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Tristeza, soledad y rock and roll (Héroes Decadentes – FVR)

Héroes decadentes

 Francesco Giuseppe Vitola Rognini

Hoy presentamos:

Tristeza, soledad y rock and roll

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Ya no se lee como antes, eso dicen las encuestas. Dudo que antes se leyera demasiado, quizás lo que han cambiado son los hábitos de lectura. Los filósofos no producen lecturas apetecibles para los jóvenes de hoy; estos prefieren otros modelos de conducta y pensamiento.

Aquí entran a ocupar un puesto de importancia personalidades invitantes a la libertad, como los cantantes de rock. Sus vidas representan la búsqueda de sentido personal que estos tiempos requiere.

Música en español e inglés ocupan la atención. El poeta es cada vez menos escuchado, mientras el roquero genera la euforia entre las jóvenes usando el poder de la palabra. Unos cantantes lo aprovechan mejor que otros. Se ganan la vida cantando en el libre mercado, como productos de su propio deseo y de las ocurrencias de los productores.

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El síndrome del pedestal (novena entrega)

Por Ernesto Zarza González

(erzagon@gmail.com)

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Les presentamos el noveno capítulo de «El síndrome del pedestal». Acá podrán leer la entrega anterior.

IX. 

 -Proemio del Infierno de Dante-.

El viaje pavoroso.

 

“El mundo de nuestro tiempo, toda la fiebre de actividad y el afán de arribismo, la vanidad entera y todo el juego superficial de un espiritualismo fementido y sin fondo”.

HERMANN HESSE, ‘El lobo estepario’.

 

            Enrique Salas salió del cinema furioso. No podía creer que alguien como él hubiera consentido en ver una película con un guión tan trillado; de hecho, no sabía a qué atribuirle la razón que lo llevó a una ventosa sala de cine a ver una cinta cuyo título bien le hacía notar en qué consistiría su trama: la típica niña maltratada en su casa, que se enamora de su padre, con el consecuente surgimiento de celos de la madre, lo que deviene en una tragedia más sacada de una insulsa novela del corazón que de la mente de un ser pensante; un héroe de pacotilla que llega en el momento oportuno, como no podía ser de otra manera, y que termina viviendo feliz y contento, para siempre, por lo demás, con la damisela a la que sacó de apuros.

“Un bodrio más dentro del cúmulo de mendicidades y de mediocridad a la que el consumismo propio de esta sociedad, en la que lo banal prima por encima de lo verdaderamente importante, ha impelido a la gente, a los corderos que se dejan llevar por un pastor de mentiras que los obliga a ver a los demás como objetos de rencillas y de urdimbres, de envidias y de chismes. Una película propia del materialismo que hace que las personas dejen de pensar y que, por el contrario, se dediquen a delinear su personalidad por intervención de lo que los medios de comunicación y sus ambigüedades ligeras les imponen, que repitan las mismas estupideces que dicen las modelos descerebradas y los autores de porquerías que se creen buenos escritores porque la gente compra sus libros y porque en las tertulias de los que no saben nada hablan de ellos como si fueran algo que realmente valiera la pena. Pueril, cursi, ordinario”, se diría a sí mismo Salas, haciendo uso de tres de las palabras que prefería.

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DANIEL EN SU ESPACIO – Reseña de Benjamín Román Abram

EL PRIMER PERUANO EN EL ESPACIO-DANIEL SALVO

Reseña por L. Benjamín Román Abram

Tomado del blog: MÁS QUE IMAGINAR 

EL PRIMER PERUANO EN EL ESPACIO

El primer peruano en el espacio | Daniel Salvo (Ica, 1967) | Altazor (2014) | 173 páginas

DANIEL EN SU ESPACIO

Sobre Daniel Salvo es importante destacar que no solo es un autor peruano de ciencia ficción, sino un divulgador de temas científicos, sin querer desmerecer a quienes dedican su esfuerzo a lo primero. Considero que a este género literario, es mejor agregarle a la creatividad, el talento y a la pluma dócil, los conocimientos del corte mencionado.

