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Feria madre (decimocuarta entrega)

Por Pedro Pablo Escobar Escárraga

http://elviajedesimonides.blogspot.com/

Simónides continúa discutiendo en la gran feria de los mundos. Acá podrán leer el capítulo anterior:

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CAPITULO  XIV.

DE LOS PREDICADORES Y DE LOS PROFETAS

En los primeros días de la feria la multitud heterogénea se mezclaba, y una sonrisa bienintencionada había en los rostros. Pero a medida que pasaban los días, el ánimo universal fue cediendo a los sentimientos de grupo, y los diálogos que en principio parecían amigables y animados en los jardines se tornaban en intolerantes discusiones, a tal punto que no pocas veces de las amenazas verbales se pasaba a los hechos, y entonces fue necesario declarar de exclusivo uso el parque lindante de la derecha de cada templo para adeptos del mismo, y fueron apostados guardias experimentados antimotines en el primer nivel de la torre, al ser este el acceso a los templos, ascensores y jardines, y lugar más proclive a la reyerta. El nivel superior del zigurat, sitio del sínodo universal, era escenario frecuente de álgidas disputas y muchas veces los jerarcas líderes para no caer en desprestigio y llegar a rompimientos sin retorno, suspendían sus congresos, y postergaban la continuación por dos o tres días, tiempo que dedicarían a apaciguar el enardecido espíritu de la indómita grey.  El desaliento y la desesperanza de estructurar un credo universal, y la quemante noticia de que Simónides estaba mercadeando verdades y medias-verdades en “El zaguán de la verdad” fue la razón para que por segunda vez enviaran una comitiva  numerosa en busca de Simónides con el propósito de arruinar su venta. El que parecía ser el superior del sínodo les encomendó: “No habrá religión sin Dioses. Qué pretende entonces Simónides? ¿De cuál bizarra religión es profeta? ¿De qué culto es sacerdote? No tiene dios, nadie sabe de su culto, mas es muchedumbre quien le escucha y hasta tiene discípulos. Compradle todas sus verdades y medias-verdades, y comprometedlo a venir a rendir cuentas al sínodo. Es intolerable esa anarquía que unida a las que ya tenemos, nos llevará a la ruina. No falléis esta vez, idos en su búsqueda”.

Era cierto. La tarde anterior, en una alcoba de hotel, Simónides miraba imperturbable la caja donde guardaba el dinero destinado para la permanencia en la feria. La caja estaba semivacía. Entre abandonar la feria o continuar en ella un tiempo más, optó por lo segundo, diciendo para sí: “No de palabras vive la especie, sino de sol, aire, agua y pan. Estos nutren al cuerpo, este nutre a la mente y ésta a las palabras. Hasta ahora las palabras han vaciado mi  bolsa, que por siquiera una vez ellas la llenen. Cada cual vive de su aptitud. Es contra  natura aceptar sin lucha la indefensión para vivir”.  Tomó el poco dinero que restaba en la caja y con él compró una resma de fino papel,  cortó en angostas tiras los pliegos, y en cada una escribió alguna frase al estilo de sus sentencias, las clasificó en tres grupos según su extensión, a las más cortas llamó verdades, a las intermedias llamó medias-verdades y desechó a las extensas al considerarlas susceptibles de mentira; introdujo las dos primeras en sendas bolsas, una clara y otra oscura, y con este tesoro en las primeras horas del siguiente día se dirigió a la calle llamada “El Zaguán de la Verdad”. Sentado sobre la barda contrató a un párvulo con expresión de pilluelo para pregonar, y a fe que lo hacía vigorosamente: “¡Medias-verdades a diez, verdades a cien!”. Al rato, una heterogénea multitud hacía fila para adquirir verdades y medias-verdades. Fue una sesión bien rentable para Simónides y su infante pregonero. El método de venta era sencillo: Recibido el dinero, el comprador introducía la mano en la bolsa de verdades o medias-verdades según la cobertura de la adquisición, y llevaba el producto para su pronta lectura, y no pocas veces intercambiaba la papeleta con otros adquirientes multiplicando el fruto de la compra.

