El idealismo no sirve para una mierda (Héroes Decadentes de FVR)
Héroes decadentes
Francesco Giuseppe Vitola Rognini
Hoy presentamos:
El idealismo no sirve para una mierda
Ganja, romance, bohemia. Eso era lo que había en aquellos años, cuando tenía una musa de carne y hueso. Cuando era joven y creía en un único amor.
Eran noches de humo ritual y promesas sinceras. Durante el día trabajaba horas perdidas a trabajar como publicista, sólo por darme el lujo de vivir cómodamente después de seis de la tarde. Pasaba todo mi tiempo libre en el limbo de las ideas y pensando las más idioteces. Vivía creyendo que todo era una gran comedia por la que me podía mover tranquilo. Después de todo era un payaso, un mimo, un artista de la burla y el silencio.
Solía levantarme temprano para fumar antes de cualquier otra cosa. Luego del café analizaba las calles del centro sucio y maloliente, donde vivía para ahorrar en servicios y poder así gastar más en placeres personales. El centro contiene un ritmo diferente al resto de la ciudad. Sus calles son frenéticas, ruidosas, polvorientas, malolientes, sofocantes. Ahí los almacenes tienen las fachadas obstruidas por los vendedores informales, que venden desde calzoncillos hasta navajas chinas.
Solía despertarme antes que mi mujer, solo para verla regresar a la realidad, semidesnuda, con su pijama favorito: camisilla y bragas. Me gustaba contemplar sus nalgas desde el balcón, con el humo subiendo a mi cerebro. Era una buena vida. Tenía mis libros, una mujer preciosa. Trabajaba para pagar las cuentas, vivía tranquilo, con mucho tiempo libre.
Todo se fue a la mierda un mal día. Esos en los que las cosas inician y terminan mal. El día estaba nublado y fresco. “Buen día para cambios” pensé cuando salí a la terraza. En las calles el caos era generalizado. La selección de Francia había quedado campeón de fútbol -eso ya debió decirme que las cosas cambiarían-. Mi mujer había comenzado a usar un boxer de caritas felices. Ya no se le veían las nalgas. Hacía varias semanas que era así, pero ese día, entre el humo, la amenaza de lluvia y el ruido enloquecedor de la calle, comprendí que se nos había muerto la pasión. Nos habíamos vuelto monótonos, aburridos. Desayunamos en silencio huevos con tocino, tostadas y jugo de naranja. Yo la miraba con otros ojos, con los que ella venía usando desde hace un par de semanas. Ella lo comprendió y lanzó la bomba. Antes tomó lentamente su jugo, sin dejar de mirarme.
-Me voy. Estoy harta de tanto humo, de tanta somnolencia. Estoy aburrida de esto.
El síndrome del pedestal (sexta entrega)
Les presentamos la sexta entrega de «El síndríme del pedestal», la novela escrita por Ernesto Zarza González (erzagon@gmail.com). Acá podrán leer el capítulo anterior.
VI.
-Fantasmas que rondan por el Vestíbulo del Infierno de Dante-. Cobardía.
“Muéstrame un fruto que se pudra antes de estar maduro y árboles que se cubran diariamente con un nuevo verdor”.
GOETHE, ‘Fausto’.
Eduardo Ortega estaba algo desesperado por la espera, aun cuando se tenía por alguien paciente; sin embargo, el convencimiento de que algo de valor podía obtener de las declaraciones que un pobre diablo como el que había aparecido golpeado le daría lo motivaba a resistir estoicamente la tirria que le tenía a los hospitales. Claro está que lo interesante que veía inmerso en el asunto no radicaba en la golpiza que le habían propinado al insulso personaje que fue introducido en la sala de urgencias, ni en los aspectos relativos a la mísera o denigrante vida que podía llevar; mucho menos en la forma de ver la vida que tenía ese sujeto, a quien no dudó en tachar de simplón. Ortega pensaba, con una clara visión que se proyectaba más allá de las circunstancias del hombre, que detrás de todo el problema que tuvo el vapuleado personaje se escondía algo más, como sucede en los conventos en los que las monjas fornican sin parar con los curas que van a tomarles la confesión; no era la tunda que se llevó el marginado lo que le llamaba la atención, sino los datos que se podían obtener de sopetón de los protagonistas del suceso, por lo cual consideraba imperante hablar con el apaleado lo antes posible.
