El otro creador
Por Daniel Maldonado

Es común ver al poeta como una figura que entra en tensa relación con su entorno más inmediato. Se trataría de una figura problemática, tenida por incómoda o hasta innecesaria. Antes que ajustarse a lo que es; antes que seguir a pie juntillas los lineamientos impuestos por la lógica de turno, el poeta incordia, revira, reconfigura. Su rol —si posee alguno— no se diferenciaría del que desempeña el filósofo. El filósofo no sólo interpreta la realidad, la cuestiona. O mejor sería decir que cuestiona los valores acuñados y asumidos por los hombres y que circulan dentro del tejido que usualmente identificamos por real. En buena medida, lo que pone en suspenso es el conjunto de convenciones que dan rostro a lo que, de suyo, no lo posee: la realidad.
El poeta y el filósofo interactúan con la realidad; captan sus murmullos y fulgores. Todavía más: perciben lo que se halla detrás de lo consagrado como lugar común; lo que se esconde detrás del velo.
Para María Zambrano, la poesía y el pensamiento son las vías a través de las cuales el ente humano se aproxima a lo que está oculto. Sólo en tal sentido son cercanos los caminos del poeta y del filósofo. De hecho, uno y otro se distancian en función de la naturaleza de sus exploraciones: la del filósofo está marcada por la violencia que ha supuesto el haber sido removido del mundo de las apariencias; la del poeta, por la contemplación asombrada del ser encerrado en cada objeto que colma el mundo. Escribe Zambrano: “La filosofía es un éxtasis fracasado por un desgarramiento. […] no todos fueron por el camino de la verdad trabajosa y quedaron aferrados a lo presente e inmediato, a lo que regala su presencia y dona su figura, a lo que tiembla de tan cercano; ellos [los poetas] no sintieron violencia alguna o quizá no […] esa forma de violencia, no se lanzaron a buscar el trasunto ideal [como los filósofos]. Fieles a las cosas, fieles a su primitiva admiración extática, no se decidieron jamás a desgarrarla; no pudieron, porque la cosa misma se había fijado ya en ellos, estaba impresa en su interior. Lo que el filósofo perseguía lo tenía ya dentro de sí en cierto modo, el poeta; de cierto modo, sí, de qué diferente manera” (Zambrano, Filosofía y poesía, 18).
Más allá de que poeta y filósofo sean entidades percipientes, su abordaje de la realidad los coloca en miradores distintos. Cabría decir, incluso, que mientras el filósofo observa, el poeta contempla. Ocurre así en tanto que el poeta no busca lo que el filósofo, porque lo que éste busca ha sido inscrito (gratuitamente) en el interior de aquél. Lo que motiva la búsqueda del filósofo, el poeta lo posee en tanto don. El desgarramiento que moviliza la acción filosófica, un desgarramiento que es fruto de un acto de violencia, se traduce en el poeta como sensibilidad herida; el que asume que la palabra es menos medio que fin, guarda en su interior la marca de una percepción trascendente: “El poeta no renuncia ni apenas busca, porque tiene. Tiene por lo pronto lo que ante sí, ante sus ojos, oídos y tacto, aparece; tiene lo que mira y escucha, lo que toca, pero también lo que aparece en sus sueños, y sus propios fantasmas interiores mezclados en tal forma con los otros, con los que vagan fuera, que juntos forman un mundo abierto donde todo es posible” (Zambrano, Op. Cit., 19).
El poeta hace de su cuerpo, de su carne, un dispositivo de captación de los estímulos que ofrece lo que se oculta detrás de lo real. Su sensibilidad se alimenta de lo que su piel, su vista y su escucha le tributan; es fruto de la gracia, del don. Es, además, testimonio de la presencia de Otro, porque sólo ese Otro capta en su unidad la multiplicidad del mundo. Otra vez: el filósofo sale en busca de la unidad que supone oculta detrás de lo aparente; el poeta, por el contrario, reconoce en la heterogeneidad de las cosas aparentes la unidad extraviada, la que sólo se revela mediante la gracia.
