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Carta a un truhancillo

Esta carta forma parte de una serie de respuestas de Julián Andrés Marsella Mahecha a la numerosa correspondencia que recibe  a diario de aspirantes al mundo del parnaso literario, cultural y académico. 

Truhancillo retratado por Don Diego Velázquez

Truhancillo retratado por Don Diego Velázquez

 

 Señor X,

le pido perdón por haber descubierto sus infulas de escritor de primer orden. Para bien o para mal, discusiones de ese tipo corresponden a los truhancillos, categoría a la cual no estoy adscripto (si acaso a la de ganapán desafortunado). Y usted, más que truhancillo, es un truhán con todas las letras en mayúsculas.

Nunca pensé que una diatriba dirigida a un ser infame fuera a ser tomada a título personal por alguien en quien, por otra parte,  jamás pienso;  y ello acrecienta sus cualidades de mediocre.

Anoche, cuando lo pensé, bajo el calor de mis cobijas, aumentado por el de las flatulencias, me pregunté: ¿ es enanazo el pequeñín que mide más de cien centímetros pero sus extremidades son un borrón no disimulado de Dios? O,  ¿será, más bien, un enanito, pues para ser enanazo se requiere tener una mínima de talla y una deformidad contundente en las extremidades?

Problema no menor que extrapolé, al instante, con la denominación de truhancillo.

Y mi conclusión es que usted, como ya le dije, es un gran Truhán: el verlo hacer chistes y comentarios llenos de veneno en las cortes más mediocres, atestadas de mandarines casi iletrados, que se ocultan en libros desconocidos para asi borrar todo indicio de no haber leído lo mínimo, me hace pensar que un truhán, cuanto más pequeña es la corte a la que acude a rendir su obsecuencia, pintada de picardía e irreverencia, se hace más grande como tal.

Y por tanto, aunque usted pueda acusar la existencia de un oxímoron, es usted el más pequeño gran truhán que en mi vida he atestiguado.

Me corrijo: el segundo o tercero más pequeño gran truhán, lo cual acrecienta su mediocridad y la candidez de sus felonías.

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La necesidad del corazón (octava entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

Playa de la Barceloneta. Pablo Picasso, 1896.

Playa de la Barceloneta. Pablo Picasso, 1896.

A la mañana siguiente Flychi los fue a buscar para ir a correr olas en Punta Carnero. En el camino Pepe Viche sacó un grifo bien roleado de una yerba poderosísima y se lo fueron fumando durante todo el camino. Los cuerpos de los hermanos Andolini eran musculosos, pero con el efecto de la yerba, Tuco no dejaba de mirarse una y otra vez y de mirar los tremendos músculos del cuerpo de su hermano. Tuco creía que desde que habían salido de la casa hasta el viaje por la carretera, sus cuerpos estaban experimentando una asombrosa hinchazón. Al parecer aquel bate lo volvió a meter aunque sea un poquito en la onda del LSD y estaba alucinando un poco, porque cuando llegaron a Punta Carnero todo le pareció a Tuco de color amarillo, no sólo la arena y las rocas sino el cielo y era como si el resplandor del cielo fuera tan fuerte que todo se había transformado adquiriendo un color dorado.

Cuando los chicos llegaron a Punta Carnero las olas estaban reventando con una altura de tres metros en perfecta formación, unas tras de otras, eran líneas continuas, que se alzaban desde el bello horizonte hasta llegar a la orilla.

Pepe Viche se lanzó de inmediato al agua y empezó a remar las paredes de agua y espuma que se le venían encima unas detrás de las otras. Pepe Viche remaba y remaba y poco a poco, de manera imperceptible se iba acercando al point para esperar y coger una mama rusa, de buen tamaño. Flychi y Tuco se quedaron en la orilla cogiendo sol y respirando la deliciosa y refrescante brisa marina. Entonces Flychi le dijo a Tuco:

– Conozco alguien que quiere donar un buen dinero para el asilo que quieres construir…

-¿Sí?, ¿quién es?

