Campo Ricardo Burgos López sobre unos cuantos vampiros colombianos

Vampiros en la sabana, serie de fotos sobre góticos en Bogotá de María Isabel Rueda.
En el siguiente ensayo Campo Ricardo Burgos López propone dos categorías para analizar dentro de la literatura fantástica colombiana: los clones y los vampiros. La teoría de clones, está esbozada en su novela El clon de Borges, en donde establece que la clonación también puede darse en términos del discurso literario y no solo biológico. En cuanto la síntaxis de la fantasía puede ser obtenida a partir de la repetición de ciertos tópicos. Ahora bien, los vampiros son aquellos que se nutren de dichas repeticiones y las prolongan en sus trabajos narrativos al punto de transformarse en fenómenos de ventas o bestsellers locales.
Unos cuantos vampiros colombianos
Por Campo Ricardo Burgos López
Publicado originalmente en: Estudios de Literatura Colombiana, N.° 34, enero-junio, 2014, ISSN 0123-4412, pp. 99-118 Artículo derivado del proyecto de investigación “Notas para una historia de la literatura fantástica colombiana”.Resumen: el artículo considera el modo en que son representados los vampiros en cuatro obras recientes de la literatura colombiana, y para ello se divide en cuatro secciones. Primero, ofrece unas notas caracterizadoras de la figura del vampiro, y de su evolución en Occidente en los dos últimos siglos. En segundo lugar, analiza la imagen vampírica en relación con el eros y el agapé. En el tercer instante, examina la manera en que se aproximan al vampiro el libro Crónicas de vampiros de Fernando Romero Loaiza (1997), el cuento “Los ojos de la noche” de Andrés García Londoño (2009), y las novelas Vampyr (2009) y Vajda, príncipe inmortal (2012), ambas de Carolina Andújar. En la última sección, se proponen algunas conclusiones. Leer Más…
Habemus divortium
La imagen se amplía al pinchar sobre ella.
Uno se casa como si nada y se divorcia como si todo. Digo uno para evitar el vértigo de decir: me caso como si nada y me divorcio como si todo. Y loo digo así porque aguardo a otro divorciado que se resguarde del tedio sentándose en el banco de algún parque a mediodía, cuando pululan los oficnistas cansados, tirados sobre el prado, retardando los últimos instantes de luz solar que les queda en la jornada. Su después, el de los oficinistas, es retornar al cubículo y sentir la noche blanca de la luz halógena. El después del divorciado se cifra con la clasificación personal de sus divorcios: están los que cuestan años y retornan en los instantes de silencio, en las filas de pago de cuentas, en las salas de espera de consultorios odontológicos u ontológicos y se van a la salida de la cita con el analista que lo convence a uno, sin decir nada, de que se tomó la mejor decisión o con las dos o tres píldoras para dormir y olvidar que se vive y se está divorciado o con las dos o tres píldoras para despertarse y evitar soñar que se está siendo un divorciado una y mil veces, suspendido en el sueño que devasta y deja el sabor de una erección acomodada a la amargura de haber caído en un cansancio constante, lento, suave como cualquier torrente de un río que se seca. Y digo uno para embalsamarme con la virtualidad de que mucho divorciado debe ir al consultorio de alguien que parece escucharlo y tomar nota de lo que dice. Otros divorcios, su recuerdo y avivamiento, aparecen cuando uno se encuentra con quien se efectuó el divorcio, ese sujeto borroso y viejo y ajeno y a uno lo atisba algún intento de sonrisa y no queda otro remedio que intentar llorar, al menos por dentro porque por fuera hay que decir con la cara que todo sigue igual, que nada empeoró ni mejoró porque este todo sigue siendo terrible. Y digo todo por no decir: que nada empeoró ni mejoró porque esta vida sigue siendo terrible. O muy terrible. Van a vienen los divorcios, no como el mar ni sus olas porque el primero siempre está y las otras sólo llegan a la costa y desaparecen; las olas son como la vida y, como ella, se borran sin dejar la más mínima huella de su existencia, en suma, se olvidan. Los que sí van y vienen son los divorciados por los que digo uno; en sus caras se ve el divorcio aunque aún pasen la luna de miel. Un amigo con cara de divorcio desde que era niño, siempre que se divorcia me dice: habemus divortium. Entonces lo veo como un anunciador de pontífices, recién salido de un cónclave agotador y dispuesto a próximos divorcios. Habemus divortium, susurré mientras fotografiaba al hombre que parecía un Jonathan Franzen pero digno, con las piernas cruzadas, ansioso, tocándole la pierna a su esposa y ella, como si hablara por un celular, el celular invisible del hastío por alguien, ya está segura de que habemus divortium: uno se divorcia como si todo y se casa como si nada.
La muerte según Fogwill
Fogwill afirmó en el prólogo a la edición hecha por Alfaguara de «Cuentos completos» que todos sus relatos fueron escritos bajo el dictado de una voz. En el caso de «Restos diurnos», la muerte, la oscuridad, los fantasmas, los ruidos, la cocaína, el humo del cigarrillo, la paternidad, el divorcio y el desvelo se entrecruzan en una narración que es imposible de acceder por medio de una paráfrasis. A continuación, un extracto de este relato escrito en 1994:
La muerte es una prolongada suspensión. Cesa todo. Siente cómo se despega el cuerpo: es una lámina invisible que se ha desadherido y ya no envuelve, y el cuerpo, vuelto ahora un objeto, doblado sobre sí junto al cuerpo de la otra, quebrado, ensangrentado, inútil. Son dos muñecos más fingiendo un gesto que a nadie habla: ni a él, ya fuera, ni a los hombres de blanco que auscultan, ni a los hombres uniformados que miden y marcan con pintura amarilla el recorrido de sus últimos pasos, ni a los vecinos que se agrupan en la vereda curioseando, ni a los muchachos de la fotografía que han llegado y disparan en el aire sus flashes y rondan todo. Pero él no oye. La muerte es comprender, prolongadamente comprender. No oye, ve sin mirar y no huele ni toca. Puede atravesar mil veces las paredes de madera de ese vestuario y junto a los cuerpos, bajo los cuerpos, entre los cuerpos y dentro de ellos, ese interior inútil, sustancia inútil.
Tampoco habla. Ya nunca se atreverá a hablar para no sentir más el horror de las palabras que no salen, porque no tienen dónde ni hacia dónde salir. Ya no hay lugar; la muerte es una duración sin sitios, los lugares son simultaneidades fijas y ese horror a las palabras sin materia es lo que siempre le impedirá hablar; la muerte es suspender el riesgo de todas las palabras que nunca se podrán decir. Uno, despegado del cuerpo como la superficie inútil de un envoltorio cotidiano, se arroja en medio de lo que ya no sirve y queda ahí, donde ya no hay lugar ni tiempo, sólo la duración, estática, y la extensión, simultánea, como si todos los lugares reconocibles fuesen vistos de una sola vez por el ojo multiplicador de un insecto. Definitivamente, no es penoso morir: así, esto que ve o comprende no es sino la prolongación de lo que hubo antes y quedó ahora doblado, usufructuado por los hombres, desplazado, medido, cortado y observado por los hombres. Eso que ya no es él, ahí yace.
¿a dónde van las cosas cuando se pierden? The lost thing de Shaun Tan (2000)
¿a dónde van las cosas cuando se pierden? ¿A dónde fueron llevados todos mis juguetes? ¿qué pasó con todas los objetos que alguna vez fueron tesoros y que ahora no puedo encontrar? Shaun Tan encontró el lugar al que van las cosas cuando se pierden. Ese lugar está en una pequeña abertura al final de una callecita desconocida y uno solo sabría que existe si lo está buscando.
El lugar al que pertenecen la cosas perdidas está también al final del libro The Lost Thing, escrito e ilustrado por Shaun Tan. Este libro es la historia de Shaun, un personaje al que le gusta coleccionar tapas de botellas. Leer Más…
Algunas flores del muerto (extracto de "La montaña mágica")
«Ulises», «En busca del tiempo perdido» y «La montaña mágica» padecen la misma enfermedad: Todo el mundo las alude y pocos las leen. Más que por el reto que implica leer un voluminoso ejemplar de casi mil páginas (aún hoy se sigue creyendo que es una novedad que un libro largo sea de alto impacto y se vuelva en una nueva biblia, como suele promulgarse por parte de los fanáticos de «2666» o «La broma infinita»), es por el desgano que genera una pieza museográfica, encumbrada por suplementos culturales, críticos y comentadores que han petrificado las posibilidades de lectura de dichos libros. Quizá sea la venganza de la humanidad para con esos escritores, una venganza inocente e inconsciente, inferida por quienes no tienen más remedio que erigirse como patriarcas de interpretaciones incontestables. Pese a esos intentos, estos libros siempre tendrán pliegues, como este de «La montaña mágica» de Thomas Mann que a continuación les presentamos, donde el abuelo muerto puede ser sustituido por esas «grandes obras maestras» que se canonizan y se vuelven obligatorias para ser «cultos» y las flores y el ataúd podrían corresponder a los cientos de tesis, tesinas y reseñas que aparecen a diario (también podrá condenarse esta permutación pues implica una lectura en clave alegórica, tan defenestrada hoy por los literatos):
La muerte era de una naturaleza piadosa, significativa y de una belleza triste, es decir, muy espiritual; pero al mismo tiempo completamente de otra naturaleza, casi contraria, muy física, muy material y entonces no se la podía considerar ni como bella, ni como significativa, ni como piadosa, ni incluso como triste. La naturaleza solemne y espiritual se expresaba por el suntuoso ataúd del difunto, por la magnificencia de las flores, por las palmas que, como se sabe, significaban la paz celeste; además, y más claramente todavía, por el crucifijo en las manos del abuelo difunto, por el Cristo bendiciendo, de Thorwaldsen, que se hallaba derecho a la cabecera del féretro, y por los dos candelabros erguidos a ambos lados que, en aquella circunstancia, habían adquirido igualmente un carácter sacerdotal. Todas esas disposiciones encontraban aparentemente su sentido exacto y bienhechor en el pensamiento de que el abuelo había adquirido para siempre su figura definitiva y verdadera. Pero, además, como el pequeño Hans Castorp no dejó de notar, a pesar de que no se atrevía a confesárselo en voz alta, todo aquello y sobre todo la enorme cantidad de flores, en particular de tuberosas esparcidas por todas partes, tenía por objeto mitigar ese otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni verdaderamente triste, sino más bien un poco inconveniente, de una naturaleza bajamente corporal: tenía por objeto hacer olvidar o impedir que se tuviese conciencia de aquello.
Traducido por Mario Verdaguer
Un milagro según Terry Gilliam
Terry Gilliam nos presenta su propia perspectiva de ese gran milagro que tanto hace enorgullecer a la especie humana: Volar. En el caso de este director, el romanticismo tradicional desaparece y, en su lugar, se hace presente todo el frenesí que nació en el siglo pasado y que, con el paso de los días y los años, va creciendo junto a la desorientación:

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