Los vaivenes de la mano. Por Daniel Maldonado

Es eso lo que soy. No fui a la universidad, no tengo título profesional que avale lo poco o mucho que sé sobre mi oficio. Desde luego que escribir es lo único que hago. Es mi trabajo o, para ser mucho más preciso, se trata de un acto —sí, es eso, un acto con el que busco que emerja algo, una cosa distinta de lo que es— que no me tributa mayores ganancias (en realidad no me tributa ninguna en términos monetarios) y que, encima, me consume, me obsesiona y me aísla de los otros.
Se trata de un trabajo; el único que sé hacer. Pero lo anterior es más bien falso porque para trabajar, uno necesita ser medianamente competente. No sé si yo lo sea. Así que corrijo: escribo porque es lo único que creo que sé hacer con cierta competencia. Lo decía Garibay: el hombre es, quiéralo o no, su oficio.
No sé si escribo bien. A estas alturas, viejo y cansado como estoy de darle vueltas a ese tema, poco importa. Poco me importa a mí.
No me toca, lo tengo claro, hacer balance crítico de mi propia obra. Aunque, a fuerza de ser sinceros, lo he venido haciendo desde el primer libro, el primer volumen de cuentos que escribí.
Escribo, entonces, porque es lo único que creo que sé hacer, a pesar de mis dudas, titubeos, inseguridades. Pero advierto ahora lo siguiente: quien escribe no pretende exhibir, al menos en principio, las inseguridades, las dudas y los titubeos que signan su derrotero existencial. El escritor no es (sólo) un traductor de sí mismo, de su vida. Escribir no supone desplazar de modo fiel al dominio de la página los andares diarios, las actividades realizadas a lo largo de una jornada. El signo no es prisión, no tendría que entenderse como cárcel.
Los historiadores, por ejemplo, han sido víctimas de semejante engaño. Asumen que la escritura no es sino una práctica (de acento secundario, además) encaminada a componer un retrato fiel de la realidad. Para ellos, los signos, los caracteres y, por extensión, las palabras, no representan un problema, no son pensados como material de trabajo. Son, en todo caso, herramientas. La instrumentalización a-crítica de las palabras ha instalado en el seno de la academia la idea de que no sólo es deseable, sino que es del todo posible, referir asépticamente. Pero el signo es la molécula mediante la que se confecciona otra cosa. Permite, en todo caso, subvertir lo dado, oponer a lo real otra realidad, acaso más auténtica.
El pasado es un producto: el resultado de una operación de índole creativa. No es, como quieren algunos, lo dado, sino lo creado. Su existencia, si vale el término, está mediada por el relato, por la narración. Al brindarle densidad por medio de las palabras, los recursos estilísticos, los modos de narrar, el pasado deviene ficción: asunto engorroso. Lo anterior no supone poner en suspenso la naturaleza científica de la historia. Pero me atrevo a reconocer la impronta grande, el influjo tremendo que la ficcionalización ejerce en el acto de narrar. Historia: ciencia de la escritura del pasado.
Comienzo a desviarme, cosa nada rara puesto que en mis novelas, cuentos y, desde luego, también en mis ensayos, el rodeo insensato, el continuo andar que no conduce a ningún lado, es rasgo distintivo. La mía es una práctica digresiva, sometida a los vaivenes de la mano. Mi mano es la que define el tono de lo escrito; incluso diría que configura el perfil del sujeto que soy y que desconozco.
El desconocido que soy habita en un espacio al que no suelo asomarme. La luz, en fin, no ilumina sus dominios. Coto vedado.
A propósito de los espacios. Creo que mi estética se encuentra en la zona en la que se tocan, sin llegar a confundirse, la digresión más irresponsable y la molestia que me provoca la índole cansina del afuera. Por eso es que la mía, pienso, es una estética de frontera, nutrida por la noción de límite.
No me asumo heredero de vanguardia alguna. No soy un escritor rupturista. No soy un escritor reconocido. No soy un buen escritor. La mala calidad de lo que produzco me coloca en una condición peligrosa —pero que al mismo tiempo me resulta por demás deseable. Escribo no gracias a, sino a pesar de una lengua, la mía, la de mi tradición, una de la que no he sabido ser decoroso heredero, que me aniquila y asfixia y condena al mal-decir. Se trata, caigo en cuenta ahora, del deseo, de mis ganas tremendas de urdir acaso sólo para mí una sintaxis que se erija en el reverso imposible de ese modo tan nocivo de tramar sentido.
Un día, el deseante impenitente que soy y he sido empuñó la pluma y el papel, aporreó las teclas de su máquina (y, aun, de las máquinas ajenas) movido por el anhelo de inventar la ilusión de que el mundo no sólo es, sino que es (funciona y avanza) de algún modo. Quise cronicar prodigios, inventar verdades.
Para algunos, el escritor es aquel que reproduce: no crea; sigue en todo caso los dictados de un código, especie de manual de la buena escritura, que le es impuesto. Ante el ascendente más bien tiránico del manual, el escritor puede elegir entre dos opciones: obedecer o sublevarse. De nuevo el desvarío.
Captar la voz del otro; ese que, desde un dominio inaccesible, narra, cuenta, revela en lengua extraña la solución a todos los enigmas. Luego lo captado habrá de vulnerar el soporte de escritura elegido. Torturar, marcar, hundir en y hendir sobre la textura, sobre una superficie dada el arma punzo-consigno-cortante. Escribir es inscribir: trastocar lo dado, el pretendido orden natural de las cosas.
Yo no aprendí a vulnerar en ningún manual de escritura.