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Etnografía de un viajero interdimensional IX

Uno Cinco Tres nos relata el encuentro con unas criaturas que lo han dejado gratamente impresionado. Este es su informe:

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Ángel en el coliseo dorado

En muchos estados de la conciencia existen los planetas, no solo en el plano físico humano, hay planetas que solo residen en los sueños más profundos de la humanidad, de los seres existentes y demás residuos en el cosmos y en la totalidad de la existencia.
Al viajar por estos planos, me situé en un escenario de Luz, rodeado por un bosque profundo y un poco oscuro, a causa de su grandeza y vegetación, vi un coliseo, junto a una iglesia la cual tenia sus entradas hechas como para los gigantes de la antigüedad (humana).
Decidí visitar primeramente la iglesia, y muchos de mis compañeros viajeros estaban a mi lado, todos jóvenes en esa dimensión, obedecíamos al sistema educativo y de conciencia que nos brindaba nuestro creador, gratuitamente y a la que ingresábamos por intuición y decisión propia.  dentro de ella vi un altar, frente a unas sillas hechas en piedra o mármol, las sillas, de tamaño acorde a las grandes entradas, parecían hechas para seres gigantescos
El templo era hermoso, pero mientras mis hermanos viajeros se organizaban en grupos para hacer una formación y atender a las palabras de uno de los mirshmat (no se puede pronunciar o escribir), yo me involucraba en una grande aventura.
Ante mis ojos apareció un coliseo, enorme, dorado, lleno de seres de todas clases, humanoides, alados, animales terrestres superdesarrollados y miles de formas más.
Decidí adentrarme entre la multitud de formas vivientes, todos celebrando algún evento o ciclo cósmico.  cosas alusivas a la festividad: banderitas de colores, colgantes con muchas formas, algunas extravagantes, portaban la mayoría de quienes acudían al coliseo.
No obstante, como viajero interdimensional, era de mi labor retratar a un ser que cautivó mi atención, un ser que de lo alto caía y volvía a subir, haciendo un espectáculo realmente hermoso, tenia forma de ángel, con una especie de casco o sombrero que cubría su cabeza, sus alas eran blancas y brillaban con la Luz del sol… no podrían haber escogido mejor ocasión para mi materialización dentro del plano etérico de mi conciencia.
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Portaba un cinturón dorado, sus piernas estaban al descubierto, aunque mis ojos no recuerdan su forma, mi intuición afirma que se trataba de garras, parecidas a las de las grandes aves de las montañas del lejano mundo.  sus manos eran de igual forma, garras, tres de ellas con una protuberancia en la parte donde iría el pólice. Este ángel portaba una cuerda que lo unía a otro de sus hermanos, así entonces se balanceaban, de un lado a otro, por encima del coliseo, haciendo efectos visuales en el aire y cautivando a quienes asistían en el evento. Todo fue un gran show, lleno de seres alegres y formas vivientes danzando a la par con la conciencia.
Pero no todo era diversión, tuve que retornar al lugar donde estaban todos reunidos, y me despedí del coliseo con un gran anhelo de volver a estar ahí y poder presenciar de esa manera a estos bellos seres, que ante mis ojos danzaron por el cielo, junto al sol y la felicidad en colectivo.

La colonia con síndrome de Estocolmo

Por Francesco Vitola Rognini

@Francescovitola

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Lo primero que vemos cuando nos acercamos a Cartagena es donde el diablo se lanzó al vacío. Desde que ocurrió eso se manifiesta como un chivo café de barba blanca que merodea por el cerro y los vecinos de los barrios de invasión circundantes dicen que Daimon toma forma de gato negro con ojos rojos, otros dicen que en las noches aparece como una garza blanca picoteando entre la inmundicia y las aguas estancadas. Las señoras con más canas y arrugas dicen que normalmente tiene cara de ricachón en auto deportivo, a veces de playboy navegando un yate rodeado de jóvenes operadas. El demonio, dicen otros, a veces es un cura, un policía, un hampón esperando en la sombra de una playa alejada,  o un cangrejo picando el escroto de un amante que interrumpe su polvo furtivo para dar un alarido. El rumor dice que El Patas es cada billete que se invierte en placer, no importa cuánto te confieses o te arrepientas. Como todo jefe de estado, Belcebú tiene formas desagradables de burlarse de los que creen se sirven de él: una botella de tequila que resbala de las manos cuando recién comienza la noche, desde un octavo piso, en dirección a una familia que sale del edificio, y uno de los niños emocionados grita de alegría -por última vez- porque van para una pizzería con parque infantil. El Mandinga es la maleta con droga, dinero, la nevera con órganos camino a un trasplante que se desvía por las rutas del mercado negro; es cada turista que viene a comprar masajes, cada padre que alquila su hijo por unos billetes, cada nativo que vende sus principios por un poco más de dinero cada quincena. Samael es dueño del alma de cada fracasado que con mentiras se lleva a una mujer a la cama, porque no tiene huevos ni discurso, solo un poco de basura masticada y tan baja autoestima como la engañada. Cada niño frustrado por su padres frustrados que los regañan todos los frustrantes días de sus vidas, cada niña engañada con fantasías de Walt Disney -el Sr. Crowley moderno- temen y aman a Damian, a Guayota, porque les va a quemar la carne y aspirar el alma por la boca.