-Eso no te lo puedo decir, pero es un donador anónimo, que tiene mucho mucho dinero y a llegado a sus oídos tu proyecto…el tipo está deseoso de entregarte sesenta millones de sucres, ¿qué te parece?

-Me parece algo increíble, ¿pero qué quiere a cambio?

-Que le pongas al asilo el nombre de un antiguo familiar suyo, un tal Vicente Yagual.

-¿Se trata de dinero sucio?, ¿de drogas?

-Sólo sé que es dinero de ida y sin retorno, una donación con ese sólo compromiso y nada más…

-¿Me puedes poner en contacto con él?

-Él no quiere que lo conozcas, sólo quiere darte el dinero y que le pongas ese nombre a tu asilo para ancianos, ¿qué te parece la idea?

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Solitario en Transición o el Imperio ya no las tiene todas consigo (nueva versión)

Solitario en Transición o el Imperio ya no las tiene todas consigo*

Este relato ya había sido publicado previamente en Mil Inviernos (versión anterior: Solitario en Transición), ahora lo publicamos  en una nueva versión, cedida generosamente por su autor.   Luís Antonio Bolaños De La Cruz British Troops March To Trenches, World War I

Este relato funciona como un alegato antibélico y conector entre varios de los ya publicados (o por publicarse) de la Saga del Imperio Decadente (cualquier semejanza con USA es deliberada), así uno de los reclutados conocerá a un discípulo del piloto poeta con que se inicia la serie, y además se dibujarán las pautas que conectan a “Inconquistable” con “El canto del androide” o a “Pilgors o Rancors” con “El Ültimo Czarniano”; es evidente que siembro referencias a Iain Banks (a quien rindo homenaje por su gran obra), que mezclo el ciberpunk con la Hard SF, que trato de mantener un andamiaje humanista y le coloco pegatinas con slogans políticas, en fin que ejerzo un sincero strip tease a fin de recuperar esa piel desnuda del género que lo identifica, pero culmino hesitando y creyendo que las huellas deben bastarnos para persistir (Primera versión publicada en el fanzine impreso “El Horla 04” Diciembre 2011).

Combate Mientras el viento arroja partículas de sílice contra mis campos aislantes, los microtúbulos cerebrales aún no se recuperan de la conmoción, es cierto que la ráfaga de energía apenas si rozó el yelmo, pero siento que los efectos acumulados potencian la ola de fatiga que amenaza con sumergirme. En la incinsciencia

Atrás, en la memoria temporal, quedan los pantallazos que muestran a/de los miembros de la patrulla caídos, ahora subsisto como su representante de misión y no se me ocurre de que manera coronarla, en ocasiones el camuflaje de mi loriga de escamas ganoideas vibra y centellea por los desperfectos, propiciando que cualquier cazareflejos sobrevolando el campo de enfrentamiento me ubique y advierta a un tiroteador que enfile su batería automática -o peor aún a un trooper- contra las coordenadas topadas en su visor.

El cansancio me atosiga y me auto-convenzo que no sucederá evento aciago alguno si me acurruco contra la ladera por un ratito. Doblo las bisagras y me arrodillo antes de rodar, exhalo un suspiro que lleva carga diversa y me dispongo a olvidarme de lo ocurrido, pero ¿como lograrlo?. si mis neuronas excitadas se encargan una y otra vez de repetir las secuencias destructivas sin que los neurotranquilizadores logren aislarlas y reducirlas a pinceladas abstractas casi ininteligibles.

Comprendo que en el aire también deben haber sembrado anuladores, pero como íbamos a saber que aquellos salvajes disfrutarían de tanta tecnología y supieran usarla. Los energizantes y potenciadores que sueltan mis nanoimplantes en el aparato sanguíneo crean una capa de euforia sobre la retentiva reciente y por breves momentos parece que voy a lograr remontar la caída, pero el agotamiento puede más, me descuido y duermo hundido en el fango del talud, presagio a lo lejos, como si le sucediera a otro cuerpo y estuviera contemplándolo desde afuera y preferible desde otra dimensión, al barro que se desliza sobre la armadura cubriéndola, me relajo, creo que me camuflara y me duermo.

