Sogas y moscas. Un poema de Mari Cris
Sogas y moscas.

Editorial MilInviernos ofrece ARRÚLLAME RAMONA para Libre Descarga y distribución

ilustración David Barrero
Nuestra Editorial sigue creciendo exponencialmente como si se tratara de un virus sin vacuna. Pero no queremos encontrar ni la cura ni la vacuna contra el hábito de leer bellezas mágicas y artificios tristes. Por eso, Mil Inviernos pone a su alcance el texto Arrúllame Ramona, de Cermeño y Escovar, editores de esta página.
Esta nouvelle se pregunta por el fenómeno humano a pesar de tener a su doble robótico o androide. Como un espejo. Si el bebé de Lacan se vio completo nuestro bebé está desmembrado. Tengan a bien, este fascículo que forma parte de la colección Mil Inviernos. Pronto vendrán más títulos y así se completará el Universo de Maravillas tristes.
PARA DESCARGAR EL LIBRO ENTRAR A:EDITORIAL MIL INVIERNOS
Me han dicho que pintas casas, O de cómo la mafia mueve los hilos de Norteamérica.
Por: Francesco Vitola Rognini.

Ha regresado a nuestro espacio, Francesco Vitola Rognini (autor de Hambre de Caza y Héroes Decadentes: ambos publicados en Milinviernos) con una serie de artículos que versarán sobre libros, películas o videojuegos. Estos están articulados al proyecto Vademécum (investigaciones sobre literatura y ciencias sociales) que desarrollará de aquí al 2025. Las reseñas estarán agrupadas bajo el título “Entre líneas”.
Me han dicho que pintas casas, O de cómo la mafia mueve los hilos de Norteamérica.

—Me han dicho que pintas casas —fue lo que dijo.
—Eh, sí, sí, claro, y también hago trabajos de carpintería —me sentí avergonzado porque estaba tartamudeando. (1)
(1) Así dio inicio la primera conversación telefónica entre Jimmy Hoffa y Frank Sheeran. El contacto lo facilitó Russell Bufalino, amigo cercano de ambos, quien en algún momento controlaría los clanes Magaddino y Genovese. La “pintura” es la sangre que salpica sobre las paredes y el suelo cuando disparas a alguien, la “carpintería” se refiere a la construcción de ataúdes, o deshacerse de los cadáveres. Encontrarán la conversación completa en la página 153, capítulo XII: “Me han dicho que pintas casas”. Hoffa, caso cerrado. Charles Brandt. Ed. Planeta. 2019.
Black Mass, de Dick Lehr y Gerard O´ Neill, y I Heard You Paint Houses, de Charles Brandt, publicado en español como Jimmy Hoffa, caso cerrado, son trabajos de investigación, y sus representaciones fílmicas hacen un buen trabajo de condensación, al explicar los tejemanejes del crimen organizado de la costa Este. (2)
(2) Si hoy en día el PIB del estado de Nueva York (1.731.910 millones de dólares en el 2019) es superior al 2 (1.518.813 millones de dólares) de toda Rusia, podemos hacernos una idea del tamaño del botín si a eso le sumamos Boston, Filadelfia, Florida y Chicago, que según Sheeran eran también controlados por el clan Genovese. Un mercado con estas características tiene un potencial infinito para todo tipo de fraudes, estafas, lavado de activos y tráfico ilegal de armas, personas y drogas.
Black Mass, de Dick Lehr y Gerard O´ Neill, documenta la relación entre Whitey Bulger y el agente del FBI, Jhon Connolly (3). Whitey Bulger, socio de Stevie Flemmi, quien servía de 3puente con la mafia italiana de Boston de los años noventas, encabezada por Ilario Zannino, Donato Angiulo, J.R. Russo, Vincent Ferrara, Frank Salemme, se prestaron como informantes para denunciar a los mafiosos de La Cosa Nostra ante el FBI, y poder así hacerse con el control del sur de Boston. Una de las condiciones que le impusieron los dos gánsters a Connolly fue que solo iban a dar información sobre la mafia italiana, sobre la mafia irlandesa no se hablaría. El corrupto agente Connolly aceptó gustoso. Se regía por el principio que enseñaba a los agentes novatos de Quantico: “Encuentra confidentes y gana prestigio”. El libro Black Mass tiene como epicentro el sur de Boston, lugar de operaciones de la banda de Whitey Bulger y territorio de La Cosa Nostra. Su lectura es indispensable para entender el contexto de lo descrito en el libro sobre Hoffa, cuya historia concluye en los años de mayor actividad de Bulger, época en la que los grandes capos del crimen organizado se vieron obligados a mantener un bajo perfil, acosados permanentemente por el FBI. Dicho de otra forma, el libro en el que se basa El Irlandés relata los años de esplendor de la mafia y su decadencia, mientras que el libro en el que se basa Black 1 Mass captura el período en que grupos criminales capitalizaron la persecución sin cuartel a la que fue sometida La Cosa Nostra, por iniciativa del asesinado fiscal Robert Kennedy.