Decidió dejar de lado la desidia y enfrentar al enfermero que quedó apostado en la puerta para impedirle la entrada, pero sus esfuerzos parecían inútiles. El hombre era intransigente, sordo ante las explicaciones que Ortega le daba respecto a la importancia de saber el motivo por el que el paciente había sido golpeado de esa manera tan atroz; ni siquiera el enterarse de que ese hecho debía ser conocido por la policía produjo efecto sobre él. El clima del hospital empezaba a hacer mella en su espíritu, por lo que procuraba sonsacarle algún tipo de información al enfermero, quien, emulando al guardián de ‘El proceso’ de Kafka, le cerraba las puertas ante un asunto de justicia. Unas náuseas sumarias aparecían en Ortega, hecho que no dejó de advertir el otro hombre.
El periodista, aduciendo un mareo, convidó varias veces al sujeto que le taponaba la entrada a despejarse un poco y a fumar un cigarrillo en la parte externa del edificio, invitación que finalmente no le fue negada. Una vez estuvieron ubicados en un patio lateral, empezó la conversación con las trilladas fórmulas que imponen las normas de la cortesía entre dos extraños. Los comentarios relativos al frío que se sentía, a lo pronto que llegaría el pleno de la primavera, a lo cruel que fue el invierno, a la tranquilidad que traía consigo la benigna estación del año y otros por el estilo, concernientes al clima (típica fórmula de conversación que tienen dos desconocidos para iniciar una tertulia, por ejemplo en un ascensor), dieron paso a los que se referían al tropel de periodistas que llevaba días aglutinado en las puertas del hospital y a la incomodidad que le ocasionaban a los pacientes (quienes, de hecho, se veían obligados a serlo), al personal del hospital, a los médicos y a los visitantes. Ortega, llevando a cabo un método sutil, inducía a su interlocutor, sin que éste se percatara de ello, hacia lo que él quería; de a poco fue introduciéndose en el tema que le interesaba.
¿Hasta cuándo esta inmortalidad? (crónica y necrológica)
Zeus in memoriam
Amigo, mi sentido pésame
L.C
De tan cretino, estoy por dar el último paso para precipitarme a la inmortalidad y soportar la humillación de vivir hasta siempre. La inmortalidad como negación de lo eterno; la prolongación de lo pasajero hasta el infinito.
Lo infinito y lo eterno son líneas paralelas que jamás se tocan. Así las condenó Euclides a cadena perpetua.
Tan perpetua como cualquier línea que en su interior contiene infinitos puntos.
Inmortalidad como la de Aquiles que corre tras la tortuga.
Agotamiento inmortal.
Lentitud inmortal.
A cada palada que cae sobre la caja de cartón, mi cretinismo crece y, con él, la condena de no morir jamás. El último montón de tierra ya hunde por completo el cuerpo de Zeus y, con ella, él le da la espalda a la inmortalidad. Le queda lo eterno, la putrefacción y el progresivo olvido de los que seguimos vivos. En la eternidad no es perro. Zeus no es Zeus, no tiene nombre ni nunca ha sido ni será.
Ellos viven menos años, muchos menos que los humanos, y muchísimo menos que las tortugas.
O.G
Y con la respiración frente al cuerpo carente de ella, los viejos cadáveres retornan, cada vez más difuminados, más habitantes de su anulación: olvidar todos los nombres para que jamás accedan a la inmortalidad; las obras sin muerte y los nombres que no fenecen son la condena a los vulgares o la tentativa de la vulgaridad y la ignomina para no dejarlos a merced de la eternidad.
Se renuevan los perros muertos.
