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Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Granizado Sant Jordi

23/04/2022. Barcelona. Sobre las 13:00, el frío y soleado sábado fue atravesado por una granizada, algunas librerías y editoriales acababan de colocar sus esperanzas comerciales sobre los mesones. Poco antes de eso había terminado mi peregrinación —comenzada el viernes— por ramblas, paseos, y avenidas temporalmente habilitadas como vías peatonales. Compré un par de libros en las carpas ubicadas en las calles transversales, olvidadas a esa hora por las hordas de cazadores de autógrafos. Ya iba de vuelta a casa cuando decidí entrar a un Bracafé, en una esquina del Eixample. Terminado el café nos cubrió una nube gris cargada de granizo, y entonces se desató el caos, las banderas catalanas se sacudían violentamente, la gente corría con la cabeza cubierta. Al Bracafé, que cinco minutos antes estaba desierto, ahora no le cabía un alma.

La granizada no pudo llegar en peor momento, a media jornada. Algunos alcanzaron a proteger sus libros, otros perdieron miles de euros, algunos no tenían carpas, otros las tenían, pero fueron demasiado endebles para resistir las embestidas del viento y el hielo. Las ventas en este día normalmente equivalen a una cuarta parte de la venta anual, lo cual solo puede definirse como una tragedia comercial. Así que estimados lectores, compren libros todo el año, no solo en Sant Jordi.

 

El día de las flores y libros es uno de los milagros comerciales de la ciudad, pero hay otro «milagro» que ocurre todos los días, hablo de la función social que cumplen las librerías de libros releídos, o libros liberados —en catalán, libro es «llibre»—. Re-Read y Llibre Solidari ofrecen una red de seguridad para lectores voraces, y eso dice mucho del apetito bibliófilo de los barceloneses —nativos y adoptivos—. El sistema es simple, les donan los libros, y ellos los venden por unos pocos euros. En el caso de Re-Read, uno por tres €, dos por cinco €, cinco por diez €, y si te haces socio, te salen a dos € cada uno, sin importar cuantos te lleves. En el caso de Llibre Solidari depende del título que busques, que tan escaso sea, y el año de publicación, pero siempre oscilando entre dos € y doce €. En una librería tradicional, incluso en Sant Jordi —durante la jornada le hacen un descuento del diez por ciento a todos los títulos— los libros de bolsillo rondan los quince o veinte €. Con veinte € puedes comprar diez títulos en Re-Read, y por lo menos cinco en Llibre Solidari, lo cual es siempre una ganga, un motivo de celebración para los lectores, y un milagro de Sant Jordi, si nos ponemos místicos. Además, la fiesta de los libros liberados mantiene los mismos precios todo el año, algo que, para quienes entrelazamos nuestras vidas con «Estados de la cuestión», es cuando menos, un alivio para el bolsillo.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Aldana

9/4/2022. Barcelona. La vida tiene una manera muy particular de hacernos revaluar nuestras prioridades. Aquella tarde, mientras la ciudad resplandecía bajo el sol primaveral, yo deambulaba por tercer día intentando procesar una traición. Haberme sacudido la tristeza para asistir a la presentación de un libro se sentía como una victoria, y así, reventado, pero liberado de un peso, recorrí lentamente las calles, disfrutando melancólicamente de cada paso. Quizás todo esto tenía que pasar para entender las palabras de Marco Aurelio y sus —¿nuestros?— amigos estoicos.

Llegué al evento con varios minutos de antelación, así que en vez de ser el primero en entrar, decidí buscar una banca para disfrutar del agradable clima. Lo cierto es que aún no estaba convencido de que mi estado de ánimo fuese el apropiado para escuchar las confesiones de un brillante escritor que sufre brotes de ansiedad. En eso iba pensando cuando una mujer de ojos azules como el cielo de esa tarde me preguntó si tenía cinco minutos para hablarme de Médicos sin fronteras. Desanimado como iba, le dije que no, y seguí de largo hasta la banca. Luego, cuando era hora de entrar al evento, volví, por fuerza, a pasar junto a ella. Supongo que necesitaba hablar con alguien —muchos pasarán de largo como lo hice la primera vez— porque volvió a saludar y esta vez me dolió no seguirle la conversación. Entonces pude analizar al ser humano detrás del uniforme.

