El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora).
Día 2. NICE HAUT PAYS-NICE
Ganador de la etapa: Julian Alaphilippe(Francia)
Líder de la clasificación general: Julian Alaphilippe (Francia)

Francia repite el entusiasmo del año pasado: Julian Alaphilippe ha ganado y lucirá la camiseta de líder. Si ese lugar se prolonga, los franceses se sumergirán en el entusiasmo que les permita olvidar a la peste, aunque apestado sea el circo que se ha erigido en torno a esta competencia.
Puede ocurrir que el tour termine mucho antes; quizá los equipos vayan quedando eliminados (¡otra vez el gerundio!) porque tienen un par de apestados y gane el que pudo mantener una escuadra sana: quizá sea uno de esos equipos de poca monta que carecen de sofisticadas ayudas ergogénicas, excusas para utilizar remedios para asmáticos o para jóvenes con déficit de atención, o programas de dopaje más tecnificados que los correspondientes a los descubrimientos de las trampas.
También puede ocurrir que Alaphilippe gane el tour ante la interrupción virológica. Quizá sea una vuelta de dos semanas o de unos días más. O simplemente el mundo se acabe si es que por mundo se entiende al fenómeno humano que pisó a la Tierra.
Todas estas esperanzas se barajan en el público francés que aún se aferra a una mejoría de Pinot. Hoy no subió muy bien las cuestas de primera categoría y su cara de sufrimiento formó parte de las transmisiones cinematográficas de la etapa. O de telenovela francesa en la que el francés sufrido pierde ante un español, un inglés o un europeo oriental.
El líder Kristoff se descolgó y ya es pasado. El ganador del último Dauphiné, el colombiano Martínez, cayó y muy seguramente no termine el tour – si es que a este no lo acaba antes el Covid 19- y, una vez más, regresó la vuelta francesa de siempre: aburrimiento, una caravana que sube a ritmo incomprensible para cualquier humano que no utilice algún fármaco -ya sea aceptado o no por las autoridades que deciden qué es lo limpio y lo sucio en un negocio como el show del ciclismo- y un final que acrecienta los cálculos.
La etapa terminó con un embalaje protagonizado por Alaphilllipe, un juvenil Hirschi y Adam Yates. El francés se aprovechó para no liderar, en momento alguno, el paso de la triada y, al final, ante la angustia del inglés y la novatada del suizo, Julian, celebró con la grandilocuencia del llanto, exaltando su logro y propiciando la especulación que este año no está listo para ganar la competencia y por eso prefirió hacer lo que hizo hoy.
Cada día consolida la sospecha de que todos aceptan la supremacía del Jumbo, donde parece que pedalea el campeón del tour de la peste. Aunque algunos se entusiasmaron porque el equipo holandés no tiranizó al pelotón en los últimos kilómetros: una ilusión más que servirá para postergar la confirmación de lo pronosticado.
El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora).
Día 1. NICE MOYEN PAYS-NICE
Ganador de la etapa: Alexander Kirstoff (Noruega)
Líder de la clasificación general: Alexander Kristoff (Noruega)

El tour de Francia apareció como una guerra de trincheras a lo largo de esta última década: frente al televisor, mientras engordábamos, la pregunta sobre el anunciado ataque crecía a medida que el hecho se postergaba; entre el sopor y los bostezos, venía algún rasguño que despertaba el entusiasmo y revivía los cálculos para luego todo terminar en lo anunciado: el triunfo de una corporación anglosajona y el aplastamiento de cualquier entusiasmo hispanoparlante. Los hechos se han justificado con la intensidad de los vatios emanados por las pedaladas de los integrantes de un equipo como el de Brailsford- alias Inneos, otrora Sky-, capaces de producir energía eléctrica para un municipio, la cual supuso la imposibilidad de un ataque y la explicación de por qué el malhadado Quintana jamás pudo embestir como lo esperan sus fanáticos- tan inabordables y obtusos como los de su “némesis”: Mikel Landa-.