(Otra vez aquella pregunta incordiante.). Por Daniel Maldonado

I
¿En cuántas palabras cabe una vida? Tratándose de un sujeto como Philip K. Dick, los caracteres disponibles resultan insuficientes. En Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, Carrère hace acopio de no pocos caracteres, de no pocas palabras. Articuladas de modo inteligente, configuran un periplo –el de Dick– pautado por una forma de creer que se sostuvo en la desmesura, por la escritura de un puñado notable de novelas y relatos y, asunto no menor, por el ánimo de un personaje que solía encontrar en sus sueños claves que anticipaban –o que lo descifraban de plano– el porvenir.
De un tiempo para acá me vengo planteando lo siguiente: ¿será acaso que la ciencia ficción es una variante –más o menos sofisticada– de las sagradas escrituras? ¿En qué difieren los textos del apóstol San Pablo, un individuo a quien le bastó con oír la voz de una entidad superior para asumir la buena nueva, de los de alguien –como Dick– empeñado en demostrar la existencia de Ubik o Valis y, más todavía, dispuesto a descorrer el velo que impide que todos contemplemos el rostro de lo real?
En nada, quizá. Pero la fe es la fe y Dick, que de esta sabía mucho, cultivó la suya.
II
¿Qué es lo que se pretende encontrar en el secreto, en sus simas? ¿Una ficción? ¿Un sentido mayor, anhelado o aun temido, que dé-fe de las sospechas que se agitan en lo más hondo de uno mismo? Puede que la trascendencia radique precisamente en esta especie de salto al vacío que es la creencia ciega: “certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve”.
Ubik.
Valis.
III
Dick, dice Carrère, sostuvo intensas conversaciones con Thomas a propósito de su vida, de las vidas de ambos, de sus intereses (bastante afines). Thomas era un griego de los tiempos de la defenestración de la secta de Cristo que sin aviso previo se apoderó de la mente de Dick. De repente, Dick comprendió la razón de ser de aquellos lapsus en los que perdía la memoria. Su conciencia hacía las veces de continente compuesto de dos contenidos: un signo en cuya doble significación radicaba su potencia oracular, su capacidad para penetrar en los pliegues más íntimos y oscuros del mundo.
Dick se asumía un recipiente amable: veía en Thomas a un compañero de anhelos. El término de su relación ocurrió cuando ambos contemplaron en la tv la caída de uno de sus más grandes enemigos, cifra del fascismo, que Dick siempre despreció, y cifra, también, de la bestia (que en una de las novelas de Dick aparece con el nombre de FFF, 666): Richard Nixon.
Luego de aquel evento que sumió a Dick en una dicha peculiar –menos efusiva que satisfactoria, un derivado natural de su labor como baluarte de una religión que sólo él profesaba (porque nomás él la conocía, porque solamente él, igual que San Pablo, supo atrapar la revelación antes de que esta se disipara)– volvió a estar solo. Thomas decidió partir. Sucedió, sostiene Carrère, sin que Dick notara de inmediato su ausencia. Sucedió, pensó Dick, porque así tenía que ser.
IV
¿Y si el sentido de la vida rehúye las palabras? En lo concerniente a un tipo como Dick, la vida y su sentido no se encuentran en ninguna biografía.
A lo mejor y el sentido descanse, como pensó Dick en las postrimerías de su vida, en la imaginación, en las quimeras (que son nombres) que produce. ¿Ubik? ¿Valis? El inicio y el final son una y la misma cosa. O, como se desprende de la lógica presente en cada una de las páginas del I Ching (libro por el que Dick sintió particular fascinación), quizá “el alba y el ocaso [representen] los reversos de una moneda [invisible] llamada destino; donde hay oscuridad, [también anida la] luz.”
Nombres que son destinos. Nombres que configuran sentidos privados. Ubik. Valis. ¿Dios? “Certeza de lo se espera, convicción de lo que no se ve”.
De la fe de Dick, de sus tonos demenciales, dio cuenta Emmanuelle Carrère. Sí, el sentido de la vida de Philip K. Dick está en otra parte. Pero Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos se acerca, y bastante, a los perfiles más chuscos al tiempo que tristísimos, turbulentos al tiempo que festivos, de un personaje que muy pronto se supo habitante de un simulacro que sólo a regañadientes se atrevió a llamar realidad.