Aldana no lo supo, pero su presencia de ánimo significó mucho para mí aquel día. La vida la había puesto en mi camino para mostrarme lo que me estaba perdiendo por serle fiel a una promiscua manipuladora. Yo tampoco lo supe en el momento de la conversación, eso lo entendí luego, cuando los tics nerviosos del autor me hicieron apreciar el valor de mi serena y monótona vida cotidiana. Si tan solo aprendiese a vivir el momento, pensé.

Oyendo los problemas del atormentado autor, entendí que de hecho, eso que yo sentía no era ni siquiera un problema mío, mi infierno había terminado y el de la arpía mitómana recién comenzaba. Estas heridas emocionales eran sólo la consecuencia del derrumbamiento de un castillo de naipes que durante meses sostuvo aquella narcisista incapaz de remordimiento.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Esta es una nueva crónica breve de Francesco.

WWIII (la razón de ser de la masculinidad tóxica)

 

24/2/22. Barcelona. No creo ser periodista con todas las letras, pero hoy salí a la calle para analizar los cambios conductuales de la población tras la noticia de esta madrugada. El «olfato periodístico» no se ha atrofiado a pesar de la falta de uso.

A primera vista puedo decir que aunque cortaron el suministro de petróleo y gas, siguen llegando turistas eslavos.

 

26/2/22. Ahora que los finlandeses y suecos se unieron al club de los amenazados por Putin, en las calles de Barcelona los gigantes rubios han dejado de reír, en cambio, miran con seriedad su reflejo en las pantallas de los teléfonos.

 

27/2/2022. Admirable el trabajo de reporteros de guerra, eso es saber ordeñar la glándula adrenal.

 

1/3/2022. De alguna forma, Europa es un territorio de refugiados por excelencia —de guerras pasadas y presentes—. Aquí se incuba el germen bélico que ha impulsado grandes migraciones, desde y hacia su masa continental. Aquí estoy yo como vivo ejemplo, huyendo de la violencia colombiana, cerrando el círculo que inició mi padre en la última gran migración italiana tras la Segunda Guerra Mundial.

 

2/3/2022. Desde que estalló el conflicto entre Ucrania y Rusia se dejó de hablar de la «masculinidad tóxica», y se impuso la lógica de que sólo la violencia extrema puede detener al violento. ¿Qué otra función pueden cumplir estos individuos agresivos en sociedades democráticas y liberales?  El problema, sin embargo, es que por defender los intereses de Europa en Ucrania se está alimentando —con armas, mercenarios y propaganda— a un Estado con dudosos valores democráticos, y con tendencia a la ultraderecha. A los neonazis europeos, por ejemplo, los están dejando en libertad para que vayan al campo de batalla. Pareciera que la historia se repite, Europa está dispuesta a desocupar sus cárceles para tomar el control de su última frontera.

En Los clanes de la Luna Alfana, Phillp K. Dick imaginó una sociedad en que las tendencias naturales —y los trastornos de personalidad— son aprovechados para los intereses colectivos. Europa parece seguir una premisa similar, pero corriendo el riesgo de recaer en el totalitarismo.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Continuamos con la tercera crónica breve de Francesco Vitola Rognini

Arresto ciudadano

25/2/22. Barcelona, España. En mi patrullaje peripatético de esta tarde pude matar el aburrimiento mientras hice mi primer arresto ciudadano. A la voz de «get him», se despertó el vigilante que lleva todo colombiano en su interior. Los obreros que retuvieron al carterista ecuatoriano, lo dejaron ir quizás confundidos por los gritos de norteamericana. Continuó corriendo en mi dirección, falto de aire, pero no lo detuve, dejé que pasara por mi lado y extendí el brazo buscando su cuello. El señor, de unos 40 años, quedó sentado en el piso; procedí a sujetarlo por el cuello de su chaqueta y lo ayudé a ponerse en pie. Un civil se acercó y lo sujetó por el brazo derecho, le dijo que se girara contra la pared, y así lo retuvimos hasta que apareció el policía que lo perseguía. El ecuatoriano gritaba frustrado, desalentado.

El otro civil —quizás un policía de paisano— le entregó al policía el control sobre el arrestado, y mientras ambos lo sosteníamos contra la pared me preguntó: «¿Compañero?». Cubierto como iba, no me extrañó que me confundiera por uno de los suyos, así que sólo dije: «No, civil».

Y sin más, ni unas gracias, se llevó esposado al preso.

