Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #6. Por Leandro Alva

Esta tarde me enteré que hoy se celebra el día mundial de la poesía, fecha instituída por decisión de la Unesco para celebrar la diversidad lingüística y bla bla bla… Hace un rato también me enteré de que hoy fue el día en el que se registraron mayor cantidad de contagios en Argentina, sobre todo en los centros urbanos con más densidad de población.
Aprovechando este asunto de la reclusión obligatoria, mucha gente se dedicó a viralizar poesía en redes sociales o a cantar baladas con dudosa afinación. Supongo que de alguna manera la poesía y la música nos reconfortan un poco frente a la angustia omnipresente, y eso les da un carácter sumamente valioso, pero he visto algunos casos bastante particulares; hablo de personajes que leen sus propios poemas y creen que van a cambiar el mundo con sus “ensueños arrebolados de miel virginal”, eso también hay que decirlo. Bueno, algo de culpa también me cabe: confieso que yo mismo edité tres libros de poesía, mas hoy no tuve muchas ganas de buscar el palito de selfie para declamar nada y ofrecerlo a la virtualidad.
Aquí seguimos en cuarentena y las únicas actividades que me ocuparon el día fueron la lectura, un rato de juegos con mi perro y una charla con mi hermano a través de una pared (vive a la vuelta de casa y nuestros fondos limitan). Para ser justo, debo decir que también me entregó una bolsa de pan “fatto in casa” por arriba de la tapia. Gracias, hermano y vecino generoso.
Mientras tanto la tele sigue con sus pronósticos apocalípticos, pero al mismo tiempo aconsejan no entrar en pánico, así que es mejor apagarla o ver una peli. Hoy leí que hay varias páginas porno en internet que están a punto de colapsar por la exuberante demanda de contenidos. En tu cara, Mauro Viale. De esta manera se apilan los días de una cuarentena que podría llegar a extenderse, porque la mano viene brava y no hay poesía ni porno que mitigue un virus coronado. Así que paciencia.
Marco Valerio Marcial fue un poeta latino que nació en el año 40 de la era cristiana, a pocos kilómetros de la actual Calatayud, en lo que ahora es España. Por eso, en el día mundial de la poesía, me despido con uno de sus célebres epigramas:
88
Nunca recitas, Mamerco
y quieres que te consideren poeta.
Pretende lo que prefieras
pero no recites jamás.
No puedo dejar de imaginar cual emoji hubiera elegido Marcial para acompañar estas líneas.
Hasta la próxima.
Leandro Alva, Temperley, 21 de marzo de 2020.
Diario del coronavirus desde Chiapas. Día veinte

Cebolla estuvo con el movimiento magisterial y popular de Chiapas que se manifestó en Ciudad de México y cuyos integrantes, supongo, regresarán al estado en pocos días. Fueron cientos los manifestantes que, en su retorno, pueden tener más virus que una página porno de videos caseros. El propio Cebolla dijo que ninguno se abrazó ni tocó, como a sabiendas de que, si estalla la histeria, ellos mismos pueden quedar aislados. Aunque, en los tiempos que corren, el paroxismo es cosa del pasado. Me figuro un regreso en peregrinación, como si fueran aquellos flagelantes que, con sus pulgas, diseminaron la peste bubónica. Pero mis figuraciones son goce y un oscuro anhelo que se mezcla con el terror para que se destile la voluptuosidad.
Lo llaman Cebolla porque semeja las que dan en los combos de pollos asados en México: son redondas, blancas y un poco dulces. Y él es blanco, redondo y un poco dulce; aunque se pone ácido cuando percibe una critica al EZLN, recuerda las campañas publicitarias de Salinas de Gortari o escucha a alguien que dice que San Cristóbal se llenó de jipis new age que quieren fusionar el chamanismo con el feminismo y algo de zapatismo remozado con proclamas marxistas que ni Marx imaginó.
Cebolla me distrae. Cada día busco a alguien que apenas conozco y lo lleno de cualidades y circunstancias. Me pregunto si Cebolla hará chistes sobre los malos entendidos que surgen entre las palabras cuarentena y cuarentona. Aunque, con los últimos movimientos sociales, él ya no hace chascarrillos que no puedan pasar el filtro de lo machista y ahora propaga, por Facebook, ideas sobre el desmonte de “las estructuras patriarcales que se cristalizan en el estado”.
Cebolla ni siquiera menciona al Coronavirus y por ello me he abstenido de compartirle las bromas que recibo por whatsapp: fueron dos y eran vídeos. En el primero, un anciano que estaba con los pantalones abajo, tirado en una camilla de urgencias, empezaba a acariciarse su verga flácida; en el segundo, un hombre bate su prepucio en un balcón mientras ve un vídeo en su teléfono celular. Es previsible que Cebolla entienda eso como un patrocinio al machismo y a esos tipos que suelen masturbarse frente a las mujeres y los niños. Y lo entiendo y me pregunto sobre mi manera de apoyar la pederastia y las prácticas afiliadas al maltrato y al abuso; Cebolla suele denominar a ese tipo de conductas como dignas de “machín”: rage against the machine, Cebolla, le dije un día y Cebolla apenas se rio. Luego me pregunto sobre lo que esté viendo el hombre del celular; quizá sean los últimos informes de los muertos que hay en Italia o el incremento preocupante de infectados que se ha detectado en Sudamérica. O puede que vea Pornhub, el portal que, según RT, tiene una avalancha exponencial de visitas, en un aumento semejante al de los contagiados por el Covid-19.
