El Maderamen de la vida O el arte de John Álvarez

Por. César González

Poeta, Escritor.

“Nada crece debajo de los grandes árboles”

Constantin Brancusi

Mundos antiguos y nuevos se funden sin que podamos reducirlos a las palabras, a la imagen. Su naturaleza estructural y constructivista, más allá de buscar, encuentra. John Álvarez ensambla el caos con el orden, sus invenciones de maderamen entablan una correspondencia orgánica  y  en común- unión con el viento, el comején, la polilla, el fuego, el sol, las aguas, las que corren y las que no. En su proceso creativo se involucran la música, la arquitectura, la cocina, la filosofía, y sin lugar a dudas, el resultado no es para menos, que una de las obras más originales entre sus contemporáneos.

El taller del artista está situado en el corazón del mundo, Pueblo Bello, Sierra Nevada de Santa Marta, donde para el cansancio del creador basta un árbol invisible para hacerse una sombra, por esa y muchas otras razones, no es fácil pasar por alto el genio del creador que del barro nos hizo hombres y que de un soplo creó todas las cosas. Así como hace tantos años Picasso, Brancusi, Henry Moore, y otros  sintieron el influjo de la escultura tribal africana en madera, así hoy, una serie de obras serias y contundentes, retornan a nuevas esperanzas, celebran riesgos necesarios, no para adornar los parques, tampoco para satisfacer caprichos. Álvarez hace mucho viene ocupando un espacio importante en las artes plásticas del Caribe Colombiano, su trabajo bien logra distanciarse de lo que se ha venido mostrando a través de estas últimas décadas; En el  brazo del árbol,  pieza “sin título” merecedora de un reconocimiento en el salón BAT de artistas populares del caribe, John Álvarez logra hacer bombear sangre desde su corazón hasta las arterias de sus ramas, articulaciones, venas, haciendo creer que “en los sueños los árboles son personas”[1]  así como en los bosques hechizados, donde la imagen de un tronco puede ser una ninfa y en efecto lo es, otras veces también una bruja o un aparato, el suceso estético al que nos convoca el creador en su particular genio de ermitaño de alta montaña, es lo que se debe denominar Arte.

El material insinúa la forma, la madera se transforma y se moldea a sus necesidades, se entrega a las manos del artista y es supremo elemento estético de su creación. John Álvarez entre las expresiones arcaicas y místicas del arte africano, con meticuloso método de monje y con gran habilidad de artesano, es capaz de aplicar suaves y radicales variaciones en cada una de sus obras, las piezas, propias del naturalismo, juegan con el espectador ingenuo que casi nunca entiende a primera vista ante qué se encuentra, ¿podría asemejarse a la sensación de un milagro? es posible, sus formas como sombras de árboles por la noche, se confunden con fantasmas que ascienden rítmicamente como un solo de eléctrica musicalidad.

En “La Virgen” de la serie raíces, por tomar otro ejemplo entre las obras que logran atrapar toda mi atención, la figura sacra es envuelta en una cerca de palitos curvados que bien pueden ser el fuego sagrado que purifica la imagen y además resalta el brillo de un corazón en su centro, un boliche a la altura de su luz, símbolo de la pureza y de su cielo terrenal.

El artista da vuelta a las formas, saca del marco el fruto extinto, la levedad de la hoja, se expande, se descuelga, un espacio bidimensional no puede atajar sus raíces, tampoco sus ramas, no obedece más que a leyes naturales, las indicaciones son lineales y repetitivas, meditar los caminos se hace ritual, la materia mantra, vírgenes, brazos, incendios nocturnos, máscaras, tótems, un horizonte amplio de  influencias enriquece su creatividad. Donde volver a creer en un arte que nos permita reflexionar, analizar, y pensar una poética escultural es posible.

Acá abajo entre tanto muñeco, metal, bulla y asfalto, me imagino al artista en su plenitud, en su campo, salir al encuentro del camino convencido como Borges de que hay uno, y también unas manos que lo palpan, lo veo observar una pieza de madera cualquiera, o eso es lo que aparenta ser para el hombre corriente, su mirada la abraza, la contempla como si esa pieza fuese parte fundamental de otra, como dos palabras nuevas que se encuentran. Ése mismo ritual fue practicado por Henry Moore lo que me lleva a meditar, sin atreverme a comparar, que estamos ante un suceso poético, la obra de John Álvarez es música para los sentidos, y sólo ese motivo es suficiente para celebrarla.

[1] Ortiz, M. (2020). Papeles. Ruido Ediciones. Colombia. pp. 20.

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