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El síndrome del Pedestal (duodécima entrega)

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Les presentamos un nuevo capítulo de la novela «El síndrome del pedestal», una novela escrita por Ernesto Zarza González. Acá podrán leer la anterior entrega:

 

XII.

 

-Fantasmas que rondan el Purgatorio de Dante-. Aro tercero (Ira).

“DIÓGENES Y EL CALVO. El filósofo cínico Diógenes, insultado por un hombre calvo, le replicó: ‘No he de ser yo quien recurra también al insulto, ¡Dios me libre de ello! Al contrario, haré el elogio de los cabellos que han abandonado un cráneo malvado y hueco’”.

ESOPO.

            “¡Ortega, dónde andaban vos y la concha de tu madre!” A Eduardo Ortega le había llegado la hora de hablar seriamente con Pirobovich. Bueno, el decir “seriamente” sólo se aplicaba al deseo que tenía el jefe de hacerlo de manera que no afectase el grado de superioridad que creía detentar sobre su subordinado; pensaba que ya le había otorgado muchas concesiones al muchacho, por lo que debía presentarse ante él de forma agresiva y ruda, marcada por la poca temperancia de la lengua y los insultos al idioma. Pirobovich consideraba que una buena y efectiva sarta de injurias era suficiente para coartar la libertad de pensamiento y de acción del corazón más atrevido; servía, asimismo, para atemperar los embates de rebelión y de propia complacencia que una juventud corrosiva y áspera producían en Eduardo. El celo del avezado periodista lo hacía pensar que su razón de ser estaba por encima de la de los demás que habitaban, durante las horas laborales, los fríos y sudorosos pasillos del edificio, en el que las sucias y desgarbadas paredes le hablaban de maquinaciones groseras y de intrigas palaciegas por las que su soberanía se vería amenazada en caso de darle la espalda a uno de los ingratos que nunca supieron agradecer el esfuerzo que él en todo momento realizó para tratar de hacer de ellos una sombra de su prodigioso ego.

 

Ignacio Pirobovich era un cobarde. No está de más decir por qué: apelaba a la situación de ventaja que la escala laboral le otorgaba, de tal manera que lo que no podría conseguir con su escuálido y desastroso cuerpo por medio de un enfrentamiento físico con cualquiera de los que habitualmente insultaba lo hacía con su lengua viperina y su odio de serpiente. Aprovechando todas las ventajas que su posición le regalaba desprendía vejámenes por doquier, surtía palabras engalanadas con insultos réprobos, alcanzaba las alturas de las fuertes corrientes de la exasperación y de la propia vanidad denigrada, dispensaba miradas crueles y sonrisas traidoras, pensaba en días de esplendor en los que seres como Ortega y Rossi fueran alejados de su presencia y en los que Natalia Versovski aceptara ser su amante, una princesa tranquila y desprendida que no le daría problema alguno por tener una esposa y unos hijos que no quería abandonar.

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Bigotes, sueños y divorcios (crónica)

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Las soluciones jurídicas son la venganza Moctezuma y los divorcios ya no valen tanto: novecientos pesos mexicanos equivalen a sesenta y seis dólares con cuarenta y dos centavos. Lo costoso es el envejecimiento, la semejanza con un Pepe Grillo cantador de su silencio entre prostitutas de piel furiosa que lo ven como un rabino con senos de manatí. En México D.F las calles Europa y África están separadas por la avenida Pacífico y , a un costado de ella, aparece la oferta; los turistas, abundantes en el barrio Coyoacán, no se percatan, ni siquiera las parejas que entonan los cantos de la sexualidad fracasada y los deseos ocultos por gentes desconocidas. Quizá en las noches, cuando se tiren a dormir dándose las espaldas, sueñen con finales matrimoniales. Yo soñé una mujer con bigotes, una paisana de Stalin, pero no tenía el mostacho del soviético, ni siquiera el de Trotsky, semejaba el de Frida Kahlo (el Mickey Mouse mexicano); movía sus labios bajo la sombra de sus delgados pelos y emitía discursos en alguna plaza atestada de espíritus obreros dispuestos a degollar a cualquier troglodita que carezca de conciencia de clase. Me hubiera gustado más el bigote de Stalin o de Trotsky pero los lugares y sus cosas contaminan hasta tus sueños.

