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Neurastenia y gramática en Colombia

Por Eduardo García Aguilar*

Después de leer las 379 páginas de El cuervo blanco, de Fernando Vallejo, peculiar biografia personal del filólogo Rufino J. Cuervo, sentí una terrible sensación de asfixia, porque de ese volumen emanan las polillas y el olor mortecino de la colombia decimonónica, ultramontana y oligárquica que ha vivido y vive a espaldas del país real, en el limbo de un eterno Concilio de Trento.

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Yo no conozco París ni a París. (Sobre Fernando Vallejo y Rufino José Cuervo)

Yo no conozco París ni a París

Por: Andrés Felipe Escovar

Vallejo junto a la estampita de Cuervo.
Fotografía de Nelson Fredy Padilla. Tomada de: © El Espectador.


Fernando Vallejo en El lejano país de Rufino José Cuervo afirma que se debe decir “conozco a París” y no “conozco París”, como ya lo había enseñado  Cuervo más de un siglo antes en Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano. En mi caso particular no conozco la capital de Francia y tampoco conozco a la capital de Francia, y la regla de cómo expresarlo se ha difuminado. La decisión de cómo decirlo, a juicio de los autores mencionados anteriormente, estriba en que hay una clase de buenos hablantes y buenos escritores, y otra de chabacanos que desconocen las reglas primarias para el buen hablar. Estas nociones de corrección son las que unen a estos dos escritores tan, aparentemente, disímiles.

El nombre de Rufino José Cuervo persiste en la memoria de los colombianos gracias al instituto de estudios lingüísticos que lleva el nombre Caro y Cuervo; Caro- Miguel Antonio era su nombre- fue un gran amigo de Rufino y los dos urdieron gramáticas latinas; mientras que Cuervo se fue a Paris- él si pudo decir que conoció a Paris- el otro se quedó en Colombia ejerciendo la política y redactando la constitución de 1886, que fue la base del ordenamiento jurídico que predominó en el país hasta 1991.

El nombre de Vallejo aparece en distintos diarios del país, donde se pueden leer sus diatribas a escritores, políticos, Dios, la iglesia, los carnívoros, Darwin, Colombia, entre otros. Sus libros se venden con profusión por toda América Latina, ha ganado el premio Rómulo Gallegos, recibido doctorados honoris causa.

Vallejo escribió, antes de iniciar su carrera como hacedor de novelas y ensayos sobre distintos temas, dos biografías sobre los poetas nacionales de su país: José Asunción Silva y Porfirio Barba-Jacob. También hizo una gramática llamada Logoi. Estos datos que a primera vista parecen aleatorios, son importantes a la hora de comprender la noción de Vallejo sobre el idioma pues todo su trabajo ha respondido a una tradición que inició con la propuesta de Rufino José Cuervo.

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La última película de Fernando Vallejo

Fernando Vallejo desprecia muchas cosas; entre esas está el cine. Hubo un tiempo en que quiso ser director. Realizó tres películas, dos de ellas trataron la violencia en Colombia: haber trabajado con actores mexicanos generó que las mismas fueran un intento fallido(según su propio director, tan proclive al realismo), aunque puede ocurrir que en cuarenta o cincuenta años Vallejo sea reconocido por sus películas más que por sus novelas o comentarios de prensa. La tercera y última incursión en el lenguaje cinematográfico fue «Barrio de campeones» (1981), en este largometraje ya no se ocupó de Colombia sino de un barrio mexicano.

Cuando Fernando Vallejo no era estrella

Vallejo  posa mientras recibe otra distinción

Hubo un tiempo en el que las opiniones de Fernando Vallejo no aparecían en las secciones políticas de los diarios, ni se dedicaba a decir a los cuatro vientos que le gustaban los mcuhachos porque, con solo verlo, ya se sabía qué gustos sexuales tenía. También fue la época en que más que parecer un marica que cumple con el molde de todo escritor marica (inteligente, ácido, irreverente y demoledor de falsos ídolos), semejaba una señora que tocaba piano y le gustaba tomar un té vespertino con sus amigas de la alta sociedad.

De ese Fernando Vallejo que desapareció, sepultado  por sus opiniones perfectas para un titular de periódico sin noticias, documentales tan obsecuentes como La desazón suprema, `premios literarios y doctorados honoris causa, aún quedan registros visuales. A medidados de los noventa, Gloria valencia de Castaño  lo entrevistó y  lo regañó cuando el escritor dijo cosas para escandalizar señoras en lugar de contestar las preguntas hechas por  ella: