Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires. Por Leandro Alva

Hace un puñado de días que la OMS declaró la pandemia y el mundo pegó un giro como la moneda de un árbitro antes de comenzar la contienda definitiva. Y claro que lo primero que recordamos fueron todas las películas de zombies apocalípticos, guerras bacteriológicas, epidemias manufacturadas en laboratorios maquiavélicos y enfermedades mortales que se transmiten mirando TV. Y por supuesto que la TV y las redes sociales engordaron, en base a la difusión de paparruchadas sin ningún fundamento científico, un pánico incipiente que hasta hace poco no estaba allí. Y ahora sí, nadie te abraza, nadie te besa, nadie te toca, nadie comparte un mate, la gente se aguanta la tos hasta desfallecer y mira con desconfianza a quien osa soltar un estornudo. Muchísimos eventos públicos han sido cancelados y no se sabe cómo va a seguir la historia. Encima, hay algunos que volvieron de Europa y se hacen los giles y no respetan la cuarentena obligatoria. Así las cosas, mucha gente corre desesperada a comprar barbijos y alcohol en gel, pero ya no hay. Los médicos aseguran que no hacen falta, sin embargo hay personas dispuestas a salir “de caño” para volver a casa con un par de souvenirs farmacéuticos, que seguramente van a servir de alivio momentáneo a la paranoia imperante.
Hoy viajé en tren. Temperley – Monte Grande. Llovía bastante y había pocos pasajeros. Un panorama desértico lo humedecía todo, como si un gran pañuelo universal lleno de flema y mocos nos envolviera para regalo. El ciego del puente de la estación estaba en su puesto de combate, el de siempre. Pasé y le dejé unas monedas. No sé qué carajo dijo acerca de la muerte, nunca le entiendo bien lo que dice. Bajé al andén y me subí al vagón mientras chequeaba en internet algunos “tips” bastante contradictorios acerca de las precauciones que hay que tomar si aparecen síntomas de la peste de moda. Alguien tosió en otro vagón y todos giraron el cogote para ver quién era el hijo de mil putas. Dos pibes se rieron y dijeron algo del fin del mundo. Pasó un vendedor de chocolates y no vendió nada. Llegué a destino: un centro cultural donde doy un taller literario todos los sábados. El pequeño grupo que asistió hablaba del Covid 19 y lo relacionaba con la literatura. Creo que Burroughs dijo que el lenguaje es un virus y acaso sea cierto. Burroughs era un sacado, pero no era ningún burro. Cuando terminó el encuentro de taller tuve que volver a casa. Llovía más que antes, mucho más, y llegué empapado. Comí un guiso de arroz caliente y recobré un pedazo de mi alma, que parecía un diario de 1912 abandonado en el Titanic. Después hablé con un amigo que vive en Praga y me contó algunas resoluciones del gobierno checo en cuanto al cierre de las fronteras y la prevención del contagio. También nos atrevimos a esbozar alguna teoría conspiranoica y hablamos de Borges y el tango. Cuando dejamos de conversar empecé a toser y mi vieja asomó la cabeza por la puerta entreabierta de mi habitación. Me preguntó si estaba todo bien. Le dije que sí. Dormí un rato y miré el partido de Temperley por la web. Otro empate, qué mierda. Acto seguido, me levanté a preparar unos mates y la encontré a mi santa madre en la cocina con un barbijo puesto. Me dijo que me hiciera mi propio mate, que ella tiene 67 años y no va a correr ningún riesgo. Y ahí nomás improvisé unos amargos, como un retovado compadrito de Borges.
Leandro Alva, Temperley, 14 de marzo de 2020.
La necrológica de Genesis P-Orridge

Genesis P-Orridge (1959-2020) llega al cielo y allí lo recibe San Pedro transfigurado en William Burroughs; y el santo le pregunta al otrora músico industrial:
— oye, vamos y buscamos sirenas, pero con regalito.
Y Genesis contesta con una sonrisa:
— siempre te han gustado los regalos, pillín. Entonces se agarra su entrepierna enferma. San Pedro contesta:
— No sé si siempre, pero desde que me llamo William Burroughs no hay cosa que me guste más que un buen prepucio.

«Listo el panocho» San Pedro cuando se llevó a Genesis
Genesis agarra un cuerno de esos de los indios de Arizona, que se saca de las grandes tetas caídas que se operó para parecerse a Courtney Love y empieza a soplar y todos los muertos con regalito se enteran de que ha llegado el músico industrial más señorona de todas.
