Revista Azogues. Acercamiento a una publicación nacida en Chiapas
Por: Consejo de la revista Azogues

Introducción
La elaboración de las revistas en México tienen vocación de fe. Pueden nacer como un fanzine, desde la autogestión, sin saber que ese primer número puede ser el último. La otra vocación en las revistas es la “democracia”, pues quienes la hacen sin publicarse a sí mismos, o a sus amigos, sino con la intención de captar-como antenas- lo que hay en el ambiente de las letras y el arte en una época o tiempo, deben dejar su obra a un lado, si es que también se dedican a la creación. Porque el tiempo de las revistas es incierto y el comienzo costoso: buscar y organizar un consejo editorial, alguien que diseñe, otro que distribuya, alguien más que reciba las colaboraciones de los autores, por correo digital, y sea amable y sincero con su texto, y así terminar en buenos términos, pues se trata de ser justos e incluyentes, aunque también críticos y autocríticos para que la revista vaya creciendo en calidad.
Nadie en México confía en “revisteros” de papel, pues ya saben que a lo mejor su texto no se publica, o sea que tal vocación de fe no llegue ni al primer número. O quizá la fe se valide distribuyendo la revista en un pequeño radio de acción: una escuela, un barrio, un tianguis cultural. Eso ha pasado en las ciudades de toda índole; en lo rural el papel aún es efectivo, con cortos tirajes y con la consigna de abrir espacios, pues las instituciones muchas veces se reducen a públicos especializados, a editoriales más o menos grandes, y a autores más visibles. Tanto en la periferia como en los centros, la industria del libro ha crecido.
Otra desventaja para revistas que apuestan por autores no solo “profesionales”, sino amateurs, jóvenes buscando publicar su primer poema o cuento, adultos que adoptaron la escritura como un hobby, pues nunca fueron aceptados en las “grandes” revistas; menos niños o mujeres siempre imvisibilizad@s, estas revistas corren el riesgo de la poca confianza y la seriedad de la propuesta de publicar “autores” desconocidos. La crítica devorará tal osadía.
Ahora, en pleno siglo XXI, hay que sumar que la carrera tecnológica quebranta esa fe más fácil, pues ahora las revistas digitales pululan como nunca, y aunque se apueste a lo global (descuidando lo local), tampoco garantizan que llegarán a un segundo o tercer número. Las redes son extensas, pero efímeras, como que opera también la gentrificación. Sin embargo, algunas páginas, blogs, fanzines, etcétera, luchan con honestidad por aportar lo que al final sería el propósito de un bien común: promover y contagiar la lectura.
Aniversario del dinero. Por Leonardo Bolaños

Es un bus del corredor azul hacia la dirección recta al Centro de Lima. Me lleva por Arequipa, no sé por qué quiero llamar la atención, o tal vez no quiera, escuchando música francesa, y otras melodías mientras se despiertan las acciones por el camino. Veo a una mujer, de pelo teñido rojo, con miradas discretas mira hacia mi derecha. El plan está completo. Voy a vender mis historietas a cambio de una historia. Cuando estoy a punto de bajarme, planeo algo espontaneo, voy a esa mujer de pelo rojo, y en unos pasos al frente, ante la mirada directa de sus ojos castaños, la invito a salir conmigo. Pero ella dice no. Bajo del corredor azul hacia Quilca. El camino está lleno de librerías. Siento la agresividad de cada metro avanzado, bajo el sol amarillo hay un cruce al que me dirijo, un cruce de autos y piernas, perdiéndose por la callejuela. Busco vender mis historietas, ese noveno arte ilustrado de superhéroes X-force. Siento la premura, el nervio en el tiempo que sucede, un giro hacia la derecha, por la sombra precisa del Quierolo, bocas abiertas en el bar, comiendo y saboreando el tiempo de una sustancia. Químicas de lo inesperado a cada lado, como un mundo de