Diario del coronavirus desde Chiapas. Día nueve

Puede que el Coronavirus haya parado sus actividades el domingo durante las marchas en San Cristóbal. Nadie se protegió la boca con un barbijo y muchas se abrazaron y se besaron.

Ayer, lunes, en las calles y oficinas hubo pocas mujeres. Ellas pararon, pero las turistas no; se, como siempre, arracimaban en los puestos de ventas de artesanías o le compraban una pulsera a alguna muchachita que viniera de Chamula. Porque también hubo algunas mujeres que trabajaron, principalmente las vendedoras ambulantes y las que atendían en los cafés y restaurantes.

El Coronavirus deja de llamarse así. Se difumina entre nuevos chistes y noticias, como la del desplome del precio del petróleo; el virus ha cerrado sus fronteras en algunos estados como Italia y también se cerca su capacidad terrorífica. Y, pese a que algunos medios persistan en el miedo, el valor del hidrocarburo se ha convertido en la principal fuente de pánico.

En San Cristóbal, la espera de la llegada del corona – que ya lo llaman Covid-19, en un paso más hacia su naturalización y consiguiente descenso en la tonalidad del miedo- se ha acabado. Aún me aferro a una nueva oleada que se creará desde los Estados Unidos; Trump no ha sido capaz de nombrar a la enfermedad y se refiere a ella como “el virus del que todos hablan”, lo cual es el atisbo de una nueva campaña que puede incrementar la venta de tapabocas y alcohol en gel.

Ayer, sin embargo, mientras caminaba por uno de los andadores, me topé con el aviso de una farmacia en donde se promocionaban los productos necesarios para combatir a la virtual pandemia: se ha hecho necesario poner avisos, impulsar al pánico porque este no estalla del todo. A mí la tos se me ha escapado de a poco y trato de toser para recordar los días de frío, asfixia y espera. Todo se va: queda el sol y la primavera. Quedan las alergias y el empecinamiento de continuar con un diario que se espacia entre una entrada y otra y que se debate en el olvido, como el corona que, pronto, dará paso a la dicha de la vida normal del mundo y a la segmentación de las plagas a porciones terrestres que a nadie le importan.

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