Las criaturas del mirón impenitente. Por Daniel Maldonado
A propósito de La muerte por todos lados la muerte, de Héctor Cortés Mandujano
Editorial Tifón
2024

I
En los albores de la historia, lo real ejerció un influjo tiránico sobre la narración. Su impronta fue tal que narrar supuso durante mucho tiempo referir con precisión lo experimentado. Hallar el sentido de la vida exigía entrar en contacto directo con el entorno, atender lo que éste comunicaba o, incluso, subordinarse a su dictado. Hacer la relación pormenorizada de sus rasgos: eso era narrar. Elaborar un relato implicaba imitar la realidad.
Construir mimesis, sin embargo, exigía emprender la hechura de la ficción. En algún momento de la historia, el que narró para otros lo visto más allá de las fronteras de la tribu remozó su experiencia: salpicada de invención, la narración se convirtió en cosa de encantamiento. Ya no se trataba del relato fiel, pormenorizado, de lo alguna vez vivido. En determinado momento se obró el prodigio: alguien se animó a narrar de otro modo. Más que hacer de ella una calca verbal, ese alguien —narrador incorrecto— quiso inventar la realidad: hacer poiesis antes que mimesis.
Se narra, escribe R. Oloviot, porque se alberga la creencia —que a ratos es firme convicción— de que el mundo, el entorno, la existencia (eso que se estima como lo real), pueden ser de otra manera. Como tendrían que ser. ¿El opuesto —insidioso— de la realidad? En el núcleo del relato palpita el afán del narrador por urdir otros mundos.
¿Qué busca quien escribe? Una tentativa de respuesta podría ser la siguiente: “Negar la realidad, rechazar lo que ya es. La literatura, finalmente, es una forma privada de la utopía.”
II
En Aproximaciones a la poesía y narrativa de Chiapas (UNICACH, 1997), el escritor y académico Jesús Morales Bermúdez lamentaba que las condiciones prevalentes en el estado no fuesen propicias para el cultivo de una narrativa menos apegada a la realidad. “Borges, la literatura fantástica, la necesaria experimentación formal, la imaginación pura, son elementos y temas todavía distantes en el hacer de los chiapanecos. Lo inmediato, lo cotidiano, lo real señorean” (1997: 191). En el fondo, las palabras de Morales Bermúdez, salpicadas de un hálito desesperanzador, evidenciaban la ausencia de narradores arriesgados, dispuestos a construir lo radicalmente nuevo. Con esa especie de lamento ante la inexistencia de una narrativa fresca e indócil, liberada del impulso por incurrir en el mero retratismo, concluía Morales sus reflexiones. El apunte, no menor, de uno de los novelistas chiapanecos más importantes de los últimos años, ilustra el ascendente que la pretendida realidad había ejercido en la tradición literaria (y, particularmente, narrativa) local.
Los vaivenes de la mano. Por Daniel Maldonado

Es eso lo que soy. No fui a la universidad, no tengo título profesional que avale lo poco o mucho que sé sobre mi oficio. Desde luego que escribir es lo único que hago. Es mi trabajo o, para ser mucho más preciso, se trata de un acto —sí, es eso, un acto con el que busco que emerja algo, una cosa distinta de lo que es— que no me tributa mayores ganancias (en realidad no me tributa ninguna en términos monetarios) y que, encima, me consume, me obsesiona y me aísla de los otros.
Se trata de un trabajo; el único que sé hacer. Pero lo anterior es más bien falso porque para trabajar, uno necesita ser medianamente competente. No sé si yo lo sea. Así que corrijo: escribo porque es lo único que creo que sé hacer con cierta competencia. Lo decía Garibay: el hombre es, quiéralo o no, su oficio.
No sé si escribo bien. A estas alturas, viejo y cansado como estoy de darle vueltas a ese tema, poco importa. Poco me importa a mí.
No me toca, lo tengo claro, hacer balance crítico de mi propia obra. Aunque, a fuerza de ser sinceros, lo he venido haciendo desde el primer libro, el primer volumen de cuentos que escribí.
Escribo, entonces, porque es lo único que creo que sé hacer, a pesar de mis dudas, titubeos, inseguridades. Pero advierto ahora lo siguiente: quien escribe no pretende exhibir, al menos en principio, las inseguridades, las dudas y los titubeos que signan su derrotero existencial. El escritor no es (sólo) un traductor de sí mismo, de su vida. Escribir no supone desplazar de modo fiel al dominio de la página los andares diarios, las actividades realizadas a lo largo de una jornada. El signo no es prisión, no tendría que entenderse como cárcel.
