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Aullido de licántropo (Reseña)

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Por:  Manuel García Pérez

 @ManuelGarciaOri

  Dentro de los aciertos de la editorial Bartleby, sin duda, destacan las ediciones de poetas norteamericanos y esos incunables que creíamos perdidos y descatalogados como Aullido de licántropo, de Carlos Álvarez. Al releer la obra, encuentro nuevamente esa necesidad del Otro como un motivo heredado de toda una tradición narrativa de iniciación del héroe. Esa narrativa finisecular de Robert Luis Stevenson o Jonathan Swift describe un mundo de inconformismo ante dogmas victorianos que rechazan nuevas formas de entender las relaciones humanas y afectivas. Carlos Álvarez se nutre de esa escritura para elaborar esta obra ecléctica que confirma la necesidad del desdoblamiento para escapar de una realidad autómata.

    Aullido de licántropo protesta contra una realidad social inmersa en los convencionalismos y que condena las diferencias que abarcan desde el ámbito social hasta el compromiso con el arte. El licántropo es un ser que celebra el mundo desde la lírica y desde el vitalismo de ser diferente, pero la realidad es demasiado gravosa para cargar con ella sobre los hombros si eres ese ser extraordinario, cuya dignificación solamente existe en la escritura: “También yo beo sangre. No presuma/ de ignorar su bouquet, su esencia amarga,/ su densa plenitud nacido alguno” (pág. 132). Es precisamente esa metáfora licantrópica el recurso que utiliza Álvarez para denunciar su periplo por las cárceles franquistas, para, lejos del revanchismo, trascender esa denuncia a un mundo que acata las convenciones y las leyes injustas antes de ejercer su libertad creadora e instintiva por mucho que los riesgos sean fatales. La inspiración romántica del glosador y el poeta que escriben a dos manos  parlamentan de lo onírico a través de su prosa, proveniente de la literatura gótica, lindando con el expresionismo alemán, con esas resonancias de Dreyer que el poeta o Larry Talbot enuncian también con un verso clásico en cuanto a estructura, pero lleno de arquivoltas modernistas: “La luz del sol que invade lentamente/ los objetos, el sueño,/ despoblando de imágenes la tumba/ diaria/ donde un lento cansancio nos avisa/ puntualísimo y terco a cada ciclo/ del retorno final a los comienzos,/ el sol,/ no es nunca garantía de luz plena (…)”. (pág.71).

 Las palabras de Manuel Rico en su estudio introductorio  profundizan en ese carácter polimórfico de la obra. Lo poético y la narrativa forman un discurso uniforme en ritmo y musicalidad, porque su lectura es una inmersión en un testamento vital que es una teoría poética en su conjunto. En esa inmersión los matices de género se diluyen y la obra se convierte en palabras de Rico, en “una estructura compleja en la que la reflexión filosófica, social y política se combina con la narración y los diálogos dando envoltura y sentido adicionales a los poemas”. (pág. 13). Esta reivindicación de lo anómalo, de lo inédito, en la personalidad de Larry Talbot y su licántropo, vuelve a describirnos ese mundo de apariencias exquisitas que olvida al fantasma de Canterville, al auténtico contemplador de la belleza, que procura ser un proscrito cuando las normas son una despreciable patología.

Nostalgia de la luz (2010)

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Nostalgia de la Luz es un documental de Patricio Guzmán que es, de lejos, una de las piezas narrativas visualmente más bonitas que he visto. Este documental de 2010 es una mezcla de imágenes y de entrevistas que cuenta las historias entretejidas de un grupo de personas que se dedican a la observación en uno de los lugares más privilegiados para la astronómica del mundo: el desierto de Atacama en Chile. Este grupo de personas se divide en dos. Por un lado están los astrónomos que observan el cielo y por otro lado, están un grupo de mujeres que busca entre las piedras y la arena los restos de sus familiares desaparecidos. Muchos de ellos fueron asesinados y enterrados allí por la dictadura de Pinochet y sus cuerpos fueron preservados por la sequedad y la salinidad del desierto.

Casi en el final del documental, uno de los astrónomos nos revela aquello que tenemos en común los seres humanos con las estrellas. Leer Más…

Para no entrar dócilmente en esa buena noche.

