Una pildorita opiómana de Jean Cocteau
Jean Cocteau, cuando estuvo interno para rehabilitarse del consumo desaforado de opio, escribió y dibujó. A continuación, uno de los pensamiento que lo asaltaron durante su dolorosa abstinencia en la clínica:
La madre que dice: «mi hijo sólo se casará con una rubia» no se imagina que su frase corresponde a los perores enredos sexuales. Travestismo, mezcla de sexos, animales torturados, cadenas, insultos.
Tomado de Opium, p. 95. Traducido por Ignacio Vidal-Folch. Ed Planeta
El amor de Bertrand Russell
Fue Bertrand Russel quien dijo que el amor es sabio y el odio es una tontería. En estos tiempos impera la creencia de que ambos sentimientos son tontos y que hay que dedicarse a la posmodernidad entendida como el encamarse con cualquiera, o, en su defecto, que el amor se remite a viajes costosos, flores de países lejanos y regalos de San Valentín. El afecto murió, al igual que Russell y su amor. Les presentamos una entrevista que le hicieron a este pensador y matemático inglés en donde, además de hablar del amor, se refiere a los pocos recuerdos que tuvo de su padre, al olvido en el que quedó su madre y su tensionante relación con New York:
Un encuentro con el artífice de la sexoficción (Primera entrega)
Hernán Hoyos escribió, desde fines de los cincuenta, más de cuarenta novelas. Hoy día las autoreedita y él mismo sale a dejar ejemplares en consignacion en distintas librerías y quioscos del centro de Cali (Colombia).
- Hernán Hoyos en la plaza San Francisco de Cali
Es una ametralladora de tus depresiones
Luis Aeropajita
Un remordimiento despierta a Hernán Hoyos en sus noches y, antes de volver a dormir, se traza el propósito de soñar un encuentro con su amigo, “El gordo” Lucio Ramos, uno de los protagonistas del libro Memorias fisiológicas: cierra los ojos y los dos hablan. Ese episodio no es algo real; Hoyos descree de cualquier mundo que trascienda lo físico y de que haya alguna manera de conjurar los espíritus o llamarlos, es más, piensa que ni siquiera existen: morimos y volvemos a ser carne de la tierra.
Su remordimiento nació desde que se topó a Ramos en el puente España, en el centro de Cali; Hernán paseaba con sus hijos, aún niños por aquél entonces. Se cruzaron y Hoyos pasó de largo y sólo volteó la mirada cuando Ramos le dijo:
-Hernán, me has hecho mucho daño.
Hoyos creyó que se refería al vino que le había aconsejado comprar un par de meses antes, a sabiendas de que Luciano padecía de una úlcera gástrica. Tiempo después entendió que el daño aludido por “El gordo” era la ingratitud injustificada.
-En qué te he hecho daño, amigo mío- me exclama Hernán, tratando de revivir ese último encuentro en el puente España, buscando un instante de reinvindicación donde pueda encontrarse con ese gordo que falleció poco tiempo después.
Otro gran amigo muerto de Hernán fue Maxwell, su traductor al inglés. Hoyos se marchó con él a Wisconssin y allí pudo evidenciar la afición por la cerveza del norteamericano :
-Él vivía con su mujer. Fuimos a traducir mis libros y la revista Knight publicó tres cuentos míos. Él era un traductor impresionantemente riguroso. El editor de la revista mandó los tres cheques pero yo estaba muy aburrido en ese país y como aquí llevaba una vida de parranda y de risas, entonces me vine para acá. Maxwell se bebió en cerveza los 300 dólares. En esa época, un dólar servía para un almuerzo… yo fui a varios supermercados con Maxwell y un almuerzo decente valía un dólar. Entonces se bebió los 300 dólares pero me los fue pagando, eso sí. Y después era incapaz de trabajar; como traductor era un verraco pero era incapaz de trabajar entonces lo mantenía la mujer. Era un soñador, inventaba negocios que después no podía realizar pero para traducir era extraordinario.
El velódromo que tapó la caca de ángel (sobre el mundial de ciclismo de pista Cali 2014)
- Los ciclistas pasan como el amor y uno sospecha si no son más que fantasmas
- El nacionalismo sólo tuvo un momento culminante.
- Es mejor retirarse de la carrera a seguir perdiendo tiempo
- La mirada del gordo
- El representante de México recobra la sensatez y decide bajarse de la bicicleta
Caca de ángel: me la figuré flotando en el inodoro que semejaba el trono donde se abroquela un duende o un ángel. Los ángeles pueden no ser tan pequeños como los duendes: los hay de dos metros de altura o más y de setenta centímetros o menos, todo depende de cómo sean enviados y con qué finalidad. El que se sentaría en esa taza tendría la estatura colombiana promedio, de un varón más exactamente, y lo haría ante la urgencia de sus rugidos estomacales. Los esfínteres caprichosos son el recuerdo que les hacen a los ángeles de su fatalidad terrenal. Gracias a eso conocen casi todos los baños públicos de las ciudades que sufren.
El ángel que me figuro allí sentado me permite poder acceder a ese pequeño inodoro y utilizarlo con incomodidad pero sin empacho ni tristeza. Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, tú no me desamparas ni de noche ni de día. Ni siquiera me hace sentir mal la temperatura que bordea los treinta grados, tan habitual en Cali y, mientras estoy sentado, sintiendo la humedad de la taza, pienso en que pronto me reconfortaré, cuando ingrese al velódromo Alcídes Nieto a ver el mundial de ciclismo de pista.
No es que haya sido un asiduo a este espectáculo deportivo pero es el consuelo de no poder ver a esos ciclistas que ascienden montañas y emprenden trayectos de casi doscientos kilómetros diarios por la carretera de un país. Sin embargo, espero encontrar alguna porosidad, algún atisbo de debilidad y de caída, algo que se escape a esa lógica milimétrica que acompaña a los practicantes del ciclismo de pista, a quienes suele no conocérseles los rostros porque siempre llevan unas lentes que les tapan la mitad de la cara y unos cascos que los hacen parecer alienígenas mecánicos, sin tragedias ni desarraigos.
En medio de ese desierto de inhabitado de desdichas me encontré hace unas semanas la historia de Graeme Obree, un ciclista escocés del que se hizo una película (The flying Scotsman). Rompió el récord mundial de la hora en dos oportunidades (1993 y 1995), sufrió de depresión clínica, se intentó matar en dos ocasiones y en 2011 confesó públicamente ser homosexual.
Ya fuera del baño público espero atisbar alguna nueva versión de Obree, alguien que hiciera olvidar tantos senos operados, el aroma de aceite de coco que impregna al mediocre servicio de transporte público de la ciudad y, en definitiva, a tanto sexo que aparece en Cali y que lo van convirtiendo a uno en un ángel en Gomorra. Acá tampoco hay lugar para los ángeles ni para los humanos angelicados, parece que sólo en el alto Perú podrá olvidarse todo esto.
El velódromo es una figura ovoide con dos peraltes empinados en cada punta y su piso es de madera. Los ciclistas corren, en promedio, a unos sesenta kilómetros por hora. Las aceleraciones varían de acuerdo a la modalidad de la competencia. Cuando llegué, daban vueltas en repetidas ocasiones y la gente aplaudía cuando el animador decía que había un colombiano compitiendo, aunque este no disputara ninguna de las medallas.
El objetivo de los psiquiatras (Sándor Márai)
Sándor Márai, en «Divorcio en Buda», escribe los pensamientos y las historias de un juez de divorcios y de un médico que está en el proceso legal de separación. Este hombre, el futuro divorciado, en un momento dado refiere la belle époque sentimental y emocional que vivió cuando comenzó su matrimonio y cuenta cuál fue su éxito con una de sus pacientes. Márai, emparentado con el dolor húngaro, aumentado con el dramatismo de su suicidio en 1989, no es muy leído desde la amargura del humor que da toda decepción. Acá les presentamos el extracto donde, una vez más, los psiquiatras o el ejercicio de la medicina para la mente, queda al desnudo:
… por la tarde trato a una señora riquísima pero histérica mediante hipnosis, sin esperanza alguna en el tratamiento, mas con tal fe y determinación que ella se siente mucho mejor en sólo unos meses, consigue incluso dejar la morfina y tardará algunos años en tirarse por la ventana.
En «Divorcio en Buda». P. 148, Ediciones Salamandra. Traducido por Judit Xantus Szarvas
La tabla periódica de Douglas Coupland
#27: Amanecer # 28: Asterioide #45: Bv: Biodiversidad #46: Coca-Cola # 77: Js Joystick #Nc: Neocórtex
#2 Infierno #10 Extracto de entrevista #18 Ml Metal #36 Tb Terraplenado con basuras #54: V: LSD #86: Va: Vampiro
#64 Br: Brujo #65: Cy Concurso televisivo # 96: Ab: Altibajos #97: Hh Huso Horario
Tomado de Planeta Champú. Trad. Mariano Antolín Rato.