La conjuración sagrada. Un manifiesto acéfalo.

Bataille y Klossowski percibieron que la cultura estaba muerta precisamente en donde la política la había confinado:  al terreno de lo «razonable e instruido», en donde los artistas aparentaban sensatez y refinamiento, en donde no comprendieron a Van Gogh y allí mismo lo prostituyeron, en donde todos se reunieron a burlarse de la locura de Artaud, como si ellos mismos -los artistas- fueran psiquiatras, o sus cómplices. Comprendieron estos «pensadores malditos» que incluso la política había muerto por desvincularse de su fuerza primigenia y se había convertido en toda suerte de espectáculo inmundo  menos en política. Es en esta percepción en donde se funda la revista Acéfalo, en honor a todos aquellos que se vuelan la cabeza, o como ese poema de insurrección que se cita en el ensayo de Bataille  ¿Es útil la literatura?Vamos a golpear con la cabeza el borde de los límites… 

Un sentimiento naufrago en el océano histórico de racionalidad que abandonó profundamente al espíritu humano. Citando a  Adolfo Vásquez Rocca sobre este momento histórico, se recuerda el año en que se escribió el texto :

El 24 de junio de 1936, con el título de «La conjuración sagrada», Georges Bataille, Pierre Klossowski y Georges Ambrosino se declararon con furia en contra de la modernidad en momentos en que Europa estaba por entrar en la peor de sus pesadillas: ese año Mussolini ya lleva trece en el poder; Hitler, tres, y estalla la Guerra Civil española.

(Leer: Georges Bataille y Pierre Klossowski, ferozmente religiosos. Dr. Adolfo Vásquez Rocca)

Que este manifiesto de guerra vuelva a resonar en los campos pútridos e infértiles de la cultura. El bibliotecario Bataille de nuevo levanta los hombritos con un espasmo de risa.  Los desesperados marchan con sus bocas carentes de dientes y ojos llenos de gloria con la sonrisa de una maldad infantil que devora las estrellas.

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La conjuración sagrada

  Georges Bataille 

 

Una nación ya vieja y corrompida que valientemente se sacudiera el yugo de su gobierno monárquico para adoptar uno republicano, sólo se mantendría mediante muchos crímenes, puesto que ya está en el crimen, y si quisiera pasar del crimen a la virtud, es decir, de un estado violento a un estado calmo, caería en una inercia cuyo resultado inmediato sería su ruina segura.

SADE

Lo que tenía un aspecto político y creía ser político, un día se descubrirá como movimiento religioso.

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Actualmente solitarios, ustedes que viven separados, serán algún día un pueblo. Quienes se señalaron a sí mismos un día formarán un pueblo señalado y de ese pueblo nacerá la existencia que supere al hombre.

NIETZSCHE

 

Lo que hemos emprendido no debe confundirse con ninguna otra cosa, no puede limitarse a la expresión de un pensamiento ni mucho menos a lo que se considera justamente como arte.

Es necesario producir y comer: muchas cosas son necesarias pero todavía no son nada y lo mismo ocurre con la agitación política.

¿Quién, antes de haber luchado hasta el fin, piensa en hacerle lugar a hombres a los que es imposible mirar sin sentir la necesidad de destruirlos? Pero si no se pudiera encontrar nada más allá de la actividad política, la avidez humana sólo se toparía con el vacío.

SOMOS FEROZMENTE RELIGIOSOS y en la medida en que nuestra existencia es la condena de todo lo que hoy se reconoce, una exigencia interior hace que seamos igualmente imperiosos.

Lo que emprendemos es una guerra.

Es hora de abandonar el mundo de los civilizados y sus luces. Es demasiado tarde para empeñarse en ser razonable e instruido, lo que ha llevado a una vida sin atractivos. Secretamente o no, es necesario volvernos totalmente diferentes o dejar de ser.