 

Do not go gentle into that good night' 1956 Ceri Richards 1903-1971 Presented by Abris Silberman through the Friends of the Tate Gallery 1961

‘Do not go gentle into that good night’ 1956 Ceri Richards 1903-1971 Presented by Abris Silberman through the Friends of the Tate Gallery 1961 tate.org

«Do not go gentle into that good nigh» elegía  que compuso Dylan Thomas a su padre agonizante es una obra universal que  está llena de muchos elementos cercanos: ternura, rabia, respeto, amor y, por fin, resignación a nuestra condición finita en este universo hostil.

Este es el poema en español, tomado de la página de Andrés Moreira:

NO ENTRES DÓCILMENTE EN ESA BUENA NOCHE

No entres dócilmente en esa buena noche, 
Que al final del día debería la vejez arder y delirar; 
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Aunque los sabios entienden al final que la oscuridad es lo correcto, 
Como a su verbo ningún rayo ha confiado vigor, 
No entran dócilmente en esa buena noche.

Llorando los hombres buenos, al llegar la última ola 
Por el brillo con que sus frágiles obras pudieron haber danzado en una verde bahía, 
Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y los locos, que al sol cogieron al vuelo en sus cantares, 
Y advierten, demasiado tarde, la ofensa que le hacían, 
No entran dócilmente en esa buena noche.

Y los hombres graves, que cerca de la muerte con la vista que se apaga 
Ven que esos ojos ciegos pudieron brillar como meteoros y ser alegres, 
Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y tú, padre mio, allá en tu cima triste, 
Maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego. 
No entres dócilmente en esa buena noche. 
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Presentamos cuatro versiones en audio del mismo poema, cada una con una interpretación singular que la dota de un distinto significado, a pesar de tener las mismas palabras y la misma estructura.

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Adiós a Chile: Las cartas del minero (IV)

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Ya muy cerca de mi partida de Chile, Soledad Torres, una de las hijas de Berta, presentó una de las obras del repertorio de su compañía teatral Urgente Delirio[1] en un festival en el parque Yungay en Santiago. La obra, una creación colectiva llamada Cabildo es la historia de amor entre Faruk, un joven de familia palestina de 21 años, comerciante, que se enamora de una chiquilla recién llegada al pueblo, Berta Manríquez. La niña, llega a Cabildo cargada de sueños y de ilusiones desde Brasil con su familia, un grupo de artistas y viajeros. El romance entre los dos personajes crece, con Cabildo como un personaje de fondo, hasta que en septiembre de 1973 la historia de amor es interrumpida por la muerte. Los soldados de la dictadura asesinan a Faruk con otros cinco hombres más del pueblo, dejando viuda a Berta y a otras mujeres más.

Soledad y Gonzalo eran los protagonistas de la obra que contaba la historia más temprana de Berta. Yo había visto ya algunas obras del colectivo, pero era la primera vez que veía la obra sobre Berta, Faruk y Cabildo. La obra me sirvió para acercarme un poco más al dolor que deben haber sentido aquellos que perdieron a sus familiares y la tristeza eterna de quienes los vieron partir, desaparecer y nunca regresar. Leer Más…

EL FINAL DEL ANTIGUO REINO

EL FINAL DEL ANTIGUO REINO[1]

Breve comentario a propósito del discurso de Peter Sloterdijk:
Normas para el parque humano.

Por: Luis Cermeño

Valdría la pena preguntarse por qué ciertos textos académicos logran un estatus de controversia y popularidad que trasciende su disciplina y pone a una sociedad, si no a pensar, por lo menos a reaccionar alrededor de ellos;  si bien no siempre de una manera afortunada y mucho menos con la debida comprensión de sus formulaciones. Esta parece haber sido la suerte de la conferencia: Normas para el parque humano. Una respuesta a la “Carta sobre el humanismo”, a propósito del simposio “Éxodos desde el ser: Filosofía de Heidegger” en el marco de simposios: “La filosofía en el final del siglo”. Ambos eventos, la pronunciación del discurso y sucesivamente la publicación de éste en Die Zeit en 1999, desataron un ambiente de polémica y divulgación periodística álgida a lo que terminó conociéndose en el mundo intelectual como:  “L’affaire Sloterdijk”.