Sobre El primer peruano en el espacio, su título parece anunciarnos una obra de anticipación (nuestro compatriota Carlos Noriega participó de dos misiones espaciales entre los años 1997 y 2000) en todo caso, fundamentalmente es un libro de ciencia ficción. El volumen está construido sobre la base de veinte relatos cuyas versiones no son forzadas para en su conjunto tener una línea general. Tiene ejes autónomos que están apoyados en tópicos como: la distopía, el monstruo, entes, pero más importantes son los temas que aborda: el racismo, el clasismo, la sexualidad, el placer, la traición. Si algo se repite son los lugares (Cerro Azul, por ejemplo), o el origen, entre criollo y andino, de los nombres de los personajes.

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Una narración corta de Al-Razi

Al Razi

Al-Razi fue un médico y pensador del mundo islámico del siglo X que se caracterizó, en su pensamiento, por apartarse del dogma religioso imperante y encumbrar a la razón como muchos siglos después lo hicieron en Europa, aunque en su caso no terminó falleciendo Dios sino que él la ha entregado al hombre para que este no sucumba a las supercherías y, quizá, a la mismísima fe. En «El libro de la medicina espiritual» (del cual ya mostramos un fragmento sobre  el coito que pueden leer acá), en el capítulo segundo, al referirse al sufrimiento y al placer, aparece la siguiente narración corta que hoy les presentamos:

Me ha llegado la noticia de que hubo un rey de alma grande, al que se le mencionó en cierta ocasión el paraíso y la gran felicidad y eternidad que allí reina. Entonces dijo: «Esta felicidad se me enturbia y me resulta amarga al pensar que yo quedo rebajado de aquel al que se le hace un favor o un bien».

Tomado de «La conducta virtuosa del filósofo», traducido por Emilio Tornero, Editorial Trotta, P. 34.

Centro comunitario Ratzinger (Héroes Decadentes – FVR)

Héroes decadentes

 Francesco Giuseppe Vitola Rognini

Hoy presentamos:

CENTRO COMUNITARIO RATZINGER: 

centro comunitario...

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

En el periódico anunciaron la inauguración del centro comunitario con varios días de anticipación, los suficientes para solicitar un pase de prensa. Lo llamativo del asunto era que como centro comunitario construido por la iglesia católica revolucionaría el concepto de ayuda al prójimo. Eso decían los comunicados de prensa que repartieron a los medios.

Yo estaba respaldado por un canal de noticias en Internet, así que no hubo problema para entrar. Reportería en la era digital: más efectiva que la radio, la televisión y la prensa.

El lugar estaba construido en medio de vegetación densa. Tenía por sonido ambiente el canto simultáneo de millones de insectos, un zumbido agudo que daba la sensación de desamparo, de soledad absoluta. A medida que nos íbamos acercando se veían mejor los detalles de la construcción: una fachada bien lograda y la parte posterior aún inconclusa. A los enviados por otros medios ni se les pasaba por la cabeza comentarlo. Llegaron directo a la carpa de prensa, a beber gratis, a comer pastelitos de carne, empanaditas de pollo y deditos de queso. Parecían refugiados de guerra o pordioseros muertos de hambre. Se codeaban para ganar espacio, se miraban con rabia a pocos centímetros, habían perdido completamente la compostura. Los que organizaban la rueda de prensa sonreían.

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El síndrome del pedestal (Octava entrega)

Esta es una nueva entrega de El síndrome del pedestal, la novela escrita por Ernesto Zarza González (erzagon@gmail.com). Acá podrán leer el capítulo anterior:

 

Infiernozarza

VIII.

 

-Fantasmas que rondan por el Infierno de Dante-. Círculo segundo (Lujuria).

 

“¿Quién puede distinguir entre el héroe y el asesino, entre el líder y el tirano?”