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Santa Marta (Héroes Decadentes- FVR)

Héroes decadentes

 Francesco Giuseppe Vitola Rognini

Hoy presentamos:

Santa Marta

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

 

Hace cincuenta años, antes de que construyeran este barrio junto al mar, la zona era un paraíso. Hoy después de varias generaciones de negociantes y turistas, no es más que un barrio ruidoso junto a una laguna residual. De día es caluroso, en la noche baja de la Sierra Nevada un frescor agradable.

 Me gano la vida haciendo crónicas para una revista de viajes,  y gasto el dinero en las cosas elementales que se necesitan para vivir. Me gusta como vivo, no me falta nada y puedo hacer turismo ecológico por sitios paradisíacos.

 El barrio donde vivo se llama El Rodadero. El nombre viene de una formación rocosa junto al mar, que a lo largo de décadas, quizás cientos de años, ha venido acumulando la arena suelta que sopla el viento, de tal forma que la pequeña montaña tiene un lado de arenas suaves, que suben unos cincuenta metros hasta casi la cima del lugar. Sobre la formación rocosa se levanta un edificio de apartamentos lujosos. La vista desde lo más alto de las arenas, junto antes de donde comienza la vegetación espinosa, proporciona una paz sólo disfrutable muy temprano en la mañana y al atardecer. El resto del día los turistas alcoholizados deambulan sonrientes, bajo sus gorras de baseball.

Soy un tipo de gustos simples, la escritura, el ecoturismo, comer bien, las jornadas de sexo sin compromiso, junto con las actividades físicas al aire libre, son pequeñas obsesiones que tiendo a practicar religiosamente. ¿Qué sentido tiene la vida si lo que haces no te hace feliz, si no te hace bien?

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El síndrome del pedestal (undécima entrega)

Ketelbey

Les presentamos el capítulo once de la novela «El síndrome del pedestal» de Ernesto Zarza Gonzalez (erzagon@gmail.com). Acá pueden leer la entrega anterior:

XI.

 

Suenan acordes de “En un mercado persa”, autoría de Ketelbey.

 

“¡Ay!… ¡Cuán escasos son los rostros que la Naturaleza nos da para regocijarnos con su belleza! Las tribulaciones, los pesares, las inquietudes del mundo los transforman lo mismo que a las almas, y sólo cuando esas pasiones duermen y pierden su brío para siempre es cuando pasan las inquietantes nubes y dejan clara la superficie terrestre”.

CHARLES DICKENS, ‘Oliver Twist’.

 

El juego de dominó se había convertido en una práctica habitual en “Mi Recoveco”; Mateo, Juan González, Enrique Salas y Eduardo Ortega formaban un consuetudinario cuarteto de ludópatas que, salvo contadas ocasiones, podían dedicarle toda una noche a su acendrado vicio. Generalmente los duetos estaban marcados por un sabor regionalista: argentinos contra colombianos.

 

Juan González, un historiador que era íntimo amigo de Enrique Salas, había sido presentado por el antropólogo a Mateo; desde el primer instante éste sintió una gran repulsión y antipatía por Juan, pero la simulaba en atención a Enrique, la única persona a la que en realidad su paranoica y desviada mente le permitía admirar y respetar. Repulsión por lo hablador que era el muchacho, por su negro cabello, su excesivamente blanca piel, por una boca grande y roja que nunca se quedaba cerrada, por un cuerpo pequeño y propenso a la gordura, por unos pies enormes, de payaso, al igual que de payaso eran sus ojos de mirada triste y ambigua, perdida en el ocaso de los días y el surgimiento de las noches, por los dientes largos y amarillos, por la barriga de cervecero, por los gestos de personaje de una mala serie humorística gringa que siempre esgrimía, por la inteligencia desperdiciada que veía en el joven.