CC BY-SA 3.0 Rainer Lück

CC BY-SA 3.0
Rainer Lück

Alejémonos por un momento de las prácticas de mercadeo habitual de las grandes editoriales, con sus lemas irritables para acercar a los profanos a los temas de discusión del mundo, ya sea en el ámbito político, empresarial, artístico o filosófico:  puesto que todo entra al mercado y el hombre del nuevo siglo, aquel mismo del siglo XX que Marina Tsvetáieva describía como “Lector, devorador de toneladas de periódicos y adicto al cotilleo”[2], no puede ser ajeno a las discusiones que calientan los salones bávaros y hacen delicias en los cafés marroquíes. Según las palabras de Sloterdijk, la razón de la marcada resonancia del discurso se debió, en parte, a la histérica respuesta (a través de medios tradicionales) de algunos de los filósofos humanistas más encumbrados, como también a una hipersensibilidad hacia algunos términos que encierran definitivamente la mentalidad alemana en su propio ámbito de culpabilidad e hipocresía.

Se prefiere aplicarme la etiqueta de provocador, pero he comprendido por qué hoy en día un filósofo sólo logra influencia cuando se pone a disposición como superficie de proyección de errores afectivamente cargados. […] si, tal como se ha exigido en el debate a efectos prácticos, una expresión como <selección> es puesta bajo  cuarentena entre los hablantes de la lengua alemana es porque existe una parálisis intelectual programada de antemano, máxime si tenemos en cuenta que se trata de una expresión básica a las ciencias modernas [3].

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Järabemaestro

La popular bebida alemana Jägermeister encuentra su equivalente en los barrios centrales de Bogotá, en donde a falta de venados para preparar el «chorro», se le agregan hierbas típicas de la región que hasta a Hitler harían bailar la macarena.   Popular entre los punks y skinheads de la ciudad, que la acompañan con tragos de Eduardo Parcero, es especial para incitar a los mosh pit  y las carreras de escape cuando llega la  poli. Algunos catadores de porquerías pronostican que el Järabemaestro desbancará el célebre Ron Jamaica, debido a su precio y sus efectos especiales.  Se instalará entonces el régimen Jäger de los Headhunters que tomarán las calles como genios reventados que se traicionan unos a otros desde el anonimato de los desadaptados. Uno que otro muchacho ebrio se lanzará desde la Torre Colpatria y en su vuelo vomitará todo el contenido del  Järabemaestro. En el suelo quedarán sus restos de borrachera, lo barrerán para dejar espacio enseguida a otro muchacho ebrio que repite su acto. ¡Muchachos de risa loca!

Diseño de Andrés Mauricio Amezquita

Diseño de Andrés Mauricio Amezquita

 

Cabildo: Las cartas del minero (III)

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Cabildo es un pueblo pequeño que queda a una hora y media en bus de Valparaíso. Es Tranquilo y ha crecido rodeado por la cordillera, acunado sobre la tierra ocre rojiza que le da un aspecto desértico. La entrada a Cabildo se hace a través de túneles inmensos que atraviesan las montañas. A comparación de otras ciudades de Chile Cabildo no tiene mayor encanto, pero para muchas personas esa pequeña ciudad ocupa un lugar especial. El 11 de octubre de 1973 fueron asesinados allí siete hombres pertenecientes al partido comunista. Cinco de ellos eran empleados de la  Sociedad Abastecedora de la Minería, un interventor de la mina la Patagua y el alcalde de la ciudad. Uno de esos hombres asesinados fue Faruc Aguad, el marido de Berta.

En 2007, después de varios meses de estar trabajando con Berta a ella se le ocurrió que sería buena idea viajar a Cabildo. La excusa para la visita era ver la nueva lápida que había hecho e instalado Daniela de la tumba de Faruc, pero esos dos días servirían para que Berta aprovechara para encontrarse con los viejos amigos, familiares y compañeros, para alejar a Benja y a Nahuel del televisor y para contarme a mí todas las historias que se le ocurrieran en cada momento del viaje. Leer Más…

Alamiro Guzmán: las cartas del minero (II)  