El modo mismo de tramarlo o anotaciones sueltas a propósito del relato
Por Daniel Maldonado

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I
Un principio. Lo que abre o inaugura. Un comienzo, el de una narración. Conviene, inquietud natural, sopesar la pertinencia del uso que aquí se hace de la palabra comienzo. El principio o lo que empieza, diríase. El principio o la ética. ¿Implica el término mencionado sólo un punto de partida, germen de un flujo verbal por venir? La palabra principio supone, también, una ocasión, una más bien de acento ético, para dar cuenta de lo que no es sino un asunto de toma de decisiones, incluso de escala de valores. ¿No prevalecen acaso en quien emprende la escritura de un relato, en quien pone en marcha su confección, principios que se estiman fundamentales? La duda nomás contribuye a agudizar la zozobra. Puede que no sea procedente hablar de principios. Pero basta con que exista uno solo para que esa otra fabulación, el sentido, adquiera la tesitura anhelada, la forma –uno no deja de soñar– pretendidamente última. Principio, sentido y narración.
Entonces, de nuevo. En el principio, aunque cueste trabajo reconocerlo, estuvo el principio, la ética del escribiente, ese payaso que consideró pertinente servirse de la pluma y el papel –instrumentos de la consignación– para urdir una forma en la que estuviese contenida una vida, la existencia atravesada de historias, al paso, recogidas. Lo que se pepena. Voces, anécdotas, cadencias incodificables, narraciones. Lo que se instala en el corazón y en la memoria del que escribe son, sí, los decires de los otros: vidas ajenas vueltas signo. [A veces la prepotencia no deja de inmiscuirse en la labor diaria, de filtrarse hasta el tuétano en la voluntad de uno. Reconocimiento a fortiori: también lo que se inscribe en mi interior no es sino el conjunto de sucesos que componen la vida experienciada –materia susceptible de transformarse en futura narración.]
Hablemos del desplazamiento evidente; el que conduce, condujo alguna vez, de la oralidad a la escritura. No hace falta tratar con profusión este asunto para dilapidar, hasta aquí, la cuestión tratada. El desplazamiento al que se alude arroja más luz sobre lo evidente: en el principio fue el verbo. Y el verbo era Dios y con él –o tras él– sobrevino el mundo, su saturación de asombros. Pero una vez que aparecen sobre el papel estas palabras; una vez inscritas sobre este cuaderno –soporte de la escritura que no es sino acto– reaparece la inquietud, la duda que deviene escozor, una incomodidad plena que se desprende del repaso veloz de las últimas líneas que, ya consignadas, delinean –si se quiere de manera imprecisa– los contornos de una pregunta: ¿no es el verbo que es palabra que es mythos y que es logos y que es Dios un principio ético en toda regla? Leer Más…
“No seduce todo lo que se revela”. A propósito de El diario De la Riva. Por Daniel Maldonado

Son legión los escritores que incurrieron –que siguen incurriendo– en la manía de registrar sus acaeceres más o menos cotidianos. Figuras como Pavese, Woolf, Piglia o Pitol no sólo escribieron diarios, esas bitácoras en las que consignaron aquello que se les antojaba pertinente, sino que hicieron de esa variante intimista de la narración un ejemplo preclaro de la experimentación formal.
Es en esta especie de naturaleza bicéfala del diario (testimonio puntual de lo experimentado regularmente al tiempo que laboratorio en el que es rasgo constante el juego con formas narrativas diversas) en donde podría descansar, también, su condición de interrogante. ¿Cómo narrar, cómo dar cuenta de aquello que, quizá por valioso o por pretendidamente inaprensible, se vuelve difícil cifrar en palabras? O, en última instancia, ¿qué detona la escritura de un diario –qué detona, sin más, el acto de la escritura?
A veces la ingenuidad se empeña en inmiscuirse en la propia actividad creativa. ¿Qué es lo que se narra? ¿Acaso los hitos que configuran –que van configurando– la propia trayectoria existencial? Puede que lo que se narre, así sea insulso o anodino, represente el lado menos nocivo de eso que se entiende como realidad. Hipótesis: el resultado de la escritura de un diario –o, en todo caso, del acto creativo– es justamente una forma, un modo de narrar. Un modo, en fin, de estar –e incluso de incidir, por vía de la palabra– en el mundo.