 

Un negro y largo cabello que le llegaba hasta la cintura conjugaba a la perfección con una piel aceitunada y delicada; eran características de una mujer de mirada de fuego. Karen poseía la extraña facultad de hechizar a los hombres con su forma de mirar, pero, a la vez, la de intimidarlos con la potencia de los fulgurantes rayos que a veces despedía por sus ojos. Cuando deseaba ser amable, hasta coqueta o zalamera, nadie como ella llamaba la atención de los clientes; sus negros, exóticos  y grandes ojos, cercados por un arrebolado nimbo, se tornaban oblicuamente y el hombre que de esa forma tan peregrina era auscultado quedaba como paralizado por un sortilegio. Esos ojos sabían sonreír más que la boca. Empero, si su dueña estaba de un humor bilioso, esos mismos ojos tenían pleno conocimiento de su poder: lanzaban destellos de temblores iracundos, impelían a los hombres hacia atrás, como si hubiesen sido empujados por una poderosa e invisible mano de fuerza etérea. Como si de una ninfa de los bosques que se deleitaba atrayendo pastores se tratara, Karen sabía que tenía más armas a su disposición para cautivar a los incautos: su cuerpo, si bien no era muy alto, aceptablemente encajaba dentro de los patrones que los occidentales han establecido para determinarlo como bello; senos firmes y tersos, nalgas grandes, duras y simétricas, piernas bien formadas y caminar acompasado. Usualmente se colocaba pantalones muy ajustados, de tal manera que los encantos de sus carnes quedaban, como pieza de museo, expuestos a todas las miradas. Su boca, grande y de carnosos labios que vanidosamente eran pintados con un color rojo intenso, era empleada como un signo inequívoco que invitaba a los comensales a deleitarse con su veneno. Su nariz era aguileña y mostraba a las claras su ascendencia indígena, ascendencia que le había legado el toque de misticismo que se leía en su enigmático y hermoso rostro. Vista de perfil, Karen hechizaba a quien fuera; vista de frente, lo mataba. Era el fetiche de “Mi Recoveco”.

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Burroughs frente al Monumento a Bolívar y San Martín en Guayaquil

Romance en Guayas. Foto tomada el 10 de agosto de 2013 durante la depresión ecuatorial

Romance en Guayas. Foto tomada el 10 de agosto de 2013 durante la depresión ecuatorial

Como hace 60 años William Burroughs lo hizo, cuando estuve frente a la estatua de Boliviar y San Martín me fue imposible no detenerme en la evidente tensión sexual entre ambas personalidades,  el gesto de cortejo y la atracción sado infundada por las vestiduras militares. ¿Todo el mundo habrá reparado en esta escena romántica como lo hicimos Burroughs y yo? ¿Era la intención explícita del artista hacer aparecer el amor en esta escena histórica? ¿O solamente habrá que estar muy triste y perdido en Guayaquil como para tergiversar de ese modo el momento en que Bolivar y San Martin se reparten Sudamérica y que la historia oficial  nos ha narrado de una manera tan aséptica?

He aquí el fragmento de Burroughs frente al monumento:

Lee caminó hasta un pequeño parque. Había una estatua de Bolivar, a quien Lee llamaba ‹‹El Libertador Tonto›› , estrechando la mano a alguien. Ambos parecían cansados e indignados, y escandalosamente maricas, tan maricas que te escandalizabas. Lee se quedó mirando la estatua. Entonces se sentó en un banco de piedra que daba al río. Todos lo observaron mientras se sentaba. Lee les devolvió la mirada. Él no tenía la resistencia americana de mirar a los ojos de un desconocido. Los otros apartaron la mirada y encendieron cigarrillos y reanudaron la conversación entre ellos. Lee se quedó allí sentado contemplando el río sucio y amarillo. No se veía ni a tres centímetros por debajo de la superficie. De vez en cuando un pez diminuto brincaba delante de un barco. Había pequeños y elegantes veleros del club náutico, con mástiles huecos y hermoso diseño. Había piraguas con motores fuera de borda y camarotes de cañas de bambú. En el centro del río estaban amarrados dos acorazados viejos y oxidados: la armada ecuatoriana. Lee estuvo allí sentado toda una hora; después se levantó y regresó caminando al hotel.