sustancias, me marean, me agitan, me lleno de nervios y busco un sentimiento muy exacto, muy contado. Busco la librería de aquellos comics gastados, en portadas plateadas y verdes del Hombre Araña, tomos de La Guerra del Inifinito. Historias hechas rectángulos, hechas cuadrados, medidas, calculadas para una finalidad precisa, contada. Un joven de pelo rubio, ojos claros, polo blanco, mochila negra a su espalda gasta su dinero para ser un nuevo tipo de propietario. Yo quiero vender esto por un precio muy exacto, pero desde comienzo del escenario, desde la definición del momento todo se vuelve apresurado, y el hombre al quién le hablo, para vender aquellas historietas de los jóvenes mutantes de X-force se va por el caño. Como agua de tinieblas que rodean la hermosa librería gótica de papeles gastados a 30 soles, al precio que estás buscando, me veo a mi mismo gritando. ¡Tú no sabes negociar! El círculo de aquél trueque de valores y percepciones químicas del intercambio se rompe abruptamente, como la caída desde un caballo, he herido el mío, y el otro orgullo de darnos materia, nuevas ideas, entretenimiento definida en los rectángulos coloreados de X-force. Salgo por estas rectas sombras hacia adelante, por aquella Quilca resonante de voces en cada espacio, en cada página sucia, en los carteles de la selección peruana de fúbol posando, en las revistas pornográficas de Soho, con pechos chorreando de cadenas plateadas y tejidas casi de una simbólica egipcia. Rostros agudos al espectacular comercio errante, casi ebrio de detalles, sustanciales como un sabor centrado, concentrado, por el Centro de Lima, y voy hacia la entrada y hablo con un segundo negociante sobre el posible encanto de un éxito monetario calculado. Y él mira mis ojos con suspicacia, interrogantes congeladas en el rostro del negociante, porque el quiere escuchar una historia creíble, el busca un personaje creíble en mis palabras, pero yo no creo que exista una forma de identificar la emoción que activa la mirada especulante. Como si fuésemos dos animales oliéndonos y viéndonos nuestros dientes, abrir y cerrar, metódicamente para ganar algo de dinero. Y este señor, nuevamente, me invita a retirarme porque me he dejado llevar por los impulsos, he sido desagradecido con muy poco tino, no puedo convencerme a mí mismo que quiero realmente ganar algo, sino demostrar que sé razonar, qué entiendo qué hay un elemento discreto en cada forma de hablar sobre el dinero. Y salgo, a la tercera puerta del negocio, invitándome con papeles, contratos, editores y abogados, camino por el establecimiento repleto de numerosos libros, series de comics, pornografía, siluetas dibujadas o caricaturizadas. No hay otro reemplazo para decir con palabras en el momento oportuno lo necesario, escueto, sencillo y claro. Como una forma de periodismo momentáneo, casi efusivo y con un ligero elemento festivo, veo la mirada brillante de la mujer que acepta mi estilo de negociar, tímida y rápidamente, sin nada más que buscar algo efectivo. Y ella me dice que espere, y en cada minuto que va pasando espero entre título de libros no abiertos, palabras sin comenzar, significado detenidos, con minuciosos detalles, quizás en algún otro material, veo las letras rojas dibujadas sobre el brazo en L de una mujer desnuda, como cruzándose cicatrices rojas dibujadas sobre la fotografía del cuerpo desnudo, vulnerable, hallado de aquella mujer. Como un simbolismo periodístico en un tipo de reliquia. Y cuando me doy cuenta, por esa calle no cruzan mujeres, ese tipo de mujeres exóticamente líquidas, como agua detenida en forma de carne, como goteantes muslos, etc. Y esto es adrede, ya empiezo a leer entre líneas. El libro La virgen de los sicarios en extremo de siete ediciones de otros materiales. Y entonces, ya sé, intuyo algo, y recuerdo a todas esas pornografías sentimentales de mujeres de