Diego de Torres Villarroel, precursor de lo fantástico y profeta.
Diego de Torres Villarroel fue un matemático, torero, astrólogo y escritor. El aparte que a continuación presentamos es el prólogo del Viaje Fantástico, escrito que contiene un periplo lleno de conocimientos astrológicos. Villarroel vivió durante el siglo XVIII y también se le han endilgado dotes proféticas, como lo expone Alberto Laurent respecto a la revolución francesa y los siguientes versos:
Cuando los mil contarás
con los trescientos doblados
y los cincuenta duplicados
con los nueve dieces más,
entonces, tú lo verás,
mísera Francia, te espera
tu calamidad postrera
con tu Rey y tu Delfín
y tendrá entonces su fin
tu mayor gloria primera.
También se lo ha criticado por ser un imitador desvergonzado de Francisco de Quevedo, como, según el propio Laurent, ocurre en los Sueños morales que guardan un vínculo estrecho con los llamados Sueños. El ser un imitador y astrólogo y torero, enriquece la figura, un tanto desconocida, de este hombre que viajo en el cielo antes de cualquier cohete hubiese sido divisado en las imaginerías científicas:
Prólogo a quien leyere
El doctísimo Anastasio Kirquerio escribió con notable extensión y dulzura este Viaje en un libro, que después intituló Camino extático; y en él dice, que fue llevado del ángel a registrar todas las oficinas del orbe. Otro (de cuyo nombre no quiero acordarme) hizo pacto con el demonio, porque le descubriese las maravillas de esta cósmica máquina. Yo no soy tan bueno como el uno, ni tan malo como el otro; porque ni ha querido guiarme el ángel, ni yo quiero que me lleve el diablo. Los dos escribieron como espíritus, y yo como pobre hombre, con que se discurre la diferencia que habrá de sus papeles a este borrrón. Leer Más…
Precursores de fenómeno booktuber y anuncio parroquial
A propósito del fenómeno cibercultural que reseña nuestra socia de andanzas bloggeras, Elisabet Rosello (link: http://elisabetrosello.blogspot.com/2015/01/el-fenomeno-booktube-como-recomendar.html ) , hemos hecha una pesquisa genealógica y arqueológica de los inicios de este interesante movimiento.
Encontramos, en este lunes de tanta depresión, un bello postre espolvoreado por doña Gloria Valencia de Castaño y el excelentísimo Alfonso Palacio Rudas.
Su charla es una pildorita en donde se hace referencia a las abducciones que este hombre de corbatín ha hecho y a los extraños volúmenes que le obsequiaron en sus correrías mundiales. Cabe aclarar que como los booktubers más conocidos de nuestra época, don Alfonso Palacios no leía los libros pero hablaba de ellos.
Se han cambiado los corbatines por peluquines coloridos, y los labios resecos de la senectud por brillo jovial e incitador de travesuras oralizadas.
Así vemos pues que la tradición oral tiene un prominente futuro, los libros desaparecerán, pero los que hablan sobre ellos jamás. Disfrutemos de esta época de glosa y glosadores sensuales, pero no olvidemos que hubo un tiempo en que los corbatines, bostezos y referencias burocráticas fueron los manjares de las medias noches tristes de unos cuantos miserables que solían divorciarse cada tanto.
Coda:
En el siguiente booktube se puede ver un hangout analógico entre doña Gloria Valencia de Castaño y el gatoide Abelardo Forero Benavides, ¿será que los annunakis cuentan nuestra biografía humana? No faltará el magufo escéptico que se burlará del carácter alienígena de Forero Benavides, pero nosotros sabemos que Benavides es un apellido que solo puede venir de Alfa Centauri. Ahí los dejamos con esta incursión al pasado en presente desde el pasado.
ANUNCIO PARROQUIAL:
Por medio de la presente nos permitimos abrir la convocatoria para recibir a una booktuber que hable de nuestros humildes libros que reposan en los archivos de Mil Inviernos. Manden pues, sus mejores selfies y sus comentarios más jocosos. Acá todos haremos maravillas para ser famosos. Hoy cumplimos tres años y nadie nos conoce. pero afincamos nuestras nuevas esperanzas de fama en esta nueva técnica. Recibimos vuestras solicitudes en : 1000inviernos@gmail.com
Publíquese y cúmplase.
El síndrome del pedestal (Vigesimosegunda entrega)
Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:
XXII.
Suenan acordes de “Pompa y circunstancia”, autoría de
Sir Edward Elgar.
“¿No es algo muy bonito la creencia popular de que el sapo, la más fea de las criaturas, a menudo tiene oculta en su cabeza la más bella de las piedras preciosas?”
HANS CHRISTIAN ANDERSEN, ‘El sapo’.