Nudo de serpientes o cómo ser de otro modo. Por Daniel Maldonado

Es cosa curiosa que en la incipiente tradición narrativa chiapaneca la historia (entendida menos como oficio que como síntesis o compendio de los hechos ocurridos en tiempos ya idos) haya ejercido una considerable influencia en un puñado de narradores. Eraclio Zepeda, antes Rosario Castellanos y, desde luego, Jesús morales Bermúdez se sirvieron de momentos, etapas del pasado para recrear sucedidos que los cultores de la historia oficial –esa falacia pretendidamente aséptica y objetiva– se han empeñado en borrar –cuando no en ignorar de plano.
A estas alturas, señalar el fuerte acento político y hasta contestatario de novelas como Oficio de tinieblas o Ceremonial sería incurrir en una franca perogrullada. En estos relatos están presentes las vidas de quienes han padecido el oprobio y la explotación. Pero también palpita en ellas otra cosa: una impronta estética notable que se sostiene en la fuerza del lenguaje que las recorre.
Tanto en Ceremonial, como en Oficio de tinieblas, la historia o, mejor, su recreación poética por vía de la palabra se convierte en vehículo idóneo para dar cuenta de sucesos que, aún hoy, suponen una herida permanentemente abierta: la derrota de los alzados de 1869 en la región de los altos de Chiapas a manos de las fuerzas criollas de la ciudad de San Cristóbal. Ni una ni otra, sin embargo, son novelas históricas. Antes, podrían ser vistas como narraciones en las que la historia se erige en fantasma, lamento. Recuento de afrentas y de ultrajes. Injusticias.
Nudo de serpientes (Viento al Hombro, 2007) de Alejandro Aldana Sellschopp prolonga, al tiempo que la robustece, esta suerte de tradición. Igual que las anteriores, tampoco la de Aldana Sellschopp es necesariamente una novela histórica. Cierto: en Nudo de serpientes se dan cita distintos acontecimientos que cabe tipificar de históricos: la masacre de Wolonchán, la formación y consolidación de agrupaciones guerrilleras en el contexto de la llamada Guerra sucia, la emergencia –y posterior despliegue operativo en la región de los altos de Chiapas– del EZLN.
En efecto: la novela de Aldana se instala en esa tradición. Pero en función de sus propios recursos (que son logros), también se distancia de ella. Ahí en donde Morales Bermúdez se sirve del mito para reconfigurar la historia, Aldana coloca utopía y diatriba.
Dentro de la ficción de Aldana, utopía y diatriba hallan asiento en las figuras del mayor Moisés y de Augusto Castillejos. ¿Protagonista y antagonista?, ¿héroe y villano? Mejor: el uno como el reverso franco del otro y viceversa.
A Moisés de cuando en cuando lo persigue la sombra de su padre: cifra de su vida pasada y, aun, efigie de su habitus de peón acasillado. A Augusto Castillejos lo atosiga, encerrado en un jacal, prisionero de guerra de aquellos a los que no tiene empacho en considerar casi que bestias salvajes, el espectro de su más rancia estirpe: Bernal Díaz del Castillo.
Morir al sur o el reverso posible de la historia. Por Daniel Maldonado

Quizá la historia de la literatura no sea sino un compendio de los modos en que ficción y realidad se entrecruzan. O, en todo caso, puede que el reverso de lo que se ha entendido como historia de la literatura dé menos cuenta de un conjunto, señero, de nombres y obras que de los modos, siempre sugerentes, de que se han servido narradores diversos a la hora de incurrir en el ejercicio de la narración. Ya lo decía Ricardo Piglia: en realidad, un cuento (y, agrego, también una novela) siempre cuenta más de una historia.
¿Cuántas son las historias que circulan en La ciudad ausente o en El largo adiós o en Guerra en el paraíso? Puede que el número de historias, de relatos que se cruzan en las tres novelas mencionadas sea infinito, como casi infinitas parecieran ser las que marcan el derrotero de personajes como Sherezade o don Quijote, figuras nodales que han trascendido las fronteras de sus respectivos universos narrativos.