corazones desnudos, pienso entonces en las prostitutas de los nombres estigmatizados por las costumbres de otras calles. Y entonces sigo con mi memoria, leyendo entre líneas porque ninguna mujer de esa apariencia cruza por estas avenidas. Y veo el garabato oscuro de los huecos molidos de las calles, las formas de marcar el territorio con hediondos olores, licores, quizás algún desafortunado vómito, quizás alguna otra forma arruinada de los colores impregnados de polvos, hollines, meados, ladrillos desnudos dando a ventanas ilustradas de habitaciones oscuras y, de quienes pobladas, noto un tipo de belleza advertida, premeditada en las banderas peruanas mal colocadas sobre las ventanas, como una huella de la desesperanza de encontrar otro símbolo menos errante de nuestra patria. Y todas estas sustancias químicas de enladrilladas paredes, vidrios golpeados como un impacto tétrico, yo no sé. Sé que todas estas referencias significan tener cuidado, y cuidarse también porque algo puede aparecer, como un significado oculto en todas estas transacciones del dinero por libros viejos, significados quietos. Y sé, de nuevo, que nunca he visto mujeres tan atractivas por este Centro de Lima como en las revistas. Y entonces sé que sí hay mujeres atractivas; las putas, las del cariño alquilado, la de la química alquilada y maquillada de agudas prominencias, como un atuendo recortado en una daga clavada sobre los tacos altos, como un peligroso infarto cuidado y alquilado de orgasmos, sigo pensando en todo este significado quieto, viejo, descuidado, sucio y penetrado de malos cálculos construidos, como un maquillaje descuido en las viejas maderas de las ventanas con la bandera colgando, rindiéndose estos espacios a un descalculado tipo de descuido. Entonces sé que esto me advierte. ¡No deben caminar mujeres por estos espacios, peligro! Entonces sé, sin esas mujeres no hay competencia con las otras mujeres que performan su sexualidad con los extraños. Sería entonces muy malo tener competencia entre putas de revista y putas Quilca. Luego de un rato, me dan el dinero de la venta de mis comics de X-force. 45 Soles por 45 números de X-force, todo gratis.
Las criaturas del mirón impenitente. Por Daniel Maldonado
A propósito de La muerte por todos lados la muerte, de Héctor Cortés Mandujano
Editorial Tifón
2024

I
En los albores de la historia, lo real ejerció un influjo tiránico sobre la narración. Su impronta fue tal que narrar supuso durante mucho tiempo referir con precisión lo experimentado. Hallar el sentido de la vida exigía entrar en contacto directo con el entorno, atender lo que éste comunicaba o, incluso, subordinarse a su dictado. Hacer la relación pormenorizada de sus rasgos: eso era narrar. Elaborar un relato implicaba imitar la realidad.
Construir mimesis, sin embargo, exigía emprender la hechura de la ficción. En algún momento de la historia, el que narró para otros lo visto más allá de las fronteras de la tribu remozó su experiencia: salpicada de invención, la narración se convirtió en cosa de encantamiento. Ya no se trataba del relato fiel, pormenorizado, de lo alguna vez vivido. En determinado momento se obró el prodigio: alguien se animó a narrar de otro modo. Más que hacer de ella una calca verbal, ese alguien —narrador incorrecto— quiso inventar la realidad: hacer poiesis antes que mimesis.
Se narra, escribe R. Oloviot, porque se alberga la creencia —que a ratos es firme convicción— de que el mundo, el entorno, la existencia (eso que se estima como lo real), pueden ser de otra manera. Como tendrían que ser. ¿El opuesto —insidioso— de la realidad? En el núcleo del relato palpita el afán del narrador por urdir otros mundos.
¿Qué busca quien escribe? Una tentativa de respuesta podría ser la siguiente: “Negar la realidad, rechazar lo que ya es. La literatura, finalmente, es una forma privada de la utopía.”