Entonces pienso en Marcianos al Ataque y la forma en que repelieron la invasión extraterrestre; quizá sea mediante el ascenso de temperatura corporal, ocasionada por el onanismo, que se pueda vencer al Corona. Y recuerdo, también, que hace unos días Ele me envió un meme en donde un muchachito dibujado decía que si sacaba su líquido seminal a punta de pajas, expulsaba al virus: de nuevo, el machismo y el chiste de un machín que supone que las mujeres se morirán por no tener semen.
Ya no puedo contar mucho de lo que pasa en la calle. Apenas salí al supermercado y regresé con unas cuantas cosas para comer, básicamente dulces que ya he devorado. Hoy el tráfico era copioso y, a diferencia de otras jornadas, las combis estaban llenas de pasajeros. Cuando el virus llegue a la zona norte de San Cristóbal, más exactamente a la colonia La Hormiga, puede darse una infección de gran escala. Y quién sabe cuántos deberán acudir a un hospital donde morirán sin atención necesaria.
Mi vida y se remite a lo que me envían por whatsapp. De lo que ocurre en México apenas sé por lo que me dicen los amigos de este lugar, tan lejanos como los que están en Colombia o Argentina, y por las ruedas de prensa que el subsecretario de salud da todas las tardes, casi siempre con una retórica científica que desemboca en explicaciones burocráticas sobre reuniones, como si leyera el acta de una junta directiva.
Diario del coronavirus desde el conurbano sur de buenos aires #5. Por Leandro Alva

Esta mañana me desperté con la noticia de la muerte de Amadeo Carrizo, una leyenda de nuestro fútbol. Para muchos, el mejor arquero argentino del siglo XX. La noticia me generó algo parecido a la nostalgia, a esa extraña nostalgia de lo que nunca se vivió. Porque yo no llegué a verlo dentro de un campo de juego. Sin embargo quedaron sus historias, las que contaban mis abuelos, las que escuché de boca de algún jovato en la mesa de un bar. Tan grande fue este señor que nos ocupa que incluso el mismísimo Lev Yashin, la araña negra soviética, le regaló sus guantes en señal de admiración. Curiosamente, Yashin también murió un 20 de marzo, en 1990. Todas estas perlas de la “vieja época” son capaces de bocetar perfiles míticos en la cabeza de cualquier pibe amante del balompié, como ese que fui allá lejos y hace tiempo.
Esta mañana también me di cuenta (siempre tarde) de que tenía algunos servicios impagos, así que hice acopio de valor y salí a la hosca intemperie a buscar una oficina de Rapipago, pero la que está más cerca de mi casa no atendía. De este modo tuve que desandar mis pasos y volver al aislamiento. Pude ver calles prácticamente vacías, poca presencia humana, algunos perros despistados por tanta quietud. Me sorprendió una calandria que cantaba paradita sobre el cable de alta tensión en la ochava de mi escuela primaria. Me detuve a escucharla, era todo en la tarde vacía, no había más y no hacía falta. Apenas retomado el paso me crucé con dos colectivos, uno de ellos con un solo pasajero en el último asiento. Y me acordé de aquel cuento notable de Bradbury, El peatón, en el cual un ignoto habitante de una ciudad sale a dar un paseo nocturno y, como es el único que tiene el tupé de andar vagando a una hora “desaconsejable”, se lo llevan a la comisaría. Bueno, yo sí andaba solo, pero por ahora no estoy en cana.
Quienes sí están detenidos desde esta mañana son siete parejas que estaban en un telo meta chucu chu. Ya ni organizar un festín de sexo y depravación se puede, al menos por un tiempo considerable. Habrá que desarrollar preservativos que cubran el cuerpo entero, qué sé yo. Tenemos que estar preparados para todo. Esto recién empieza y es igual a una guerra, le escuché decir a un fulano en la radio.
Quiero remarcar que hoy me abstuve de encender la TV. Estoy harto de los noticieros. Bueno, en realidad sí la encendí para ver un programa homenaje al gran Amadeo Carrizo, pero fue menos de una hora. Mientras tanto, me llega un bombardeo de información por whatsapp y no estoy en condiciones de procesar el ataque. Aún no sé la diferencia entre un virus y una bacteria, o tal vez la sé pero no me acuerdo de que la sé. En fin, todo está muy parecido al día de ayer y al anterior, y creo que el hecho menos apremiante y más reparador de este viernes fue ese minuto en el que me detuve a escuchar el trino de la calandria en la esquina de mi escuela. En ese momento volví, pero no a mí casa.
Leandro Alva, Temperley, 20 de marzo de 2020.
