Academia del insomnio. Por Leandro Alva

 

 

A Rolando Pérez

 

Hace años viví unos meses en un departamento que daba a la calle Combate de los pozos, justo detrás del Congreso. Era un dos ambientes de una amiga que trabajaba largos períodos en el exterior. Yo me encargaba de la limpieza y el mantenimiento, de pagar los impuestos y otras tareas propias de un amo de casa.

Siempre sufrí de insomnio. Y esa época no fue la excepción. Muy a menudo, aprovechando que estaba en pleno centro y que, sea la hora que sea, siempre hay algo para hacer, salía de vagancia por la ciudad. Llegaba del trabajo rondando la medianoche y a veces lo iba a escuchar a Dolina cuando transmitía su programa desde el auditorio del Hotel Bauen. Generalmente, al finalizar aquellas dos horas en el éter, me metía un rato en La Academia, ahí en Callao casi Corrientes, a tomar un café y a escribir o leer un poco hasta que sentía la lenta invasión del sueño.

Mientras me entregaba a mis “veleidades intelectuales nocturnas” por el bar desfilaban personajes de lo más variopinto. Desde vendedores y chicos que pedían monedas a cambio de estampitas hasta algún artista que recién terminaba su rutina en el teatro. No faltaban los consabidos jugadores de pool que se desafiaban para darle rosca a una partida en las mesas que están al fondo del local.

A mí me gustaba sentarme cerca de las ventanas para ver pasar a la gente. Mientras leía o escribía, el rabillo de mi ojo detectaba cualquier situación peculiar más allá del vidrio. Soy un fisgón. Lo confieso.

Tal vez por eso, la noche que entraron ellos me quedé atónito. Ciertamente conformaban una pareja inusual. Uno grandote, de impecable traje cruzado y abigarrada corbata de seda; el otro, un enano que vestía un equipo de gimnasia adidas y unos mocasines que de tan gastados ya estaban naranjas. Este último, el pequeñín, iba peinado a la gomina y portaba una especie de maletín celeste.

Se sentaron a una mesa, no sin antes escanear el aspecto demográfico del café. Se aseguraron de no tener humanos en las inmediaciones del rincón elegido (más tarde me di cuenta que era una maniobra para que nadie escuchara lo que decían). Yo no podía dejar de observarlos y hasta hice un esfuerzo para punguearle una palabra a la distancia. Pero nada.

La visita del dúo se repitió durante varias noches. Hacían siempre lo mismo. Usaban la misma indumentaria. Parecían personajes de La invención de Morel. Se sentaban. El enano abría el maletín y sacaba una Underwood, el grandote comenzaba a dictar y las manitos veloces respondían con su trémolo alfabético.

Siempre guardaban esos prudenciales 4 o 5 metros de cualquier oído dado al hipnótico vicio del chisme. Sin embargo, a veces me llegaban retazos de la voz del urso trajeado, como náufragos que flotan en una palangana con aceite: “la inflación del último trimestre…”; “aquel poema de Tuñón que dice…”; “qué buen culo tenía la colorada…”; “la última de Godard me pareció una mierda…”; “hoy ganó el rojo…”. Lo que más alimentaba la intriga era no haber oído nunca la voz del enano, ¿sería mudo? El tipo se limitaba a teclear a toda velocidad las ocurrencias del otro. Y lo contemplaba como a un hermano mayor, con un respeto sombrío. Nada más.

La mayoría de las ocasiones, yo dejaba el bar antes que ellos. Por lo tanto, no sabía hasta que hora se alargaba su estancia (un mozo indiscreto me contó que siempre se iban cuando comenzaba a clarear, a eso de las 5).

En fin, la cuestión es que cada vez que abandonaba mi silla en La Academia, me quedaba pensando en ellos hasta llegar a mi bulo transitorio. Caminaba como un zombie por Callao hasta Rivadavia. Aquella irregular construcción humana ejercía un atractivo difícil de poner en palabras, un magnetismo casi pornográfico.

Y todas las noches la misma historia, como un GIF que se repite sin cesar hasta que llega otra noche igual, pero distinta.

Una vuelta no fui a ver a Dolina. Llegué más temprano que de costumbre y me senté junto a la ventaba con un libro de Miguel Hernández y un cuaderno bajo el sobaco. La moza se acercó y me preguntó qué iba a servirme. Yo siempre tomaba un cortado en jarrito, pero aquella noche pedí una ginebra doble. El ruido de las bolas de pool que se aporreaban en el fondo iba apagándose mucho antes de llenarme las orejas. Afuera lloviznaba un poco.

Y entonces entraron ellos, el grandote me miró y pareció percatarse de mi existencia por primera vez. Acto seguido, con un movimiento brusco del mentón, le indicó al enano el sitio que iban a ocupar.

La moza volvió con mi ginebra y me observó con un gesto raro, apuntando hacia la mesa de aquel dueto con un sugestivo arqueo de las cejas.

La máquina de escribir comenzó con su rutina de metralla, solo interrumpida de a ratos, cada vez que el coloso se mandaba un trago de Hesperidina. La humedad había empañado los vidrios y casi no se veía nada de lo que sucedía del otro lado. Por eso le presté especial atención al curioso tándem. El grandote sacaba regularmente un peine del bolsillo y se acomodaba un poco el look. El enano había venido con un sombrerito blanco, parecido a esos que usan albañiles y yeseros.

De pronto advertí un movimiento urgente, perentorio. Las manos del gnomo casi tiran la máquina al piso y el otro le recriminó algo de mala manera, con gestos ampulosos que abarcaban un espacio inconcebible para el más bajito. Parece que fue la gota que rebalsó el vaso, el final de la primavera. Yo desconocía completamente todo lo relacionado con aquellos dos personajes. Me arriesgo a decir que el más alto parecía ejercer un poder antiguo y despótico sobre su colega menor, un poder que en ese preciso momento comenzaba a tambalear.

En su cabal estatura dialéctica, el enano se irguió con una determinación inusitada, y era fácil adivinar que le estaba cantando las 40 a su dictador. No alcancé a escuchar nada de lo que decía, salvo la última palabra de su encendido discurso. En ese momento conocí la voz del enano, ya que gritó su conclusión cuando se estaba aproximando a la salida y yo estaba sentado vecino a ella. Esa única palabra que llegué a pescar y que detonó la garganta del chiquitín fue “diatriba”. Me sorprendió que la fisonomía del sonido que forjaron sus cuerdas vocales haya sido esa y no otra. Después de todo, no es una palabra que uno escucha con frecuencia.

El descendiente de Gulliver se quedó sentado, perdido en un horizonte de mesas de billar y ruido de platos. Tenía la cara de una lagartija que acaba de perder su cola y sabe que en su lugar no crecerá la misma de antes. Confieso que me dio un poco de lástima.

Cuando salí a la calle, creí que la niebla se había tragado al enano como a un niño envuelto por Adidas. Sin embargo, adiviné su paso a unos cuarenta metros. Todavía lloviznaba y la humedad raspaba el fondo de los huesos pero me decidí a seguirlo. Me apuré un poco, evitando la cercanía excesiva para que no se diera cuenta de mi berretín detectivesco. El tipo se detuvo en la esquina de Callao y el pasaje Discépolo, y se encontró con otro enano. No los distinguí a la perfección, garuaba y soy chicato de sobra, pero hubiera jurado que eran exactamente iguales. Al menos, su ropa lo era. Pasaron unos cinco minutos y apareció una traffic ploteada con la propaganda de un frigorífico. Se detuvo contra el cordón. Los mellicitos la abordaron con premura. Uno se dio vuelta y antes de subir me gritó ¿qué mirás, pelotudo? Era la voz de la diatriba.

Cuando regresaba crucé Corrientes y la neblina me impidió ver el obelisco. Pasé por el bar y no pude saber si el grandote seguía allí. Los vidrios estaban tan empañados como mis anteojos.

Volví algunas veces más al café, y nadie me pudo informar nada sobre el destino de aquel par de pájaros.

Me pregunto qué habrá sido de la máquina de escribir.

El insomnio, todavía me sigue los pasos.

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