Sus colegas lo recibieron como si lo hubiese atrapado él mismo luego de correr por callejones nauseabundos, esquivar ratas o saltar muros alambrados.

Supongo que son cosas de la hiperactividad, pero ese minuto pasó en cámara lenta, casi como si lo viera objetivamente. Y si intervine fue porque inconscientemente comparé a este pobre hombre de un metro sesenta, con sobrepeso, que parecía un ciervo huyendo de los lobo, con aquellos raponeros fumadores de polvo de ladrillo y base de coca del centro de Barranquilla, de los que hay que cuidarse en la temporada navideña.

Como fuere, mal por el carterista que se cruzó en mi camino, pero me alegra haber estado ahí en el momento justo, así pude matar el tedio que me tenía patrullando las calles del Eixample en pleno invierno. Además, la situación me permitió comprobar que la «guillotina al cuello» al estilo de la WWE (no confundirla con la «guillotina» o «mata león» del JiuJitsu) funciona.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Continuamos con este conjunto de crónicas breves. Acá se encuentra la primera.

Derek está en problemas

 

 

7/12/2021. Barcelona, España. A los pocos días de aterrizar en Barcelona fui a comprar un chip para el celular, un plan de 15 euros que no alcanzará hasta final de mes, pero que me permitirá estar en contacto con el mundo.

Al segundo día de estar usando mi nuevo número recibí el primer mensaje amenazante: «llame al número en pantalla o será demandado y congelaremos su cuenta bancaria». Estos ladrones informáticos no pierden el tiempo, pensé, y desestimé el mensaje, pero siguieron llegando, así que regresé la llamada y pregunté qué ocurría.

—¿Eres Derek?

—No, me llamo Francisco.

Se disculpó y dijo de manera poco convincente que anotaría en su reporte que el número ya no pertenecía al sujeto en cuestión. A los pocos días continuaron los mensajes y llamadas, que por mis malas experiencia en Colombia no acostumbro responder, pero que inevitablemente, en momentos de distracción, lo he hecho. Así, por descuido, supe que «Derek» era  —o es— como mínimo, un traficante. A los mensajes de cobro bancario, y a las llamadas de los amigables clientes («Bro, Derek, es León, ¿tienes yerba?») se sumaron en el mes de enero las notificación del congelamiento de sus cuentas bancarias. Derek está en problemas, ¿pero está vivo?, ¿evita la justicia, o es comida de gusanos? He comenzado a preocuparme por él, ya lo siento como un alter ego, incluso he comenzado a creer que todos esos indigentes de ojos claros y acentos extranjeros son de alguna forma Derek, y que vivir «en situación de calle» es su forma de evadir al fisco.

 

Dado que el reciclaje de números es una practica habitual en el mercado de las cuentas prepago —un sistema ideal para ofrecer servicios telefónicos temporales o económicos— este tipo de situaciones deben ser frecuentes. Imagino que como me ha pasado a mí, en este preciso momento miles de personas están recibiendo un mensaje errático que cuenta fragmentariamente la vida de un «Derek». Y esto tiene el potencial de convertirse en un nueva forma de entretenimiento, reconstruir las vidas de los usuarios a los que pertenecían previamente nuestros números reciclados.

 

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Episodios cotidianos es un conjunto de crónicas breves escritas por Francesco Vitola. Cada semana se presentará un nuevo episodio.

Mis pacientes

26/10/ 2021. Barranquilla, Colombia. Nunca contradigas a un loco; ayer domingo, mientras entraba a una sala de emergencias de Colsánitas, se me acercó un paciente psiquiátrico que me confundió con su terapeuta. Se dirigió a mí como «Dr. Andrés» y procedió a hablar en «hebreo». Otro lo habría tomado por un desquiciado imitando a un terrorista árabe, pero a mí me pareció interesante esa manifestación de espontaneidad. La situación me resultó clara desde que me rogó que lo escuchara, no es la primera, ni será la última vez que atraigo a un desequilibrado, a quienes mi presencia les calma en principio, pero que luego les altera o sobreestimula. ¿Qué otra cosa podía hacer?, me gana la curiosidad por escuchar lo que tienen para decir esas mentes anómalas creadoras de historias impredecibles.
Le pedí que se colocara la mascarilla, pero se negó porque «impedía que le llegara oxígeno al cerebro». Entonces le sugerí que tomara distancia para poderlo escucharlo sin riesgo de contagio; retrocedió dos pasos y comenzó a explicar, en castellano, que él era cristiano (algo que repitió una docena de veces en su monólogo). Le pregunté si lo habían diagnosticado, me dijo que desde los 16 años tomaba litio y que era bipolar. Hasta ahí todo dentro de lo normal. Pero en cuanto le pregunté las razones de su ataque de ansiedad comenzó a temblar y palideció: «me acaban de informar que soy judío, pero yo soy cristiano».
En sus ojos era evidente una crisis, ¿era pérdida de fe? Quise saber. Negó moviendo la cabeza y retomó el «hebreo» como lenguaje, que según luego explicó, se le manifestó de manera espontánea cuando le informaron de su origen judío. Miré a su padre; con el dedo índice se hizo un círculo en la sien. El señor de cabello blanco no se le había despegado en ningún momento, supongo que por antecedentes violentos (el paciente rondaba el metro ochenta, y aunque no era atlético, gozaba de cierta corpulencia amenazadora). Le solicité que volviera al castellano, «porque no tengo la fortuna de entender el hebreo», y fue entonces que me reveló que él sabía que yo también era judío, con ancestros polacos, y que por ende tenía que saber su idioma, sugiriendo que por genética estamos habilitados para hablar a voluntad, y de manera espontánea, la lengua de nuestros ancestros. Aquello me hizo gracia, porque a mi padre también lo habían creído polaco, así que con mucha simpatía le volví a pedir que regresara a nuestra lengua franca.
«Yo tengo el poder de ver los talentos de la gente, por eso yo sé que usted es un psiquiatra brillante, un hombre con vocación de servicio, y que además es usted políglota, como yo», dijo con una seriedad convincente. Preguntó si prefería que siguiéramos hablando en inglés, para demostrarlo. Le dije que no hacía falta, que prefería usar el español. Extendió su mano para estrechar la mía, extendí el puño y él lo chocó con su codo, pero su cara y cuerpo parecían querer el contacto, así que yo extendí mi mano y estreché la suya. Eso le hizo sentir bien y me dio un largo y cálido abrazo, cargado de afecto. En una situación violenta estaría perdido frente a un tipo de estas proporciones.
Ya más tranquilo me dio las gracias, yo sólo sonreí, y dirigiéndome al padre le pedí que lo escuchara, que eso lo calmaba. Se despidieron con gentileza, como debe sentirse un hasta pronto entre un paciente agradecido y su terapeuta.

Esperando nuestro turno (junto a mi hijo, al que el paciente había bautizado como Moisés) no pude evitar preguntarme si fue un error no seguir el impulso de estudiar psicología, ¿era esa mi vocación real? Desde el 2002 me lo pregunto.

Virus. Por Hernandez Durán

 

                                                     ―El hombre nace libre, responsable y sin excusas”

J.P Sartre

 

Se miró al espejo intentando procesar la figura que tenía en frente suyo. Era abstracta, un conjunto de elementos que  no resolvían ninguna identidad; encontró un montón de piel, la idea redundante de un ser que no le pertenecía, la plegaria  de un sacrificio a la humanidad. ¿Dónde estaba ese hombre que alguna vez pudo divisar entre el cristal plateado? ¿Dónde  había quedado ese nombre, esas letras que lo definían y hacían  de él un ciudadano, un ser? ¿Cómo llego a ser ese holograma que se reflejaba sobre el espejo, indefinido, que infundía algo de nauseas? De pronto se fue con el agua del retrete –pensó-, de pronto se fundió igual que el vapor del café de la mañana.

Quizá, tan solo se transformó en ese eterno metro y medio de piel que parecía una enfermedad extendida por un ser inexistente.

Sabía que era un día distinto. Se abrocho el pantalón, cada uno de los botones de la camisa azul clara que tomaba cada día de por medio, y amarró sus zapatos de gamuza café. Estaba decidido esta vez a no tener nada, a no cargar ni con su propia presencia. Una idea rondaba por su mente. huir. Estaba convencido de que para el viaje que iba a realizar no necesitaba más que el deseo de lanzarse al vacío y la meditación implícita del hecho que se resolvía a ejecutar.

