Tag Archive | Tentativa de suicidio

El escritor realizado, por Humberto Dib

EL ESCRITOR REALIZADO

HUMBERTO DIB*

Después de muchos años de recorrer editoriales y agentes literarios sin ningún éxito, creyó que había llegado el momento de reconocer su fracaso, pero el escritor no quería morir sin dejar su huella en el mundo artístico, no era justo que su nombre terminase -ignoto- en las necrológicas del diario de su pueblucho. No, su suicidio tendría que ser un manifiesto descomunal, cargado de simbolismo dramático, como así también la carta de despedida, la cual debería ser brillante, trágica, conmovedora. Suicidio y nota de despedida: eso sí que sería recordado. Comenzó con la tarea que consideró más fácil. Escribió cuatrocientas setenta y dos cartas en un año y tres meses de febril actividad, pero, a pesar de la excelente calidad de las mismas, ninguna le pareció que estaba a la altura de sus sentimientos o de su nivel como narrador. Una mano amiga le allanó el camino: a hurtadillas le sustrajo el material y lo llevó a decenas de editoriales. Tusquets, Anagrama y Alfaguara en seguida se interesaron por el trabajo. La puja la ganó Anagrama que publicó el libro de inmediato. En poco menos de cinco meses, El escritor realizado -así se llamó la obra- llegó a las cinco reediciones y vendió más de cuatrocientos mil ejemplares. Superaba así las últimas producciones de Martin Amis, Roberto Calasso y Michel Houellebecq, todas juntas. Sin embargo, el escritor aceptó el éxito con una frialdad pasmosa. Un año después murió de manera extraña, ya siendo famoso y reconocido mundialmente, pero no dejó ninguna carta de despedida. Si fue suicidio o no, hasta ahora la policía no tiene elementos para determinarlo.

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Un rey en muletas

Héctor Lavoe se tiró desde el noveno piso de un hotel de San Juan. Fue el paso más largo de su vida. Sucedió después de una cadena de infortunios que comenzaron con el asesinato de su hijo. Héctor dio un paso sobre el vacío y sobrevivió. Tuvo que andar en muletas y sus piernas se fueron enarcando hasta hacer un paréntesis en el que se encerraba la grandeza de irse muriendo de a poco. Se le decía el rey de la puntualidad porque siempre llegaba tarde, quiso encontrarse más temprano con la muerte y ella le recordó que apurarse es tan impuntual como tardar.