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Amor a distancia (2)

amor a distancia 2

El 29 de mayo de 2011 regresé de San José a Bogotá. La única razón por la que no me desbaraté a llorar durante las dos horas del vuelo fue porque un señor de Neiva decidió que era buena idea contarme toda su vida. La conversación se interrumpió cuando llegamos a Bogotá y me quedé solo de nuevo. Ahí entendí que todos los años de ilusión se habían acabado y que muy seguramente no volvería a ver a Gerardo. Nuestra relación había terminado en una monumental pelea y lo que antes era una comunicación fluida terminó en rabia y en un silencio que lo cubría todo. Los días que habíamos compartido en San José habían sido demasiados. Atrás quedaron los sueños de romper las barreras de la distancia. Después de ese último encuentro en San José todo se acabó.

Yo volví a Bogotá. Deshice mis maletas y continué con mi vida sin él. La última vez que estuvimos en contacto fue en 2013. Yo inicié la comunicación con un e-mail en el que le pregunté si había visto ese reality show en el que las parejas que están enamoradas por internet se encuentran. Le conté que en la mayoría de los casos una de las partes resulta ser haber mentido sobre su aspecto, su raza o su género. Incluso muchas de la personas que muestran allí han construido perfiles falsos en redes sociales con fotografías robadas y han creado vidas ficticias para engañar a otros. La ultima frase que le dije a Gerardo fue “somos afortunados porque por lo menos tu y yo si éramos las personas de los rostros en las fotografías”.

 
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El azor en el páramo, de Ted Hughes

El azor en el páramo, de Ted Hughes: antología poética de Bartleby Editores.

Por:  Manuel García Pérez

 @ManuelGarciaOri

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   No soy el más indicado para analizar la poesía de Ted Hughes, salvo que lo haga desde la incertidumbre que me ha causado la lectura de El azor en el páramo, en Bartleby Editores. Quisiera felicitar la tarea ingente que habrá supuesto la traducción de este autor a Xoán Abeleira, cuyas introducción, además, es extraordinariamente reveladora para percatarnos de la complejidad de un poeta como Hughes que concibe la escritura lejos  de lo puramente literario.

  Cuando indagamos en su concepción de la existencia, la poesía de Hughes reproduce una serie de microcosmos a partir de los que reflexiona sobre aquellos aspectos de la existencia que ninguna religión ni orden filosófico pueden explicar con concreción. Lo poético en realidad predomina más allá del puro formalismo de figuras y ritmos: “Mi sangre ociosa se hiela/ Al ver cómo la alondra se esfuerza en llegar a su nibe/Escalando con dificultad/ En medio de una pesadilla/ Ascendiendo la nada (…)” (pág. 173).

   Siendo Hughes un poeta que define gran parte de su universo personal desde referentes concretos, el mundo real es su asidero para la expresión un descarnado lirismo, lleno de sugerencias fatales sobre el destino de los hombres. El caos, el azar y la belleza como un enmascaramiento para no reconocer la crudeza del destino predominan en esta poesía. Ahora bien, como señala el propio Abeleira en su espléndido estudio introductorio, la violencia no es el tema de la poesía de Hugues, sino la amoralidad, la predestinación, la irreparable evolución de un mundo natural que, con nosotros y sin nosotros, encuentra en la germinación y en la muerte su forma de supervivencia futura. La que le ha valido para existir desde el caos.

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La vida Corta

 

Por Fernando Suárez-Obando

Kelly Borsheim

I

 

Cuando cumplió los 17 años, Marcela pidió puesto en el Restaurante, ella no tenía hoja de vida ni experiencia, solo tenía hambre. Durante 11 años recibió una educación pobre, básica y esencialmente castrante que le dio un cartón de bachiller, en otras palabras, recibió una educación que la entrenó en lectoescritura pero no le dio la oportunidad de pensar. La Señora Julia, la madre de Marcela, era conserje de un edifico de apartamentos, casas de familia, hogares de gente de bien de la patria granadina, gente con licencia para pisotear.

El Restaurante se especializaba en comidas rápidas y ofrecía una presentación novedosa de las comidas, alineada en la corriente orgánica y saludable, una oferta adornada con las florituras y la cursilería de la nueva era. Todo un éxito en los círculos de la gente de bien.

La dueña del Restaurante era una ricacha que cambiaba de negocio según las tendencias del mercado, así que la dama tenia experiencia en diversos negocios como las guarderías de perros, las joyerías, el multinivel, salones de fiestas infantiles y otras estafas y estafitas adoradas por el esnobismo.

Pero este parecía ser un negocio para quedarse, algo que perduraría y que le daría empleo a siete mujeres madres cabeza de familia y a una jovencita, la hija de la conserje del edificio vecino. El edificio de la conserje era una torre de ladrillo impoluta donde la gente era adorada y feliz y repuestica y gorda y todo lo que la gente de bien adorna con vidrios polarizados y omisiones explícitas e implícitas a lo que algún folclorista llamó “los mitos de las normas de tránsito”.

