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Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol y Jyejtyal ja’ / Rostros del agua. Por Cristina Patishtán López

Los poemarios Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol (2022) y, Jyejtyal ja’ / Rostros del agua (2023) fueros premiados por la convocatoria “Alas de Lagartija”, ambos en años consecutivos en formato bilingüe ch’ol-español, y fueron ilustrados por una técnica de grabado por Julio Antonio.

Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol, editado por TIFÓN editorial, como poemario está dividido en cuatro partes, cuyos subtítulos son: “Säk’ajel / Mañana”, “Xiñk’iñil / Tarde”, “Ak’lel / Noche” e “Ik’tyoj / Madrugada”, con un total de doce poemas. Jyejtyal ja’ / Rostros del agua, editado por la misma editorial, está dividido en dos partes: “Iñajaltyak ja’ / Sueños del agua” y “Jyejtyal ja’ / Rostros del agua”, la primera de diez poemas y la segunda de dieciocho, haciendo un total de veintiocho poemas, igual con ilustraciones.

Ixämbal k’iñ / El recorrido del sol se desarrolla con una circularidad temporal de 24 horas, retratando los movimientos del sol y la luna tanto en el cielo como en el agua. Canario construye sus versos en tonos altos al modo de una écfrasis como figura literaria, unión de imágenes visuales con palabras. De acuerdo a Agudelo Rendón, en su libro Las palabras de la imagen, se entiende la écfrasis como la descripción literaria de un objeto artístico, sea real o imaginario, haciendo énfasis en la narración. En este sentido, el autor primero crea figuraciones mentales de la apreciación de ciertos momentos de la realidad. La écfrasis es la representación verbal de una imagen visual. Esto se refleja en los movimientos y sonidos que transmite cada verso escrito por Canario, por ejemplo, en los versos de la primera obra: “Mi mamá / besa mi frente, / deja en mis manos / una luciérnaga / que funda el alba” (De la Cruz, 2022, p. 29). En versos de la segunda obra podemos leer “Luna del río: niña con aretes de piedra, / de pies con son de tambor y labios escarlata; / danza con un arco de plumas y flechas” (De la Cruz, 2023, p. 20). Esto es lo contrario que ocurre con la hipotiposis, como figura retórica vinculada con la descripción, su objetivo es la producción visual derivado de los textos literarios. Esto es algo que me parece es el intento de Canario como poeta y Julio como artista de grabados al ilustrar algunos de los versos de los dos poemarios, colocando una imagen en cada apartado de ambos libros, más la ilustración de portada como un complemento para adentrarnos al contenido de las obras mostrándonos de forma visual lo que también podemos leer en los versos.
Canario juega con imágenes visuales de la naturaleza y las retrata en sus versos. Por otra parte, los poemas a mí me remiten a una interpretación que hace Simónides de Ceos, un poeta lírico, en torno a las artes verbales y visuales, cuando dice que “la poesía es una pintura que habla”. Aludiendo a las imágenes visuales que hay en los versos, destaca la capacidad mimética del arte en reflejar el mundo que lo rodea, ofreciendo así una copia o representación de la realidad, donde las palabras dicen más que mil imágenes.
En este caso la poesía, cuando son imágenes que hablan, implica que, a través de las palabras, tiene la capacidad de evocar imágenes vívidas y detalladas en la mente del oyente o lector, por ejemplo: “El sol es ave de calor. / Mueve sus alas, / se derrite / gota a gota / en jícara del cielo” (De la Cruz, 2022, p. 12). Canario pinta con el lenguaje, crea escenas, movimientos, colores de la naturaleza que pueden ser tan claros y tangibles en la mañana, tarde, noche y madrugada, a través del recorrido del sol y la luna. Representando el día con sus cuatro divisiones temporales, con actividad en la luz y la oscuridad, podemos relacionar la construcción de los versos con los estados de ánimo, las etapas de la vida y sus procesos naturales.

En un poema de “Säk’ajel / Mañana”, podemos leer lo siguiente:

El sol agita el rocío en su pelo;

en vez de caer

sube transparente

en las alas del viento (De la Cruz, 2022, p. 11).

 

Este poema, que se extiende desde el amanecer hasta el mediodía, juega con la luz del sol que aumenta gradualmente desde sus primeros rayos hasta su luminosidad plena. Aquí el autor usa la figura de la prosopopeya para atribuirle cualidades humanas o de otros seres, como las alas, al viento que es inanimado.

En el siguiente poema, “Xiñk’iñil / Tarde”, dice:

Los caimanes bajo el sol

hacen de la tarde

una eternidad (De la Cruz, 2022, p. 17).

Las imágenes remiten a una contemplación del tiempo. Desde la primera línea evoca un ambiente cálido, los caimanes provocan una sensación de tiempo lento. Nos damos cuenta que el autor usa el recurso de la hipérbole para dilatar la duración del tiempo.

En otro poema, “Ak’lel / Noche”, encontramos la misma estrategia de comparación:

En el cielo de la noche digo:

¡Espejo!

Y se vuelve redonda

con brocha de plumas (De la Cruz, 2022, p. 22).

Este poema nos sitúa en otro escenario cósmico que va acorde con el título: de lo oscuro. En la imagen aparece claramente la figura de la luna, con su luz radiante. En este caso el autor la nombra como “brocha de plumas”, una asombrosa metáfora que humaniza. Imagino a la luz de la luna esparciéndose en el cielo, clara imagen nocturna. Canario de la Cruz no sólo ha observado la luna sino que su subjetividad lo hace ser de este poema a través de su mirada y lenguaje.

Un último poema de la primera obra, en el apartado “Ik’tyoj / Madrugada”, podemos leer:

El alba agita mis párpados.

Nace el ojo de agua (De la Cruz, 2022, p. 27).

Este poema nos remite al amanecer, habla de la transición de la oscuridad a la luz. En el primer verso interactúa con el lector haciendo alusión a un despertar, luego vemos la forma circular que descubre a la forma del sol reflejada en el agua o río en el alba.

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Sancocho western: Tierra de nadie. (Tercera entrega)

Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar

Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.

Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!

 La vorágine. José Eustasio Rivera.

La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.

Los pasos perdidos. Alejo Carpentier

Primera entrega

Segunda entrega

III. Protegidos por la Santísima Trinidad

Por Francesco Vitola Rognini.