Es triste lo que queremos contar con nuestra alegría. Porque justo cuando uno se cura definitivamente de la depresión, como ya lo estamos, siguen sucediendo mierdas que lo entristecen a uno.
En nuestros últimos estudios filosóficos, hemos dado cuenta de la relación doble que hay entre Burroughs y Genesis y a la vez la relación de sombra que tiene San Pedro con William. Por eso nos hace daño que todos esos pillos se hagan daño entre sí y no nos conviden a sus torturas. Ya los opiácedos y analgésicos no nos hacen bien sino que nos pegan unas borracheras como las de estos dos en Tijuana.
La choza que construimos para resguardarnos la hemos encendido con nuestra propia tristeza. Y creímos que al quemar la choza quemábamos la tristeza pero tristemente, a medida de nuestras posibilidades nos mantenemos en pie, aunque tambaleando por el efecto tardío de los opiácedos.
Oh Genesis, mi Genesis, fuiste el comienzo de esta biblia del tormento postindustrial. Yo no tengo plata para hacerme implantes y debo confesarme que más de una vez me jalé la verga pensando en tu extraña sexualidad. A veces fuiste como una Britney Spears de la decepción, ¿por qué no fuiste mi esclava? Te quería enjaular en mi corazón, y por eso me molestó mucho cuando se te diagnosticó Leucemia. Porque te envanecías luciendo esa temprana muerte.

Fuiste una chiquilla joven y traviesa. Fuiste un chiquillo malo. Y al final, fuiste una señora como mi mamá a quien le profeso un gran edipo, con el aliciente que te creías una chamana de Arizona.
Fuiste Genesis y ahora Apocalipsis. Muy pronto nos veremos en el infierno con San Pedro y sus regalitos.
Reseña: A los siete años, de Umberto Amaya
A los siete años.
Reseña de «El Hijo de Lina Luzardo» (Umberto Amaya)
por Dadán Amaya.

A los siete años, cuando el mundo es tan nuevo que muchas cosas carecen de nombre y para referirse a ellas hay que señalarlas con el dedo, se vive una época memorable. El niño es capaz de maravillarse con cualquier cosa y al mismo tiempo es ya tan perspicaz como para comprender, entrever el mundo que se descubre a cada paso. La curiosidad y el asombro están a la orden del día. Esa mezcla de inteligencia e ingenuidad que permite experimentar la alegría y la belleza, reconocer la maldad cobarde, sentir el miedo y la tragedia es la poesía en su estado original. La vida misma es un conjunto de impresiones. El mundo sabe, huele, suena y brilla por doquier y las cosas se graban en la memoria con el vigor de aquello que comienza.
Una impresión es la marca que deja algo, la combinación de percepción y las emociones que la acompañan, que se graba en la memoria para convertirse en parte de la base con la cual se juzgan y valoran cosas que en la vida irán apareciendo. Evocar en la memoria los recuerdos de la infancia no sólo es hablar de la cosa sino también de todas las emociones que ella evocaba. Es más que el sabor de la limonada de panela, es el sabor de la casa, del cariño materno, del reposo y la sensación de hogar y refugio.
Narrar estas impresiones es entonar un canto a la vida, como el que entona en su libro «El hijo de Lina Luzardo» Umberto-Umberto, mi padre, al que, tras leer en esta ocasión, conozco un poco más.
Diario del coronavirus desde Chiapas. Día nueve

Puede que el Coronavirus haya parado sus actividades el domingo durante las marchas en San Cristóbal. Nadie se protegió la boca con un barbijo y muchas se abrazaron y se besaron.
Ayer, lunes, en las calles y oficinas hubo pocas mujeres. Ellas pararon, pero las turistas no; se, como siempre, arracimaban en los puestos de ventas de artesanías o le compraban una pulsera a alguna muchachita que viniera de Chamula. Porque también hubo algunas mujeres que trabajaron, principalmente las vendedoras ambulantes y las que atendían en los cafés y restaurantes.
El Coronavirus deja de llamarse así. Se difumina entre nuevos chistes y noticias, como la del desplome del precio del petróleo; el virus ha cerrado sus fronteras en algunos estados como Italia y también se cerca su capacidad terrorífica. Y, pese a que algunos medios persistan en el miedo, el valor del hidrocarburo se ha convertido en la principal fuente de pánico.