Ya con el sustento energético del aburrimiento y de los trenes en plenas montañas francesas, se ha instalado una nueva figura que le disputa el protagonismo a Inneos: Jumbo. El equipo de los Países Bajos ha iniciado una sustitución en donde, como en los entreverados juegos literarios que han servido a generaciones de escritores, los nombres son prescindibles pero la estructura de la trama es la misma: el lote es encabezado por cuatro o cinco miembros de la escuadra y, a medida que se llega a meta, el líder de la misma realiza un ataque que se prolonga, a lo sumo, por un par de kilómetros y todo termina sentenciado en una contrarreloj que se vuelve en el elemento fundamental para mantener la ilusión de que el tour lo gana un individuo con capacidades superiores a las del resto del pelotón, aunque el equipo sea el que haya escrito el guion y asignado roles. Quizá el ciclismo desemboque en algo similar al fútbol: los directores técnicos desplazarán a los futbolistas y las “escuelas” gravitarán en torno a sus nombres, de manera que se hará más atractiva la discusión en torno a lo ocurrido que a lo que propiamente ocurre: la posmodernidad de las bielas.
Hoy, en la primera etapa, llovió y hubo ascensiones y caídas. Martin, el integrante alemán del Jumbo -con todo lo que implica un patronazgo germano-, se instaló como la autoridad del tour y pidió que no se hicieran ataques y reclamó a los efectivos de Astana, el equipo celeste que se ha caracterizado por su rispidez, que incrementó la intensidad, pero terminó castigado pues su líder, el menudo Miguel Ángel López, alias Superman, cayó.
De seguir esta dinámica y continuar obedeciendo al Jumbo (uno de los grandes efectos del ciclismo es la tiranía del gerundio, de suspensión durante las carreras que ni siquiera termina cuando acaba la prueba pues luego vienen los consabidos planteamientos en torno al dopaje o demás trampas), todo terminará como se tiene calculado: los del Jumbo tendrán al ganador del tour – que puede ser Roglic, el esloveno otrora Esquiador, o el holandés con el sugerente alias de “mariposa de Maastricht”, llamado Tom Doumolin-.
Entre los que cayeron estuvo Quintana, lo cual encendió las alarmas de la fanaticada sudamericana, la cual causa, a su vez, el alborozo de la española y las risibles peleas que desembocan en proclamas chauvinistas y desprecios mutuos, tiernos, apegados a apelativos como “tiraflechas” o “españolete”.
Otro de los que se fue al suelo, aunque ya en los tres kilómetros finales, fue el bienamado Tibaut Pinot; con su cara de angustia, llegó a la meta con la tranquilidad de no haber perdido tiempo pero con la sospecha de que, quizá, vuelva a ocurrir lo que por más de tres década les pasa a los franceses: ninguno de los suyos ganará el tour.
El ganador fue Kristoff y mañana saldrá como líder. Se solazó con su triunfo y, atrás, el joven Pogacar fue el mejor ubicado de los favoritos, acompañado de Sergio Higuita, un colombiano cuyo apellido, ya ilustre en el balompié, quizá se convierta en el más nombrado si en la etapa de mañana, que parece propicia para sus características, gana y se hace a la camiseta de líder.
Todos celebraron o se quejaron. Obviaron, junto con el público, que hay una peste. Y esta variable vírica, que nadie dice, puede desembocar en que todo el circo acabe su función de repente y que el gerundio se convierta en un “qué pasaría si este tour anormal hubiera terminado en la nueva normalidad”.
Colección revista Cultura y pueblo que dirigió José María Arguedas #libredescarga
Una publicación que nos inspira.
A disposición de los interesados, se encuentra en el repositorio institucional del Ministerio de Cultura del Perú la revista CULTURA Y PUEBLO, importante publicación periódica, durante los años 60, que fuera dirigida por el escritor José María Arguedas.

En estas publicaciones se registran las principales preocupaciones de Arguedas, alrededor de lo peruano y su encuentro con lo europeo; las nociones de Folclore (como ciencia del estudio del saber tradicional) vs sabiduría folclórica; las diferencias entre los pueblos de la costa y sierra del Perú; la poesía, el arte, la literatura, la hilandería, la música, la historia de Itsa, el cine, y todas las manifestaciones sensoriales en el encuentro entre Cultura y Pueblo; sin dejar de lado, por supuesto, un rico registro fotográfico.