II
En Aproximaciones a la poesía y narrativa de Chiapas (UNICACH, 1997), el escritor y académico Jesús Morales Bermúdez lamentaba que las condiciones prevalentes en el estado no fuesen propicias para el cultivo de una narrativa menos apegada a la realidad. “Borges, la literatura fantástica, la necesaria experimentación formal, la imaginación pura, son elementos y temas todavía distantes en el hacer de los chiapanecos. Lo inmediato, lo cotidiano, lo real señorean” (1997: 191). En el fondo, las palabras de Morales Bermúdez, salpicadas de un hálito desesperanzador, evidenciaban la ausencia de narradores arriesgados, dispuestos a construir lo radicalmente nuevo. Con esa especie de lamento ante la inexistencia de una narrativa fresca e indócil, liberada del impulso por incurrir en el mero retratismo, concluía Morales sus reflexiones. El apunte, no menor, de uno de los novelistas chiapanecos más importantes de los últimos años, ilustra el ascendente que la pretendida realidad había ejercido en la tradición literaria (y, particularmente, narrativa) local.
El delito de arenales, un fantasma elegante me ha dado la mano. Por Leonardo Bolaños
Para Arcadio

Es 31 de octubre, por la calle Condomo, el desfile de apariencias con máscaras y capas, metralletas negras, orejas de elfos se aglutinan en momento cuando todo vuelve a dispersarse entre el dolor del combustible ardiendo de los autos pasando, las bocinas y el manto nocturno que nos rodea. Aquí lo niños se convierten en superhéroes, a dónde, a mi costado las chicas se ponen sus orejas de ratones, como si se tratasen de druidas, chamanes, camaleones, brujería. Monstruos precisos con máscaras de fantasmas o la muerte de gran boca larga blanca y ojos duros de una petrificación negra en el plástico brillante y novedoso de una alegría por este día que pasa. Muchos de los transeúntes exhiben sus rostros, sin mayor elegancia o homenaje a este día. Y entonces entran y salen entre restaurantes y en mitología de fetiche contemporáneo del espectáculo del bien y el mal en talla 32, verde o amarilla, oscura o fría, sensualidad del triángulo de arco de una corona dorada sobre pelo rizado, teñido de castaño, de mujer con emes de su cuerpo a los acostados anchos, y la magia, la ciencia, lo horrible, y lo bello se juntan en un sólo momento. Mary Shelley, inventora de la ficción de la ciencia ficción, qué mundo descrito ahora confundido en tantos libros, tiendas, ofertas y tantas otras pasando con piernas y máscaras riendo, me pregunto, qué me has dado, por el amor de Satanás (broma lectores) me han dado. Ruidos de estos en un mundo de invitaciones, visten de negro y entonces veo un travesti usándose una apariencia de mimo, y cara de actor maquillada de blanco, ¿es una broma, Guasón? Veo a Mario Bross ¿y me pregunto dónde estará Dorian Gray? ¿Dónde está el Sargento Pimienta? ¿Esto es la calle Arenales? ¿Pero, me permiten en mi confusión, por favor, mi muy desconocido y lejano vecino, lector, preguntar, si he llegado al Planeta de los Simios? Y entonces, veo un ángel vestido de rayas violetas a los lados, alas negras tras sus brazos, bondad en las curvas de un camino que lento rápido hay que pedir mucho permiso entre tanto paso, aquí al suelo, allá al piso, hombres, y hombres desaparecidos, mujeres que aparecen, rostros ocultos, con las manos en los bolsillos, yo saco unos cigarrillos, y empiezo a pensar este camino, ¿Entro o no entro a Centro Comercial Arenales? Disfraces de mujeres Neón, será posible un halloween eterno de disfraces en un segundo futuro dado, mujeres robóticas de neón, qué disfraz se refugia entre la sombra precisa del tambo, a unos metros a la izquierda, a unos metros a la derecha, Hotel Condomo. La triangular máscara de V de Vendetta entre otras