En San Cristóbal, la espera de la llegada del corona – que ya lo llaman Covid-19, en un paso más hacia su naturalización y consiguiente descenso en la tonalidad del miedo- se ha acabado. Aún me aferro a una nueva oleada que se creará desde los Estados Unidos; Trump no ha sido capaz de nombrar a la enfermedad y se refiere a ella como “el virus del que todos hablan”, lo cual es el atisbo de una nueva campaña que puede incrementar la venta de tapabocas y alcohol en gel.
Ayer, sin embargo, mientras caminaba por uno de los andadores, me topé con el aviso de una farmacia en donde se promocionaban los productos necesarios para combatir a la virtual pandemia: se ha hecho necesario poner avisos, impulsar al pánico porque este no estalla del todo. A mí la tos se me ha escapado de a poco y trato de toser para recordar los días de frío, asfixia y espera. Todo se va: queda el sol y la primavera. Quedan las alergias y el empecinamiento de continuar con un diario que se espacia entre una entrada y otra y que se debate en el olvido, como el corona que, pronto, dará paso a la dicha de la vida normal del mundo y a la segmentación de las plagas a porciones terrestres que a nadie le importan.
Diario del coronavirus desde Chiapas. Día siete

El día seis fue un vacío. El día séptimo, también. De no muy lejos llega la música de una iglesia evangélica; cada semana se repite la melodía de una balada que no cesa de sonar durante un par de horas. No logro escuchar lo que dice, pero supongo, por la cadencia, que es una loa al abandono que cristo inflige: una lisonja que llama a la reconciliación, entrega y sumisión propias de una relación remachada por la culpa que llenará de vacío los días venideros.
La iglesia celebra con gritos y bailes el séptimo día y la aparición del hombre. Muy cerca hay otras que pululan en San Cristóbal de las Casas. Mucho tseltal, tsotsil, tojolabal o ch´ol se afilia a estos templos y se dedica a escuchar las loas durante los demás días de la semana. No es extraño escuchar las baladas a cristo en los taxis e, incluso, en las llamadas cocinas económicas.
A esta música que retoña los domingos, se ha sumado el regreso del sol. Pasaron las tres jornadas frías, aquellas que parecían el escenario propicio para la paranoia. Quizá, como ocurrió el primer día de la creación de esta plaga, hace justo una semana, todo se robustezca con la calidez de la primavera… esa extraña primavera, cercana a la selva pero con los visos de un país que se autoconstruye como estacional.
Entre el vacío de estos días de encierro, recordé que mi edad ya sobrepasa la presumible mitad de la vida. Y aparecen los lastres, las ausencias y lo que me abstuve de realizar. Incluso me tiento cuando husmeo los muros de Facebook de algunos compañeros de la universidad; todos ellos abogados, con familia y altos cargos en empresas privadas o gubernamentales. Yo abandoné esa perspectiva, o ella me abandonó a mí, para quedarme en la casa de mis padres e inventarme que escribía, con lo cual tuve que publicar y así justificar esa decisión que no fue más que un pretexto para hacer algo que se pareciera mucho a hacer nada y naderías.
Hace algún tiempo hablaba con un amigo de Bogotá -una mañana de esas de días ordinarios, sin pestes ni accidentes graves-, mientras tomábamos un café y comíamos una galleta de avena para diabéticos en la única panadería para estos enfermos que había en varios kilómetros a la redonda, que hubiera sido mejor ocupar el lugar del idiota de la casa; vestir un pantalón de sudadera y peinarse de medio lado, muy fuerte hasta quedar calvo, y acompañar a la mami pensionada a comprar el mercado del mes mientras los hermanos ya se han casado y tienen hijos y tratan asuntos que al idiota apenas le importan. A este idiota, su idiotez no le alcanza para que se lo considere como especial y se lo inscriba a alguna institución; tiene la capacidad de usar el transporte público y nadie entenderá que él también tiene deseos sexuales. Es más, será el único en quien pervivirá el deseo sin que medie un coito para exacerbarlo y renovarlo; esta forma de idiota será el último reducto de una época de mierda que declina para que llegue un estercolero renovado.
Yo hui de ese monumental hundimiento. Me interné en la medianía de quien finge interés para que le paguen por una investigación que nadie leerá, ni siquiera yo mismo y por eso me retumba el Covid 19 como una sombra redentora parecida a la que cantan en las iglesias evangélicas: haré canciones, baladas al Covid-19 y su apatía.