La corrupción es uno de sus muchos nombres, y como la rata de alcantarilla, está tanto en El Congreso como en El Vaticano. ¿Qué sería de esta fortaleza rodeada de agua salada, si la corriente eléctrica se suspendiera en Semana Santa?

El poder absoluto espera el momento para retomar el terreno y sumergir todo, como antes fue, como nunca debió dejar de haber sido. Vocación de esclava es lo que la define, por eso unos desfilan exhibiendo lo que tienen y otros silencian con música sus frustraciones y ausencias. La ciudad antigua y los carteles publicitarios evidencian que aún hoy, desearía ser colonia de un amo generoso, que comparta sus migajas y les sonría para sentirse menos ultrajada, uno que quizás le tome cariño y con suerte la posea y le dé un crío mestizo, que no sufra tanto como ella.

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La canción olvidada de Nirvana

Nirvana

Por estos días se celebran los primeros veinte años de «In utero», el álbum de la banda de Seattle donde apareció la confesión de extrañar el confort de la tristeza y se acuñaron obituarios para los cumpleaños. Este aniversario se ha aprovechado – la forma de reencauchar ventas es aprovechar el suicidio de un músico o escritor y se ha exacerbado con los tiempos de vacas flacas de las editoriales y casas disqueras- para lanzar una edición remasterizada y con dos cd en la que se incluye una canción, hasta estos días, inédita. El nombre de la misma es «Forgotten tune», otorgado por Novoselic y el ajeno Grohl y se las presentamos para que los electrolitos sepan a semen:

Un angelólogo recordado por Juan José Arreola

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Juan José Arreola nos ha entregado, en su «confabulario», un escrito donde recuerda, al estilo de su maestro Marcel Schwob, una de las teorías más angelicales sobre ángeles que jamás pudo darse pues puede explicar por qué ahora uno se los encuentra con sus sonrisas desdentadas pero siempre orgullosos frente a esos diablos que sonríen, mostrando sus dientes de marfil. El angelólogo se llamaba Sinesio de Rodas y, como toda angelicalidad radical, quedó sepultado en el olvido:

SINESIO DE RODAS

Las páginas abrumadoras de la Patrología griega de Paul Migne han sepultado la memoria frágil de Sinesio de Rodas, que proclamó el imperio terrestre de los ángeles del azar.

Con su habitual exageración, Orígenes dio a los ángeles una importancia excesiva

dentro de la economía celestial. Por su parte, el piadoso Clemente de Alejandría reconoció por primera vez un ángel guardián a nuestra espalda. Y entre los primeros cristianos del Asia Menor se propagó un afecto desordenado por las multiplicidades jerárquicas.

Entre la masa oscura de los herejes angelólogos, Valentino el Gnóstico y Basílides, su eufórico discípulo, emergen con brillo luciferino. Ellos dieron alas al culto maniático de los ángeles. En pleno siglo II quisieron alzar del suelo pesadísimas criaturas positivas, que llevan hermosos nombres científicos, como Dínamo y Sofía, a cuya progenie bestial debe el género humano sus desdichas.

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Un encuentro entre Pedro Páramo y Drácula

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Así como gran parte de las memorables películas de cowboys se filmaron en España e Italia y los ambientes de la glacial Antártida se escenificaron, con piezas de cartón, en estudios de los Estados Unidos, el encuentro entre Eduviges Dyada (personaje de la novela Pedro Páramo que hospeda a Juan Preciado) y Drácula se dio en la Bogotá de fines de los ochenta, cando todo parecía una fiesta y los actores de los «Meros recochan boys» pasaban noches enteras de festejo y grabaciones. Les presentamos el momento en el que dos tradiciones literarias se vieron a los ojos y el miedo fue el sentimiento preciso para regresar a un sarcófago:

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

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Antes regalar relojes era una costumbre bien afincada. Para celebrar ocasiones especiales o  conmemorar aniversarios le regalaban a uno un reloj. Mi papá me regaló uno cuando me gradué de la universidad y lo utilicé para el grado de la maestría porque es dorado, bonito y elegante. Pero bien lo dice el señor Cortázar, cuando te regalan un reloj te regalan un «pequeño infierno florido».

Podría ser uno dorado o plateado, de un material valioso y pesado o  uno de plástico negro, de los Casio que titilaban y venían en las piñatas. Aun así, cuando te regalan uno de esos pequeños adminículos, empacada te regalan una esclavitud, una pequeña maldición.