Ya incurrida la primer oleada de cuarentena. Por Augusto Orta

Ya incurrida la primer oleada de cuarentena, en algunos lugares más que otros. Mediante redes, memes y medios nos informamos todos, en todos lados; cada uno con su teléfono celular. Muchos atónitos por lo distópico. Otros resignados. Y algunos preparados. Las personas parecen dividirse en dos, los que tienen lugares dignos dónde pasar la cuarentena y los que no. De ahí, los que pueden permanecer tranquilos en su hogar y los que desesperan. Los que no son esenciales para el desenvolvimiento básico social, a la casita. La mejor forma de entenderse, palparse, coronarse de inútil. Es innegable, bienvenidos a algo que los escritores, los artistas y todo ser del mundo de la cultura sentíamos y así se encargaron de percibirnos siempre: como unos buenos para nada. Ahora son escasos los que sirven. Y listo. Cómo no caer en ese vacío. Depende de cada uno, lo primero: saber si puede convivir consigo mismo. Luego los cohabitantes y luego los vecinos. Espero como Poeta de que se empiece a valorar cada grano de arroz. No desperdicies. Le recomiendo a su vez la lectura, señor. Pero si es muy holgazán para las actividades del entender, vea series y películas de sobrevivientes, así por lo menos aprende algo. Contemple lo hermoso de ver a la gente preocuparse de su higiene, del distanciamiento social. Cada persona en su propio ecosistema, es algo que nadie hubiera imaginado, se le echa la culpa a ese chino que comió un caldo de murciélago pero esto ya venía de antes, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que la Tierra necesitaba un respiro. O lo hacemos por las buenas, o lo hacemos por las malas. Ahí aparece en todo su esplendor la miseria humana, los cambios de paradigmas. Justo empezando el año, ya ese impulso se acabó. Fueron los dioses (los actuales y los del pasado), poneles el nombre que quieras. Conspiranoiquiemos. Pero si no te cuidas te morís, o matas a alguien. La muerte personal es una cosa. Muchos de mi edad (soy calibre 38) tienen miedo de contagiar a ancianos y que empiece la fiesta de la parca a sucumbir a la mami y al papi, ni hablar de los nonos. Y yo te digo: de algo hay que morir.
Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #4. Por Leandro Alva

Como anticipé en la entrada de ayer, el poder ejecutivo de mi país acaba de disponer la cuarentena obligatoria hasta fin de marzo. Parece una medida sensata, esperemos que sea efectiva. Corremos con la desventaja cierta de no haber vivido este tipo de situación con anterioridad, de sentir que somos debutantes, meros improvisados ante un vampiro (o pangolín, qué más da) invisible y gigantesco. Los que tienen alguna fe le rezarán a su santo y el resto hará un esfuerzo por abrazar un cachito de optimismo, siempre entendiendo que lo más importante de toda esta cuestión descansa en la solidaridad, aunque no todos lo entiendan.
Hoy salí del aislamiento para ir de compras. Farmacia, supermercado y panadería. Primero me agencié unos medicamentos para mi vieja, que no puede asomarse ni a mirar la luna porque está en la franja etaria de riesgo. El argenchino se me presentó algo desolador; góndolas vacías, colas interminables, barbijos por doquier, etc etc etc. Mientras estaba en el sector verdulería apareció mi prima con su marido y enseguida me dispuse a saludarlos con un abrazo. Inmediatamente nos miramos y retrocedimos. La distancia es necesaria en este momento, pero se vive con extrañeza. En Argentina somos de abrazar y besarnos mucho, y ahora hay que reprimir esos cariños. Luego de saludar a mis parientes con una serie de gestos bastante torpes, me fui a comprar un poco de pan y volví a casa renacido, léase: con un pan bajo el brazo. Finalmente, hubo que desodorizar a ese pobre miñoncito que podría haber sido la merienda de Heidi. Anoten: no es buena idea mezclar pan con axilas.
Hace un rato, antes del comunicado del presidente, gran parte de la ciudadanía salió a la vereda o se asomó al balcón, y le dedicó un aplauso a los trabajadores de la salud. Un hermoso síntoma, por cierto. Algo que mete ganas de seguir creyendo. Pero también, hay que decirlo, se repite la imagen de caravanas de imbéciles que se acercan a la costa atlántica pensando que estamos ante un bonus track de las vacaciones.
A pesar de todo, fue un día bastante tranquilo. Ya nos veíamos venir el decreto de la cuarentena obligatoria que, repito, me parece una medida acertada, pero no desconozco que gran parte de la elusiva idea de futuro que podemos forjarnos reside en nuestra responsabilidad. Solo espero que estemos a la altura de esa batalla.
Durante mi adolescencia leí con sumo deleite al maestro del horror cósmico, el gran H.P. Lovecraft. Creo que fue él quien dijo que la humanidad es un virus con zapatos. Ojalá que se haya equivocado. Mientras tanto, veo pasar las horas, me como un pancito perfumado y saludo a mi familia con movimientos espasmódicos que asustarían a la más deletérea de las criaturas que ha parido la mente del buen señor H.P.L. Todo parece normal, como un alfajor de mondongo.
Leandro Alva, Temperley, 19 de marzo de 2020.
Diario del coronavirus desde Chiapas. Día dieciocho

En San Cristóbal de las Casas no habrá dilema ético si una avalancha de Covid-19 rompe las puertas de los hospitales. A diferencia de Italia, acá no hay margen para escoger entre el anciano y el joven que se ahogan; ambos se dejarán a su suerte; ambos terminarán muertos. Los pobres jamás escogemos.
En el centro caminan los turistas (que aún no paran, que prefieren atiborrarse de artesanías y muñecos con la cara encapuchada de Marcos) en los andadores de la ciudad. Esto, al menos, restaña la situación de algunos vendedores ambulantes que tendrán más apuros en unos días, cuando el presidente sepa que, además de apelar a sus escudos protectores (muy parecidos a los que usaban los sicarios en Colombia), debe decretar un estado de excepción.