El rubio de ojos azules había comprado un caballo de pelaje negro, mientras que el barbudo había optado por uno pardo con motas blancas; además, cada uno arriaba una mula cargada con un baúl y sendos sacos de víveres. A medio día, y luego de media jornada de trochas pantanosa, tomaron un descanso junto a un lago de aguas turbias. Las lavanderas, viendo que los hombres se desnudaban, hicieron una pausa. El pícaro, consciente del efecto que causaba su desparpajo, nadaba de espaldas echando chorros por la boca, provocando risas entre las mujeres más jóvenes. Por su parte, el corpulento barbudo, enfocado en la natación, iba y venía con destreza prodigiosa. Las matronas, entre ellas varias viudas, especulaban sobre las habilidades del fortachón.

Ganados los corazones, todo resultó sencillo después. Con el pretexto de cocinarles el almuerzo y lavarles la ropa, tres mujeres se acercaron a charlar. Un par de jóvenes morenas —las hermanas Buenaventura— se quedaron prendadas del ojiazúl, mientras que el barbudo se ganó el afecto de una viuda de 45 años, Doña Concepción, cuyo marido, un comandante del ejército godo, había muerto durante la jornada 996 de la Guerra de los Mil Días. Aquella tarde, Doña Concepción los invitó a quedarse en su casa «el tiempo que haga falta para recuperar fuerzas». Por supuesto, las hermanas Buenaventura también se dieron por invitadas. El descanso duró nueve gloriosos días, tras lo cual y poco antes de partir, los aventureros extrajeron de los baúles algunos detalles: deslumbrante joyería de fantasía, telas con intrincados diseños, libros de modistería, cuchillas de afeitar, perfumes, limas y esmaltes de uñas. La despedida fue agridulce, pero manejable, nadie se había hecho vanas ilusiones.

Horas después, cuando cabalgaban por el margen de un río de belleza prehistórica, una nube de jejenes los obligó a ponerse las bandoleras. En la cara opuesta de la colina se alzaban columnas de humo, era el caserío de Terranostra, punto de encuentro de los buscadores de oro de la región. Aquel visaje alegró al corpulento barbudo, habitualmente reservado:

—¿Estás seguro de que la mina de rubíes existe?

—Está documentado, históricamente hablando. De aquí a doscientos años, «La caprichosa» será la única mina de rubíes de Boyacá.

—¿Y cómo planeas hacerte con el control de esas tierras?

—Con el poder de la palabra, amigo mío. Haremos las averiguaciones pertinentes haciéndonos pasar por caballistas interesados en comprar tierras.

—Comienzas a sonar como el príncipe Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

—Hay que tener amplias miras, estimado. Vinimos a construir las bases de un futuro imperio. Además, a lo único que hay que temer en este viaje es al paludismo y el cólera.

—Algo ha cambiado en ti, nunca te había visto tan serio en mi vida.

—He comenzado a apreciar la exuberancia del continente. Aquí nos tratan como caballeros, en Italia somos solo dos actores más en el drama de la supervivencia diaria. Allá necesitaríamos varias vidas para materializar lo que lograremos con este viaje.

—Si es que no nos matan.

—Panzón, a veces eres muy negativo. Tienes que aprender a disfrutar la vida.

—Es difícil relajarse cuando todo parece querer matarnos: la comida, los insectos, la selva, el clima, los bichos de monte. Y cuando no son las alimañas, eres tú metiéndonos en problemas.

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Sancocho Western: Tierra de nadie (segunda entrega).

Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar

Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.

Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!

 La vorágine. José Eustasio Rivera.

La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.

Los pasos perdidos. Alejo Carpentier

 

 

Acá está la primera entrega

II. Casi un destierro

Por Andrés Felipe Escovar.

-Usted se queda con el miedo.

Como si besara al viento, Olegario estiró la boca hacia el Darién. Los altos árboles, de nombres desconocidos, se regaban hasta rebalsar los límites de su perspectiva. A sus espaldas, el pueblo palpitaba.

-De más allá de lo que usted llama miedo, vine- Continuó, dio media vuelta  y regresó a la silla mecedora de la comisaría donde ejerció el cargo de inspector hasta ese momento.

El jefe del grupo de los cinco policías que lo esperaban afuera, cada uno apuntándole con un arma larga, hizo un mohín y, llevándose el índice a sus labios, ordenó a sus compañeros que mantuvieran el silencio. El miedo no era el monte sino el arma para ganar o perder la guerra. O, al menos, las batallas; la guerra la ganó Panamá, aunque el miedo podía traspasar la frontera, disgregarse hasta abrasar al mundo todo al punto de convertir al orbe en un esputo de terror.

Una breve espera terminó cuando el propio jefe ingresó a la comisaría. Olegario estaba apoltronado en la mecedora, miraba a un punto fijo, inexpugnable.

-Usted no tiene documentos para continuar en el país. Váyase lo más pronto que pueda.

– Pronto…. ¿cuánto es pronto?

-Una semana.

Olegario huyó la mañana siguiente. Caminó hacia la selva; a medida que el follaje se espesaba, la mula que ensilló renqueaba; en la primera legua dentro de la selva, soltó espumarajo y cayó derrumbada. Animalitos que salían del suelo dejaron el mero esqueleto: él lo vio emerger de las carnes escuálidas, vomitó, volvió a ver y regresó al vómito para luego tirarse a dormir hasta que lo despertó un fantasma llamado Panamá.

Panamá fue el miembro fantasma de un tumor llamado Colombia. Olegario atravesó las entrañas del fantasma para regresar al tumor. Las escuchó gruñir como creaciones extrañas o breves desvaríos de Dios que, además de hacer monstruos, otorgaba dejos de altivez a quien se debía a la humildad y debía humillarse; las voces de los indios, casi tan animales y extrañas como los dueños de los gruñidos, interrumpieron su soledad y su reptar sonámbulo, guiado por un guía que era el último rescoldo de su sueño.

El sendero, trazado por el sonambulismo, anegó a la selva de una ilusión que quedó en Olegario como el rescoldo de un espejismo. Durante el trayecto de regreso, en los archipiélagos de vigilia, algún loro repetía los vituperios y loas dichas por cualquier jefe de cuadrilla que osara hundirla en la jungla. Era una lengua inhumana, hecha de una persecución donde los gritos podían venir de él mismo.

Cuando llegó, un par de años atrás, al entonces departamento de Panamá, el Caribe le pareció un  pozo que bien podía desecarse. En la ciudad, mientras aguardaba las órdenes conservadoras, insistía en trazar una cordillera que resguardara a esa ciudad llena de alimañas del océano. También la hubiera resguardado del Winsconssin, que creyó ver desde la costa sin saber que adentro pactaban una paz donde su ejército perdió y, como última orden, lo dirigieron a los rumbos de Victoriano Lorenzo para darle cacería al insurrecto que, hasta hacía poco, no era más que un liberal aindiado y animal como los sonidos de la selva y las voces de los indios del Darién.