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Phil Caracas o Jesús Cazador de Vampiros y su juicio final (película)

Jesús con sus armas especiales para vencer a los vampiros

Jesús con sus armas especiales para vencer a los vampiros.

Cuando llegue el día del juicio final Jesús va a tener frente a sus ojos mesiánicos a todos aquellos que lo interpretaron en el teatro, el cine, las liturgias y demás actos. Entre los más famosos de los últimos cien años aparecerá Williem Dafoe, Jim Caviezel, Robert Powel y, a su lado, Phil Caracas. Este último es un Jesús que caza vampiros y estos, a su vez, se encargan de chuparle la sangre a las lesbianas, sus únicas víctimas.

Esta película canadiense de 2001, dirigida por Lee Demarbre y escrita por Ian Driscoll, tiene la humildad y furia propias de los grandes precipicios amorosos. Una escena memorable, y que el propio Jesús verá el día del juicio cuando Judas Iscariote ejerza, de oficio, la defensa de Phil Caracas y la exponga frente al mesías y su padre, es la del travesti que profiere, como una oración o el Magnificat escrito por Lucas el evangelista (Lucas, 1, 46-55), unas palabras al ungido que está apaleado,  desorientado y cabeceando como un loro que no puede matarse:

Eres un extraño para mí

pero no más extraño que yo.

Es extraño lo que ves en los ojos de un extraño,

es como ver en tus ojos

como si crecieras por ti mismo

solo, separado, aislado.

Sé qué se siente

cuando hay algo dentro de tu cuerpo

que clama por salir.

Buenas noches, dulce príncipe.

La necesidad del corazón (séptima entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

La novena Ola. Iván Aivazovsky.

La novena Ola. Iván Aivazovsky.

Correr olas era interesante. Un deporte bastante espiritual. Aunque para un espectador, aquello parecía siempre lo mismo y lo mismo, pero sólo un surfista de verdad sabía, que cada ola tenía su propio misterio. Uno nunca iba a saber cómo le iba a ir en una ola que cogía. A veces las cosas salían bien, pero a veces la ola se cerraba o se abría un gigantesco hueco debajo de la tabla y entonces venía lo bueno…la caída, el manto oscuro de la espuma o muerte blanca, que le teñía al deportista los ojos de negro y que lo revolvía dentro del agua.

Cada vez que Tuco se metía al agua se concentraba tanto y con la fuerza de su mente trataba de luchar contra su enfermedad. Pensaba que mientras más remaba más fuertes se hacían los anticuerpos que terminarían librándolo de la muerte. Tuco surfeaba horas enteras con la esperanza de seguir viviendo y lo poco que comía consistía en frutas, que no le exigieran mucho trabajo a su miserable y despedazado estómago.

Dentro del agua se mantenía en movimiento y cuando las olas se le venían encima, él las interpretaba como verdaderas oportunidades para luchar contra la muerte y seguir viviendo.

Cuando llegaba el mortal momento en que experimentaba la mordida del hambre, sentía pánico, pero también desesperación por saborear un jugoso pescado o un exquisito cebiche de camarón. Había momentos en que hasta la misma fruta le causaba náuseas. Todas estas cosas le minaban la resistencia a los embates de la vida y a veces el pobre Andolini se quedaba en la cama sin querer levantarse para nada. El pelo y la barba le empezaron a crecer con libertad y belleza y no le importaba en absoluto. Cuando salía al porche a ver cómo Pepe Viche atendía a los clientes que le compraban sus chuzos, se le alegraba un poco la existencia al escuchar las palabras y las conversaciones de las gentes. Había un cliente llamado Lester y otro que le decían EL TOPO y ambos se divertían entre ellos haciendo toda clase de preguntas filosóficas y hasta Lester trataba de hipnotizar al TOPO y todo el mundo se reía carcajadas. Lester era un escritor adicto al trabajo literario de Jack Kerouac y Henry Miller y EL TOPO era un especialista en las obras del profesor Norman Mailer, así que cuando este par se unían los espectadores se daban un buen banquete de toda clase de conocimientos eruditos.