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La mina de oro (2010)

amor a distancia

¿Quién no ha sucumbido a las palabras tiernas de algún desconocido desde el otro lado de la pantalla de un chat? ¿Quién no ha soñado con que ese desconocido -probablemente extranjero o vecino de otra ciudad- sea la respuesta a todas sus plegarias amorosas?

Después de responder “yo sí” a las inquietudes anteriores, Betina, una cincuentona renuncia a su vida de soledad en la ciudad y emprende un viaje por todo el país para encontrarse y casarse con su amado virtual. Esta es la historia de La mina de oro, el filme corto mexicano de 2010, dirigido por Jacques Bonnavent. La protagonista emprende su hazaña y recorre el largo país impulsada por la ilusión. Al llegar a su destino Betina es recibida por el cortejo fúnebre de su amado, quien ha muerto antes de llegar a conocerla. Sin embargo, este no es el fin de la historia.

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Vinagres, desdichas y rock and roll

 

 

 

Por Diosinteo Weimar Morales

Jesus gordo

No llores esta noche, nena

los travestis huyen hacia Maracaná:

van a jugar al fútbol

con tu alma desconsolada.

Yo quiero rock and roll

y matarme como las mariposas

 

Tengo historias para contarte

pero el vino escanciado en mi espíritu

es el vinagre que pusieron

en la frente de Jesús crucificado

 

Un breve relato de fantasía

Antología

Campo Ricardo burgos López hizo, en 2007, una antología del cuento fantástico colombiano. Este trabajo ha dado a conocer atisbos de trabajos hechos por escritores que han publicado sus escritos desde 1986 hasta 2007, año en que se dio a conocer, por parte de la Universidad Sergio Arboleda, este volumen. Les presentamos un cuento corto del escritor bugueño Harold Kremer (1955), donde todas nuestras perspectivas amenazan con lo ilimitado, como el aburrimiento y la tristeza y la muerte, la enfermedad, los campos de batalla y las balas en el estómago:

El combate

Fue en la guerra de los Mil Días. Raúl Sánchez, con una bala en el estómago, caminó durante tres días y tres noches. Se arrastró por montes y selvas hasta llegar a Buga. Entró a su casa, besó a su madre, a sus hermanas y se desmayó. A los dos días despertó. Vio a sus compañeros de guerra y preguntó por su madre y sus hermanas. Nadie le respondió. Preguntó por qué estaba allí en el campo de batalla. Les respondieron la verdad: iba a morir. Le dieron un calmante y volvió a dormir. Al despertar se encontró en su casa. Preguntó por sus compañeros. «Cuando ibas a partir a la guerra caíste enfermo», le dijo su madre. Raúl cerró los ojos y murió.

Tomado de Antología del cuento fantástico colombiano. P. 125.

Estética y opción decolonial

Por Wanda Uribe Villa 

Wanda Uribe V

Wanda Uribe Villa

 

Para abrir un punto de anclaje con la estética decolonial y crear a partir de éste una discusión sobre lo que es la estética decolonial, su relación que por mi parte encuentro positiva con la estética relacional que propone Nicolás Borriaud y la vivencia de estas teorías en la vida diaria fuera del ámbito artístico, cito una parte del texto del libro Estéticas y opción decolonial en el que resalto especialmente la reflexión expuesta por la autora Madina Tlostanova acerca de la estética, la decolonialidad, la aiesthesis y su crítica frente a la estética relacional propuesta por Borriaud.

Borriaud simplifica la realidad social y el arte contemporáneo, borrando la frontera entre arte y vida, no en la dirección de altos ideales utópicos como pasó con los románticos, sino más en la dirección de llevar el arte al nivel de lo mundano y convertirlo en el generador de una especie de ambiente social artificial para la acción colectiva de un grupo hipotético de personas.

Lo que aparentemente falta en la estética relacional es la complejidad conflictiva y la contextualidad dinámica de la vida y el arte contemporáneo, la multiplicidad de subjetividades y relaciones inter-subjetivas, un consenso sobre qué o quién es el sujeto o el artista contemporáneo, o sobre la posibilidad de cualquier experiencia, homogénea y compartida, en el aprecio o interacción con el arte

perritobotero Al leer este fragmento, encuentro desazón por parte de la autora hacia la estética relacional que propone Nicolas Borriaud. La estética relacional consiste en una relación directa de la plástica en la vida social interactuando con un grupo definido de personas con un fin específico, por ejemplo, la aparición del graffitti como denuncia en contra de la injusticia por parte del gobierno estadounidense. Otro ejemplo de la estética relacional es la exposición de esculturas al aire libre por parte de Fernando Botero en la ciudad de Medellín recuperando un espacio y convirtiéndolo en un punto de encuentro entre la vida cotidiana de los ciudadanos de Medellín mientras tienen un acercamiento directo con las piezas escultóricas de uno de los exponentes del arte colombiano más representativos en el mundo. Una muestra de que los ciudadanos interactúan directamente con las esculturas son las huellas que dejan nos transeúntes sobre las mismas. Tocándola, haciendo parte por un momento de la escultura y convirtiéndola en un ser humano vivo y real que posa junto a ellos, gustoso, para las fotos que les recordarán el haber estado allí y haber posado junto a estos personajes.

