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La casa del fin de los tiempos: Un buen augurio

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Reseña de Campo Ricardo Burgos López

La casa del fin de los tiempos, según puede colegirse de la ficha técnica que puede hallarse en internet, es una película venezolana dirigida por Alejandro Hidalgo y estrenada en su país el año 2013, que combina los géneros del suspenso, el terror y la ciencia ficción. El argumento se centra en una vetusta casona caraqueña en donde en diversos momentos del siglo XX han ocurrido misteriosas desapariciones de personas y cómo la protagonista, una mujer llamada Dulce, emprende una investigación para aclarar los inexplicables acontecimientos que en ese lugar han ocurrido.

Al final de la obra, aun cuando son posibles otras interpretaciones, el hecho es que la explicación central de los episodios allí sucedidos es que esa casa de Caracas es un lugar donde por alguna razón los tiempos se confunden y de algún modo coexisten el pasado, el presente y el futuro.  El filme venezolano, entonces, emplea la misma estrategia narrativa de cuentos clásicos de Borges como El otro, donde –recordemos- al sentarse en la banca de un parque, un Borges viejo se encuentra con el mismo Borges, pero joven. En el filme de Hidalgo, el objeto que posibilita esas coexistencias de los mismos personajes en pasado y futuro, no es la banca de un parque, sino una casa. Por otro lado, con el típico truco de que una de las víctimas (Dulce) tras muchos avatares resulte ser también una de las victimarias, “La casa del fin de los tiempos” se afilia a una ilustre estirpe de obras que van desde el Edipo Rey de Sófocles hasta esa cinta de culto que es Angel Heart  de Alan Parker (recuérdese que en ambos casos el investigador de los crímenes resulta ser el criminal). En tercer lugar, hay que apuntar que en el largometraje de Hidalgo se consigue que la lóbrega y tenebrosa casona donde acaece la historia, sea también un personaje más ( tal vez el más importante de todos). Ese es un rasgo en la misma línea de tanto cine tradicional de terror donde la casa embrujada es “más personaje” que los mismos personajes humanos que por ella transitan.

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Gabriel García Márquez había muerto. Por Campo Ricardo Burgos L.

Un cuento de ciencia ficción de Campo Ricardo Burgos López sobre Gabriel García Márquez una vez el premio Nobel  se encuentre en el Más Allá de los cristianos.

Este cuento se publicó originalmente en el 2006 en:  revista AXXÓN y es reproducido en Mil Inviernos con la autorización del autor.

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Gabriel García Márquez —por fin para algunos y por desdicha para otros— había muerto. Mientras en diversos lugares del mundo se efectuaban los predecibles homenajes al escritor, los periodistas escribían las obvias notas necrológicas, los académicos producían los vaticinables ensayos sobre la vida, obra y milagros del santo, los traficantes literarios saboreaban por anticipado el pronosticable efecto que la noticia tendría sobre las ventas de los libros, los profesores de diversos colegios y entes educativos obligaban a sus sufridos alumnos a escribir el típico texto respecto del prohombre fallecido, y los familiares del escritor también de modo predecible empezaban a saquear sin compasión las pertenencias del occiso a la búsqueda de algún manuscrito olvidado que al publicarse les mejorara el saldo bancario, la situación del mismo Garcia Márquez era bien diferente. Pocos segundos después de despertar en el Más Allá, García Márquez se encontró haciendo una fila infinita, una fila de personas que delante del puesto que él ocupaba, llegaba hasta el horizonte que la vista alcanzaba y todavía más allá. Aún desacostumbrado a la situación, García Márquez observó el cielo azul sobre su cabeza y el verde valle de fina grama que se extendía indefinidamente por el norte, sur, oriente y occidente. El clima era decididamente primaveral y una suave brisa contribuía a mantener la tibieza reinante sin que alguien pudiera en exceso sofocarse. García Márquez observó también que tanto delante como detrás de él en la fila, incontables personas de todas las razas, tamaños, credos y apariencias, trataban de disimular la impaciencia que les producía tener que esperar turno. Cuando así completó su evaluación visual, por fin se decidió a hablar.

—Disculpe —se dirigió a una mujer bajita y de apariencia oriental que se hallaba justo un puesto delante del suyo—. ¿Qué es esto? —preguntó mientras movía su mano derecha indicando vagamente en derredor.