Golpea y corre (Héroes Decadentes de FVR)
Héroes decadentes
Francesco Vitola Rognini
Art übber alles (Arte por encima de todo)
Raoul Duke
Hoy les presentamos:
Golpea y corre
A las once de la mañana de un día luminoso de primavera el calor del pavimento hace que el automóvil oscuro que se acerca a la distancia se vea como un espejismo materializándose de la nada. Un par de chicas con lentes oscuros, sandalias y en pantalones cortos, llevan camisetas de algodón estampadas con mensajes provocativos “Cum Closer”, “!Squeeze!” que dejan ver senos sin brasier. Recorren la acera mientras comen conos de helado. Unos skaters de cabello largo miran de cerca a las colegialas calenturientas cuando pasan junto a ellas. Las calles están mojadas por la lluvia de la noche anterior. Las llantas del Dogde Charger verde oscuro chirrían en las curvas mientras se desliza a cincuenta kilómetros por hora.
Franz Vroc es un ítalo-americano de segunda generación. Lleva un bronceado oscuro, de un moreno mediterráneo, aunque en invierno pasa por el más caucásico de los mormones del barrio. Tiene el cabello castaño oscuro peinado con gel hacia atrás. Sus ojos café enrojecidos van ocultos detrás de unas Ray Ban Warfarer marrones y negras. Su cara bien afeitada le quita algunos años y le hace ver más juvenil. Tiene cuarenta años; lleva unos diez años haciendo esto, pero aún le sudan las manos cada vez que tiene un trabajo. Va en el puesto del copiloto. Se coloca sus guantes Forzieri de cuero negro, se acomoda la Desert Eagle calibre .50 plateada que lleva al lado derecho de la cintura. Revisa los seguros de los cargadores de repuesto. Carga la ametralladora AR-15 con supresor de destello y asegura los cinco cargadores de reserva con munición, prueba la mira laser contra el techo del vehículo, y deja ver una sonrisa.
Rafferty Arango es moreno, sus padres nacieron en Cartagena de Indias, en el Caribe colombiano. Sus ancestros africanos y árabes parecen salir a la superficie con el reciente bronceado. Lleva puesto un pasamontañas negro sobre la cabeza, a modo de gorro. Usa unos guantes de tiro Leather Trac-pro de Browning con los que sujeta su escopeta preferida, una Smith and Wesson con cargador para 19 cartuchos y linterna. Echa un vistazo a las ataduras de las botas negras brillantes por el constante embetunado. Los cordones están asegurados con cinta de tela gris 3M. Desde el asiento posterior le dice a Henry Sabana -quien conduce- que le suba al aire acondicionado. Henry lo mira por el retrovisor y le dice que está al máximo. Adentro del vehículo hay un micro clima helado, pero los tres están insolados y la ropa les incomoda. Se remueven en sus asientos, pero nada cambia. Nunca olvidarán que mujeres, playa y alcohol deben ir combinadas con bloqueador solar. Le viene a la mente una escena en la que están junto a una piscina, con tres mujeres halándolos para que entren al agua. Las conocieron la noche anterior, en medio de una borrachera. Tiene un breve destello de los seis zigzagueando por las calles adoquinadas de la ciudad vieja, en Cartagena. Junto a la piscina, con lentes oscuros y bebiendo Mojitos, pasan por alto el hecho de que el bloqueador solar cayó al agua y se fue flotando al otro lado de la piscina. Ellos se tiran al agua y manosean bajo el agua a los sensuales traseros exuberantes, pero luego, uno a uno, salen exhaustos y buscan una silla reclinable. Cuando despiertan están insolados, enrojecidos como camarones por el frente. No hay chicas a la vista y las billeteras se han ido con ellas.
El síndrome del pedestal (quinta entrega)
Por Ernesto Zarza González
Este es el quinto capítulo de «El síndrome del pedestal». Acá podrán leer la anterior entrega.
V.
Suenan acordes de “El carnaval romano”, autoría de
Héctor Berlioz.
“Todos los estados sociales tienen hábitos y mentiras convencionales”.
SÖREN KIERKEGAARD, ‘Diario de un seductor’.