(3) “El duo (Bulger y Flemmi) tenía tablas y sabía que un micrófono en el despacho de Angiulo proporcionaría, de modo inevitable, pruebas sobre sus propios negocios en el juego ilegal, sus empresas conjuntas de préstamos de usura con Angiulo, y quizás sobre algunos de los asesinatos cometidos por Flemmi en el pasado. Más tarde, Flemmi afirmaría que tanto Bulger como él habían presionado a Morris y Connolly para saber si sería imputados por delitos revelados durante las conversaciones grabadas en la vigilancia del 98 Prince Street. Flemmi llegaría a decir que los agentes << nos aseguraron que no tendríamos ningún problema y que no nos preocupáramos por ello>>. El FBI, les insistieron, haría de la vista gorda con todos los delitos que no fueran asesinatos.” Tomado del séptimo capítulo: “Traición”. Pp. 164. Black Mass. Dick Lehr y Gerard O´Neill. Ed. Stella Maris. 2015.
Continuar después del desastre
Reseña sobre El arca de Gokú del poeta colombiano Zeuxis Vargas
Por Juan Sebastián Sánchez

Comencé a leer el Arca de Gukú del escritor, editor y gestor cultural Zeuxis Vargas, y encontré un libro con temática sostenida. En cada poema existe la revelación, la mística de un milagro nuevo. Como sabemos, la literatura y sobretodo la poesía es de riesgos, de reinvenciones, de un constante juego con el lenguaje y con el silencio.
No es fácil asumir la responsabilidad social y literaria de ser poeta, pero Zeuxis decidió (como muchos otros en la historia) cargar con ese riesgo. Apela al desarraigo, a la soledad y a la incomprensión que tienen los poetas.
En el Arca de Gokú encontramos de manera profunda un dialogo permanente entre el poeta y los personajes del cine y la mitología: Alf, El correcaminos, Los Thundercats, Hércules, Argos, Ulises y otros que de alguna forma son parte del imaginario colectivo de una generación. Y es precisamente en este imaginario colectivo donde el poeta crea cosmogonías regidas por leyes ajenas a nuestra realidad.
Existe un intento de ruptura en la temática del Arca de Gukú que es consecuente y necesaria frente a la monotonía, el desgano y el pesimismo que se volvió moda, religión o merchandising del escritor y del poeta de nuestro tiempo. El libro tiene tres movimientos: Entrañable santoral, Elegías de los maestros olvidados y Ningún casco en el suelo, este último, se divide en cuatro ecos: Recursión o de la identidad, Dogma o del amor, Dialelo o de la libertad y Cascos en el aire, en cada uno habita un lenguaje que busca una identidad propia, un decir, un vínculo entre nuestro tiempo, el poeta y sus lectores.
Estamos ante una sociedad donde no existe la certeza; en la Edad Media podíamos tener la explicación judeo-cristiana para justificar los fenómenos propios de la existencia y la no existencia. No había que abocarse en buscar la verdad porque la verdad estaba justificada en una palabra: Dios. Ahora, existe la angustia de abandono ante una no certeza: no hay una verdad, sino un sinnúmero de verdades que genera una falta de identidad propia tanto en el individuo como en la sociedad. Es en este punto donde el poeta, a través de su lenguaje intenta crear no una verdad universal, sino una verdad vital.
Dame el secreto para vivir sin angustias
y poder decir:
¡No hay problema.
Entrañable santoral constituye la necesidad del poeta por redefinir y redescubrir su infancia: dibujos animados y personajes de carne y hueso que forman parte esencial de su imaginario, a través del lenguaje poético que permite asumir los fantasmas que aún nos habitan.
