Spiderman pesa ciento veinte kilos, y tiene úlceras (Héroes Decadentes – FVR)
Esto no es tierra para superhéroes.
Francesco Giuseppe Vitola Rognini
Héroes decadentes
Segunda parte: Superhéroes fuera de foco
Spiderman pesa ciento veinte kilos, y tiene úlceras
Hace algunos años me extraditaron por tráfico de telaraña radioactiva, por lo que me escondí en este pueblo con cara de ciudad, donde también contraje disentería.
El síndrome del pedestal (decimosexta entrega)
Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:
XVI.
-Fantasmas que rondan por el Infierno de Dante-. Círculo séptimo (Violencia). Aro I: Violentos contra el prójimo. Salteadores.
“¿Cuándo voy a poder
convertir el teatro de mi triste miseria
en labor de mis manos y en amor de mis ojos?”
CHARLES BAUDELAIRE, ‘El mal monje’.
La suerte de Virgilio era la que necesitaban los que iban a acometer la arriesgada empresa. Si bien es cierto que llevaban ocho meses planeándolo todo, haciendo un seguimiento de las personas, comprando policías y estableciendo bases y centros de operaciones, estaban en la obligación de darle su crédito al Destino si todo salía bien.
“Bisoñé” era el encargado de llegar con el taxi al sitio del siniestro; “El Negro” debía bajarse rápidamente al encontrarse el vehículo cerca de la casa de la víctima, de tal manera que atrapara al muchacho por la espalda, cerrándole la boca así fuera a punta de trompadas, lo que, se puede imaginar uno, le debía producir una inmensa lástima a Lucas, unida a un sentimiento de piedad, la misma lástima que lo debió haber atrapado en sus redes el día en que llegó a “Mi Recoveco” exudando alegría y satisfacción porque dejó medio muerto en la calle a un chico que no quiso regalarle un cigarrillo. Mateo iría en el taxi con Lucas y “Bisoñé” y, en caso de ser necesario, ayudaría a “El Negro”, aunque no era muy probable que éste necesitara del complemento que su jefe le pudiera brindar.
Dos personajes vestidos con el uniforme de la policía de la Capital Federal bien hubieran podido llamar la atención en el norte del casco urbano bonaerense, en la localidad de San Isidro. Dos policías fuera de su jurisdicción deberían despertar sospechas, máxime si estaban dando rondas por la casa de uno de los más sobresalientes personajes del sector. Pero sus azules atuendos no fueron objeto de suspicacia ni de censura; los dos policías siguieron, impertérritos, haciendo la consabida guardia.
La receta del chimó de Pancho Cuevas
El Relato de Pancho Cuevas del escritor Umberto Amaya-Luzardo lleva por subtítulo: Una mina de historias. Este subtítulo hace justicia con lo que el lector encontrará a lo largo de las 134 páginas, o los 97 años, que se presentan en este relato contado por su propio héroe. Pero no solo es la vida de un hombre la que se cuenta en esta novela, sino la de toda una región desde la perspectiva de quien la recorrió a caballo durante casi un siglo. Esta es la región llanera, que abarca gran parte de Colombia y Venezuela, y que, sin embargo, en el país de Colombia, no ha sido tan retratada como otras zonas, margen que no solo es narrativa -incomprensible por otra parte en un lugar tan lleno de leyendas y folclore- sino que se trasluce en lo social, en cuanto el descuido que presenta en el orden de lo político y lo social ( ver: Verne sobre los llanos orientales) .
Existe una clase de conocimiento consignado en algunos libros que se define como «sabiduría mundana». Los textos que por lo general ofrecen este tipo de contenidos, van más allá del juego literario, la técnica narrativa o el poder retórico. Este tipo de relatos exponen conocimientos pragmáticos, auténticos y certeros. Los hay del tipo que ofrece instrucción militar (tipo Rambo o Starship Troopers), de cómo sobrevivir una sobredosis (Burroughs), hackear una red de teléfonos móviles en una zona específica (Cory Doctorow), hasta algunos que te dan consejos infalibles en el arte del amor y el erotismo (Como el maestro, Don Hernán Hoyos).
El relato de Pancho Cuevas brota a borbotones eso que llaman «sabiduría mundana». Llanero resabiado y conocedor de mundo, te expone desde el origen de la palabra gana’o por el Diablo, hasta cómo hacer para tener sexo con una catira o, si se prefiere, una mujer indígena.
No sin antes recomendar la lectura de este documento literario que retrata la vida en el llano, ofrecemos un extracto en el que se cuenta, con sabiduría de mundo, la preparación de esta jalea (que, valga decirlo, ha sido estigmatizada de manera infame por los medios tradicionales de Colombia – ver Un vicio que consume a los araucanos):
Joropódromo 2014 en Arauca
- Representación de la reina
- Grupo de ancianos danzantes
- Tarima con grupo típico
- Escena antes del inicio
- Zapateo criollo
- Grupos de niños bailantes
- Desde Villavicencio
- Las macheras del llano
- «Excelsior» y Amín Castellanos de «Chimó Psicodélico». renovadores de la música llanera
- Atardecer llanero
- Delegación de Saravena
- El evento cerró en la Alcaldía
Lo mismo que la Samba, el baile tradicional llanero del Joropo también cuenta con su desfile de escuelas de danza. Este evento se ha vuelto tradicional en las vísperas de las fiestas de la ciudad de Arauca, que se celebra el 4 de diciembre de cada año. En esta celebración de baile y folclor se reúnen varias generaciones, pueblos y regiones del llano que traspasan fronteras (de Colombia y Venezuela), tipos distintos de baile (unos más «autóctonos», otros más experimentales) y sobre todo, diferentes formas de ser llanero y habitar sus horizontes infinitos.
Este es un pequeño reportaje gráfico que pretende promover y difundir esta bonita actividad. Como dijo el chigüiro superatómico: me dieron ganas de zapatear hasta el centro de la Vía Láctea, camarita.
Flash y Superman están de vacaciones (Héroes Decadentes – FVR)
Francesco Giuseppe Vitola Rognini
Héroes decadentes
Segunda parte: Superhéroes fuera de foco
Flash y Superman están de vacaciones
Flash y Superman salieron a correr en el desierto del Sahara. El problema de Flash es que no es de acero. Superman se puede correr la tierra y saltarse los Himalayas de un vuelo. Flash, que si es humano, evita los matorrales y las selvas. A Superman le da igual. Así que terminan en una esquina de Bellaquería, bebiendo cervezas a las 4 de la tarde. Flash se quitó el antifaz, al segundo estaba vestido con ropas que no eran suyas. Superman se elevó y aterrizó en medio de un tumulto de personas. La gente comenzó a saludarlo, las viejas lo agarraban, los niños les gritaban emocionados a sus padres por el Superman que había llegado, los ancianos se preguntaban donde estaba la cámara escondida, y las fanáticas espontáneas llenaban el espacio de gritos histéricos. El Man repartió firmas, besos, muestras de fuerza, de inteligencia, de velocidad. A los veinte minutos había logrado lo que buscaba, un par de lentes chinos oscuros RayIban que le entregó un tipo a cambio de varias fotos junto a su héroe. Una guayabera que le regaló un viejo de los Montes de María, que cuando lo vio le dijo: “Por mi nieto, que se lo imagina salvando el mundo, pá que venga y se pase una temporada por acá.” Una bermuda beige, de unos empresarios que le ofrecieron trabajar en publicidad para un nuevo centro comercial. Sandalias Havaianas verdes de una chica moderna de ojos claros que deseó ser la mujer maravilla. Y una mochila amarilla estampada con un logo de Águila, que unas chicas uniformadas le entregaron, junto con la birra, unas fotos de ellas en pelota con su número al respaldo.
Flash en la espera se tomó 30 cervezas.
Luego de los autógrafos y fotos fueron a una tienda, donde se bebieron siete canastas de cerveza, ahí Superman se proclamó campeón absoluto de el eructo más largo. Se puso la capa de turbante fingiendo ser un gringo con problemas mentales. Le hablaba a un Flash borracho, que se caía y levantaba del suelo a una velocidad, aún en estas condiciones, increíble. Habían estado bebiendo a la sombra un par de horas. Cuando Flash se repuso del mareo y pudo coordinar la cabeza, soltó el eructo, que sirvió también como señal de escape. Pagaron con una exhibición de rapidez y dejaron viendo chispas al tendero.
El síndrome del pedestal (decimoquinta entrega)
Les presentamos un nuevo capítulo de «El síndrome del pedestal», la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:
XV
-Fantasmas que rondan por el Infierno de Dante-. Círculo octavo (Fraude). Aro I: Rufianes y seductores.
“La tierra está llena de superfluos, y los que están de más
perjudican la vida”.
FEDERICH NIETZSCHE, ‘Así hablaba Zaratustra’.
Quien observara a la joven pensaría que estaba pasando un rato ameno. En medio del corro de bellas personas que la rodeaban ella sonreía con gusto y mostraba sus dientes en todas direcciones. Recogía su cabello, dejando al descubierto una parte de su blanco, bello y elegante cuello, como si quisiera llamar la atención de algún caballero.
Era un 20 de julio, día en que se celebra la declaración de independencia colombiana del yugo imperialista español. La Embajada de Colombia contrató un salón de eventos, ubicado en la Avenida Corrientes, entre las calles Reconquista y 25 de Mayo, con el fin de hacer un pequeño cóctel de celebración de la festividad nacional, con un brindis por un año más de tan significativo suceso. El embajador habló, se cantó el himno nacional, se alzaron las copas que frenéticamente lanzaban un grito de júbilo y de añoranza por el terruño natal que tanto se extrañaba. Todos sonreían en ese momento cumbre, glorioso, casi angelical, en que los pensamientos y los sentimientos se fundían en una sola y melancólica unión y fraternidad. Los amigos se hicieron más unidos, los amantes más pasionarios, los curates más creyentes, los diplomáticos más engañosos, las damas más afectadas y soberbias, los muchachos más petimetres y vacíos. Todos sonreían y daban claras muestras de júbilo. Todos a excepción de Enrique Salas.
El salón era amplio y luminoso. Bellas lámparas de cristal colgaban de su techo iluminándolo con sus fulgentes radiaciones y, en las paredes, frisos que representaban escenas de batallas entre romanos y bárbaros adornaban sus blancas manifestaciones. Encima de las dos puertas de entrada, hechas de roble y armoniosamente decoradas con representaciones ecuestres, sendos doseles marcaban sus aromas con signos de rosas y claveles. Junto a las puertas unas columnas dóricas adornaban con sus capiteles la estancia y, encima de ellas, ribetes con formas de vestales y de bacantes, anunciadas por unas runas que descollaban en relieve, deleitaban la vista de los comensales de la concurrida reunión.
Ciencia Ficción, por Josef Amón-Mitrani

Fotografía por: Luciana Marti ©
CIENCIA FICCIÓN
Alexandra, Alex, ese lindo y emborrachado y (ya) viejo personaje que voy a narrar en la tercera persona del singular, recordó que antes, mucho antes, no había problema con eso de comprar una botellita de aguardiente, un par de jamones y llevarse el mercado para el cuarto y comer y tomar y escuchar las músicas de David Bowie en el discurrir de las comidas y las bebidas y la hamaca y las músicas de David Bowie. Recordó que antes, mucho antes, el mundo no era más feliz (siempre supo que “La Felicidad” no era más que una idea estúpida que regulaba el andar de lo cotidiano). Pero, eso sí, recordó que antes, mucho antes, la vida era más tranquila: había menos máquina, menos prosopopeya. “Cuando tenía mi banda de punk y mi libretica de apuntes –se decía a sí misma– lo dejaban a uno con su jamón y su aguardientico y su rock and roll. Lo dejaban a uno con la tranquilidad esa que produce el fracaso”.