—¡Usted está muerto! —repuso con sorpresa la mujer oriental—. ¿No se ha dado cuenta?

—¿Muerto? —contestó con sorpresa García Márquez—. ¿Así de simple? ¿Esto es todo?

La mujer oriental volvió a mirar a García Márquez sin comprender.

—Pero —prosiguió el que en la Tierra llamaban «Gabo» —. ¿Para qué es esta fila? ¿A dónde conduce?

—Al Juicio Final —contestó la mujer oriental con gesto impaciente—. ¿No es obvio?

García Márquez quedó patidifuso. ¿Juicio Final? ¿Entonces era cierto lo que le habían contado sus abuelos alguna vez en la infancia? ¿El socialismo de vanguardia podía estar equivocado en ese punto? ¿Eso era posible? Por alguna razón más allá de la humana comprensión, ahora la mujer oriental se había animado a hablarle y continuaba su disertación.

—Allá al frente —dijo señalando el horizonte con un dedo— está el tribunal de Dios, todos vamos para allá y una vez frente a Él, cada uno de nosotros obtendrá lo que merece. Nada más y nada menos —concluyó.

García Márquez estaba boquiabierto. ¿Es que era posible Dios? ¿Es que sí era cierto el cuento ese de los pecados en la vida terrestre y el tener que dar cuenta de cada uno de nuestros actos, pensamientos y omisiones? Por un momento, el escritor sintió miedo.

—Espere un momento —repuso García Márquez—. Cuál es su nombre?

—Noriko Saito —contestó la mujer—. Soy, o más bien era —y al decir esto la mujer sonrió melancólica—, del Japón. ¿Y usted?

—Gabriel García Márquez —dijo el llamado «Gabo» no sin notar al decirlo cierto envanecimiento y cierto involuntario engolamiento de la voz —. De Colombia.

Curiosamente, la mujer no pareció conocerlo.

—Disculpe —prosiguió el confuso escritor—. ¿Usted habla español?

—Claro que no —replicó la mujer—. Todo el tiempo le he hablado en japonés.

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Campo Ricardo Burgos López contra los clones. Charla de cf en el ciclo Mil Inviernos 2014

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Ayer tuvo lugar la primera charla sobre ciencia ficción organizada por Mil Inviernos como parte del Festival Paradise Now de la corporación Fonámbulos/Teatro la Macarena. Esta primera charla contó con las eruditas palabras en el tema del escritor bogotano Campo Ricardo Burgos López. López nació en Bogotá en 1966, es graduado de psicología de la Universidad Nacional de Colombia y es magíster en literatura de la Universidad Javeriana, además trabaja como profesor universitario. En 1993 Campo Ricardo obtuvo el Premio Nacional de Poesía-Colcultura con Libro que contiene tres miradas y desde ese momento ha sido publicado en diversas antologías de la poesía colombiana. Sus cuentos han sido incluidos en libros como Cuentos de Ciencia Ficción y en Contemporáneos del Porvenir – Primera Antología de la Ciencia Ficción Colombiana. La narrativa de ciencia ficción en Colombia, ensayo de su autoría fue publicado en Literatura y Cultura. Narrativa colombiana del siglo XX. En 2007 compiló la Antología del cuento fantástico colombiano. También es autor de José Antonio Ramírez y un zapato de 2003, Pintarle bigote a La Mona Lisa: Las Ucronías de 2009 y el Clon de Borges de 2010.

Andres Felipe Escovar estuvo a cargo de moderar la charla que empezó con una discusión en torno a la figura del clon, central en el último libro de Burgos y como un elemento importante dentro del mundo de la literatura. Algunas de los temas que se discutieron aparte del clon fueron: los originales y las copias en la ciencia ficción colombiana y mundial, la relación de la ciencia ficción y la fantasía con temas como la música y el cine, la literatura de Borges, la religión, las ciencia ficción como una literatura para adolescentes y el realismo mágico.