La gente regala con menor frecuencia relojes. Ahora es uno quien se otorga a uno mismo las desgracias haciendo carísimas inversiones en aparatos tecnológicos que pesan y molestan. Esos aparatos, que también sirven como reloj y calendario, están siempre vibrando, sonando o brillando. Si no brillan o vibran o suenan, es porque uno esta tremendamente solo. Esos aparatos son costosos y delicados y no se pueden abrir, ni desbaratar para engallarlos o refaccionarlos. También lo ponen a uno en una posición vulnerable: hay que estarlos protegiendo de cualquier facineroso de la calle que si se logra robárselo no le va a servir para nada por todas las claves y contraseñas que uno le pone. Además, hay que estar conectándolos porque si se quedan sin batería el usuario corre el riesgo de perderse de lo que de verdad está sucediendo en el planeta tierra.

Nos hemos convencido a nosotros  mismos de que los necesitamos, de que no podemos vivir sin ellos. Son una grilla atada al cuello que arrastramos porque queremos, porque nos gusta, porque nos hemos creído el cuento de que es mejor andar cargando con la quejadera de las redes sociales, las tragedias, las noticias, los chistes y los chismes a todas partes.

Por eso traigo para este mi primer post, montado probablemente desde mi celular, en la voz de su autor el Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj.

 

 

 

Feria madre (decimotercera entrega)

Por Pedro Pablo Escobar

(http://elviajedesimonides.blogspot.com/)

Hoy Simónides habrá de dirigirse a un grupo de personas que asisten a una comida. Si desean leer la anterior entrega, acá lo podrán hacer:

http://arteymusicadelaconciencia.blogspot.com/

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CAPITULO  XIII.

DE LA VERDAD.

El sitio de la pesca se hallaba en un lugar apartado, bañado por el río en la porción boscosa de la ciudadela, rodeado de densa vegetación que en partes impedía la visión del cielo. Sus aguas lamían grandes rocas. Una acequia alimentaba la presa de la pesca. El sendero que a ella conducía estaba bordeado de floresta natural. Aves variadas no cesaban en sus trinos. El sendero terminaba en un  espacioso patio. A un costado había una enramada a manera de restaurante al aire, y al frente un pequeño lago creado por la acequia del riachuelo que corría ruidoso a unos cien pasos. Las gentes pagaban en una ventanilla el valor de la cena y recibían a cambio una caña de pescar y aprovisionamiento de carnada. Sobre rocas medianas demarcando la represa, había gentes con sus cañas tiradas al agua. Había paz. Simónides observaba con nostalgia la escena. En su corazón sentía que esto no sería duradero, había rumor de odios crecientes entre practicantes de credos, y aún de muertos no confirmados oficialmente a manos de guardias sinodales oponentes. Sin embargo, el ambiente aunque tenso era de calma exterior. Las personas sencillas eran lejanas a esta situación, el sueño de integración a través de una religión universal aun animaba a muchos corazones. Por un instante Simónides permitió que la tristeza punzara su corazón. Pronto volvió a su habitual serenidad. 

Cada cual tiraba el anzuelo con la caña. Al sacar al pez si no tenía un mensaje colgado tras las agallas era devuelto al agua y el pescador reiniciaba la pesca. Y sonreía triunfante cuando del pez colgaba un frasco conteniendo el mensaje. El pescador entregaba el pez a la cocina para la preparación de su cena y a cambio recibía una papeleta con un número, y luego, era libre de leer y meditar en el mensaje. Podría haber pescas venenosas o de peces que heridos intentarían atacar a su captor, así que un experto vigilaba la pesca para evitar eventos desgraciados. Había un letrero en medio de tan singular paraje: “El pez grande se traga al chico. El pez chico digiere al grande convertido en carroña. Es el ciclo de vida, ley de compensación  a través  de la permanencia. No siempre el pez hermoso contiene bello mensaje, podrá ser apetitosa su carne y amargo el mensaje, podrá ser su carne venenosa y entonces es necesario devolverlo al agua y reintentar la pesca. Debes sopesar la posibilidad de que el pez que ha mordido tu anzuelo, sea tu verdugo. Cuídate entonces, ten paciencia y se afortunado en la pesca de tu cena”.

Sobre otras rocas algunos comensales aguardando la cena, meditaban en el mensaje proveniente del pez, mientras escanciaban bebidas que tomaban libremente de una mesa dispuesta para ello. De vez en cuando una moza tras el mostrador gritaba un número y el poseedor del cartón con el número coincidente iba a ella y recibía una bandeja con el suculento fruto de su pesca ricamente aderezado con otras viandas, y ataviado con el tesoro gastronómico se retiraba hacia las mesas destinada para disfrutar la merienda. Unos y otros intercambiaban comentarios acerca de los mensajes pescados que muchas veces por coincidencia parecían estar relacionados con la inquietud capital del pescador, ocasionando el rumor de que eran testigos de una milagrosa pesca.

