El Evangelio que nadie aplica

Sobre el cristianismo de bandera y la derecha que lo usa como escudo.


Hermes Malemort y Stubbe Peeter soltaron un agente de investigación sobre los documentos que el poder prefiere mantener enterrados —registros judiciales, expedientes, una década de declaraciones públicas confrontadas con ellas mismas— y de esa excavación construyeron investigaciones verificadas sobre corrupción política en Colombia, las contradicciones teológicas de la derecha dura, y los versículos del Evangelio que sus candidatos han eliminado en silencio de sus Biblias. Este texto se publicó originalmente en Versipellis.


Hay una escena en el Evangelio de Juan que ningún político de derecha cita en campaña. Es el capítulo trece, versículos uno al diecisiete. Jesús está en la Última Cena, pocas horas antes de su arresto. Se levanta de la mesa, toma una toalla, llena una palangana con agua y empieza a lavarles los pies a sus discípulos. En el mundo social de la Palestina del siglo primero, lavar pies era trabajo de esclavos. Ninguna persona de posición lo hacía voluntariamente. Cuando termina, explica lo que acaba de ocurrir: “Si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros.” El modelo de autoridad dentro de la comunidad es el servicio. No la fuerza. No el puño de hierro. El servicio.

Ese texto está en el mismo libro que los candidatos sostienen frente a los fotógrafos cuando se declaran cristianos. Y sin embargo, en tres continentes, los movimientos políticos que más agresivamente agitan la bandera cristiana han construido plataformas que invierten, punto por punto, cada mandamiento de convivencia que contienen los cuatro Evangelios.

Esto no es accidental. Es una elección. El material evangélico sobre el amor al prójimo y la vida comunitaria no es escaso ni ambiguo. Es extenso, específico y, en varios pasajes, incómodo hasta el escándalo.

Lucas es el más explícito. Su parábola del Buen Samaritano —capítulo diez, versículos veinticinco al treinta y siete— responde una pregunta que un maestro de la ley formula buscando una salida: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús responde con una historia en la que el héroe moral es un samaritano, miembro de un pueblo despreciado por el establishment religioso judío de la época. Dos figuras religiosas —un sacerdote y un levita— ven al hombre herido en el camino y pasan de largo. El samaritano, el extranjero, el que no comparte ni fe ni etnia con la víctima, se detiene, le cura las heridas, lo lleva a una posada y paga la cuenta. Jesús le devuelve entonces la pregunta al abogado: “¿Cuál de estos tres crees que fue el prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?” El prójimo no es una categoría de persona. Es una cualidad de acción. La palabra es un verbo disfrazado de sustantivo.

En el mismo Evangelio, el capítulo dieciséis nos da a Lázaro —uno de los pocos personajes de las parábolas de Jesús que tiene nombre, detalle que los biblistas han identificado desde hace tiempo como una marca de significado. Lázaro yace cubierto de llagas a la puerta de un hombre rico que festeja adentro. Ambos mueren. El rico va al infierno. Lázaro va al seno de Abraham. No hay una sola línea en la parábola sobre las creencias teológicas de ninguno de los dos, sus afiliaciones políticas o sus posiciones sobre temas sociales controvertidos. El criterio de su destino eterno es uno solo: lo que el hombre rico hizo —o no hizo— con el hombre que estaba a su puerta.

El capítulo quince nos da al Hijo Pródigo, que la tradición ha leído casi exclusivamente como una historia de perdón individual, perdiendo lo que su estructura también contiene: una escena de restauración comunitaria incondicional. El padre corre hacia el hijo que regresa, lo viste y lo reintegra antes de que se exija ningún ajuste de cuentas. El hijo mayor que objeta representa la tentación de medir el amor en términos de mérito. La fiesta no es para quienes la merecen. Es para quienes vuelven.

El capítulo diecinueve nos da a Zaqueo, el jefe de los recaudadores de impuestos de Jericó. En la economía moral de su época, los recaudadores eran colaboradores del sistema imperial romano, excomulgados socialmente de la comunidad religiosa. Jesús no le pide a Zaqueo que se convierta antes de cenar con él. Primero va a su casa. La transformación —Zaqueo devuelve voluntariamente cuatro veces lo que ha extorsionado y da la mitad de sus bienes a los pobres— llega después del encuentro incondicional, no como condición de él. La secuencia importa más que el resultado.

