El ladrido del fin del mundo, por Thomas Bernhard

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El ladrido de los perros

‹‹Podría decir que está en lo alto››, dijo el pintor, ‹‹que está en lo bajo, alternativamente muy arriba y muy abajo, por todos lados; escuche, se golpea la cabeza contra la capa de nieve, se rompe ininterrumpidamente contra el hierro espantoso del aire, contra el hielo del aire, tiene usted que saber, allí se rompe, y hay que respirarlo, respirarlo por los conductos auditivos, hasta que se vuelve uno loco, hasta que lo desgarra y lo despedaza a uno, hasta que las orejas nos matan cerebro y bocaza, bocaza y cerebro, tiene usted que saber, nos los matan con la ingenuidad sin límites del deseo de destrucción. Escuche, quédese quieto y escuche: ¡esos ladridos! No se puede suprimirlos, sólo se puede rechazarlos, rechazarlos se puede, se puede actuar con el cerebro contra los ladridos, contra los gañidos, contra esos horribles aullidos, se puede derribarlos, pero vuelven a levantarse tanto más espantosos, aplastan la carne, el alma y la carne aplastan, se han instalado como gusanos, en los espacios, tiene usted que saber, se han instalado por todas partes, en la grasa inimaginable de la Historia, del universo, en las mazas de los diluvios infusibles…. Resulta insensato››, dijo el pintor, ‹‹esconderse en los ladridos de los perros, porque de todas formas lo descubren a uno, y entonces le destrozan a uno hasta el miedo a dentelladas… Sí, tengo miedo, el miedo es lo que tengo, por todas partes oigo: el miedo y otra vez el miedo, y oigo el miedo, y ese fantasmal trauma del miedo bastará para desbaratarme, para volverme loco, no sólo mi enfermedad, comprende, no, no, no la enfermedad sola, la enfermedad y ese trama del miedo… ¡Escuche!… Cómo los ladridos se ordenan, cómo se hacen sitio, escuche, son los restallidos de látigo de los perros, la agilidad máxima de los perros, la desesperación máxima de los perros, una falta de libertad infernal que se venga, que tiene que vengarse de sus desconsolados inventores, que tiene que vengarse de mí, de usted, sí, también de usted, de todos los fenómenos sin límites, de todos los fenómenos sin límites, horribles, en el fondo amputados, de las colas de los hombres, que son colas del cielo y del infierno, de las colas del infierno en lo alto y de las colas del cielo de lo bajo, de la desgracia con experiencia carcelaria de todos los portadores de tragedias… Escuche a esos portadores de tragedias, escuche: a esa chusma obstinada de las lenguas viperinas que se niegan a responder, escuche: a esa república soviética monstruosa y repugnante de la estupidez omnipotente, escuche: a esa hipocresía parlamentaria no invitada y desvergonzada… Ahí están los perros, ahí está el ladrido de los perros, ahí está la muerte, la muerte con todas sus salvajadas, la muerte con todas sus deformidades, la muerte con su hedor a criminal empedernido, la muerte, ese remedio penoso de toda desesperación, la muerte, el portador de bacilos del infinito monstruoso, la muerte de la Historia, la muerte de la falta de recursos, la muerte, escuche, que yo no quiero, que nadie quiere, que nadie quiere ya, ahí está, la muerte, ese ladrido de los perros, escuche, el ahogamiento rebelde de la razón, la recusación de testimonio de todas las suposiciones, escuche, ese golpear demencial de todas las partes blandas de la memoria contra el pavimento de hormigón del grande y sublime desvarío humano… Escuche mis opiniones sobre el ladrido de los perros, escúchelas… Intento investigar en él el pensamiento del tiempo del infierno, la perturbación de los espacios, del cámbrico, del silúrico, del carbonífero, del pérmico y tiránico, jurásico, de los monstruosos terciario y cuaternario, con la monstruosa y absurda negación de los grandes aluviones que siguen surgiendo de la profundidad… Escuche, voy hacia ese ladrido, penetro en él y le rompo los dientes, lo domino con mi irracionalidad cargada de tormentas, desbarato su proceso mental, sus actividades de propaganda mentirosa… Escuche, quédese quieto y escuche la baba sudorosa y estúpida de las lenguas de los perros, vamos, escuche los perros, escuche, escuche… ››. 

Estábamos en el lugar desde el que se puede ver el fondo del barranco. ‹‹Los lobos››, dijo el pintor. ‹‹Desde aquí puede ver uno verticalmente la ciencia de todos los lobos››. El pintor estaba totalmente agotado. Yo escuché a los perros. Escuché sus gañidos y ladridos. Yo también estaba agotado. El exabrupto del pintor me había abatido, tenía el cuerpo abatido como por una caída de piedras; ‹‹lo encontré ahí aplastado en la carretera, delante de mí, debajo de mí››, había dicho el pintor. Clasifique en seguida ‹‹el esputo›› del pintor. Estoy sorprendido, sólo tuve que apretar el botón de mi máquina de escuchar, y el esputo cayó sobre mí. Pero estoy agotado. Estoy completamente agotado. ‹‹Escuche››, dijo el pintor, ‹‹ese es el ladrido del fin del mundo. Es claramente el fin del mundo en persona, ese ladrido. Con qué rigor avanza hacia los rostros humanos, hacia los rostros humanos, hacia los rostros del pensamiento, hacia los rostros de la razón, sólo contra la ridiculez››. Dijo: ‹‹Tengo miedo. Venga. Vamos. Vamos al mesón. No puedo seguir oyendo los ladridos››. Nunca habían ladrado los perros tan ininterrumpidamente durante todo el día y ya durante toda la noche anterior. ‹‹Después de todo, qué podrían anunciar esos aullidos››, dijo el pintor, ‹‹cuando lo sabemos ya todo, lo conocemos ya todo, a no ser el auténtico fin del mundo››. Deslizó la expresión fin del mundo como algo precioso e impagable sobre el ‹‹miembro de su lengua››, deslizó la expresión fin del mundo a lo largo del ‹‹miembro de su lengua›› como ‹‹un delito del placer único››. Luego nos quedamos silenciosos. En la cañada dijo: ‹‹¡Infame! No ve lo que hay escrito allí arriba, muy arriba, en lo que aduladoramente llamamos la madre de los firmamentos; ahí está: ¡Infame!››.

Antes de retirarse a su habitación, ‹‹no para dormir, sólo para, con todo el silencio del horror, desahogarme llorando para mí, llorando dentro de mí››, según dijo, opinó: ‹‹Cómo, después de todo, todo se ha desmoronado, cómo, después de todo, todo se ha deshecho, cómo, después de todo, se han deshecho todos los puntos de apoyo, cómo toda firmeza ha desaparecido, cómo no queda ya nada, cómo, después de todo, no queda absolutamente nada, ya ve, cómo de las religiones y de las irreligiones y de las prolongadas ridiculeces de todas las concepciones de Dios no ha resultado nada, absolutamente nada, vea usted, cómo la fe y la falta de fe no existen ya, cómo la ciencia, la ciencia actual, cómo la piedra de escándalo, el tribunal milenario ha echado a la calle y acompañado a la puerta y dispersado en el aire todo, cómo todo es es ahora aire… Escuche: todo no es más que aire, todos los conceptos son aire, todos los puntos de apoyo son aire, todo no es más que aire… ››. Y dijo: ‹‹Aire congelado, todo no es más que aire congelado…››.

Fragmento de Helada
Título original: Frost
1964, Thomas Bernhard
Traducción: Miguel Sáenz

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