Entre las plumas que colaboraban en estos volúmenes, además de la del propio Arguedas, se encontraban: Enrique Ituriaga, Fernando Silva Santisteban, Antonio Cornejo, José Miguel Oviedo, Arturo Jiménez Borja y el célebre poeta José Santos Chocano.
Otra característica interesante de esta publicación era su carácter bilingüe, dada la importancia que le daba Arguedas al Quechua, así que cada número recogía una cantidad de cuentos, canciones y poemas en esta lengua con sus respectivas traducciones, casi siempre hechas por el mismo escritor (en el primer volumen encontramos un cuento de Lucanamarca del género reptiliano).
Entendiendo que la ciencia occidental también forma parte de la Cultura, Arguedas dejaba campo también dentro de su publicación para artículos de divulgación científica, acerca de los nuevos avances y descubrimientos en las ciencias naturales.

O sea que Arguedas entendía la ciencia, como nosotros la entendemos en Mil Inviernos: el encuentro entre todo el conocimiento del saber humano, incluido el ancestral, con sus descubrimientos modernos y sus anhelos a futuro. Por eso, hoy deseamos compartir estos documentos y saludar a nuestra revista antecesora CULTURA Y PUEBLO —ya que nosotros también escribimos para el hombre del pueblo— como esa raíz del árbol que hoy saboreamos su fruto.
Se puede acceder a estos volúmenes en este enlace:
Hipertextos: un libro de Salomón Verhelst para libre descarga

La Corporación Universitaria del Caribe (CECAR) ha editado volúmenes que ahora son de libre descarga . Entre ellos está el trabajo de Salomón Verhelst Montenegro (Acá encontrarán el libro) . A continuación les presentamos el prólogo de su libro «Hipertextos», escrito por Sergio Macías Brevis:
Me enviaron desde Colombia unos relatos que me han sorprendido, tanto por sus contenidos profundos, como por el estilo vigoroso, sin la ornamentación barroca o egregia a la que estamos acostumbrados en Latinoamérica. El autor es el joven poeta Salomón Verhelst Montenegro, nacido en la bella ciudad de Cartagena, en 1981, con estudios en Filosofía y Cooperación Internacional para el Desarrollo y que se desempeña como académico en Sincelejo, Sucre, en la Corporación Universitaria del Caribe —CECAR—. Quien escriba en Colombia tiene una gran responsabilidad, si recordamos solo algunos de sus más notables literatos, como José Eustasio Rivera, José Asunción Silva, Jorge Isaacs, Álvaro Mutis, Juan Gossaín, el extraordinario Gabriel García Márquez, Eduardo Carranza, este último de gran participación creadora en Madrid. Lo mejor es que dejemos estos nombres hasta aquí, porque la lista sería más larga y, además, excelsa. Por ello, no es fácil comentar una obra de actualidad en un país de eminentes creadores. Sin embargo, me atrevo afirmar que la obra Hipertextos de Verhelst es trascendente por ser entretenida, culta, con narraciones como si fueran antiguas, pero expuestas en una curiosa modernidad. Esto es, como si la forma fuese exquisitamente del pasado, sublimando el pensamiento, sin obviar el presente. Por el contrario, los temas producen un interés tal, que no se dejan de leer.
Ya en el primer relato el autor mezcla lo dramático con el humor. A la pobreza la tipifica tan perjudicial como la suerte de ser negro y, además, si la persona es poeta, sobre todo en aquellos años de 1886, mejor es darse por desgraciado. A primera vista, quizá, la narración o las narraciones a reglón seguido producen en el lector un pequeño reparo, por no dar descanso o respiro, pero lo curioso es que no causa cansancio al no dar tregua. También hay que reconocer que se trata de una opinión subjetiva, porque me gustan caprichosamente los textos con espacios. De manera que la impresión de ver páginas llenas me provoca un efecto un poco extenuante. Sin embargo, todo esto queda de lado, porque el hilo conductor es rápido y animado. Critica a una sociedad egoísta y desigual. Por ejemplo, cuando se da el hecho de que reconocen al personaje sus méritos líricos, pero, ya ha pasado el momento oportuno y no tiene sentido homenajearlo. El protagonista ha muerto con el dolor de sentir de que el color de su piel le ha castigado.
El autor no se deja llevar solamente por su imaginario, sino que fustiga a la historia, al medio y al racismo. Aunque abusa un poco de lo histórico y de ciertos personajes, tiene la valía de resaltar las raíces latinoamericanas y de su Colombia. Entra en el contexto indígena y en la civilización o incivilización cristiana, y cuando toca lo bíblico interpreta a su manera ciertos protagonistas y las manifestaciones de estos, a través, por ejemplo, de la risa o del llanto, del dolor o de la miseria. Se adentra en la existencia del ser. Hace metafísica sobre lo que se piensa o se ha pensado históricamente. Sobre la fuerza y la debilidad del individuo.
Digamos que el imaginario no puede prescindir de la memoria histórica. Quizás, el autor se esfuerza en hallar tratados o manuscritos antiguos para encontrar apoyo en el desarrollo de sus temas, a partir de afirmaciones y negaciones, que conducen a la suspensión del juicio. Son contradicciones que en todo caso cautivan al lector. Lo antiguo lo convierte en nuevo. Tampoco escapa el maltrato a la mujer o el crimen de Caín. Son narraciones cultas con mucha imaginación. Aparece un lenguaje, más bien para instruir al lector, sin dejarle mucho para que decida.
No podemos, por razones obvias, referirnos a cada uno de los relatos, aunque muchos nos llaman la atención, por su vehemencia o por colocar un asunto que no desaparece de la memoria como tema central, como por ejemplo en Bartolomé y nosotros. Creemos que está bien señalar la deuda histórica del Imperio español en tiempos de la conquista, pero, como en otros autores, aquí falta la imputación a la indolencia de nuestros regímenes políticos que, una vez lograda la independencia, nada han hecho por los aborígenes, manteniéndolos por cientos de años marginados, y eso ya no es culpa de los españoles, sino de la casta política que ha manejado el poder en Iberoamérica. Da la impresión de que falta completar con ello el veraz y bien escrito texto, que muestra un repertorio poco cristiano y una civilización impuesta por la ambición, no solo religiosa, sino por llevarse el oro.
El autor tiene la ventaja de saber describir lugares y personajes, eso sí, apoyándose, como hemos afirmado, en lo que decían los antiguos o haciéndolos aparecer de esa manera. Son, en definitiva, relatos para lectores cultos, con citas de textos que no aburren, como tampoco las referencias a obras literarias históricas o bíblicas, sino, por el contrario, gustan. Quizás se excede en forzar estampas afines, semejantes, pero que son notables en la descripción y en la trama. Son relatos valiosos. Se nota una cierta influencia de Ricardo Palma y Borges. Las narraciones manifiestan cómo debe ser la vida según tal o cual protagonista y, además, expresa lo fundamentalmente religioso que es el pueblo, todo ello con una gran riqueza de conocimientos.
Hermoso —y no menos gracioso— es el hipertexto sobre los feos, en el que hace resaltar la fealdad física de sus personajes: Rafael Pombo y el Sileno Sócrates. Con el primero, da rienda suelta a sus valoraciones sobre lo corporal, pero más a las virtudes interiores, como si esa gran cualidad de poeta que posee Pombo bastara para quitar, a todo el que lo viere, la repugnancia que provoca, por no haber nacido a imagen y semejanza de Dios. En todo caso, el primer engañado es el autor, pues siempre lo imaginó “angelical y hermoso”. Lo interesante de la narración es que plantea el cómo dilucidar la belleza.
Mucho dicen por ahí, y también por allá, que los escritores son grandes mentirosos y, para confirmarlo, el autor en su relato ¡Por qué no vivir en Bogotá!, mezcla al personaje con la apreciación que hace de la política, la corrupción, la masonería, el cansancio de ver la pobreza, la débil indiada escarnecida, los incultos y el aburrimiento de estar inmerso en la selva. Pero el asunto radica en que pareciera verdad que irse a vivir a Bogotá es como entrar en el infierno debido a una gran cantidad de razones negativas. Será cierto o no, poco generoso e indiferente, pero argumentos no le faltan para desvelar el infortunio. El lector podrá confirmar o desmentir las explicaciones que lo llevarán a tomar una decisión o renunciar a ella.