En otros lugares las personas violarán el estado de excepción por razones diferentes. En Bogotá, por ejemplo, la esposa de Ele ya le dijo que lo peor que le podía ocurrir era quedarse encerrada con él, que de hecho prefería salir e infestarse de cualquier porquería que compartir un espacio que le recordara una de las peores decisiones de su vida. De hecho, me asegura Ele que ella le dijo, es mejor estar muerta que seguir casada. En esa misma aura matrimonial, Jota me dijo que el aislamiento por la pandemia era idéntico a su vida marital, en donde ni siquiera existía el contacto físico desde hacía unos años.
La picaresca en torno al Coronavirus es un meandro de ternura, un rictus que delata la angustia y una incredulidad que se aferra a que nada de esto existe. Aparece una risa de la cual nacen prefiguraciones apocalípticas. En un tiempo, cuando esto termine, pulularán los diarios de la Cuarentena. Habrá obras maestras, otras más ocurrentes que exploren el humor y hasta aparecerán historias de valentía y amor. Ninguna será muy leída, aunque alguna se hará merecedora de algún premio; no por la extinción de la humanidad sino porque, como casi todo, a excepción de una plaga o una guerra o una película ganadora de los Oscar, pasará desapercibida. De hecho, cuando esa película sea premiada, harán un minuto de silencio por los muertos y algún actor reclamará en su discurso por el constante daño a la naturaleza que ya nos dio un castigo con aquella plaga del 2020.
O puede que este embate no termine, que nos acomodemos al Covid como con al SIDA. Será una cuestión de años. Y si acaso esto eliminara a casi todo espécimen humano y quedaran algunos desgarbados que hagan una secta en donde adoren al Coronavirus, no habrá efigie alguna porque si este bicho se convierte en un ser digno de culto, lo único que se debe hacer es cambiar el nombre de Dios(o su impronunciable nombre) por el de Covid-19: su libro sagrado ya está escrito: no se ve, pero se siente y, si no se siente, lo sufres.
El mismo Jota que me refirió su vida sexual y marital, me dijo que esta pandemia será algo que recordaremos con cariño porque lo que viene será peor. Al decírmelo, me sonríe, al otro lado de la línea de whatsapp. Luego se queda callado y me confiesa que hubiera querido estar muerto desde hace mucho tiempo.
Ya me han llegado instructivos de cómo fabricar gel antibacteriano con elementos caseros. El problema es que el Covid-19 no es una bacteria sino un virus, pero quizá todo ese asunto no pase más que por un asunto de nominaciones.
En San Cristóbal, los automóviles aún circulan pero hay poca gente. Sólo el centro de turistas parece no inmutarse. Es como si los alienígenas supieran de la llegada de otros alienígenas y no les importara, mientras los terrícolas nos retraemos y nos dejamos llevar por la misma suerte del anciano y el joven que no tendrán ningún tipo de ayuda en un hospital colapsado.
Haití no tiene coronavirus, me informó A, entre una carcajada nerviosa, con su acento de cordobés que sabe que hasta el Uritorco toserá.
Ay ti, ti, yo no soy de por aquí, dijo alguna vez Ele, poco antes de su tercer divorcio.
Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #3. Por Leandro Alva

Ayer y hoy estuvo lloviendo bastante. Ojalá que la lluvia sirva para limpiar algo. En un diario leo que en Venecia, ante la ausencia de seres humanos, aparecieron cisnes y peces en los canales. No va a sonar simpático, lo sé, pero presenciar eso debe ser hermoso. Y uno tiende a pensar que tal vez la huelga momentánea de la mano del hombre “reparará” un poco la naturaleza. Es la única idea positiva que se me ocurre ahora.
No puedo ver películas. No me puedo concentrar demasiado en las imágenes. Sí estuve leyendo bastante: El petiso orejudo, de María Moreno; El presidente, de César Aira; cuentos de Ray Bradbury, Daniel Moyano y Mario Levrero; poesía de Luis Chaves; crónicas de Clarice Lispector, además de picotear incesantemente algunos libros sobre historia del tango. Por cierto, me vino una gana ubérrima de releer La peste, de Camus, luego de que el pelotudo de Vargas Llosa dijera que es un libro mediocre. El problema es que no encuentro el ansiado volumen. Era una edición lastimosa de Bruguera, y creo que debe estar en el caos de mi tapera vip. No me llevo bien con los pdfs, así que procuraré buscarlo con más ahínco.
Hoy no asomé la nariz a la calle. Solo jugué con mi perro y estuve viendo algo de tele. Para olvidarme un rato de la pestífera situación busqué un canal de deportes en el que estaban repasando los mejores goles de no sé qué temporada del fútbol alemán. Venía todo bien hasta que al final del programa los idiotas de los panelistas (algunos periodistas, algunos ex jugadores) se desafiaron a ver quién hacía más jueguito con un rollo de papel higiénico. Sin comentarios. Apagué la tele.
Anoche me costó mucho dormir. Leí un libro entero y otro lo dejé por la mitad cuando fui abatido por el cansancio, pasadas largamente las seis de la mañana. Así que hoy me tiré un rato a la siesta. Y tuve un sueño raro, incómodo. Resulta que me invitaban a cantar unos tangos con la orquesta de Don Osvaldo Pugliese (!) y segundos antes de salir a escena me olvidaba de todas las letras que tenía que cantar. Por suerte me desperté al grito de mis sobrinos. Entraron a mi habitación con barbijos puestos y se me tiraron encima. Yo estaba medio dormido y casi muero del susto. De todas maneras, siempre es una alegría verlos, mucho más después de haber fracasado como cantor.