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Etnografía de un viajero interdimensional VIII

Cada viaje interdimensional acrecienta el riesgo de que las palabras de otros se atraviesen en nuestro viajero Uno Cinco Tres.  En cada nuevo escrito aparece, de manera abrupta y más recurrente, el discurso del ser observado. Les presentamos un nuevo informe de quien, al parecer, intuye que las dimensiones responden a intrincadas sinapsis neuronales ¿serán las voces de criaturas alojadas en el cerebro de Uno Cinco Tres y sus terrores y esperanzas secretas? :

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He visualizado unos seres, tal vez híbridos, entre humanos y algo más…

Las leyendas evocan criaturas descendientes de los atlantes, disueltos en los continentes de Gaia. Sumerios, Mayas, y un sin fin de formas vivientes, son el producto de su evolución.

¨A la fuerza hemos evolucionado, mas a su semejanza nosotros somos ustedes, pero por dentro nuestro corazón vibra en forma Cristalina, llena de Luz y ritmos que alimentan al alma¨.

El hibrido humanoide expone cómo su mundo se ha transformado, dando cabida a nuevas experiencias, nuevas formas de conocimiento, siempre guiado por la Luz que su conciencia recibe desde lo alto, desde su Dios: un estado donde las armonías hacen las formas, formas genéticamente impensadas, dentro de un mundo de paz y sabiduría. Todo se desarrolla desde la Madre, de ahí yace la vida en el planeta. Sumeria, tierra de natales provenientes de lo alto, del cielo casi imaginado.

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E V E N . A N G E L S [Angel, the Love and the Sea]

Por Camilo Acosta Caro

HUNTER TEXAS  

E V E N A N G E L S  [The Angel]

E V E N A N G E L S
[The Angel]

Aquel Ángel jamás volvió.

 Nadando contra el mar, busco desesperado el cuerpo de un joven, se lo llevó las olas hace ya 20 minutos, cuando entro a lo más profundo, golpeando las olas, difícilmente puedo localizar algún cuerpo flotante en medio del mar. Los gritos de la playa, son como advertencias, señalan desesperados puntos distintos en el agua, y aun así, sin entender qué tipo de indicaciones son las que me dan, hago lo posible por obedecer. Es mi deber proteger a los turistas en la playa, pero es imposible encontrar aquel joven que seguramente ya estará muriendo a la gran distancia. Decido volver, ya no veo a los turistas desesperados observándome nadar, de hecho la playa esta vacía, parece oscura, ya no hay sol, la brisa es fría, el mar toma una fuerza precipitada y pareciera que el agua de la superficie viniera hacia mí. No puedo volver, el intento por regresar a la orilla es inútil y me enredo con las olas, los gritos de ayuda no funcionan, ya ni sé nadar, y me hundo cada vez más entre las olas… la corriente me ha llevado hasta lo más profundo, ya es imposible regresar a la superficie, hasta el azul del mar se ha ido y pareciera que a medida que mi cuerpo cae dentro de él, se hace de noche…  y me he quedado aquí, sin dolor en el pecho, doy brazadas fuertes, pero me quedo inmerso en el medio del mar, casi sentado sobre la arena profunda de las aguas, observo mi alrededor y es un hoyo negro, tan negro, como el universo de noche. El mar no se mueve, no se siente frío, no hay peces, no hay rocas, no hay mar, sólo es agua, me siento tan pequeño en un lugar tan grande, y al cerrar los ojos, creyendo estar cerrados, siguen abiertos, los vuelvo a cerrar, pero la imagen de la mancha negra está presente todo el tiempo, los siento cerrados, pero la imagen sigue ahí, sin entender qué sucede, doy por hecho mi muerte bajo el mar, pero no es morir en el instante, no me siento muerto, es un limbo, es un estado del cuerpo que no sufre, que no siente, pero se cuestiona sin angustias, no acepto mi condición pero entiendo la circunstancia, no puedo hacer nada, la decisión es esperar, tampoco es de fe, no es esperanza, no espero un acontecimiento en medio de esta llanura oscura, es solo esperar, sin párpados para cerrar, sin recuerdos para distraerme en este escenario tedioso, el destino es estar viendo el mismo panorama a mi alrededor, y seguramente, he de llevar, si acaso, 15 minutos sumergido en este eterno mar, entiendo que esto será para toda la vida.

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