He elegido, por razones obvias, solo algunos textos que me han parecido tan interesantes como el resto, pero es para explicar que el autor no cambia de estilo. Incluso, el contenido lo mantiene apegado a los antecedentes que da, a través de unos relatos que no escapan a la sabiduría del pasado, buscando, claro está, cualquier pretexto para introducir al lector en su labor del conocimiento. Así, en Un manuscrito en Mompox, plantea el significado de la amistad por medio de tres elementos que son, más que suficientes, para que esta se dé con su protagonista, Manuel Raad, un descendiente libanés. Ambos tienen las mismas aficiones. Por de pronto, el abuelo había impregnado al árabe de sus gustos por el quibbe crudo y la berenjena, y dejado como legado su biblioteca.
La virtud o defecto del personaje árabe es que siempre que entra a debatir un tema, este abunda en numerosas citas. Lo curioso es que esta situación se da en el lejano pueblo de Mompox, donde los cristianos católicos instauraron sus congregaciones, y las familias de nobles españoles obtienen provecho de esas buenas tierras habitadas por indígenas naturales, que son los que las trabajan y que, además, deben pagar impuestos en la Aduana Real. Si existe esta Aduana es porque el pueblo está en una ubicación privilegiada, ya que se conecta con otros lugares con los que puede realizar un gran comercio, a pesar de que, de vez en cuando, sufre de inundaciones, plaga de mosquitos y caimanes que devoran todo lo que encuentran. Estas calamidades producen las huidas de los ciudadanos del pueblo, lo que le permitió al árabe encontrar en un convento, un manuscrito, en el cual se indica cómo armar a un caballero, y que lo utiliza en ese momento para dotar a su amigo de tal categoría. Pero la ceremonia se interrumpe “cortésmente, para matarle un mosquito”, que se posó sobre el oficiante, mientras se oye en el fondo el Ángelus Dómini nuntiávit Maríae. Fue, de esta manera, como empezó la amistad con Manuel Raad. Historia tan íntima como es la devoción por el afecto.
Como hemos afirmado anteriormente, el narrador se sirve de muchos personajes que pertenecen al ámbito político o cultural, pero que, de ninguna manera, desmerecen el ayer y el mañana en sus tramas vitales y animadas, dándole una autenticidad como escritor en un lenguaje sobrio y preciso, y que, sin duda, tenemos para mucho tiempo. En el cultivo de su forma y contenido está su trascendencia.
Sergio Macías Brevis Madrid, primavera, 2019
David Lynch fue un soldado alemán que murió en Normandía en 1944
Todo pasó en el desembarco de Normandía hace 76 años. David Lynch tenía 16, era alemán, y recordaba el llanto de su madre tras la despedida. Él lo soñó anoche y lo contó en su habitual informe sobre el clima desde Los Ángeles . Recordé mi propio sueño, quizá tan azul como el reflejo de Lynch, o su fantasma, duplicado en la grabación: yo tenía una familia; mi esposa – a la que no conozco o que no tiene rostro y no identifico con nadie-, luego de una jornada de trabajo, regresó y estuvo a solas con mi hijo mientras yo hacía otra cosa en algún lado de la casa.
Ella, después de un rato – si es que ese después existe en los sueños- me reclamó : ¿te masturbaste al frente de él? Yo no le contesté: intenté descifrar si lo había hecho pero todo se difuminó como en otro sueño que hubiese acaecido dentro del sueño; después me pregunté cómo un niño de unos cuatro años ya se masturbaba e intenté recordar el momento inaugural o mi novela familiar en torno a las pajas. ¿Acaso embaracé a mi esposa en virtud de alguna red de afectos y telepatía en donde mis eyaculaciones solitarias sirvieron para embarazarla?
Hubiera querido soñar con un desembarco y con mi muerte pero el que murió, al menos un poco, fue mi hijo. También nació el germen de mi divorcio.
Un relato corto. Por Augusto Orta

La conocí en un putero. Su familia había muerto en la pandemia del Corona Virus. Aduce que cortaría el frágil hilo de su existir, pero no se anima. Y Sobrevive en lo de un chulo; que en el fondo no es mal tipo, le interesa su parte del negocio. El sexo constante y sonante palía la ausencia de cariño. Duerme exahusta, como nunca pudo el tiempo que duró la agónica muerte de sus dos niños y un esposo ejemplar. Le rogué que se venga conmigo, que tengo un lugar separado del mundo con una huerta orgánica. Que nos autoabasteceríamos.