En: Marica
Traducción: Mariano Casas.
Editorial Anagrama.

Señores pasajeros, soy victima del cosmos

Por Fernando Zuárez-Obando

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Señores pasajeros, disculpen mi intromisión, no es mi gusto ni deleite pedir monedas en el trasporte público, pero de mis manos cuelga la necesidad y de mi boca surge el hambre, no tengo más alternativas, soy el hazmerreír del universo, soy víctima del cosmos, soy la herida de la inconmensurable estocástica, soy la llaga de la perfidia de los rayos sin control.

Vean ustedes lo que cuelga de mi vientre, una bolsa,  un saco de plástico, una alforja diseñada por los médicos. Sí señores, una bolsa cuelga de mi vientre porque cago por la barriga y no por el culo,  es mi cuerpo más raro que un mono con platillos, es mi panza la boca de un averno cloacal del que nunca hubiera sabido, si no fuera por los rayos que atravesaron mi inocente tez.

Soy lo que ven, gracias a los doctores, soy el que soy, el que puede ver lo que siempre fue un espectáculo privado para el retrete, veo mis excretas y mis heces brotar de las entrañas, nacer de las vísceras de mi existencia. Soy un hombre apresado a la bolsa de mis desechos.

Sí no les gusta lo que ven, imagínese lo que para este hombre ha sido, limpiar la boca de mis tripas; figúrese lo que para mí es, presenciar que la dulce milojita y los liberales, que en un instante deleitan ojos y paladar, se convierten ante mis sentidos en materia orgánica, abono útil  para las maticas, abono maloliente que aquí mismo les enseño. Sí mis señores queridos,  aquí les traigo lo que más desprecian, la bazofia envuelta en la anatomía de un hombre burlado por el bisturí y estafado por las promesas de un nuevo despertar.  Les traigo el grotesco espectáculo,  para persuadirlos, a ustedes señores pasajeros, de ofrecerme las monedas para vivir.

Así uso mis desechos, para obtener monedas con que  comprarme la miloja, los cigarrillos y la leche pá los niños. Sí señores, ustedes me observan con enfado y con enojo, aquí ven al pordiosero de anatomía alterada, se percatan asqueados que mi morfología es repulsiva a las vistas y al olfato, señalan con su indiferencia el espectáculo de mi deformidad, yo solo espero que esta noche, en el calor de sus casitas y  su hogar, le cuenten a sus hijos, a sus abuelos o a su madre, que hoy vieron a un hombre con el culo al lado del  ombligo.

No fui así siempre, fue culpa del cosmos que propaga su energía por el universo, era yo un cualquiera con el culo bien puesto, igual a todos ustedes, mi culo entre las nalgas, mi ojos hacia a las estrellas, mi mente esperando visitantes, mi cuerpo acostado en la Peña de La Juaica, mirando hacia el abismo,  cayendo hacia la nada, pensando en la abducción, cuando sin saberlo, un rayo cósmico visito la tierra, atravesó la atmosfera, se dirigió a la Peña y justo cuando una célula de mi colon había decidido dividirse, el rayo, con sus partículas subatómicas se encarnizo con mi intimidad genética e hizo transformar mi esencia biológica.

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Tardes sin parques (Héroes Decadentes – FVR)

Héroes decadentes

 Francesco Giuseppe Vitola Rognini

Hoy presentamos:

Tardes sin parques

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Don Fulgencio Martínez declara frente a los jueces encargados de su caso. La señora Magali Rodríguez es su vecina y demandante.

Don Fulgencio es sentenciado a dos meses de cárcel, pero por ser de la tercera edad se le cambia el tiempo por una multa severa. El caso se basa en un hecho observado: el señor dejó que su perro defecara en el antejardín de la señora, quien desde una de las ventanas del segundo piso de su casa, llamó la atención del señor. Él la ignoró. Después rectificó diciendo tener mal oído. La señora Magali llamó a los policías y estos lo arrestaron. El perro es llevado a la perrera, esa noche fue sentenciado a muerte lenta.