JORGE AMADO, ‘Memoria de un niño’.

 

            El grito retumbó dentro de las paredes y causó estragos en toda la edificación. Una exclamación sorda, aguda, maléfica y malintencionada fue la que barbotaron unos labios de los que nunca salió algo hermoso. Unos ojos que miraban con furia, un odio entretejido, una maldición de un ser sin patrones de conducta, unas gotas de saliva que eran escupidas por quien pronunciaba incoherencias, unas inyecciones de adrenalina que atraían a los perros callejeros que rondaban por los alrededores, un deseo de muerte, una patada a la decencia, un pertrecho de artimañas y de argucias maquinadas sin clemencia, un utensilio del diablo, una oración de un curate, un relato de seres teologales que narra sucesos que nunca pasaron pero que tampoco fueron imaginados, un insulto a los valores, un anhelo compulsivo de desechar para siempre la moral y mandarla con todos los beatos y beodos que la corrompen a los más recónditos lugares, un panegírico a la falta de mérito y de sinceridad, una apocada visión de las cosas duras, unos dientes amarillos por el abuso del cigarrillo y grises por el ortodoxo uso de maniatadas frases y de muestreos de poco valor, unas manos prestas a ser empleadas para deleitar a los que gozan al golpear a los inermes sin extremidades, unos brazos que querían tirarse para hacer genuflexiones con unas rodillas hincadas en suelos de podredumbre, un artilugio hecho para hacer caer en sus redes a los insensatos y a los crédulos que se solazan pensando en las ayudas que nunca van a recibir de quien les otorgó el don del libre albedrío para que fornicaran con animales y para que dejaran una mísera y rala descendencia en una tierra que están pudriendo y marchitando tal como el que los creó lo hizo con el invento de un otoño que deviene en un invierno que se ríe de una primavera porque se va a cagar del calor con un verano que hace que se acunen las moscas y que se paren en los rincones más escondidos de los seres humanos para inocular sus huevos y hacer que la pútrida carne de los que se creen pensantes sea pasto para que sus crías de él se alimenten y crezcan dentro del más insalubre de los sitios que hay en el mundo. Eso y mucho más fue lo que significó ese grito, un insulto a los animales que tienen que compartir su planeta con el advenedizo ser humano.

            Carolina se tapó los oídos con las manos y los gritos que se negaban a salir de su garganta eran captados por su mente; trataba de neutralizar con sus delgadas extremidades y con sus débiles aullidos las injurias que expelía la boca de su padre, como si fueran impulsadas por los seres teologales de un cuadro de Pieter Brueghel el Viejo. Su madre, como queriendo unirse a los bacantes, exhalaba trinos de una boca que apestaba a licor barato, modulaciones que se perdían en las miasmas insondables del alcohol, confundiéndose con el olor acre y rancio que su aliento le imprimía al aire que trataban de respirar. El hombre estaba aturdido por el dolor que sentía, como si una saeta lanzada con firmeza hubiera penetrado en su sucio corazón, y se arrastraba entre las porquerías del suelo debido a una borrachera que lo hacía trastabillar y repetir incoherencias de seres infernales, como si las palabras de los evangelistas fueran tergiversadas y puestas al revés, dichas por un insensato que ingirió suficiente licor para hacer de su espíritu un templo a la putrefacción y a la incongruencia. La mujer, siguiendo el admirable ejemplo que le daba su marido, empezó a levantar las piernas, como si deseara darle patadas a unos invisibles seres angelicales, de los que odiaba su belleza y el candor de una juventud que la conoció a ella abriendo sus extremidades inferiores para que hombres de dudosa  calaña se deleitaran con el fruto que ella misma había tocado más de una vez en su incipiente niñez. El humo exhalado por unas bocas que chupaban cigarrillos de pocos centavos subía por un aire cargado de inmundicias; era como si toda la suciedad de la pobre y olvidada localidad en la que vivían se hubiera concentrado en los hocicos de esos dos abominables entes, de esos dos malvados demonios que ultrajaban con crueldad a dos hermosos ángeles, de esos dos pérfidos reptiles que se  incitaban con desenfrenado furor etílico.