A continuación compartimos el registro en video de la charla de Campo Ricardo Burgos. El registro en audio  organizado en torno a las preguntas que Andrés Felipe le hizo a Burgos y a las preguntas del público puede encontrarse: aquí


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Un documental sobre Mario Levrero

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Muchos seguidores de Foucault o Barthes  olvidan esa orden marcial de que el autor murió y escarban en internet reseñas de «escribientes raros» que después rastrean; prefieren que provengan de los Balcanes y  que se hayan suicidado a su sexta década o que sus hijos fuesen violados y asesinados durante alguna guerra separatista con matices religiosos. Después recuerdan la orden del cuartel de los sesenta, las resonancias borgianas los poseen y se remiten al cuento del serbio en cuestión e ingresan al club de los lectores que no leen lo que el promedio sí, concediéndole el status de mandamiento al orgullo de Georgie por haber leído los libros que leyó y no por los que escribió (un ejemplo: el orgullo de Fuguet por haber leído a Bolaño antes de que fuera Bolaño).

Mario Levrero nació en Uruguay, el país que se ha reconocido como el mayor productor de escritores «raros» de la región (hasta Onetti ha sido calificado como tal en el escenario del llamado boom), y ha sido advertido por los buscadores de extrañezas con vocación latinoamericana (en la vecina Buenos Aires hay un apuro constante por el reconocimiento de los marginales y su canonización, siempre  tan distante de la que se hace en el caribe o en los andes, más cercana al magnetismo que los «raros» ejercen para con los parisinos). Hoy día este escritor, tan conocido por «La novela luminosa», corre con el albur de ser idolatrado, como lo advierte Leo Masiliah- otro que podría ser considerado «raro», también uruguayo y, además, compositor- . Levrero ya es colocado en ese panteón  construido por los buscadores de extrañezas e instalado en las facultades de literatura y presidido por  Juan Emar, Felisberto Hernández, o  Copi:

La metamorfosis de Kafka por Gabriel García Márquez.

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Dos libros fueron fundamentales para Gabriel García Márquez, según se desprende de su autobiografía «Vivir para contarla»; el primero fue Las mil y una noches, libro con el que aprendió a leer en la escuela montessoriana de Cataca, y que prevaleció como una influencia durante su posterior obra; el segundo, La Metamorfosis de Franz Kafka, que lo   animó en gran medida a publicar su primer cuento en el diario El Espectador.  Esta es la impresión de la primera lectura de este cuento que significó un giro en la comprensión de la ficción para el escritor colombiano:

Vega llegó una noche con tres libros que acababa de comprar, y me prestó uno al azar, como la hacía a menudo para ayudarme a dormir. Pero esa vez logró todo lo contrario: nunca más volví a dormir con la placidez de antes. El libro era La metamorfosis de Franz Kafka, en la falsa traducción de Borges publicada por la editorial Losada de Buenos Aires, que definió un camino nuevo para mi vida desde la primera línea, y que hoy es una de las divisas grandes de la literatura universal: <Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto>. Eran libros misteriosos, cuyos desfiladeros no eran sólo distintos sino muchas veces contrarios a todo lo que conocía hasta entonces. No era necesario demostrar los hechos: bastaba con que el autor lo hubiera escrito para que fuera verdad, sin más pruebas que el poder de su talento y la autoridad de su voz. Era de nuevo Scherezada, pero no en su mundo milenario en el que ya todo era posible, sino en otro mundo irreparable en el que ya todo se había perdido.

Vivir para contarla. Gabriel García Márquez. Editorial Random House Mondadori. 2004. 

Un futbolista suicida

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Con el fútbol ocurren dos tendencias entre quienes se dedican a escribir dentro de un sistema literario: Aborrecerlo, como es el caso de Campo Ricardo Burgos que publicamos en milinviernos, o adorarlo como ocurre con escritores como Eduardo Galeano o Camus, por citar dos ejemplos. Entre estos dos extremos es muy difícil encontrar otra forma de narrarlo, pero hay momentos como el cuento escrito por Borges y Bioy Casares o como «Juan Polti, half-back» de Horacio Quiroga.

El  escritor uruguayo se basó en la historia de Abdón Porte, jugador del medio campo del club Nacional de Fútbol de Montevideo. El 5 de marzo de 1918, el jugador, después de haber estado reunido con sus compañeros, salió a medianoche y retornó al estadio donde aquella tarde había jugado (el nombre del escenario es Gran Parque Central y aún hoy es la sede donde juega el equipo del sur del continente), entró al centro del campo, justo donde él jugaba y se pegó un tiro en el corazón. Su suicidio, según lo conjeturan los curiosos, fue a causa de que habían contratado a un jugador que lo iba a reemplazar y Abdón habría de ocupar un lugar en el banco de suplentes. Roberto Arlt decía que había momentos en que matarse era como quitarse una muela, en el caso de Abdón, matarse fue como dejar de jugar un partido de fútbol. Quiroga también se mató, aunque no se sabe si fue por un dolor de muelas o por no haber jugado un partido de fútbol. Les presentamos un documental sobre Porte y el relato de su compatriota y compañero de suicidio, Horacio Quiroga.