apariencias, publicidad y los tickets por la radio. Por cierto, estoy perdido en un caminante desierto de caretas, con escaleras que van arriba y otras hacia abajo, paseando entre vitrales de plástico líquido de juguetes atractivos, cuando entonces encuentro a Francisco. Él busca calidad a través del espejo, y en los productos en cajas relucientes como enormes cuadrados colorados, o quizás me equivoque, unos cuadrados y otros rectángulos con juguetes pintorescos, alégrate ahí está un juguete del malo, del bueno, y Francisco mira atento y concentrado, cruzando los brazos, con una casaca marrón desentonando entre los jóvenes con otros colores. Entre lo que está viendo, no es lo que quiere, quieto y parado sigue buscando, vino de Lince, quieto como un juguete de plástico, igual postura, igual emite una sensación con color, emoción, ¿pero de quién estoy hablando? Cuando Francisco y yo estamos observando la alegre sonrisa del villano de juguete, algo así dice algo, una emoción definida en el plástico, y el juego del color… Hay mucho que ver, una bella mujer que nos quiere engañar, burlar, sorprender, o no sé qué, al frente, disfraza de policía nos “proteje” o se “proteje” de qué, no sé, pero entonces, con tanta preparación, no debe ser aburrida. Oh, el aire, ese aire a fritanga, salchichas, unas nubes en miniatura de pop corn cayendo sobre el piso en rayas de mayólicas de marrón pálido, marrón madera, y combinando con el negro en una pequeña circunferencia, el aire de nuevo es denso y se infla y desinfla como una goma pegajosa en una primavera multifacética. Yatám, un jovencito redondito, de lentes en juego ovalado, cachetes amplios, ha venido con su barba para compartirme su profetización, de que esta fiesta es del Diablo, que los juguetes son del Diablo, mirando a través de sus lentes ovalados me señala a la derecha está el Diablo, y entre el tumulto y el caos, me dio curiosidad por el dato, de dónde vienes, “vengo de Independencia”, doy media vuelta y él se ha ido rápido, y yo voy en paralelo por la derecha, doy vueltas, ante una raspadura de palabras rebotando entre los espacio de derecha a izquierda, de arriba hay alguien, los otros, que escucho abajo. Hoy Hip Hop, una mujer con máscara de calabaza, vestida de verdura negra y rayas anaranjadas toma un ramo de flores jugando con los mismos colores de hojas pequeñas, arrugadas, como tambaleándose por ondas en el aire. Y en el enorme lugar pesco zapatos, esos de taco largo, o puede bajo, negros polos y otra vez, por qué tantos polos negros, y pesco gorras, atuendos jugando en múltiples distancias desconocidas y unidas en un fetiche de nosotros. Interrumpo, porque me resulta interesante decirlo ¡ya! Qué brazales, brillos, o iluminados aretes, mágicos, pregunto a la mujer que veo, ¿son talismanes, son amuletos? Encanto. Hay comida, por supuesto, su fetiche máximo es la canchita, papas fritas, gaseosas, etc, etc. Bienvenido al espectáculo del Centro Comercial Arenales. Entro a un local para ver las figuras de acción. Observo al juguete de Carnaje, un alien simbiótico de Spiderman, que lo dibuja, aquel artista Todd Macfarlane, y qué interesante veo mi juguete del enemigo favorito de Beast Wars, serie digitalizada de por allá en los años 2000 sobre robots un poco lentos en cazarse, pero que se transformaban en animales. Megatrón a sólo 449 soles de este simbólico fósil de un tiranosaurio rex, en juego oscuros de violetas y rugidos gigantes, en su caja coloreada de otros colores, mirándome con malicia, exhibiendo los dientes cerrados y petrificados como el plástico muerto de un objeto. Ah, entonces camina la joven risueña, alegre, delgada, rizada, con una cicatriz roja pintada en la cara a pasearse y encontrarse con otros, otros recovecos por representar el