Las Bienaventuranzas de Lucas, en el capítulo seis, son más crudas que la versión de Mateo. Mateo escribe: “Bienaventurados los pobres de espíritu.” Lucas escribe, sin matiz: “Bienaventurados los pobres.” Y añade las maldiciones —una condena explícita sobre los ricos, los bien alimentados, los que ríen. Esto no es una espiritualización de la pobreza. Es una declaración sobre el orden existente y el que vendrá a reemplazarlo.

Mateo nos da el Sermón del Monte, capítulos cinco al siete, el texto fundacional de la ética social cristiana. Contiene la Regla de Oro —“Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes”— y el mandamiento más exigente de toda la literatura religiosa occidental: “Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen.” No pide tolerancia. No pide coexistencia pacífica. Pide amor activo —lo que el texto griego llama ágape— dirigido a quienes te hacen daño. Y quizás el versículo políticamente más incómodo de todo Mateo está en el capítulo cinco, versículos veintitrés y veinticuatro: “Si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda.” La relación rota con el otro interrumpe la validez del culto religioso. La liturgia no puede sustituir a la ética.

Luego está Mateo veinticinco. El juicio final. El criterio no es la ortodoxia doctrinal, la identidad nacional ni la afiliación política. Es una lista concreta de actos: dar de comer al hambriento, dar agua al sediento, vestir al desnudo, acoger al extranjero, cuidar al enfermo, visitar al preso. Y la frase que hace insoportable este pasaje para cualquier programa político que ignore a los vulnerables: “En verdad les digo que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más pequeños, por mí lo hicieron.”

Marcos, el más breve y urgente de los cuatro Evangelios, tiene su momento decisivo en el capítulo doce. Un escriba —miembro de la clase religiosa letrada, habitualmente antagonista en los relatos evangélicos— responde al resumen de Jesús de los dos grandes mandamientos reconociendo que amar a Dios y amar al prójimo “vale más que todos los holocaustos y sacrificios.” Jesús responde: “No estás lejos del reino de Dios.” El elogio va para quien comprende que la ética relacional supera al ritual. El Templo y sus ofrendas son secundarios frente al trato con el otro.

Juan, el más teológico de los cuatro, sostiene que el amor dentro de la comunidad es la señal por la que el mundo la reconoce. Capítulo trece, versículos treinta y cuatro y treinta y cinco: “Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, así también deben amarse los unos a los otros. En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros.” No por sus banderas. No por su posición sobre el aborto. No por su definición de familia. Por el amor que practican. Y en el capítulo diecisiete, la oración de Jesús antes de la Pasión pide explícitamente la unidad de la comunidad como signo más elocuente de su misión. Una comunidad fracturada no es meramente un problema organizativo. Es un fracaso testimonial.

Todos estos textos existen. Están en la misma Biblia que los políticos sostienen frente a las cámaras cuando se declaran cristianos.

Colombia: la conversión y el expediente

Abelardo de la Espriella declaró su ateísmo con precisión filosófica en una entrevista televisada en septiembre de 2020. Cuando la periodista Patricia Pardo le preguntó si negaba literalmente la existencia de Dios, respondió —en cámara, en su propio canal de YouTube— “Nada. No creo en nada que la razón no pueda explicar.”

Tres años después, con su candidatura presidencial en construcción y el voto evangélico disponible como bloque, de la Espriella recitaba el Padrenuestro en latín en actos de campaña y se llamaba a sí mismo el Ciro de Colombia —referencia al rey persa que liberó al pueblo judío del cautiverio babilónico. Su conversión puede ser genuina. Lo difícil de conciliar con los textos que ahora dice seguir es que el programa del nuevo cristiano contempla megacárceles, la terminación de todas las negociaciones de paz en curso y el cierre de la Jurisdicción Especial para la Paz —el tribunal de justicia transicional creado para procesar los crímenes del conflicto armado colombiano de cincuenta años— en un país donde nueve millones de víctimas registradas siguen esperando lo que Juan trece llama reconciliación y Lucas quince llama restauración.

