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Ray Bradbury vaticinó la presidencia de Trump.

El cuento  de Ray Bradbury, “Un sonido de Trueno”, publicado en el año 1952 en la revista Colliers, probablemente debió su celebridad durante muchos años debido a uno de los pioneros de  la Teoría del Caos, Edward Lorenz, quien acuñó el término  “Efecto Mariposa” para referirse a la estricta dependencia que presentan algunos sistemas sobre sus condiciones iniciales, en los cuales un pequeño cambio puede ocasionar una gran perturbación en un estadio posterior. Y esta elegante idea, no del todo novedosa (pues siempre se ha hablado del proverbio chino que reza: “El batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo”) aparece por primera vez desarrollada literariamente en este breve relato sobre una máquina del Tiempo que permite hacer safaris en la prehistoria.

Pero este punto científico, que no deja de ser interesante a todas luces desde los estudios de la complejidad, no es el que quisiera abordar para desempolvar una de las llamadas “mejores historias de viajes en el Tiempo”. Más bien, quisiera detenerme en la pertinencia política y la aguda predicción de “Un Sonido de Trueno” para la realidad que se vive en el país del Norte Más bien, el célebre autor de ciencia ficción  tampoco sería el primer pensador que analizando detenidamente la constitución de su país pudiera pronosticar la facilidad que de ella podría derivar un individuo para establecer una dictadura. Más bien, fue el célebre matemático Kurt Gödel quien, durante su estudio para el examen de ciudadanía del país del Norte en 1947, encontró  una falla lógica interna que demostraba cómo legalmente se podría establecer un fascismo en el país del Norte y convertirse de esta manera perfectamente legal en un feliz dictador.  La fórmula nunca la expresó Gödel, pero siempre ha estado flotando el aire en los ambientes intelectuales dejando espacio a la amplia especulación y la amenaza constante de que este pronóstico se cumpla.

En abril del presente año, durante la visita de Angela Merkel, la Casa Blanca  destacaba la genealogía alemana (Deutsche) de Trump. Curiosamente, en el cuento de Bradbury es  Deutscher, obvia referencia a los alemanes y el nazismo,  quien representa el riesgo de una posible dictadura:

‹‹Tenemos suerte. Si “Deutscher” hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Existe un hombre que es un anti todo para ti, un militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si “Deutscher” se volviera presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. ››

Hasta este momento, todo es un gran alivio y esperanza para la gente de 2055. Pero no es sino a través del desarrollo del cuento que se observan las funestas precipitaciones que se derivan de no atender con cuidado los resultados de lo que posteriormente se llamó “Efecto Mariposa” y es allí, gracias a éste viajero del Tiempo, descuidado y torpe, a quien sus guías desearían haber matado antes o dejar allí abandonado a su suerte, en las selvas del pasado, que entendemos una explicación totalmente novedosa desde la ciencia ficción sobre la presidencia del germano-americano Donald Trump. Al haber afectado una condición inicial aparentemente sin importancia, Eckels, el turista torpe del Tiempo,  desencadenó una perturbación que nos ha alcanzado hasta el 2018 en forma de distopía política, con un villano tan vulgar y obvio que seguro Marvel quisiera comprar sus derechos.

Y si  bien existen algunos artículos hablando sobre la predicción de Bradbury sobre Trump, la mayoría apuntan a la novela Fahrenheit 451 de 1953; como el cuento Un sonido del Trueno tiene fecha de publicación de 1952, considero que ya el autor iba mascullando las atrocidades anti-intelectuales que se vendrían y luego abordaría extraordinariamente en su celebrada novela de Bomberos.

No me sobra otra cosa que invitarlos a leer el cuento y sacar sus conclusiones por ustedes mismos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ciencia Ficción, por Josef Amón-Mitrani

For art to exist, for any sort of aesthetic activity to exist, a certain physiological precondition is indispensable: intoxication.

Fotografía por: Luciana Marti ©

 

CIENCIA FICCIÓN

Alexandra, Alex, ese lindo y emborrachado y (ya) viejo personaje que voy a narrar en la tercera persona del singular, recordó que antes, mucho antes, no había problema con eso de comprar una botellita de aguardiente, un par de jamones y llevarse el mercado para el cuarto y comer y tomar y escuchar las músicas de David Bowie en el discurrir de las comidas y las bebidas y la hamaca y las músicas de David Bowie. Recordó que antes, mucho antes, el mundo no era más feliz (siempre supo que “La Felicidad” no era más que una idea estúpida que regulaba el andar de lo cotidiano). Pero, eso sí, recordó que antes, mucho antes, la vida era más tranquila: había menos máquina, menos prosopopeya. “Cuando tenía mi banda de punk y mi libretica de apuntes –se decía a sí misma– lo dejaban a uno con su jamón y su aguardientico y su rock and roll. Lo dejaban a uno con la tranquilidad esa que produce el fracaso”.