Él y esa mente cargada de pensamientos era lo único que necesitaba para emprender aquel desairado destino del cual ya no había vuelta de hoja. Sin pisar la calle aun, podía oír cómo el dialecto indescifrable de la gente se esparcía con el olor a pan. Otra vez su miedo inefable a ese mundo irreal que se le había presentado, a esa muchedumbre que veía todos los días y que desconocía por preferencia como un ataque de desolación y retraimiento, cuyo suceso se fue convirtiendo en un pequeño universo ambivalente de sensaciones infernales. Abrió la perilla, y noto que sus ideas no habían sido erróneas. Observó. Pasaban las personas y extendían una mano por encima de los hombros y la movían de izquierda a  derecha rápidamente, ¿acaso creen que soy de ellos?, pensaba.

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Van Helsing, el héroe improbable. Por Francesco Vitola Rognini

 

¿Qué habría sido de la obra maestra de Bram Stoker sin ese excéntrico personaje proveniente de Holanda? Si bien el Conde y el profesor han sido objeto de múltiples adaptaciones, la complejidad intrínseca al personaje de Van Helsing ha impedido que se le dé un tratamiento justo, ya que en ocasiones se le otorga un rol insignificante, rayando en lo ridículo, mientras que en otras se lo convierte en un superhéroe. A ratos cómico y tierno, a ratos impulsivo e irascible, el profesor, con sus 72 años, desempeña un rol vital en el relato sin ser uno de los cuatro narradores, él encarna el arquetipo del sabio, un hombre que piensa antes de actuar. En general es paciente y racional, pero hay que reconocerlo, en ocasiones Van Helsing carece de tacto, pero esa desconexión con la lúgubre realidad del relato obra a su favor y le otorga un aire de jovialidad casi adolescente, ya que su imprudencia sirve también para oxigenar la tensión acumulada, como por ejemplo, cuando le pide permiso a los pretendientes de Lucy para decapitarla porque está Un-dead. Tras un breve preámbulo dice «May I cut off the head of dead Miss Lucy?» (p. 176), como si fuese la cosa más natural del mundo. La escena es cómica, y en vez de restarle dramatismo al momento, la convierte en uno de tantos episodios en los que el impredecible personaje rompe el esquema de lo previsto por el lector —si ahora la escena nos resulta impactante, imaginen en el siglo XIX cuando fue publicado el libro—. Además, su rol como hombre de ciencia y metafísico lo enfrentan el mundo del mito y lo sobrenatural en el que se desenvuelve el Conde. Val Helsing es el hombre de ciencia que usa las referencias contenidas en las leyendas para exterminar al Nosferatu y a su prole: «All we have to go upon are traditions and superstitions. These do not at first appear much, when the matter is one of life and death —nay of more that either life and death. Yet must we be satisfied; in the first place because we have to be— no other means is at our control —and secondly, because, after all, these things— traditions and superstition — are everything» (p. 204, 205).

 

Como sabemos, el mayor difusor de la obra de Stoker ha sido Hollywood, que en su afán por capitalizar a costa de Drácula la convirtió en una caricatura. Contra esa influencia será difícil hacer algo, y a pesar de que existen adaptaciones muy entretenidas e ingeniosas, no se comparan con la capacidad del autor de envolver al lector, porque Stoker era un narrador virtuoso, ejemplos de ello encontramos en abundancia, por poner uno, veamos como describe a las vampiresas cautivas en el Castillo Drácula: «In the moonlight opposite me were three young women, ladies by their dress and manner. I thought at the time that I must be dreaming when I saw them, for, though the moonlight was behind them, they threw no shadow on the floor […] Two were dark, and had high aquiline noses, like the Count, and great dark, piercing eyes, that seemed to be almost red when contrasted with the pale yellow moon. The other was fair, as fair as can be, with great wavy masses of golden hair and eyes like pale sapphires […] All three had brilliant white teeth that shone like pearls against the ruby of their voluptuos lips» (p. 31). Entre las tergiversaciones hollywoodenses —«libertades creativas» llamémoslas— la que resulta más difícil de procesar es aquella que propone a la luz solar como fuerza aniquiladora de Drácula. En la novela el Conde solo pierde parte de sus poderes durante el día, es básicamente como cualquier otro hombre de la nobleza, rico y débil. En cuatro momentos distintos se hace mención de ello, el primero, cuando Jonathan, aun con estrés postraumático tras haberse fugado del Castillo Drácula, y recién llegado a Londres, distingue al Conde en Piccadilly, durante una inusual tarde tórrida de otoño, así lo describe Mina en su diario: «I was looking at a very beautiful girl, in a big cart-wheel hat, sitting in a victoria outside Giuliano´s, when I felt Jonathan clutch my arm so tight that he hurt me, and he said under his breath: “My God!”» (p. 147), tras una breve descripción de la palidez de su esposo, Mina inquiere sobre los motivos detrás de su reacción «“It is the man himself” […] “I Believe it is the Count, but he has grown young. My God, if this be so! Oh, my God! my God! If I only knew! if I only knew!”» (p. 148). El segundo momento en que se menciona esto es cuando rastrean las cajas con arena en las que duerme el vampiro, «We must trace each of these boxes; and when we are ready, we must either capture or kill this monster in his lair; or we must, so to speak, sterilise the earth, so that no more he can seek safety in it. Thus in the end we may find him in his form of man between the hours of noon and sunset, and so engage with him when he is at his most weak» (p. 207). La tercera mención explica la pérdida de los poderes durante la jornada diurna, «The sun that rose on our sorrow this morning guards us in its course. Until it sets to-night, that monster must retain whatever form he now has. He is confined within the limitations of his earthly envelope. He cannot melt into thin air nor disappear through cracks or chinks or crannies. If he go through a doorway, he must open the door like a mortal. And so we have this day to hunt out all his lairs and sterilise them» (p. 250). La cuarta y última mención ocurre ante la posibilidad de un encuentro diurno con el Conde, así lo registra Jonathan en su diario: «It was possible, if not likely, the professor urged, that the Count might appear in Piccadilly during the day, and that if so we might be able to cope with him then and there» (p. 253).