Según parece, mañana será anunciada una cuarentena absoluta porque la cosa pinta cada vez más fulera. Hay casi cien casos oficializados y se confirmó la tercera muerte hace minutos. Lo peor es que todavía hay gente a la que no le cae la ficha y anda pelotudeando con la firme creencia de una falsa inmunidad de connotaciones egoístas, perversas. Y también hay un hijo de puta que “trabaja” de pastor evangélico que anda vendiendo “alcohol en gel bendecido” a mil pesos cada recipiente. Amén.
Mucho más allá del tiempo que va a llevar el desarrollo de una cura para el Covid 19, creo que HOY la solidaridad es el elemento fundamental. Y el individualismo feroz de algunos los impele a creer que esto es un jueguito con rollos de papel higiénico, un cuentito sin moraleja. Espero que todavía estemos a tiempo. Sé que nunca voy cantar con Pugliese, pero me gustaría vivir unos años más. A mí y a muchísima gente. Y viajar a Venecia, escuchando esa canción de Charles Aznavour que tanto le gusta a mi madre. Sin olvidarme la letra, claro.
Leandro Alva, Temperley, 18 de marzo de 2020.
Diario del coronavirus desde Chiapas. Día diecisiete.

Si anunciaran, mediante un comunicado oficial, que pasado mañana será el último de la humanidad, desde ya nos agolparíamos en las puertas de los bancos y haríamos filas con las bocas cubiertas y guantes de látex. Esperaríamos a nuestro turno, creyéndonos monitoreados desde una cámara de vigilancia, y aguardaríamos a que un cajero, oculto tras un barbijo, nos entregue nuestro dinero. Será un trámite más bajo la convicción de que no hay que regalarle nuestros ahorros a un parásito que ha sido banquero (y cuando pensamos en un banquero se nos viene a la cabeza alguien más viejo que el cajero que nos atiende, sin suponer que pudo haber sido uno de esos jipis que en los sesentas lucharon por un cambio). Al final, se declarará la iliquidez del banco y todo culminará en una huelga silenciosa y de indignación.
Del desenfreno prefigurado en las pestes medievales de Bocaccio, no queda sino una amarga sonrisa por aquella edad de la inocencia. El penúltimo día será como el anterior y el anterior del anterior y también será como el último. En una época en la que aún se daban tarjetas de cumpleaños y para el día del amor y la amistad, proliferaba el mantra de vivir cada día como si fuera el último: lo hemos cumplido: vivimos cada día como el último y el último es como cualquier día.
Hace poco releí el Teatro y la peste de Artaud; el entusiasmo del encuentro que tuve cuando lo hallé hace más de diez años, durante la peste del cerdo que me atrapó en Buenos Aires, se difuminó. Antonin confiaba en un terror que no paralizaría, aunque fuera en pro de la crueldad:
“Cuando la peste se establece en una ciudad, las formas regulares se derrumban. Nadie cuida los caminos; no hay ejército, ni policía, ni gobiernos municipales; las piras para quemar a los muertos se encienden al azar, con cualquier medio disponible. Todas las familias quieren tener la suya..”.
Si nadie cuida de la ciudad es porque nosotros mismos nos estamos cuidando o creemos que alguien lo hace desde algún lugar. Artaud aludió una fisonomía espiritual de un mal que tenía impactos orgánicos, específicamente en el cerebro o los pulmones, lugares en los que se aloja la voluntad o, al menos, se refleja, según él. Podemos acelerar la respiración o mitigarla; los pensamientos se atiborran como nosotros frente a los supermercados, o circulan como los hilos de agua en las sequías. Estamos apestados antes de la llegada del virus.
Durante estos días, aún aferrado al optimismo, me aburrí. Apenas se acabó mi propia gripe – o se escondió, no lo sé-, sentí que en San Cristóbal de las Casas no brotaba la conciencia apestosa que crecía al otro lado de la frontera norte del México o en la otra orilla del Atlántico. El asunto se pone malo; el presidente López Obrador besa y abraza a sus seguidores porque confía en que sin corrupción superará la pandemia, mientras arrecian las críticas de epidemiólogos y las franjas publicitarias de los noticieros se limitan a explicar lo que debe hacerse para evitar el contagio.
Aún no ha estallado la diseminación, pero todos la esperan, sin comportarse como el poeta filipino que aguardó al Tsunami en Mindanao, con los pantalones abajo, sobándose los genitales. Más que una disposición al enfrentamiento, nos retraemos. La historia de ese poeta y su final, más extraordinario que su propia obra (si por obra se entiende lo que escribió Novarro), ha inspirado a algunos rapsodas que, en el encierro de las grandes ciudades, evocan a esos pequeñines que otrora pudieron hacerlos sonreír.