Antes, mucho antes, Alexandra leía a Bradbury con risita. Con esa risita que saca la ciencia ficción: “Ja, qué locurita esa. Ja, ja”. Pasaba algo raro ahí: sentía esa angustia extraña de la ciencia, de la ficción, de lo futuro; pero siempre, casi siempre, sabía que era sólo ficción, que era sólo ciencia ficción. Y terminaba el libro y lo cerraba y lo dejaba en la mesita de noche y miraba pal techo y ahí venía el “Ja, qué locurita esa. Ja, ja”… Y Alex recuerda (hoy) esa risita y trata de meterse en ese cuerpo lejano (de niña linda del pasado) que leía a Bradbury con ese sarcasmo y esa risita y, como hablándole a un amigo imaginario, mira su cuarto lleno de cámaras y de pantallas y se dice a sí misma: “si yo hubiera sabido que hoy no puedo comprar mi aguardientico y mi jamón, y que no puedo escuchar mis músicas de David Bowie en esa hamaca que antes, mucho antes, colgaba en la esquina de mi cuarto, jamás…Óigase bien: JAMÁS me hubiera reído de la ciencia ficción”.

…Ese había sido un día malo para Alexandra. La verdad es que no siempre pensaba así.

JOSEF AMÓN-MITRANI

 

Bradbury o un cuervo que ofrece aspiradoras

 

cuervo

Ray Bradbury ha estado presente en nuestro continente desde hace muchos años y ha sido objeto de innumerables elogios en donde ensalzan su trabajo. En el cuento que a continuación les presentamos, escrito por la paraguaya Delfina Acosta, Bradbury ya no es un escritor (quizá no sea el mismo Ray y sólo sea una persona que tenga el mismo apellido) sino un vendedor de aspiradoras americanas que deviene en cuervo, como manimal, los homenajes ceden a la inquietud, el temor y un extrañamiento que, quizá, no fue sospechado por la autora:

El cuervo

Cuando el señor Bradbury llegó poco después de que cayera la tormenta ofreciéndonos una aspiradora americana, ni mi madre ni yo podíamos saber cuánta influencia llegaría a tener aquel anciano hombre en nuestras vidas. Era tan increíblemente anciano. Y tan frágil y enfermizo en apariencia. Por donde quiera que se lo mirase tenía mucho más de cien años. El señor Bradbury vestía un sobretodo de color azul eléctrico, cuyas mangas, ensanchadas y extremadamente largas, le llegaban casi hasta las rodillas. A decir verdad, no se desenvolvía con gracia como suelen desenvolverse los viejos a esa edad, pero sabía llevar con distinción su hermoso bastón de caoba.

Aquel bastón de caoba con punta de oro debía valer muchísimo dinero. Me animaba, a veces, el tonto deseo de preguntarle cuántos dólares había pagado por él, pero de inmediato desechaba la idea pues ese tipo de interrogatorio no se hace a un hombre mayor de edad. ¡Y que además vendía aspiradoras americanas!

Con rapidez nos explicaba las múltiples y apasionantes funciones de los botones mientras limpiaba el aparador inglés y la vieja alfombra de la sala. Quedamos encantadísimas con los resultados y decidimos comprar el producto en el instante. Ciento noventa dólares. Trato hecho. El señor Bradbury, en señal de profundo agradecimiento, prometió visitarnos a la tarde para tomar con nosotras el té.

No sabría cómo explicarlo, pero llegó a la cita convenida con un traje verde claro de estupendo corte y un aspecto casi juvenil. No parecía el mismo señor Bradbury que había aparecido durante la gran tormenta. En ciertos momentos de afectuosidad se lo veía hasta seductor. De hecho, sobrepasaba largamente los cien años. Misterio. Conversamos sobre tantas cosas. Las pinturas de Miguel Ángel, los cuentos de Borges, la promoción de nuevas invenciones lingüísticas que aumentaba el tiraje de las novelas breves, la naturaleza, las flores… Mi madre, que apenas intervenía en la conversación con un sí o con un no, tuvo la buena idea de dejarnos solos yéndose a la cocina para preparar el segundo servicio del té.

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El día que Bradbury fue una morsa

La foto es tomada de éste blog de Kimberly Butler

Alguna vez en Thousand Oaks, el pueblo en el que viven las dos hijas de Ray Bradbury, una artista del lugar llamada Carol Heyer hizo un retrato del escritor y lo donó a la biblioteca. Cuando Bradbury lo vio, lloró.