Tras algunos intentos fallidos de encontrarse las dos parejas, en los que posiblemente Ortega colocó toda la intención ante una Natalia que no estaba dispuesta a darle más concesiones a un tipo del que no sabía qué pensar respecto a sus sentimientos (tenía una enorme confusión en su cabeza; le gustaba Eduardo, pero no se sentía en la capacidad de dar un paso más en el sentido de buscar dentro de su interior algo que la convenciera de intentarlo, algo que la convenciera de que ese joven podría ser el indicado. Varias veces le prometió que se vería con él y terminaba esgrimiendo cualquier excusa para no hacerlo, varias veces hubo de negarse ante sus llamadas telefónicas, varias veces hubo de leer sus correos electrónicos sin contestarlos, varias veces hubo de decirle que no podía salir en determinada fecha, varias veces tuvo que irse subrepticiamente del edificio en el que estaban las oficinas del diario para que Eduardo no la viera. Pero él seguía intentándolo; había cambiado, parecía que una nueva resolución había hecho su aparición con firmeza, con persistencia y terquedad) y en los que Salas empleó muy pocas armas de persuasión para convencer a Rosa María, al fin las parejas se encontraron, para disgusto de esta última, que hubiera preferido un sitio más elegante y oneroso, en un restaurante ubicado en la Avenida Callao y Córdoba, con el propósito vigente de ir, después de la cena, a bailar a alguna discoteca de la Plaza Serrano (para disgusto de Rosa María, que hubiera preferido ir a La Recoleta o a las que quedan por la Avenida del Libertador).
Cuando Enrique y Rosa María llegaron al restaurante se encontraron con que Eduardo y Natalia los estaban esperando; habían pedido una cerveza de tres cuartos, acompañada con maní y papas fritas. Los vieron riendo y hablándose de cerca, como si fueran dos enamorados que recién destapaban sus sentimientos y que disfrutaban del encanto que produce la contemplación del ser querido. Enrique pensó que, en realidad, Eduardo podía tener alguna relación con Natalia, aun cuando el periodista ya le había dicho que solamente estaba en la primera fase del arte de hacer el amor: estaba tratando de conquistarla, seduciéndola por medio del empleo de toda su industria y habilidad, componiéndole poemas, obsequiándole libros con dedicatorias especiales, regalándole cuentos de su autoría, tratando de hacer que ella sintiera algo por él al ver su sensibilidad puesta al extremo, aunque todo parecía ser un ancla en el desierto, pues ella le decía que le gustaban, pero ninguna manifestación sentimental se leía en sus ojos, en sus facciones, en sus palabras. Enrique rió in mente al pensar en esa posibilidad: Otelo enamorando a Desdémona.
Salas quedó maravillado al ver la fresca belleza de Natalia, sus ojos negros, su cabello azabache, su cuerpo hermoso y vestido con sencillez y naturalidad. Rosa María, por otra parte, pensó en lo bella que era Natalia, quizás con un poco de envidia, pues la consideró más hermosa, y en lo mal que se veía esa forma de vestir en una muchacha tan linda. No le agradaba verla con una camisa barata y rala, con unos pantalones viejos y ajados, con zapatillas y sin maquillaje, aunque reconocía que una belleza tan fresca y natural como la de Natalia no requería aditamento alguno ni colores y olores que engañaran a los hombres.
Eduardo sonrió al ver que Enrique, acompañado de una hermosa mujer, entraba al restaurante. Con orgullo pensó en la mueca que se dibujaría en la cara del antropólogo al ver la bella compañía que estaba con él, a la vez que comparó, de lejos, las diferentes bellezas de las mujeres, dando por ganadora la de Natalia; sus ojos de enamorado le impedían la santa gracia de ser objetivo. Pero no por eso dejó de ser justo y de otorgarle a Rosa María sus méritos, aunque con un somero vistazo podía ver a qué atenerse: Enrique no le había mentido cuando le describió a Rosa María, en toda su hermosura y elegancia, así como tampoco lo hizo al presentarla vacía y sin sentido común, moldeada para ser la consentida de todos, el centro de atracción, la sensual y hermosa vanidosa que creía ser la más linda de las mujeres, la vestal que todos los hombres desearían tener, la corrosiva envidia de las demás representantes de su género, la maldición que un dios colocó en esta tierra para que los mortales sufrieran por ella.
LA MÁQUINA DE DOLOR DE LA BURROUGHS CORPORATION
Este cuento salió publicado en la cuadragrésima sexta edición de FICCIORAMA (fanzine de producción quirográfica, reproducción mecánica y distribución repentina mensual), dedicada al escritor William Burroughs, en lo que constituye la primera de tres entregas sobre el autor norteamericano.
