Archivo de etiquetas| Manuel García Pérez

Ronin, de Francisco Narla.

Por Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

Ronin

En ocasiones tengo en cuenta el valor narrativo de una obra cuando, al leer en voz alta alguno de sus párrafos, descubro esa letanía subyacente en el ritmo de su lenguaje, una marca de oralidad que me recuerda a la tradición como una ofrenda ancestral, como una epifanía que rinde culto a la palabra en sí misma. La palabra como origen del mundo y de la historia de cada uno de nosotros en ese Libro Infinito que es el universo, parafraseando a Mallarmé.

   Ronin tiene esos visos de epopeya. Ronin, publicada por TH Novela, nos descubre otra reinterpretación del mito iniciático del samurai que se enfrenta a su solitaria condena errante para lograr que la hazaña sea valedora de una salvación personal y de toda una comunidad. Sobre Assur escribí lo suyo en su momento y, sobre Ronin, mantengo las siguientes virtudes que la novela ofrece para aquel lector que quiera adentrarse en una historia de aventuras, acorde con una tradición anglosajona que Narla ha asumido con un lenguaje preciosista y abigarrado: “El sol se ponía por la popa y Hasekura Tsunenaga observaba fascinado los telones de agua que se abrían reverencialmente ante la roda. De todas las órdenes que había recibido en su vida, aquella encomienda de viajar al país de los nanbanjin era, sin duda, la peor de todas. Echaba de menos sus humildes tierras, añoraba a su familia” (pág. 630).

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La muerte del 9, de Paz Castelló, ediciones Turpial.

Por Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

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  Llegó a mis manos la primera novela de Paz Castelló, con quien he hablado varias veces a través de las redes sociales sobre literatura y la manera de afrontar la composición de un texto. Extraviado entre novelas de amigos y clásicos imborrables, comencé a leer La muerte del 9 y puedo destacar especialmente que su estructura ágil y los motivos temáticos de su trama me entretuvieron durante unas horas, sugiriéndome que algo muy podrido se está cociendo en los clubes de fútbol, un pufo latente que parece ya inexcusable y difícil de ocultar cuando los prestamistas presionan.

  La novela de Paz Castelló sigue el modelo tradicional de novela detectivesca, pero ambientada en un club de fútbol, el Real Triunfo, con el fin de revelar la podredumbre y las miserias de los trasfondos que persisten tras el espectáculo del deporte. Con notable sello autobiográfico por la verosimilitud que adquiere en determinados momentos el relato, la novedosa iniciativa de la autora es lo que depara el entretenimiento, pues el marco del fútbol, como motivo para reflejar las complejidades maquiavélicas de los personajes que ocupan cargos directivos,  hace que La muerte del 9 se involucre valientemente en el análisis de las corruptelas y de los instintos que priman en esa clase de conductas.

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La primera vez que no te quiero, de Lola López Mondéjar: la fragmentación como género.

Por Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

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Durante años la narrativa de Lola López Mondéjar ha profundizado en una prosa donde los referentes literarios eran explícitos, dejando, sin embargo, una profunda y personalísima hechura en su forma de decir. En su nueva novela, La primera vez que no te quiero,  la fragmentación de la estructura, donde se entrecruzan diversos discursos a modo de reflexiones y de descriptivos pasajes emotivos y simbólicos, deja constancia de una voz auténtica, sin herencias, salvo la que domina desde su esencialidad, desde su propia esencialidad literaria, la que resume, nada más y nada menos, su concepción vital, aquella que la memoria de la autora activa, buscando en los recovecos de lo expresivo, de lo  sobrecogedor, una manera de estar en el mundo. Una novela caracterizada por la intensidad y la concisión para analizar temas modernos, ceñidos a las convulsas reacciones sociales en las que se ve envuelta Julia, sin descartar consecuentemente un descubrimiento personal de la propia experiencia de vivir que el personaje atraviesa a modo de iniciación hasta su madurez.

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Iris y Dédalo, un cuento de aventuras escrito e ilustrado por los hermanos Gallego.

 

Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

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 Cuando conocí personalmente a los hermanos Gallego me sorprendió su talento creativo, su compromiso con el arte y la humildad con la que asumían su capacidad para crear y competir actualmente en un mercado tan complejo como el del diseño creativo.