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Cuando estaba yo recién llegado a Chile, una de las primeras historias que Berta me contó fue la de Silvia. Después de escucharla comencé a ver de manera diferente las fotos en las portadas de los periódicos y siempre que caminaba por los paseos musicalizados del centro de Santiago sentía un poco de temor. Silvia y Berta se conocían de muchos años atrás ya que las dos dedicaron gran parte de sus vidas a buscar a los detenidos-desaparecidos y a pedir justicia por los asesinados víctimas de la dictadura. Así se conocieron y se volvieron amigas. Un día –no se la fecha exacta, debió ser a mediados de los ochenta–  Silvia y Berta iban caminando por el centro de Santiago cuando pasaron cerca de un puesto de revistas o una caseta donde vendían periódicos. De un momento a otro Silvia se soltó del brazo de Berta y cayó al suelo. Comenzó a llorar desconsolada. En una de las portadas de los periódicos habían publicado las fotografías de un grupo de hombres que habían descubierto enterrados en el desierto.  Una de las fotografías de la portada del periódico mostraba los restos secos y descompuestos de un hombre vestido con una camisa de cuadros azul y roja y un pantalón beige. El esposo de Silvia había desaparecido años atrás -tal vez en el comienzo de la dictadura- llevando exactamente la misma ropa con la que aparecía en la fotografía. Así fue que Silvia volvió a ver a su marido.

El 9 de septiembre de 2007 la conocí Silvia. No hablamos mucho pero Berta se encargó de recordarme quien era ella. Ese día, domingo, fuimos al Cementerio del Prado en Santiago a conmemorar un año más de la muerte del Alamiro. Javier y yo llegamos tarde y ya estaban todos allí. Cuando nos sentamos Victoria nos presentó a su padre. Se arrodilló sobre el pasto, acarició la lápida gris y nos dijo “este es el Alamiro, ¿nos parecemos? Somos iguales”. Leer Más…

Alamiro Guzmán: las cartas del minero (I)

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Un sábado, en septiembre de 2006 conocí a Berta Manríquez en Valparaiso. Ese día había un asado en la calle y ella estaba sentada, vigilante, en el andén frente a la casa ladeada donde vivía Soledad. Se quedó mirándome cuando llegué y me preguntó si no iba a comer. Con algo de vergüenza tuve que admitir que ya había almorzado. La Berta tenía esa mirada recia que latigaba al desconocido, pero su tosquedad desaparecía cuando soltaba la risa y le contaba a uno cualquiera de las anécdotas de su vida o las historias de su familia. Al principio Berta me inspiraba un respeto tan grande que a veces lo sentía como miedo, pero eso no evitó que con el tiempo ella se convirtiera en una de mis mejores amigas.

Berta murió el año pasado, partió de la tierra chilena para reunirse con sus dos grandes amores: el Faruc y el Alamiro. Los dos fueron luchadores, lideres. El primero murió asesinado en Cabildo, el pueblo en el que vivía con Berta, dejando a su esposa adolescente viuda y a sus tres hijas huérfanas en 1976. El segundo murió de cáncer en 2003. Los dos hombres fueron los padres de las cinco hijas de Berta. Leer Más…

Las Crónicas de Armikelo, de Mª Ángeles López de Celis

Por Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

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La nueva propuesta de López de Celis, Las Crónicas de Armikelo (en editorial Odeón), destaca por una interesante combinación de novela y ensayo para desarrollar una profunda revisión sobre el terrorismo de ETA en España. Quisiera en esta breve reseña indagar en esa justa reivindicación hacia el reconocimiento social e institucional de las víctimas que las Crónicas de Armikelo elabora a través de personajes tipo dentro de una novela sin demasiada argamasa técnica, pero que nos introduce en contextos providenciales dentro de la evolución de lo que algunos medios, orgullosos del eufemismo, han definido como “el problema vasco”.

  La novela-ensayo nos describe los entresijos de una posible negociación entre el Gobierno y ETA para revelarnos la complejidad política y emocional que subyace en una encricijada de tal calibre, donde parece que nadie quiere asumir la responsabilidad moral de los crímenes, ni las consecuencias de una política antiterrorista con sus luces y sus sombras. Dice Andoni, uno de los personajes: “La línea divisoria que nos separa se basa en dos análisis distintos, dos percepciones que tienen que ver con el cansancio y la frustración, que también tienen cabida en este universo sectario. Mientras los moderados creen que la lucha armada es ineficaz para doblegar al Estado español y puede terminar arruinando el proyecto político de la izquierda abertzale, los más radicales y sanguinarios difunden la tesis de que, en realidad, es España la que necesita desesperadamente negociar con ellos” (pág. 199).

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