Juan Polti, half-back

Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.

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Olaf Stapledon, el hacedor de estrellas

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En 1965, Jorge Luis Borges hizo la noticia preliminar sobre Stapledon que apareció en la traducción de «Hacedor de estrellas», publicada por la legendaria editorial Minotauro. El texto también esboza una teoría del escritor argentino sobre el nacimiento de la «Fantasía de carácter científico», sugiriendo como su fundador a Poe y estableciendo el nacimiento de una nueva forma de narrar, distanciándose, inclusive, al no considerarse colega de stapledon. A continuación, el texto:

Hacia 1930, ya bien cumplidos los cuarenta años, William Olaf Stapledon abordó por primera vez el ejercicio de la literatura. A esta iniciación tardía se debe el hecho de que no aprendió ciertas destrezas técnicas y de que no había contraído ciertas malas costumbres. El examen de su estilo, en el que se advierte el exceso de palabras abstractas, sugiere que antes de escribir había leído mucha filosofía y pocas novelas o poemas. En lo que se refiere a su carácter y a su destino, más vale transcribir sus propias palabras: «Soy un chapucero congénito, protegido (¿o estropeado?) por el sistema capitalista. Sólo ahora, al cabo de medio siglo de esfuerzo, he empezado a aprender a desempeñarme. Mi niñez duró unos veinticinco años; la moldearon el canal de Suez, el pueblito de Abbotsholme y una Universidad de Oxford. Ensayé diversas carreras y periódicamente hube de huir ante el inminente desastre. MAestro de escuela, aprendí de memoria capítulos enteros de la Escritura, la víspera de la lección de historia sagrada. En una oficina de Liverpool eché a perder listas de cartas; en Por Said, candorosamente permití que los capitanes llevaran más carbón que el estipulado. Me propuse educar al pueblo; peones de minas y obreros ferroviarios me enseñaron más cosas que las que aprendieron de mí. La guerra de 1914 me encontró muy pacífico. En el frente francés manejé una ambulancia de la Cruz Roja. Después: un casamiento romántico, hijos, el hábito y la pasión del hogar. Me desperté como adolescente casado a los treinta y cinco años. Penosamente pasé del estado larval a una madurez informe, atrasada. Me dominaron dos experiencias: la filosofía y el trágico desorden de la colmena humana… Ahora, ya con un pie sobre el umbral de la madurez mental, advierto con una sonrisa que el otro pisa la sepultura.»

LA metáfora baladí de la última línea es un ejemplo de la indiferencia literaria de Stapledon, ya que no de su casi ilimitada imaginación. Wells alterna sus monstruos – sus marcianos tentaculares, su hombre invisible, sus proletarios subterráneos y ciegos- con gente cotidiana; Stapledon construye y describe mundos imaginarios con la precisión y con buena parte de la aridez de un naturalista. Sus fantasmagorías biológicas no se dejan contaminar por percances humanos.

En un estudio sobre Eureka de Poe, Valéry ha observado que la cosmogonía es el más antiguo de los géneros literarios; pese a las anticipaciones de Bacon, cuya Nueva Atlántida se publicó a principios del siglo XVII, cabe afirmar que el más moderno es la fábula o fantasía de carácter científico. Es sabido que Poe abordó aisladamente los dos géneros y acaso inventó el último: Olaf Stapledon los combina en este libro singular. Para esta exploración imaginaria del tiempo y del espacio, no recurre a vagos mecanismos inconvincentes, sino a la fusión de una mente humana con otras, a una suerte de éxtasis lúcido (si se quiere) a una variación de cierta famosa doctrina de los cabalistas, que suponían que en el cuerpo de un hombre pueden habitar muchas almas, como en el cuerpo de la mujer que está por ser madre. La mayoría de los colegas de Stapledon parecen arbitrarios o irresponsables; éste, en cambio, deja una impresión de sinceridad, pese a lo singular y a veces monstruoso de sus relatos. No acumula invenciones para la distracción o el estupor de quienes lo leerán; sigue y registra con honesto rigor las complejas y sombrías vicisitudes de un sueño coherente.

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Contra el fútbol. Una diatriba por Campo Ricardo Burgos López

CONTRA EL FÚTBOL

Campo Ricardo Burgos López

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Hay varias razones por las cuales el espectáculo del fútbol profesional (con sus campeonatos, sus equipos, sus hinchas y sus periodistas), me resulta muy desagradable. En primer lugar, porque cuando veo a los hinchas con las camisetas de un equipo A o B, experimento que la sociedad regresa al tribalismo. Es decir, con su camiseta, sus gritos desaforados por un equipo y sus actitudes segregatorias, el hincha está proclamando que juzga mejor a su “tribu” que a otras “tribus” de hinchas que usan un color diferente y entonan otros cánticos. Por supuesto, esto es absurdo, no hay tribus mejores que otras, lo que hay es tribus diferentes. El hinchismo futbolero (proclamar que “mi tribu” es mejor que la tuya), es todo lo contrario de ideas como las de humanidad o democracia, que se basan sobre el supuesto de que existen muchas creencias distintas en lo político, religioso, social o cultural, que todos somos iguales ante la ley, y que la convivencia es posible a pesar de la diferencia. El hinchismo futbolero (así sea de modo simbólico, y sin llegar a los extremos de violencia a los que a veces llega) refuerza la idea de que sólo una visión de mundo debe prevalecer sobre las demás, mientras las otras cosmovisiones deben ser aplastadas; es decir, por definición el hinchismo es antidemocrático. Que un hincha celebre el triunfo de su equipo, es festejar la exclusión  y eliminación de otros, y eso no me parece muy loable. Celebrar un triunfo en el fútbol es festejar el triunfo de una tribu y no de la humanidad, y eso siempre me ha parecido un retroceso histórico. El fútbol profesional, tal como se practica hoy, otra vez nos obliga a pensar en términos de clanes endogámicos y eso – a mi modo de ver- es culturalmente peligrosísimo.

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La última aparición de Borges

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Pocas veces J.L. Borges estuvo tan dicharachero como en el último reportaje que le hicieron en la televisión argentina (Junio de 1985). Sonreía como un niño ya que pronto  iba a morir y, por fin, habría algo nuevo. Recordó el juicio final que se le presentó justo después de que una mujer lo abandonó y mostró su báculo, con la alegría que ni siquiera un Papa recién nombrado tiene. Se sintió aliviado porque ya no tenía una sola muela que le hiciera volver al odontólogo y aludió el cuento que estaba escribiendo (llevaba dos páginas): la historia se desarrollaría pocos días antes de la revolución libertadora del 55 cuando unos conspiradores deciden excluir a uno de ellos quien, al final, entiende que lo sacaron porque sabían de su cobardía pero lo siguieron queriendo, entonces se establece una relación entre el cobarde y los que han muerto en la lucha,  sería una historia de amistad en la que también habría lluvia, uno de los rasgos distintivos de ese septiembre.

El escrito que Borges le dedicó a John F. Kennedy

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Los más candorosos lectores de Jorge Luis Borges sólo abdican de la sustracción a la política de su maestro  cuando se topan con los escritos que  hizo en contra de Juan Domingo Perón. En el texto dedicado a J.F.K argumentan que, más que un homenaje, hay una ironía evidenciada en que los hombres sólo somos pretextos y que la bala es una trayectoria que rompe los tejidos del tiempo como una prefiguración de los agujeros de gusano, burlando cualquier singularidad. Si nos atenemos a eso tan proclamado por Georgie de que un hombre son todos los hombres, él es Lee Harvey Oswald (el asesino de J.F.K.), el «Che» Guevara o la mismísima Marilyn cantándole el «Happy Birthday» al presidente de los Estados Unidos .

In memoriam J.F.K.

Esta bala es antigua.

En 1897 la disparó contra el presidente del Uruguay un muchacho de Montevideo, Arredondo, que había pasado largo tiempo sin ver a nadie, para que lo supieran sin cómplice. Treinta años antes, el mismo proyectil mató a Lincoln, por obra criminal o mágica de un actor, a quien las palabras de Shakespeare habían convertido en Marco Bruto, asesino de César. Al promediar el siglo XVII la venganza la usó para dar muerte a Gustavo Adolfo de Suecia, en mitad de la publica hecatombe de una batalla. Leer Más…