El patrón no es exclusivo de de la Espriella. El uribismo —la corriente política que lo formó y lo nombra, encabezada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez— pasó veinte años construyendo su alianza con las iglesias evangélicas y el catolicismo conservador sobre un principio que ningún teólogo avalaría pero que funciona electoralmente: tratar la estructura familiar, el aborto y la ideología de género como los únicos valores cristianos que importan en la vida pública, ignorando sistemáticamente la doctrina social que la Iglesia ha desarrollado a partir de los Evangelios sobre pobreza, desigualdad y derechos de las víctimas del conflicto. El resultado es un cristianismo de trinchera —útil para movilizar votantes contra algo, nunca a favor de los más pequeños de Mateo veinticinco.

Estados Unidos: el muro y el texto

La contradicción se hizo visible en Estados Unidos con una claridad que ningún equipo de comunicaciones pudo gestionar. El 21 de enero de 2025 —primer día completo del segundo mandato de Donald Trump— la obispa episcopal Mariann Edgar Budde predicó en el Servicio Nacional de Oración en la Catedral Nacional de Washington, con Trump sentado en el primer banco. Su sermón duró quince minutos. Los últimos cuatro generaron titulares nacionales.

“En nombre de nuestro Dios, les pido que tengan misericordia de las personas de nuestro país que ahora tienen miedo”, dijo Budde directamente al presidente. “Las personas que cosechan nuestros cultivos y limpian nuestros edificios de oficinas, que trabajan en granjas avícolas y plantas de procesamiento de carne, que lavan los platos después de que comemos en restaurantes y hacen turnos nocturnos en hospitales. Puede que no sean ciudadanos ni tengan documentación, pero la gran mayoría de los inmigrantes no son criminales.” Invocó los Evangelios de forma explícita: “Nuestro Dios nos enseña que debemos ser misericordiosos con el extranjero, porque alguna vez fuimos extranjeros en esta tierra.”

Trump respondió a la mañana siguiente en Truth Social: “¡No es muy buena en su trabajo! ¡Ella y su iglesia le deben una disculpa al público!” Cuando los periodistas le preguntaron por el sermón en la Casa Blanca el mismo día, dijo: “No me pareció un buen servicio. Pueden hacerlo mucho mejor.”

El intercambio merece detenerse en él. Una obispa citó los Evangelios a un presidente que reclama la fe cristiana como pilar de su identidad. El presidente exigió una disculpa. No respondió a los textos. No refutó la teología. Evaluó el sermón como una actuación y lo encontró deficiente.

El historial legislativo del mismo período habla el lenguaje de Mateo veinticinco al revés. La administración Trump propuso recortes de casi trescientos mil millones de dólares al programa federal de asistencia alimentaria —SNAP, que alimenta a aproximadamente cuarenta y dos millones de estadounidenses— mientras deportaba migrantes con entrada legal válida a cárceles en El Salvador y perseguía la reducción de Medicaid, el seguro médico para los estadounidenses de bajos ingresos. Las Bienaventuranzas de Lucas seis ofrecen un marco claro para evaluar estas decisiones. Los ricos no están entre los descritos como bienaventurados.

Una pastora llamada Karen Hamilton se filmó leyendo en voz alta Mateo veinticinco mientras superponía titulares de noticias en la pantalla. “Tuve hambre y me dieron de comer” aparecía sobre los recortes al SNAP. “Fui forastero y me hospedaron” aparecía sobre los vuelos de deportación. “Estuve enfermo y me atendieron” aparecía sobre las propuestas de Medicaid. El video fue visto millones de veces. No requería ningún argumento, solo yuxtaposición. El texto hacía el trabajo.

La parábola de Lázaro en Lucas dieciséis no requiere traducción contemporánea. El rico festeja. El pobre yace a la puerta. El texto no pregunta si el rico era personalmente hostil a Lázaro, ni si tenía objeciones filosóficas a la redistribución de la riqueza, ni si creía en la economía del goteo. Solo registra lo que hizo y no hizo. Luego registra lo que ocurrió después.

España: Vox, el Papa y la incomodidad de los textos

En España, el conflicto entre la derecha dura y la institución que dice representar se hizo inusualmente visible durante la visita del Papa León XIV en junio de 2026. El pontífice —visto ampliamente como una continuación del énfasis de Francisco en la justicia social y la dignidad de los migrantes— llegó en un momento de máxima tensión política entre la jerarquía católica y Vox, el partido de extrema derecha liderado por Santiago Abascal, que ha hecho de la restricción migratoria el centro de su identidad.