El fanzine 46 completo se puede ver acá:
LA MÁQUINA DE DOLOR DE LA BURROUGHS CORPORATION
Por Luis Cermeño
Un viejo marica me mira al otro lado del salón. Observa fijamente, con ojos crueles y penetrantes. Siento simpatía por los viejos maricas. Ahora actúo como una señorita virgen, y eso es reconfortante ciertas tardes en que me encuentro destrozado. A veces juego al difícil y me concentro en mi escritura. Siento su mirada recorrer mi carne blanda de joven envejecido no marica. Pero lo quiero confundir, levanto la vista de la máquina de escribir y le sostengo la mirada. Cuando ya no puede resistir las miradas se rinde con una leve mueca en su labio inferior y yo sonrío. Él sonríe algo avergonzado como un criminal. Así jugamos un par de veces, y siento lástima porque veo que el viejo marica sigue enfermo de deseo. Y el deseo parece ser un espíritu indomable que no considera el desgaste de los años. Pronto se sienta otro viejo marica a su lado. No tan viejo como el viejo marica, pero ciertamente viejo y ciertamente marica. El viejo marica sabe que éste viejo es presa fácil y sigue perdido ardorosamente ante la búsqueda de mis ojos. Me indigno al verlo sentado junto a otro viejo marica, recojo mis herramientas y no lo vuelvo a ver más. Me levanto y detengo frente al póster de un documento perdido de un hombre de mi edad, y le grito a la vieja puta de mi lado: ¡Qué muchacho tan simpático! Ella ríe y me pregunta si ese muchacho soy yo. No, río, mientras le contesto, sé que el viejo está escuchando, solo digo que ese joven es bien parecido. Sé que destruí al viejo con mi frío descaro y con un halo de insolencia me retiro para continuar la jornada de ventas. Vendo máquinas de dolor de la Burroughs Corporation.
Fundido en negro murmurando: ‹‹Hay un amante en cada esquina cruzando las galaxias heridas ›› — La muerte y la mentira — El medio en el que la vida animal respira no está en ese lugar sin alma — La visión de los dioses— Con una extraña criatura gimiendo a su lado — Willy el Uraniano El Niño de Metal Pesado — Navegamos, oh amigos míos, yo — salía de trabajo y emprendió la marcha — Ya estoy sobre la popa; vosotros, — de la selva. A cuatro hileras —Fastuoso frente que corta—: a la derecha Neil, el menor y más — El oleaje de rayos y de inviernos— NO TIENEN eso que llaman ‹‹oxígeno de las emociones›› — Ojos mercurianos — ¿Me estoy muriendo, mister? — Polilla extraterrestre — Una mañana él despertó en un Hotel verde — “Tengo que confesar que soy un pedacito de mierda”.
El síndrome del pedestal (vigésimoprimera entrega)
Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:
Infierno de Dante-. Círculo octavo (Fraude). Aro VI: Hipócritas.
“No hay efecto sin causa; todo está encadenado necesariamente y dispuesto de la mejor manera posible”.
VOLTAIRE, ‘Cándido’.
Ortega alzó la vista y vio ante sí el letrero feo y de mal gusto que decía “Mi Recoveco”. Si su fachada externa le dio una impresión desfavorable (pues debajo del aviso tenía una amplia puerta doble de vidrio negro que impedía ver el interior del sitio y una ancha ventana a su lado, también del mismo color, protegida por una reja), cuando entró, a pesar de ir preparado para hallar cualquier cosa, casi se va de espaldas por la fuerza negativa que le produjeron las emociones dispersas y dispares.
En el mismo momento en que abrió la puerta se sintió objeto de la mirada de veinte pares de ojos; como si hubiera pasado una ambulancia por aquel lugar, la mayoría de los que estaban en ese sitio tornaron su cabeza para ver a la persona que estaba haciendo su entrada. Algunos lo hicieron porque quizás esperaban ver a alguien conocido, otros por simple curiosidad; no faltó quien lo hizo para sacudir el tedio que lo estaba consumiendo (muy posiblemente en ese caso estaría una que otra chica que a disgusto se encontraba acompañando a un sujeto desagradable, o a uno muy feo, o a un grosero o a un borracho). Casi reprimido e intimidado por ese recibimiento, se quedó un momento de pie en la puerta, observando, a su vez, el interior de “Mi Recoveco”, el mismo sitio del que el joven golpeado le había hablado hacía unas horas. A su derecha se levantaba una pared que se extendía varios metros hacia delante; en ella estaba un calentador a gas, en el que una imagen color naranja sobre un fondo negro de la Torre Eiffel lanzaba irradiaciones caloríferas por medio de los conductos que la formaban. Guirnaldas y flores de motivos parecidos a los navideños colgaban por arriba, como si fueran enredaderas puestas a propósito; una serie de mesas estaba al lado de la pared y en dos de ellas se encontraban unos comensales hablando con unas chicas que les servían cerveza a cada instante, como si desearan emborracharlos con premura. A su izquierda había un poco más de espacio y, en él, cuatro mesas, colocadas en forma de cuadrado, eran testigos de la forma como las chicas hacían su trabajo.
