
Puede que el Coronavirus haya parado sus actividades el domingo durante las marchas en San Cristóbal. Nadie se protegió la boca con un barbijo y muchas se abrazaron y se besaron.
Ayer, lunes, en las calles y oficinas hubo pocas mujeres. Ellas pararon, pero las turistas no; se, como siempre, arracimaban en los puestos de ventas de artesanías o le compraban una pulsera a alguna muchachita que viniera de Chamula. Porque también hubo algunas mujeres que trabajaron, principalmente las vendedoras ambulantes y las que atendían en los cafés y restaurantes.
El Coronavirus deja de llamarse así. Se difumina entre nuevos chistes y noticias, como la del desplome del precio del petróleo; el virus ha cerrado sus fronteras en algunos estados como Italia y también se cerca su capacidad terrorífica. Y, pese a que algunos medios persistan en el miedo, el valor del hidrocarburo se ha convertido en la principal fuente de pánico.
En San Cristóbal, la espera de la llegada del corona – que ya lo llaman Covid-19, en un paso más hacia su naturalización y consiguiente descenso en la tonalidad del miedo- se ha acabado. Aún me aferro a una nueva oleada que se creará desde los Estados Unidos; Trump no ha sido capaz de nombrar a la enfermedad y se refiere a ella como “el virus del que todos hablan”, lo cual es el atisbo de una nueva campaña que puede incrementar la venta de tapabocas y alcohol en gel.
Ayer, sin embargo, mientras caminaba por uno de los andadores, me topé con el aviso de una farmacia en donde se promocionaban los productos necesarios para combatir a la virtual pandemia: se ha hecho necesario poner avisos, impulsar al pánico porque este no estalla del todo. A mí la tos se me ha escapado de a poco y trato de toser para recordar los días de frío, asfixia y espera. Todo se va: queda el sol y la primavera. Quedan las alergias y el empecinamiento de continuar con un diario que se espacia entre una entrada y otra y que se debate en el olvido, como el corona que, pronto, dará paso a la dicha de la vida normal del mundo y a la segmentación de las plagas a porciones terrestres que a nadie le importan.