Durante sus intervenciones en España, León XIV advirtió explícitamente contra “los planteamientos identitarios que parecen explicarlo todo” y denunció las medidas que tratan a los migrantes como “desechos”. El lenguaje no era incidental. Era la aplicación directa de Lucas diez —el Buen Samaritano— al debate político específico que tiene lugar en España y en toda Europa.

La respuesta de Abascal fue, inadvertidamente, la declaración más honesta que un político de la derecha dura ha hecho sobre la relación de su movimiento con el cristianismo. Afirmó que no hay contradicciones y que todos saben distinguir entre “la política de los discursos y la práctica”. No negó la brecha entre lo que dijo el Papa y lo que hace Vox. La nombró. La llamó la diferencia entre los discursos y la práctica. En términos evangélicos, esto es precisamente lo que prohíben Mateo cinco, versículos veintitrés y veinticuatro: presentar la ofrenda en el altar cuando la relación con el prójimo está rota. Abascal simplemente ha decidido que la ofrenda tiene prioridad sobre el prójimo —y que el Papa se mete en política cuando dice lo contrario.

El arzobispo Joan Planellas de Tarragona enunció la posición teológica de la Iglesia española sin matices: un xenófobo no puede ser un buen cristiano. El obispo de Canarias, José Mazuelos Pérez, publicó en L’Osservatore Romano —el periódico oficial del Vaticano— una denuncia de la deshumanización del debate migratorio, describiendo el sufrimiento de quienes arriesgan sus vidas cruzando el mar. No son opiniones progresistas. Son la aplicación directa de Mateo veinticinco al contexto político.

Los acuerdos entre el Partido Popular y Vox para recortar la financiación pública a organizaciones como Cáritas —el propio brazo caritativo de la Iglesia Católica— o para limitar el apoyo a las ONG que trabajan con migrantes no son medidas presupuestarias técnicas. Son respuestas a la pregunta que plantea la parábola del Buen Samaritano. La responden pasando de largo ante el hombre en el camino.

Lo que los textos no dicen

Hay una defensa que la derecha religiosa despliega con regularidad, y merece una respuesta honesta.

Los Evangelios no son un manual de políticas públicas. No especifican cómo debe diseñar un Estado moderno su sistema migratorio. No resuelven las tensiones genuinas entre soberanía nacional y derecho internacional, ni prescriben tasas impositivas marginales, ni responden las preguntas técnicas del diseño del bienestar social. Es perfectamente legítimo debatir todo eso.

Lo que no es legítimo —según los propios textos que estos políticos dicen seguir— es invocar el nombre de Cristo para movilizar votantes y luego escudarse en la complejidad de la gobernanza para no dar de comer al hambriento, no acoger al extranjero y no visitar al preso. Porque Mateo veinticinco no pregunta por las circunstancias de la persona hambrienta. No evalúa el estatus migratorio del extranjero. No indaga en el delito del preso. Solo pregunta qué hiciste.

Los Evangelios sobre la convivencia son incómodos precisamente porque rechazan la distancia que la política siempre busca entre el principio declarado y el acto concreto. El Buen Samaritano no organizó un simposio sobre la crisis humanitaria en el camino de Jerusalén a Jericó. Se bajó del burro. Curó las heridas. Pagó la cuenta.

Esa brecha —entre la mano extendida y la fotografía con la Biblia, entre el gesto y el discurso— es lo que los textos llevan señalando dos mil años.

En Bogotá, en Washington y en Madrid, sigue sin respuesta.


Las citas evangélicas proceden de la versión Reina-Valera Contemporánea (RVC) y la Nueva Versión Internacional (NVI), ediciones de referencia en el mundo hispanohablante. Las declaraciones políticas están atribuidas con nombre completo, fecha y fuente original: sermón de la obispa Mariann Edgar Budde, Catedral Nacional de Washington, 21 de enero de 2025 (Episcopal News Service, CBS News, Democracy Now, CBC News); respuesta de Trump, rueda de prensa en la Casa Blanca y Truth Social, 21-22 de enero de 2025 (CBS News); declaración de Abascal sobre el Papa León XIV, Mundiario, 8 de junio de 2026; declaración del arzobispo Planellas, El Plural, abril de 2026; declaración de ateísmo de Abelardo de la Espriella, Canal Claro Colombia, septiembre de 2020 (disponible en su canal de YouTube).

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