Ser poeta; un sueño que para muchos en la infancia decirlo o pensarlo tiene un aire romántico, creemos que con la palabra vamos a restaurar el equilibrio universal. Pasa el tiempo y el sueño romántico se convierte en un acto subversivo el cual tiene una carga demasiado pesada para hombres comunes. Este podría ser el mensaje del primer poema de Elegías de los maestros olvidados. Zeuxis asume una postura de reflexión y asombro a través de los personajes mitológicos.
Ítaca ha sido motivo de inspiración de poetas y escritores, quizá porque como lo develó Cavafis, no importa Ítaca sino el trayecto: las aventuras, lugares y sitios descubiertos mientras. Una metáfora entre la vida y la muerte, entre quien abandona y retorna al origen: Ulises representa a todos los hombres del pasado, presente y futuro. Pero tomando la idea metafórica de pensar que Ítaca es origen y retorno, el hombre representa algo indeseado dentro del equilibrio de la vida: un usurpador.
Ulises delira y rompe las amarras.
Un usurpador
fue el que regresó a Ítaca.
Con su humor agudo se convirtió en referente para entender a través de la risa la realidad de América Latina. Dicen que tu fantasma sigue asustando/ en el hotel/ donde eres/ un simpe caballo de apuestas. En estas líneas no solo podemos pensar en Cantinflas, sino en todos nosotros como seres invisibles habitando lo invisible.
Yo te llevaré para siempre en esta limosina blanca como un ataúd, / mientras mis ojos te desnudan por el espejo retrovisor, el poema tiene no sólo responsabilidad literaria sino una responsabilidad social. Hablar sobre el comercio del cuerpo para obtener beneficios o escalar ―de forma rápida―, la escala social, es algo que rara vez se aborda en la poesía. Estamos sumidos en una sociedad donde el «sujeto» y la poesía son objetos de cambio. Es esta la reflexión que propone el poeta: romper ataduras a través de la palabra.
El poemario permite un recorrido por distintos ecos que nos lleva a conocer personajes mitológicos y también héroes del cine y de la televisión. Zeuxis, al igual que el Noé bíblico reúne en su arca lo que considera necesario para continuar después del desastre.
Link para descarga directa del poemario:
La Viuda Isamar: por Favían Omar Estrada V.
La viuda Isamar
Favián Omar Estrada Vergel

- La tragedia
Después de intensas batallas traficando en el abismo del dinero rápido, rodeados de fiestas, joyas, obras de arte, plumas de garza, animales exóticos, etc., decidimos volver al país para quedar lejos de unos enemigos, en extremo peligrosos, que ganó mi esposo Yasar al liquidar a un naviero egipcio en unos confusos acontecimientos, cuyos detalles describiré fundamentada en la ligera versión de mi marido, porque, con toda honestidad, sólo los conozco en parte, y —haya sido o no en su propia defensa— sucedió para desgracia nuestra.
Era ese fulano marinero un socio ocasional de una de tantas correrías arriesgadas, quien intentara un día a punto de zarpar asesinarnos para quedarse para él solo —el cretino— con un botín de joyas con destino al mercado negro de Singapur (obviamente eran robadas). El día anterior a los hechos, en el puerto, en algún corrillo de marineros ebrios, un comentario fortuito que hizo otro navegante pudo intrigar a tiempo a Yasar, que no era ningún pendejo. Se dio cuenta de que el socio traidor, habiendo perdido bastante en los naipes, dejó en prenda de garantía su embarcación a otro salvaje de éstos. No sé cuánto fue la suma, o no lo recuerdo, pero sí que debía saldarla con término perentorio. Decidió mi esposo, por simple malicia, llevarme a otro refugio y aguardarlo en la oscuridad material del camarote donde dormíamos.