No sin jiribilla traje a colación los títulos de las novelas de Piglia, Chandler y Montemayor. En las tres subyacen las voces de quienes han padecido, o en todo caso contemplado, la acción criminal de los monstruos sin rostro: la dictadura, la desigualdad inherente al capitalismo omniabarcador, el brazo armado del Estado. Pero además, en todas ellas también palpita una tensión: la que sostiene la ficción o, mejor aún, la literatura frente a lo real. Ninguna de estas narraciones se plantea, al menos no de manera directa, ser la crónica precisa de los acaeceres y sucedidos consignados por la nota periodística a modo o por el discurso imbécil de los referentes de la progresía mediática. Lo que hacen las voces de los personajes que habitan las páginas de estas novelas es poner en suspenso los resortes operativos sobre los cuales se sostiene el sentido, ominoso, de lo que en no pocas ocasiones se ha erigido en Historia oficial.
Entendida durante mucho tiempo como género menor, la novela policiaca o, digamos mejor, negra supo replantear, por vía de la figura del detective, la relación entre lo visible y aquello que, soterrado, opera a su sombra. Lo que hace el detective es aproximarse de otro modo a lo real. Mira, si se quiere, de modo desviado –por mal intencionado o cínico– no lo que flota sobre la superficie, sino aquello que sumergido como está implica riesgos, silencios, malas pasadas, intrigas. El reverso sórdido del ethos –pretendidamente aséptico– de los bienpensantes.
Morir al sur (2022, Nitro/Press), novela ganadora en 2020 del premio “Una vuelta de tuerca”, de Gabriel Velázquez (Cintalapa, 1984) es en cierto sentido tributaria de esta forma de entender la relación entre ficción y realidad (o entre fondo y superficie). Sí: la de Velázquez es una novela que se hace eco de algunos de los elementos –clichés, dirían sus detractores– de un género que figuras como Hammett o aun Chandler cultivaron con maestría. En Morir al Sur hay un crimen, un asesino y huellas de violencia extrema sobre los cuerpos de sujetos marginales que trasiegan el arrabal. Pero no sólo: lo que se plantea en Morir al sur es que en Tuxtla, San Cristóbal y Ocosingo (puerta de entrada al dominio, también marginal, de la selva) prevalecen el oprobio y la impunidad cifradas en la lentitud, incapacidad y opacidad propias de las instituciones locales procuradoras de justicia.
No es casual que sea un periodista y no un MP (o, aun, un detective a sueldo) quien se sumerja en los entretelones de una realidad política turbia, asfixiante por nociva. En última instancia, a Santigo –protagonista de la novela y fortuito private eye de una agrupación clandestina que busca declararle la guerra al gobierno– le corresponde zurcir los retazos de una trama compuesta de sucesos sólo en apariencia inconexos: el asesinato sistemático de prostitutas, la desaparición de un posible jefe guerrillero y la presencia de un alto mando militar en la ciudad de San Cristóbal de las Casas en vísperas del arribo de un año axial: 1994.
No son pocos los méritos (éticos al tiempo que estéticos) del relato de Velázquez. En Morir al sur, la selva es, antes que el paraíso bucólico canonizado por la lógica plástica del marketing, habitáculo en el que se gesta un levantamiento, armado y popular, todavía sin nombre. Puede que en esto último se encuentre otro mérito de la novela. Al recorrer sus páginas, asistimos a la construcción de un sueño terrible que luego habría de cifrar su grandeza en cuatro letras; entendemos que los ejercicios militares que realizan los marginados en el corazón de una selva llamada lacandona –individuos que se comunican entre sí en una lengua que al protagonista de la novela le resulta del todo incomprensible– concentran la memoria de una serie de ultrajes experimentados a lo largo de 500 años.
Otra cosa. Ahí en donde la historia oficial ha colocado a los sublevados como figuras anquilosadas, ahí en donde la historiografía oficial –o, verdad sea dicha, afín al establishment– ha hecho de los alzados entes brutos y ávidos de exterminar al otro por el prurito de sólo hacerlo, Morir al sur, de Velázquez, opone el reverso de esta ominosa narración: los que se asumen del lado correcto de la historia casi siempre se empeñan en ocultar las huellas, las marcas que dan cuenta de sus crímenes.
¿Cuántas historias circulan en Morir al sur? Posiblemente la menos visible de todas sea la más importante: la que conduce a la revelación de un crimen por vía de la ficción, de la fabulación. Aquella que hace de la novela, de la literatura sin más, el correlato iconoclasta de la narrativa –erigida en verdad irrefutable– del poder.






