchar el trino de la calandria en la esquina de mi escuela. En ese momento volví, pero no a mí casa.   

Leandro Alva, Temperley, 20 de marzo de 2020.

Ya incurrida la primer oleada de cuarentena. Por Augusto Orta

Ya incurrida la primer oleada de cuarentena, en algunos lugares más que otros. Mediante redes, memes y medios nos informamos todos, en todos lados; cada uno con su teléfono celular. Muchos atónitos por lo distópico. Otros resignados. Y algunos preparados. Las personas parecen dividirse en dos, los que tienen lugares dignos dónde pasar la cuarentena y los que no. De ahí, los que pueden permanecer tranquilos en su hogar y los que desesperan. Los que no son esenciales para el desenvolvimiento básico social, a la casita. La mejor forma de entenderse, palparse, coronarse de inútil. Es innegable, bienvenidos a algo que los escritores, los artistas y todo ser del mundo de la cultura sentíamos y así se encargaron de percibirnos siempre: como unos buenos para nada. Ahora son escasos los que sirven. Y listo. Cómo no caer en ese vacío. Depende de cada uno, lo primero: saber si puede convivir consigo mismo. Luego los cohabitantes y luego los vecinos. Espero como Poeta de que se empiece a valorar cada grano de arroz. No desperdicies. Le recomiendo a su vez la lectura, señor. Pero si es muy holgazán para las actividades del entender, vea series y películas de sobrevivientes, así por lo menos aprende algo. Contemple lo hermoso de ver a la gente preocuparse de su higiene, del distanciamiento social. Cada persona en su propio ecosistema, es algo que nadie hubiera imaginado, se le echa la culpa a ese chino que comió un caldo de murciélago pero esto ya venía de antes, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que la Tierra necesitaba un respiro. O lo hacemos por las buenas, o lo hacemos por las malas. Ahí aparece en todo su esplendor la miseria humana, los cambios de paradigmas. Justo empezando el año, ya ese impulso se acabó. Fueron los dioses (los actuales y los del pasado), poneles el nombre que quieras. Conspiranoiquiemos. Pero si no te cuidas te morís, o matas a alguien. La muerte personal es una cosa. Muchos de mi edad (soy calibre 38) tienen miedo de contagiar a ancianos y que empiece la fiesta de la parca a sucumbir a la mami y al papi, ni hablar de los nonos. Y yo te digo: de algo hay que morir.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #4. Por Leandro Alva

Como anticipé en la entrada de ayer, el poder ejecutivo de mi país acaba de disponer la cuarentena obligatoria hasta fin de marzo. Parece una medida sensata, esperemos que sea efectiva. Corremos con la desventaja cierta de no haber vivido este tipo de situación con anterioridad, de sentir que somos debutantes, meros improvisados ante un vampiro (o pangolín, qué más da) invisible y gigantesco. Los que tienen alguna fe le rezarán a su santo y el resto hará un esfuerzo por abrazar un cachito de optimismo, siempre entendiendo que lo más importante de toda esta cuestión descansa en la solidaridad, aunque no todos lo entiendan.

Hoy salí del aislamiento para ir de compras. Farmacia, supermercado y panadería. Primero me agencié unos medicamentos para mi vieja, que no puede asomarse ni a mirar la luna porque está en la franja etaria de riesgo. El argenchino se me presentó algo desolador; góndolas vacías, colas interminables, barbijos por doquier, etc etc etc. Mientras estaba en el sector verdulería apareció mi prima con su marido y enseguida me dispuse a saludarlos con un abrazo. Inmediatamente nos miramos y retrocedimos. La distancia es necesaria en este momento, pero se vive con extrañeza. En Argentina somos de abrazar y besarnos mucho, y ahora hay que reprimir esos cariños. Luego de saludar a mis parientes con una serie de gestos bastante torpes, me fui a comprar un poco de pan y volví a casa renacido, léase: con un pan bajo el brazo. Finalmente, hubo que desodorizar a ese pobre miñoncito que podría haber sido la merienda de Heidi. Anoten: no es buena idea mezclar pan con axilas.

Hace un rato, antes del comunicado del presidente, gran parte de la ciudadanía salió a la vereda o se asomó al balcón, y le dedicó un aplauso a los trabajadores de la salud. Un hermoso síntoma, por cierto. Algo que mete ganas de seguir creyendo. Pero también, hay que decirlo, se repite la imagen de caravanas de imbéciles que se acercan a la costa atlántica pensando que estamos ante un bonus track de las vacaciones.

A pesar de todo, fue un día bastante tranquilo. Ya nos veíamos venir el decreto de la cuarentena obligatoria que, repito, me parece una medida acertada, pero no desconozco que gran parte de la elusiva idea de futuro que podemos forjarnos reside en nuestra responsabilidad. Solo espero que estemos a la altura de esa batalla.

Durante mi adolescencia leí con sumo deleite al maestro del horror cósmico, el gran H.P. Lovecraft. Creo que fue él quien dijo que la humanidad es un virus con zapatos. Ojalá que se haya equivocado. Mientras tanto, veo pasar las horas, me como un pancito perfumado y saludo a mi familia con movimientos espasmódicos que asustarían a la más deletérea de las criaturas que ha parido la mente del buen señor H.P.L. Todo parece normal, como un alfajor de mondongo.

Leandro Alva, Temperley, 19 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día dieciocho

En San Cristóbal de las Casas no habrá dilema ético si una avalancha de Covid-19 rompe las puertas de los hospitales. A diferencia de Italia, acá no hay margen para escoger entre el anciano y el joven que se ahogan; ambos se dejarán a su suerte; ambos terminarán muertos. Los pobres jamás escogemos.

En el centro caminan los turistas (que aún no paran, que prefieren atiborrarse de artesanías y muñecos con la cara encapuchada de Marcos) en los andadores de la ciudad. Esto, al menos, restaña la situación de algunos vendedores ambulantes que tendrán más apuros en unos días, cuando el presidente sepa que, además de apelar a sus escudos protectores (muy parecidos a los que usaban los sicarios en Colombia), debe decretar un estado de excepción.

En otros lugares las personas violarán el estado de excepción por razones diferentes. En Bogotá, por ejemplo, la esposa de Ele ya le dijo que lo peor que le podía ocurrir era quedarse encerrada con él, que de hecho prefería salir e infestarse de cualquier porquería que compartir un espacio que le recordara una de las peores decisiones de su vida. De hecho, me asegura Ele que ella le dijo, es mejor estar muerta que seguir casada. En esa misma aura matrimonial, Jota me dijo que el aislamiento por la pandemia era idéntico a su vida marital, en donde ni siquiera existía el contacto físico desde hacía unos años.

La picaresca en torno al Coronavirus es un meandro de ternura, un rictus que delata la angustia y una incredulidad que se aferra a que nada de esto existe. Aparece una risa de la cual nacen prefiguraciones apocalípticas. En un tiempo, cuando esto termine, pulularán los diarios de la Cuarentena. Habrá obras maestras, otras más ocurrentes que exploren el humor y hasta aparecerán historias de valentía y amor. Ninguna será muy leída, aunque alguna se hará merecedora de algún premio; no por la extinción de la humanidad sino porque, como casi todo, a excepción de una plaga o una guerra o una película ganadora de los Oscar, pasará desapercibida. De hecho, cuando esa película sea premiada, harán un minuto de silencio por los muertos y algún actor reclamará en su discurso por el constante daño a la naturaleza que ya nos dio un castigo con aquella plaga del 2020.   

O puede que este embate no termine, que nos acomodemos al Covid como con al SIDA. Será una cuestión de años. Y si acaso esto eliminara a casi todo espécimen humano y quedaran algunos desgarbados que hagan una secta en donde adoren al Coronavirus, no habrá efigie alguna porque si este bicho se convierte en un ser digno de culto, lo único que se debe hacer es cambiar el nombre de Dios(o su impronunciable nombre) por el de Covid-19: su libro sagrado ya está escrito: no se ve, pero se siente y, si no se siente, lo sufres.

El mismo Jota que me refirió su vida sexual y marital, me dijo que esta pandemia será algo que recordaremos con cariño porque lo que viene será peor. Al decírmelo, me sonríe, al otro lado de la línea de whatsapp. Luego se queda callado y me confiesa que hubiera querido estar muerto desde hace mucho tiempo.

Ya me han llegado instructivos de cómo fabricar gel antibacteriano con elementos caseros. El problema es que el Covid-19 no es una bacteria sino un virus, pero quizá todo ese asunto no pase más que por un asunto de nominaciones.

En San Cristóbal, los automóviles aún circulan pero hay poca gente. Sólo el centro de turistas parece no inmutarse. Es como si los alienígenas supieran de la llegada de otros alienígenas y no les importara, mientras los terrícolas nos retraemos y nos dejamos llevar por la misma suerte del anciano y el joven que no tendrán ningún tipo de ayuda en un hospital colapsado.

Haití no tiene coronavirus, me informó A, entre una carcajada nerviosa, con su acento de cordobés que sabe que hasta el Uritorco toserá.

Ay ti, ti, yo no soy de por aquí, dijo alguna vez Ele, poco antes de su tercer divorcio.