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El síndrome del pedestal (décima entrega)

Presentamos un nuevo capítulo de la novela «El síndrome del pedestal» escrita por Ernesto Zarza González (erzagon@gmail.com). Acá podrán leer la entrega anterior.

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X.

 

Suenan acordes de “Las alegres comadres de Windsor”, autoría de Otto Nicolai.

 

“El mundo es maravilloso y lleno de misterios. Y, no obstante, se pasa uno cuatro horas hablando de nada.”

ALDOUS HUXLEY, ‘Contrapunto’.

-¿Se da cuenta, socio, de por qué digo que esa niña está loca? –le decía Mateo a Enrique Salas en una ocasión, en la que se encontraban en “Mi Recoveco”, refiriéndose a Carolina, mientras se disponía a destapar otro litro de cerveza.

            – Hombre, socio, eso lo deduce cualquiera después de haber dedicado un pequeño instante a conversar con ella –respondió el aludido haciendo uso de la frecuente disposición a la pretendida sapiencia de la que siempre deseaba hacer acopio-. Yo, por ejemplo, desde la primera vez que entré acá y la vi lo supe sin tener que haber intercambiado una palabra con la pelada; al notar su enfermiza obcecación por Federico lo  constaté. Claro está que después, cuando se olvidó del hijo para pretender atrapar al padre, fue que me percaté de que hasta el más obtuso de los seres humanos hubiera podido pasar por un eminente fisonomista si tenía a la ‘Flaca’ como objeto de estudio.

-Tiene razón –dijo Mateo sonriendo-, tiene toda la razón. Incluso las estúpidas que tengo acá se ha dado cuenta de lo desviada que está la pobre, y lo digo sin ánimo de ser condescendiente o algo por el estilo, ya que una puta como ésta se merece, en el fondo, la suerte que ha tenido. Como usted acaba de decir, cuando estaba recién llegada quería violarse a mi hijo por encima de todo, aunque todavía andaba tragada de su propio padre; todos nos dábamos cuenta de lo obsesionada que se encontraba con Federico…

– Y el tipo sin pararle bolas –interrumpió Salas.

– ¡Qué bolas le va a parar si sabe que es una puta! –exclamó Mateo con el dejo de desdén que había hecho tan característico cada vez que se refería a una de sus empleadas-. Pero en verdad era un poco deprimente ver ese espectáculo…

– Siempre pensé, y se lo dije en más de una ocasión, que era perjudicial para usted tener a sus hijos acá en el negocio –expresó Enrique, cortándole, una vez más, la palabra a su interlocutor-. Iván únicamente se dedicaba a celar a Larisa, en tanto que Carolina y la ‘Enana’, aquella del tatuaje de araña en el brazo, se peleaban por Federico; así ninguna trabajaba.

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Correspondencia Gernsback y Tesla en Ficciorama 42

En la cuadragésima segunda edición del fanzine de producción quirográfica, reproducción mecánica y distribución repentina mensual, se rindió  un pequeño y sentido homenaje al «padre de la ciencia ficción» Hugo Gernsback. Este número incluyó la investigación de Cermeño y Escovar (editores de Mil Inviernos) que aquí os reproducimos.

El fanzine completo se puede ver acá:

CORRESPONDENCIA DE GERNSBACK Y TESLA

 

Investigación por: Luis Cermeño y Felipe Escovar

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La energía radiante del amanecer tenía su nombre: María Cachapova. Con ella llegaban las emisiones radiofónicas desde el éter gelatinoso que comunicaba civilizaciones arcanas futuras. Porque valga decir que Nikolai Tesla era descendiente de extraterrestres ancianos aposados en Serbia. Él sí que sabía de desdichas y se las hacia llegar a través de epístolas científicas a su amiguito Hugo, apodado, el goleador de las noches tristes de Luxemburgo. Eso fue antes de que ambos decidieran mandarlo todo al carajo por la promesa de una fama perenne, cuando eran más chicos y sus anhelos más tiernos se sintonizaban con los ideales más puros de la inventiva de onanista empedernido.

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