Realidad Mtv

Mtv no solo se inscribió en el código genético de la generación nacida después de los años 80’s, transformó para siempre la industria musical, la moda, la televisión, el cine y otras menos obvias, como la del libro, el arte y el sexo. Aunque todos estos cambios no sucedieron estrictamente por la gran influencia del canal televisivo americano, sí fue un gran paradigma de lo que posteriormente se conoció como la “videocultura”. Aunque hoy hablar de videocultura suene algo anacrónico, lo cierto es que aún hoy vivimos acorde a muchos de los patrones aprendidos en los años de “la palabra del video hecha carne”. De otra manera no explicaríamos el lugar central que Youtube ocupa en nuestra experiencia diaria, la gran amputación que significó el cierre de Megaupload, las nuevas manifestaciones de protesta que pasan más por el discurso de lo “cool” que por las añejas tesis marxistas que tanto emocionaron las generaciones previas a los ochentas.

Posteriormente, en la década de los 90, Mtv en su máximo apogeo experimentó y se apropió de expresiones populares independientes que deseaban transformar la televisión hacia algo más cercano a las identidades juveniles.  Sobra decir que casi todos estos experimentos tuvieron un rotundo éxito, y para sorpresa de los productores, no solo a nivel norteamericano sino a nivel mundial. Esta experiencia produjo una gran explosión de formatos, desde los más ligeros y vulgares -transmisión de fiestas en playas, con música rap y gente semidesnuda bailando- hasta propuestas más interesantes, como la serie de ciencia ficción Æon Flux

De esta época surgieron grandes programas, como Daria y Beavis and Butthead, que pese a las diferencias culturales y geográficas nos hicieron identificarnos con sus personajes y sus situaciones, pues eran tan ordinarias y normales, que podrían calificarse de “universales”, siguiendo la lectura de Borges a las Crónicas marcianas de Bradbury,  universales ya no por las grandes épicas y los valores humanos, sino por lo contrario: el aburrimiento, la estupidez, la apatía, la fealdad, el desencanto adolescente.

Pero al mismo tiempo que Mtv nos ofrecía un espejo de nuestro inconformismo, también producía grandes esperpentos, dirigidos a un público mediocre, como The Real World, que lamentablemente, pero no sorprendentemente, contó con una gran acogida y motivó a la reproducción  de este modelo a lo largo y ancho del mundo que con soberbia se autotildaba de “real”.

Lo real en un mundo de simulacro solo puede enseñarnos sobre la realidad del simulacro más allá de una idea de lo real. Siguiendo a Baudrillard: “Este es el punto decisivo de la sociedad hiperreal, en que lo real se confunde con el modelo” (Baudrillard, J. Simulacro y Simulación). El modelo a seguir pretendía ser el de la vida de un grupo de jóvenes norteamericanos “normales”, con una vida social “regular” y con una propensión a volverse “populares” por ser “ellos mismos”.

El soporte del status-quo se ancla en el ego de los individuos. Existe una satisfacción mental en pensar que el mundo se encuentra bien, que el gobierno es justo, que la vida es buena y la realidad es bonita. Poner en duda cualquiera de estas certidumbres es dolorosa para el ego de los individuos porque implica reconocer, en primer lugar, que está equivocado, y en segundo lugar, que su vida no es buena ni estamos el mejor de los mundos posibles.

Mtv  fue una cadena que por simbiosis se adhirió al ADN de una generación y terminó por traicionarla cuando llevó su experimento al punto más arriesgado: diseñar su propia realidad y hacérsela tragar a su audiencia como auténtica.  La cadena televisiva entendió demasiado bien al escritor J. M. Ballard cuando afirmaba “La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad”. Si se cambia la palabra “escritor” por la del “productor”, se entiende que lo único que hacía falta para esta fórmula era un apartamento y un equipo de cámaras.

Estamos hablando de historia patria. De cuentos de hace más de dos décadas. De la “videocultura” hemos pasado a la “cibercultura”; el apático no se sienta junto a su compañero a hablar mal de las bandas de rock frente a un televisor, sino que lo hace directamente desde los canales de Youtube, las páginas oficiales y los foros. La chica sarcástica y desgarbada del salón de clases ahora escribe un blog y tiene una @ de twitter en donde es apreciada por su humor mordaz y ácido.

Mtv ahora parece Rtv, pues se ha vuelto un canal de realidades espurias: el sueño de la adolescente que quiere celebrar sus dieciséis años, el chico que quiere ser popular, el tonto que quiere ser rockstar. Ya nadie necesita ni quiere comerse la mierda que Mtv quiere darle.

El hiperrealismo de Mtv le ha jugado en contra y ahora, como una cruel venganza, los fieles seguidores a esos dibujos animados, mal pintados y de baja resolución,  le recuerdan al canal que esas caricaturas eran mucho más reales que el “mundo real“.