Aproximándose la medianoche —según Yasar—, estando él agazapado aguaitando en un oscuro rincón, oyó el quejido oxidado de los goznes: la puerta del lugar se entreabrió, sin duda era el egipcio que entraba. No quitaba mi esposo los ojos de aquella entrada y lo reconoció de inmediato por el olor de sus carnes a perro triste y su silueta desvaída de zancajoso ebrio. Oyó luego el chirrido de las alguazas del baúl y por el trasegar lo imaginó escarbando a fondo, hasta cuando cesó el remolino y la tapa de cedro cerró de golpe. El botín, a buen tiempo sustituido por joyas postizas de cristal de viejas botellas, flotaba ahora en las manos ladronas. Yasar sostenía la respiración rastreando los movimientos burdos del maldito, que iba caminando sigiloso en dirección al lecho nuestro, luego su silueta alzaba un puñal y, frecuentemente, lo enterraba y volvía a sacar, energúmeno y funesto como un diablo, contra el frío cadáver de un cordero de buen tamaño acomodado adrede bajo las mantas que yo más amaba. El naviero, agotado e inquieto ante tanta frialdad junta, retiró la cobija y descubrió el montaje, de cuya imagen pudo comprender un poco menos que nada porque las peludas y fuertes manos de Yasar, a modo de tenazas de acero, pasaron una delgada cuerda alrededor de su cuello: la asfixia le disipó las imágenes y las tinieblas del cuarto se le refundieron, acaso, con las del infierno.
Debimos huir para librarnos de una muerte cantada por cuenta de la familia del difunto, dispuesta a vengarlo al precio que fuere. Debieron de buscar sin ceder al cansancio hasta en los últimos rincones de la ciudad, pero mi marido y yo habíamos embarcado en otro navío con rumbo fijo a ninguna parte. En todo caso, atracamos en España donde permanecimos hasta cuando el agobio de la clandestinidad nos enfermó y decidimos, disfrazados de menesterosos, regresar hacia Cartagena de Indias a buscar un nuevo refugio. Estuvimos viviendo un buen tiempo en casa de un juglar amigo, donde disfrutamos de grandes parrandas y con amistades sinceras, pero fuimos enterados de la presencia de extraños, merodeando.
Anduvimos a manera de peregrinos por otros pueblos y ciudades cercanas, donde unas veces éramos gitanos videntes y, otras, vendedores de libros. Sin duda la Costa Atlántica no era lo mejor porque el mar nos mantendría cerca de nuestros enemigos. Muy pronto estuvo Yasar intensamente agotado de sobresaltos y escondrijos, sobre todo de arrastrar de un lugar para otro, camuflada en seis costales de fique, una fortuna peligrosa que quieres gastar y no puedes.
Inventar un lugar tierra adentro, ausente de la vida ruidosa, fue la primera ocurrencia en la exploración de lo deseado. Recorrido medio país de acá y medio de allá por rutas inclementes y trochas imaginarias (en barcos de vapor o automóviles), atravesados caños de lodo y ríos encantados e infestados de cuanta bestezuela pare la tierra (en embarcaciones de aborígenes) y, por último, sumergidos en montes intrincados sobreviviendo al asedio pernicioso de fiebres caniculares (sobre incómodos lomos de mulas), descubrimos el imponente océano de las llanuras orientales: un paraíso de pampas radiantes tal como las habíamos imaginado juntos en nuestros sueños, construidos con retazos de las historias desdibujadas de los traficantes italianos.
Arribamos a una población de aire arcano y legendario, en medio de la geografía fronteriza de dos países. Confieso que me costó —no sólo tiempo sino también esfuerzo— entender a cuál pertenecía, y sólo lo vine a saber porque Yasar, con la indulgencia de un sabio maestro de escuela, me lo señaló por tanteo y error en un mapa, diciéndome está aquí de este lado, y lo marcaba con el dedo en el atlas, y yo le decía: parece de allá. Él reía estallado y decía luego: parece de ninguno. Por eso creyó que nunca iban a encontrarnos. Yasar estaba enamorado hasta del oxígeno que respiraba, y, en lo que a mí concierne, parecía un sueño cumplido: era el lugar fastuoso y perfecto donde tendríamos seis hijos y viviríamos felices para siempre. Así que, con las alforjas llenas de oro y joyas, llegamos negociando fanegadas de tierras y ganados que en poco tiempo vimos reproducir igual que el pasto verde en las praderas fértiles. Mi astuto marido combinó la ganadería con la extracción de pieles, mieles, aceite de palo de copaiba, caucho y plumas de garza, que luego intercambiaba por oro y mercaderías que revendía multiplicando por mil. Hizo construir en el pueblo llanero una mansión amplia y ostentosa, sujeta a mis caprichos, y una estancia cómoda en la hacienda, y ordenó el arreglo de la escuela y la iglesia, con lo que se ganó el aprecio de la gente del lugar.