Es tal el declinar o el cansancio generado por la virtualidad de la plaga que no llega que ayer fui a una reunión de muchachos y muchachas más jóvenes – invitado por un joven amigo que me ve como a un señor cansado- y todos ellos descreían de la enfermedad; no me vieron con sobresalto cuando entré abrigado y tosiendo cada tanto. Supongo que adjudicaban mis accesos al aire apestado con el humo de la marihuana que circulaba como el preámbulo de la fiesta. Estuve el rato suficiente para saber de mi medianía y mi mediana edad, para recordar mi hambre de haber sido uno de esos idiotas limítrofes. Entre las charlas, discerní las de las muchachas que referían los puntos de encuentro para las marchas de hoy y lo que ocurrirá mañana en el paro de mujeres.
¿Hará paro el coronavirus? ¿Será mañana su embate? ¿Acaso el nueve de marzo de 2020 es una fecha que olvidó el fray Nuñez en sus visiones terribles y se instalará como un nuevo apocalipsis? ¿Hay alguna posibilidad, un humano, salvo el idiota limítrofe, que considere que su vida no se desperdició? ¿Acaso el idiota limítrofe es el único que sabe que vino a comer desperdicios y a esperar a esa muerte que no le importa que la vehicule un balazo, una enfermedad o un accidente?
Pese a la indiferencia de quienes festejaban, una jovencita se percató de mi tos y me preguntó de dónde venía. Le dije que de China, aunque pasé un par de días en Milán. Ella sacó un frasco de gel desinfectante y me recriminó por no haber ido al hospital, al tiempo que embarraba sus manos. Le contesté que temía que me metieran en una celda de vidrio para analizar la evolución de la peste en mí.
Dejé la fiesta a las diez y media de la noche y llegué a ver documentales del Universo.
Diario del coronavirus desde Chiapas. Día cinco

Mañana ni siquiera seré un mal recuerdo: como una admonición a cualquier promesa de eternidad que gravite en torno a la memoria, se inserta en los enunciados que, a lo largo del recorrido, uno se encontrará. No me refiero al cementerio de San Cristóbal sino al de El Triunfo, en Colombia. Triunfó el coronavirus y su entrada, entre laureles de prócer, fabulan un pánico que anuncian a la plaga.
Seguramente, en el cementerio de El Triunfo no yace ningún triunfador. Si es que por triunfo se le denomina a un espejismo en donde el nombre sobrevive al cuerpo por algunas centurias. El Triunfo mismo se abroga su nombre porque ni siquiera será un mal recuerdo. La Tierra misma tampoco lo será; el cielo, en esos espacios oscuros, está lleno de cosas que se postran en algo más profundo que la amnesia.
Pese a la cercanía de San Cristóbal con el Coronavirus de Tuxtla, este dio un salto cualitativo y llegó a Bogotá. Los senderos del virus son semejantes a los de los electrones; no hay trayectoria que pueda predecir los puntos de partida y llegada porque no hay de dónde salir ni a dónde llegar.
También mis pensamientos saltan y los dirijo a mi ciudad de origen; sin cerrar los ojos, me figuro a sus calles sembradas con caras muertas y abrigadas con tapabocas. Pero esto es más una ilusión, como la del cementerio de El Triunfo. Triunfar también consiste en carecer de deudas bancarias y ningún muerto de ese lugar puede considerarse triunfador. Todos le deben algo a alguna entidad que haya promocionado un crédito para comprar la comida a unos pollos que se murieron de SARS o una casa que se derrumbó con el último terremoto. Las que jamás se muere ni se derrumba son las deudas: los espacios negros del cielo son los saldos en rojo de las cuentas bancarias y los intereses mensuales causados por un préstamo con cláusulas leoninas.
Covid-19 es uno de esos créditos, firmados por un laboratorio que cobra por anticipado el precio de una vacuna que aún no inventa. Y si no hay lugar a la vacuna, se acude a una renovación de modelo: Covid-20, Covid-21, Covid-22, hasta que se pase a otras siglas o se le diga, genéricamente, el mal chino.
Y chinos malos sobran, como dicen en El Triunfo, como lo repiten en San Cristóbal. Pero ya este asunto no es cuestión de los chinos sino que hasta el mismo clima de Chiapas se ha plegado al frío para propiciar un ambiente más adecuado con l una plaga. Hoy el cielo semejó el otoño, y los árboles que se guían por las estaciones más adheridas al ártico permanecen pelados, como chamizos prestos a incendiarse por la misma providencia divina que designa las hecatombes y sus víctimas.
