Pascua en Nueva York. Por Blaise Cendrars

Traducido por Tamym Maulén

Señor, hoy es el día de tu Nombre,

Leí en un viejo libro la gesta de tu Pasión,

Y tu angustia y tus esfuerzos y tus buenas palabras

Que lloran en el libro, dulcemente monótonas.

Un viejo monje me contó de tu muerte.

Trazaba tu historia con letras de oro

En un misal, colocado en sus rodillas.

Trabajaba duro inspirándose en Ti.

Protegido en el altar, sentado con su hábito blanco,

Trabajaba lentamente de lunes a domingo.

Las horas se detuvieron en el umbral de su retiro.

Él, se olvidó de todo, inclinado sobre tu retrato.

En vísperas, cuando las campanas sonaban en la torre,

El buen hermano ignoraba si era su amor

O si era el Tuyo, Señor, o tu Padre,

Quien golpeaba fuerte las puertas del monasterio.

Yo soy como ese buen monje, esta noche estoy inquieto.

En la habitación de al lado, un ser triste y mudo

Espera tras la puerta, ¡espera que yo llame!

Eres Tú, es Dios, soy yo; es el Eterno.

No te conocí entonces ni ahora.

Nunca oré cuando niño.

Sin embargo, esta noche pienso en Ti con terror.

Mi alma es una viuda en duelo al pie de tu Cruz;

Mi alma es una viuda de negro, es tu Madre

Sin lágrimas ni esperanza, como la pintó Carrière.

Conozco todos los Cristos que cuelgan en los museos;

Pero esta noche, Señor, Tú caminas a mi lado.

Desciendo rápidamente hacia la parte baja de la ciudad,

la espalda encorvada, el corazón apretado, el espíritu afiebrado.

Tu costado abierto es como un gran sol

Y alrededor tus manos palpitan de chispas.

Las ventanas de las casas están llenas de sangre

Y las mujeres, detrás, son como flores de sangre,

Extrañas flores mustias y feas, orquídeas,

Cálices derramados y abiertos sobre tus tres heridas.

Ellas nunca bebieron tu sangre recogida.

Ellas tienen rouge en los labios y encajes en el culo.

Las flores de la Pasión son blancas, como cirios,

Son las flores más suaves en el Jardín de la Buena Virgen.

En esta hora, hacia la hora novena,

Cuando tu cabeza, Señor, cayó sobre tu Corazón,

Estoy sentado al borde del océano

Y recuerdo un cántico alemán,

Que dice, con palabras muy suaves, muy simples, muy puras,

La belleza de tu Cara en la tortura.

En una iglesia, en Siena, en un panteón,

Vi la misma Cara, en el muro, bajo una cortina.

Y en una eremita, en Bourrié-Wladislasz,

Estaba repleta de oro en un relicario.

Turbias piedras preciosas están en el lugar de los ojos

Y los campesinos, de rodillas, besan Tus ojos.

En el pañuelo de Verónica, Ella está impresa

Y por eso Santa Verónica es Tu santa.

Es la mejor reliquia que camina por los campos,

Ella cura a todos los enfermos, a todos los malvados.

Ella todavía hace otros mil y mil milagros,

Pero nunca he asistido a ese espectáculo.

Quizá me falte la fe, Señor, y la bondad,

Para ver esa irradiación de tu Belleza.

Sin embargo, Señor, hice un peligroso viaje

Para contemplar en un berilo el tallado de tu imagen.

Haz, Señor, que mi rostro apoyado en las manos

Deje caer en la máscara de angustia que me oprime.

Haz, Señor, que mis dos manos apoyadas sobre mi boca

No laman la espuma de una feroz desesperación.

Estoy triste y enfermo. Quizá por Ti,

Quizá por otro. Quizá por Ti.

Señor, la multitud de pobres para quienes hiciste el Sacrificio

Esta aquí, encerrada, amontonada, como ganado, en los hospicios.

De los horizontes vienen inmensos barcos negros

Y los desembarcan, revueltos, sobre los pontones.

Hay italianos, griegos, españoles,

Rusos, búlgaros, persas, mongoles.

Son bestias de circo que saltan los meridianos.

Les arrojan un pedazo de carne negra, como a los perros.

Esta sucia miseria es su propia felicidad.

Señor, ten piedad de las personas que sufren.

Señor, en los ghetos rebosa la turba de los judíos

Vienen de Polonia y son todos fugitivos.

Bien lo sé, esos judíos te han procesado;

Pero te aseguro, no son del todo malos.

Están en sus tiendas bajo lámparas de cobre,

Venden ropa vieja, armas y libros.

A Rembrandt le encantaba pintarlos en sus harapos.

Esta noche yo he regateado un microscopio.

¡Ay! Señor, ¡ya no estarás aquí, después de Pascua!

Señor, ten piedad de los judíos en las barracas.

Señor, las humildes mujeres que te acompañaron al Gólgota

Se ocultan. Al fondo de los tugurios, en inmundos sofás.

Están contaminadas por la miseria de los hombres.

Los perros les royeron los huesos, y en el ron

esconden su vicio endurecido que las corroe.

Yo desfallezco, Señor, cuando una de esas mujeres me habla.

Querría ser Tú para amar a las prostitutas.

Señor, ten piedad de las prostitutas.

Señor, estoy en el barrio de los ladrones buenos,

De los vagabundos, de los matones, de los encubridores.

Pienso en los dos ladrones que estuvieron contigo en el Suplicio,

Sé que te dignabas sonreír ante su mala suerte.