Una mañana Lester y EL TOPO fueron a ver a los hermanos Andolini para ir a correr olas a DEAD POINT. Que era un playero suicida donde el surfista tenía que coger la ola en el pico y luego conectarse con otra ola más tubular llamada el SUPER TUBO y de ahí seguir corriendo hasta salirse de la ola antes de estrellarse contra las rocas. Pero primero pasaron por el Rubira y les pitaron a las chicas Tatiana y Nancy para que ellas saltaran el muro y se fueran con ellos a  ver cómo cogen olas en DEAD POINT. Y resulta que después de recoger a las chicas se fueron a ver a los hermanos Andolini, que ya los estaban esperando. Y luego a DEAD POINT.

Había que remar y remar y remar del putas loco y luego comenzó el verdadero surf de verdad. Todos cogieron olas y se montaban en ellas uno tras del otro y las chicas miraban desde las rocas, muertas de frío, pero bañadas en Coopertone y sonriendo. Tatiana le prendió un grifito a Nancy y se quedaron grifotas temblando, viendo como sus amigotes exponían sus vidas al correr aquellas olas de ese playero suicida.

Entonces se escuchó el ulular de la sirena de alarma y vinieron los militares en una lancha y se los llevaron a todos presos, incluidas las chicas, por considerarlos espías. Tuco una vez en la base, alineado en la fila, se le ocurrió pedirle al sargento Troya que le de un cafecito y los demás muchachos se partieron de la risa. Una mujer de la Armada revisó el bolso indígena de Tatiana y encontró dos cigarrillos de marihuana y ella se defendió diciendo que eran para consumo personal, que ella no era una mugrienta narcotraficante. Pero el problema era que ninguno de los muchachos y de las chicas tenían la cédula de identidad y lo comisionaron a Pepe Viche para que vaya a buscarlas y las traiga más quinientos sucres para pagar la multa que pesaba contra Tatiana por la yerba que le encontraron en la pequeña carterita indígena.

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CARTAS A UN JOVEN MAGUFO

Magufinho

Joven Magufinho

Esta carta forma parte de una serie de respuestas de Julián Andrés Marsella Mahecha a la numerosa correspondencia que recibe  a diario de aspirantes al mundo del parnaso literario, cultural y académico.

CARTAS A UN JOVEN MAGUFO

Por Julián Andrés Marsella Mahecha

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Para gente como tú,
la alta poesía solo es posible
con la abstinencia sexual
más férrea.

Una mujer solo proyecta lo vulgar que eres
tu genitalidad ha demostrado
lo que siempre sospeché:
tu pretensión se basa en el resentimiento
de los más viles.

 

Y te creiste refinado;
sí,
así es.
Porque ninguna mujer osaba en acostarse contigo.
Cuando una por fin lo hizo,
comprendiste
que eras
un Mario Benedetti.

Por más que leas el catálogo
completo de Herralde, Galaxia Gutemberg y Lengua de trapo,
seguirás haciendo poemas
de oficinista.

 

Hacer ese tipo de poemas no es repudiable,
si sabemos
que, en tus íntimas
creencias,
te consideras el más grande
escritor
de tu época.

El secreto mejor guardado
de la tradición
letrada
de Colombia.

Te creías la mesa más fina del instituto,
reservada para los culos más finos;
no sospechabas,
nadie se sentaba allí,
porque era la que más cerca quedaba al baño,
llena de moscas y olores.

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La necesidad del corazón (sexta entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

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La idea de comprar una casa en Salinas fue desde el principio idea de Irene, ella siempre saliéndose con la suya, pero cuando empezaron a venir a pasar las vacaciones a la playa, Irene pronto se cansó del desierto, la soledad, el sol, la arena y el mar, y pronto comenzó a sugerirle a su marido que vendiera la casa, pero a Tuco le empezó a gustar cada vez más la tranquilidad del desierto y comenzó un plan de ahorros para retirarse del negocio de compra y venta de vehículos. Cuando Irene se enteró de aquel proyecto puso el grito en el cielo y comenzó a hacerle la vida imposible a su marido con continuos reproches a su falta de competitividad y quemeimportismo. Por su parte Tuco se quedaba callado y lo soportaba todo hasta que se le colmaba la bilis y entonces le gritaba a su esposa y la mandaba a la casa de la verga o le decía que se consiga un amante y que se vaya con él o con ella, y esto lo decía con intención bien maligna, porque ella creía que su esposo no sabía nada de su preferencia bisexual por las lesbianas.

Cuando el matrimonio terminó, Tuco se sintió libre, pero, entonces, cuando sus planes de vivir feliz se empezaron a hacer realidad y su vida tomaba un nuevo giro lleno de grandes banquetes de mariscos, paz y armonía. Cuando había liquidado con éxito el negocio de su patio de vehículos y se disponía a llevar una existencia completamente tranquila en la playa, el destino le traía la noticia de que no iba a vivir mucho tiempo. A veces Tuco se despertaba en la noche lleno de pánico y desesperación y se volvía a acostar y rezaba el Padrenuestro en completo silencio hasta lograr calmar los nervios. Siempre lo atormentaba la idea de quién sería la persona que lo cuidaría mientras llegara el momento de la agonía. No tenía hijos, su esposa no quería saber nada de él, sus padres estaban bajo tierra: su madre por la diabetes y su padre víctima de la hipertensión. Su hermano era casi un inútil, así, que, en definitiva, estaba solo y moriría solo en este mundo; solo, completamente solo en una cama de hospital, como tanto temía Octavio Paz. Katty era una drogadicta inútil que no servía para nada, ¿quién la mantendría cuando él se muriera?

Cuando Tuco pisó por primera vez un hospital oncológico pronto se informó que el noventa por ciento de los pacientes mueren, y que es entonces cuando el enfermo logra apreciar las cosas insignificantes y simples, pero bellas y sublimes de la vida: como disfrutar de una noche estrellada en Canoa o disfrutar de la compañía de una amiga mientras se saborea una deliciosa pizza donde don PEPE.

Tuco se hizo muy amigo de Tony Reyes el doctor que lo chequeó y que le detectó el cáncer al estómago. Él le conversó que había entrado a trabajar en aquel hospital oncológico junto al mar cuando era estudiante, ya que su padre lo recomendó al director con quien mantenía una larga amistad desde la infancia. Pronto Tony entró a trabajar como ayudante en el área de diagnóstico. Y él le confesó lo triste que era hacerse amigo de un niño con leucemia ya que sabías que iba a morir. El hospital en que trabajaba ahora no siempre fue así: cuando recién entró a trabajar lucía todo viejo, descolorido y desvencijado y a él le tocaba recargar los hematócritos y pronto se dio cuenta de la importancia de tener dinero para comer a la hora del almuerzo. Recargar los hematócritos significaba medir los glóbulos rojos y era una tarea de gran responsabilidad y siempre después de cada jornada, Tony terminaba muerto de hambre y el primer día de trabajo estaba completamente chiro y subió al comedor a ver si alguien le regalaba un plato de comida, aunque sea un arroz con jugo de carne, pero la negra cocinera Heriberto le abrió una cuenta de crédito para que él la pagase en la quincena y así pudo tener asegurada la comida diaria.

Los primeros días de trabajo Tony Reyes no vio a los enfermos de cáncer sino que se lo pasó en el LABORATORIO haciendo hemogramas, que es el conteo de leucocitos, donde se utiliza la fórmula de Schilling, que sirve para diferenciar los leucocitos entre segmentados y mononucleados y los linfocitos y los monolitos y también había que recargar los hematócritos que era el contaje de plaquetas y que se dividían entre: neutrófilos, eucinófilos y batófilos. El problema de la leucemia se detecta cuando entre los glóbulos blancos surge un aumento en número y se alteran en su forma.