No soy su tipo, responde lagrimeando sobre una sábana endurecida por el semen, mientras tanto acelero el ritmo ya que mi tiempo está por acabar. Me despido, es jueves 23 de octubre del año 2025. Tengo un pase para circular libremente, ir al casino, ser juez de buena fe en transacciones de alto nivel, etcétera. Fue muy drástico ver como la población mundial disminuyó dos tercios. La verdad es que a esa altura a nadie le importaba seguir muerto o seguir vivo. Seguían.
Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #9. Por Leandro Alva

Desde que empezó este asunto de la cuarentena obligatoria y el hashtag #quedateencasa se hizo amo y señor de las redes, poca gente se detiene a pensar en aquellos que no tienen casa donde quedarse y mucho menos una cuenta en una red social. Mientras tanto, hay algunos que desde la comodidad de su balcón muestran la hilacha de sus berretines panópticos y señalan con el dedo o a los gritos (incluso por medio de megáfonos) a cualquier ser humano que ven circular a la intemperie, aún sin saber porqué ese ser humano está en donde está. Esos tipos ya nacen así, con el corazón ortiba. Por ese motivo, no abono mucho a esa teoría esperanzadora que anda circulando, que asegura que después de todo esto vamos a ser mejores, que vamos a tener un mundo floreciente, fraternal, igualitario, y bla bla bla…
Tampoco se me da por llevar la cuenta de los días que engordan el aislamiento ni de la cantidad de víctimas que repiten los medios cada 15 minutos. Esos ejercicios estadístico-necrológicos me producen cierto rechazo y me perturban un poco. Tal vez por eso, apenas me limito a leer, salir de compras cada tres o cuatro días y escribir estos apuntes. Si alguna vez vieron una foto del estudio de Francis Bacon pueden hacerse una idea del paisaje que me circunda. Por otra parte, mis destrezas gastronómicas se limitan a una pálida escasez de platos que se repiten sistemáticamente. Es una verdadera fortuna que mi vieja viva al lado de casa y me invite a comer seguido.
Las calles parecen un desierto sin aviadores ni principitos fastidiosos. Hoy me tocó salir en búsqueda de víveres, y a la vuelta del chino me encontré con un botellero que conozco de la infancia. Me saludó desde el otro lado de la calle y casi me pidió perdón por violar la cuarentena. Lo noté avergonzado, culposo. Tengo que cirujear algo para comer, papá, los melli me esperan. No hay drama, loco, mucha gente tiene que salir a laburar. Conversamos un par de minutos y antes de despedirnos me acerqué a una distancia razonable y le tiré un paquete de fideos moñito. Los atrapó en el aire con una pirueta que me hizo reír. Hace años era un buen arquero. Gracias, papá, me dijo (no sé si no se acuerda mi nombre o le dice papá a todo el mundo). De nada, Gera, le contesté yo. Cuidate, loco. Vos también cuidate, papá.
Doblé la esquina y llegué a casa pensando en la suerte que tengo de poder llamar así al lugar donde paso estas horas tan inusuales. Me puse a cocinar un arroz con salchichas mientras en la compu sonaba música clásica, creo que era Brückner. Bueh, no importa. Minutos después dijeron en la tele que el papa nos había perdonado a todos. Pater de caelis Deus, miserere nobis. Y al rato ya me había olvidado de mi amigo de la infancia, el arquerazo que salió a cortar un centro envenenado para poder llevarle algo de morfar a los pibes.
Leandro Alva, Temperley, 27 de marzo de 2020.
Diario del coronavirus desde Chiapas. Día veintiséis

El 20 de febrero, en Roma, se instaló la Escuela “Constituyente Tierra”. Su objetivo, escrito por el jurista Luigi Ferrajoli, es el de “sollecitare la riflessione collettiva e l’immaginazione teorica in ordine alle tecniche e alle istituzioni di garanzia idonee a fronteggiare le sfide e le catastrofi global”. Esas reflexiones serán terreno fértil para nuevas burocracias y, por lo tanto, nuevas castas burocráticas. Aunque, ante cada afirmación que hago, me viene una oleada de incredulidad que se sintetiza en un ojalá me equivoque.