En esa baja de temperatura se llevó a cabo un concierto de cello en el norte de la ciudad. Interpretaron Adiós Nonino y, en el intermedio, un guitarrista ejecutó unas composiciones de Agustín Barrios. La presencia de Sudamérica me retrotrajo a otros tedios, más juveniles, y, por lo tanto, más llenos del entusiasmo de extinguirlos. Ahora soy un tedio que se asume como tal y quiere más cucharadas de aburrimiento.
Espero a Covid-19 y puede que sólo me llegue el 21 o el mero mal chino en forma de un plástico que se rompe tan rápido como la bolsa en la que viene envuelto. Quizá no tenga el suficiente pasado crediticio para hacerme al virus. Quizá todo consista en sentarse a esperar la enfermedad mientras se muere esperando.
Diario del coronavirus desde Chiapas. Día cuatro

El calor y el viento frío provoca que los habitantes de San Cristóbal salgan con abrigos delgados mientras que los turistas se coloquen, apenas, un esqueleto y calcen alpargatas. Unos sienten frío y otros calor; entre el tiritar de uno y la transpiración del otro, aparece una tenue desconfianza y el hambre de un final del mundo en un municipio que parece cumplir, al menos en sus andadores del centro, las características de una postal de National Geographic.
Hace mucho tiempo, un obispo de Chiapas, un dominico neogranadino que se llamaba Francisco Nuñez de la Vega, avizoró dos posibles levantamientos apocalípticos que tendrían como centro a Chiapas.
El primero de ellos, según el profeta que se ocupó de acabar con cualquier credo o rito que fuese en contravía del catolicismo, ocurriría en 1712. En ese año ocurrieron cosas que, para algunos, fue el fin de una época e, incluso, de su mundo: se levantaron los tzeltales en Cancuc y empezaron a llamar a San Cristóbal-nuestra Ciudad Real- Jerusalén, pues estaba llena de impíos de sangre española que podía trocarse por la de los malhadados judíos y buscaban su caída gracias a la sublevación.
Para infortunio de los tseltales, Jerusalén no cayó y, pese a que no es la ciudad más grande de Chiapas, pervive y es una babel en cuyas puertas abiertas se exhiben y venden artesanías costosas, joyería hecha a base de plata y ámbar y blusas coloridas que bien pueden funcionar como souvenir o como rasgo distintivo para acceder desapercibido a alguna casa de altos estudios culturalistas.
La segunda premonición de Núñez apuntó a una nueva hecatombe que tendría lugar en 1994. Ese fue el año en que el EZLN llegó hasta San Cristóbal y protagonizó la narrativa de una revolución que funcionó como un estertor ante la andanada de triunfalismo que se orquestaba desde los Estados Unidos, desde que se destruyó la burocrática Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Por unos días pareció que Francis Fukuyama sería mordido por los murciélagos de la selva Lacandona.
El mundo siguió andando, a pesar de las revoluciones siempre encharcadas en mitad de sus propios sueños y del pregonero Nuñez.
Y seguirá andando a pesar de mi sudor frío y de la tos. O del coronavirus que ya empieza a cansar a los habitantes: no llega a San Cristóbal y poco a poco empieza a difuminarse, salvo porque haya un estallido que, de una vez por todas, sacie el hambre de una catástrofe equiparable a la angurria del fray dominico.
Hace un par de días un lector comentó que el coronavirus iba a ser como la visita del papa a Colombia: mucha expectativa y una subsiguiente decepción. Lo que decepciona es la falta de letalidad y su lentitud; de hecho, puede que sea letal pero, si es tan perezosa como el SIDA, termina por convertirse en una afección asimilable a la naturaleza propia de vivir. Es como si el juicio final tomara los mismos tiempos que un proceso judicial en un juzgado: quizá ese juicio se convierta en el punto final de un purgatorio lleno de bostezos cuyo sellamiento es una condena inimportante.
Hoy San Cristóbal está escéptico e incurre en su normalidad. Los turistas se toman fotos y se sienten en el fin del mundo, o el confín, porque el fin parece ser asunto de Fray Núñez, al menos en estas latitudes.