Antes, mucho antes, Alexandra leía a Bradbury con risita. Con esa risita que saca la ciencia ficción: “Ja, qué locurita esa. Ja, ja”. Pasaba algo raro ahí: sentía esa angustia extraña de la ciencia, de la ficción, de lo futuro; pero siempre, casi siempre, sabía que era sólo ficción, que era sólo ciencia ficción. Y terminaba el libro y lo cerraba y lo dejaba en la mesita de noche y miraba pal techo y ahí venía el “Ja, qué locurita esa. Ja, ja”… Y Alex recuerda (hoy) esa risita y trata de meterse en ese cuerpo lejano (de niña linda del pasado) que leía a Bradbury con ese sarcasmo y esa risita y, como hablándole a un amigo imaginario, mira su cuarto lleno de cámaras y de pantallas y se dice a sí misma: “si yo hubiera sabido que hoy no puedo comprar mi aguardientico y mi jamón, y que no puedo escuchar mis músicas de David Bowie en esa hamaca que antes, mucho antes, colgaba en la esquina de mi cuarto, jamás…Óigase bien: JAMÁS me hubiera reído de la ciencia ficción”.
…Ese había sido un día malo para Alexandra. La verdad es que no siempre pensaba así.
JOSEF AMÓN-MITRANI
The Hulk va al psicólogo (Héroes Decadentes- FVR)
Francesco Giuseppe Vitola Rognini
Héroes decadentes
Segunda parte: Superhéroes fuera de foco
The Hulk va al psicólogo
La Mole -el de los Cuatro Fantásticos- le dejó inconsciente una tarde, luego de uno de esos cruces de palabras que terminan tan frecuentemente con media ciudad destruida, mientras toda una legión de superhéroes salva víctimas inocentes.
Nadie se interpuso, Superman podría, pero últimamente no atiende llamados de emergencia, cuando está merodeando a la Mujer Maravilla.
Restaba esperar a que se detuvieran por si solos. Cuando ya había pasado lo peor, apareció She-Hulk y le dio una serenata mientras lo llevaba en un hombro al hospital.
Ella es su prima, a la que él le salvó la vida donándole sangre una vez, hace mucho tiempo. Desde entonces ella es verde y le guarda un odio oculto a Hulk.
-¡Te he dicho que no te pelees con La Mole, ya estás viejo para esto!
Pobre bicho verde, había perdido otra vez con el bloque de piedra. Y esta vez le perseguía además ese chillido de mujer. She-Hulk odiaba estos momentos tanto como él. Tendría que dejarse fotografiar de nuevo haciendo cosas ridículas, como si cuidara a un ebrio.
En el hospital de los Avengers -la versión mutante de la Liga de la Justicia-, y ya con su forma humana, Bruce Banner se dice a si mismo: “Los tiempos de controlarse bien han llegado”. Bruce no aguanta las migrañas post-Hulk y cada vez que regresa a su forma humana no tiene un céntimo porque siempre rompe los pantalones y bota la plata. Además, por este asunto de la transformación gasta una fortuna en ropa y calzado. Bruce toma la decisión y lo internan en una isla del caribe. Lo que no resulta tan buena idea después de todo, lo tienen drogado tiempo completo y para colmo cobran una fortuna por cuidarlo. Nadie lo visita. Con una depresión en aumento el psiquiatra que hace el seguimiento a la historia clínica comienza a notar pensamientos suicidas. De inmediato se le informa a She-Hulk, para que esté pendiente de cualquier posible anomalía a futuro. No hay más nadie a quien llamar, así que ella hace de tripas corazón y deja le cuenten los detalles. Lo está dejando de odiar, lo comienza a ver como alguien a quien ama profundamente. “No, es mi primo” Piensa ella.