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José de Cora: La historia de La navaja inglesa no sucedió, pero pudo haber sucedido

Por Manuel García Pérez

 @ManuelGarciaOri

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Publicada por Tropo Editores, La navaja inglesa es una novela ambientada en el reinado de Carlos III y cuyo argumento gira en torno a una serie de asesinatos que parecen estar relacionados con la llegada a Madrid de la estatua de La Cibeles. Como destacamos ya en Mundiario, la novela se caracteriza por un lenguaje pulcro, innovador, lleno de sutilidad poética, por un tributo personal que José de Cora rinde a la estética de Valle-Inclán para crear su simbólico mundo de personajes, cuyo comportamiento está movido por una instintiva forma de sobrevivir en aquel Madrid apócrifo de decadente imperialismo. La siguiente entrevista a José de Cora, escritor, periodista y colaborador de MUNDIARIO, revela algunas estrategias técnicas de su excelente trabajo narrativo.

– ¿Cuál es la motivación de una novela ambientada en el reinado de Carlos III y en el trasunto mistérico que hay tras la diosa Cibeles?

– Fueron varias, además de la primera y principal, que consistía en conseguir una novela pulcra, lo mejor escrita posible y entretenida. La excusa es Cibeles y el desconocimiento que existe sobre lo que representó y las influencias que tuvo en el catolicismo, un tema inédito en la literatura mundial. Carlos III me dio el escenario gracias a su decisión de instalarla en el centro de Madrid, ciudad a la que también rinde homenaje el argumento. Otro fue, por ejemplo, conseguir una novela de géneros: histórica, policíaca, esotérica, erótica, sádica, mistérica, mitológica, costumbrista y por momentos, humorística. Un género de géneros.

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Otro borracho que no puede olvidar (Héroes decadentes – FVR)

Héroes decadentes

 Francesco Giuseppe Vitola Rognini

Hoy presentamos:

Otro borracho que no puede olvidar

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

El ferrocarril está lleno. Estoy de pie, recostado al pasamanos vertical, borracho, intentando enfocar la mirada en lo que ocurre alrededor. Pasan imágenes pornográficas estimuladas por una pareja que se besa al bajar en la estación de Gracia. Otro par, cuarentones, van sentados muy cerca cuchicheando. Él tiene cara de cansado pero sonríe, viste traje, corbata y zapatos nuevos. Va con los brazos abiertos tratando de sujetarse a algo, como si no cupiera en el puesto. Ella va casi en harapos, parece una adicta, la piel reseca, los labios cuarteados, el contorno de los ojos de un color rojizo, y flaca anoréxica. Ríe nerviosamente dejando ver unos dientes amarillentos y haciendo que ese par de ojos acuosos se entrecierren. Las manos huesudas y pálidas en las que sobresalen venas inflamadas y azules tiemblan casi imperceptiblemente, como las de un fumador cuando algo le intranquiliza y el cuerpo le pide nicotina. Ella sabe que cuando él y su sonrisa bajen del vagón quedará sola de nuevo. Mientras él habla, mostrando sus dientes blancos de quien visita al dentista cuatro veces al año, con ese placer que dejan un par de polvos bien echados, ella lo mira asustada, con ojos enternecedores, dispuesta a todo con tal de tenerlo a su lado cada noche, cuando le atacan los demonios personales, cuando el silencio lo ocupa todo. El cuerpo humano es uno de esos misterios de la física: frágil y resistente a la vez. El tipo con su bigotito negro y afeitada perfecta baja en la estación de uno de los barrios residenciales más lujosos, probablemente encaminándose a un encuentro con su esposa e hijos.

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El síndrome del pedestal (séptima entrega)

Por Ernesto Zarza González

erzagon@gmail.com

Esta es una nueva entrega de la novela «El síndrome del pedestal». Acá podrán leer el capítulo anterior.