 

  Dentro de ese compromiso con el arte y el dibujo, su reciente trabajo, Iris y Dédalo (Editorial Alamut), refleja la visión personal y autónoma de un mundo propio donde se entremezcla la influencia del cine de animación japonés y esos rescoldos de un Disney primitivo.

 

  Bajo el guión de una historia de aventuras, con una estructura de cuento tradicional de carácter oral, los hermanos Gallego trabajan con dos personajes, dos buscadores de dragones, Iris y Dédalo, para sumergirnos en un mundo lleno de inquietantes encuentros con lo desconocido, con pueblos extraños y seres fabulosos, rescatados de una Edad Media fílmica e idealizada.

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En la la radiografía apareció la piel, de Alberto Chessa: poemas sobre asuntos y versiones de nuestra Modernidad.

 

Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

PORTADA LIBRO Y BIOGRAFÍA CHESSA

 

El proceso creativo en sí mismo como expresividad de un lenguaje inédito cunde en la elaboración del nuevo poemario de Alberto Chessa, editado por Huerga & Fierro. Lo que destaco desde el principio es esa esencia tribal y dionisíaca que presenta la textura de sus poemas, pues la fusión de diversos referentes míticos y poéticos es significativa en la composición del símbolo, así como la percusión de un ritmo constante, sin apenas apocamiento, cuya fuerza radica en la necesidad de que el lenguaje convoque realidades complejas, inasumibles en nuestro tiempo, aquellas que el autor considera como evocadoras de su propia identidad: lo mítico frente al ídolo, el barro frente al artificio, la contemplación frente al ocio: “He conocido ya el Kilimanjaro,/ Las ruinas de los incas y el peyote,/ El viento en alta mar, como un azote/ De Dios Nuestro Luzbel, oscuro y claro./ He conocido el fuego y el ignaro/Placer de polizón en paquebote” (pág.9).

El poeta José Luis Zerón destaca de la obra de Chessa su carácter de modernidad y es cierto cuando entendemos la modernidad como ese sincretismo cultural que no renuncia a la tradición, sino que la inserta en una nueva estructura de temas y referentes. El componente homérico subyace en la alusividad de imágenes, siendo la mitología una referencia implícita en la elaboración del discurso que Chessa ejerce con intención de acabar con los ídolos de barro que gobiernan desgraciadamente nuestras creencias oficiales : “Vino mi perro a olisquearme./ No me reconoció. Cerró los ojos./ Vi mi rostro flotando entre las aguas./ Tampoco yo reconocí esa estela./ La luz del Mar Menor se me pegó a los labios/ Y me dejó un rasguño” (pág. 13).

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Sombras y textos (1990-2007), de Jaume Plensa.

 

Sombras y textos (1990-2007), de Jaume Plensa.

Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

 

Jaume Plensa. The Crown Fountain

   La escultura de Jaume Plensa explora las posibilidades simbólicas del espacio, destacando, en el volumen de sus figuras, el convencimiento de que la cosa es tan importante como la ausencia de la misma.

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Vintage, de Marta Sanz. (Reseña)

Vintage, de Marta Sanz (Bartleby Editores).

Por Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

  Los versos de Marta Sanz comprenden el regreso a la infancia como un espacio de incertidumbre, en el que se generan todas las posibilidades del lenguaje. Ese regreso implica tomar conciencia de la intensidad emocional de un tiempo que se vivió y que retorna a nosotros como un crisol de experiencias significativas.

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   El lenguaje de la poesía transforma el flujo del pasado en una experiencia vivida de forma diferente. La sustancia de la poesía no es la sustancia del recuerdo, sino lo que queda oculto tras la pupila, tras las propias palabras que luchan por expresar lo inexpresable: “Se tuercen/ las rayas de la mano. / La memoria, / los aires felices,/ los gestos de la ternura, / la sal y la playa,/ no representan ya/ ningún consuelo” (pág. 75).

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La primera vez que no te quiero, de Lola López Mondéjar: la fragmentación como género.

Por Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

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  Durante años la narrativa de Lola López Mondéjar ha profundizado en una prosa donde los referentes literarios eran explícitos, dejando, sin embargo, una profunda y personalísima hechura en su forma de decir. En su nueva novela, La primera vez que no te quiero,  la fragmentación de la estructura, donde se entrecruzan diversos discursos a modo de reflexiones y de descriptivos pasajes emotivos y simbólicos, deja constancia de una voz auténtica, sin herencias, salvo la que domina desde su esencialidad, desde su propia esencialidad literaria, la que resume, nada más y nada menos, su concepción vital, aquella que la memoria de la autora activa, buscando en los recovecos de lo expresivo, de lo  sobrecogedor, una manera de estar en el mundo.

  La primera vez que no te quiero, editada por Siruela, indaga en la supervivencia de Julia o Giulietta, o Lía, en una realidad política y social que cambia paulatinamente y que la protagonista percibe como un proceso de revelación continua porque las verdades impuestas tienen el fatídico don de la controversia y la falacia, porque el aprendizaje necesario se fuerza en la confusión del amor, en la obsesión, en los temores de la infancia, en los fecundos símbolos de los paisajes y de la casa.

  Los viajes por ciudades europeas emblemáticas, donde se confunde la realidad con la ensoñación de un espacio para huir y para morir, la sensualidad de Paolo, la sórdida y creativa figura de El Señor Oscuro en el descubrimiento del sexo como transgresión de las normas y la lucha contra el lastre de las convenciones establecidas que lapida la creatividad y la libertad de las conductas inspiradas en el sano error de los enamoramientos nos descubren una narrativa fijada en la autobiografía como fingimiento de una vida, que no es la de la autora, sino la vida de muchos lectores que buscan, frente a modas nocivas, la reconciliación con esa literatura que expresa emotividad, realidades complejas sobre los comportamientos, estímulos sensoriales afines a nuestra forma de entender la posmodernidad y el desengaño de sus utopías.

  Lo que destaco de la novela es la dinámica de su estructura,  basada en breves fragmentos donde la intensidad gana a la narración prosaica y evidente de los hechos, porque lo sentimental, lo estimulante desde la reflexión y el recuerdo, adquieren la relevancia significativa del relato. Recordándome a las obras de John Berger o a los cuentos de Pasajes de Castle Road, de Alice Munro, lo que trasciende en la prosa de López Mondéjar es esa búsqueda en la tradición del Psiconálisis para profundizar en la sintomatología afectiva y desasosegante que experimentan sus personajes.

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Poemario: Luz de los escombros, de Manuel García Pérez. Valencia, Germanía Editorial, 2013.

 

Por Javier Puig

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Confiesa Manuel García (1976) que la poesía ha sido siempre un ejercicio de autodestrucción en su caso. La escritura, lejos del placer, es una necesidad que le sumerge en espacios desolados, en estampas turbias donde los osarios, el crimen, lo apocalíptico, la frondosidad frente a la sequía y toda suerte de aves, por ejemplo, se convierten en símbolos premonitorios de una existencia en continuo conflicto con la vida entendida como efusión o exaltación. La poesía va más allá del género, es un estado en trance, de una comunicación que necesita una gran eficacia técnica y un severo distanciamiento de otras formas de expresión que la teoría de géneros estudia.

   Sin embargo, su poesía contiene precisamente aquellos motivos poéticos que encuentra en importantes referentes narrativos. Para el autor de Luz de los escombros, la poesía se convierte en una clase de exorcismo para expulsar el poder simbólico que se deduce de paisajes y estados emocionales extremos. La invocación a las ausencias y la belleza paradójica de los terrenos desolados han hecho que Luz de los escombros haya llegado a su segunda edición en pocos meses. Para el ensayista Javier Puig: “En este libro, el paisaje se convierte en un ser agobiante, que con su pálpito intimida la soberbia humana, hasta someterla a la igualdad con otras vidas mucho más rudimentarias. Es un paisaje hecho con palabras de escueta luz. Leer estos versos es desplazarse a un mundo sin hospitalidad, al que hemos sido invitados desde una distancia enérgica pero fraterna. Allí nos sentimos hijos de un mismo dios que conocíamos vagamente, que habíamos intuido en las remisiones de nuestra dispersión, que había quedado tras la estampida de todas los formas del tiempo”.

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