Madina Tlostanova

Madina Tlostanova

Es por esto que considero la estética relacional un movimiento que colabora fuertemente con la estética decolonial, porque además esta transforma el pensamiento de la colonia para que se aproxime a algo propio y no sólo eso, sino que abre y destruye las fronteras que delimita el hecho de ser colonia. La estética decolonial transforma las fronteras que impone el conolianismo para abrir la mente y darse cuenta que así como es importante el descubrimiento, digamos, de América por parte de Europa, también América conquistó de alguna manera el espíritu europeo.

Las estéticas decoloniales intentan destruir esas barreras que son, principalmente, mentales. Lo menciono de esta forma pues es normal que alguien que piense en colonialismo, en el caso del texto de Madina, los postmodernos, piensa en una inferioridad y un control por parte de uno. De un dominado y un dominante, no cree en la interacción, mientras que las estéticas decoloniales asumen que este “control” está de todos modos sujeto a lo que el ser dominado conforma, es decir, el dominante debe tranformarse y al transformarse hay una transición de lo que era para transformarse en otro.

Con esto, siento que la fuerte crítica que genera Tlostanova alrededor de la estética decolonial y la estética relacional. no tiene mucho sentido, puesto que mientras en la estética decolonial se están esfumando jerarquías de control social que se han establecido a través de la historia y que los postmodernos ven como algo completamente trágico, asímismo la estética relacional genera relaciones del público con las artes, esfumando también las jerarquías que se le han asignado a través de la historia a las galerías de arte, a los museos, como lugares específicos a los que solamente puede acceder un determinado tipo de personas, llevando el arte a las calles, haciendo que la gente “normal” interactúe con las obras y tal vez generando un cambio dramático en su percepción del mundo, ya sea denunciando injusticias o presentando ante ellos lo que no es habitual, porque se les quita el derecho de acceder a los circuitos del arte desde hace mucho. Entonces, así como el artista relacional debe hacer un estudio de la comunidad en la que va a trabajar (hace el trabajo de artista como etnógrafo que menciona Hal Foster en su texto “El artista como etnógrafo”) y transformarse e incluso obtener lo que Foster denomina como “identidad” con esta comunidad, la comunidad también acoge al artista y su forma de pensamiento, sin que esto signifique que alguna de las dos partes esté dominando o colonizando a la otra, contrario a lo que podría pensar un postmoderno, en este tipo de relaciones no hay dominio, sino intercambio, influencia de un lado y del otro, para crear nuevas formas del ver el mundo. Acerca de las formas y modos de ver el mundo, la autora menciona y se centra muy bien en el concepto de aesthesis,, denominado como la capacidad de conocer el mundo a través de la percepción de los sentidos. Con esto, también inicia una discusión acerca de la pureza de la percepción de los sentidos, un postmoderno, encontraría la “pureza” mientras que la autora propone la aesthesis con relación a las estéticas decoloniales como un devenir y una relación entre las partes para la influencia del pensamiento en la percepción del mundo a través de los sentidos.

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Retrospectiva cariñosa en el SITP

primer amor

Ayer a las cinco y cuarto de la tarde le escribí a mi jefa por whatsapp, le dije que me iba. Aproveché que había salido de la oficina media hora antes y temiéndome que volviera en cualquier minuto le escribí “chau”. Agarré mi maleta, salí de la torre norte y me fui. Por primera vez en dos meses no tuve que montar en taxi, ni compartir puestos en una van en medio de trancones –hablando de lo mismo que habíamos hecho todo el día– con la gente del trabajo. No me caen mal pero estoy consciente de que las personas con las que uno trabaja no son los mejores amigos de uno. Los compañeros de oficina son gente con la que uno “aterriza” circunstancialmente en algún proyecto pero no decidió estar con ellos y muy seguramente al final terminará queriéndolos (así sea un poquito). Sin embargo, ayer me sentí contento porque después de dos meses de trabajo casi forzado, no tenía que estar con ellos en el trayecto de regreso a casa.

Me senté en el SITP, mirando al sol, solo. Estaba a punto de anochecer, el cielo se veía amarillo, brillante. Quince minutos después cuando bajamos por la cien y el tráfico empezó a ponerse más lento, casi quieto, vi por la ventana a un muchacho que había conocido trece años antes. Noté la ausencia en su espalda del violín. Cuando lo conocí lo llevaba a cuestas a todas partes. No recuerdo como se llamaba, pero lo vi y de inmediato supe que era el aprendiz de la filarmónica con el que Alonso salía cuando estábamos en la universidad. Leer Más…