Después de ser uno de los que le disparó a Lorenzo,  se dirigió a su cadáver, sentado aún y con los hoyos de las balas aún humeantes por su cuerpiño inmundo, decidió que la cabeza sería suya. Jacinto apostó con él a los dados: sería un solo tiro hecho por cada uno y el que sacara una mayor cifra se quedaría con la crisma del miserable.

-¡Once!- Jacinto movía la mano como si aún batiera los dados. La otra era tan fantasma como Panamá para Colombia: la perdió en una de las redadas hechas en casuchas del radio de Ciudad de Panamá; abrió una puerta y alguien le disparó en la extremidad con la que empuñaba un cuchillo. Durante meses, anduvo pálido y borracho; maldecía la ausencia de su mano hasta que escuchó, desde la puerta una misa donde halló la redención: ese muñón probaba su heroísmo, al punto que lo convertiría en diputado por el partido Conservador a su regreso a Colombia.

Sin convicción, Olegario lanzó su juego:

-¡Dos!- carcajeó el manco. Fue a la silla donde permanecía sentado el cadáver de Lorenzo y le cortó la cabeza. Con ella, guardada en una alforja, Aparte de la marca de la guerra, tenía en su poder la prueba que confirmaba el final de cualquier brote insurrecto.

Olegario le mochó la cabeza a un muerto que se topó en alguna calle de la ciudad. No era un apestado porque su olor era de asesinado y no de alguien que se cansó de tanto agonizar. La utilizó como talismán y advertencia durante su primera reunión con la comunidad de San Arvey, el último municipio del entonces departamento de Panamá antes de que comenzara la selva del Darién. Allá lo enviaron luego de cumplir la misión de cazar al insurrecto Lorenzo.

-Así terminarán los pensamientos de cualquier bellaco que se atreva a cuestionar la majestad de Dios y la república- esputó mientras tomaba, por los pelos, la cabeza que sacó de su bolsa, frente a la comisaría del pueblo donde convocó a los habitantes para presentarse e impartir una breve reseña de la Constitución de 1886 que jamás leyó pero alguien le refirió lo que decía..

Gracias a la cabeza, la gente del poblado se enteró que era colombiana. Y dos años después supo que ya no era colombiana sino panameña; un grupo de cinco policías irrumpió en el municipio, en mulas semejantes a la que, días después, se convertiría en un esqueleto frente a los ojos de Olegario, circularon por las dos calles embarradas del municipio y anunciaron una reunión frente a la comisaría.

Olegario dormitaba en una mecedora de madera. Su antebrazo derecho le tapaba los ojos cerrados para evitar cualquier filtro de luz mientras se ocupaba en pensar cómo sería Panamá si fuera una ciudad adherida al lomo de una cordillera.

-Olegario Díaz, salga o tendremos que sacarlo.

Olegario se levantó y enfundó su pistola. Abrió la puerta, sonora por la carencia de aceite para las bisagras. Una bocanada de humedad se inyectó en los pros de su cara y un sudor cálido lo abrasó. El sol, siempre oculto tras las nubes, era de un gris brillante, como el de las monedas que por primera vez alguien usa.

Los cinco hombres, plantados frente a la entrada del edificio estatal le apuntaban con armas largas. Olegario recordó la temperatura más baja del metal de su revólver, oculto tras el poncho que solía usar cuando daba vueltas por el breve poblado. Por más rápido que fuera, no podría herir  a los cinco y, lo más seguro, es que antes de efectuar el primer disparo ya tuviera el torso destruido por las balas que escupirían esas armas largas.

El viento no soplaba y, lejos, los sonidos de la selva se entremezclaban con el caudal de alguno de esos ríos con nombres impronunciables. Levantó las manos y agachó la cabeza. El que estaba en la mitad de la hilera de funcionarios, habló, impostando la voz de un cagatintas que lee el acta para oficiar un desalojo:

-En nombre de la república de Panamá y por orden expresa del honorable presidente, don Demetrio H. Brid, le notificamos que su estancia en este territorio como autoridad policiva se constituye en un flagrante caso de violación a la soberanía y un acto desafiante por parte de la República de Colombia. En consecuencia, le ordenamos abandonar el país. Desde este momento, se le notifica su calidad de ilegal, que se hará efectiva en el tiempo referido.

Olegario se preguntó cuánto tiempo tuvo que emplear el hombre para memorizar todo lo que dijo:

-Usted se queda con el miedo.

Como si besara al viento, Olegario estiró la boca hacia el Darién.

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Sancocho Western: Tierra de nadie (novela por entregas)

Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar

Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.

 

Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!

 La vorágine. José Eustasio Rivera.

 

La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.

Los pasos perdidos. Alejo Carpentier.

I. El pícaro, el malo y el ogro

Por Francesco Vitola Rognini

Con las últimas luces del día, los pasajeros terminaron de abordar el barco de vapor «The Nellie II». Los estibadores subieron las cajas, bultos y baúles, mientras la selva despertaba en una explosión de sonidos, devoraba con sus fauces oscuras todo rastro de la civilización occidental. En el horizonte marino desaparecía el trasatlántico que había traído a los aventureros hasta ese rincón del pacífico Colombiano, dejándolos, como en la época precolombina, expuestos a los elementos, a los salteadores de caminos y a los bichos de monte. El atardecer rojizo terminó de ser consumido por la jungla, y en un parpadeo la oscuridad fue absoluta.

Iluminados por lámparas que atraían nubes de insectos de todos los tamaños, «The Nellie II» inició lentamente su ascenso por el río. La tripulación, ocupada en sus rutinas, desfilaba por la cubierta y por los entresijos internos de la nave. Por su parte, abstraídos de lo mundano, un grupo de caballeros extranjeros y criollos ocupaba el caluroso salón principal del barco, bebiendo alcohol importado y escuchando óperas de Giacomo Puccini. Por lo menos en aquel vehículo acuático aún seguían en el siglo XX, 1905 para ser más exactos.

Mientras los caballeros de la mesa de póker barajaban sus opciones, al otro extremo del salón, un grupo de cinco individuos de expresión severa y bigotes tenaces —soldados sobrevivientes de la Guerra de los Mil Días y guardaespaldas de Cristiano de Castilla— bebían  agua de panela en la barra del bar atendido por un hombrecillo con agilidad de malabarista. Sin previo aviso, como picado por un tábano, Cristiano de Castilla —criollo heredero del ingenio azucarero más grande del Valle del Cauca— saltó de su puesto y acusó de tramposo al extranjero vestido de luto. El rubio de ojos azules sentado al otro lado de la mesa guardó la compostura, le sostuvo la mirada y esbozó una sonrisa, lo que enfureció aún más al criollo. La tensión aumentó en la mesa de póker, el criollo envalentonado le espetó al extranjero:

—¿Vino a Colombia para robar? ¿No ve que aquí podemos hacerlo desaparecer y que no encontrarían ni sus huesos?

Ante la amenaza, a Mario Girotti se le iluminaron los ojos azules y se le amplió la sonrisa, dejando ver un juego de dientes blancos como perlas, algo raro en aquellos tiempos. Su respuesta, en un español con marcado acento alemán e italiano, dejó al criollo boquiabierto:

—No vengo a robar a nadie, soy un hombre honorable. Retire esas palabras y vuelva a sentarse. Compórtese como el hombre educado y pudiente que dice ser.

Los otros tres jugadores de póker se levantaron de la mesa y retrocedieron todo lo que el espacio del salón les permitió. Los guardaespaldas reaccionaron, despejando la barra y rodeando cautelosamente al extranjero. En la barra desalojada destacó algo que hasta entonces había pasado desapercibido, un plato con sopa a medio terminar, aun con la cuchara sumergida.

El extranjero de ojos azules se colocó de pie sin darle demasiado importancia al entorno,  pateó la silla con el tacón de su bota e introdujo sus manos en los bolsillos de sus pantalones. El movimiento hizo que su saco retrocediera unos centímetros, exponiendo una pistola Mauser y una serie de puñales arrojadizos alineados en el costillar, sobre su chaleco. Cristiano de Castilla palideció, los guardaespaldas retrocedieron; alguien tropezó con la gramola, haciendo que la ópera de Puccini enmudeciera. En medio de aquel silencio podía escucharse el latido desbocado de aquellos corazones acostumbrados a las reyertas sangrientas, pero que nunca habían visto una reluciente pistola automática. No podían ocultar la admiración ante la opulencia tecnológica del extranjero, ni qué decir de su serenidad en medio de aquella situación desventajosa. A ojos de los guardaespaldas eso significaba que el individuo en cuestión debía ser mucho más rico —y mejor patrón— que su altivo jefe. Estaban en esos trapecismos mentales cuando una canción entonada con una voz operática, comenzó a escucharse en el retrete:

—«Estaba el señor Don Gato, sentadito en su tejado, maramiau miau miau miau, cuando recibió una carta, que si quería ser casado, maramiau miau miau miau… —los recios hombres  bigotudos, ahora desarmados por aquella canción de cuna, no pudieron desviar la mirada de la puerta diminuta con la que alguien forcejeaba— …con una gatita blanca, hija de un gato negro, maramiau miau miau miau… —mientras los malencarados de carácter volátil permanecían desconcertados por aquella voz áspera que cantaba una melodía dulce y melancólica, Mario Girotti, el extranjero de los ojos azules, cambió de postura para contemplar el espectáculo que iba a desencadenarse— …al recibir la noticia, se ha caído del tejado, maramiau miau miau miau… —la puerta por fin cedió al forcejeo del barbudo corpulento, que la desprendió de sus goznes. Luego de apoyarla contra la pared, el descomunal napolitano miró a los congregados— …se ha roto siete costillas, el espinazo y el rabo, maramiau miau miau miau, ya lo llevan a enterrar, por la calle del pescado, maramiau miau miau miau…  —restándole importancia a la situación tensa, se dirigió a la barra. Los exmilitares le siguieron con la mirada, sorprendidos de aquella contradicción ambulante— …el olor a sardinas lo ha resucitado,  “con razón” dice la gente,  “el gato tiene siete vidas”, maramiau miau miau miau».

El barbudo —de nombre Carlo Pedersoli— ocupó la butaca frente al plato de sopa fría. Atravesado en su espalda llevaba un rifle Winchester plateado que no pasó desapercibido a los guardaespaldas, el arma era un lujo ostentoso en esos parajes, un símbolo de la modernidad que domó el salvaje oeste norteamericano. El primer instinto de los bravucones profesionales fue hacerse cargo del gigante armado, para luego poder ajusticiar al altanero rubio de ojos azules.

Carlo se dirigió al cantinero usando un español rústico, con visos de napolitano:

—Eh, tú, dame otro plato sancocho. Este se enfrió.

Se removió el reluciente rifle y lo dejó en la barra, frente al plato de sopa humeante que le habían servido. Se saboreó, tomó la cuchara, la introdujo en el plato rebosante del nutritivo caldo, pero cuando iba de camino a su boca alguien osó a posar la mano en su hombro. A Carlo se le borró la expresión de jovialidad, sostuvo la cuchara en el aire viendo cómo el líquido se derramaba por culpa del inoportuno que lo zarandeaba. Hizo una mueca de fastidio, dejó la cuchara sobre la barra, intercambió una mirada con el nervioso cantinero, se levantó del asiento lentamente y encaró a los desabridos bigotones. Los matones lo superaban en número, y aún así, la expresión de Pedersoli era de total indiferencia.

Mientras eso ocurría en la barra, el pícaro de ojos azules había desviado su mirada del espectáculo y ahora la tenía clavada en Cristiano de Castilla. El criollo que había desatado el embrollo, acostumbrado a comportarse con prepotencia, reaccionó a la silenciosa insolencia del extranjero con una frase que sentenciaría el destino de sus hombres:

—¡Tramposos inmigrantes, este país será su tumba!

Mario sonrió, abrió la boca para decir algo, pero en cambio giró en dirección de los matones que lanzaban trompadas contra el gigante napolitano, que las absorbía con la inmutabilidad de un buey atacado por moscas. En la sopa sobre la barra se dibujaron ondas, algo del aromático sancocho se derramó, la cuchara se deslizó desde la barra y resonó contra el tableado. Aquello desbordó la paciencia de Pedersoli y comenzó repartir sonoras cachetadas. A los tres más flacos los mandó a volar, rebotaron contra las paredes antes de quedar descuadernados en el suelo. El segundo al mando, un tipo corpulento con un bigote negro puntiagudo, recibió una trompada en la nariz que lo hizo retroceder hasta dar un tumbo sobre la mesa de póker; cayó inconsciente en medio del pícaro y el criollo. El líder del grupo, un tipo fornido y alto, poseedor de una brocha gris bajo su nariz, resistió bien la primera cachetada, pero lo desarmó el golpe con el puño cerrado, a modo de maza, sobre la cabeza. El cráneo sonó como un coco seco, cayó desplomado en una silla, escupió dos muelas y quedó turulato.

El criollo prepotente tuvo que sentarse, sus mejores hombres estaban siendo humillados como si fueran unos principiantes.

Mario Girotti, aún en posición relajada y sosteniendo la sonrisa pícara, se dirigió a Cristiano de Castilla:

—Acusarme de tramposo y amenazarme de muerte es grave, pero molestar a mi amigo cuando come es imperdonable. Ahora, lo que de verdad me intriga es saber si usted piensa hacer algo, o si se va a quedar allí sentado esperando que sus matones hagan el trabajo sucio — señalando con el pulgar a los aporreados bigotones— porque ellos parecen estar bastante ocupados. Esto tendremos que resolverlo nosotros dos, sin guardaespaldas.

El criollo, lleno de orgullo, pero aún con las rodillas temblorosas, se colocó de pie para enfrentar a Girotti. Aquel gesto despertó la curiosidad del barbudo, que con ironía se dirigió a los bravucones recién machacados:

—Muchachos, tomemos un respiro, veamos cómo los caballeros resuelven sus diferencias —desarmados por esas palabras, los guardaespaldas prefirieron seguir postrados; unos minutos de descanso sonaban a gloria.

El corpulento barbudo regresó a la barra para resumir su alimentación, pero como la sopa se había enfriado, exigió más. En cuanto el tipejo detrás de la barra regresó con un nuevo plato humeante sancocho —y con una cuchara limpia—, Carlo Pedersoli atacó con voracidad. Por cada cucharada que Carlo engullía, Mario Girotti le daba una feroz cachetada a Cristiano de Castilla, y si el criollo se cubría una mejilla, el pícaro le pegaba en la otra. A los pocos minutos de esta rutina, el traumatizado criollo volvió a sentarse, sosteniendo su rostro enrojecido con ambas manos.

A esas alturas, el gigante barbudo había engullido el plato de sopa y hacía señas al cantinero para que le trajera otro. El ojiazúl elegantemente vestido de luto, fue hasta la barra pasando por encima de los cuerpos despatarrados, tomó asiento junto al fortachón y reclamó también su plato de sancocho.

—Nos sigues metiendo en problemas, sin importar a dónde vayamos— dijo en napolitano en su idioma, mirando el reflejo del Girotti en el espejo del bar.

—Gordo, tú sabes que me preocupo por tu salud, desde hace una semana no hacías ejercicio, así que hoy vi la oportunidad— respondió Mario Girotti, con los ojos puestos en el plato de sopa humeante que venía en su dirección.

—Más te vale que este viaje valga la pena, llevamos seis meses en este continente y ya perdí la cuenta de en cuántos líos nos has metido; no te voy a decir que me aburro con estas aventuras, pero preferiría estar en el mediterráneo, comienzo a sentirme desnutrido— dijo el Pedersoli mientras arrasaba con otro plato de sopa.

Cuando terminaron de comer se giraron sobre las butacas para apreciar el trabajo de limpieza de la tripulación del barco. Carlo se acodó en la barra con la panza queriendo reventarle los botones de la camisa, barrió con la mirada el salón, poco a poco los matones volvían en sí. Antes de ponerse en pie para rematar a los bigotones, volteó a mirar a su compañero de aventuras, expectante de un respuesta ingeniosa.

——Es 1905 y estamos en Sudamérica. Si contásemos esto en Roma, nadie lo creería. Es inconcebible, aún me cuesta creer lo afortunados que somos al poder vivir esta experiencia— fue la respuesta de Girotti.

Por fin, los matones volvieron a ponerse en pie. Aún medio desorientados recibieron unas caricias del napolitano: al del bigote negro puntiagudo, volvió a hundirle la nariz, enviándolo de vuelta por encima de la mesa de póker; a los otros tres segundones: cachetada en la oreja, cachetada en la mejilla, cachetada en el cuello, los tres volaron cómicamente en direcciones distintas; por último, el más recio de todos, el del bigotón gris, cachetada doble a la altura de las orejas y golpe en el craneo con el puño cerrado, a modo de maza. El hombre hizo un bailecito, volvió a desplomarse en el asiento y escupió dos muelas más. Quedó alelado, con una sonrisa petrificada que exhibía su dentadura chueca.

Al amanecer del siguiente día, cuando los hermanos descendieron en el puerto de una población marginal, los bigotudos maltrechos los contemplaron con resentimiento desde la cubierta del vapor «The Nellie II». Nadie dijo nada, ni siquiera Cristiano de Castilla, que con sus cachetes enrojecidos se limitó a ver cómo el fortachón bajaba por sí solo un par de baúles.

—¡Hasta la próxima, amigos. Pórtense bien!— dijo Mario Girotti, antes de dirigirse a la mercería para comprar lo necesario para la aventura por tierra.

Carlo Pedersoli lo siguió de cerca, arrastrando los dos baúles por la mitad del lodazal que hacía las veces de avenida.

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Carta a Julián Marsella por la necrológica que jamás quise: Adiós, Luis

Señor

Julián Andrés Marsella Mahecha

E.S.M

Marsella:

Hace tiempo nació nuestro propósito de matarlo. Queríamos convertirlo en fantasma y que, como tal, escribiéramos sus días en La Fresa Feliz. Sería nuestra incursión a un tema como el de los espectros y sus variedades para cruzarlo con la taxonomía de los alienígenas y los consecuentes senderos evolutivos trazados por David Parcerisa. A propósito: ¿cómo está el clima en Zipacón? ¿Ha vuelto a tener problemas con las fresas podridas? Allegados al difunto Bazuker nos comentaron que, el maridaje de esa fruta descompuesta con leche condensada, propician un horror emanado de las entrañas de quien las come ¡Son tantas cosas de las que hay que hablar y jamás hablaremos!

Esto no es una confesión; me acabo de detener en el nosotros inserto en el comienzo de esta nota: ahí bulle un hálito fantasma que ha recaído en mí. Todo culmina en una primera persona, en un yo que, usted sabe, es el núcleo de cualquier horizonte de soledad: el yo es el feto de un alma en pena. Hace más de una semana murió Luis. Los detalles de su muerte no vienen al caso, aunque puede encontrarlos si escarba en algún buscador; los primeros registros refieren la muerte de un hombre de 44 años en el estacionamiento del conjunto residencial donde vivía y, luego de describir con vaguedad las circunstancias, propician en quien lo lee expresiones como que “uno muere el día que tiene que morir” o “parece una muerte de Mil formas de morir”. En eso desemboca una vida con algún viso extraordinario, aunque este sea su final: en una nota roja redactada por alguna inteligencia artificial.

Es más, alguien que se presume cercano a Luis dijo que esa su muerte parece un cuento escrito por él. Me temo que ese allegado jamás leyó algún relato o, si lo hizo, lo reduce a la etiqueta de lo absurdo o de la humorada ocurrente y esto le sirve para mantenerse lejano de cualquier gravedad propia de un panegírico. Ahora hay que ser inteligente y la inteligencia se asume como el antónimo de cualquier expresión sentimental.  Hubo gente que escribió en Facebook o Instagram -de las otras redes no sé-; muchas destilaban el consabido “humor negro” de los que no le temen a nada -o, si le temen, hacen gala de su miedo y lo convierten en parte de su repertorio- e insultos para así contestar los que Luis les infligió en vida y evidenciar el ingenio de quien no ve en los oratorios en torno a cadáveres más que materia de burla y rezagos de supercherías decimonónicas.

No culpo a esas personas, Marsella; es lo que hay y reclamarle a lo que es que sea otra cosa es un gesto juvenil que se me ha diluido. Es posible que esas personas no hayan reparado en el peso que tiene un muerto. Un muerto pesa mucho y, por eso, uno de los rumbos más trasegados hacia el paraíso es el de la levedad. Los cadáveres toman una densidad como si en sus entrañas se hubiera incubado una bomba; así me pasó con Luis; colaboré para sacarlo del carro fúnebre y conducirlo al lugar donde lo iban a enterrar. Fuimos seis las personas que lo llevamos y nos costó; alguien que me vio en aprietos me dijo que Luis no quería que yo fuera uno de los que lo llevaran hasta el hueco donde depositarían el ataúd. Yo no sé si así sea, aunque esa creencia es semejante a la que tuvimos cuando decidimos matarlo a usted para así continuar escribiéndolo.

La tumba de Luis linda con la de un niño que murió a los cinco años. Algunos deudos la pisaron, así como las de otros difuntos aledaños, mientras un sacerdote, flaco, con unos tenis negros muy sucios, que apenas se asomaban bajo su sotana, procedía, con apuro, a leer un pasaje bíblico y a efectuar un par de oraciones. El señor parece un jardinero disfrazado de cura, aunque lee los versículos como lo hace un abogado con un acta y tiene el atributo de la indiferencia profesional: los muertos para él son leves, como para los ironistas. Sólo es un jardinero para mi solaz.

Con Luis conversamos varias veces sobre la forma como lo mataríamos a usted para hacerlo un espectro que nos visitara. No puedo decir que no hubo tiempo para escribir; más bien, los arrestos se agotaban y, entre el agobio de las vidas que cada uno ha vivido, se nos postergó su homicidio. Ahora que me detengo un poco, pudimos intentar una historia persecutoria donde buscáramos darle caza a usted, algo así como si El correcaminos se narrara, en primera persona -una primera persona plural-, por el Coyote.  El final podría ser tan abrupto como la muerte de Luis.

Un amigo me dijo que, a los cuarenta y cuatro años, solo se es joven es para morir. Pero no hay días señalados para morirse ni es cuando a uno le toca: es seguro que moriremos y, por economía de la creación, no es necesario realizar cálculos o adjudicar días para que muera alguien. Aunque otorgarle esos criterios a la creación es tan extraño como suponer que “de Dios estaba que Luis muriera ese día” o que “nadie conoce la voluntad divina” salvo quien enuncia ese desconocimiento.

Lo de Luis ha ocurrido y, como nos pasará a todos los que formamos parte de ese grupo finisecular, señor Marsella, descansó de sí mismo. Nosotros queríamos que usted descansara, que su “sí mismo” dejara un rastro en una escritura que jamás ocurrió. Usted y yo debemos continuar en este espacio. Por estos días me ha asaltado una simetría: los días que pasaron entre el deceso de Luis y su cumpleaños, fueron diez; nosotros tenemos casi la misma edad y yo cumplí los 44 ocho días después de la muerte de mi amigo, entonces moriría el primero de septiembre. No quiero morir ese día. Pero la vida es como nadie quiere, apenas es.

Quizá le escribo esto último para conjurar la intuición de que mi destino está trazado y evitarlo es la manera más expedita para que se materialice, por eso el miedo es su principal aliado: Edipo le temió tanto a la ceguera que se sacó los ojos. El destino, señor Marsella, fulge cuando se le adjudica a un muerto: así empieza a cobrar sentido cada una de las palabras, gestos y ausencias que el difunto profirió en vida.

Luis hizo la necrológica de su perrito, fallecido tres semanas antes que él. En la nota anunciaba que al animalito lo acompañaba Ozzy Osborne en un lugar tranquilo, mientras esperaba a que Luis llegara. La muerte de Luis fue una buena noticia para Ozzy, que ya se libró de esa responsabilidad y disfruta algún festejo, también para Kero, que camina por un prado impregnado de rocío con su amo.

Le dije, Marsella, que el efecto fantasma recae en mí; muchas de las cosas que escribí con Luis se leerán como si fueran hechas por alguien que ya murió. Desde ya aprecio lo reconfortante que es que casi nadie lea lo que uno escribe.

Lo saludo, no sé si con mero afecto o con la vocación de alguien conmocionado,

 

Pd: Hace un par de días, en un bus de Transmilenio, subió un señor invidente y se sentó muy cerca de mí, sacó un rosario y rezó durante todo el trayecto. Pensé que ese hombre era Luis deambulando en su paraíso y que el palo que usaba el invidente era la nueva forma de su perro. ¿Podría decirme, señor Marsella, algo al respecto? Algo que supere mi elemental cavilación, así ello no me reconforte como la mortalidad misma y la liviandad de todas las palabras, tan opuestas al peso del cadáver de mi amigo.

La boca de la garrafa del Nobel  de Literatura

In memoriam, Mario Vargas Llosa.

I. CRIPTORQUIDIA

Sin testículos, el falo tiende a percibirse magnífico, como un emperador.

-¿Qué desea, mi señor?

– Unos testículos.

– Pero, si usted es el Gran Verga, ¿para qué quiere un par de estos?

– Porque en el escroto hay cuencas marcianas.

 

II. HACKEO EN LA VIDEOCONFERENCIA DEL ESCRITOR DE FÁBULAS

Estaba el escritor Giorgio Passolini sentado en medio de un club de lectura que discutía los tópicos de su obra, cuando, de repente, en la transmisión streaming prorrumpió un asalto de vulgaridad:

Un negro sin calzones hacía el baile de la garrafa sobre una botella de cerveza Póker. El hombre, con la fortuna de un bailarín y la gracia de un ave liviana, movía sus nalgas hasta que, a  un milímetro del pico de la botella, las apartaba y procedía a introducir el adminículo para luego destapar el elixir con su deyector.

Salía espuma de la botella, del ano.

Espumas que se van,  bellas rosas viajeras.

Ante el desconcierto de los miembros del club literario, el escritor manejó la situación con la misma gracia con que el negro la botella.

– Tranquilos, jóvenes. No se escandalicen. Detengan la escena justo cuando los testículos se aprestan a rozar la punta de la botella. Miren cómo las cuencas del escroto son idénticas a los canales secos de Marte. Esta, querido auditorio, es la mayor prueba del origen extraterrestre de la vida en el planeta Tierra. El profesor Schiaparelli se tocó las turmas y encontró el acompasamiento entre ellas y el cuarto planeta de nuestro sistema solar. De pequeño, padeció Criptorquidia, pero la vida y sus milagros le bajaron los huevos y, ya de edad adulta, parecía un cebú.

Huelga escribir que Passolini se refería al Gran Verga que se achicó como todo humano envejecido y, de tan pequeño, no fue más que una peca en el par de testículos megalodónticos.

Mario Vargas Llosa, con esta reflexión te dejamos en paz en tus infiernos personales.

En la ventana del estudiante. Por Lorenzo Acosta

Fantasma azul, Wolfang Schulze

 

Un fantasma lava platos. Acaso cocinó, acaso había invitado a alguien; acaso comió solo, o pensó que cocinaba en la soledad de los fantasmas.
En algún momento, como recordando la lógica de los momentos, se dejó caer de espaldas. Y los platos limpios tomaron más luz, un aura, mientras un vivo acudió a lavar los platos de esa cena. Y acaso fue el vivo quien apagó las luces.

En torno a los primeros trece años de Milinviernos

El telar de las 13 cabritas del príncipe Mil Inviernos

Amanecimos íntimos llevando a cuestas todos nuestros muertos en estos 13 años de infortunio cándido.

Cucurrucucú palomitas que no vieron la noche

Hilar ha desnudado los otrora anhelos e intuye la luz del paraíso tejida en las mortajas

Nos dirán que aquilatamos lo más humilde de los poetas del XIX

Y os decimos: aquilatamos la humildad hasta hacerla piedra excremental de estos trece años como vampiros que hacen chorizo con las promesas rotas de los océanos magnánimos de la luna oculta de los presagios

Se nos fue la vida, y vivos quedamos por otros miles inviernos en trece mil años

Trece mil años trece fue la cifra del Dr. Penev

El onanista Miranda sigue atenta la vista esquizofrénica a nuestros horizontes invernales mientras un iniciado signa la frente y trae la mala nueva de que el alma es eterna como lo anunció el viejo palo de mangos

Tres mil años trece es la mirada conspicua del pirata muerto

Trece mil años trece es la niebla helada donde aúlla Mapanare

Las lecciones escolares de doña Carmen en su solar tameño anunciaban la desolación del futuro: “Es tarde, el dr Penev ha nacido”

Trece mil años trece fueron las mejillas del chiquillo que ronronea imitando a su gato

Rigoberta Menchú insufló su alma desencarnada

Trece, ¿qué te parece? Una eternidad que descubre la paja.

Y, con la paja, lo que será su cuerpo

Trece, la tristeza crece.

Trece mil años trece

Trece, dijo el mequetrefe, es decir, el hacedor de mundos

Trece, dijo el bromista: “agáchese pa que me las bese”

Una paloma tuerta cae muerta de sed y repite: trece para que rece.

Rece trece mil veces trece

La hora Pop. Por Leonardo Bolaños

Hay una huella en cada foto de las fotos adelante, muy atrás, siempre iluminadas de un verde gris, algún lugar pobre como un pueblo similar a cualquier pueblo enterrado bajo tierra por numerosos deseos sin fertilizar, iluminados por jardines jóvenes y de muerte amarilla de pocos años sin regar. Esas fotos están allí, pero no es ahí. El talento novedoso de la vejez… Ja. La banda está un poco más al frente vestidos de luto, quizás fueron los 90´s, pero en realidad es ese visceral olor de planeta tabaco, mariguana, quizás muchas sustancias, comidas por vomitar, empleos que huelen a metal, a óxido, a hierro, a sangre, a sangre que huele a metal, como un apocalipsis nicotínico, un frenesí cafeinado, una energía desgarrada por mantener un tipo de cordura presente desde su primer hit. Una necesidad de burlar la aparente abstracción artística de los Post-Punk de los 80´s, para recitar un drama sarcástico, un amical drama sarcástico apestando a nauseas, nauseas de seguir tragando, seguir viviendo, seguir leyendo.

 

No quieren golpear muy alto, no es su intención ser una super banda de rock, pero se escucha desde lejos el murmullo de una ciudad que grita con patrones de rostros que nunca vuelven, más que una vez en toda la vida, por aparecer, quizás en la fiesta errante de las mudanzas, los escapes de la Big City o visceversa, y aterrizar, por fin aterrizar luego de la fiesta de lágrimas secas y dejar la náusea inolvidable a la realidad, a casa.

 

Adam´s Song: La muerte está aquí, y es mucho peor… Siempre con risas, con alcohol, con firmes años de juventud, circulan por las avenidas desnudas, desde la primera línea, el trío dejando atrás los hoteles, saliendo de locales de empeño, quizás, sin relojes en las muñecas, con pulseras y las manos enterradas en los bolsillos, y la curva pesimista de la cabeza, sonríe un pedazo de ironía, nada, nada por pensar de nuevo, y no es lo peor, es qué dejo, qué tono, qué gesto tan bajo, tan humillante de contar ¿qué se hace por dinero?  como una alegoría al cine existencial francés de los 60´s en blanco y negro, calles de nada, en un notorio silencio sin esperanzas, ellos con tatuajes, siempre, y genitales censurados buscan, escapan de algún lugar, o no tienen tiempo para llegar, en What´s my Age Again y Adam´s Song, pero eso no significa que vestidos de blanco, vestidos de negro, vestidos de mujer, vestidos de hombre, y con albedrío el héroe protagonista de todas las canciones se manifieste como un hombre que no le importa más la química, ni la atracción física, ni su identidad sexual, ni su sentido del humor, ni su edad. Con firmes ambulantes pérdidas de sentido haciendo travesuras de niños y jóvenes, el trío se exhibe obscenamente ante un público, pero no este, sino aquel, el que lo censura, el que calla, el que llama a la policía, etc.

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Aniversario del dinero. Por Leonardo Bolaños


Es un bus del corredor azul hacia la dirección recta al Centro de Lima. Me lleva por Arequipa, no sé por qué quiero llamar la atención, o tal vez no quiera, escuchando música francesa, y otras melodías mientras se despiertan las acciones por el camino. Veo a una mujer, de pelo teñido rojo, con miradas discretas mira hacia mi derecha. El plan está completo. Voy a vender mis historietas a cambio de una historia. Cuando estoy a punto de bajarme, planeo algo espontaneo, voy a esa mujer de pelo rojo, y en unos pasos al frente, ante la mirada directa de sus ojos castaños, la invito a salir conmigo. Pero ella dice no. Bajo del corredor azul hacia Quilca. El camino está lleno de librerías. Siento la agresividad de cada metro avanzado, bajo el sol amarillo hay un cruce al que me dirijo, un cruce de autos y piernas, perdiéndose por la callejuela. Busco vender mis historietas, ese noveno arte ilustrado de superhéroes X-force. Siento la premura, el nervio en el tiempo que sucede, un giro hacia la derecha, por la sombra precisa del Quierolo, bocas abiertas en el bar, comiendo y saboreando el tiempo de una sustancia. Químicas de lo inesperado a cada lado, como un mundo de sustancias, me marean, me agitan, me lleno de nervios y busco un sentimiento muy exacto, muy contado. Busco la librería de aquellos comics gastados, en portadas plateadas y verdes del Hombre Araña, tomos de La Guerra del Inifinito. Historias hechas rectángulos, hechas cuadrados, medidas, calculadas para una finalidad precisa, contada. Un joven de pelo rubio, ojos claros, polo blanco, mochila negra a su espalda gasta su dinero para ser un nuevo tipo de propietario. Yo quiero vender esto por un precio muy exacto, pero desde comienzo del escenario, desde la definición del momento todo se vuelve apresurado, y el hombre al quién le hablo, para vender aquellas historietas de los jóvenes mutantes de X-force se va por el caño. Como agua de tinieblas que rodean la hermosa librería gótica de papeles gastados a 30 soles, al precio que estás buscando, me veo a mi mismo gritando. ¡Tú no sabes negociar! El círculo de aquél trueque de valores y percepciones químicas del intercambio se rompe abruptamente, como la caída desde un caballo, he herido el mío, y el otro orgullo de darnos materia, nuevas ideas, entretenimiento definida en los rectángulos coloreados de X-force. Salgo por estas rectas sombras hacia adelante, por aquella Quilca resonante de voces en cada espacio, en cada página sucia, en los carteles de la selección peruana de fúbol posando, en las revistas pornográficas de Soho, con pechos chorreando de cadenas plateadas y tejidas casi de una simbólica egipcia. Rostros agudos al espectacular comercio errante, casi ebrio de detalles, sustanciales como un sabor centrado, concentrado, por el Centro de Lima, y voy hacia la entrada y hablo con un segundo negociante sobre el posible encanto de un éxito monetario calculado. Y él mira mis ojos con suspicacia, interrogantes congeladas en el rostro del negociante, porque el quiere escuchar una historia creíble, el busca un personaje creíble en mis palabras, pero yo no creo que exista una forma de identificar la emoción que activa la mirada especulante. Como si fuésemos dos animales oliéndonos y viéndonos nuestros dientes, abrir y cerrar, metódicamente para ganar algo de dinero. Y este señor, nuevamente, me invita a retirarme porque me he dejado llevar por los impulsos, he sido desagradecido con muy poco tino, no puedo convencerme a mí mismo que quiero realmente ganar algo, sino demostrar que sé razonar, qué entiendo qué hay un elemento discreto en cada forma de hablar sobre el dinero. Y salgo, a la tercera puerta del negocio, invitándome con papeles, contratos, editores y abogados, camino por el establecimiento repleto de numerosos libros, series de comics, pornografía, siluetas dibujadas o caricaturizadas. No hay otro reemplazo para decir con palabras en el momento oportuno lo necesario, escueto, sencillo y claro. Como una forma de periodismo momentáneo, casi efusivo y con un ligero elemento festivo, veo la mirada brillante de la mujer que acepta mi estilo de negociar, tímida y rápidamente, sin nada más que buscar algo efectivo. Y ella me dice que espere, y en cada minuto que va pasando espero entre título de libros no abiertos, palabras sin comenzar, significado detenidos, con minuciosos detalles, quizás en algún otro material, veo las letras rojas dibujadas sobre el brazo en L de una mujer desnuda, como cruzándose cicatrices rojas dibujadas sobre la fotografía del cuerpo desnudo, vulnerable, hallado de aquella mujer. Como un simbolismo periodístico en un tipo de reliquia. Y cuando me doy cuenta, por esa calle no cruzan mujeres, ese tipo de mujeres exóticamente líquidas, como agua detenida en forma de carne, como goteantes muslos, etc. Y esto es adrede, ya empiezo a leer entre líneas. El libro La virgen de los sicarios en extremo de siete ediciones de otros materiales. Y entonces, ya sé, intuyo algo, y recuerdo a todas esas pornografías sentimentales de mujeres de corazones desnudos, pienso entonces en las prostitutas de los nombres estigmatizados por las costumbres de otras calles. Y entonces sigo con mi memoria, leyendo entre líneas porque ninguna mujer de esa apariencia cruza por estas avenidas. Y veo el garabato oscuro de los huecos molidos de las calles, las formas de marcar el territorio con hediondos olores, licores, quizás algún desafortunado vómito, quizás alguna otra forma arruinada de los colores impregnados de polvos, hollines, meados, ladrillos desnudos dando a ventanas ilustradas de habitaciones oscuras y, de quienes pobladas, noto un tipo de belleza advertida, premeditada en las banderas peruanas mal colocadas sobre las ventanas, como una huella de la desesperanza de encontrar otro símbolo menos errante de nuestra patria. Y todas estas sustancias químicas de enladrilladas paredes, vidrios golpeados como un impacto tétrico, yo no sé. Sé que todas estas referencias significan tener cuidado, y cuidarse también porque algo puede aparecer, como un significado oculto en todas estas transacciones del dinero por libros viejos, significados quietos. Y sé, de nuevo, que nunca he visto mujeres tan atractivas por este Centro de Lima como en las revistas. Y entonces sé que sí hay mujeres atractivas; las putas, las del cariño alquilado, la de la química alquilada y maquillada de agudas prominencias, como un atuendo recortado en una daga clavada sobre los tacos altos, como un peligroso infarto cuidado y alquilado de orgasmos, sigo pensando en todo este significado quieto, viejo, descuidado, sucio y penetrado de malos cálculos construidos, como un maquillaje descuido en las viejas maderas de las ventanas con la bandera colgando, rindiéndose estos espacios a un descalculado tipo de descuido. Entonces sé que esto me advierte. ¡No deben caminar mujeres por estos espacios, peligro! Entonces sé, sin esas mujeres no hay competencia con las otras mujeres que performan su sexualidad con los extraños. Sería entonces muy malo tener competencia entre putas de revista y putas Quilca. Luego de un rato, me dan el dinero de la venta de mis comics de X-force. 45 Soles por 45 números de X-force, todo gratis.