Pero ¿me quiero equivocar? Es como cuando toco madera mientras hago un pronóstico o critico una conducta que repudio, pero en la que yo mismo incurriría. ¿Repudio o digo que lo repudio para que no defraude a ese ideal de mí que yo me forjo a partir de mis creencias en torno a como los demás me ven o como quiero que me vean? El margen entre lo que quiero ser, creo ser y lo que los demás creen y quieren que sea es el que incrementa o disminuye el índice de mi cordura y mi autoconciencia radicada en la modalidad de lo ridículo y sus variaciones.
Ferrajoli fundamenta a la escuela en el hecho de que hay problemas globales que no atienden los gobiernos estatales pero que es fundamental solucionarlos pues de ello “dipende la sopravvivenza dell’umanità”.
La humanidad, la Covid: ambas en femenino, como lo prescribió la academia española. Ambas como plagas, o ambas como virus, unos virus en femenino. Y, en medio, los estudios de glotopolítica y demás herramientas que permitan distraer a los académicos en estos días de encierro hasta que se trencen polémicas y urdan ingeniosos comentarios con tinte humorístico.
Las elucubraciones sobre lo que ocurre con la pandemia se han jerarquizado, como siempre, como en el fútbol. La Champions league tiene su clásico en las alusiones de Zizek y las consiguientes réplicas de Byul Chun Han; luego viene la Copa Libertadores, con las audaces críticas en las que se coloca al coreano como un orientalista oriental que escribe desde Alemania, los énfasis no siempre laudatorios a las elipsis y digresiones del Serbio y los llamados a una reflexión propia a partir de las grietas que se le han abierto al ya frágil neoliberalismo.
También están los diarios. Algunos, los que resultan más aguafiestas, se aferran a que los días sí han cambiado, a que el encierro ahora está envuelto en el miedo y a que la humanidad no es una plaga y que eso es un lugar común de incautos que ven vídeos de delfines en bahías sucias hasta hace un mes o ecologistas que poco saben de ecología o simplemente romantizan a una naturaleza que no es más que una invención humana.
Nada será igual y quizá cambie para que todo siga igual, como lo vio Lampedusa.
En México hablan aún de fases de la pandemia y su llegada; hace dos días dijeron que el país ingresaba a la etapa dos y ya dicen que podemos estar en la tres, pero no se sabe muy bien. A veces nada se sabe muy bien.
Entre los comunicados de la secretaría de salud, las discusiones y los diarios que se publican en la red (incluyendo la feroz crítica al libro que ya Salamandra presentó en e-book “En tiempos de contagio”, escrito por Paolo Giordano), me topé con un artículo que refería la nueva tendencia de vídeos de sitios porno durante la pandemia: la grabación de gente masturbándose viendo vídeos que se suben a las plataformas; lo que empezó como una estrategia de publicidad devino en un producto cuyo consumo se ha disparado al punto de que ya hay rankings para encumbrar a los más encarnizados aficionados. “Es algo así como pajearte viendo a otro mientras te imaginas que tu eres el que se pajea así”, dijo el anónimo que escribió el libro. Han, Zizek, Badiou o Agamben tendrán sus sustitutos en el mercado del pensamiento: ¿cómo cambiará la industria, el goce y la soledad en tiempos del Covid? ¿Saldrá el diario de un masturbador o masturbadora durante los días de la peste? Ese será un jaque mate para Giordano. O quizá esas pajas abran intersticios por donde se asome el “otro”, la escucha, los lazos, los afectos y la búsqueda de un pensamiento proclive a la esperanza: saldrán muchos libros y las grandes ligas del pensamiento cambiarán sus nóminas mientras Tomassi di Lampedusa corrobora lo que siempre pensó. Ojalá me equivoque.
J.P Morgan signó el futuro económico de México con una caída en su economía del 7% y el Papa Francisco preguntó, en su bendición urbi et orbi, si temíamos porque no teníamos fe.