El síndrome del pedestal (decimocuarta entrega)
Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, una novela escrita por Ernesto Zarza González. Acá podrán leer el capítulo anterior:
XIV.
-Fantasmas que rondan por el Infierno de Dante-. Círculo séptimo (Violencia). Aro III: Violentos contra Dios, la Naturaleza y el Arte.
“La fe no puede decepcionarnos, ya que no nos promete nada sobre la tierra”.
JOSEPH ROTH, ‘El busto del emperador’.
– Les digo que mi vieja siempre pareció odiarme –comentaba Mateo al grupo de jugadores de dominó en una ocasión-. Creo que el resentimiento que le había ocasionado mi viejo lo proyectaba en mí.
– Che, Mateo, no digás esas cosas –le reconvino Juan-. Mirá que de la vieja no se puede hablar así frente a los demás.
– ¿Y qué querés que haga? –le contestó Mateo, quien, debido a los años que tenía de estar viviendo en la Argentina hablaba con acento porteño cuando se dirigía a un natural del país-. Vos no sabés cómo fueron las circunstancias que rodearon mi infancia –el tono de su voz se volvió severo, enfático, como si no admitiera que alguien que desconocía los aspectos de su vida se atreviera a hacer juicios al respecto-. Mi viejo la preñó y la dejó siendo yo un pibe de cuatro años. Era un mujeriego y la hacía sufrir mucho. Vos no sabés lo que es tener que soportar todos los días a una madre que se quejaba por todo lo que le tocaba hacer; si lavaba la ropa, se quejaba; si tenía que cocinar, se quejaba. Se quejaba porque tenía que laburar y mantenerme, a la vez que se quejaba porque, según ella, yo nunca hacía nada para ayudarla. Vos no sabés lo que era tener que aguantar a una señora beata que no hacía más que pedirle a Dios porque terminara rápido con su sufrimiento.
– Che, Mateo -intervino Eduardo para cambiar el asunto, aunque se sintió un poco identificado con el dueño de “Mi Recoveco”, pues él mismo tenía motivos para estar resentido con su madre: peleó con ella fuertemente luego de que se enteró, por medio de una de sus habituales discusiones con Pirobovich, de que ella había influido en Broening para que le ayudase a ser parte de la nómina de periodistas del diario. Ella no desconocía lo humillado que lo hizo sentir el saber que se había entrometido en sus asuntos, haciéndolo quedar ante los demás como un consentido, como un incapaz, como alguien que necesitaba de la ayuda de su madre para poder hacer algo en la vida, como si no tuviera las suficientes capacidades para lograr lo que se propusiese-, creo que mejor dejamos el tema y seguimos jugando…
– Pero pará, que quiero contarles –se defendió Mateo-. Ya podemos seguir ganándoles luego –dijo con una risa que mezcló con los recuerdos aciagos de su pasado. Enrique memoró una conversación que tuvo en cierta ocasión con su amigo, un tete a tete en ese mismo sitio, en el que Mateo le comentó algo respecto a la forma como su madre lo obligaba a leer La Biblia todos los días; a pesar de estar ebrio en ese momento, no olvidó esa singular parte de la charla. Sirvió cerveza en los vasos que estaban pidiendo ser llenados de nuevo-. Mi viejo es de Grecia; digo que es de allí porque todavía no ha muerto. Terminó emigrando a Colombia debido a serios problemas que adquirió con la justicia de su país. Por qué escogió a Bogotá para esconderse, no lo sé. Claro que por esa época como que estaban bien las cosas allá; Rojas Pinilla era el presidente y, según he escuchado, ha sido de lo mejor que hemos tenido, a pesar de ser un dictador.








