T, desde Nueva York, me contó que el día de su cumpleaños, la semana pasada, cuando la ciudad ya empezaba a sitiarse, decidió salir a un bar de negros. Quería coquetear y escuchar historias porque, en sus palabras, “quería echar[se]mano pero, si lo ha[cía], ten[ía] que lavár[selas] y le da[ba] pereza”. En el bar, pese a sus flirteos pueriles, escuchó la historia de un latinoamericano en Pekín que quiso “echarse mano” pero no podía porque no hallaba jabón para lavarse las manitas, así que se suicidó. La razón de la extrema medida de higiene, según T, no respondía al coronavirus porque, en la hermosa época cuando ello ocurrió, la pandemia era la del SIDA y, por lo tanto, aquél latinoamericano escuchó que, masturbador que no se lavara las manos, podía inocularse el vih. El hombrecillo era adepto de Hugo Banzer Suárez, con lo que se resistió a recibir una ración de jabón comunista en la plaza de Tiananmen y prefirió la muerte.
A la historia de este rapsoda, se sumó la de Hache, residente en San Cristóbal de las Casas. Él suele hablar en medio de unos eructos que hacen más sensual su acento salvadoreño, sobre todo cuando enuncia cosas como Salud Pública o Panóptico. Su esposa pretendió regresar a su país de origen justo horas antes que Nayib Bukele ordenara el cierre de las fronteras. Ella está en cuarentena, en unas instalaciones semejantes a las acondicionadas para los posibles campos de concentración en los que se hacinarán a los potenciales enfermos. Quizá sea la respuesta a las políticas migratorias que hace años tienen para con ellos en México y Estados Unidos, quizá ocurra que los rubios deban agolparse en las fronteras, aferrados a la posibilidad de no enfermarse para entrar a las llamadas “repúblicas bananeras” que serán el refugio donde apenas ocurren guerras civiles y matanzas selectivas.
Ene me enseñó, el viernes anterior, un vídeo tomado desde la cámara que instaló en su casa en San Juan Chamula. En ella aparece, en medio de la noche, una sombra amarilla que camina justo fuera de la construcción; se detiene un rato y sigue su camino. Ene me preguntó si era un fantasma; yo no supe si se refería a esa luz o a mí porque, desde hace un tiempo, su mirada percibe a criaturas que los ojos de los demás humanos apenas sabemos de oídas.
Proliferan las historias. Ignoro si las que aparecen en las agencias de noticias sean como los espectros de Ene o como el sudamericano que se mató en aquella China continental de comienzos de los noventa.
Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #2. Por Leandro Alva

Yo nací un día que Dios estuvo enfermo. Eso lo escribió alguna vez el gran César Vallejo, y creo que no es casual que el César haya venido al mundo un 16 de marzo. Esta tarde, cuando me topé con esa efeméride recordé el comienzo de Espergesia, aquel poema de Los heraldos negros, tan definitivo y urticante como un chicotazo detrás de la oreja.
Ayer se restringieron aún más las actividades públicas de los ciudadanos en mi país. A partir de hoy no hay clases y muchos trabajos se llevan a cabo desde la comodidad hogareña. Casi todo el mundo está de acuerdo en señalar lo acertado de la medida, aunque sigue siendo destacable la opinión de aquellos que creen saber más que los infectólogos y alzan su voz reclamando cualquier barbaridad. En Argentina existe un tipo humano particular que, según cuadre la ocasión, puede ser DT de fútbol, ministro de economía o, en este caso, especialista en pandemias. También existe un adagio que reza “a la gilada ni cabida”. Y creo que, en estos tiempos que corren, es una sentencia más que atendible.
Hoy tuve que ir a comprar algunos productos de primera necesidad al supermercado chino de mi barrio. Como era de esperarse, la cajera me atendió embarbijada. En primer lugar me sorprendió algo que había leído en redes sociales pero que quería comprobar “in situ”. No había rollos de papel higiénico, lo cual me llevó a preguntarme si la desinformación y el caos reinante impulsan a creer que el virus, en lugar de ingresar por las vías aéreas lo hace por el culo. En el super había pocos clientes, pero nadie se iba sin llenar su carro con avidez. Una notoria inclinación a manotear media docena de desodorantes Axe o diecisiete alfajores Jorgito de un saque lo impregnaba todo. Al parecer, existe un gozoso misterio en el acopio innecesario. Por mi parte, me llevé dos paquetes de fideos, dos de arroz, uno de polenta, dos de yerba, un par de vinitos, un agua mineral grande, un sachet de leche, un kg de comida para Nippur, un Capitán del Espacio triple y un alcohol (no en gel, no había). Con eso y algunas cositas que tenía desde antes presentaré batalla desde el bunker de Cangallo al 900. Es hora de mostrar de qué estamos hechos los temperlinos, carajo. Es ahora o nunca.
Mientras volvía de realizar mi compra me sentí una especie de Juan Salvo, sin escafandra ni carabina. Algunos autos remotos le ponían voz a la tarde y una vecina me saludó a través de su ventana (linda cuarentena podríamos pasar con la cuarentona, pensé). Al llegar a casa prendí la tele y todo seguía igual: los periodistas haciendo lo imposible por infundir pánico en la audiencia. Un asco. Así que apagué y me puse a escuchar un poco de música: lo último de Spinetta que se editó hace poquito y algunos tangos de Lucio Demare con Raúl Berón. Un elixir auditivo de lo más estimulante, que incluso ha logrado el milagro de hacerme mover un poco las patas, a mí, que bailo peor que el profesor Xavier, aquel pelado paralítico que comandaba a los X-men. Y de pronto me quedo pensando que tanto los X-men como El Eternauta no existen, claro, pero harían buena falta mientras Dios está enfermo y César Vallejo ha muerto, ¿o me equivoco?