Después de que la tormenta pasó, como un huracán que a su paso todo lo devasta, en el ambiente del lugar quedó la molesta sensación que genera un hecho nefasto que no debió haber ocurrido pero que, sin embargo, no dejó de suceder. El silencio se apropió de lo que otrora era un alegre bullicio y los seres que antes estaban hilarantes y enervados por efecto del alcohol y de la presencia de las mujeres que con ellos departían se veían callados y ensimismados, pensando en sus propios demonios. La expectativa se hacía eterna, aun cuando sabían que aquellos a los que esperaban no tardarían mucho en regresar; tan sólo habían ido a dejar un fardo, bien pesado por cierto, en cualquier lugar de la calle, de manera oculta, procurando que ningún miembro del cuerpo de policía de la ciudad los descubriera, o que no pasara por ese lugar, en ese preciso instante, una persona a la que pudiera parecerle curioso ver a tres hombres cargando en las sombras de la noche lo que de lejos podría semejarle el cuerpo de uno de sus semejantes.
En el momento en que la dilación de los expedicionarios se estaba tornando inquietante y todos pensaban en mandar a un nuevo grupo para que indagara por la demora del antecesor, los tres hombres entraron nuevamente y cerraron la puerta. Los rostros y las miradas de los demás preguntaban con ansiedad por lo que había sucedido y, al enterarse de que todo fue como viento en popa, las exclamaciones, los brindis y los vítores de alegría se dejaron escuchar por todo el lugar. La música volvió a sonar y el ajetreo de las meseras, el ir y venir de los comensales y los pasos de danza de los que se dispusieron al baile tornaron a la vida como parecen hacerlo los animales que han hibernado y asumen con placer la llegada de la primavera.
La navaja inglesa, de José de Cora; novela negra en el Madrid de Carlos III
Novela negra en el Madrid de Carlos III
Sobre: La navaja inglesa, de José de Cora
Tropo Editores
Reseña de: Manuel García Pérez
Hace años que no daba con una novela tan elocuente por su intelectualismo y por el desarrollo de una trama detectivesca bajo el impulso narrativo de nuestros clásicos. La navaja inglesa, en Tropo Editores, es el resultado de una madurez evolutiva en un creador que se maneja con habilidad en varios tipos de discurso, desde el expositivo hasta el teatral. Varios asesinatos en el Madrid de Carlos III parecen estar relacionados con la llegada de La Cibeles a la ciudad. José de Cora, escritor y periodista, inspirándose en el valor simbólico y legendario del monumento, construye un relato emocionante que recupera modelos de narración de clásicos fundamentales como El Quijote o La Celestina.
El aroma moratitiano y una predilección por el discurso folletinesco otorgan a La navaja inglesa una relevancia insólita en nuestro mundo editorial. La novela parece beber de arquetipos como los crímenes de Jack, el Destripador, y de ese clímax paranoico y supersticioso que genera cualquier trabajo de Conan Doyle, pero por medio de una prosa que fusiona con suma habilidad lo castizo con lo culterano. Destaca esta obra, además, por ese afán enciclopédico a la hora de explicar los motivos míticos que otorgan ese aura sagrada a la diosa Cibeles y por una delicada prosa para describir tanto las relaciones amorosas como los trabajos forenses que sobresalen dentro de una estructura episódica o multiepisódica, concibiendo la novela como una producción coral y operística.
Frost, el payaso estrella (Héroes decadentes de FVR)
Héroes decadentes
Francesco Vitola Rognini
Advertencia:
Material incendiario.
Hoy les presentamos:
Frost, el payaso estrella
Frost era el payaso estrella del circo Hermanos Caspa. Su acto central consistía en lanzarles pasteles de crema a otros payasos, saltar sobre los lomos de cinco elefantes formados en fila, y luego caminar por una cuerda floja haciendo malabares con espadas afiladas como escalpelos. La secuencia se repetía diariamente, sin errores, tres veces al día.