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El camino a Achate. Por Francisco “Ausias” Martínez

 

 

Miguel apresuró el paso ya sin percibir bien donde pisaba en el agreste camino. La noche se les había echado encima, y hacía rato que empezaba a estar cansado de las continuas quejas de Juan desde hacía casi dos horas. Un error de cálculo con el traicionero horario de finales de octubre, había hecho que la noche más negra les cayese encima en su ruta de fin de semana. No habían podido llegar al albergue del pueblo de Achate que tenían reservado, y además, ese fallo de orientación por parte de Miguel a media tarde, les había hecho perderse campo a través, hasta que tras tres angustiosas horas, reencontraron el camino que llevaba a Achate.

Miguel se detuvo, y enfocó con su linterna el mapa. A la negra noche, como una burla cruel, se le había unido una densa niebla que impedía ver más allá de dos metros de distancia. Suspiró tras comprobar contrariado que les quedaban más de cinco horas de ruta, y que la temperatura, unida a la húmeda niebla, empezaba a bajar en esta zona montañosa a unos grados bastante bajos.

-¡No sé por qué sigo haciéndote caso!- espetó Juan sin detenerse a esperar a que Miguel plegase el plano y lo volviese a guardar en su mochila. – ¡Tú y tus estúpidas ideas!… ¡tus atajos!, ¡Tu prepotencia creyéndote un gran montañero, y a la mínima te desorientas!. A saber dónde podemos pasar la noche. ¡No me apetece hacer vivac con esta noche tan húmeda!.

– ¡Al menos yo tomo la iniciativa- le respondió Miguel ya hastiado con tono severo, y casi gritando. – Tú en cambio?… sólo sabes protestar, sin proponer. Muy fácil tu postura, ¡cómoda!. Que me lo hagan y preparen todo, que si sale mal, ya me encargaré de quejarme y llorar.

Juan le hizo un feo ademán, apuntando el brazo hacia Miguel, extendiendo el dorso de su mano, y mientras desaparecía de la vista de Miguel a causa de la niebla, pero sin verlo ya, este intuyó como el dedo medio de la mano de Juan, se ponía enhiesto entre el resto de plegados, en ese signo universal por todos conocido.

-¡No!…¡que te jodan a ti!…- le gritó, mientras reanudaba el paso dedicando mentalmente mil y un insultos a su compañero de aventura.

De súbito, se dió de bruces con la espalda de Juan, que se había detenido en el camino.

-¿Qué coño haces?- le preguntó inquisitivo y molesto Miguel.

– ¡Silencio!…¿no lo escuchas?- le respondió Juan mientras señalaba con su dedo a ningún punto concreto.

– ¡El qué?-preguntó Miguel- No, solo tus quejas y lamentos, y las jodidas hojas de los árboles al viento.