Pero contrario a todo deseo, el pueblo en realidad estuvo lejos de ser el remanso soñado. Una mañana, con las primeras luces del alba, mientras retozábamos dichosos y desnudos en la cama con una de nuestras amantes compartidas, advertimos los golpes del aldabón sobre el portón. Una sirvienta asomó con el recado de que requerían a Yasar, y él bajó. Jamás desatendía sus negocios ni hacía esperar a ninguno mucho tiempo, así fuera para atender al más insignificante de los hombres. Bajaba siempre a saltos con el arma en el pantalón, pero esa vez no lo hizo, imagino que por un asalto de abandono y confianza, porque sólo llevaba encima el quimono sedoso de levantarse. Desde la bañera oí el alboroto de la discusión y una detonación fuerte y seca que creó un eco lánguido durante unos segundos.
Desorientada, ansiosa y aturdida corrí escalera abajo. Recuerdo que me torcí un tobillo y caí rodando los dos últimos escalones, alcé la cara y reconocí a Yasar como una sombra a los pies del criminal, cuyo vistazo terrible de insolentes ojos amarillos me envolvía toda. Jamás podré olvidar su perfil de rata inconfundible. Yasar tenía la quijada desviada, en su boca había una mezcla de saliva y sangre escanciada amenazando escurrirse en cualquier instante. Su cuerpo grande yacía sobre una mancha roja, caliente y espesa igual que una jalea. No murió de inmediato, ésa fue la peor parte. El plomo en la cabeza le deshizo una oreja, le desbarató cierta parte del cráneo y le dejó un agujero como una boca gritando por donde entró mi mano asustada tratando de evitarle la hemorragia, quedando mi esposo vegetativo y avejentado, hasta que una tarde distante la muerte se lo cargó marchito y encogido, semejante a un muñeco de trapo.
Un relato corto. Por Augusto Orta

La conocí en un putero. Su familia había muerto en la pandemia del Corona Virus. Aduce que cortaría el frágil hilo de su existir, pero no se anima. Y Sobrevive en lo de un chulo; que en el fondo no es mal tipo, le interesa su parte del negocio. El sexo constante y sonante palía la ausencia de cariño. Duerme exahusta, como nunca pudo el tiempo que duró la agónica muerte de sus dos niños y un esposo ejemplar. Le rogué que se venga conmigo, que tengo un lugar separado del mundo con una huerta orgánica. Que nos autoabasteceríamos.
No soy su tipo, responde lagrimeando sobre una sábana endurecida por el semen, mientras tanto acelero el ritmo ya que mi tiempo está por acabar. Me despido, es jueves 23 de octubre del año 2025. Tengo un pase para circular libremente, ir al casino, ser juez de buena fe en transacciones de alto nivel, etcétera. Fue muy drástico ver como la población mundial disminuyó dos tercios. La verdad es que a esa altura a nadie le importaba seguir muerto o seguir vivo. Seguían.
Pascua en Nueva York. Por Blaise Cendrars
Traducido por Tamym Maulén

Señor, hoy es el día de tu Nombre,
Leí en un viejo libro la gesta de tu Pasión,
Y tu angustia y tus esfuerzos y tus buenas palabras
Que lloran en el libro, dulcemente monótonas.
Un viejo monje me contó de tu muerte.
Trazaba tu historia con letras de oro
En un misal, colocado en sus rodillas.
Trabajaba duro inspirándose en Ti.
Protegido en el altar, sentado con su hábito blanco,
Trabajaba lentamente de lunes a domingo.
Las horas se detuvieron en el umbral de su retiro.
Él, se olvidó de todo, inclinado sobre tu retrato.
En vísperas, cuando las campanas sonaban en la torre,
El buen hermano ignoraba si era su amor
O si era el Tuyo, Señor, o tu Padre,
Quien golpeaba fuerte las puertas del monasterio.
Yo soy como ese buen monje, esta noche estoy inquieto.
En la habitación de al lado, un ser triste y mudo
Espera tras la puerta, ¡espera que yo llame!
Eres Tú, es Dios, soy yo; es el Eterno.
No te conocí entonces ni ahora.
Nunca oré cuando niño.
Sin embargo, esta noche pienso en Ti con terror.