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Especial Santo de Kolosimo y sus variaciones Goldberg

Y dijo Kolosimo: estoy bravo y no habrá más tiempo

Y dijo Kolosimo: estoy bravo y no habrá más tiempo

Ad portas de un nuevo Domingo de Ramos, evocamos a un santo que ha servido para alimentar muchas desdichas e ilusiones de no existir en este planeta abandonado. Entiéndanlo de una vez, los extraterrestres nos hicieron y al ver nuestra mediocridad, se largaron para que nos matemos entre nosotros. No hay remedio y ni siquiera la oración nos salvará, porque de esos extraterrestres vienen los ecos de Dios, y Dios se quedó sordo para con nosotros. Un consejo: mastúrbense, mastúrbense mucho. Eso les acabará las energías antes del juicio final, y cuando sean condenados, sentirán consuelo al seguir lastimando vuestros prepucios,. En cuanto las mujeres no hay problema. Todas se irán a disfrutar de las mieles del buen sexo con esos reptilianos que otrora nos abandonaron. Y los maricas, maricas son, hasta después del juicio final.

Compartimos este relato de Don Peter, tan evocador de ese Philip Dick místicos que los magufos de la moda pasan por alto cuando se burlan de las teorías más revolucionarias del amor, la desdicha y la creación.

Relato 1.1:

Las Variaciones Goldberg de Kolosimo colisionan con Glen Gould 

Epígrafe de editores: Cazaste al aprendiz de Seductor. 

Si Jean Goldberg hubiese dejado perder aquella muchacha, habría sido mejor para él. Pero Jean Goldberg era un jovenzuelo testarudo, y Sabine era muy guapa. Demasiada guapa para que nuestro gallito de 1700 hiciera casos a las voces que corrían acerca de «la bruja de Estrasburgo». ¿Una hija del demonio? Al parecer, así era. Nadie sabía cuando había llegado Sabine a la ciudad, nadie la había visto de niña y, sin embargo, ella afirmaba que había nacido en Estrasburgo. Y nadie había visto a su padre. Era marino mercante y se encontraba lejos, en Oriente, decía Sabine. Y había también el increíble caso de su madre, raramente dejaba la casa, pero las escasas ocasiones que lo hacía, trastornaba a todos: la muchacha tenía 18 o 20 años, y la madre parecía tener, como máximo, cuatro o cinco más que la hija.

En resumidas cuentas, ¿qué se podría pensar de aquellas dos mujeres que salían por la noche vestidas de hombres, que montaban a caballo como hombres,  que se encontraban por la noche con otras mujeres ataviadas de la misma forma que ellas, y con siniestros personajes indescriptibles, en el tenebroso «Auberge du Cheval Noir»? Naturalmente, si algún valeroso se hubiera atrevido a pedirle explicaciones a la interesada, habría oído cómo le aconsejaban que no bebiera demasiado o se guardara de las alucinaciones.

Sin embargo, Jean Goldberg no tenía alucinaciones, y aquella noche no había bebido ni siquiera una gota. Había permanecido apostado en las cercanías del «Auberge du Cheval Noir», y cuando vio salir del mismo dos figuritas demasiado gráciles y demasiado agraciadas como para ser masculinas, las siguió sin abandonar las sombras. No se había equivocado. Tras haber marchado durante un largo trayecto por la calle principal, los dos «caballeros» se adentraron por la orilla de un canal y desaparecieron tras la puerta de uno de los más grandes «edificios de los comerciantes»: precisamente la casa de Sabine.

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Adiós a la librería Albert. Crónica

Fui a la librería Albert por la compulsión de comprar libros que se precipita cuando estoy solo y no tengo nada que hacer. Nunca me percato de los títulos que adquiero; el criterio de mis elecciones radica en las perspectivas fugaces de hacerme un especialista en las políticas contables de la expedición botánica o en los rudimentos de ciertos alquimistas que me servirán para la construcción de un cuento que se desvanece pocas horas después, cuando arrumo  los ejemplares en mi casa, entre todo ese compendio de volúmenes no leídos.