Señor, uno quisiera tener una cuerda con un nudo en la punta

Pero la cuerda no es gratis, cuesta veinte centavos.

Este viejo bandido razonaba como un filósofo.

Yo le di opio para que fuera más rápido al paraíso.

También pienso en los músicos callejeros.

En el violinista ciego, en el manco que toca el órgano de madera,

En la cantante con sombrero de paja y rosas de papel;

Sé que son ellos quienes cantan durante la eternidad.

Señor, dales una limosna, no el resplandor de los faroles,

Señor, dales un limosna de muchos centavos.

Señor, cuando tú moriste, la cortina se rasgó,

Nadie dijo lo que se vio detrás.

De noche, la calle es como una desgarradura,

Llena de oro y sangre, de fuego y cáscaras.

Aquéllos que expulsaste del templo con tu látigo

Flagelan a los transeúntes con un montón de fechorías.

La estrella que desapareció entonces del tabernáculo,

Arde sobre los muros en la cruda luz de los espectáculos.

Señor, el Banco iluminado es como una caja fuerte,

Donde se coaguló la Sangre de tu muerte.

Las calles están desiertas y se vuelven más negras.

Yo me tambaleo como un borracho en las veredas.

Tengo miedo de las grandes sombras que proyectan las casas.

Tengo miedo. Alguien me sigue. No me atrevo a girar la cabeza.

Un paso que cojea y cojea se acerca más y más.

Tengo miedo. Estoy mareado. Y me detengo a propósito.

Un espantoso personaje me lanzó una mirada

Aguda, luego pasó, malo, como un puñal.

Señor, nada ha cambiado desde que ya no eres Rey.

El Mal se ha hecho una muleta con tu Cruz.

Desciendo los malos escalones de un café

Y heme aquí, sentado, ante un vaso de té.

Estoy entre los chinos, quienes están de espaldas.

Sonríen, se agachan, y son atentos como figuritas de porcelana.

El negocio es pequeño, pintado de rojo,

Y curiosos cromos están enmarcados en bambú.

Hokusai pintó los cien aspectos de una montaña,

¿Cómo sería tu Cara pintada por un chino?

Esta última idea, Señor, primero me hizo sonreír.

Te veía en perspectiva en tu martirio.

Pero el pintor, sin embargo, habría pintado tu tormento

Con más crueldad que nuestros pintores occidentales.

Cuchillas contorneadas habrían aserrado tus carnes,

Alicates y pinzas habrían estriado tus nervios.

Te habrían pasado un collar por el cuello,

Te habrían sacado las uñas y los dientes,

Inmensos dragones negros se habrían arrojado sobre Ti,

Y te hubieran soplado llamas en el cuello,

Te habrían arrancado la lengua y los ojos,

Te habrían empalado en una estaca.

Así, Señor, hubieras sufrido la total infamia,

Porque no hay postura más cruel.

Luego, te habrían lanzado a los chanchos

Quienes te habrían roído el vientre y las tripas.

Ahora estoy sólo, los otros salieron,

Me puse sobre un banco contra el muro.

Hubiera querido entrar, Señor, en una iglesia;

Pero no hay campanas, Señor, en esta ciudad.

Pienso en las campanas mudas: ¿dónde están las antiguas campanas?

¿Dónde las letanías y las dulces antífonas?

¿Dónde están los largos oficios y dónde los bellos cánticos?

¿Dónde están las liturgias y las músicas?

¿Dónde están tus orgullosos prelados, Señor, dónde tus monjas?

¿Dónde el alba blanca, el amito de las Santas y Santos?

La alegría del Paraíso se ahoga en el polvo,

Los fuegos místicos ya no centellean en los vitrales.

El alba tarda en llegar, y en los estrechos pasajes

Sombras crucificadas agonizan en las paredes.

Es como un Gólgota de noche en un espejo

Al que se ve temblar en rojo sobre negro.

El humo, bajo la lámpara, es como un paño desteñido

Que gira, retorcido, alrededor de tus riñones.

Por encima, la lámpara pálida está suspendida,

Como tu Cabeza, triste y muerta y sin sangre.

Insólitos reflejos palpitan sobre los vidrios…

Tengo miedo y estoy triste, Señor, de estar tan triste.

“Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”

-La luz que se estremece, humilde en la mañana.

“Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”

-La blancura angustiada palpitando como las manos.

“Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”

-El augurio de la primavera agitando mi pecho.

Señor, el alba apareció fría como un sudario

Y puso al descubierto los rascacielos en el aire.

Ya resuena un ruido inmenso sobre la ciudad.

Ya los trenes saltan, retumban y pasan.

El metro rueda y ruge bajo tierra.

Los puentes son sacudidos por los vagones.

La ciudad tiembla. Gritos, fuego y humaredas,

Sirenas a vapor roncan como gritos.

Una multitud afiebrada por los sudores del oro

Se empuja y corre por los largos pasillos.

Turbio, en el desorden de los tejados,

El sol es tu Cara manchada por los escupos.

Señor, vuelvo a casa cansado, solo y muy triste…

Mi habitación está vacía como una tumba…

Señor, estoy muy solo y tengo fiebre…

Mi cama está fría como un ataúd…

Señor, cierro los ojos y aprieto los dientes…

Estoy demasiado solo. Tengo frío. Te llamo…

Cien mil trompos giran ante mis ojos…

No, cien mil mujeres… No, cien mil violonchelos…

Pienso, Señor, en mis horas desdichadas…

Pienso, Señor, en mis horas pasadas…

Ya no pienso en Ti. Ya no pienso en Ti.

Nueva York, Abril de 1912.

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