Duelo entre dos William: Burroughs dispara a Shakespeare
De William Burroughs como tirador, Hunter S. Thompson escribió: «Él disparó como escribió – con extrema precisión y sin miedo.» (Leer más: William Burroughs por Hunter Thompson) Pero le faltó decir que, igual que como escribía, tiraba a matar. Uno de los aspectos más interesantes de la escritura de Burroughs es cómo, haciendo uso de varios métodos de experimentación (cut-up / fold-in), propendía por la aniquilación del mismo lenguaje, virus extraterrestre de otro espacio, para extraer en la humareda, un mensaje inequívoco de la condición humana. Un hombre invisible (como él mismo se consideraba) podía tal vez acechar otros umbrales que dieran cuenta de una lógica en que el hombre dejaría de ser engañado por el bestiario de monstruos que lo controlan, manipulan y raptan desde antes de nacido.
William Burroughs se bate en un duelo a muerte contra William Shakespeare. Ya desvirtuado en su anterior performance de William Tell, que le costó la vida a su esposa, ahora se las ve con el mayor emblema del idioma inglés. No tiene miedo, pero la vejez le hace temblar, no solo una sino varias veces, antes de acertar el gatillo y propinar los tiros definitivos: muerte a Shakespeare, muerte a su imagen, muerte a su virus.
Los cuernos marcianos de un escritor
Luke es un escritor de Ciencia Ficción que atraviesa un momento de sequedad creativa. Como recurso para paliar su situación, le pidió a un amigo y colega que le prestara, por algunos días, su casa de campo, a ver si en ese escenario por fin llegaría a escribir algo. Luke también es un divorciado al que su esposa solía decirle que fuera a un psiquiatra y, para colmo de males, cree estar enamorado de una mujer que le ha dejado tres cartas para que él las lea durante su corto retiro y así no se sienta solo. Esta pequeña historia forma parte de Marciano, vete a casa, una novela de Fredric Brown en la que seres provenientes de Marte invaden a la Tierra. Les presentamos un extracto del primer encuentro que Luke (a quien el marciano llama Mack, como todos los de su planeta llaman a todos los humanos varones del nuestro) tiene con uno de esos alienígenas verdes, diminutos, cabezones y calvos:
-Espabílate, Mack. Tengo noticias para ti, directas de Hollywood. Esa chica tuya estaba en casa y te echaba mucho de menos.
-¿Eh? Ya te he dicho que me quería, ¿no? Maldita verruga ver…
-Te echaba tanto de menos que ha llamado a alguien para que la consuele. Un tipo alto y rubio. Ella le llama Harry.
Aquello despejó a Luke por un instante. Rosalind tenía un amigo llamado Harry, pero era una amistad pltónica; eran amigos porque trabajaban juntos en el mismo departamento de la Paramount.
– ¿Harry Sunderman?- pregunt+o- ¿Delgado, bien vestido, con una chaqueta deportiva…?
– No, ese Harry no el que yo digo, Mack. No sé si suele llevar una chaqueta deportiva. El Harry de que hablo no llevaba más que un reloj de pulsera.
Traducido por Francisco Blanco, en ediciones Orbis S.A, P. 23
El cuarto retorno de Batman: PRIMICIA EXCLUSIVA
Con la actuación estelar de:
José José: Robin
Felipe Pirela: Batman
Carlos Lico: El guasón
Y la aparición estelar de:
Juan Gabriel como el Pingüino.
Alejandra Guzmán: Gatúbela.
Y el maestro Álvaro Carillo como El capitán acertijo.
Ciudad de México- Gotham. Año 2040.
Temperatura: Medianamente homosexual.
El dormilón hace su historia del siglo XX
En «El dormilón», la película de Woody Allen escenificada en 2173, Monroe, su protagonista, ilustra parte del siglo XX (hasta el momento en que apareció la película, en 1973). Con su exposición se ponen en evidencia las incontables opciones que existen para construir el pasado, conduciéndonos a la inquietante posibilidad de que todos los libros, tratados y relatos que buscan hablarnos de tiempos pretéritos son ucronías; quizá hasta nuestros propios recuerdos las sean, de manera que habitamos un mundo en donde la veracidad de nuestros días es una escuálida presunción. También nos genera, desde este dos de diciembre de 2013 (cumpleaños de Allen), la desazón de que por más que hayan ocurrido muchas cosas, no han sido tantas como lo presumimos cuando nos hablan del mundo en 1973:
