En fin, la cuestión es que de un momento a otro mi estómago apremia e interfiere mis profundísimas cavilaciones. Apuro el paso camino al baño y me doy cuenta de que me queda un solo rollo de papel higiénico a punto de terminarse. Desde la compu me llegan los compases lánguidos de un valsecito. La vida puede ser una mierda, es cierto, pero no todavía.
Leandro Alva, Temperley, 16 de marzo de 2020.
EL CULMEN DE LA IGNOMINIA, por Zeuxis Vargas
ANDRÉS FELIPE ESCOVAR O EL CULMEN DE LA IGNOMINIA
Por: Zeuxis Vargas

Hacer literatura es obsesionarse por procurar universos. Es entregarse a una tarea que sólo es satisfactoria, mientras se realiza, para la pobre criatura que letra a letra, palabra a palabra, tramita con su imaginación la ambición de contar o decir algo innovador.
En Colombia, la literatura parece estar medida por las buenas costumbres y por el uso adecuado de ficciones que se ajustan a la escritura usual, o sea, aquella que narra historias probables, verosímiles, asequibles o sutilmente innovadoras. En resumen, la literatura nacional hasta hace pocas décadas le importaba muy poco, pero muy poco, experimentar con los costados más raros o inverosímiles de la escritura. Así que sin miedo alguno, cualquiera puede decir que Colombia es un país de literatura realista: dramas de la vida real o basados en situaciones históricas, tramas psicológicas, historias románticas o detectivescas, escritos cómicos y textos epistolares, estructuras biográficas o seudobiografías, crónicas noveladas, argumentos picarescos o satíricos y en muy contadas ocasiones, discursos alegóricos, son parte del material que se encuentra en la estantería nacional.
La ciencia ficción, el misterio, los argumentos distópicos, utópicos, ucrónicos, de fantasía y hasta góticos, que se desarrollaron con entusiasmo en Estados Unidos, España, Argentina, Gran Bretaña o Rusia, no lograron seducir a los escritores colombianos, que siendo buenos lectores de las mejores obras mundiales, contadas veces se aventuraron a experimentar con esta clase de visiones.
Contamos con algunos precursores, dos o tres nombres que se arriesgaron por historias sorprendentes y raras. Pero este campo arado parcialmente por un Fuenmayor, un Lizarazo, o un Sliger, no logró impactar con el mismo furor que lo hicieron Mary Shelley, Julio Verne o H. G. Wells en Europa; Lovecraft, Burroughs, Howard, Leiber o Bloch, en Estados Unidos; Tsiolkovski, Malinovsky o Zamyatin en Rusia.
Así que a diferencia de la ciencia ficción mundial que puede dividirse en períodos, tales como clásica, de oro, intermedia, tardía y contemporánea, o con otras clasificaciones, según el gusto histórico, y con representantes magníficos para cada uno de los conjuntos, en Colombia, hacer esta clase de distinción histórica sería en sí misma una quimera.
Pero para ser complacientes con aquellos que se sienten entrañablemente atraídos por esta clase de sistematizaciones, podríamos decir que el grupo pionero o grupo clásico mencionado, dio origen, casi 50 años después, al periodo de la ciencia ficción reconocida realmente como de origen colombiano. Quien inaugura esta etapa es German Espinosa y lo siguen, quizás, los escritores más reconocidos hasta la fecha de este género, ya que René Rebetez y Antonio Mora Vélez, son los padres, de todo lo que vendría después. Los dos escritores son, por así decirlo, los embajadores. Ellos hicieron posible la visibilización de un género y se constituyeron muchas veces en los jurados indiscutibles para valorar las nuevas obras de ciencia ficción colombiana.
Quienes han intentado realizar un archivo histórico de la Ciencia Ficción en Colombia han denominado a la ola que publicó a finales del siglo XX, como la generación de Cambio de siglo, la cual señalan, nace justo a partir del Primer concurso de cuento de ciencia ficción, iniciado en 1997, donde justamente Rebetez y Antonio Mora Vélez, fueron los jurados. Esa camada de escritores, que ahora si podemos decir, con agrado, pasan de cinco, se unen inevitablemente con los escritores del siglo XXI, o sea, con aquellos jóvenes nacidos en los 80 y los 90.
Hay un lazo común que une a los escritores de fin de siglo con los del siglo XXI, ese lazo es la tecnología. Los primeros, vivieron el nacimiento del internet y se acomodaron con facilidad a la globalización y el neoliberalismo, comprendiendo las razones y sin razones de la era digital, de la cual, ellos mismos fueron protagonistas y testigos; los segundos, por su lado, nacieron con aquellos dispositivos y ese mundo en red, en sus manos, son hijos naturales de la informática y por lo tanto tuvieron desde niños el privilegio de reforzar con más rapidez sus habilidades y destrezas para comprender los nuevos senderos y lenguajes por los que la era digital evoluciona.
Así que hablamos de una conglomeración literaria de la misma estirpe, algo así como una familia de primos que consiguen hablar el mismo idioma con las mismas reglas naturales que los códigos sociales les dictan.
De esa última camada de escritores es que proviene Andres Felipe Escovar, un joven catedrático de la universidad del Rosario, que a finales de la primera década del siglo XX, comenzó a generar una literatura cooperativa. O sea, aquella que se hace a dos, tres o cuatro manos y que conlleva el desvanecimiento del autor. Borges y Bioy Casares lograron escribir de esta manera y sin esfumar al autor idearon la brillante estrategia de propiciar, para su arreglo mutuo, la creación de un autor etéreo. Bustos Domecq, es ese autor irreal o fantástico que firma las obras escritas a dos manos por dos de los más grandes escritores de la Argentina. Quiero creer que este ejercicio fue la chispa que dio pie para que Cermeño, Marsella y Escovar, les diera por hacer una literatura policefálica exitosa, a diferencia de este fenómeno dado en la naturaleza, en todas las especies, y donde aquellas criaturas que nacen con esta condición mueren precozmente, la literatura policefálica, ha proveído al mundo con grandes obras nada defectuosas. Lo más llamativo es que esta clase de obras parecen desbrozar un nuevo camino, una clase de género neófito capaz de convertirse en un paradigma literario.
Así que si este experimento en un futuro se posiciona como una rama indiscutible para crear literatura, Escovar y Cermeño serían los pioneros nacionales. Solamente, con el hecho de ser el iniciador de la literatura policefálica, le bastaría a Escovar para ganarse un lugar en la historia de las letras nacionales. Más allá de este logro, es necesario reconocer dos circunstancias extras que hacen de la escritura de Andrés Felipe, un acontecimiento favorable para la literatura nacional.
La primera tiene que ver con el hecho de que junto a Cermeño, Escovar es también precursor de aquello que podríamos denominar como literatura extravagante, grotesca dura o literatura de la estética Trash. Esta clase de estilo que se dio una vez en la literatura estadounidense con Flannery O’Connor, y sus personajes a los que les faltan piernas, ojos o son asesinos seriales con remordimientos morales y que logra su punto álgido con Denis Hale Johnson, en su libro de cuentos Hijo de Jesús, también tuvo lugar en Europa con las historias surrealistas de Boris Vian, pero donde más tuvo proliferación fue en el cine con películas de culto tales como Freaks; Pink Flamingos; Guinea Pig: Mermaid in a Manhole; Nekromantik; Gummo, o algunas películas de Lynch y del primer cine de Jodorowsky.
Este monumental ejercicio, que en la literatura logró proporciones polémicas con El fiord de Osvaldo Lamborghini, con Las tripas de Chuck Palahniuk o con Larva de Julián Ríos. Consiguió su representación en Colombia con el libro policefálico de Cermeño y Escovar titulado The Lola Verga’s big band.
Ya tenemos dos aspectos por los que Escovar es no sólo uno de los grandes escritores colombianos, sino a su vez uno de los renovadores de la literatura colombiana. Pasemos pues a discutir el último aspecto.
Su más reciente novela se titula Aniquila las estrellas por mí. Esta Opera prima, ya que es su primera obra en solitario, es un punto importante como publicación histórica para la ciencia ficción en Colombia. La obra trabaja, desde la estética trash, ya comentada, las posibles realidades de situaciones históricas que por ser disparatadas no dejaron de ser reales y reflexiona desde una trama de ciencia ficción suave, aquella posibilidad prevista por Philip K. Dick, donde, en el futuro, los seres humanos estaríamos bajo una sociedad vigilada mental y oracularmente.
A diferencia de El informe de la ironía, que cuenta con las fuerza policiaca Precrimen y los precognitivos, El mundo de Escovar en Aniquila las estrellas por mí, cuenta con una agencia policial que tiene a su servicio los verificadores de imaginerías, o sea, aquellos funcionarios que escudriñan los recuerdos de los muertos.
Este argumento que fue utilizado en la película La memoria de los muertos, protagonizada por Robin Williams, se ve modificado en la obra de Escovar, ya que, al contrario del filme donde la grabación mental sirve para perpetuar y mantener el recuerdo de los muertos, en Escovar, sirve como medida de control y coacción. Este sistema de poder, de ojo que mira hasta en los recuerdos de los muertos para criminalizar y mantener el orden social, abre la posibilidad de un mundo oneroso, aprehensivo y asfixiante que no da cabida a ningún tipo de libertad.
La novela es, entonces, un testimonio de una dimensión posible que por sí sola ya nos sumerge en una atmósfera agotadora y neurótica. Sin embargo, es la forma en la que está escrita esta obra lo que permite descubrir la circunstancia final que hace de la literatura de Escovar, un referente inevitable de importancia histórica para las letras de la ciencia ficción colombiana. Se trata pues, de una obra escrita bajo la hibridación técnica, estilo netamente postmoderno y que sigue siendo reconocido por el Ulises de Joyce, Los reconocimientos de Gaddis, El plantador de tabaco de Barth o, últimamente, por las obras de Vila-Matas y Javier Cercas.
Esta clase de literatura fronteriza, que mezcla ensayo, informes, epístolas, drama, poemas o imágenes, logró su última y más evolucionada forma con La casa de hojas de Mark Z. Danielewski.
La obra de Escovar es uno de los primeros híbridos de ciencia ficción, escritos en el siglo XXI en Colombia. Así que con esta última circunstancia, se puede decir que la literatura lograda por Andrés Felipe, hasta el momento sería el culmen de la ignominia, entendiendo ignominia, en este caso, como la afrenta indiscutible que un joven escritor ha logrado para con la tradicional y ya casi reseca literatura colombiana.
Un aplauso grande pues, para este escritor que con tres saltos de fe revolucionarios ha logrado oxigenar las letras nacionales. Si no lo han leído, ¿Qué esperan?
Zeuxis Vargas, 2020