Mi alma es una viuda en duelo al pie de tu Cruz;
Mi alma es una viuda de negro, es tu Madre
Sin lágrimas ni esperanza, como la pintó Carrière.
Conozco todos los Cristos que cuelgan en los museos;
Pero esta noche, Señor, Tú caminas a mi lado.
Desciendo rápidamente hacia la parte baja de la ciudad,
la espalda encorvada, el corazón apretado, el espíritu afiebrado.
Tu costado abierto es como un gran sol
Y alrededor tus manos palpitan de chispas.
Las ventanas de las casas están llenas de sangre
Y las mujeres, detrás, son como flores de sangre,
Extrañas flores mustias y feas, orquídeas,
Cálices derramados y abiertos sobre tus tres heridas.
Ellas nunca bebieron tu sangre recogida.
Ellas tienen rouge en los labios y encajes en el culo.
Las flores de la Pasión son blancas, como cirios,
Son las flores más suaves en el Jardín de la Buena Virgen.
En esta hora, hacia la hora novena,
Cuando tu cabeza, Señor, cayó sobre tu Corazón,
Estoy sentado al borde del océano
Y recuerdo un cántico alemán,
Que dice, con palabras muy suaves, muy simples, muy puras,
La belleza de tu Cara en la tortura.
En una iglesia, en Siena, en un panteón,
Vi la misma Cara, en el muro, bajo una cortina.
Y en una eremita, en Bourrié-Wladislasz,
Estaba repleta de oro en un relicario.
Turbias piedras preciosas están en el lugar de los ojos
Y los campesinos, de rodillas, besan Tus ojos.
En el pañuelo de Verónica, Ella está impresa
Y por eso Santa Verónica es Tu santa.
Es la mejor reliquia que camina por los campos,
Ella cura a todos los enfermos, a todos los malvados.
Ella todavía hace otros mil y mil milagros,
Pero nunca he asistido a ese espectáculo.
Quizá me falte la fe, Señor, y la bondad,
Para ver esa irradiación de tu Belleza.
Sin embargo, Señor, hice un peligroso viaje
Para contemplar en un berilo el tallado de tu imagen.
Haz, Señor, que mi rostro apoyado en las manos
Deje caer en la máscara de angustia que me oprime.
Haz, Señor, que mis dos manos apoyadas sobre mi boca
No laman la espuma de una feroz desesperación.
Estoy triste y enfermo. Quizá por Ti,
Quizá por otro. Quizá por Ti.
Señor, la multitud de pobres para quienes hiciste el Sacrificio
Esta aquí, encerrada, amontonada, como ganado, en los hospicios.
De los horizontes vienen inmensos barcos negros
Y los desembarcan, revueltos, sobre los pontones.
Hay italianos, griegos, españoles,
Rusos, búlgaros, persas, mongoles.
Son bestias de circo que saltan los meridianos.
Les arrojan un pedazo de carne negra, como a los perros.
Esta sucia miseria es su propia felicidad.
Señor, ten piedad de las personas que sufren.
Señor, en los ghetos rebosa la turba de los judíos
Vienen de Polonia y son todos fugitivos.
Bien lo sé, esos judíos te han procesado;
Pero te aseguro, no son del todo malos.
Están en sus tiendas bajo lámparas de cobre,
Venden ropa vieja, armas y libros.
A Rembrandt le encantaba pintarlos en sus harapos.
Esta noche yo he regateado un microscopio.
¡Ay! Señor, ¡ya no estarás aquí, después de Pascua!
Señor, ten piedad de los judíos en las barracas.
Señor, las humildes mujeres que te acompañaron al Gólgota
Se ocultan. Al fondo de los tugurios, en inmundos sofás.
Están contaminadas por la miseria de los hombres.
Los perros les royeron los huesos, y en el ron
esconden su vicio endurecido que las corroe.
Yo desfallezco, Señor, cuando una de esas mujeres me habla.
Querría ser Tú para amar a las prostitutas.
Señor, ten piedad de las prostitutas.
Señor, estoy en el barrio de los ladrones buenos,
De los vagabundos, de los matones, de los encubridores.
Pienso en los dos ladrones que estuvieron contigo en el Suplicio,
Sé que te dignabas sonreír ante su mala suerte.