Hoy hubiese sido un día maravilloso para que la peste comenzara, pero lo único que semeja a un embate de proporciones bíblicas es la avalancha de turistas enrojecidos como langostas que, por donde pasan, dejan un hálito de mortandad, como las langostas, las otras, las que azotaron a Egipto. Y, pese a todo, Egipto continuó.
Diario del coronavirus desde Chiapas. Día tres

N. me dijo que lo quieren matar en su pueblo. Ignora quién y supone que es envidia porque él está construyendo, por fases, una casita cercana a la de sus padres. N. va todos los fines de semana y pasa una noche allí.
El pueblo en el que nació y creció se llama San Juan Chamula, queda muy cerca a San Cristóbal, a no más de treinta minutos en automóvil. Este lugar lo apetecen antropólogos para ejecutar sus investigaciones; desde las fiestas hasta los rituales que se hacen dentro de la iglesia, sirven para poner a prueba teorías que les acrediten un título doctoral, pero los habitantes prohíben las fotografías, con lo que las apuestas por un buen trabajo se redoblan.
A N. el temor de su asesinato se le disipó cuando se enteró de la llegada del coronavirus a Tuxtla. Desde ese momento me suele preguntar cuál es el avance del virus y no oculta su temor cuando me ve toser o siente que mi voz es más gangosa que de costumbre. No sé por qué le teme más al hipotético embate de una peste que a los presuntos asesinos que suelen acercarse, encapuchados, a su inmueble, y trazan cualquier trampa para que él caiga muerto. Ni siquiera se ha planteado que quizá lo que quieren hacer sus agresores es asustarlo para que se paralice.
A D el coronavirus es un temor que sólo lo petrifica cuando habla conmigo. Hoy me contó que en la agencia de noticas rusa RT informan la existencia de una cepa más agresiva que el Covid-19. Días antes me dijo que lo que más lo angustiaba era la virtualidad de la angustia de enfermarse porque eso le bajaba sus defensas y su aparato inmunológico se convertía en una presa fácil para las afecciones.
También me he topado con los que ocupan cargos de intelectuales en diferentes instituciones. A la mayoría de los pertenecientes a ese gremio no les da el más mínimo asco saludarme por mi resfriado, muchos descreen de la gravedad del virus y alegan que se han perdido muchos tapabocas que bien hubiesen podido usarlos personas en quimioterapia y no incautos a los que manipulan las corporaciones mediáticas.
Con respecto a ellos he pensado que puede ocurrirles lo de Perlongher: escribió un libro donde denunciaba el estrangulamiento del deseo a partir del SIDA y años después adquirió, como en una oferta, el síndrome de inmunodeficiencia.
Las actitudes frente al coronavirus se diluyen como los rostros tras los tapabocas. Acá no he visto un desfile de personas que tengan medio rostro tapado, pero cuando preguntas en un almacén por un barbijo te contestan que no hay disponibles. Me dijeron que la escasez se debe a que los chinos fabrican esas cosas y, seguramente, si llega un barco atiborrado de las mismas, estas estarían contaminadas y el máximo vector de la peste sería el elemento que la combate: el caballo de Pekin y el consiguiente triunfo final de la revolución cultural.
Acabo de ver que han cancelado las más importantes carreras de ciclismo que se llevarán a cabo en Italia durante este mes. También a mi celular llegó la notificación de que un perrito, en Asia, se contaminó con el COVID-19. Pronto la peste se convertirá en una amenaza mundial para las mascotas y se estatuirá un peligro mayor porque tanto los monocultivos de soya como el eterno amor a nuestros compañeros fieles, estarán por el terror y la debacle económica.
Poemas de Nicolás López Arcos en español y Ch´ol

Nicolás López Arcos es originario del ejido Adolfo Ruíz Cortinez municipio de Salto de Agua, Chiapas, hablante de la lengua Ch’ol.
Ha escrito varios poemas editados en libros y revistas de Chiapas. Es coautor de del Anuario del CELALI Jabil Ame, de la revista Nuestra Sabiduría, del Paquete Didáctico del CELALI, del Manual de Enseñanza de la Lengua Ch’ol y del Vocabulario de la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH).
Actualmente es el Jefe de la Oficina de Artes del Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas (CELALI).
kächälbä ch’ujlel
Mi Ik’otyel tyi iwuty
Yejtyal säkli’bambä
Iwuty kchuchu’
Mi apejkañ, mi awotyañ.