El último día de una gira prolongada a más de dos años estaban programadas tres funciones, pero al final de la tarde optaron por hacer una cuarta, y así partir con la cabeza en alto. Anunciaron la hora de la función por los altoparlantes clavados en postes de madera que servían para sostener el colorido alumbrado. Sería a las ocho y treinta de la noche. Sólo quince minutos de descanso después de la función anterior.
El síndrome del pedestal (cuarta entrega)
Les presentamos la cuarta parte de la novela escrita por Ernesto Zarza González (erzagon@gmail.com). Acá pueden leer la entrega anterior.
IV.
-Fantasmas que rondan por el Infierno de Dante-. Círculo octavo (Fraude), Aro IX: Diseminadores de discordias.
“En la naturaleza no hay pasión más diabólicamente impaciente que la del hombre que, temblando al borde de un precipicio, piensa lanzarse a él”.
EDGAR ALLAN POE, ‘El demonio de la perversidad’.
Ortega se encontraba en el Hospital Argerich, en pleno barrio de La Boca, a unas pocas cuadras de La Bombonera, la cancha de Boca Juniors. Una turbamulta de reporteros se agolpaba en la entrada del sanatorio, entre la que destacaban los camarógrafos, los noteros y los productores de los programas de televisión quienes, creyéndose superiores y con más derechos que los otros periodistas, se encargaban de manera pretenciosa de separarlos, con el fin de realizar todos los movimientos de cámara y paneos necesarios para captar las imágenes y los ángulos más favorables. Los representantes de los medios gráficos, los reporteros, los cronistas y los fotógrafos, así como los radiales, entre tanto, no se dejaban amedrentar por las gastadas muestras de superioridad que sus colegas televisivos pretendían imponer, por lo que el barullo, los codazos y los empujones iban de un lado a otro ayudando a formar un pandemonio propio de un cuadro de El Bosco y sus visiones dantescas.
Los familiares de la mujer que requería de un nuevo hígado se veían acosados sin descanso, mientras que la propia convaleciente se escondía de los periodistas, de la misma manera que lo hace un animal de presa al percibir la cercanía de un depredador, hastiada de esa persecución sin límites que era llevada a cabo de manera sistemática y con suma paciencia; su mente no hallaba explicación alguna para tan macabra molestia: ya les había dicho lo que querían escuchar, les estaba agradecida porque gracias al interés y al filántropo afán que tuvieron de ayudarla el país se enteró de sus necesidades, era consciente de que, para sobrevivir, era necesaria la ayuda de los periodistas, pero, sin embargo, no soportaba ser molestada en cada momento y en cada lugar, como si su privacidad hubiera desaparecido, como si ella fuera propiedad exclusiva de los medios de comunicación.
Ripios y silencios: sobre Borges y la última novela de Moore
Sobre la última novela de Alan Moore, Jerusalem, resulta trágico, pero a la vez comprensible en tiempos de twitter y neolengua, que se le dé mayor valor al número de palabras de una obra que su contenido o propuesta. Si bien la cifra es impresionante, pues según Leah Moore (hija del escritor) la novela se compone de aproximadamente un millón de palabras (the guardian), y esto en comparación a famosos libros voluminosos, como Guerra y Paz (560.000) parece exagerado, considero que uno como lector cuando se sumerge en la lectura no se pone a contar palabras y el número de éstas idealmente pasa desapercibido cuando está atrapado; y en eso reside parte del éxito que en la actualidad están teniendo sagas como Juego de Tronos, Harry Potter, Las Crónicas Vampíricas y últimamente (gracias a Jodorowsky) Duna.
A propósito de la extensión de las novelas, uno de los mayores detractores era Jorge Luis Borges, a quien algunos, como Jane Ciabattari, consideran el escritor más importante del siglo XX (http://www.bbc.com/culture/story/20140902-the-20th-centurys-best-writer). Para Borges el problema de las novelas es que muchas de sus páginas son meros ripios, rellenos de escritores ociosos, como Tolstói, que a media noche se acordaban que tenían que escribir sobre el picnic, el desfile y esto no era «realista».