El síndrome del pedestal (vigésima entrega)
Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:
XX.
Suenan acordes de “Bella Rosa María”, autoría de
Fritz Kreisler.
“Por las calles y plazas su mujer va gritando:
‘Pues me ve tan hermosa que me quiere adorar,
quiero el culto de un ídolo de los tiempos antiguos,
y como ellos exijo que con oro me cubran;
embriagarme con nardo, con incienso y con mirra,
con manjares y vinos, con rodillas dobladas,
quiero ver si es posible usurpar en un hombre
entre risas el culto tributado a los dioses’”.
CHARLES BAUDELAIRE, ‘Bendición’.
Últimamente se quejaba de manera constante por lo injusta que había sido la vida con ella. No encontraba, dentro del cúmulo de prendas de vestir que tenía en su armario, una que se adecuara a la ocasión: era la primera vez que iba a estar con sus amigos y con Enrique, en un sitio “decente”, por lo demás. Aunque varias veces había salido con él, estuvo molesta la mayoría de ellas, ya que su indecoro la obligó a asistir a aburridas obras de teatro a “la gorra”, a ver fastidiosas e ininteligibles películas de cine europeo en sitios cerrados y poco ventilados, a tomar cerveza con Juan González y su horrible novia (una ordinaria que no sabía vestir, ni hablar, una cualquiera que no había aprendido los modales de una dama, según ella misma estimó), a arrastrarla a un concierto de un estridente grupo musical llamado “Totus Toss”, realizado en un garaje estrecho, lleno de muchachos sucios y drogados, a ver la grabación de “Compatriotas”, un burdo programa de televisión, en el Canal 7, a encerrarse tediosas horas en el Museo de Arte Moderno mientras le daba lecciones, que no le había pedido, sobre los insulsos cuadros y las deformes esculturas que veía. Un día llegó a prometerle que la llevaría a “Mi Recoveco”; ella quedó sorprendida al escuchar ese nombre y le preguntó si se trataba de una nueva discoteca en La Recoleta o por la Avenida del Libertador. Él le contestó que era un sitio al que iban a embriagarse una caterva de ebrios y de desadaptados sociales, que allí acudían a buscar la compañía de unas chicas.
Mario Levrero como actor y asesino
Mario Levrero, el escritor uruguayo que, después de muerto, ha sido objeto de los buscadores de «rarezas» y literatura de frontera a lo largo de sudamérica, también fue actor; en el cortometraje que a continuación les presentamos, interpreta el papel de un asesino. El director de este trabajo hecho por diversión afirma que, casi con total seguridad, es el único vídeo en el que Levrero aparece frente a una máquina de escribir:
El síndrome del pedestal (decimonovena entrega)
Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:
XIX.
-Fantasmas que rondan por el Infierno de Dante-. Círculo séptimo (Violencia). Aro I: Violentos contra el prójimo. Tiranos.
“Un hombre corriente busca el bien y el mal en una cosa externa… el hombre capaz de reflexionar los busca en sí mismo”.
ANTÓN CHÉJOV, ‘La sala número seis’.
– A veces estábamos tan aburridos, sin nada que hacer, que tirábamos las colillas de los puchos al piso, para ver cuál de ellas sacaba más chispas –dijo Mateo, al estar refiriéndoles una historia más a Eduardo y Enrique, ante un requerimiento del primero de ellos-. El humo de los cigarrillos ayudaba a espantar los mosquitos, pero su llama los atraía hacia nosotros. Era una labor muy dura y sin recompensas inmediatas, si entienden lo que quiero decir. Trabajábamos horas y horas diarias, sembrando matas, recogiendo las ramas, fumándonos las que podíamos, sin ver una sola alma distinta a nosotros, aguantando el sol diario, resistiendo las ganas de ir al pueblo más cercano a culiarnos a todas las putas que encontráramos, pasando semanas enteras en ese trabajo, reciclando las hojas, procesándolas, haciendo de todo y sin tener una distracción diaria. Tan solo una vez al mes era que podíamos ir de joda al pueblo.
– ¿Che, Mateo, dónde me dijiste que era eso? –indagó Ortega, quien estaba tomando notas; ese día no hubo partida de dominó, pues faltaba el cuarto jugador, hecho que aprovecharon el periodista y el antropólogo para solicitarle más cuentos y anécdotas a Mateo, quien con sumo gusto se las relataba.
– En la Guajira, mi estimado periodista –respondió Mateo.