Bäk’eñtyik mi icha’ sujtyel majlel
Mi isajtyel majlel tyi ñäch’tyälel
Mi iñajäyel icha’añ, cha’añ chämeñ.
Mi jk’otyel tyi aty’ejl
Ma’añix mi achäñ käñoñ
Cha’añ joñoñ abutsoñ.
lajchämp’ejix jab tsa’ chumle wokol tyi abäkel
tsa’ ch’ok-a ch’ijiyemlel tyi ich’ujlel
tsa’ mäjki aty’añ, tsa’ tyiki awak’
Lajal bajche’ woli yäk’ tyi tyikiñ
ñäjch’el bajche’
ik’ay ñäch’tyälel.
Wäle yajpemix awuty
Tyi ili ñumel k’iñ
Alma en cautiverio
Dibujas en tu memoria
El pálido rostro
de mi abuela
Le hablas, le gritas.
Temerosa se aleja,
se pierde en el silencio,
se olvida que está muerta.
Me acerco a ti
No me reconoces
Has borrado en tu mente que soy tu retoño.
En doce otoños se congelaron tus huesos
anidó sobre tu cuerpo el dolor
se congeló tu lengua y tu voz
tu cuerpo intacto,
inmóvil en el recuerdo.
y tu mirada
ausente
en la historia de hoy.
Bijlel k’uxya
Boñbil tyi chäk yulañbä ch’ich’
Ibijlel k’uxya mi iñuk-añ
Mi imäkbeñ imukulbijlel pijtyaya
Iyuk’elob ibäk’tyal tsänsäbilobä
We’ekña mi iju’belob tyilel tyi pulenbä wits
K’ächälob tyi pulenbä tyikwä xajlel
Tyi ityojlel tyañixbä awuty
Ya’ tyi ok’beñixbä atyi’
Mi ilok’el k’ambä oñel-uk’el
Muk’ix iyäp ijaj-ik’ pijtyaya
Mi ijats’ ibä ya’ tyi iñäk’ wits
Mi ipujkel majlel, mi ijapuñ bij cha’añ mi k’axel k’uxya
Bij, tsa’bä lajkomol japu
Che’ ma’añoñikla tyi pañämil.
El camino del dolor
Teñido al color de la sangre envenenada
el camino del dolor se abre
y cierra la vereda de la esperanza.
Gemidos de los asesinados
bajan del cerro mutilado
montados sobre piedras ardientes.
Sobre tu rostro calcinado
y en tus labios desechos,
gritos de lamento brotan
sepultan el aliento de la esperanza.
Se estrellan sobre las faldas del cerro
se expanden y abren el camino del dolor.
Camino, que nosotros mismos abrimos
Cuando nuestra memoria estaba ebria.
Tyeñe pijtyaya
Woli tyi xämbal pijtyaya tyi ibijlel iñajal alä xch’ok
Muk’ix ijoch ibujk che’ mi isäk’añ
Ñäch’äkña mi ixäñ majlel ya’ tyi ibijlel ñajäyel
Tsäts mi ichok ibä tyi jochtyälel
Ya’ tyi ñajty mi oloty
Junxujty’ ñajal
Cha’añ mi iñaj-esañ ibä
Che’ tyi yik’ajel ak’bix
Mi icha’ sujtyel tyilel
Ts’ämijeñ tyi kisiñ
yikoty tyi cha’ ka’jtyiyi
cha’añ mi icha’ xoj ipislel
tyi ityojlel xojokñabä säk’ajel
Esperanza monótona
Camina la esperanza sobre los sueño de la niña
desnudándose después de la madrugada,
se marcha sigilosamente al olvido
y se lanza violentamente al vacío
allá en lo lejano pepena
un pedazo de sueño
para saciar su hambre.
Al atardecer de ayer
regresa bañado de pena
de arrepentimiento
para vestirse
Nuevamente al aroma de la madrugada.
Tsa’ kjapä
Tyi aty’añ tsa’ kjapä
Wäkchäjk’ ya’lel yuk’el junkojty ts’uñuñ
Tsa’ uk’ij cha’añ tsa’ jili ik’u’
Woli tyi ch’ujulty’añ cha’añ tsa’ tsänsäñtyi yal
Tsa’ oñi tyi ik’uxel wokol tyi ich’ujlel
Chañ tsa’ wejli cha’añ mi ilijkañ chämel
Ya’ tyi ibijlel iwuty pañämil tsa’ yajli
Wäle
Tye’lemuty, junmujch’ woli yuk’tyañetyob
Woliyob yuk’tyañ puleñ matye’el
Pulem tyi ik’äk’al mech’lel
He bebido
En tus palabras bebí
lágrimas de una colibrí
lloró cuando su nido fue destruido
rezó porque perdió sus polluelos.