Glinka

VII

Suenan acordes de “Russlan y Ludmilla”, autoría de

Mijáil Ivánocivh Glinka.

 

“El cinismo es barato… puede comprarse en cualquier supermercado”.

GRAHAM GREENE, ‘Los comediantes’

 

            Eduardo Ortega salió del hospital y empezó a caminar sin saber de su rumbo. Sus pasos, sin quererlo, lo hacían dirigirse al diario en el que se desempeñaba y sus pensamientos, siguiendo el mismo derrotero deslizado de la realidad, lo llevaban a un mundo inexistente al que le daba forma en su mente. Como en el cuento ‘Exilio’, de Edmond Hamilton, en el que un escritor de ciencia-ficción queda atrapado en su propia creación, Ortega presentía que, de una forma u otra, él también quedaría capturado en medio de la trama de lo que su cerebro maquinaba. La golpiza que le dieron al pibe no sería el motivo central de la labor periodística que había iniciado; Mateo, el hombre detrás de ese nombre, era la clave de lo que pensaba desarrollar, quizás como un trabajo serio de investigación, quizás como un artículo cualquiera, quizás como una serie de notas, quizás como unas entrevistas. Se preguntaba, una y otra vez, por la figura del agresor, quien sin duda habría de ser un personaje reconocido en el mundo del hampa, pues no era muy probable que un empresario de los que la sociedad denomina ‘serio’ se dedicara a ese tipo de negocios; por voces que escuchaba en las calles tenía entendido que la mayoría de los dueños de establecimientos como aquel en el que fue apaleado su entrevistado eran sujetos de honradez dudosa, muy posiblemente ligados a actividades ilícitas y con problemas con la justicia.

Eso sería una bomba, se decía, en el caso de que tuviera la posibilidad de  acceder a la interna de un sitio como ese y así lograr conocer a fondo su desenvolvimiento. De acuerdo con lo planteado, no dejaba de pensar que tuvo razón al intuir, cuando vio que transportaban en la camilla a quien se había convertido en su fuente, que de ello algo interesante podía salir.

            Entonces partió de la premisa que le decía que tendría que hacer una investigación acerca de un hombre que posiblemente fuera un criminal y, por ende, que habría de terminar conociendo algo de las actividades, de los pensamientos y de los proyectos de un delincuente como Mateo. Mateo, un hombre que se encontraba tan alejado del rol social con el que el Destino sentenció a la mayoría de las personas, pero, sin embargo, tan cercano a los demás seres humanos, predestinado para mostrarle a la sociedad el error que cometió, al hacer el reparto de actividades entre los que la integran, en el momento en que decidió que unos debían vivir del trabajo y del esfuerzo de los demás, otros del dinero que cobran a guisa de coimas y otros del que de manera directa y descarada le roban a la nación en su propia cara.

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Romero y La Playa

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Foto de Peter Harding: creative commons 3.0

ROMERO Y LA PLAYA

Por: Luis Cermeño

Un paisaje estival, tocaban ukeleles, embriagados por su propia belleza y juventud, cantaban canciones para un mañana mejor, lleno de paz, pero ante todo autosatisfacción de su propia existencia. Eran tan hermosos. Los pensamientos positivos irradiaban una energía cósmica hacia el universo que los ajustaba a la armonía de todo lo vivo.

Romero los veía celebrar en la entrada de su casa. Abría una lata de gaseosa,  los veía allí en la playa, alrededor de las chimeneas, bailando, celebrando cada noche la alegría de vivir y saboreando de sus risas, complaciendo sus cuerpos y almas con el calor de la amistad.

“Yo no sé porqué no puedo ser feliz”, escribió Romero en Twitter, parado ahí mismo, a la entrada de su casa, dando la espalda a la rumba de los chicos que se prendían con la puesta del sol, justo cuando al solitario le lastimaba más el día ¿o la noche?

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