Señor, uno quisiera tener una cuerda con un nudo en la punta
Pero la cuerda no es gratis, cuesta veinte centavos.
Este viejo bandido razonaba como un filósofo.
Yo le di opio para que fuera más rápido al paraíso.
También pienso en los músicos callejeros.
En el violinista ciego, en el manco que toca el órgano de madera,
En la cantante con sombrero de paja y rosas de papel;
Sé que son ellos quienes cantan durante la eternidad.
Señor, dales una limosna, no el resplandor de los faroles,
Señor, dales un limosna de muchos centavos.
Señor, cuando tú moriste, la cortina se rasgó,
Nadie dijo lo que se vio detrás.
De noche, la calle es como una desgarradura,
Llena de oro y sangre, de fuego y cáscaras.
Aquéllos que expulsaste del templo con tu látigo
Flagelan a los transeúntes con un montón de fechorías.
La estrella que desapareció entonces del tabernáculo,
Arde sobre los muros en la cruda luz de los espectáculos.
Señor, el Banco iluminado es como una caja fuerte,
Donde se coaguló la Sangre de tu muerte.
Las calles están desiertas y se vuelven más negras.
Yo me tambaleo como un borracho en las veredas.
Tengo miedo de las grandes sombras que proyectan las casas.
Tengo miedo. Alguien me sigue. No me atrevo a girar la cabeza.
Un paso que cojea y cojea se acerca más y más.
Tengo miedo. Estoy mareado. Y me detengo a propósito.
Un espantoso personaje me lanzó una mirada
Aguda, luego pasó, malo, como un puñal.
Señor, nada ha cambiado desde que ya no eres Rey.
El Mal se ha hecho una muleta con tu Cruz.
Desciendo los malos escalones de un café
Y heme aquí, sentado, ante un vaso de té.
Estoy entre los chinos, quienes están de espaldas.
Sonríen, se agachan, y son atentos como figuritas de porcelana.
El negocio es pequeño, pintado de rojo,
Y curiosos cromos están enmarcados en bambú.
Hokusai pintó los cien aspectos de una montaña,
¿Cómo sería tu Cara pintada por un chino?
Esta última idea, Señor, primero me hizo sonreír.
Te veía en perspectiva en tu martirio.
Pero el pintor, sin embargo, habría pintado tu tormento
Con más crueldad que nuestros pintores occidentales.
Cuchillas contorneadas habrían aserrado tus carnes,
Alicates y pinzas habrían estriado tus nervios.
Te habrían pasado un collar por el cuello,
Te habrían sacado las uñas y los dientes,
Inmensos dragones negros se habrían arrojado sobre Ti,
Y te hubieran soplado llamas en el cuello,
Te habrían arrancado la lengua y los ojos,
Te habrían empalado en una estaca.
Así, Señor, hubieras sufrido la total infamia,
Porque no hay postura más cruel.
Luego, te habrían lanzado a los chanchos
Quienes te habrían roído el vientre y las tripas.
Ahora estoy sólo, los otros salieron,
Me puse sobre un banco contra el muro.
Hubiera querido entrar, Señor, en una iglesia;
Pero no hay campanas, Señor, en esta ciudad.
Pienso en las campanas mudas: ¿dónde están las antiguas campanas?
¿Dónde las letanías y las dulces antífonas?
¿Dónde están los largos oficios y dónde los bellos cánticos?
¿Dónde están las liturgias y las músicas?
¿Dónde están tus orgullosos prelados, Señor, dónde tus monjas?
¿Dónde el alba blanca, el amito de las Santas y Santos?
La alegría del Paraíso se ahoga en el polvo,
Los fuegos místicos ya no centellean en los vitrales.
El alba tarda en llegar, y en los estrechos pasajes
Sombras crucificadas agonizan en las paredes.
Es como un Gólgota de noche en un espejo
Al que se ve temblar en rojo sobre negro.
El humo, bajo la lámpara, es como un paño desteñido
Que gira, retorcido, alrededor de tus riñones.
Por encima, la lámpara pálida está suspendida,
Como tu Cabeza, triste y muerta y sin sangre.
Insólitos reflejos palpitan sobre los vidrios…
Tengo miedo y estoy triste, Señor, de estar tan triste.
“Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”
-La luz que se estremece, humilde en la mañana.
“Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”
-La blancura angustiada palpitando como las manos.
“Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”
-El augurio de la primavera agitando mi pecho.
Señor, el alba apareció fría como un sudario
Y puso al descubierto los rascacielos en el aire.
Ya resuena un ruido inmenso sobre la ciudad.
Ya los trenes saltan, retumban y pasan.
El metro rueda y ruge bajo tierra.
Los puentes son sacudidos por los vagones.
La ciudad tiembla. Gritos, fuego y humaredas,
Sirenas a vapor roncan como gritos.
Una multitud afiebrada por los sudores del oro
Se empuja y corre por los largos pasillos.
Turbio, en el desorden de los tejados,
El sol es tu Cara manchada por los escupos.
Señor, vuelvo a casa cansado, solo y muy triste…
Mi habitación está vacía como una tumba…
Señor, estoy muy solo y tengo fiebre…
Mi cama está fría como un ataúd…
Señor, cierro los ojos y aprieto los dientes…
Estoy demasiado solo. Tengo frío. Te llamo…
Cien mil trompos giran ante mis ojos…
No, cien mil mujeres… No, cien mil violonchelos…
Pienso, Señor, en mis horas desdichadas…
Pienso, Señor, en mis horas pasadas…
Ya no pienso en Ti. Ya no pienso en Ti.
Nueva York, Abril de 1912.
Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #9. Por Leandro Alva

Desde que empezó este asunto de la cuarentena obligatoria y el hashtag #quedateencasa se hizo amo y señor de las redes, poca gente se detiene a pensar en aquellos que no tienen casa donde quedarse y mucho menos una cuenta en una red social. Mientras tanto, hay algunos que desde la comodidad de su balcón muestran la hilacha de sus berretines panópticos y señalan con el dedo o a los gritos (incluso por medio de megáfonos) a cualquier ser humano que ven circular a la intemperie, aún sin saber porqué ese ser humano está en donde está. Esos tipos ya nacen así, con el corazón ortiba. Por ese motivo, no abono mucho a esa teoría esperanzadora que anda circulando, que asegura que después de todo esto vamos a ser mejores, que vamos a tener un mundo floreciente, fraternal, igualitario, y bla bla bla…
Tampoco se me da por llevar la cuenta de los días que engordan el aislamiento ni de la cantidad de víctimas que repiten los medios cada 15 minutos. Esos ejercicios estadístico-necrológicos me producen cierto rechazo y me perturban un poco. Tal vez por eso, apenas me limito a leer, salir de compras cada tres o cuatro días y escribir estos apuntes. Si alguna vez vieron una foto del estudio de Francis Bacon pueden hacerse una idea del paisaje que me circunda. Por otra parte, mis destrezas gastronómicas se limitan a una pálida escasez de platos que se repiten sistemáticamente. Es una verdadera fortuna que mi vieja viva al lado de casa y me invite a comer seguido.
Las calles parecen un desierto sin aviadores ni principitos fastidiosos. Hoy me tocó salir en búsqueda de víveres, y a la vuelta del chino me encontré con un botellero que conozco de la infancia. Me saludó desde el otro lado de la calle y casi me pidió perdón por violar la cuarentena. Lo noté avergonzado, culposo. Tengo que cirujear algo para comer, papá, los melli me esperan. No hay drama, loco, mucha gente tiene que salir a laburar. Conversamos un par de minutos y antes de despedirnos me acerqué a una distancia razonable y le tiré un paquete de fideos moñito. Los atrapó en el aire con una pirueta que me hizo reír. Hace años era un buen arquero. Gracias, papá, me dijo (no sé si no se acuerda mi nombre o le dice papá a todo el mundo). De nada, Gera, le contesté yo. Cuidate, loco. Vos también cuidate, papá.
Doblé la esquina y llegué a casa pensando en la suerte que tengo de poder llamar así al lugar donde paso estas horas tan inusuales. Me puse a cocinar un arroz con salchichas mientras en la compu sonaba música clásica, creo que era Brückner. Bueh, no importa. Minutos después dijeron en la tele que el papa nos había perdonado a todos. Pater de caelis Deus, miserere nobis. Y al rato ya me había olvidado de mi amigo de la infancia, el arquerazo que salió a cortar un centro envenenado para poder llevarle algo de morfar a los pibes.
Leandro Alva, Temperley, 27 de marzo de 2020.