Juan le espetó silencio llevándose el dedo índice de la mano a sus labios.

-¿Escucha, coño!, no las oyes.

Miguel frunció el ceño buscando un además que le permitiese afinar el oído. -¿El qué?- volvió a repetir, en el preciso instante en que el tañido de una campana lejana, vibró en su tímpano.

-¡Hostias!, ¿una campana?… ¡pero si Achate está a más de 25 kilómetros, y no hay nada por aquí cerca!- dijo sorpresivo mientras volvía a sacar su mapa de la mochila y enfocarlo con la linterna. Ambos miraron el mapa, y efectivamente; ningún pueblo figuraba en él, pero desde el fondo del valle donde una bifurcación del camino bajaba, camuflado entre la densa noche y su cómplice la niebla, se oía el tañido de unas campanas.

-¡Aquí no hay nada!, pero ahí abajo hay un campanario, fijo… debe haber un pueblo.- dijo Juan. – ¡Vamos para abajo aunque nos desviemos de la ruta a Achate, es de noche y quizá en el pueblo nos podamos alojar en algún sitio.

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Día del llanero: cultivando con los Jitnus

«el guajibo está considerado uno de los cinco idiomas más completos del mundo. Con un monosílabo te cuentan que ayer llovió todo el día y se formaron charcos en el piso como cuando caen mil inviernos» UMBERTO AMAYA LUZARDO

El indígena de sabana es el génesis del llanero.

Hoy 25 de julio se celebra el día del llanero, gracias a la iniciativa del maestro Gustavo Rodríguez Martínez y Alberto Sabogal Gómez, y debido a la gestión del  diputado Diego Fermín Linares Castejón, quien radicó el proyecto de la asamblea que terminó convertido en la ordenanza 038 del 2001, institucionaliza este día, en conmemoración del día del Pantano de Vargas, en donde los lanceros, en la mayoría llaneros, entre ellos 4 tameños, tuvieron una participación de la victoria.

También esta fecha es un reconocimiento al indígena que, al lado  del llanero, luchó en las batallas de emancipación. La figura del llanero se extiende por todo el continente americano, desde el Cowboy gringo hasta el Gaucho de las pampas argentinas, pasando evidentemente por el ranchero, fenómeno del que  da cuenta la célebre película de 1965: Alma Llanera, clásica del cine mexicano, protagonizada por Antonio Aguilar inspirada en la novela de Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, y en donde se tiene como referencia principal la canción venezolana compuesta por Rafael Bolívar Coronado y musicalizada por Pedro Elías Gutiérrez.

Como lo expresa el documental al inicio, entre los americanos americanos, es decir, aborígenes de estas tierras, quedan muy pocos, y entre ellos, están los Jitnus, de la extensa familia de los guajibos. Este video es una exploración a su forma de vida nómada y sus nuevas maneras de habitar el territorio.

No se trata de una mirada externa, sino los propios investigadores, entre ellos, el escritor Umberto Amaya Luzardo (a quien presentamos desde una nueva faceta, nunca antes vista en este portal, ahora como documentalista), intervienen e interactúan con la comunidad para mejorar sus condiciones de vida. De esta manera, la guadaña irrumpe en sus oficios para facilitar tareas, y el jabón se vuelve una necesidad nueva de higiene por lo que se ocupan también de su fabricación con gran importancia.

‹‹Canoa ›› fue de las primeras palabras auténticamente americanas que se extendieron a lo largo del mundo. Este documental de hace 10 años es una muestra de una comunidad americana que sigue viva y toma las cosas del mundo exterior para facilitar sus propios procesos, como también nos pueden ayudar a entender cómo tratar  casos como el de Alicia, sin necesidad de recurrir a los procesos occidentales de normalización sino más bien ver la importancia de la integración de las personas especiales en la comunidad.  Tal vez siempre hubo comunicación de todas partes para potenciar la vida humana mientras compartimos este tiempo en la Tierra, y la ilusión fue hacernos creer que alguna vez estuvimos separados entre civilización y barbarie; entre conquista y prehistoria.

 

Celebramos el día del llanero teniendo en cuenta nuestras raíces. Con textos, inmersión y cámaras de Umberto Amaya Luzardo, edición de Hugo Caroprese, y trabajo antropológico de Viviana Jaramillo.

 

 

 

 

 

Cultivando con Los Jitnus from Hugo Caroprese on Vimeo.