susto alegre: ¡Buh! ¡¡Deadpool!! Un hombre con cara de parka me inquieta, me sorprende, camina adelante y con esa careta, desconociéndolo y sin entender exactamente qué estoy viendo, me doy cuenta, él sabe de disfraces, o ropas, o lugares. Veo algo imposible de creer que alguna vez eso le interesaría a alguien, no sé, alguien que ha leído más de una cuenta, comics, libros, obras y otras notas, como le interesaría a alguien un juguete de Batman de 80 años, gordo, musculoso como por esteroides con un Robin afeminado, bajito y peinado, ¡y vaya! Peinado de surfista con gafas antiareas para los saltos mortales… Qué sube y baja por mi vista, es el juguete de la Obra Maestra, así, con mayúsculas, de la muy buena obra del autor Frank Miller, qué dicho sea de paso, fue mi primer escritor a quién copié, en esa obra representada, qué también copié, con el juguete de Batman a un precio que, francamente, con una sorpresa cómo esa… No sé, la verdad, quién podría gustar con tanto aprecio una obra de los 80´s para una industria tan golpeada como los comics, ese, carambas, es un fetichismo extraordinario. ¿O sea, que ese juguete es para que hable como Frank Miller, en comics dibujó? Así llego a una imagen, esa imagen que me muestra un deseo congelado en fetiche contemporáneo, pies, manos, pechos, ropa de baño, abierta de piernas sentada en V, brazos arqueados, y un triángulo ánime del rostro de un juguete de mujeres japonesas de plástico, pequeñas, para llevar en mano. Y así volteo a la izquierda y ahí está los feroces, los fuertes, los heroicos vengativos odios masculinos con músculos inflados plástico para pelear por un concepto de honor y caballería, muy medieval, diría yo. Y justo cuando estoy a punto de irme me doy cuenta. Esas “mujeres”, oh, esos juguetes están diciendo a mi costado: “eres mi mano derecha”.
Gran fiesta del duende en la librería El Reino en Bogotá

Invitación
En el marco del 18º Festival de Libros para niños, niñas y jóvenes, ¡ven y únete a la fiesta mágica del duende en El Reino!
El duende bibliófilo, aficionado a los libros y la magia, te invita a una mañana inolvidable de diversión y lectura.
Actividades
1. Búsqueda del libro perdido: El duende ha escondido un libro mágico en la librería. ¿Podrás encontrarlo?
2. Lectura de cuentos: El duende te leerá historias emocionantes de aventuras y magia.
3. Taller de ilustración: Crea tus propias ilustraciones mágicas con materiales especiales.
4. Juegos de palabras: Descubre palabras mágicas escondidas en los libros.
Premios y sorpresas
– Un certificado de «Duende Bibliófilo» para los que completen las actividades
– Una sorpresa mágica para el ganador de la búsqueda del libro perdido
Fecha y hora
Sábado, 26 de octubre, 10 am – 12 pm
Lugar
Librería El Reino. Cra 49 #93-86
Vestimenta
Trae tu mejor atuendo mágico (opcional pero recomendado)
¡No te pierdas esta oportunidad de unirte a la fiesta mágica del duende en El Reino!»
Los vaivenes de la mano. Por Daniel Maldonado

Es eso lo que soy. No fui a la universidad, no tengo título profesional que avale lo poco o mucho que sé sobre mi oficio. Desde luego que escribir es lo único que hago. Es mi trabajo o, para ser mucho más preciso, se trata de un acto —sí, es eso, un acto con el que busco que emerja algo, una cosa distinta de lo que es— que no me tributa mayores ganancias (en realidad no me tributa ninguna en términos monetarios) y que, encima, me consume, me obsesiona y me aísla de los otros.
Se trata de un trabajo; el único que sé hacer. Pero lo anterior es más bien falso porque para trabajar, uno necesita ser medianamente competente. No sé si yo lo sea. Así que corrijo: escribo porque es lo único que creo que sé hacer con cierta competencia. Lo decía Garibay: el hombre es, quiéralo o no, su oficio.
No sé si escribo bien. A estas alturas, viejo y cansado como estoy de darle vueltas a ese tema, poco importa. Poco me importa a mí.
No me toca, lo tengo claro, hacer balance crítico de mi propia obra. Aunque, a fuerza de ser sinceros, lo he venido haciendo desde el primer libro, el primer volumen de cuentos que escribí.
Escribo, entonces, porque es lo único que creo que sé hacer, a pesar de mis dudas, titubeos, inseguridades. Pero advierto ahora lo siguiente: quien escribe no pretende exhibir, al menos en principio, las inseguridades, las dudas y los titubeos que signan su derrotero existencial. El escritor no es (sólo) un traductor de sí mismo, de su vida. Escribir no supone desplazar de modo fiel al dominio de la página los andares diarios, las actividades realizadas a lo largo de una jornada. El signo no es prisión, no tendría que entenderse como cárcel.
Una conferencia de Jameson, ahora que está muerto
Tenía en la boca una paja y dije abulia
Saul Goodman
Murió el tocayo grande de nuestro James: Jameson, el Jameson de la utopía.

Búho protector. Por Eduardo Briones

Papá nos compró una pequeña mesa de estudio, la colocó cerca de la puerta de entrada a la casa para que mi hermano y yo hiciéramos la tarea. Aun hoy la recuerdo. Los dos hicimos de ese lugar el punto de encuentro de las confidencias, las ficciones y el amor fraterno entre matemáticas, español y dibujo.
Todas las tardes después de llegar a casa y comer los deliciosos preparados de mamá, Carlitos, mi hermano de apenas siete años dibujaba animales en hojas tamaño oficio que le proveía para saciar sus dotes de pintor «surrealista», esta era la única forma en que me dejaba hacer la tarea sin travesuras. Una tarde, mi hermanito dibujó un búho bebé, un mochuelo de mirada profunda, alas abiertas, lleno de plumas con matices grisáceos, con un pico raro en forma de gancho, sobre una de sus garras una mancha roja que contrastaba con el animal, mancha donde mi hermano colocó su firma.
Todas las tardes pasaban con tranquilidad, sin embargo, nada es perfecto, mucho menos cuando la maldad ronda el vecindario. A varias cuadras de la casa, en el Banco Internacional, un robo se suscitaba. Un cártel de la droga se baleaba con la policía. En franca persecución, los gendarmes correteaban a los narcos a tiros, al pasar por nuestra casa, una ráfaga de plomo se entregó sobre el pecho de mi hermano, mientras otra se encarnaba en mi hombro.
Desperté cinco días después en el ala de cuidados intensivos del Hospital General de mi ciudad, logré ver a mi padre sentado a mi costado, mientras mi madre dormitaba en una silla. Al retornar a la conciencia les pregunté quejumbroso:
−¿Y Carlitos, papá? ¿Cómo está mi hermanito?
Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola
Rigor autodidacta

- Es importante que los jóvenes cuenten con un Estado de la cuestión personal e intransferible
- Es recomendable estimular dinámicas de autoconocimiento intelectual (tipo de personalidad, inclinaciones vocacionales, temas de interés) entre infantes y jóvenes.
- Los test de perfilado profesional son guías no concluyentes, y lo que es más importante, si la persona no puede acceder a la universidad se desperdicia su talento, relegando las inclinaciones vocacionales a lo «que pueda encontrar». Con el rigor autodidacta, estés matriculado o no en una carrera, podrás organizar un sistema de estudio.
- En la medida que los jóvenes comiencen a buscar respuestas a cuestiones personales e intransferibles, aumentan las posibilidades de elegir profesiones que satisfagan su curiosidad innata, y por tanto, los problemas de la falta de motivación serán siempre pasajeros. Cuando haces lo que te gusta, no trabajas, disfrutas.