Gritó por la profunda herida en su alma.
Emprendió el vuelo para sacudirse de la muerte
en el rostro del horizonte desvaneció.
Hoy
las aves, en coro, lloran la ausencia
el silencio grita desesperadamente
Sollozan la selva incinerada
incinerada por las llamas del odio.
Diario del coronavirus desde Chiapas. Día dos

Estás enfermo porque te quieres morir, me dijo; a mí me pasa con las ventanas altas, me quiero asomar por ellas y ver si me puedo tirar y eso me da repulsión, agregó; en ambos casos lo que ocurre es que queremos estar muertos y tus ventanas son los virus y tus virus son mis ventanas, concluyó no sin antes decir que no es temor ni a los virus ni las alturas sino al deseo de estar muerto que choca con el impulso de vivir.
Con lo que él me dijo me quedé media tarde, anegado de estornudos y mocos que rebalsan mi nariz al punto que algo parece derretirse en mi cuerpo y a duras penas sale, con goteos, por esos orificios. Cuando comiencen a supurar mis demás cavidades debo alarmarme e ir al Hospital de las Culturas donde seré el primer caso de coronavirus mutante. Entretanto, basta con sonarme.
En la noche, otro amigo me dijo que no compartía la idea de que haya un hambre de morir, al menos de mi parte. Y la razón, según él, es que me solazo con el aburrimiento y no sería para nada aburrido que mi vida se interrumpa con una peste y hay peores y más mediocres maneras para prolongar el aburrimiento. No sé si me convenció, pero pensé en Highlander y en Christopher Lambert que, para mí, es inmortal.
A veces, cuando camino por alguno de los andadores del centro de San Cristóbal, veo a europeos y gringos que se parecen a actores de cine, aunque jamás he visto a uno parecido a Lambert. También me topo con un joven que llora y dice ser mensajero de los zapatistas; suele acercarse a los de aspecto foráneo y relata la historia a cambio de unas monedas. Ignoro si quienes lo escuchan le pagan por su actuación o porque le creyeron y esperan alguna retribución como un viaje clandestino a algún reducto del EZLN.
Pero el centro queda lejos de donde vivo. Estoy más cerca del norte, de barrios como La hormiga, habitados por personas que provienen de las zonas rurales de Chiapas. La mayoría son Tseltales, Tsotsiles o Xoles, con lo cual se cumple el patrón de todo el continente: los indios habitan los lugares que se consideran pobres para los índices estatales. Para llegar al casco histórico necesito tomar una combi, el vehículo de servicio público en donde uno se sienta en una banca que ocupa todo lo largo de la camioneta y piensa que esa es una buena manera de realizar un viaje interplanetario.
A ese medio de transporte prefiero no subir en estos días. Temo que si estornudo, como lo he hecho en las últimas horas, me bajan o directamente me llevan, a la fuerza, a algún hospital público. Allí ordenarían una cuarentena, y viviría de manera muy parecida a como lo hago hoy.
Ayer, cuando fui a comprar unos pañuelos, las mujeres que atienden en la farmacia me miraron a los ojos y repararon en mi acento; indudablemente no era europeo sino más parecido al de un migrante centroamericano. Quizá vean con buenos ojos que quienes atraviesan México en caravanas lleguen enfermos a la frontera, como si esa fuera una manera de vengarse de lo que ocurre en el norte.
No se ha registrado, oficialmente, un nuevo enfermo de coronavirus y aún no llega a San Cristóbal. Y eso otorga tranquilidad a algunos habitantes; el estado de excepción también se cifra en la creciente confianza en quien dice protegernos y limitar las llamadas libertades civiles e individuales. Además, en Ciudad de México, anuncian con cierto dejo de triunfo que el primer enfermo de coronavirus ya fue dado de alta. ¿Y si empezara a supurar mucosidades por todos sus orificios?
Alguna vez leí la biografía de Jacinto Novarro, un poeta filipino que esperó la llegada del tusnami que golpeó a Mindanao en 1976, parado en una costa de la isla. Quisiera ser como él, pero no soy poeta y esto no es un tsunami sino una gripa. Y estornudo.