Así como hay libros que, según los bibliófilos, te esperan para que los leas, otros  aguardan a que los compres y los enjaules hasta que llegue un incendio o el final de los tiempos. Es como un matrimonio que se sabe aburrido de antemano, desde un segundo antes de ese primer beso carente del frenesí de las borracheras y sus insucesos.

La última vez que estuve en la librería Albert vi una antología de la ciencia ficción soviética. No lo compré porque en ese entonces no me inventaba a mí mismo como escritor de Ciencia Ficción. Después, cuando comprendí que mis textículos jamás serían publicados en diarios de amplia circulación o revistas con reputadas firmas de editores premiados como escritores, decidí hacerme uno más del club de los amantes de la Ci Fi y empecé a comprar cuanta cosa viera al respecto. Siempre desprecié a  Star Wars, me pareció una tontería Star Trek y, si algo de ciencia ficción vislumbré antes de mi decisión, fue en ciertas glosas literarias hechas por el egregio ex presidente de Colombia y ya muerto ilustre, Don Alfonso López Michelsen, o en las disertaciones latinistas del carnicero y también egregio ex presidente  de Colombia, Laureano Gómez.

Sí, en esos eructos vislumbré más fantasías y pretendí vincularlas con los textos de Ciencia Ficción que circulaban como alta literatura dentro de un género que marginalizaba en su consabido destierro de las más puras letras de la civilización. Por eso me llené de repudio cuando vi las jetas de desdén de algunos cuantos lectores asiduos al género  después mostrarles mi primer relato; eran como esos policías tan pobres y jodidos como los campesinos que golpeaban con sus cachiporras en los acostumbrados e inocuos paros.

Por esos días recordaba el libro; si algunos evocaban a Philip K. Dick o Burroughs o llevaban a Bogotá a un delirio superfluo como los de Douglas Coupland, yo podía valerme de los soviéticos. Siempre que pasaba por el autobús, Librería Albert tenía las puertas abiertas; estaba al lado de una cevichería y, hacia dentro, se levantaba la oscuridad. En cada trayecto me repetía que debía volver pero no lo hice sino hasta hoy,  cuando ya no me vislumbro como escritor de Ciencia Ficción ni de género alguno y  he retornado a la lectura de los Códigos que dejé, con la convicción de un digno sucesor de Kafka,  apenas salí de la facultad de Derecho.

A medida que atravesaba el umbral de la librería, se incrementaba el volumen  del tecleo furioso de una computadora; la jerga de una doctora que leía actas y artículos del Código de Procedimiento Civil asfixiaba a la oscuridad y al dueño de la librería. A don Albert, si es que es él mismo le puso el nombre al local para hacerse un monumento que ahora se incendiaba en las llamas de los recovecos judiciales. Ella, la doctora funcionaria,  le decía que los plazos estaban cumplidos y que, con su equipo de leguleyos, se aprestaba a realizar la “diligencia”.

Don Albert habló, por teléfono, con su abogado; pronunciaba la palabra doctor  como Dios  es proferida por los enfermos terminales en sus oraciones. Este, el doctor,  por lo que deduje de la charla, le dijo que no firmara nada.

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Gadamer lee el antiguo testamento

Hans-georg-gadamer

Hans Georg Gadamer también se ha ocupado de leer apartes de la biblia o la Tora, o como se le quiera denominar a ese corpus textual del que extrae este filósofo la historia de la torre de Babel. A diferencia del ejercicio de ridiculización sistematizado por los ateos, Gadamer se adentra en los entreveros de aquél divorcio de lenguas que arrojó una de las principales razones por las cuales siempre nos sentiremos solos, sin la capacidad de decir, con exactitud, lo que presumimos percibir, sentir, creer y pensar: