Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar
Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.
Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!
La vorágine. José Eustasio Rivera.
La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.
Los pasos perdidos. Alejo Carpentier.

I. El pícaro, el malo y el ogro
Por Francesco Vitola Rognini
Con las últimas luces del día, los pasajeros terminaron de abordar el barco de vapor «The Nellie II». Los estibadores subieron las cajas, bultos y baúles, mientras la selva despertaba en una explosión de sonidos, devoraba con sus fauces oscuras todo rastro de la civilización occidental. En el horizonte marino desaparecía el trasatlántico que había traído a los aventureros hasta ese rincón del pacífico Colombiano, dejándolos, como en la época precolombina, expuestos a los elementos, a los salteadores de caminos y a los bichos de monte. El atardecer rojizo terminó de ser consumido por la jungla, y en un parpadeo la oscuridad fue absoluta.
Iluminados por lámparas que atraían nubes de insectos de todos los tamaños, «The Nellie II» inició lentamente su ascenso por el río. La tripulación, ocupada en sus rutinas, desfilaba por la cubierta y por los entresijos internos de la nave. Por su parte, abstraídos de lo mundano, un grupo de caballeros extranjeros y criollos ocupaba el caluroso salón principal del barco, bebiendo alcohol importado y escuchando óperas de Giacomo Puccini. Por lo menos en aquel vehículo acuático aún seguían en el siglo XX, 1905 para ser más exactos.
Mientras los caballeros de la mesa de póker barajaban sus opciones, al otro extremo del salón, un grupo de cinco individuos de expresión severa y bigotes tenaces —soldados sobrevivientes de la Guerra de los Mil Días y guardaespaldas de Cristiano de Castilla— bebían agua de panela en la barra del bar atendido por un hombrecillo con agilidad de malabarista. Sin previo aviso, como picado por un tábano, Cristiano de Castilla —criollo heredero del ingenio azucarero más grande del Valle del Cauca— saltó de su puesto y acusó de tramposo al extranjero vestido de luto. El rubio de ojos azules sentado al otro lado de la mesa guardó la compostura, le sostuvo la mirada y esbozó una sonrisa, lo que enfureció aún más al criollo. La tensión aumentó en la mesa de póker, el criollo envalentonado le espetó al extranjero:
—¿Vino a Colombia para robar? ¿No ve que aquí podemos hacerlo desaparecer y que no encontrarían ni sus huesos?
Ante la amenaza, a Mario Girotti se le iluminaron los ojos azules y se le amplió la sonrisa, dejando ver un juego de dientes blancos como perlas, algo raro en aquellos tiempos. Su respuesta, en un español con marcado acento alemán e italiano, dejó al criollo boquiabierto:
—No vengo a robar a nadie, soy un hombre honorable. Retire esas palabras y vuelva a sentarse. Compórtese como el hombre educado y pudiente que dice ser.
Los otros tres jugadores de póker se levantaron de la mesa y retrocedieron todo lo que el espacio del salón les permitió. Los guardaespaldas reaccionaron, despejando la barra y rodeando cautelosamente al extranjero. En la barra desalojada destacó algo que hasta entonces había pasado desapercibido, un plato con sopa a medio terminar, aun con la cuchara sumergida.
El extranjero de ojos azules se colocó de pie sin darle demasiado importancia al entorno, pateó la silla con el tacón de su bota e introdujo sus manos en los bolsillos de sus pantalones. El movimiento hizo que su saco retrocediera unos centímetros, exponiendo una pistola Mauser y una serie de puñales arrojadizos alineados en el costillar, sobre su chaleco. Cristiano de Castilla palideció, los guardaespaldas retrocedieron; alguien tropezó con la gramola, haciendo que la ópera de Puccini enmudeciera. En medio de aquel silencio podía escucharse el latido desbocado de aquellos corazones acostumbrados a las reyertas sangrientas, pero que nunca habían visto una reluciente pistola automática. No podían ocultar la admiración ante la opulencia tecnológica del extranjero, ni qué decir de su serenidad en medio de aquella situación desventajosa. A ojos de los guardaespaldas eso significaba que el individuo en cuestión debía ser mucho más rico —y mejor patrón— que su altivo jefe. Estaban en esos trapecismos mentales cuando una canción entonada con una voz operática, comenzó a escucharse en el retrete:
—«Estaba el señor Don Gato, sentadito en su tejado, maramiau miau miau miau, cuando recibió una carta, que si quería ser casado, maramiau miau miau miau… —los recios hombres bigotudos, ahora desarmados por aquella canción de cuna, no pudieron desviar la mirada de la puerta diminuta con la que alguien forcejeaba— …con una gatita blanca, hija de un gato negro, maramiau miau miau miau… —mientras los malencarados de carácter volátil permanecían desconcertados por aquella voz áspera que cantaba una melodía dulce y melancólica, Mario Girotti, el extranjero de los ojos azules, cambió de postura para contemplar el espectáculo que iba a desencadenarse— …al recibir la noticia, se ha caído del tejado, maramiau miau miau miau… —la puerta por fin cedió al forcejeo del barbudo corpulento, que la desprendió de sus goznes. Luego de apoyarla contra la pared, el descomunal napolitano miró a los congregados— …se ha roto siete costillas, el espinazo y el rabo, maramiau miau miau miau, ya lo llevan a enterrar, por la calle del pescado, maramiau miau miau miau… —restándole importancia a la situación tensa, se dirigió a la barra. Los exmilitares le siguieron con la mirada, sorprendidos de aquella contradicción ambulante— …el olor a sardinas lo ha resucitado, “con razón” dice la gente, “el gato tiene siete vidas”, maramiau miau miau miau».
El barbudo —de nombre Carlo Pedersoli— ocupó la butaca frente al plato de sopa fría. Atravesado en su espalda llevaba un rifle Winchester plateado que no pasó desapercibido a los guardaespaldas, el arma era un lujo ostentoso en esos parajes, un símbolo de la modernidad que domó el salvaje oeste norteamericano. El primer instinto de los bravucones profesionales fue hacerse cargo del gigante armado, para luego poder ajusticiar al altanero rubio de ojos azules.
Carlo se dirigió al cantinero usando un español rústico, con visos de napolitano:
—Eh, tú, dame otro plato sancocho. Este se enfrió.
Se removió el reluciente rifle y lo dejó en la barra, frente al plato de sopa humeante que le habían servido. Se saboreó, tomó la cuchara, la introdujo en el plato rebosante del nutritivo caldo, pero cuando iba de camino a su boca alguien osó a posar la mano en su hombro. A Carlo se le borró la expresión de jovialidad, sostuvo la cuchara en el aire viendo cómo el líquido se derramaba por culpa del inoportuno que lo zarandeaba. Hizo una mueca de fastidio, dejó la cuchara sobre la barra, intercambió una mirada con el nervioso cantinero, se levantó del asiento lentamente y encaró a los desabridos bigotones. Los matones lo superaban en número, y aún así, la expresión de Pedersoli era de total indiferencia.
Mientras eso ocurría en la barra, el pícaro de ojos azules había desviado su mirada del espectáculo y ahora la tenía clavada en Cristiano de Castilla. El criollo que había desatado el embrollo, acostumbrado a comportarse con prepotencia, reaccionó a la silenciosa insolencia del extranjero con una frase que sentenciaría el destino de sus hombres:
—¡Tramposos inmigrantes, este país será su tumba!
Mario sonrió, abrió la boca para decir algo, pero en cambio giró en dirección de los matones que lanzaban trompadas contra el gigante napolitano, que las absorbía con la inmutabilidad de un buey atacado por moscas. En la sopa sobre la barra se dibujaron ondas, algo del aromático sancocho se derramó, la cuchara se deslizó desde la barra y resonó contra el tableado. Aquello desbordó la paciencia de Pedersoli y comenzó repartir sonoras cachetadas. A los tres más flacos los mandó a volar, rebotaron contra las paredes antes de quedar descuadernados en el suelo. El segundo al mando, un tipo corpulento con un bigote negro puntiagudo, recibió una trompada en la nariz que lo hizo retroceder hasta dar un tumbo sobre la mesa de póker; cayó inconsciente en medio del pícaro y el criollo. El líder del grupo, un tipo fornido y alto, poseedor de una brocha gris bajo su nariz, resistió bien la primera cachetada, pero lo desarmó el golpe con el puño cerrado, a modo de maza, sobre la cabeza. El cráneo sonó como un coco seco, cayó desplomado en una silla, escupió dos muelas y quedó turulato.
El criollo prepotente tuvo que sentarse, sus mejores hombres estaban siendo humillados como si fueran unos principiantes.
Mario Girotti, aún en posición relajada y sosteniendo la sonrisa pícara, se dirigió a Cristiano de Castilla:
—Acusarme de tramposo y amenazarme de muerte es grave, pero molestar a mi amigo cuando come es imperdonable. Ahora, lo que de verdad me intriga es saber si usted piensa hacer algo, o si se va a quedar allí sentado esperando que sus matones hagan el trabajo sucio — señalando con el pulgar a los aporreados bigotones— porque ellos parecen estar bastante ocupados. Esto tendremos que resolverlo nosotros dos, sin guardaespaldas.
El criollo, lleno de orgullo, pero aún con las rodillas temblorosas, se colocó de pie para enfrentar a Girotti. Aquel gesto despertó la curiosidad del barbudo, que con ironía se dirigió a los bravucones recién machacados:
—Muchachos, tomemos un respiro, veamos cómo los caballeros resuelven sus diferencias —desarmados por esas palabras, los guardaespaldas prefirieron seguir postrados; unos minutos de descanso sonaban a gloria.
El corpulento barbudo regresó a la barra para resumir su alimentación, pero como la sopa se había enfriado, exigió más. En cuanto el tipejo detrás de la barra regresó con un nuevo plato humeante sancocho —y con una cuchara limpia—, Carlo Pedersoli atacó con voracidad. Por cada cucharada que Carlo engullía, Mario Girotti le daba una feroz cachetada a Cristiano de Castilla, y si el criollo se cubría una mejilla, el pícaro le pegaba en la otra. A los pocos minutos de esta rutina, el traumatizado criollo volvió a sentarse, sosteniendo su rostro enrojecido con ambas manos.
A esas alturas, el gigante barbudo había engullido el plato de sopa y hacía señas al cantinero para que le trajera otro. El ojiazúl elegantemente vestido de luto, fue hasta la barra pasando por encima de los cuerpos despatarrados, tomó asiento junto al fortachón y reclamó también su plato de sancocho.
—Nos sigues metiendo en problemas, sin importar a dónde vayamos— dijo en napolitano en su idioma, mirando el reflejo del Girotti en el espejo del bar.
—Gordo, tú sabes que me preocupo por tu salud, desde hace una semana no hacías ejercicio, así que hoy vi la oportunidad— respondió Mario Girotti, con los ojos puestos en el plato de sopa humeante que venía en su dirección.
—Más te vale que este viaje valga la pena, llevamos seis meses en este continente y ya perdí la cuenta de en cuántos líos nos has metido; no te voy a decir que me aburro con estas aventuras, pero preferiría estar en el mediterráneo, comienzo a sentirme desnutrido— dijo el Pedersoli mientras arrasaba con otro plato de sopa.
Cuando terminaron de comer se giraron sobre las butacas para apreciar el trabajo de limpieza de la tripulación del barco. Carlo se acodó en la barra con la panza queriendo reventarle los botones de la camisa, barrió con la mirada el salón, poco a poco los matones volvían en sí. Antes de ponerse en pie para rematar a los bigotones, volteó a mirar a su compañero de aventuras, expectante de un respuesta ingeniosa.
——Es 1905 y estamos en Sudamérica. Si contásemos esto en Roma, nadie lo creería. Es inconcebible, aún me cuesta creer lo afortunados que somos al poder vivir esta experiencia— fue la respuesta de Girotti.
Por fin, los matones volvieron a ponerse en pie. Aún medio desorientados recibieron unas caricias del napolitano: al del bigote negro puntiagudo, volvió a hundirle la nariz, enviándolo de vuelta por encima de la mesa de póker; a los otros tres segundones: cachetada en la oreja, cachetada en la mejilla, cachetada en el cuello, los tres volaron cómicamente en direcciones distintas; por último, el más recio de todos, el del bigotón gris, cachetada doble a la altura de las orejas y golpe en el craneo con el puño cerrado, a modo de maza. El hombre hizo un bailecito, volvió a desplomarse en el asiento y escupió dos muelas más. Quedó alelado, con una sonrisa petrificada que exhibía su dentadura chueca.
Al amanecer del siguiente día, cuando los hermanos descendieron en el puerto de una población marginal, los bigotudos maltrechos los contemplaron con resentimiento desde la cubierta del vapor «The Nellie II». Nadie dijo nada, ni siquiera Cristiano de Castilla, que con sus cachetes enrojecidos se limitó a ver cómo el fortachón bajaba por sí solo un par de baúles.
—¡Hasta la próxima, amigos. Pórtense bien!— dijo Mario Girotti, antes de dirigirse a la mercería para comprar lo necesario para la aventura por tierra.
Carlo Pedersoli lo siguió de cerca, arrastrando los dos baúles por la mitad del lodazal que hacía las veces de avenida.
Trackbacks / Pingbacks